El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 13 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN ANTONIO DE PADUA, PRESBÍTERO Y DOCTOR DE LA IGLESIA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Escuchemos la voz del Señor, para que entremos en su descanso.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
A caminar sin ti, Señor, no atino;
tu palabra de fuego es mi sendero
me encontraste cansado y prisionero
del desierto, del cardo y del espino.
Descansa aquí conmigo del camino,
que en Emaús hay trigo en el granero,
hay un poco de vino y un alero
que cobije tu sueño, Peregrino.
Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.
Antífona 1: Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. (T. P. Aleluya).
Salmo 105
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1 Cor 10, 11).
I
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,
pregonar toda su alabanza?
Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia.
Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación:
para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo,
y me gloríe con tu heredad.
Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas;
no se acordaron de tu abundante misericordia,
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,
pero Dios los salvó por amor de su nombre,
para manifestar su poder.
Increpó al mar Rojo, y se secó,
los condujo por el abismo como por tierra firme;
los salvó de la mano del adversario,
los rescató del puño del enemigo;
las aguas cubrieron a los atacantes,
y ni uno solo se salvó:
entonces creyeron sus palabras,
cantaron su alabanza.
Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.
Él les concedió lo que pedían,
pero les mandó un cólico por su gula.
Envidiaron a Moisés en el campamento,
y a Aarón, el consagrado al Señor:
se abrió la tierra y se tragó a Datán,
se cerró sobre Abirón y sus secuaces;
un fuego abrasó a su banda,
una llama consumió a los malvados.
Antífona 2: No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.
II
En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.
Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio.
Despreciaron una tierra envidiable,
no creyeron en su palabra;
murmuraban en las tiendas,
no escucharon la voz del Señor.
Él alzó la mano y juró
que los haría morir en el desierto,
que dispersaría su estirpe por las naciones
y los aventaría por los países.
Se acoplaron con Baal Fegor,
comieron de los sacrificios a dioses muertos;
provocaron a Dios con sus perversiones,
y los asaltó una plaga;
pero Finés se levantó e hizo justicia,
y la plaga cesó;
y se le apuntó a su favor
por generaciones sin término.
Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,
Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos;
le habían amargado el alma,
y desvariaron sus labios.
Antífona 3: Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y reúnenos de entre los gentiles. (T. P. Aleluya).
III
No exterminaron a los pueblos
que el Señor les había mandado;
emparentaron con los gentiles,
imitaron sus costumbres;
adoraron sus ídolos
y cayeron en sus lazos;
inmolaron a los demonios
sus hijos y sus hijas;
derramaron la sangre inocente
y profanaron la tierra ensangrentándola;
se mancharon con sus acciones
y se prostituyeron con sus maldades.
La ira del Señor se encendió contra su pueblo,
y aborreció su heredad;
los entregó en manos de gentiles,
y sus adversarios los sometieron;
sus enemigos los tiranizaban
y los doblegaron bajo su poder.
Cuántas veces los libró;
más ellos, obstinados en su actitud,
perecían por sus culpas;
pero él miró su angustia,
y escuchó sus gritos.
Recordando su pacto con ellos,
se arrepintió con inmensa misericordia;
hizo que movieran a compasión
a los que los habían deportado.
Sálvanos, Señor, Dios nuestro,
reúnenos de entre los gentiles:
daremos gracias a tu santo nombre,
y alabarte será nuestra gloria.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde siempre y por siempre.
Y todo el pueblo diga: ¡Amén!
De la carta a los Filipenses 4, 10-23
GENEROSIDAD DE LOS FIELES PARA CON PABLO
Hermanos: Me he alegrado grandemente en el Señor de que por fin hayan florecido
vuestros buenos sentimientos para conmigo. Ya los teníais, ciertamente, pero no se os
presentaba oportunidad de manifestarlos. Y no es que lo diga obligado por mi penuria,
pues ya he aprendido a bastarme a mí mismo en cualquier situación. Sé pasar necesidad y
sé vivir en la abundancia. En cualquier situación que se presente, estoy bien entrenado: a
tener hartura y a pasar hambre, a abundar y a tener escasez. Todo lo puedo en aquel que
me conforta. En todo caso, muchas gracias por haberme socorrido con vuestros bienes en
mi apurada situación.
