El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, lunes, 5 de enero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Ver a Dios en la criatura,
ver a Dios hecho mortal
y ver en humano portal
la celestial hermosura.
¡Gran merced y gran ventura
a quien verlo mereció!
¡Quién lo viera y fuera yo!
Ver llorar a la alegría,
ver tan pobre a la riqueza,
ver tan baja a la grandeza
y ver que Dios lo quería.
¡Gran merced fue en aquel día
la que el hombre recibió!
¡Quién lo viera y fuera yo!
Poner paz en tanta guerra,
calor donde hay tanto frío,
ser de todos lo que es mío,
plantar un cielo en la tierra.
¡Qué misión de escalofrío
la que Dios nos confió!
¡Quién lo hiciera y fuera yo. Amén.
Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.
Salmo 30, 2-17. 20-25
SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
I
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.
Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).
II
Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).
III
¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.
R. La Palabra era la luz verdadera.
V. Que ilumina a todos los hombres.
Del libro del Cantar de los cantares 7, 9-8, 7
ÚLTIMAS PALABRAS DE LA ESPOSA Y ALABANZA DEL AMOR
Tu boca es un vino generoso que fluye acariciando y me moja los labios y los dientes.
Yo soy de mi amado, y él me busca con pasión. Amado mío, ven, vamos al campo, al
abrigo de enebros pasaremos la noche, madrugaremos para ver las viñas, para ver si las
vides ya florecen, si ya se abren las yemas, y si echan flores los granados: y allí te daré mi
amor... Perfuman las mandrágoras, y a la puerta hay mil frutas deleitosas, frutas secas y
frescas, que he guardado, mi amado, para ti.
¡Oh si fueras mi hermano y criado a los pechos de mi madre! Al verte por la calle, te
besaría sin temor a burlas, te introduciría en casa de mi madre, en la alcoba de la que me
crió, te daría a beber vino aromado, licor de mis granados. Pone la mano izquierda bajo mi
cabeza, y me abraza con la derecha.
¡Muchachas de Jerusalén, os conjuro que no vayáis a molestar, que no despertéis al
amor, hasta que él quiera!
¿Quién es ésa que sube del desierto, apoyada en su amado?
Bajo el manzano te desperté, allí donde tu madre te dio a luz, con dolores de parto.
Ponme como un sello sobre tu brazo, como un sello sobre tu corazón, porque el amor es
fuerte como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; es centella de fuego, llamarada
divina. Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien
quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable.
R. El amor es fuerte como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; es centella de
fuego, llamarada divina: * las aguas torrenciales no podrían apagar el amor.
V. Dios, por el gran amor con que nos amó, envió a la tierra a su Hijo.
R. Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor.
De los sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 194, 3-4: PL 38,1016-1017)
SEREMOS SACIADOS CON LA VISIÓN DE LA PALABRA
¿Qué ser humano podría conocer todos los tesoros de sabiduría y de ciencia ocultos en
Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Porque, siendo rico, se hizo pobre por
vosotros, para enriqueceros con su pobreza. Pues cuando asumió la condición mortal y
experimentó la muerte, se mostró pobre: pero prometió riquezas para más adelante, y no
perdió las que le habían quitado.
¡Qué inmensidad la de su dulzura, que escondió para los que lo temen, y llevó a cabo
para los que esperan en él!
Nuestros conocimientos son ahora parciales, hasta que se cumpla lo que es perfecto. Y
para que nos hagamos capaces de alcanzarlo, él, que era igual al Padre en la forma de
Dios, se hizo semejante a nosotros en la forma de siervo, para reformarnos a semejanza
de Dios: y, convertido en hijo del hombre —él, que era único Hijo de Dios—, convirtió a
muchos hijos de los hombres en hijos de Dios; y, habiendo alimentado a aquellos siervos
con su forma visible de siervo, los hizo libres para que contemplasen la forma de Dios.
Pues ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos
que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Pues
¿para qué son aquellos tesoros de sabiduría y de ciencia, para qué sirven aquellas riquezas
divinas sino para colmarnos? ¿Y para qué la inmensidad de aquella dulzura sino para
saciarnos? Muéstranos al Padre y nos basta.
Y en algún salmo, uno de nosotros, o en nosotros, o por nosotros, le dice: Me saciaré
cuando se manifieste tu gloria. Pues él y el Padre son una misma cosa: y quien lo ve a él
ve también al Padre. De modo que el Señor, Dios de los ejércitos, él es el Rey de la gloria.
Volviendo a nosotros, nos mostrará su rostro; y nos salvaremos y quedaremos saciados, y
eso nos bastará.
Pero mientras eso no suceda, mientras no nos muestre lo que habrá de bastarnos,
mientras no le bebamos como fuente de vida y nos saciemos, mientras tengamos que
andar en la fe y peregrinemos lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de justicia y
anhelamos con inefable ardor la belleza de la forma de Dios, celebremos con devota
obsequiosidad el nacimiento de la forma de siervo.
Si no podemos contemplar todavía al que fue engendrado por el Padre antes que el
lucero de la mañana, tratemos de acercarnos al que nació de la Virgen en medio de la
noche. No comprendemos aún que su nombre dura como el sol; reconozcamos que su
tienda ha sido puesta en el sol.
Todavía no podemos contemplar al Único que permanece en su Padre; recordemos al
Esposo que sale de su alcoba. Todavía no estamos preparados para el banquete de
nuestro Padre; reconozcamos al menos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.
R. La vida se ha manifestado, y nosotros hemos visto y os anunciamos esta vida eterna, *
que estaba con el Padre y se nos ha manifestado.
V. Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia, para que
conozcamos al Dios verdadero y para que estemos en él, su verdadero Hijo, el cual es
Dios verdadero y es vida eterna.
R. Que estaba con el Padre y se nos ha manifestado.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Señor, que has comenzado de modo admirable la obra de la redención de los hombres con
el nacimiento de tu Hijo, concédenos, te rogamos, una fe tan sólida que, guiados por el
mismo Jesucristo, podamos alcanzar los premios eternos que nos has prometido. Por
nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.