Oficio de Lectura - LUNES III SEMANA DE CUARESMA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, lunes, 9 de marzo de 2026. Otras celebraciones del día: SANTA FRANCISCA ROMANA, RELIGIOSA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: Vendrá el Señor y no callará. (T. P. Aleluya).

Salmo 49

EL VERDADERO CULTO A DIOS

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud (Mt 5, 17).

I

El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.
Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra
para juzgar a su pueblo.
"Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio".
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.

Antífona 2: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza. (T. P. Aleluya).

II

"Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
—yo Dios, tu Dios—.
No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;
pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.
Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria".

Antífona 3: Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos. (T. P. Aleluya).

III

Dios dice al pecador:
"¿por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;
te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias,
ése me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios".

Versículo

V. Convertíos y creed la Buena Noticia.
R. Porque está cerca el reino de Dios.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Éxodo 24, 1-18

CELEBRACIÓN DE LA ALIANZA EN EL MONTE SINAÍ

En aquellos días, dijo Dios a Moisés: «Sube hacia mí con Aarón, Nadab, Abihú y los
setenta ancianos de Israel, y postraos de hinojos a distancia. Después se acercará Moisés
solo, ellos no se acercarán; tampoco el pueblo subirá con ellos.»
Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que le había dicho el Señor, todos sus mandatos,
y el pueblo contestó a una: «Haremos todo lo que dice el Señor.»
Entonces Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y
edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas por las doce tribus de Israel. Mandó
luego a algunos jóvenes israelitas que ofreciesen holocaustos e inmolasen vacas como
sacrificio de comunión para el Señor. Después tomó la mitad de la sangre y la echó en
recipientes, y con la otra roció el altar. Tomó en seguida el documento del pacto y se lo
leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que manda el Señor y
obedeceremos.»

Moisés tomó el resto de la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: «Ésta es la
sangre de la alianza que el Señor hace con vosotros, de acuerdo con todas estas
palabras.»
Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta ancianos de Israel, y vieron al Dios
de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, tan puro como el mismo cielo
cuando está sereno. Dios no extendió la mano contra los notables de Israel, los cuales
pudieron contemplar a Dios y después comieron y bebieron. El Señor dijo a Moisés: «Sube
hacia mí al monte, que allí estaré yo para darte las tablas de piedra con la ley y los
mandatos que he escrito para que se los enseñes.»
Se levantó Moisés y subió con Josué, su ayudante, al monte de Dios; a los ancianos les
dijo: «Quedaos aquí hasta que yo vuelva; Aarón y Jur están con vosotros; el que tenga
algún asunto que se lo traiga a ellos.»
Cuando Moisés subió al monte, la nube lo cubría y la gloria del Señor descansaba
sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó el Señor a
Moisés desde la nube. La gloria del Señor apareció a los israelitas como fuego voraz sobre
la cumbre del monte. Moisés se adentró en la nube y subió al monte, y estuvo allí
cuarenta días con sus noches.

Responsorio Sir 45, 5-6; Hch 7, 38

R. Dios hizo escuchar su voz a Moisés y lo introdujo en la densa nube; * le entregó sus
mandamientos cara a cara, para que enseñase sus preceptos a Jacob, sus leyes y decretos
a Israel.
V. Éste es el que en la asamblea, reunida en el desierto, estuvo con el ángel, que le
hablaba en el monte Sinaí.
R. Le entregó sus mandamientos cara a cara, para que enseñase sus preceptos a Jacob,
sus leyes y decretos a Israel.

Segunda Lectura

De las homilías de san Basilio Magno, obispo
(Homilía 20, sobre la humildad, 3: PG 31, 530-531)

EL QUE SE GLORÍE, QUE SE GLORÍE EN EL SEÑOR

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe
el rico de su riqueza.
Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza?
Quien se gloria —continúa el texto sagrado—, que se gloríe de esto: de conocerme y
comprender que soy el Señor.
En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer dónde
se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella, en buscar la gloria que procede del
Señor de la gloria. Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor,
afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría,
justicia, santificación y redención; y así —como dice la Escritura—: «El que se gloríe, que
se gloríe en el Señor».
Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable
en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad
carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.
En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la
que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de
Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su
misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte,
oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar
la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en
nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.
Y es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su
designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que
de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros
trabajos. He trabajado más que todos —dice Pablo—; aunque no he sido yo, sino la gracia
de Dios conmigo.
Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior —dice
también el Apóstol— dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no
confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos. Él nos salvó y nos salva de
esas muertes terribles; en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando.

Responsorio Sb 15, 3; Jn 17, 3

R. Dios hizo escuchar su voz a Moisés y lo introdujo en la densa nube; * le entregó sus
mandamientos cara a cara, para que enseñase sus preceptos a Jacob, sus leyes y decretos
a Israel.
V. Éste es el que en la asamblea, reunida en el desierto, estuvo con el ángel, que le
hablaba en el monte Sinaí.
R. Le entregó sus mandamientos cara a cara, para que enseñase sus preceptos a Jacob,
sus leyes y decretos a Israel.

Oración

Oremos:

R. Señor, la perfecta justicia consiste en conocerte a ti; * y reconocer tu poder es la raíz
de la inmortalidad.
V. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado
Jesucristo.
R. Y reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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