El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, sábado, 16 de mayo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras! Amén.
Antífona 1: Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. (T. P. Aleluya).
Salmo 105
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1 Cor 10, 11).
I
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,
pregonar toda su alabanza?
Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia.
Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación:
para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo,
y me gloríe con tu heredad.
Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas;
no se acordaron de tu abundante misericordia,
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,
pero Dios los salvó por amor de su nombre,
para manifestar su poder.
Increpó al mar Rojo, y se secó,
los condujo por el abismo como por tierra firme;
los salvó de la mano del adversario,
los rescató del puño del enemigo;
las aguas cubrieron a los atacantes,
y ni uno solo se salvó:
entonces creyeron sus palabras,
cantaron su alabanza.
Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.
Él les concedió lo que pedían,
pero les mandó un cólico por su gula.
Envidiaron a Moisés en el campamento,
y a Aarón, el consagrado al Señor:
se abrió la tierra y se tragó a Datán,
se cerró sobre Abirón y sus secuaces;
un fuego abrasó a su banda,
una llama consumió a los malvados.
Antífona 2: No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.
II
En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.
Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio.
Despreciaron una tierra envidiable,
no creyeron en su palabra;
murmuraban en las tiendas,
no escucharon la voz del Señor.
Él alzó la mano y juró
que los haría morir en el desierto,
que dispersaría su estirpe por las naciones
y los aventaría por los países.
Se acoplaron con Baal Fegor,
comieron de los sacrificios a dioses muertos;
provocaron a Dios con sus perversiones,
y los asaltó una plaga;
pero Finés se levantó e hizo justicia,
y la plaga cesó;
y se le apuntó a su favor
por generaciones sin término.
Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,
Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos;
le habían amargado el alma,
y desvariaron sus labios.
Antífona 3: Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y reúnenos de entre los gentiles. (T. P. Aleluya).
III
No exterminaron a los pueblos
que el Señor les había mandado;
emparentaron con los gentiles,
imitaron sus costumbres;
adoraron sus ídolos
y cayeron en sus lazos;
inmolaron a los demonios
sus hijos y sus hijas;
derramaron la sangre inocente
y profanaron la tierra ensangrentándola;
se mancharon con sus acciones
y se prostituyeron con sus maldades.
La ira del Señor se encendió contra su pueblo,
y aborreció su heredad;
los entregó en manos de gentiles,
y sus adversarios los sometieron;
sus enemigos los tiranizaban
y los doblegaron bajo su poder.
Cuántas veces los libró;
más ellos, obstinados en su actitud,
perecían por sus culpas;
pero él miró su angustia,
y escuchó sus gritos.
Recordando su pacto con ellos,
se arrepintió con inmensa misericordia;
hizo que movieran a compasión
a los que los habían deportado.
Sálvanos, Señor, Dios nuestro,
reúnenos de entre los gentiles:
daremos gracias a tu santo nombre,
y alabarte será nuestra gloria.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde siempre y por siempre.
Y todo el pueblo diga: ¡Amén!
V. Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Aleluya.
R. Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 23, 12-35
CONSPIRACIÓN DE LOS JUDÍOS CONTRA PABLO
En aquellos días, tuvieron un conciliábulo los judíos y juraron no comer ni beber hasta
matar a Pablo. Los conjurados eran más de cuarenta. Estos hombres se presentaron a los
pontífices y a los ancianos y les dijeron: «Nos hemos juramentado solemnemente a no
probar bocado hasta matar a Pablo. Ahora, vosotros, de acuerdo con el Consejo, indicad al
tribuno que lo haga comparecer en vuestra presencia con el pretexto de examinar más a
fondo su causa. Nosotros, por nuestra parte, estamos preparados para darle muerte antes
de que llegue.»
Pero el hijo de la hermana de Pablo se enteró de este complot. Se presentó en la
fortaleza y se lo comunicó a Pablo. Pablo llamó en seguida a un centurión y le dijo: «Lleva
a este joven al tribuno, porque tiene algo que comunicarle.»
Lo tomó, pues, el centurión y lo llevó al tribuno, diciéndole: «El preso Pablo me ha
llamado y me ha rogado que te traiga a este joven, pues tiene algo que comunicarte.»
El tribuno lo tomó de la mano, se retiró aparte y le preguntó: «¿Qué es lo que tienes
que comunicarme?»
Él contestó: «Los judíos se han puesto de acuerdo para pedirte que hagas comparecer
mañana a Pablo ante el Consejo de ancianos con el pretexto de examinar más a fondo su
causa. No los creas. Porque se han conjurado contra él más de cuarenta hombres de entre
ellos, y se han juramentado bajo anatema a no comer ni beber hasta matarlo. Ahora están
preparados, aguardando tu respuesta favorable.»
El tribuno despidió al joven con este aviso: «No digas a nadie que me has revelado
este asunto.»
Llamó en seguida a dos centinelas, y les dio esta orden: «Preparad doscientos
soldados para que marchen a Cesarea a las nueve de la noche; y también setenta jinetes
y doscientos lanceros. Además, aparejad cabalgaduras para que, montado y sin peligro,
lleven a Pablo hasta el procurador Félix.»
Y escribió una carta en estos términos: «Claudio Lisias saluda al excelentísimo
procurador Félix. Te envío aquí a este hombre, que ha sido arrestado por los judíos y ha
estado a punto de ser muerto por ellos. Yo lo he sacado del peligro, acudiendo con la
tropa, al enterarme de que era un ciudadano romano.
He querido saber el crimen de que lo acusan, y lo he hecho comparecer ante el
Consejo. Me he encontrado con que lo acusan de cuestiones referentes a su ley, pero no
ha cometido delito alguno que merezca la muerte o la prisión. Enterado de las asechanzas
que preparaban contra este hombre, he resuelto al punto enviártelo, intimando también a
los acusadores a que expongan su demanda en tu tribunal.»
