El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 1 de julio de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Antífona 1: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. (T. P. Aleluya.) †
Salmo 17, 2-30
ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA
En aquella hora ocurrió un violento terremoto (Ap 11, 13).
I
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
† Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.
Antífona 2: El Señor me libró porque me amaba. (T. P. Aleluya).
II
Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz.
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;
y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.
Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.
Antífona 3: Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas. (T. P. Aleluya).
III
El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega,
fiado en mi Dios, asalto la muralla.
Del libro del profeta Nehemías 9, 1-2.5-21
LITURGIA PENITENCIAL. ORACIÓN DE LOS LEVITAS
El día veinticuatro del séptimo mes, se congregaron los israelitas para ayunar, vestidos
de saco y la cabeza cubierta de polvo. La raza de Israel se separó de todos los extranjeros
y, puestos en pie, confesaron sus pecados y las culpas de sus padres.
Los levitas Josué, Cadmiel, Baní, Jasabneías, Serebías, Hodiyías, Sebanías y Petajías
dijeron:
«Levantaos, bendecid al Señor, nuestro Dios.
Bendito seas, Señor, Dios nuestro, de eternidad en eternidad! ¡Y sea bendito el nombre
de tu gloria que supera toda bendición y alabanza! ¡Tú, Señor, tú el único! Tú hiciste los
cielos, el cielo de los cielos y toda su mesnada, la tierra y todo cuanto abarca, los mares y
todo cuanto encierran. Todo esto tú lo animas, y la mesnada de los cielos ante ti se
prosterna.
Tú, Señor, eres el Dios que elegiste a Abram, lo sacaste de Ur de Caldea y le diste el
nombre de Abraham. Hallaste su corazón fiel ante ti, con él hiciste alianza, para darle el
país del cananeo, del hitita y del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del guirgaseo, a él y
a su posteridad. Y has mantenido tu palabra, porque eres justo.
Tú viste la aflicción de nuestros padres en Egipto, y escuchaste su clamor, junto al mar
Rojo. Contra el Faraón obraste señales y prodigios, contra sus siervos y todo el pueblo de
su país; pues supiste que eran altivos con ellos. ¡Te hiciste un nombre hasta el día de hoy!
Tú hendiste el mar ante ellos: por medio del mar pasaron a pie enjuto. Hundiste en los
abismos a sus perseguidores, como una piedra en aguas poderosas. Con columna de nube
los guiaste de día, con columna de fuego por la noche, para alumbrar ante ellos el camino
por donde habían de marchar.
Bajaste sobre el monte Sinaí, y del cielo les hablaste; les diste normas justas, leyes
verdaderas, preceptos y mandamientos excelentes; les diste a conocer tu santo sábado;
les ordenaste mandamientos, preceptos y ley por mano de Moisés, tu siervo. Del cielo les
mandaste el pan para su hambre, para su sed hiciste brotar el agua de la roca. Y les
mandaste ir a apoderarse de la tierra que tú juraste darles mano en alto. Altivos se
volvieron nuestros padres, su cerviz endurecieron y desoyeron tus mandatos. No quisieron
oír, no recordaron los prodigios que con ellos hiciste; endurecieron la cerviz y se
obstinaron en volver a Egipto y a su servidumbre. Pero tú eres el Dios de los perdones,
clemente y entrañable, tardo a la cólera y rico en bondad. ¡No los desamparaste! Nisiquiera cuando se fabricaron un becerro de metal fundido y exclamaron: “¡Éste es tu dios,
que te sacó de Egipto!” Grandes desprecios te hicieron.
Tú, en tu inmensa ternura, no los abandonaste en el desierto: la columna de nube no
se apartó de ellos, para guiarlos de día por la ruta; ni la columna de fuego por la noche,
para alumbrar ante ellos el camino que habían de marchar.