Bien sabéis también vosotros, filipenses, que en los comienzos de vuestra
evangelización, cuando salí de Macedonia, ninguna Iglesia, excepto vosotros, abrió
cuentas conmigo de «Haber» y «Debe». Y, aun estando yo en Tesalónica, una y otra vez
me enviasteis con qué atender a mi necesidad. No busco regalos, sino rentas que se
vayan multiplicando a cuenta vuestra.
Tengo cuanto necesito y me sobra. Estoy en la abundancia después de haber recibido lo
que me habéis enviado por manos de Epafrodito, ofrenda que suavidad, sacrificio acepto,
agradable a Dios. En retorno, que mi Dios, según sus riquezas, os colme de bienes en
todas vuestras necesidades con toda esplendidez en Cristo Jesús. Al Dios y Padre nuestro
sea la gloria por todos siglos de los siglos. Amén.
Saludos en Cristo Jesús a todos y cada uno de los fieles. Os saludan los hermanos que
están conmigo. Os saludan todos los fieles y en especial los de la casa del César. La gracia
de Cristo Jesús, el Señor, sea con vuestro espíritu.
R. Sé pasar necesidad y sé vivir en la abundancia, estoy entrenado a tener hartura y a
pasar hambre: * todo lo puedo en aquel que me conforta.
V. Vivo contento en medio de mis debilidades y de las dificultades sufridas por Cristo.
R. Todo lo puedo en aquel que me conforta.
De los comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos
(Salmo 1, 9-12: CSEL 64, 7. 9-10)
CANTAR SALMOS CON EL ESPÍRITU, PERO CANTARLOS TAMBIÉN CON LA MENTE
¿Qué cosa hay más agradable que los salmos? Como dice bellamente el mismo
salmista: Alabad al Señor, que los salmos son buenos; nuestro Dios merece una alabanza
armoniosa. Y con razón: los salmos, en efecto, son la bendición del pueblo, la alabanza de
Dios, el elogio de los fieles, el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia,
la profesión armoniosa de nuestra fe, la expresión de nuestra entrega total, el gozo de
nuestra libertad, el clamor de nuestra alegría desbordante. Ellos calman nuestra ira,
rechazan nuestras preocupaciones, nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un
arma, de día una enseñanza; en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra
alegría; ellos expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda de paz y de
concordia, son como la cítara que aúna en un solo canto las voces más diversas y
dispares. Con los salmos celebramos el nacimiento del día, y con los salmos cantamos a su
ocaso.
En los salmos rivalizan la belleza y la doctrina; son a la vez un canto que deleita y un
texto que instruye. Cualquier sentimiento encuentra su eco en el libro de los salmos. Leo
en ellos: Cántico para el amado, y me inflamo en santos deseos de amor; en ellos voy
meditando el don de la revelación, el anuncio profético de la resurrección, los bienes
prometidos; en ellos aprendo a evitar el pecado y a sentir arrepentimiento y vergüenza de
los delitos cometidos.
hace resonar en la tierra la dulzura de las melodías celestiales, como quien pulsa la lira del
Espíritu Santo? Unido a este Espíritu, el salmista hace subir a lo alto, de diversas maneras,
el canto de la alabanza divina, con liras e instrumentos de cuerda, esto es, con los
despojos muertos de otras diversas voces; porque nos enseña que primero debemos morir
al pecado y luego, no antes, poner de manifiesto en este cuerpo las obras de las diversas
virtudes, con las cuales pueda llegar hasta el Señor el obsequio de nuestra devoción.
Nos enseña, pues, el salmista que nuestro canto, nuestra salmodia, debe ser interior,
como lo hacía Pablo, que dice: Quiero rezar llevado del Espíritu, pero rezar también con la
inteligencia; quiero cantar llevado del Espíritu, pero cantar también con la inteligencia; con
estas palabras nos advierte que debemos orientar nuestra vida y nuestros actos a las
cosas de arriba, para que así el deleite de lo agradable no excite las pasiones corporales,
las cuales no liberan nuestra alma, sino que la aprisionan más aún; el salmista nos
recuerda que en la salmodia encuentra el alma su redención: Tocaré para ti la citara,
Santo de Israel; te aclamarán mis labios, Señor, mi alma, que tú redimiste.
R. Es bueno dar gracias al Señor * y tocar para tu nombre, oh Altísimo.
V. Con arpas de diez cuerdas y laúdes sobre arpegios de cítaras.
R. Y tocar para tu nombre, oh Altísimo.
Oremos:
Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos,
inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.