El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, sábado, 14 de febrero de 2026. Otras celebraciones del día: SAN CIRILO, MONJE, Y SAN METODIO, OBISPO, PATRONOS DE EUROPA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.
Antífona 1: Cantad al Señor y meditad sus maravillas. (T. P. Aleluya).
Salmo 104
LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN REALIZA LAS PROMESAS HECHAS POR DIOS A ABRAHÁN
Los apóstoles revelan a las naciones las maravillas realizadas por Dios en su venida (S. Atanasio).
I
Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas,
gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra.
Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac,
confirmado como ley para Jacob,
como alianza eterna para Israel:
"A ti te daré el país cananeo,
como lote de vuestra heredad".
Cuando eran unos pocos mortales,
contados, y forasteros en el país,
cuando erraban de pueblo en pueblo,
de un reino a otra nación,
a nadie permitió que los molestase,
y por ellos castigó a reyes:
"No toquéis a mis ungidos,
no hagáis mal a mis profetas".
Antífona 2: No abandonó al justo vendido, sino que lo libró de sus calumniadores. (T. P. Aleluya).
II
Llamó al hambre sobre aquella tierra:
cortando el sustento de pan;
por delante había enviado a un hombre,
a José, vendido como esclavo;
le trabaron los pies con grillos,
le metieron el cuello en la argolla,
hasta que se cumplió su predicción,
y la palabra del Señor lo acreditó.
El rey lo mandó desatar,
el Señor de pueblos le abrió la prisión,
lo nombró administrador de su casa,
señor de todas sus posesiones,
para que a su gusto instruyera a los príncipes
y enseñase sabiduría a los ancianos.
Antífona 3: Se acordó el Señor de su palabra y sacó a su pueblo con alegría. (T. P. Aleluya).
III
Entonces Israel entró en Egipto,
Jacob se hospedó en la tierra de Cam.
Dios hizo a su pueblo muy fecundo,
más poderoso que sus enemigos.
A éstos les cambió el corazón
para que odiasen a su pueblo,
y usaran malas artes con sus siervos.
Pero envió a Moisés, su siervo,
y a Aarón, su escogido,
que hicieron contra ellos sus signos,
prodigios en la tierra de Cam.
Envió la oscuridad, y oscureció,
pero ellos resistieron a sus palabras;
convirtió sus aguas en sangre,
y dio muerte a sus peces;
su tierra pululaba de ranas,
hasta en la alcoba del rey.
Ordenó que vinieran tábanos
y mosquitos por todo el territorio;
les dio en vez de lluvia granizo,
llamas de fuego por su tierra;
e hirió higueras y viñas,
tronchó los árboles del país.
Ordenó que viniera la langosta,
saltamontes innumerables,
que roían la hierba de su tierra,
y devoraron los frutos de sus campos.
Hirió de muerte a los primogénitos del país,
primicias de su virilidad.
Sacó a su pueblo cargado de oro y plata,
y entre sus tribus nadie tropezaba;
los egipcios se alegraban de su marcha,
porque los había sobrecogido el terror.
Tendió una nube que los cubriese,
y un fuego que los alumbrase de noche.
Lo pidieron, y envió codornices,
los sació con pan del cielo;
hendió la peña, y brotaron las aguas,
que corrieron en ríos por el desierto.
Porque se acordaba de la palabra sagrada,
que había dado a su siervo Abrahán,
sacó a su pueblo con alegría,
a sus escogidos con gritos de triunfo.
Les asignó las tierras de los gentiles,
y poseyeron las haciendas de las naciones:
para que guarden sus decretos,
y cumplan su ley.
Del libro del Génesis 49, 1-29. 32
JACOB BENDICE A SUS HIJOS
En aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dijo: «Reuníos, que os voy a contar lo
que os va a suceder en el futuro. Agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro
padre, Israel:
Tú, Rubén, mi primogénito, mi fuerza y primicia de mi virilidad, primero en rango,
primero en poder; precipitado como agua, no serás de provecho, porque subiste a la cama
de tu padre, profanando mi lecho con tu acción.
Simeón y Leví, hermanos, mercaderes en armas criminales. No quiero asistir a sus
consejos, no he de participar en su asamblea, pues mataron hombres ferozmente y a
capricho destrozaron bueyes. Maldita su furia, tan cruel, y su cólera inexorable. Los
repartiré entre Jacob y los dispersaré por Israel.
A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos,
se postrarán ante ti los hijos de tu madre. Judá es un león agazapado, has vuelto de hacer
presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a
desafiarlo? No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas,
hasta que venga aquel a quien le está reservado, a quien rendirán homenaje las naciones.
Ata su burro a una viña, las crías a una cepa; lava su ropa en vino y su túnica en sangre
de uvas. Sus ojos son más oscuros que vino, y sus dientes más blancos que leche.
