Oficio de Lectura - JUEVES IV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 5 de febrero de 2026. Otras celebraciones del día: SANTA ÁGUEDA, VIRGEN Y MÁRTIR .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entrad en la presencia del Señor con vítores.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
A la voz de tu aliento
se estremeció la nada;
la hermosura brilló
y amaneció la gracia.
Señor, ¿a quién iremos,
si tu voz nos habla?
Nos hablas en las voces
de tu voz semejanza:
en los goces pequeños
y en las angustias largas.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
En los silencios íntimos
donde se siente el alma,
tu clara voz creadora
despierta la nostalgia.
¿A quién iremos, Verbo,
entre tantas palabras?
Al golpe de la vida,
perdemos la esperanza;
hemos roto el camino
y el roce de tu planta.
¿A dónde iremos, dinos,
Señor, si no nos hablas?
¡Verbo del Padre, Verbo
de todas las mañanas,
de las tardes serenas,
de las noches cansadas!
¿A dónde iremos, Verbo,
si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

Antífona 1: No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro. (T. P. Aleluya).

Salmo 43

ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES

En todo vencemos fácilmente en aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).

I

Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.

Antífona 2: No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él. (T. P. Aleluya).

II

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.

Antífona 3: Levántate, Señor, no nos rechaces más.

III

Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Génesis 32, 2-29

LA LUCHA DE JACOB

En aquellos días, Jacob, al ver a los ángeles de Dios, dijo:
«Es el campamento de Dios.»
Y llamó a aquel lugar «Campamento». Jacob envió por delante mensajeros a Esaú, su
hermano, al país de Seír, al campo de Edom, y les encargó:
«Así diréis a mi señor Esaú: "Esto dice tu siervo Jacob: He vivido con Labán y he estado
con él hasta ahora; tengo vacas, asnos, ovejas, siervos y siervas; he enviado a informar a
mi señor, para alcanzar su favor."»
Los mensajeros volvieron a Jacob, diciendo:
«Nos acercamos a tu hermano Esaú, y él salió a nuestro encuentro con cuatrocientos
hombres.»
Jacob se llenó de miedo y angustia, y dividió en dos campamentos su gente, sus
posesiones, ovejas, vacas y camellos, calculando:
«Si Esaú ataca un campamento y lo destroza, se salvará el otro.»
Y rezó:
«Dios de mi padre Abraham, Dios de mi padre Isaac, Señor que me dijiste: "Vuelve a tu
tierra nativa, que allí te haré beneficios", no merezco los favores ni la lealtad con que has

tratado a tu siervo, pues con un bastón pasé este Jordán y ahora llevo dos campamentos;
líbrame del poder de mi hermano Esaú, pues temo que venga y mate a las madres con los
hijos. Tú me dijiste: “Te daré bienes, haré tu descendencia como la arena de la playa, que
no se puede contar.”
Y pasó allí la noche. Luego, de lo que tenía a mano, escogió regalos para su hermano
Esaú: doscientas cabras y veinte machos, doscientas ovejas y veinte carneros, treinta
camellas de leche con sus crías, cuarenta vacas y diez toros, veinte borricas y diez asnos.
Y se los confió a sus criados en rebaños aparte, y les encargó:
«Id por delante, dejando un trecho entre cada rebaño.»
Y dio instrucciones al primero:
«Cuando te encuentre mi hermano Esaú y te pregunte: "¿De quién eres, a dónde vas,
para quién es eso que llevas?", responderás: "Es de tu siervo Jacob, un regalo que envía a
su señor Esaú; él viene detrás."»
Lo mismo encargó al segundo y al tercero y a todos los que guiaban los rebaños:
«Esto diréis a Esaú cuando lo encontréis, y añadiréis:
"Mira, también tu siervo Jacob viene detrás de nosotros."»
Pues se decía:
«Me lo ganaré con los regalos que van por delante.»
Y él pasó la noche en el campamento. Todavía de noche, se levantó, tomó a las dos
mujeres, las dos siervas y los once hijos, y cruzó el vado de Yaboc; pasó con ellos el
torrente e hizo pasar a sus posesiones. Y él se quedó solo.
Un hombre luchó con él hasta la aurora; y, viendo que no le podía, le tocó la
articulación del muslo, y se la dejó tiesa mientras peleaba con él. Dijo:
«Suéltame, que llega la aurora.»
Respondió:
«No te soltaré hasta que me bendigas.»
Y le preguntó:
«¿Cómo te llamas?»
Contestó:
«Jacob.»
Le replicó:
«Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con dioses y con hombres y
has podido.»
Jacob, a su vez, preguntó:
«Dime tu nombre.»
Respondió:
«¿Por qué me preguntas mi nombre?»
Y lo bendijo.

Responsorio Gn 32, 30. cf. 28

R. He visto a Dios cara a cara, * y he quedado vivo.
V. Y me dijo: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel.»
R. Y he quedado vivo.

Segunda Lectura

De las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo
(Catequesis 13,1. 3. 6. 23: PG 33, 771-774. 779. 799. 802)

QUE LA CRUZ SEA TU GOZO TAMBIÉN EN TIEMPO DE PERSECUCIÓN

Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo
motivo de gloria es la cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que tan bien sabía de ello: Lo
que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.
Fue, ciertamente, digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento
recobrara la vista en Siloé; pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue
algo grande y preternatural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto;
pero este beneficio lo afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el
mundo estaban muertos por el pecado? Fue cosa admirable el que cinco panes, como una
fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres; pero, ¿en qué benefició
a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue
maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por
la enfermedad desde hacía dieciocho años; pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros, que
estábamos ligados con las cadenas de nuestros pecados?
En cambio, el triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado,
nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.
Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien
gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad
para los gentiles, mas para nosotros salvación. Para los que están en vías de perdición es
necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque
el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho
hombre.
En otro tiempo, aquel cordero sacrificado por orden de Moisés alejaba al exterminador;
con mucha más razón, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos librará del
pecado. Si la sangre de una oveja irracional fue signo de salvación, ¿cuánto más salvadora
no será la sangre del Unigénito?
Él no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo
que dice: Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Tengo poder para
entregar mi vida y tengo poder para recuperarla. Fue, pues, a la pasión por su libre
determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba
a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la
salvación al mundo. El que sufría no era un hombre vil, sino el Dios humanado, que
luchaba por el premio de su obediencia.
Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de
persecución has de tener la misma confianza, de lo contrario, serías amigo de Jesús en
tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus
pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu rey; cuando sobrevenga la lucha,
pelea denodadamente por tu rey.
Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por él,
que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que
tú has recibido primero; lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes
con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.

Responsorio 1 Co 1, 18. 23

R. El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; * pero para
los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios.
V. Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los
gentiles.
R. Pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios.

Oración

Oremos:

Señor, concédenos, amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a
todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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