El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 14 de junio de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.
Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.
Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.
El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.
Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.
Antífona 1: Día tras día, te bendeciré, Señor. Aleluya.
Salmo 144
HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS
Justo eres tú, Señor, el que es y el que era (Ap 16, 5).
I
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
Antífona 2: Tu reinado es un reinado perpetuo. Aleluya.
II
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;
explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
Antífona 3: El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. Aleluya.†
III
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
† El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
Del libro del profeta Isaías 44, 21-45, 3
EL REY CIRO SALVADOR DE ISRAEL
Así dice el Señor:
«Acuérdate de esto, Jacob, de que eres mi siervo, Israel. Yo te formé, siervo mío eres,
Israel, no te olvidaré. He disipado como niebla tus rebeliones, como nube tus pecados:
vuelve a mí, que yo soy tu redentor.»
Aclamad, cielos, porque el Señor ha actuado; vitoread, simas de la tierra; romped en
aclamaciones, montañas, y tú, bosque, con todos tus árboles; porque el Señor ha
redimido a Jacob y se gloría de Israel.
Así dice el Señor, tu redentor, que te formó en el vientre:
«Yo soy el Señor, creador de todo; yo solo extendí el cielo, yo afiancé la tierra. ¿Y quién
me ayudaba? Yo soy el que frustra los presagios de los magos y muestra la necedad de los
agoreros; el que echa atrás a los sabios y muestra que su saber es ignorancia; pero realiza
la palabra de sus siervos, cumple el proyecto de sus mensajeros; el que dice de Jerusalén:
“Será habitada”, y de las ciudades de Judá: "Serán reconstruidas", y levantaré sus ruinas;
el que dice al océano: "Aridece; secaré tus corrientes"; el que dice a Ciro: "Tú eres mi
pastor y cumplirás toda mi voluntad." El que dice de Jerusalén: "Será reconstruida"; y del
templo: "Será cimentado."»
Así dice el Señor a su ungido, Ciro, a quien lleva de la mano:
«Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las
puertas, los batientes no se le cerrarán. Yo iré delante de ti, allanándote los cerros; haré
trizas las puertas de bronce, arrancaré los cerrojos de hierro, te daré los tesoros ocultos,
los caudales escondidos. Así sabrás que yo soy el Señor, que te llamo por tu nombre, el
Dios de Israel.»
R. Aclamad, cielos, vitoread, simas de la tierra, * porque el Señor ha actuado.
V. El Señor ha reunido a Jacob y se gloría de Israel.
R. Porque el Señor ha actuado.
Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre el Padrenuestro
(Caps. 4-6: CSEL 3, 268-270)
LA ORACIÓN HA DE SALIR DE UN CORAZÓN HUMILDE
Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos
que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y
con la moderación de nuestra voz. Porque, así como es propio del falto de educación
hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de
voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en
secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual
concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes,
que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los
lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no Dios de lejos?
Porque uno se esconda en su escondrijo, ¿no lo voy a ver yo? ¿No lleno yo el cielo y la
tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios están vigilando a malos y buenos.
Y, cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios,
presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni
ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en
un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no
las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros
pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas: ¿Por qué pensáis mal? Y en
otro lugar: Así sabrán todas las Iglesias que yo soy el que escruta corazones y mentes.
De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no
rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su
corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el
corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que
pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba para
sí, y no se oía su voz, aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en
los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el
Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo
interior, Señor.
El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el
publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar
levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los
pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que
el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no
puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es
inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los
humildes escuchó su oración.
R. Pensemos cómo debemos conducirnos en la presencia de Dios y de sus ángeles, * y,
que al entonar nuestros salmos de alabanza, nuestra mente concuerde con nuestra voz.
V. Para ser escuchados no hace falta la abundancia de palabras, sino un sincero
arrepentimiento y pureza de corazón.
R. Y, que al entonar nuestros salmos de alabanza, nuestra mente concuerde con nuestra
voz.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el
hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus
mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.