Tu espíritu bueno les diste para instruirlos, el maná no retiraste de su boca, y para su
sed les diste agua cuarenta años, los sustentaste en el desierto, y nada les faltó; ni sus
vestidos se gastaron, ni se hincharon su pies.»
R. Viste, Señor, la aflicción de nuestros padres en Egipto; tú bendijiste el mar ante ellos,
con columna de nube los guiaste de día, con columna de fuego por la noche. * Tu espíritu
bueno les diste para instruirlos.
V. Todos atravesaron el mar y todos quedaron bautizados por la nube y el mar.
R. Tu espíritu bueno les diste para instruirlos.
Del libro de santa Teresa de Ávila, virgen y doctora de la Iglesia, Camino de perfección
(Cap. 51: BAC 120, 221-224)
VENGA A NOSOTROS TU REINO
¿Quién hay -por desastrado que sea-que cuando pide a una persona de prestigio no
lleva pensado cómo lo ha de pedir para contentarle y no serle desabrido, y qué le ha de
pedir, y para qué ha menester lo que le ha de dar, en especial si pide cosa señalada, como
nos enseña que pidamos nuestro buen Jesús? Cosa me parece para notar mucho. ¿No
hubierais podido, Señor mío, concluir con una palabra y decir: "Dadnos, Padre, lo que nos
conviene"? Pues, a quien tan bien entiende todo, no parece era menester más.
¡Oh sabiduría de los ángeles! Para vos y vuestro Padre esto bastaba (que así le
pedisteis en el huerto: mostrasteis vuestra voluntad y temor, mas lo dejaste en la suya):
mas nos conocéis a nosotros, Señor mío, que no estamos tan rendidos como lo estabais
vos a la voluntad de vuestro Padre, y que era menester pedir cosas señaladas para que
nos detuviésemos un poco en mirar siquiera si nos está bien lo que pedimos, y si no, que
no lo pidamos. Porque, según somos, si no nos dan lo que queremos -con este libre
albedrío que tenemos-, no admitiremos lo que el Señor nos diere, porque, aunque sea lo
mejor, como no veamos luego el dinero en la mano, nunca nos pensamos ver ricos.
Pues dice el buen Jesús: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino. Ahora
mirad qué sabiduría tan grande de nuestro Maestro. Considero yo aquí, y es bien que
entendamos, qué pedimos en este reino. Mas como vio su majestad que no podíamos
santificar, ni alabar, ni engrandecer, ni glorificar, ni ensalzar este nombre santo del Padre
eterno -conforme a lo poquito que podemos nosotros-, de manera que se hiciese como es
razón, si no nos proveía su majestad con darnos acá su reino, y así lo puso el buen Jesús
lo uno junto a lo otro. Porque entendáis esto que pedimos, y lo que nos importa pedirlo y
hacer cuanto pudiéramos para contentar a quien nos lo ha de dar, quiero decir aquí lo que
yo entiendo.
El gran bien que hay en el reino del cielo -con otros muchos-es ya no tener cuenta con
cosas de la tierra: un sosiego y gloria en sí mismos, un alegrarse todos, una paz perpetua,
una satisfacción grande en sí mismos que les viene de ver que todos santifican y alaban al
Señor y bendicen su nombre, y no le ofende nadie, todos le aman, y la misma alma no
entiende en otra cosa sino en amarle, ni puede dejarle de amar, porque le conoce. Y así le
amaríamos acá: aunque no en esta perfección y en un ser, mas muy de otra manera le
amaríamos si le conociésemos.
R. El que sabe dar buenos dones a sus hijos nos impulsa a pedir y a buscar. * Recibiremos
con más abundancia, si creemos con más confianza, y esperamos con más firmeza, y
deseamos con más ardor.
V. Con frecuencia la oración se expresa mejor con gemidos que con palabras, más con el
llanto que con los labios.
R. Recibiremos con más abundancia, si creemos con más confianza, y esperamos con más
firmeza, y deseamos con más ardor.
Oremos:
Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz;
concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de
la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.