El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, jueves, 23 de abril de 2026. Otras celebraciones del día: SAN JORGE, MÁRTIR , SAN ADALBERTO, OBISPO Y MÁRTIR .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Salmo 88, 39-53
LAMENTACIÓN POR LA CAÍDA DE LA CASA DE DAVID
Ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David (Lc 1, 69).
IV
Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.
Antífona 2: Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana. (T. P. Aleluya).
V
¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.
¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?
Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.
Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.
Antífona 3: Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre. (T. P. Aleluya).
Salmo 89
BAJE A NOSOTROS LA BONDAD DEL SEÑOR
Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día (2 Pe 3, 8).
Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: "retornad, hijos de Adán".
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
V. Dios resucitó al Señor. Aleluya.
R. Y nos resucitará también a nosotros por su poder. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 10, 1-33
PEDRO EN CASA DEL CENTURIÓN CORNELIO
En aquellos días, vivía en Cesarea un hombre, llamado Cornelio, que era centurión de
la cohorte Itálica. Piadoso y temeroso de Dios, como toda su familia, hacía muchas obras
de caridad entre el pueblo, y dirigía constantes oraciones a Dios. Un día, a eso de las tres
de la tarde, tuvo una visión. Vio claramente que un ángel del Señor entraba a donde
estaba él y le decía: «¡Cornelio! »
Él lo miró fijamente y respondió atemorizado: «¿Qué quieres, señor?»
El ángel le dijo: «Tus oraciones y tus obras de caridad han subido hasta Dios como el
sacrificio del memorial. Manda ahora unos hombres a Joppe y haz venir a un tal Simón, a
quien llaman Pedro. Se hospeda en casa de un curtidor, llamado Simón, que tiene la casa
junto al mar.»
En cuanto desapareció el ángel que le había hablado llamó Cornelio a dos de sus
domésticos y a un soldado: muy piadoso, de los que estaban siempre con él; y, después
de referirles con todo detalle lo sucedido, los envió a Joppe. Al día siguiente, mientras
ellos iban caminando y se acercaban a la ciudad, subió Pedro a la azotea, hacia eso del
mediodía, a orar. Sintió mucha hambre, y quiso tomar algo. Y, mientras le estaban
preparando la comida, le sobrevino un éxtasis. Vio el cielo abierto y un objeto, algo así
como un mantel inmenso, suspendido por las cuatro puntas, que iba bajando y se posaba
sobre el suelo. Dentro de él había toda clase de animales: cuadrúpedos, reptiles y aves del
cielo. En esto, una voz le dijo: «Levántate, Pedro, mata y come.»
Pedro exclamó: «De ninguna manera, Señor. Jamás he comido cosa impura y que
pueda contaminar.»
Habló de nuevo la voz, diciéndole: «Lo que Dios ha purificado no lo tengas tú por
impuro.»
Sucedió esto por tres veces; y, en seguida, el mantel fue recogido hacia el cielo. Estaba
Pedro intrigado, discurriendo sobre el significado de la visión que había tenido, cuando se
presentaron a la puerta los hombres enviados por Cornelio, que venían preguntando por la
casa de Simón. Llamaron y preguntaron si allí se hospedaba Simón, a quien llamaban
Pedro. Dijo entonces el Espíritu a Pedro, que seguía meditando en lo de la visión: «Mira,
ahí están tres hombres que te buscan. Anda, baja en seguida, y vete con ellos sin vacilar.
Soy yo quien los ha enviado.»
Pedro bajó y dijo a aquellos hombres: «Yo soy el que andáis buscando. ¿Qué es lo que
os trae aquí?»
Ellos respondieron: «El centurión Cornelio, que es un hombre justo y temeroso de Dios
y muy bien considerado además por todo el pueblo judío, ha recibido de un ángel santo la
orden de hacerte venir a su casa a fin de escuchar tus palabras.»
Al oír esto, Pedro los invitó a entrar y les dio hospedaje. Al día siguiente, se puso en
camino con ellos, acompañado de algunos hermanos de Joppe. Al otro día, entró en
Cesarea, donde los esperaba Cornelio, quien había invitado a sus parientes y amigos
íntimos. En el momento de entrar Pedro, le salió al encuentro Cornelio, y se postró a sus
pies. Pedro lo hizo levantarse diciéndole: «Levántate, que yo soy también un hombre.»
