El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 12 de julio de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.
Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.
Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.
El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.
Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.
Antífona 1: Día tras día, te bendeciré, Señor. Aleluya.
Salmo 144
HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS
Justo eres tú, Señor, el que es y el que era (Ap 16, 5).
I
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
Antífona 2: Tu reinado es un reinado perpetuo. Aleluya.
II
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;
explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
Antífona 3: El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. Aleluya.†
III
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
† El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
Comienza el libro de Job 1, 1-22
JOB ES PRIVADO DE SUS BIENES
Había una vez en tierra de Hus un hombre que se llamaba Job. Era un hombre justo y
honrado, temeroso de Dios y apartado del mal. Tenía siete hijos y tres hijas. Tenía siete
mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y una
servidumbre numerosa. Era el más rico entre los hombres de Oriente.
Sus hijos solían celebrar banquetes, un día en casa de cada uno, e invitaban a sus tres
hermanas a comer con ellos. Terminados esos días de fiesta, Job los hacía venir para
purificarlos: madrugaba y ofrecía un holocausto por cada uno, por si habían pecado y
maldecido a Dios en su interior. Esto lo solía hacer Job cada vez.
Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satanás.
El Señor le preguntó: «¿De dónde vienes?»
Él respondió: «De dar vueltas por la tierra.»
El Señor le dijo: «¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es
un hombre justo y honrado que teme a Dios y se aparta del mal.»
Satanás le respondió: «¿Y crees que teme a Dios de balde? ¡Sí tú mismo lo has cercado
y protegido, a él, a su hogar y a todo lo suyo! Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños
se ensanchan por el país; pero extiende la mano, daña sus posesiones, y te apuesto a que
te maldecirá en tu cara.»
El Señor dijo: «Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques.»
Y Satanás se marchó.
Un día que los hijos e hijas de Job comían y bebían en casa del hermano mayor, llegó
un mensajero a casa de Job y le dijo: «Estaban los bueyes arando y las burras pastando a
su lado, cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los mozos y se llevaron el
ganado. Sólo yo pude escapar para contártelo.»
No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo: «Ha caído un rayo del cielo que
ha quemado y consumido tus ovejas y pastores. Sólo yo pude escapar para contártelo.»
No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo: «Una banda de caldeos,
dividiéndose en tres grupos, se echó sobre los camellos y se los llevó, y apuñaló a los
mozos. Sólo yo pude escapar para contártelo.»
No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo: «Estaban tus hijos y tus hijas
comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor, cuando un huracán cruzó el desierto y
embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó y los mató. Sólo yo pude
escapar para contártelo.»
Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo:
«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor
me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor.»
En todo esto no pecó Job, ni dijo nada insensato contra Dios.
R. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? * El Señor me lo dio,
el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor.
V. Desnudo salí del vientre de mí madre y desnudo volveré a él.
R. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor.
Comienza el tratado de san Ambrosio, obispo, sobre los misterios
(Núms. 1-7: SC 25 bis, 156-158)
CATEQUESIS SOBRE LOS RITOS QUE PRECEDEN AL BAUTISMO
Hasta ahora os hemos venido hablando cada día acerca de cuál ha de ser vuestra
conducta. Os hemos ido leyendo los hechos de los patriarcas o los consejos del libro de los
Proverbios a fin de que, instruidos y formados por estas enseñanzas, os fuerais
acostumbrando a recorrer el mismo camino que nuestros antepasados y a obedecer los
oráculos divinos, con lo cual, renovados por el bautismo, os comportéis como exige
vuestra condición de bautizados.
Mas ahora es tiempo ya de hablar de los sagrados misterios y de explicaros el
significado de los sacramentos, cosa que, si hubiésemos hecho antes del bautismo,
hubiese sido una violación de la disciplina del arcano más que una instrucción. Además de
que, por el hecho de cogeros desprevenidos, la luz de los divinos misterios se introdujo en
vosotros con más fuerza que si hubiese precedido una explicación.
Abrid, pues, vuestros oídos y percibid el buen olor de vida eterna que exhalan en
vosotros los sacramentos. Esto es lo que significábamos cuando, al celebrar el rito de la
apertura, decíamos: "Effetá", esto es: "Ábrete", para que, al llegar el momento del
bautismo, entendierais lo que se os preguntaba y la obligación de recordar lo que habíais
respondido. Este mismo rito empleó Cristo, como leemos en el Evangelio, al curar al
sordomudo.
Después de esto, se te abrieron las puertas del santo de los santos, entraste en el lugar
destinado a la regeneración. Recuerda lo que se te preguntó, ten presente lo que
respondiste. Renunciaste al diablo y a sus obras, al mundo y a sus placeres pecaminosos.
Tus palabras están conservadas, no en un túmulo de muertos, sino en el libro de los vivos.
Viste allí a los diáconos, los presbíteros, el obispo. No pienses sólo en lo visible de estas
personas, sino en la gracia de su ministerio. En ellos hablaste a los ángeles, tal como está
escrito: Labios sacerdotales han de guardar el saber, y en su boca se busca la doctrina,
porque es un ángel del Señor de los ejércitos. No hay lugar a engaño ni retractación; es
un ángel quien anuncia el reino de Cristo, la vida eterna. Lo que has de estimar en él no
es su apariencia visible, sino su ministerio. Considera qué es lo que te ha dado, úsalo
adecuadamente y reconoce su valor.
Al entrar, pues, para mirar de cara al enemigo y renunciar a él con tu boca, te volviste
luego hacia el oriente, pues quien renuncia al diablo debe volverse a Cristo y mirarlo de
frente.
R. También nosotros fuimos en un tiempo insensatos, rebeldes a Dios, descarriados,
sumergidos en maldad y envidia, aborrecibles a Dios y odiándonos unos a otros. * Pero,
por su misericordia, Dios nos salvó mediante el baño bautismal de regeneración y
renovación que obra el Espíritu Santo.
V. En otro tiempo vivíamos todos nosotros siguiendo las apetencias de nuestra carne, y
estábamos, por naturaleza, destinados a la cólera.
R. Pero, por su misericordia, Dios nos salvó mediante el baño bautismal de regeneración y
renovación que obra el Espíritu Santo.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan
volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este
nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.