El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 13 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Pueblo del Señor, rebaño que él guía, venid, adorémosle. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Antífona 1: ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?
Salmo 23
ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo (S. Ireneo).
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
— ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
— El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
— Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
Antífona 2: Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida. Aleluya.
Salmo 65
HIMNO PARA UN SACRIFICIO DE ACCIÓN DE GRACIAS
Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles (Hesiquio).
I
Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: "¡Qué temibles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos te adulan!"
Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.
Oh Dios, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:
sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.
Antífona 3: Fieles de Dios, venid a escuchar lo que ha hecho conmigo. Aleluya.
II
Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.
Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras.
Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.
Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.
Comienza el libro de Ester 1, 1-3. 9-13. 15-16. 19; 2, 5-10. 16-17
REPUDIO DE LA REINA VASTÍ Y ELECCIÓN DE ESTER
En tiempo del rey Asuero, el que reinó desde la India hasta Etiopía sobre ciento
veintisiete provincias, estando el rey sentado en el trono real, en la ciudadela de Susa, en
el año tercero de su reinado, ofreció un banquete, presidido por él mismo, a todos sus
servidores: a los jefes del ejército de los persas y de los medos, a los nobles y a los
gobernadores de las provincias. También la reina Vastí ofreció un banquete a las mujeres
en el palacio del rey Asuero.
El día séptimo, estando alegre por el vino el corazón del rey, mandó a Mehumán, a
Bizzetá, a Jarboná, a Bigtá, a Abagtá, a Zetar y a Karkás, los siete eunucos que estaban al
servicio del rey Asuero, que hicieran venir a la reina Vastí a presencia del rey, con diadema
real, para que vieran las naciones y los jefes su belleza, porque, en efecto, era muy bella.
Pero la reina Vastí se negó a cumplir la orden del rey transmitida por los eunucos.
Se irritó el rey muchísimo y, ardiendo en ira, llamó a los sabios entendidos en la ciencia
de las leyes, pues los asuntos reales se discuten en presencia de los conocedores de la ley
y el derecho, y les dijo:
«¿Qué debe hacerse, según la ley, a la reina Vastí, por no haber obedecido la orden del
rey, transmitida por los eunucos?»
Respondió Mernukán en presencia del rey y de los jefes:
«La reina Vastí no ha ofendido solamente al rey, sino a todos los jefes y a todos los
pueblos de todas las provincias del rey Asuero. Si al rey le parece bien, publíquese de su
parte este decreto, e inscríbase en las leyes de los persas y de los medos, para que no sea
traspasado. Que no vuelva Vastí a presencia del rey Asuero. Y dé el rey el título de reina a
otra mejor que ella.»
Había en la ciudadela de Susa un judío, llamado Mardoqueo, hijo de Yaír, hijo de Serneí,
hijo de Quis, de la tribu de Benjamín. Había sido deportado de Jerusalén con Jeconías, rey
de Judá, en la deportación que hizo Nabucodonosor rey de Babilonia. Tenía en su casa a
Hadasá, es decir, Ester, hija de un tío suyo, pues era huérfana de padre y madre. La joven
era hermosa y de buen parecer, y, al morir su padre y su madre, Mardoqueo la adoptó
como hija.
Cuando se proclamó la orden y el edicto del rey, fueron reunidas muchísimas jóvenes
en la ciudadela de Susa, bajo la vigilancia de Hegué; también Ester fue llevada al palacio
real y puesta bajo la vigilancia de Hegué, encargado de las mujeres. La joven le agradó y
ganó su favor, por lo que se apresuró a proporcionarle cuanto necesitaba para su adorno y
mantenimiento; le dio también siete doncellas, elegidas de la casa del rey, y la instaló con
ellas en el mejor departamento del harén. Ester no dio a conocer ni su pueblo ni su
origen, pues Mardoqueo le había mandado que no lo dijera.
Ester fue presentada al rey Asuero, en el palacio real, el mes décimo, que es el mes de
Tébet, en el año séptimo de su reinado, y el rey amó a Ester más que a todas las otras
mujeres; halló ella, en presencia del rey, más gracia y favor que ninguna otra virgen y el
rey colocó la diadema real sobre la cabeza de Ester y la declaró reina, en lugar de Vastí.
R. ¿Quién como el Señor Dios nuestro, que se eleva en su trono y se abaja para mirar al
cielo y a la tierra? * Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para
sentarlo con los príncipes.
V. Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los
humildes.
R. Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los
príncipes.
Comienza el sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores
(Sermón 46, 1-2: CCL 41, 529-530)
SOMOS CRISTIANOS Y SOMOS OBISPOS
No acabáis de aprender ahora precisamente que toda nuestra esperanza radica en
Cristo y que él es toda nuestra verdadera y saludable gloria, pues pertenecéis a la grey de
aquel que dirige y apacienta a Israel. Pero, ya que hay pastores a quienes les gusta que
les llamen pastores, pero que no quieren cumplir con su oficio, tratemos de examinar lo
que se les dice por medio del profeta. Vosotros escuchad con atención, y nosotros
escuchemos con temor.
Me vino esta palabra del Señor: "Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel,
profetiza diciéndoles." Acabamos de escuchar esta lectura; ahora podemos comentarla con
vosotros. El Señor nos ayudará a decir cosas que sean verdaderas, en vez de decir cosas
que sólo sean nuestras. Pues, si sólo dijésemos las nuestras, seríamos pastores que nos
estaríamos apacentando a nosotros mismos, y no a las ovejas; en cambio, si lo que
decimos es suyo, él es quien os apacienta, sea por medio de quien sea. Esto dice el
Señor: "¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a si mismos! ¿No son las ovejas lo
que tienen que apacentar los pastores?" Es decir, que no tienen que apacentarse a símismos, sino a las ovejas. Ésta es la primera acusación dirigida contra estos pastores, la
de que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas. ¿Y quiénes son ésos
que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: Todos sin
excepción buscan su interés, no el de Jesucristo.
Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos
que rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y no
según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente
distintas: la primera que somos cristianos, y, la segunda, que somos obispos. Lo de ser
cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser
cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra
únicamente.
Son muchos los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizás por un camino más
fácil y moviéndose con tanta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso
menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a
Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta
a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta:* en verdes praderas me hace recostar.
V. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.
R. En verdes praderas me hace recostar.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos, y para que sintamos el efecto de
tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.