Oficio de Lectura hoy viernes, 17 de agosto de 2018

Oficio de Lectura - VIERNES XIX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2018

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, viernes, 17 de agosto de 2018.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Este es el día del Señor.
Este es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos.
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.

Salmodia

Antífona 1: Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37

ME DEVORA EL CELO DE TU TEMPLO

Le dieron a beber vino mezclado con hiel (Mt 27, 34).

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?
Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.
Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos,
se burlan de mí;
cuando me visto de saco,
se ríen de mí;
sentados a la puerta cuchichean,
mientras beben vino me sacan coplas.

Antífona 2: En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

II

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:
arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme enseguida.
Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Antífona 3: Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. (T. P. Aleluya).

III

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.
El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Zacarías 12, 9-12a: 13, 1-9

LA SALVACION ESTARÁ EN JERUSALÉN

Esto dice el Señor:
«Aquel día me dispondré a aniquilar a los pueblos
que invadan a Jerusalén. Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de
Jerusalén un espíritu de gracia y de oración. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán
llanto como llanto por el hijo único y llorarán como se llora al primogénito.
Aquel día será grande el luto en Jerusalén, como el luto de Haddad-Rimón en el valle
de Meguidó, y llorará todo el país, familia por familia.
Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de
Jerusalén, para lavar los pecados e impurezas.
Aquel día —oráculo del Señor— aniquilaré de la tierra los nombres de los ídolos y no
serán invocados. Y lo mismo haré con sus profetas y aniquilaré el espíritu impuro. Si se
pone uno a profetizar, le dirán el padre y la madre que lo engendraron: “No quedarás vivo,
porque has anunciado mentiras en nombre del Señor”, y el padre y la madre que lo
engendraron lo traspasarán, porque pretendió ser profeta.
Aquel día se avergonzarán los profetas de sus visiones y profecías y no se vestirán
mantos peludos para engañar. Dirán: “Yo no soy profeta, sino labrador; desde mi juventud
la tierra es mi ocupación.” Le preguntarán: “¿Y qué son esas heridas entre tus brazos?” Y
él responderá: “Me hirieron en casa de unos amigos.”
Álzate, espada, contra mi pastor, contra mi ayudante —oráculo del Señor—. Hiere al
pastor, que se dispersen las ovejas, volveré mi mano contra las crías. En toda la tierra

serán exterminados dos tercios y quedará una tercera parte. Pasaré a fuego esa tercera
parte, la purificaré como se purifica la plata, la depuraré como se acrisola el oro. Él
invocará mi nombre y yo le responderé. Y le diré: “Pueblo mío”, y él me responderá:
“Señor, Dios mío.”»

Responsorio Mt 26, 31; Za 13,7

R. Esta noche voy a ser piedra de escándalo para todos vosotros, pues ya dice la
Escritura: * «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño
V. Álzate, espada, contra mi pastor, contra mi ayudante —oráculo del Señor—.
R. Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño.

Segunda Lectura

Del sermón de san Paciano, obispo, sobre el bautismo
(Núms. 5-6: PL. 13, 1092-1093)

REFORMEMOS NUESTRAS COSTUMBRES EN CRISTO, POR EL ESPÍRITU SANTO

El pecado de Adán se había transmitido a todo el género humano, como afirma el
Apóstol: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así
pasó a todos los hombres. Por lo tanto, es necesario que la justicia de Cristo sea
transmitida a todo el género humano. Y, así como Adán, por su pecado, fue causa de
perdición para toda su descendencia, del mismo modo Cristo, por su justicia, vivifica a
todo su linaje. Esto es lo que subraya el Apóstol cuando afirma: Si por la desobediencia de
uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán
en justos. Y así como reinó el pecado, causando la muerte, así también reinará la gracia,
causando una justificación que conduce a la vida eterna.
Pero alguno me puede decir: “Con razón el pecado de Adán ha pasado a su posteridad,
ya que fueron engendrados por él. ¿Pero acaso nosotros hemos sido engendrados por
Cristo para que podamos ser salvados por él?” No penséis carnalmente, y veréis cómo
somos engendrados por Cristo. En la plenitud de los tiempos, Cristo se encarnó en el seno
de María: vino para salvar a la carne, no la abandonó al poder de la muerte, sino que launió con su espíritu y la hizo suya. Éstas son las bodas del Señor por las que se unió a la
naturaleza humana, para que, de acuerdo con aquel gran misterio, se hagan los dos una
sola carne, Cristo y la Iglesia.
De estas bodas nace el pueblo cristiano, al descender del cielo el Espíritu Santo. La
substancia de nuestras almas es fecundada por la simiente celestial, se desarrolla en el
seno de nuestra madre, la Iglesia, y cuando nos da a luz somos vivificados en Cristo. Por
lo que dice el Apóstol: El primer hombre, Adán, fue un ser animado, el último Adán, un
espíritu que da vida. Así es como engendra Cristo en su Iglesia por medio de sus
sacerdotes, como lo afirma el mismo Apóstol: Os he engendrado para Cristo. Así, pues, el
germen de Cristo, el Espíritu de Dios, da a luz, por manos de los sacerdotes, al hombre
nuevo, concebido en el seno de la Iglesia, recibido en el parto de la fuente bautismal,
teniendo como madrina de boda a la fe.
Pero hay que recibir a Cristo para que nos engendre, como lo afirma el apóstol san
Juan: Cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios. Esto no puede ser
realizado sino por el sacramento del bautismo, del crisma y del obispo. Por el bautismo se
limpian los pecados, por el crisma se infunde el Espíritu Santo, y ambas cosas las
conseguimos por medio de las manos y la boca del obispo. De este modo, el hombre
entero renace y vive una vida nueva en Cristo: Así como Cristo fue resucitado de entre los
muertos, así también nosotros andemos en una vida nueva, es decir, que, depuestos los

errores de la vida pasada, reformemos nuestras costumbres en Cristo, por el Espíritu
Santo.

Responsorio Rm 5, 19. 21; 1 Jn 4, 10

R. Como por la desobediencia de un solo hombre todos los demás quedaron constituidos
pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos quedaron constituidos justos;
* para que así como reinó el pecado produciendo la muerte, así también reine la gracia
dándonos vida eterna por Jesucristo.
V. Dios nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.
R. Para que así como reinó el pecado produciendo la muerte, así también reine la gracia
dándonos vida eterna por Jesucristo.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, a quien confiadamente invocamos con el nombre de Padre,
intensifica en nosotros el espíritu de hijos adoptivos tuyos, para que merezcamos entrar
en posesión de la herencia que nos tienes prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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