Los soldados, conforme a las órdenes recibidas, tomaron consigo a Pablo y lo
condujeron de noche a Antípatris; y después, al otro día, dejando a los jinetes que fuesen
escoltando a Pablo, se volvieron a su cuartel. Los jinetes, una vez llegados a Cesarea,
entregaron la carta al procurador y dejaron en su poder a Pablo. Después que leyó la
carta, el procurador se informó de qué provincia era y, al saber que era de Cilicia, dijo: «Te
tomaré declaración cuando se presenten tus acusadores.»
Y dio orden de que guardasen a Pablo en el palacio de Herodes.
R. Cuando os hagan comparecer ante gobernadores y reyes, no os preocupéis de lo
que vais a decir o de cómo lo diréis. * En su momento se os sugerirá lo que tenéis que
decir. Aleluya.
V. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.
R. En su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir. Aleluya.
De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Tratado 124, 5. 7: CCL 36, 685-687)
DOS VIDAS
La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y recomendadas por el Señor; de
ellas, una se desenvuelve en la fe, la otra en la visión; una durante el tiempo de nuestra
peregrinación, la otra en las moradas eternas; una en medio de la fatiga, la otra en el
descanso; una en el camino, la otra en la patria; una en el esfuerzo de la actividad, la otra
en el premio de la contemplación.
La primera vida es significada por el apóstol Pedro, la segunda por el apóstol Juan: La
primera se desarrolla toda ella aquí, hasta el fin de este mundo, que es cuando terminará;
la segunda se inicia oscuramente en este mundo, pero su perfección se aplaza hasta el fin
de él, y en el mundo futuro no tendrá fin. Por eso se le dice a Pedro: Sígueme, en cambio
de Juan se dice: Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú, sígueme. «Tú,
sígueme por la imitación en soportar las dificultades de esta vida; él, que permanezca así
hasta mi venida para otorgar mis bienes», lo cual puede explicarse más claramente así:
«Sígame una actuación perfecta, impregnada del ejemplo de mi pasión; pero la
contemplación incoada permanezca así hasta mi venida para perfeccionarla.»
El seguimiento de Cristo consiste, pues, en una amorosa y perfecta constancia en el
sufrimiento, capaz de llegar hasta la muerte; la sabiduría, en cambio, permanecerá así en
estado de perfeccionamiento, hasta que venga Cristo para llevarla a su plenitud. Aquí, en
efecto, hemos de tolerar los males de este mundo en el país de los mortales; allí en
cambio, contemplaremos los bienes del Señor en el país de la vida.
Aquellas palabras de Cristo: Si quiero que se quede hasta que yo venga, no debemos
entenderlas en el sentido de permanecer hasta el fin o de permanecer siempre igual, sino
en el sentido de esperar; pues lo que Juan representa no alcanza ahora su plenitud, sino
que la alcanzará con la venida de Cristo. En cambio, lo que representa Pedro, a quien el
Señor dijo: Tú, sígueme, hay que ponerlo ahora por obra, para alcanzar lo que esperamos.
Pero nadie separe lo que significan estos dos apóstoles, ya que ambos estaban incluidos
en lo que significaba Pedro y ambos estarían después incluidos en lo que significaba Juan.
El seguimiento del uno y la permanencia del otro eran un signo. Uno y otro, creyendo,
toleraban los males de esta vida presente; uno y otro, esperando, confiaban alcanzar los
bienes de la vida futura.
Y no sólo ellos, sino que toda la santa Iglesia, esposa de Cristo, hace lo mismo,
luchando con las tentaciones presentes, para alcanzar la felicidad futura. Pedro y Juan
fueron, cada uno, figura de cada una de estas dos vidas. Pero uno y otro caminaron por la
fe, en la vida presente; uno y otro habían de gozar para siempre de la visión, en la vida
futura.
Por esto, Pedro, el primero de los apóstoles, recibió las llaves del reino de los cielos,
con el poder de atar y desatar los pecados, para que fuese el piloto de todos los santos,
unidos inseparablemente al cuerpo de Cristo, en medio de las tempestades de esta vida;
y, por esto, Juan, el evangelista, se reclinó sobre el pecho de Cristo, para significar el
tranquilo puerto de aquella vida arcana.
En efecto, no solo Pedro, sino toda la Iglesia ata y desata los pecados. Ni fue solo Juan
quien bebió, en la fuente del pecho del Señor, para enseñarla con su predicación, la
doctrina acerca de la Palabra que existía en el principio y estaba en Dios y era Dios —y lo
demás acerca de la divinidad de Cristo, y aquellas cosas tan sublimes acerca de la trinidad
y unidad de Dios, verdades todas estas que contemplaremos cara a cara en el reino, pero
que ahora, hasta que venga el Señor, las tenemos que mirar como en un espejo y
oscuramente—, sino que el Señor en persona difundió por toda la tierra este mismo
Evangelio, para que todos bebiesen de él, cada uno según su capacidad.
R. El Dios de toda gracia, que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo Jesús, * tras un
breve padecer, él mismo os restablecerá, os afianzará y os robustecerá. Aleluya.
V. Aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús.
R. Tras un breve padecer, él mismo os restablecerá, os afianzará y os robustecerá. Aleluya.
Oremos:
Escucha, Señor, nuestras plegarias, y, ya que confesamos que Cristo, el Salvador de los hombres, vive junto a ti en la gloria, haz que le sintamos presente también entre nosotros hasta el fin de los tiempos como él mismo nos lo prometió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.