Y, conversando con él, entró en casa, donde encontró un numeroso grupo de personas
que se habían reunido. Pedro les dijo: «Vosotros sabéis bien que los judíos tienen
absolutamente prohibido tener trato con los extranjeros o entrar en sus casas. Pero Dios
me ha enseñado a no llamar impuro ni manchado a ningún hombre. Por eso, sin replicar
lo más mínimo, he venido apenas me ha llamado Dios. Pues bien, ahora os pregunto yo:
¿cuál es el objeto de vuestra llamada?»
Cornelio le respondió: «Hace cuatro días, hacia esta hora de las tres de la tarde,
estaba yo en mi casa haciendo oración. Y, de repente, apareció ante mí un hombre,
vestido con brillantes vestiduras, que me dijo: "Cornelio, Dios ha escuchado tu oración y
ha tomado en consideración tus obras de caridad. Manda un recado a Joppe y haz venir a
Simón, a quien llaman Pedro; se hospeda en casa de Simón, el curtidor, junto al mar." En
seguida, yo mandé en busca tuya, y me has hecho un favor muy grande en venir. Ahora,
aquí, en presencia de Dios, estamos todos reunidos para escuchar las instrucciones que
Dios te ha dado.»
R. Jesús dijo: «Os aseguro que * en ningún israelita he hallado fe tan grande.» Aleluya.
V. Vendrán muchos del oriente y del occidente a sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y
Jacob en el reino de los cielos.
R. En ningún israelita he hallado fe tan grande. Aleluya.
Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías
(Libro 5, 2, 2-3: SC 153, 30-38)
LA EUCARISTÍA, ARRAS DE LA RESURRECCIÓN
Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz
de la eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de
su cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de la carne y de toda la substancia
humana, de aquella substancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la
que nos pudo redimir con su sangre, como dice el Apóstol: Por su sangre hemos recibido
la redención, el perdón de los pecados.
Y, porque somos sus miembros y quiere que la creación nos alimente, nos brinda sus
criaturas, haciendo salir el sol y dándonos la lluvia según le place; y también porque nos
quiere miembros suyos, aseguró el Señor que el cáliz, que proviene de la creación
material, es su sangre derramada, con la que enriquece nuestra sangre, y que el pan, que
también proviene de esta creación, es su cuerpo, que enriquece nuestro cuerpo.
Cuando la copa de vino mezclado con agua y el pan preparado por el hombre reciben
la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo y con
ella se sostiene y se vigoriza la substancia de nuestra carne, ¿cómo pueden, pues,
pretender los herejes que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que consiste en la
vida eterna, si esta carne se nutre con la sangre y el cuerpo del Señor y llega a ser parte
de este mismo cuerpo?
Por ello bien dice el Apóstol en su carta a los Efesios: Somos miembros de su cuerpo,
hueso de sus huesos y carne de su carne. Y esto lo afirma no de un hombre invisible y
mero espíritu —pues un espíritu no tiene carne y huesos—, sino de un organismo
auténticamente humano, hecho de carne, nervios y huesos; pues es este organismo el
que se nutre con la copa, que es la sangre de Cristo, y se fortalece con el pan, que es su
cuerpo.
Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo,
y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del
Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así estas criaturas trabajadas con destreza
se ponen al servicio del hombre, y después, cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de
Dios, se convienen en la eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo; de la
misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta eucaristía y depositados en tierra, y
desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue denuevo la vida para la gloria de Dios Padre. Él es, pues, quien envuelve a los mortales con
su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza
de Dios se realiza en la debilidad.
R. Yo soy el pan de vida; vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; *
éste es el pan que baja del cielo para que quien lo coma no muera. Aleluya.
V. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; todo el que coma de este pan vivirá eternamente.
R. Éste es el pan que baja del cielo para que quien lo coma no muera. Aleluya.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que en estos días de Pascua nos has revelado más
claramente tu amor y nos has permitido conocerlo con más profundidad, concede a
quienes has librado de las tinieblas del error adherirse con firmeza a las enseñanzas de tu
verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.