El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 14 de marzo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. (T. P. Aleluya).
Salmo 106
ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN
Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo (Hech 10, 36).
I
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.
Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.
Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.
Antífona 2: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. (T. P. Aleluya).
II
Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.
Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.
Antífona 3: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor. (T. P. Aleluya).
III
Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.
Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.
Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.
Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.
Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.
V. El que obra la verdad viene a la luz.
R. Y sus obras quedan de manifiesto.
Del libro del Éxodo 40, 14-36
ERECCIÓN DEL SANTUARIO. LA NUBE DEL SEÑOR
En aquellos días, Moisés llevó a cabo todo lo que el Señor le había mandado.
El día uno del mes primero del segundo año, fue levantado el santuario. Moisés erigió
el santuario, colocó las bases, puso los tablones con sus travesaños y plantó las columnas;
luego desplegó la Tienda por encima del santuario y puso la cubierta sobre la Tienda,
como el Señor se lo había ordenado.
Colocó luego el documento de la alianza en el arca, sujetó al arca las barras y la
cubrió con la placa de oro o propiciatorio. Después introdujo el arca en el santuario y
colgó la cortina de separación, de modo que ocultase el arca de la alianza, como el Señor
lo había ordenado a Moisés.
Colocó también la mesa en la Tienda de Reunión, en la parte norte del santuario y
fuera de la cortina. Sobre ella colocó los panes de oblación presentados al Señor, como se
lo había ordenado el Señor a Moisés. Instaló en seguida el candelabro en la Tienda de
Reunión, en la parte sur del santuario, frente a la mesa, y colocó en él las lámparas en
presencia del Señor, como el Señor lo había ordenado a Moisés. Puso el altar de oro en la
Tienda de Reunión, frente a la cortina, y quemó sobre él el incienso aromático, como el
Señor se lo había ordenado. Colgó luego una cortina a la entrada del santuario y, junto a
esta entrada del santuario de la Tienda de Reunión, colocó el altar de los holocaustos y
ofreció sobre él el holocausto y la ofrenda, como lo había ordenado el Señor a Moisés.
Colocó la pila entre la Tienda de Reunión y el altar, y echó agua en ella para las
abluciones. Moisés, Aarón y los hijos de éste se lavaron con esta agua las manos y los
pies. Y después, siempre que entraban a la Tienda de Reunión y se acercaban al altar, se
lavaban, como lo había ordenado el Señor a Moisés. Finalmente, éste levantó el atrio
alrededor del santuario y del altar, y colgó un tapiz a la entrada del atrio. Y así dio término
Moisés a toda la obra.
Entonces la nube cubrió la Tienda de Reunión, y la gloria del Señor llenó el santuario.
Moisés no pudo entrar en la Tienda de Reunión, porque la nube se había posado sobre
ella y la gloria del Señor llenaba el santuario.
Cuando la nube se alzaba del santuario, los hijos de Israel levantaban el campamento
para sus marchas por etapas. Pero, si la nube no se alzaba, ellos no levantaban el
campamento, sino que esperaban hasta que se alzase la nube. De día la nube del Señor
se posaba sobre el santuario, y de noche brillaba como fuego a la vista de toda la casa de
Israel. Así sucedió durante todo el tiempo de su marcha.
R. Nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos atravesaron el mar; * todos
fueron bautizados en Moisés por la nube.
V. La nube cubrió la Tienda de Reunión, y la gloria del Señor llenó el santuario.
R. Todos fueron bautizados en Moisés por la nube.
De los sermones de san Gregorio Nacianceno, obispo
(Sermón 14, sobre el amor a los pobres, 38. 40: PG 35, 910)
SIRVAMOS A CRISTO EN LOS POBRES
Dichosos los misericordiosos —dice la Escritura—, porque ellos alcanzarán
misericordia. No es, por cierto, la misericordia una de las últimas bienaventuranzas. Dice el
salmo: Dichoso el que cuida del pobre y desvalido. Y de nuevo: Dichoso el que se apiada y
presta. Y en otro lugar: El justo a diario se compadece y da prestado. Tratemos de
alcanzar la bendición, de merecer que nos llamen dichosos: seamos benignos.
Que ni siquiera la noche interrumpa tus quehaceres de misericordia. No digas: Vuelve,
que mañana te ayudaré. Que nada se interponga entre tu propósito y su realización.
Porque las obras de caridad son las únicas que no admiten demora.
Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, y no dejes de hacerlo
con jovialidad y presteza. Quien reparte la limosna —dice el Apóstol— que lo haga con
agrado; pues todo lo que sea prontitud hace que se te doble la gracia del beneficio que
has hecho. Porque lo que se lleva a cabo con una disposición de ánimo triste y forzada no
merece gratitud ni tiene nobleza. De manera que, cuando hacemos el bien, hemos de
hacerlo, no tristes, sino con alegría. Si dejas libres a los oprimidos y rompes todos los
cepos, dice la Escritura; o sea, si procuras alejar de tu prójimo sus sufrimientos, sus
pruebas, la incertidumbre de su futuro, toda murmuración contra él, ¿qué piensas que va
a ocurrir? Algo grande y admirable. Un espléndido premio. Escucha: Entonces romperá tu
luz como la aurora, te abrirá camino la justicia. ¿Y quién no anhela la luz y la justicia?
Por lo cual, si pensáis escucharme, siervos de Cristo, hermanos y coherederos,
visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémoslo, no dejemos de alimentarlo o de
vestirlo; acojamos y honremos a Cristo, no en la mesa solamente, como algunos, no con
ungüentos, como María, ni con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario
para la sepultura, como aquel mediocre amigo, Nicodemo, ni, en fin, con oro, incienso y
mirra, como los Magos, antes que todos los mencionados; sino que, puesto que el Señor
de todas las cosas lo que quiere es misericordia y no sacrificio, y la compasión supera en
valor a todos los rebaños imaginables, presentémosle ésta mediante la solicitud para con
los pobres y humillados, de modo que, cuando nos vayamos de aquí, nos reciban en los
eternos tabernáculos, por el mismo Cristo, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria por
los siglos. Amén.
R. Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me
hospedasteis. * Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes
hermanos, conmigo lo hicisteis.
V. Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado.
R. Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos,
conmigo lo hicisteis.
Oremos:
Llenos de alegría, al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los
sacramentos pascuales, y sentir en nosotros el gozo de su eficacia. Por Jesucristo nuestro
Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.