El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 2 de octubre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: El Señor es bueno, bendecid su nombre.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!
Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.
Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.
Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.
Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.
Antífona 1: Señor, no me castigues con cólera.
Salmo 37
SEÑOR, NO ME CORRIJAS CON IRA
Todos sus conocidos se mantenían a distancia (Lc 23, 49).
I
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.
Antífona 2: Señor, todas mis ansias están en tu presencia. (T. P. Aleluya).
II
Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío,
todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros
se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos
los que atentan contra mí,
los que desean mi daño
me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.
Antífona 3: Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. (T. P. Aleluya).
III
Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido:
que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie,
no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos
los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan
cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.
Del libro de Judit 12, 1-13, 5
EL BANQUETE DE HOLOFERNES
En aquellos días, Holofernes ordenó que llevaran a Judit a donde tenía su vajilla de
plata, y mandó que le sirvieran de su misma comida y de su mismo vino. Pero Judit dijo:
«No los probaré, para no caer en pecado. Yo me he traído mis provisiones.»
Holofernes le preguntó:
«Y si se te acaba lo que tienes, ¿de dónde sacamos una comida igual? Entre nosotros
no hay nadie de tu raza.»
Judit le respondió:
«¡Por tu vida, alteza! No acabaré lo que he traído antes de que el Señor haya realizado
su plan por mi medio."
Los oficiales de Holofernes la llevaron a su tienda. Judit durmió hasta la media noche,
se levantó antes del relevo del amanecer y mandó este recado a Holofernes:
«Señor, ordena que me permitan salir a orar.»
Holofernes ordenó a los guardias de su escolta que la dejaran salir. Así pasó Judit tres
días en el campamento. Por la noche, se dirigía hacia el barranco de Betulia y se lavaba en
la fuente donde estaba el puesto de guardia. Después de lavarse, suplicaba al Señor, Dios
de Israel, que dirigiera su plan para exaltación de su pueblo. Luego, purificada, volvía a su
tienda y allí se quedaba hasta que, a eso del atardecer, le llevaban la comida.
El cuarto día, Holofernes ofreció un banquete exclusivamente para su personal de
servicio, sin invitar a ningún oficial, y dijo al eunuco Bagoas, que era su mayordomo:
«Vete a ver si convences a esa hebrea que tienes a tu cargo para que venga a comer y
beber con nosotros. Porque sería una vergüenza no aprovechar la ocasión de acostarme
con esa mujer. Si no me la gano, se va a reír de mí.»
Bagoas salió de la presencia de Holofernes, entró donde Judit y le dijo:
«No tenga miedo esta bella jovencita de presentarse a mi señor como huésped de
honor, para beber y alegrarse con nosotros, pasando el día como una mujer así de las que
viven en el palacio de Nabucodonosor.»
Judit respondió:
«¿Quién soy yo para contradecir a mi señor? Haré en seguida lo que le agrade; será
para mí un recuerdo feliz hasta el día de mi muerte.»
Se levantó para arreglarse. Se vistió y se puso todas sus joyas de mujer. Su doncella
entró delante y le extendió en el suelo, ante Holofernes, el vellón de lana que le había
dado Bagoas para que se recostase allí a diario mientras comía. Judit entró y se sentó. Al
verla, Holofernes se turbó, y le agitó la pasión con un deseo violento de unirse a ella, pues
desde la primera vez que la vio esperaba la ocasión de seducirla, y le dijo:
«Anda, bebe; alégrate con nosotros.»
Judit respondió:
«Claro que beberé, señor. Hoy es el día más grande de toda mi vida.»
Y comió y bebió ante Holofernes, tomando de lo que le había preparado su doncella.
Holofernes, entusiasmado con ella, bebió muchísimo vino, como no había bebido toda su
vida. Cuando se hizo tarde, el personal de servicio se retiró en seguida. Bagoas cerró la
tienda por fuera, después de hacer salir a los sirvientes. Todos fueron a acostarse,
rendidos por lo mucho que habían bebido. En la tienda quedaron sólo Judit y Holofernes,
tumbado en el lecho, completamente borracho. Judit había ordenado a su doncella que se
quedara fuera de la alcoba y la esperase a la salida como otros días. Había dicho que
saldría para hacer la oración, y había hablado de ello con Bagoas.
R. Señor, eres grande y glorioso, tú que has dado la salvación por mano de una mujer. *
Escucha la súplica de tus siervos.
V. Bendito seas, Señor, que no desamparas a los que confían en ti, y abates a los que se
jactan de su poder.
R. Escucha la súplica de tus siervos.
Del tratado de san Ambrosio, obispo, sobre la carta a los Filipenses
(PLS 1, 617-618) ESTAD SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR
Como acabáis de escuchar en la lectura de hoy, amados hermanos, la misericordia
divina, para bien de nuestras almas, nos llama a los goces de la felicidad eterna, mediante
aquellas palabras del Apóstol: Estad siempre alegres en el Señor. Las alegrías de este
mundo conducen a la tristeza eterna, en cambio, las alegrías que son según la voluntad de
Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en ellas perseveren. Por
ello, añade el Apóstol: Os lo repito, estad alegres.
Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus
mandatos, se acreciente cada día más y más, pues cuanto más nos esforcemos en este
mundo por vivir entregados al cumplimiento de los mandatos divinos, tanto más felices
seremos en la otra vida y tanto mayor será nuestra gloria ante Dios.
Que vuestra mesura la conozca todo el mundo, es decir, que vuestra santidad de vida
sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; así seréis ejemplo de
modestia y sobriedad para todos los que en la tierra conviven con vosotros y vendréis a
ser también como una imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres.
El Señor está cerca. Nada os preocupe: el Señor está siempre cerca de los que lo
invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a él con fe recta, esperanza firme y
caridad perfecta; él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo
pidáis; él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven
fielmente. Por ello, no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que
pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de
nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor. Si
nosotros procuramos observar lo que él nos manda, él no tardará en darnos lo que
prometió.
En toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean
presentadas a Dios, no sea que, afligidos por la tribulación, nuestras peticiones sean
hechas —Dios no lo permita— con tristeza o estén mezcladas con murmuraciones; antes,
por el contrario, oremos con paciencia y alegría, dando constantemente gracias a Dios por
todo.
R. El Señor afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos; * y puso en mis labios un
cántico nuevo.
V. Él escuchó mi grito y me levantó de la charca fangosa.
R. Y puso en mis labios un cántico nuevo.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de
los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra
conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.