Oficio de Lectura - MIÉRCOLES VIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 27 de mayo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN AGUSTÍN DE CANTORBERY, OBISPO .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Pues busco, debo encontrar;
pues llamo, débenme abrir;
pues pido, me deben dar;
pues amo, débeme amar
aquel que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Pasa? No lejos irá.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.
Es poderoso, mas no
podrá mi amor esquivar;
invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes,
y consuélate en tu mal
pensando con fe total:
¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. (T. P. Aleluya).

Salmo 102

¡BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR!

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).

I

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila
se renueva tu juventud.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.

Antífona 2: Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. (T. P. Aleluya).

II

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen
nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre
siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Los días del hombre
duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.

Antífona 3: Bendecid al Señor, todas sus obras. (T. P. Aleluya).

III

Pero la misericordia del Señor
dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

Lecturas

Primera Lectura

De la segunda carta a los Corintios 10, 1-11, 6

APOLOGÍA DEL APÓSTOL

Hermanos: Yo mismo, Pablo, en persona, os suplico por la mansedumbre y bondad de
Cristo; yo, que «cara a cara soy humilde con vosotros, pero estando ausente soy tan
osado»; yo os le suplico: no me obliguéis a que, cuando esté entre vosotros, actúe con la
osadía con que pienso intervenir resueltamente contra algunos, los cuales se figuran que
procedemos con miras humanas e interesadas. Aunque vivimos en la carne, no
combatimos según la vida de la carne. Las armas de nuestro combate no son armas de
fragilidad humana, sino de potencia divina, capaces de arrasar fortalezas. Vamos
desbaratando ardides y demoliendo toda altanería que se yergue contra la ciencia de Dios;

vamos sometiendo todo entendimiento a la obediencia de Cristo, y estamos dispuestos a
castigar toda desobediencia, una vez que hayamos completado vuestra sumisión.
Rendíos a la evidencia. Si alguno está convencido que es de Cristo, piense también en
esto: que lo mismo que él es de Cristo, lo somos también nosotros. Y, aunque yo me haya
excedido algo en gloriarme del pleno poder que el Señor nos dio para edificación vuestra,
no para destrucción, no me voy a arrepentir de ello; así no parecerá que lo que busco es
amedrentaros con mis cartas. Porque algunos dicen: «Las cartas son duras y fuertes, pero
él es de poca presencia y un pobre orador.» Piensen esos individuos que tal como somos
de palabra en nuestras cartas lo seremos también de obra cuando nos presentemos ahí.
Ciertamente que nosotros no tenemos el atrevimiento de igualarnos ni de compararnos
con ésos que proclaman tan alto sus propios méritos, pues en verdad que, al medirse a sí
mismos y compararse consigo mismos, obran como unos necios. Nosotros, en cambio, no
vamos a gloriarnos desmedidamente, sino según la medida que Dios mismo nos asignó, la
cual se extiende incluso hasta vosotros. Y así, no estamos extendiéndonos más allá de
nuestros límites, como sería el caso si no hubiéramos llegado hasta vosotros. En realidad,
fuimos los primeros en llegar a Corinto en la predicación del Evangelio de Jesucristo. Así
pues, al decir esto, no estamos gloriándonos indebidamente, a costa de frutos producidos
por trabajos ajenos; y no sólo eso, sino que aun tenemos la esperanza de que, según vaya
creciendo vuestra fe, acrecentaremos más nuestra medida entre vosotros, hasta extender
el Evangelio en regiones que están más allá de las vuestras, en lugar de venir a gloriarnos
de los trabajos ya realizados en campo ajeno.
El que se gloría, que se gloríe en el Señor. Porque no queda acreditado como bueno
aquel que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba.
Ojalá que ahora tuvieseis un poco de paciencia para soportar mis desatinos.
¡Aguantadme, por favor! Sabed que estoy celoso de vosotros, pero con los mismos celos
de Dios. Yo he hecho lo posible por desposaros con un solo Esposo, y por llevaros a Cristo
con la pureza propia de una doncella inocente.
Pero temo que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, pervierta también
vuestras mentes, apartándolas de la sinceridad con Cristo. Porque sí viene alguno y os
predica otro Cristo distinto del que os hemos predicado, o hace que recibáis un espíritu
diverso del que habéis recibido, o un evangelio diferente del que habéis abrazado, lo
aceptáis de buena gana. Con todo creo que en nada soy inferior a esos superapóstoles,
pues si carezco de elocuencia, no carezco de la ciencia de Dios; que en todo y bajo todos
los aspectos lo hemos demostrado ante vosotros.

