Oficio de Lectura - VIERNES VII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2018

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 25 de mayo de 2018. Otras celebraciones del día: SAN BEDA EL VENERABLE, PRESBÍTERO Y DOCTOR DE LA IGLESIA , SAN GREGORIO VII, PAPA , SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI, VIRGEN .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Este es el día del Señor.
Este es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos.
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.

Salmodia

Antífona 1: Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37

ME DEVORA EL CELO DE TU TEMPLO

Le dieron a beber vino mezclado con hiel (Mt 27, 34).

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?
Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.
Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos,
se burlan de mí;
cuando me visto de saco,
se ríen de mí;
sentados a la puerta cuchichean,
mientras beben vino me sacan coplas.

Antífona 2: En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

II

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:
arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme enseguida.
Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Antífona 3: Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. (T. P. Aleluya).

III

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.
El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Lecturas

Primera Lectura

De la segunda carta a los Corintios 5, 1-21

LA ESPERANZA DE LA MORADA CELESTE. EL MINISTERIO DE LA RECONCILIACIÓN

Hermanos: Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos
que Dios nos dará una casa eterna en el cielo, no construida por hombres. Y así gemimos
en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste, si
es que nos encontramos vestidos, y no desnudos. ¡Sí!, los que estamos en esta tienda
gemimos oprimidos. No es que queramos ser desvestidos, sino más bien sobrevestidos,
para que lo mortal sea absorbido por la vida. Y el que nos ha destinado a eso es Dios, el
cual nos ha dado en arras el Espíritu.
Así pues, siempre tenemos confianza, aunque sabemos que mientras vivimos estamos
desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra
confianza que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en
destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que
comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos
hecho en esta vida.
Así pues, penetrados de este temor del Señor, intentamos persuadir a los hombres (que
para Dios estamos transparentes, y espero que también así lo estaré para vuestras
conciencias). Y no es que tratemos de justificarnos de nuevo ante vosotros, sino que
queremos daros la oportunidad de que os mostréis orgullosos de nosotros y tengáis qué
responder a los que ponen su gloria en las apariencias y no en el corazón. Que si alguna
vez nos hemos portado como faltos de juicio, ha sido por Dios; si ahora somos razonables,
es por vuestro bien. El amor de Cristo nos apremia, al pensar que, si uno murió por todos,
consiguientemente todos murieron en él; y murió por todos, para que los que viven no
vivan ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
Así que desde ahora nosotros no conocemos ya a nadie con criterios puramente
humanos; y si en un tiempo conocimos a Cristo con tales criterios, ya ahora no es así. Por
tanto, el que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha
comenzado.
Todo esto se lo debemos a Dios, que nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, y
nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación. Dios, en efecto, reconciliaba consigo

al mundo por medio de Cristo, no imputándoles a los hombres sus delitos, sino
confiándonos el mensaje de la reconciliación. Por eso nosotros actuamos como enviados
de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo
os pedimos que os reconciliéis con Dios.
A Cristo, que no experimentó el pecado, Dios lo hizo pecado en lugar nuestro, para que
en él viniésemos a ser justificación de Dios.

Responsorio 2 Co 5, 18; Rm 8, 32

R. Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, * y nos ha confiado el ministerio
de esta reconciliación.
V. Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros.
R. Y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación.

Segunda Lectura

Del comentario de san Gregorio de Agrigento, obispo, sobre el libro del Eclesiastés
(Libro 8, 6: PG 98,1071-1074)

MI CORAZÓN SE ALEGRA EN EL SEÑOR

Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino, porque Dios ya ha aceptado tus
obras.
Si queremos explicar estas palabras en su sentido obvio e inmediato, diremos, con
razón, que nos parece justa la exhortación del Eclesiastés, de que, llevando un género de
vida sencillo y adhiriéndonos a las enseñanzas de una fe recta para con Dios, comamos
nuestro pan con alegría y bebamos contentos nuestro vino, evitando toda maldad en
nuestras palabras y toda sinuosidad en nuestra conducta, procurando, por el contrario,
hacer objeto de nuestros pensamientos todo aquello que es recto, y procurando, en
cuanto nos sea posible, socorrer a los necesitados con misericordia y liberalidad; es decir,
entregándonos a aquellos afanes y obras en que Dios se complace.
Pero la interpretación mística nos eleva a consideraciones más altas y nos hace pensar
en aquel pan celestial y místico, que baja del cielo y da la vida al mundo; y nos enseña
asimismo a beber contentos el vino espiritual, aquel que manó del costado del que es la
vid verdadera, en el tiempo de su pasión salvadora. Acerca de los cuales dice el Evangelio
de nuestra salvación: Jesús tomó pan, dio gracias, y dijo a sus santos discípulos y
apóstoles: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros para el
perdón de los pecados." Del mismo modo, tomó el cáliz, y dijo: "Bebed todos de él, éste
es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva, que será derramada por vosotros y
por todos los hombres para el perdón de los pecados." En efecto, los que comen de este
pan y beben de este vino se llenan verdaderamente de alegría y de gozo y pueden
exclamar: Has puesto alegría en nuestro corazón.
Además, la Sabiduría divina en persona, Cristo, nuestro salvador, se refiere también,
creo yo, a este pan y este vino, cuando dice en el libro de los Proverbios: Venid a comer
de mi pan y a beber el vino que he mezclado, indicando la participación sacramental del
que es la Palabra. Los que son dignos de esta participación tienen en toda sazón sus
ropas, es decir, las obras de la luz, blancas como la luz, tal como dice el Señor en el
Evangelio: Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y
den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Y tampoco faltará nunca sobre su cabeza
el ungüento rebosante, es decir, el Espíritu de la verdad, que los protegerá y los
preservará de todo pecado.

Responsorio Is 53, 12; Lc 23, 34

R. Se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; * él tomó
sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores.
V. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
R. Él tornó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina
le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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