Oficio de Lectura ayer jueves, 16 de agosto de 2018

Oficio de Lectura - JUEVES XIX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2018

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, jueves, 16 de agosto de 2018. Otras celebraciones del día: SAN ESTEBAN DE HUNGRÍA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88, 39-53

LAMENTACIÓN POR LA CAÍDA DE LA CASA DE DAVID

Ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David (Lc 1, 69).

IV

Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.

Antífona 2: Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana. (T. P. Aleluya).

V

¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.
¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?
Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.
Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.

Antífona 3: Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre. (T. P. Aleluya).

Salmo 89

BAJE A NOSOTROS LA BONDAD DEL SEÑOR

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día (2 Pe 3, 8).

Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: "retornad, hijos de Adán".
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Zacarías 11, 4-12, 8

PARÁBOLA DE LOS PASTORES

Así dice el Señor, mi Dios:
«Apacienta las ovejas para el matadero; los compradores las matan sin compasión,
mientras los vendedores dicen: “¡Bendito el Señor! Me hago rico”; los pastores no las
perdonan. Pues yo no perdonaré más a los habitantes del país —oráculo del Señor—.
Entregaré a cada cual en manos de su vecino, en manos de su rey; ellos devastarán la
tierra, sin que haya quien los salve.
Yo, entonces, me puse a apacentar el rebaño de ovejas de matadero, por cuenta de los
tratantes de ganado. Tomé dos varas: a una la llamé Hermosura; a la otra llamé
Concordia, y apacenté el ganado. Despedí a los tres pastores en un mes: pero llegué a
irritarme con las ovejas y ellas conmigo, y dije:
«Ya no pastorearé; quien quiera morir que muera, la que quiera perecer que perezca,
las que queden se comerán unas a otras.»
Tomé la vara Hermosura y la rompí, para romper mi alianza con los pueblos. Al terminar
aquel día la alianza, los tratantes de ovejas que me vigilaban comprendieron que había
sido palabra del Señor. Yo les dije:
«Si os parece, pagadme salario; y si no, dejadlo.»
Ellos pesaron mi salario: treinta monedas. El Señor le dijo:
«Échalo en el tesoro del templo: es el precio en que me aprecian.»
Tomé, pues, las treinta monedas y las eché en el tesoro del templo. Rompí la segunda
vara, Concordia, para romper la hermandad de Judá e Israel. El Señor me dijo:
«Toma ahora los aperos de un pastor torpe; porque yo suscitaré un pastor que no vigile
a las que se extravíen ni busque lo perdido ni cure lo quebrado ni alimente lo sano, sino
que se coma la carne del ganado cebado, arrancándole hasta las pezuñas. ¡Ay del pastor
torpe, que abandona el rebaño! Que la espada venga contra su brazo y contra su ojo
derecho, que su brazo se seque y su ojo derecho se apague.»
Oráculo del Señor sobre Israel. Oráculo del Señor que tendió los cielos y cimentó la
tierra, y formó el alma del hombre dentro de éste:
«Mirad, haré de Jerusalén una copa embriagadora, para todos los pueblos vecinos,
cuando asedien a Jerusalén. Aquel día haré de Jerusalén una piedra caballera de baluarte
contra todos los pueblos vecinos: los que intenten levantarla se herirán con ella. Contra
ella se congregan todos los pueblos del orbe.

Aquel día —oráculo del Señor— heriré de pánico a los caballos y de espanto a los
jinetes; fijaré mis ojos sobre Judá y cegaré a los caballos de los gentiles. Dirán en su
corazón los príncipes de Judá: “Los habitantes de Jerusalén son fuertes por la virtud del
Señor de los ejércitos, su Dios.”
Aquel día haré de los príncipes de Judá como un incendio en la maleza, como una tea
en las gavillas: devorarán a derecha e izquierda a todos los pueblos vecinos; pero
Jerusalén quedará habitada en su sitio. El Señor salvará las tiendas de Judá como en
tiempos antiguos, para que no se gloríen sobre Judá la casa de David y los habitantes de
Jerusalén.
Aquel día protegerá el Señor a los habitantes de Jerusalén: el más débil será como
David, y la dinastía de David será como un dios, como el ángel del Señor que va abriendo
camino.»

Responsorio Za 11, 12. 13; Mt 26, 15

R. Pesaron mi salario: treinta dineros; * es el precio en que me apreciaron.
V. Judas propuso: «¿Cuánto me queréis dar y yo os lo entregaré?» Y se ajustaron en
treinta monedas de plata.
R. Es el precio en que me apreciaron.

Segunda Lectura

Del tratado de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el perfecto modelo del cristiano
(PG 46, 259-262)

TENEMOS A CRISTO QUE ES NUESTRA PAZ Y NUESTRA LUZ

Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Teniendo en cuenta
que Cristo es la paz, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con
nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros y que es elmismo Cristo. Él ha dado muerte al odio, como dice el Apóstol. No permitamos, pues, de
ningún modo que este odio reviva en nosotros, antes demostremos que está del todo
muerto. Dios, por nuestra salvación, le dio muerte de una manera admirable; ahora, que
yace bien muerto, no seamos nosotros quienes lo resucitemos en perjuicio de nuestras
almas, con nuestras iras y deseos de venganza.
Ya que tenemos a Cristo, que es la paz, nosotros también matemos el odio, de manera
que nuestra vida sea una prolongación de la de Cristo, tal como lo conocemos por la fe.
Del mismo modo que él, derribando la barrera de separación, de los dos pueblos creó en
su persona un solo hombre, estableciendo la paz, así también nosotros atraigámonos la
voluntad no sólo de los que nos atacan desde fuera, sino también de los que entre
nosotros promueven sediciones, de modo que cese ya en nosotros esta oposición entre las
tendencias de la carne y del espíritu, contrarias entre sí; procuremos, por el contrario,
someter a la ley divina la prudencia de nuestra carne, y así, superada esta dualidad que
hay en cada uno de nosotros, esforcémonos en reedificarnos a nosotros mismos, de
manera que formemos un solo hombre, y tengamos paz en nosotros mismos.
La paz se define como la concordia entre las partes disidentes. Por esto, cuando cesa
en nosotros esta guerra interna, propia de nuestra naturaleza, y conseguimos la paz, nos
convertimos nosotros mismos en paz, y así demostramos en nuestra persona la veracidad
y propiedad de este apelativo de Cristo.
Además, considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error
alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los
rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de él emanan
para iluminarnos, para que dejemos las actividades de las tinieblas y nos conduzcamos

como en pleno día, con dignidad, y, apartando de nosotros las ignominias que se cometen
a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y,
según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.
Y, si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación, nos abstendremos de toda
obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con
sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación no con palabras,
sino con los actos de nuestra vida.

Responsorio Lc 1, 78. 79

R. Nos visitará el sol que nace de lo alto, * para guiar nuestros pasos por el camino de la
paz.
V. Para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte.
R. Para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, a quien confiadamente invocamos con el nombre de Padre,
intensifica en nosotros el espíritu de hijos adoptivos tuyos, para que merezcamos entrar
en posesión de la herencia que nos tienes prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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