El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 17 de mayo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN PASCUAL BAILÓN, RELIGIOSO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras! Amén.
Antífona 1: Aleluya. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo glorificó. Aleluya.
Salmo 144
HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS
Justo eres tú, Señor, el que es y el que era (Ap 16, 5).
I
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
Antífona 2: Aleluya. Has sido encumbrado, Señor, por encima de los cielos. Aleluya.
II
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;
explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
Antífona 3: Aleluya. Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Aleluya.
III
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
† El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
De los Hechos de los apóstoles 24, 1-27
PABLO ANTE EL PROCURADOR FÉLIX
En aquellos días, bajó el sumo sacerdote Ananías con algunos ancianos y un tal
Tértulo, que era abogado, para presentar demanda contra Pablo ante el procurador. Citado
que hubieron a Pablo, empezó Tértulo su acusación en estos términos: «La gran paz de
que gozamos, gracias a ti, y las mejoras que, por tu providencia, se han realizado en favor
de nuestro pueblo son beneficios que siempre y en todas partes hemos recibido, óptimo
Félix, con suma gratitud. Pero no quiero entretenerte demasiado; sólo te ruego que nos
escuches unos momentos con tu acostumbrada bondad. Pues bien, nos consta que este
hombre es una peste, que incita a la rebelión a todos los judíos por todo el imperio, y que
es jefe de esa secta de los nazarenos. Hasta ha intentado profanar el templo. Por este
motivo lo prendimos. Puedes tú mismo tomarle ahora declaración y cerciorarte por su
misma boca de la verdad de todas nuestras acusaciones.»
Los judíos, por su parte, se adhirieron a la acusación, asegurando que era verdad. A
una señal del procurador, tomó Pablo la palabra y se expresó así: «Sabiendo que desde
hace muchos años eres juez de esta nación, voy a hablar con toda confianza en mi
defensa. Sabrás que no hace doce días que subí a Jerusalén a adorar a Dios, y que ni en
el templo, ni en las sinagogas, ni por la ciudad me encontraron discutiendo con nadie o
amotinando a la gente. Y de ningún modo pueden demostrar las acusaciones de que me
hacen ahora objeto. Yo te declaro lo siguiente: Yo sirvo al Dios de mis padres según la
doctrina y modo de vivir que ellos llaman secta. Pero yo conservo mi fe en todo cuanto se
halla escrito en la ley y en los profetas, y tengo mi esperanza fundada en Dios, como la
tienen ellos mismos, de que habrá resurrección de buenos y malos. Por esto me esfuerzo
también yo mismo en tener siempre una conciencia limpia ante Dios y ante los hombres.
Al cabo, pues, de muchos años he venido a traer las limosnas recogidas para los de mi
nación y a ofrecer sacrificios. Y en esa ocasión, cuando estaba yo purificado, me
encontraron en el templo, pero sin haber provocado yo revuelta ni alboroto alguno. Y losque me encontraron fueron algunos judíos de la provincia romana de Asia. Éstos son los
que deberían presentarse aquí, y acusarme si tenían algo contra mí. O bien, que digan
estos mismos qué crimen encontraron en mí, cuando comparecí ante el Consejo, como no
fuese esta sola frase, que en medio de ellos proferí en alta voz: “Por defender la
resurrección de los muertos me encuentro hoy procesado ante vosotros”.
Félix, que estaba bien al tanto de cuanto a esta doctrina se refería, difirió el proceso,
diciendo: «Cuando baje el tribuno Lisias, examinaré a fondo vuestra causa.»
Y dio orden al centurión de custodiar a Pablo, pero de dejarle cierta libertad,
permitiendo a sus amigos que le socorriesen. Algunos días más tarde, se presentó Félix
con su mujer Drusila, que era judía. Y, habiendo mandado llamar a Pablo, lo oyó hablar
acerca de la fe en Cristo Jesús. Según iba hablando Pablo sobre la justificación, la
continencia y el juicio final, Félix se llenó de terror y le dijo: «Por ahora retírate. Ya te
llamaré cuando tenga tiempo.»
