Oficio de Lectura - SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 21 de febrero de 2026. Otras celebraciones del día: SAN PEDRO DAMIANI, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: El Señor los rescató de la opresión. (T. P. Aleluya).

Salmo 77, 40-72

BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros (1 Cor 10,6).

IV

¡Qué rebeldes fueron en el desierto,
enojando a Dios en la estepa!
Volvían a tentar a Dios,
a irritar al santo de Israel,
sin acordarse de aquella mano
que un día los rescató de la opresión:
cuando hizo prodigios en Egipto,
portentos en el campo de Soán;
cuando convirtió en sangre los canales
y los arroyos, para que no bebieran;
cuando les mandó tábanos que les picasen,
y ranas que los hostigasen;
cuando entregó a la langosta sus cosechas,
y al saltamontes el fruto de sus sudores;
cuando aplastó con granizo sus viñedos,
y con escarcha sus higueras;
cuando entregó sus ganados al pedrisco,
y al rayo sus rebaños;
cuando lanzó contra ellos el incendio de su ira,
su cólera, su furor, su indignación
y, despachando a los siniestros mensajeros,
dio curso libre a su ira:
no los salvó de la muerte,
entregó sus vidas a la peste;
cuando hirió a los primogénitos de Egipto,
a las primicias de la virilidad en las tiendas de Cam.

Antífona 2: Los hizo llegar el Señor hasta el monte que su diestra había adquirido. (T. P. Aleluya).

V

Sacó como un rebaño a su pueblo,
los guió como un hato por el desierto,
los condujo seguros, sin alarmas,
mientras el mar cubría a sus enemigos;
los hizo entrar por las santas fronteras,
hasta el monte que su diestra había adquirido;
ante ellos rechazó a las naciones,
les asignó por suerte su heredad:
instaló en sus tiendas a las tribus de Israel.
Pero ellos tentaron al Dios Altísimo y se rebelaron,
negándose a guardar sus preceptos;
desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso;
con sus altozanos lo irritaban,
con sus ídolos provocaban sus celos.
Dios los oyó y se indignó,
y rechazó totalmente a Israel;
abandonó su morada de Silo,
la tienda en que habitaba con los hombres;
abandonó sus valientes al cautiverio,
su orgullo a las manos enemigas;
entregó su pueblo a la espada,
encolerizado contra su heredad;
el fuego devoraba a los jóvenes,
y las novias ya no tenían cantos;
los sacerdotes caían a espada,
y sus viudas no los lloraban.

Antífona 3: Escogió a la tribu de Judá y eligió a David, su siervo, para pastorear a Israel, su heredad. (T. P. Aleluya).

VI

Pero el Señor se despertó como de un sueño,
como un soldado vencido por el vino:
hirió al enemigo en la espalda,
infligiéndole una derrota perdurable.
Repudió las tiendas de José,
no escogió la tribu de Efraín;
escogió la tribu de Judá
y el monte Sión, su preferido.
Construyó su santuario como el cielo,
como a la tierra lo cimentó para siempre.
Escogió a David, su siervo,
lo sacó de los apriscos del rebaño;
de andar tras las ovejas, lo llevó
a pastorear a su pueblo, Jacob,
a Israel, su heredad.
Los pastoreó con corazón íntegro,
los guiaba con mano inteligente.

Versículo

V. El que obra la verdad viene a la luz.
R. Y sus obras quedan de manifiesto.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Éxodo 3, 1-20

VOCACIÓN DE MOISÉS Y REVELACIÓN DEL NOMBRE DE DIOS

En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de
Madián; llevó el rebaño a través del desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El
ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza
ardía sin consumirse. Y Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo
admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.»
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés,
Moisés.»
Respondió él: «Aquí estoy.»
Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es
terreno sagrado.» Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de
Isaac, el Dios de Jacob.»
Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios. El Señor le dijo: «He visto la opresión
de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus
sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos
a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos,
hititas, amorreos, fereceos, jiveos y yebuseos, El clamor de los israelitas ha llegado a mí y
he visto cómo los tiranizan los egipcios. Ve, pues, ahora; yo te envío al Faraón para que
saques de Egipto a mi pueblo, a los hijos de Israel.»
Moisés replicó a Dios: «¿Y quién soy yo para acudir al Faraón y sacar de Egipto a los
hijos de Israel?»
Respondió Dios: «Yo estoy contigo; y ésta es la señal de que yo te envío: cuando
saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña.»

