Oficio de Lectura - MIÉRCOLES VII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2018

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, miércoles, 23 de mayo de 2018.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.

Salmodia

Antífona 1: La misericordia y fidelidad te preceden, Señor. (T. P. Aleluya).

Salmo 88, 2-38

LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR SOBRE LA CASA DE DAVID

Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús (Hech 13, 22-23).

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad".
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
"te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades".
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.

Antífona 2: El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David. (T. P. Aleluya).

II

Un día hablaste en visión a tus amigos:
"He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
Él me invocará: "Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora";
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo".

Antífona 3: Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo». (T. P. Aleluya).

III

"Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
"Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo".

Lecturas

Primera Lectura

De la segunda carta a los Corintios 3, 7-4, 4

GLORIA DEL MINISTERIO DE LA NUEVA ALIANZA

Hermanos: Si el régimen de la ley que mata, que fue grabada con letras en piedra, fue
glorioso, y de tal modo que ni podían fijar la vista los israelitas en el rostro de Moisés por
la gloria de su rostro, que era pasajera, ¿cuánto más glorioso no será el régimen del
espíritu? Efectivamente, si hubo gloria en el régimen que lleva a la condenación, con
mayor razón hay profusión de gloria en el régimen que conduce a la justificación. Y, en
verdad, lo que en aquel caso fue gloria, no es tal en comparación con ésta, tan eminente
y radiante. Pues si lo perecedero fue como un rayo de gloria, con más razón será glorioso
lo imperecedero.
Estando, pues, en posesión de una esperanza tan grande, procedemos con toda
decisión y seguridad, y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que no se
fijasen los hijos de Israel en su resplandor, que era perecedero. Y sus entendimientos
quedaron embotados, pues, en efecto, hasta el día de hoy perdura ese mismo velo en la
lectura de la antigua alianza. El velo no se ha descorrido, pues sólo con Cristo queda
removido. Y así, hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, persiste un velo tendido
sobre sus corazones. Mas cuando se vuelvan al Señor, será descorrido el velo. El Señor esBR>espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, ahí está la libertad. Y todos nosotros,
reflejando como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos
transformando en su propia imagen, hacia una gloria cada vez mayor, por la acción del
Señor, que es espíritu.
Por eso, investidos, por la misericordia de Dios, de este ministerio, no sentimos
desfallecimiento, antes bien, renunciamos a todo encubrimiento vergonzoso del Evangelio;
procedemos sin astucia y sin adulterar la palabra de Dios y, dando a conocer la verdad,
nos encomendamos al juicio de toda humana conciencia en la presencia de Dios. Si, con
todo, nuestro Evangelio queda cubierto como por un velo, queda así encubierto sólo para
los que van camino de perdición, para aquellos cuyos entendimientos incrédulos cegó el
dios del mundo presente, para que no vean brillar la luz del mensaje evangélico, la gloria
de Cristo, que es imagen de Dios.

Responsorio 2 Co 3, 18; Flp 3, 3

R. Todos nosotros, reflejando como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria
del Señor * nos vamos transformando en su propia imagen, hacia una gloria cada vez
mayor.
V. Nuestro culto es conforme al Espíritu de Dios y tenemos puesta nuestra gloria en Cristo
Jesús.
R. Nos vamos transformando en su propia imagen, hacia una gloria cada vez mayor.

Segunda Lectura

BUSCAD LOS BIENES DE ARRIBA

Si a un hombre le concede Dios bienes y riquezas y capacidad de comer de ellas, de
llevarse su porción y disfrutar de sus trabajos, eso si que es don de Dios. No pensar
mucho en los años de su vida si Dios le concede alegría interior. Lo que se afirma aquí es
que, en comparación de aquel que come de sus riquezas en la oscuridad de sus muchos
cuidados y reúne con enorme cansancio bienes perecederos, es mejor la condición del quedisfruta de lo presente. Éste, en efecto, disfruta de un placer, aunque pequeño; aquél, en
cambio, sólo experimenta grandes preocupaciones. Y explica el motivo por qué es un don
de Dios el poder disfrutar de las riquezas: No pensará mucho en los años de su vida.
Dios, en efecto, hace que se distraiga con alegría de corazón: no estará triste, sus
pensamientos no lo molestarán, absorto como está por la alegría y el goce presente. Pero
es mejor entender esto, según el Apóstol, de la comida y bebida espirituales que nos da
Dios, y reconocer la bondad de todo aquel esfuerzo, porque se necesita gran trabajo y
esfuerzo para llegar a la contemplación de los bienes verdaderos. Y ésta es la suerte que
nos pertenece: alegrarnos de nuestros esfuerzos y fatigas. Lo cual, aunque es bueno, sin
embargo no es aún la bondad total, hasta que aparezca Cristo, vida nuestra.
Toda la fatiga del hombre es para la boca, y el estómago no se llena. ¿Qué ventaja le
saca el sabio al necio, o al pobre el que sabe manejarse en la vida? Todo aquello por lo
cual se fatigan los hombres en este mundo se consume con la boca y, una vez triturado
por los dientes, pasa al vientre para ser digerido. Y el pequeño placer que causa a nuestro
paladar dura tan sólo el momento en que pasa por nuestra garganta.
Y, después de todo esto, nunca se sacia el alma del que come: ya porque vuelve a
desear lo que ha comido (y tanto el sabio como el necio no pueden vivir sin comer, y el
pobre sólo se preocupa de cómo podrá sustentar su débil organismo para no morir de
inanición), ya porque el alma ningún provecho saca de este alimento corporal, y la comida
es igualmente necesaria para el sabio que para el necio, y allí se encamina el pobre donde
adivina que hallará recursos.
Es preferible entender estas afirmaciones como referidas al hombre eclesiástico, el cual,
instruido en las Escrituras santas, se fatiga para la boca, y el estómago no se llena, porque
siempre desea aprender más. Y en esto sí que el sabio aventaja al necio; porque,
sintiéndose pobre (aquel pobre que es proclamado dichoso en el Evangelio), trata de
comprender aquello que pertenece a la vida, anda por el camino angosto y estrecho que
lleva a la vida, es pobre en obras malas y sabe dónde habita Cristo, que es la vida.

Responsorio Sal 76, 6-7. 3. cf. 11. cf. 10

R. Repaso los días antiguos, recuerdo los años remotos; de noche medito en mi interior. *
Y exclamo. «Dios mío, ten misericordia de mí.»
V. En mi angustia te busco, Señor; de noche extiendo hacia ti mis manos sin descanso.
R. Y exclamo: «Dios mío, ten misericordia de mí.»

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, Concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina
le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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