Esperaba, por otra parte, que Pablo le diese dinero, y por eso lo hacía llamar muchas
veces y conversaba con él. Así transcurrieron dos años. A Félix, le sucedió Porcio Festo; y
Félix, queriendo congraciarse con los judíos, dejó a Pablo en la prisión.
R. Llega la hora en que los que están en el sepulcro oirán la voz del Hijo de Dios. * Los
que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida. Aleluya.
V. Sirvo al Dios de mis padres, y tengo mi esperanza fundada en Dios de que habrá
resurrección de buenos y malos.
R. Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida. Aleluya.
De las homilías de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el libro del Cantar de los cantares
(Homilía 15: PG 44, 1115-1118)
LES DI A ELLOS LA GLORIA QUE ME DISTE
Si el amor logra expulsar completamente al temor y este, transformado, se convierte
en amor, entonces veremos que la unidad es una consecuencia de la salvación, al
permanecer todos unidos en la comunión con el solo y único bien, santificados en aquella
paloma simbólica que es el Espíritu.
Éste parece ser el sentido de las palabras que siguen: Una sola es mi paloma; sin
defecto. Una sola, predilecta de su madre.
Esto mismo nos lo dice el Señor en el Evangelio aún más claramente: Al pronunciar la
oración de bendición y conferir a sus discípulos todo su poder, también les otorgó otrosbienes mientras pronunciaba aquellas admirables palabras con las que Él se dirigía a su
Padre. Entonces les asegura que ya no se encontrarían divididos por la diversidad de
opiniones al enjuiciar el bien, sino que permanecerían en la unidad, vinculados en la
comunión con el solo y único bien. De este modo, como dice el Apóstol, unidos en el
Espíritu Santo y en el vínculo de la paz, habrían de formar todos un solo cuerpo y un solo
espíritu; mediante la única esperanza a la que habían sido llamados. Éste es el principio y
el culmen de todos los bienes.
Pero será mucho mejor que examinemos una por una las palabras del pasaje
evangélico: Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
lo sean en nosotros.
El vínculo de esta unidad es la gloria. Por otra parte, si se examinan atentamente las
palabras del Señor, se descubrirá que el Espíritu Santo es denominado «gloria». Dice así,
en efecto: Les di a ellos la gloria que me diste. Efectivamente les dio esta gloria, cuando
les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Aunque el Señor había poseído siempre esta gloria, incluso antes de que el mundo
existiese, la recibió, sin embargo, en el tiempo, al revestirse de la naturaleza humana; una
vez que esta naturaleza fue glorificada por el Espíritu Santo, cuantos tienen alguna
participación en esta gloria se convierten en partícipes del Espíritu, empezando por los
apóstoles.
Por eso dijo: Les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros
somos uno; yo en ellos y tú en mí para que sean completamente uno. Por lo cual todo
aquel que ha crecido hasta transformarse de niño en hombre perfecto ha llegado a la
madurez del conocimiento. Finalmente, liberado de todos los vicios y purificado, se hace
capaz de la gloria del Espíritu Santo; éste es aquella paloma perfecta a la que se refiere el
Esposo cuando dice: Una sola es mi paloma, sin defecto.
R. Ya no os llamaré siervos, sino amigos; porque sabéis todo lo que he hecho en medio de
vosotros. * Recibid en vosotros el Espíritu Santo, el Abogado que el Padre os enviará.
Aleluya.
V. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando.
R. Recibid en vosotros el Espíritu Santo, el Abogado que el Padre os enviará. Aleluya.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Escucha, Señor, nuestras plegarias, y, ya que confesamos que Cristo, el Salvador de los
hombres, vive junto a ti en la gloria, haz que le sintamos presente también entre nosotros
hasta el fin de los tiempos como él mismo nos lo prometió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.