Zabulón habitará junto a la costa, será un puerto para los barcos, su frontera llegará
hasta Sidón.
Isacar es un asno robusto que se tumba entre las alforjas; viendo que es bueno el
establo y que es hermosa la tierra, inclina el lomo a la carga y acepta trabajos de esclavo.
Dan gobernará a su pueblo como las otras tribus de Israel. Dan es culebra junto al
camino, áspid junto a la senda: muerde al caballo en la pezuña, y el jinete es despedido
hacia atrás.
Espero tu salvación, Señor.
Gad: le atacarán los bandidos, y él los atacará por la espalda.
El grano de Aser es sustancioso, ofrece manjar de reyes.
Neftalí es cierva suelta que tiene crías hermosas.
José es un potro salvaje, un potro junto a la fuente, asnos salvajes junto al muro. Los
arqueros los irritan, los desafían y los atacan. Pero el arco se les queda rígido y les
tiemblan manos y brazos, ante el Campeón de Jacob, el Pastor y Piedra de Israel. El Dios
de tu padre te auxilia, el Todopoderoso te bendice: bendiciones que bajan del cielo,
bendiciones del océano, acostado en lo hondo, bendiciones de pechos y ubres,
bendiciones de espigas abundantes, bendiciones de collados antiguos, delicia de colinas
perdurables, bajen sobre la cabeza de José, coronen al elegido entre sus hermanos.
Benjamín es un lobo rapaz: por la mañana, devora la presa; por la tarde, reparte
despojos.»
Éstas son las doce tribus de Israel, y esto lo que su padre les dijo al bendecirlos, dando
una bendición especial a cada uno. Y les dio las siguientes instrucciones:
«Cuando me reúna con los míos, enterradme con mis padres en la cueva del campo de
Efrón, el hitita.»
Cuando Jacob terminó de dar instrucciones a sus hijos, recogió los pies en la cama,
expiró y se reunió con los suyos.
R. Mira que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David; * él puede abrir el
libro y sus siete sellos.
V. No se apartará de Judá el cetro, hasta que venga aquel a quien le está reservado.
R. Él puede abrir el libro y sus siete sellos.
De los sermones del beato Isaac, abad del monasterio de Stella
(Sermón 31: PL 194,1292-1293)
LA PREEMINENCIA DE LA CARIDAD
¿Por qué, hermanos, nos preocupamos tan poco de nuestra mutua salvación, y no
procuramos ayudarnos unos a otros en lo que más urgencia tenemos de prestarnos
auxilio, llevando mutuamente nuestras cargas, con espíritu fraternal? Así nos exhorta el
Apóstol, diciendo: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso
cumpliréis la ley de Cristo; y en otro lugar: Sobrellevaos mutuamente con amor. En ello
consiste, efectivamente, la ley de Cristo.
Cuando observo en mi hermano alguna deficiencia incorregible -consecuencia de alguna
necesidad o de alguna enfermedad física o moral-, ¿por qué no lo soporto con paciencia,
por qué no lo consuelo de buen grado, tal como está escrito: Llevarán en brazos a sus
criaturas y sobre las rodillas las acariciarán? ¿No será porque me falta aquella caridad que
todo lo aguanta, que es paciente para soportarlo todo, que es benigna en el amor?
Tal es ciertamente la ley de Cristo, que, en su pasión, soportó nuestros sufrimientos y,
por su misericordia, aguantó nuestros dolores, amando a aquellos por quienes sufría,
sufriendo por aquellos a quienes amaba. Por el contrario, el que hostiliza a su hermano
que está en dificultades, el que le pone asechanzas en su debilidad, sea cual fuere esta
debilidad, se somete a la ley del diablo y la cumple. Seamos, pues, compasivos, caritativos
con nuestros hermanos, soportemos sus debilidades, tratemos de hacer desaparecer sus
vicios.
Cualquier género de vida, cualesquiera que sean sus prácticas o su porte exterior,
mientras busquemos sinceramente el amor de Dios y el amor del prójimo por Dios, será
agradable a Dios. La caridad ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a
dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están. Ella es el principio por el cual
y el fin hacia el cual todo debe ordenarse. Nada es culpable si se hace en verdad movido
por ella y de acuerdo con ella.
Quiera concedérnosla aquel a quien no podemos agradar sin ella, y sin el cual nada en
absoluto podemos, que vive y reina y es Dios por los siglos inmortales. Amén.
R. Éste es el mensaje que escuchasteis desde un principio: * que nos amemos unos a
otros.
V. Toda la ley se concentra en esta frase:
R. Que nos amemos unos a otros.
Oremos:
Vela, Señor con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que
sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.