Moisés contestó a Dios: «Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: "El Dios de
vuestros padres me ha enviado a vosotros"; pero si ellos me preguntan: "¿Cuál es su
nombre?", ¿qué les he de responder?»
Dijo Dios a Moisés: «Yo soy "el que soy". Esto dirás a los israelitas: “Yo soy” me envía
a vosotros. Así les dirás: Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Diosde Isaac, el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre,
así me llamaréis de generación en generación."
Ve, pues, reúne a los ancianos de Israel y diles: "Yahveh, el Dios de vuestros padres, el
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se me apareció y me dijo: 'Os he visitado y he visto
cómo os maltratan en Egipto.
He decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros al país de los cananeos, hititas,
amorreos, fereceos, jiveos y yebuseos, a una tierra que mana leche y miel.
Ellos te harán caso, y tú, con los ancianos de Israel, te presentarás al rey de Egipto y
le dirás: "El Señor Dios de los hebreos se nos ha manifestado, y nosotros tenemos que
hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro
Dios."
Yo sé que el rey de Egipto no os dejará marchar ni a la fuerza; pero yo extenderé la
mano, heriré a Egipto con prodigios que haré en medio de él, y entonces os dejará
marchar.»

Responsorio Ex 3, 14; Is 43, 11

R. Dios dijo a Moisés: Yo soy «el que soy». * Esto dirás a los hijos de Israel: «”Yo soy" me
envía a vosotros.»
V. Yo soy el Señor; fuera de mí no hay salvador.
R. Esto dirás a los hijos de Israel: «”Yo soy" me envía a vosotros.»

Segunda Lectura

Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías
(Libro 4,13, 4-14,1: SC 100, 534-540)

LA AMISTAD DE DIOS

Nuestro Señor Jesucristo, Palabra de Dios, comenzó por atraer hacia Dios a los siervos,
y luego liberó a los que se le habían sometido, como él mismo dijo a sus discípulos: Ya no
os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor: a vosotros os llamo
amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Pues la amistad
de Dios otorga la inmortalidad a quienes la aceptan.
Al principio, y no porque necesitase del hombre, Dios plasmó a Adán, precisamente
para tener en quien depositar sus beneficios. Pues no sólo antes de Adán, sino antes
también de cualquier creación, la Palabra glorificaba ya a su Padre, permaneciendo junto a
él, y, a su vez, era glorificada por el Padre, como la misma Palabra dijo: Padre, glorifícame
cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
Ni nos mandó que lo siguiésemos porque necesitara de nuestro servicio, sino para
salvarnos a nosotros. Porque seguir al Salvador equivale a participar de la salvación, y
seguir a la luz es lo mismo que quedar iluminado.
Efectivamente, quienes se hallan en la luz no son los que iluminan a la luz, sino ésta la
que los ilumina a ellos; ellos, por su parte, no dan nada a la luz, mientras que, en cambio,
reciben su beneficio, pues se ven iluminados por ella.
Así sucede con el servir a Dios, que a Dios no le da nada, ya que Dios no tiene
necesidad de los servicios humanos; él, en cambio, otorga la vida, la incorrupción y la
gloria eterna a los que lo siguen y sirven, con lo que beneficia a los que lo sirven por el

hecho de servirlo, y a los que lo siguen por el de seguirlo, sin percibir beneficio ninguno de
parte de ellos: pues Dios es rico, perfecto y sin indigencia alguna.
Por eso él requiere de los hombres que lo sirvan, para beneficiar a los que perseveran
en su servicio, ya que Dios es bueno y misericordioso. Pues en la misma medida en que
Dios no carece de nada, el hombre se halla indigente de la comunión con Dios.
En esto consiste precisamente la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el
servicio de Dios. Y por esta razón decía el Señor a sus discípulos: No sois vosotros los que
me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, dando a entender que no lo glorificaban, al
seguirlo, sino que, por seguir al Hijo de Dios, era éste quien los glorificaba a ellos. Y poresto también dijo: Éste es mi deseo: que éstos estén donde yo estoy y contemplen mi
gloria.

Responsorio Dt 10, 12; Mt 22, 38

R. ¿Qué es lo que exige el Señor, tu Dios? * Que temas al Señor, tu Dios, y lo ames, que
sirvas al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma.
V. Este mandamiento es el principal y primero.
R. Que temas al Señor, tu Dios, y lo ames, que sirvas al Señor, tu Dios, con todo el
corazón y con toda el alma.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, mira compasivo nuestra debilidad y extiende sobre nosotros
tu mano poderosa. Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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