El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, martes, 3 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!
Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
ni tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.
Antífona 1: Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Salmo 101
DESEOS Y SÚPLICAS DE UN DESTERRADO
Dios nos consuela en todas nuestras luchas (2 Cor 1, 4).
I
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mi;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.
Antífona 2: Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
II
Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas,
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
Antífona 3: Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos. (T. P. Aleluya).
III
Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días".
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Del libro del Génesis 28, 10-29, 14
LA ESCALINATA DE JACOB
En aquellos días, Jacob salió de Berseba en dirección a Harán. Casualmente, llegó a un
lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Cogió de allí mismo
una piedra, se la colocó a guisa de almohada y se echó a dormir en aquel lugar.
Y tuvo un sueño: Una escalinata apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo.
Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio al Señor que estaba de pie sobre ella y le
decía:
«Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que
estás acostado, te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como
el polvo de la tierra, y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur; y todas las
naciones del mundo serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy
contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, y te volveré a esta tierra y no te
abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido.»
Cuando Jacob despertó, dijo:
«Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía.»
Y, sobrecogido, añadió:
«Qué terrible es este lugar: no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo.»
Jacob se levantó de madrugada, tomó la piedra que le había servido de almohada, la
levantó como estela y derramó aceite por encima.
Y llamó a aquel lugar «Casa de Dios»; antes la ciudad se llamaba Luz. Jacob hizo un
voto, diciendo:
«Si Dios está conmigo y me guarda en el camino que estoy haciendo, si me da pan
para comer y vestidos para cubrirme, si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces
el Señor será mi Dios, y esta piedra que he levantado como estela será una casa de Dios;
y, de todo lo que me des, te daré el diezmo.»
Jacob continuó su viaje hacia el país de los orientales. En campo abierto, vio un pozo y
tres rebaños de ovejas tumbadas cerca, pues los rebaños solían abrevar en el pozo; la
piedra que tapaba el pozo era grande; de modo que, cuando se reunían allí todos los
pastores, corrían la piedra de la boca del pozo, abrevaban los rebaños y volvían a tapar el
pozo, poniendo la piedra en su sitio. Jacob les dijo:
«Hermanos, ¿de dónde sois?» Respondieron:
«Somos de Harán.»
Les preguntó:
«¿Conocéis a Labán, hijo de Najor?» Contestaron:
«Sí,»
Les dijo:
«¿Qué tal está?» Contestaron:
«Está bien; mira, su hija Raquel llega con el rebaño.» Él les dijo:
«Todavía es pleno día y no es aún tiempo de reunir los rebaños; abrevad las ovejas y
dejadlas pastar.»
Contestaron:
«No podemos hasta que se reúnan todos los pastores; entonces corremos la piedra,
destapando el pozo, y abrevamos las ovejas.»
Todavía estaba hablando, cuando llegó Raquel, con las ovejas de su padre, pues era
pastora. Cuando Jacob vio a Raquel, hija de Labán, su tío, se acercó, removió la piedra de
la boca del pozo y abrevó las ovejas de Labán, su tío; después, besó a Raquel y rompió a
llorar. Jacob explicó a Raquel que era pariente de su padre e hijo de Rebeca. Ella fue a
contárselo a su padre.
Cuando Labán oyó las noticias de Jacob, hijo de su hermana, salió corriendo a su
encuentro, lo abrazó, le besó y lo llevó a su casa. Allí él contó a Labán todo lo sucedido.
Labán le dijo:
«Eres de mi carne y sangre.»
Y se quedó con él un mes.
R. Jacob tuvo un sueño: Una escalinata apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo;
ángeles de Dios subían y bajaban por ella; y dijo: * «Este lugar no es sino la casa de Dios
y la puerta del cielo.»
V. Os lo digo con toda verdad: veréis el cielo abierto, Y a los ángeles de Dios subiendo y
bajando en servicio del Hijo del hombre.
R. Este lugar no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo.
Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías
(Libro 3,19,1. 3-20,1: SC 34, 332. 336-338)
CRISTO, PRIMICIA DE NUESTRA RESURRECCIÓN
El Verbo de Dios se hizo hombre y el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que el
hombre, unido íntimamente al Verbo de Dios, se hiciera hijo de Dios por adopción.
En efecto, no hubiéramos podido recibir la incorrupción y la inmortalidad, si no
hubiéramos estado unidos al que es la incorrupción y la inmortalidad en persona. ¿Y cómo
hubiésemos podido unirnos al que es la incorrupción y la inmortalidad, si antes él no se
hubiese hecho uno de nosotros, a fin de que nuestro ser corruptible fuera absorbido por la
incorrupción, y nuestro ser mortal fuera absorbido por la inmortalidad, para que
recibiésemos la filiación adoptiva?
Así, pues, este Señor nuestro es Hijo de Dios y Verbo del Padre por naturaleza, y
también es Hijo del hombre, ya que tuvo una generación humana, hecho Hijo del hombre
a partir de María, la cual descendía de la raza humana y a ella pertenecía.
Por esto, el mismo Señor nos dio una señal en las profundidades de la tierra y en lo alto
de los cielos, señal que no había pedido el hombre, porque éste no podía imaginar que
una virgen concibiera y diera a luz, y que el fruto de su parto fuera Dios con nosotros, que
descendiera a las profundidades de la tierra para buscar a la oveja perdida (el hombre,
obra de sus manos), y que, después de haberla hallado, subiera a las alturas para
presentarla y encomendarla al Padre, convirtiéndose él en primicias de la resurrección. Así,
del mismo modo que la cabeza resucitó de entre los muertos, también todo el cuerpo (es
decir, todo hombre que participa de su vida, cumplido el tiempo de su condena, fruto de
su desobediencia) resucitará, por la trabazón y unión que existe entre los miembros y la
cabeza del cuerpo de Cristo, que va creciendo por la fuerza de Dios, teniendo cada
miembro su propia y adecuada situación en el cuerpo. En la casa del Padre hay muchas
moradas, porque muchos son los miembros del cuerpo.
Dios se mostró magnánimo ante la caída del hombre y dispuso aquella victoria que iba
a conseguirse por el Verbo. Al mostrarse perfecta la fuerza en la debilidad, se puso de
manifiesto la bondad y el poder admirable de Dios.
R. Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. * Y lo mismo que en Adán
todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la vida.
V. Lo mismo que por un hombre hubo muerte, por otro hombre hay resurrección de los
muertos.
R. Y lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la
vida.
Oremos:
Señor, concédenos, amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a
todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.