El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 6 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.
Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.
Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.
El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.
Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.
Antífona 1: Día tras día, te bendeciré, Señor. Aleluya.
Salmo 144
HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS
Justo eres tú, Señor, el que es y el que era (Ap 16, 5).
I
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
Antífona 2: Tu reinado es un reinado perpetuo. Aleluya.
II
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;
explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
Antífona 3: El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. Aleluya.†
III
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
† El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
Comienza la segunda carta del apóstol san Pedro 1,1-11
EXHORTACIÓN A SEGUIR EL CAMINO DE PERFECCIÓN
Simón Pedro, esclavo y apóstol de Jesucristo, a los que han recibido la misma preciosa
fe que nosotros, en virtud de la justificación conferida por nuestro Dios y Salvador
Jesucristo: que la gracia y la paz abunden cada vez más entre vosotros, mediante el
perfecto conocimiento de Dios y de Jesús, nuestro Señor.
Su divino poder nos ha concedido todo lo referente a la vida eterna y a la verdadera
religión, mediante el perfecto conocimiento del que nos convocó por su propia gloria y
virtud. Por ellas nos ha hecho merced de las preciosas y magníficas promesas, para que
así seáis partícipes de la naturaleza divina, escapando de la corrupción existente en el
mundo por causa de la concupiscencia.
Por este motivo, poned todo vuestro empeño en unir a vuestra fe la probidad moral, a
la probidad moral el conocimiento de Dios, al conocimiento de Dios el dominio de vosotros
mismos, al dominio de vosotros mismos la constancia, a la constancia la piedad, a la
piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad universal. Si estas virtudes se
encuentran de hecho entre vosotros y van creciendo, os enriqueceréis de frutos
preciosísimos que os llevarán al perfecto conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Quien
de ellas carece es un miope, un ciego, que se olvida de que ha sido purificado de sus
antiguos pecados.
Por eso, hermanos, poned más empeño todavía en consolidar vuestra vocación y
elección. Si hacéis así, nunca jamás tropezaréis; de este modo se os concederá
generosamente la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R. El Señor os convocó por su propia gloria y virtud, y os ha hecho merced de las
preciosas y magníficas promesas, * para que así seáis partícipes de la naturaleza divina.
V. Todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.
R. Para que así seáis partícipes de la naturaleza divina.
Del sermón de san León Magno, papa, sobre las bienaventuranzas
(Sermón 95, 6-8: PL, 54, 464-465)
LA SABIDURÍA CRISTIANA
Después de esto, el Señor prosiguió, diciendo: Dichosos los que tienen hambre y sed de
la justicia, porque ellos quedarán saciados. Esta hambre no desea nada corporal, esta sed
no apetece nada terreno; el bien del que anhela saciarse consiste en la justicia, y el objeto
por el que suspira es penetrar en el conocimiento de los misterios ocultos, hasta saciarse
del mismo Dios.
Feliz el alma que ambiciona este manjar y anhela esta bebida; ciertamente no la
desearía si no hubiera gustado ya antes de su suavidad. De esta dulzura, el alma recibió
ya una pregustación, al oír al profeta que le decía: Gustad y ved qué bueno es el Señor;
con esta pregustación, tanto se inflamó en el amor de los placeres castos, que,
abandonando todas las cosas temporales, sólo puso ya su afecto en comer y beber la
justicia, adhiriéndose a aquel primer mandamiento que dice: Amarás al Señor, tu Dios, con
todo tu corazón y con toda el alma y con todas tus fuerzas. Porque amar la justicia no es
otra cosa sino amar a Dios.
Y, como este amor de Dios va siempre unido al amor que se interesa por el bien del
prójimo, el hambre de la justicia se ve acompañada de la virtud de la misericordia; por
ello, se añade a continuación: Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia.
Reconoce, oh cristiano, la altísima dignidad de esta tu sabiduría, y entiende bien cuál ha
de ser tu conducta y cuáles los premios que se te prometen. La misericordia quiere que
seas misericordioso, la justicia desea que seas justo, pues el Creador quiere verse
reflejado en su criatura, y Dios quiere ver reproducida su imagen en el espejo del corazón
humano, mediante la imitación que tú realizas de las obras divinas. No quedará frustrada
la fe de los que así obran, tus deseos llegarán a ser realidad, y gozarás eternamente de
aquello que es el objeto de tu amor.
Y porque todo será limpio para ti, a causa de la limosna, llegarás también a gozar de
aquella otra bienaventuranza que te promete el Señor, como consecuencia de lo que hasta
aquí se te ha dicho: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Gran
felicidad es ésta, amadísimos hermanos, para la que se prepara un premio tan grande.
Pues, ¿qué significa tener limpio el corazón, sino desear las virtudes de que antes hemos
hablado? ¿Qué inteligencia puede llegar a concebir, o qué palabras lograrán explicar la
grandeza de una felicidad que consiste en ver a Dios? Y es esto precisamente lo que se
realizará cuando la naturaleza humana se transforme, y podamos contemplar la divinidad
no confusamente en un espejo, sino cara a cara, viendo tal como es a aquel a quien
ningún hombre jamás contempló; entonces lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el
hombre puede pensar, lo alcanzaremos en el gozo inefable de una contemplación eterna.
R. ¡Qué amor tan grande, Señor, reservas para tus fieles! * Tú lo concedes a los que a ti
se acogen.
V. Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre.
R. Tú lo concedes a los que a ti se acogen.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos
siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la
libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.