Responsorio 2 Co 10, 34; Ef 6, 16. 17

R. Aunque vivimos en la carne, no combatimos según la vida de la carne, * pues las
armas de nuestro combate no son las propias de esta vida carnal.
V. Embrazad el escudo de la fe y la espada del espíritu que es la palabra de Dios.
R. Pues las armas de nuestro combate no son las propias de esta vida carnal.

Segunda Lectura

Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo
(Libro 10, 26, 37-29, 40: CSEL 33, 255-256)

TODA MI ESPERANZA ESTÁ PUESTA EN TU GRAN MISERICORDIA

Señor, ¿dónde te hallé para conocerte -porque ciertamente no estabas en mi memoria
antes que te conociese-, dónde te hallé, pues, para conocerte, sino en ti mismo, lo cual
estaba muy por encima de mis fuerzas? Pero esto fue independientemente de todo lugar,
pues nos apartamos y nos acercamos, y, no obstante, esto se lleva a cabo sin importar el

lugar. ¡Oh Verdad!, tú presides en todas partes a todos los que te consultan y, a un mismo
tiempo, respondes a todos los que te interrogan sobre las cosas más diversas.
Tú respondes claramente, pero no todos te escuchan con claridad. Todos te consultansobre lo que quieren, mas no todos oyen siempre lo que quieren. Óptimo servidor tuyo es
el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de ti
escuchare.
¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro
de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre
estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me
llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi
ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento
hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.
Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y
mi vida será realmente viva, llena toda de ti. Tú, al que llenas de ti, lo elevas, mas, como
yo aún no me he llenado de ti, soy todavía para mí mismo una carga. Contienden mis
alegrías, dignas de ser lloradas, con mis tristezas, dignas de ser aplaudidas, y no sé de
qué parte está la victoria.
¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Contienden también mis tristezas malas con
mis gozos buenos, y no sé a quién se ha de inclinar el triunfo. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten
misericordia de mí! Yo no te oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú
eres misericordioso, y yo soy miserable.
¿Acaso no está el hombre en la tierra cumpliendo un servicio? ¿Quién hay que guste de
las molestias y trabajos? Tú mandas tolerarlos, no amarlos. Nadie ama lo que tolera,
aunque ame el tolerarlo. Porque, aunque goce en tolerarlo, más quisiera, sin embargo,
que no hubiese qué tolerar. En las cosas adversas deseo las prósperas, en las cosas
prósperas temo las adversas. ¿Qué lugar intermedio hay entre estas cosas, en el que la
vida humana no sea una lucha? ¡Ay de las prosperidades del mundo, pues están
continuamente amenazadas por el temor de que sobrevenga la adversidad y se esfume la
alegría! ¡Ay de las adversidades del mundo, una, dos y tres veces, pues están
continuamente aguijoneadas por el deseo de la prosperidad, siendo dura la misma
adversidad y poniendo en peligro la paciencia! ¿Acaso no está el hombre en la tierra
cumpliendo sin interrupción un servicio?
Pero toda mi esperanza estriba sólo en tu muy grande misericordia.

Responsorio S. Agustín, Confesiones; Lc 19, 10

R. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! * Me llamaste y
clamaste, y quebrantaste mi sordera.
V. Vino el Hijo del hombre a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
R. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera.

Oración

Oremos:

Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las
naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega
confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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