El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 10 de octubre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.
Antífona 1: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. (T. P. Aleluya).
Salmo 106
ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN
Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo (Hech 10, 36).
I
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.
Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.
Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.
Antífona 2: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. (T. P. Aleluya).
II
Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.
Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.
Antífona 3: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor. (T. P. Aleluya).
III
Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.
Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.
Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.
Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.
Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.
Del libro de Ben Sirá 7, 24-40
DEBERES PARA CON LOS HIJOS, LOS PADRES, LOS SACERDOTES Y LOS POBRES
Si tienes ganado, cuida de él, si te es útil, consérvalo. Si tienes hijos, edúcalos; cuando
aún son jóvenes, búscales mujer; si tienes hijas, vigila su cuerpo y no seas indulgente con
ellas; casar una hija es gran tarea, pero dásela a hombre prudente; si tienes mujer, no la
aborrezcas, pero no te fíes de una que no te gusta. Honra a tu padre de todo corazón y no
olvides los afanes de tu madre; recuerda que ellos te engendraron, ¿qué les darás por lo
que te dieron?
Teme a Dios de todo corazón y honra a sus sacerdotes consagrados; ama a tu Hacedor
con todas tus fuerzas y no abandones a sus servidores; honra a Dios y respeta al
sacerdote, y dale su porción como está mandado: grano escogido, contribución para el
culto, sacrificios rituales, ofrendas consagradas.
Extiende la mano también al pobre, para que sea completa tu bendición; sé generoso
con todos los vivos y a los muertos no les niegues tu piedad; no des largas a los afligidos
y guarda luto con los que están de luto; no rehúyas al que está enfermo, y él te querrá.
En todas tus acciones piensa en el desenlace, y nunca pecarás.
R. No aflijas al pobre que acude a ti, ni niegues limosna al indigente; * no rechaces la
súplica del pobre.
V. Da limosna de tus bienes; si ves un pobre, no vuelvas el rostro.
R. No rechaces la súplica del pobre.
De las homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los evangelios
(Homilía 17, 3.14: PL. 76, 1139-1140.1146)
NUESTRO MINISTERIO PASTORAL
Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es
abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande
trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al
escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer
que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes
se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo,
es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el
ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio.
Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al
Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Rogad también por nosotros, para
que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca
de exhortaros, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación,
seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio. Porque unas veces los
predicadores no dejan oír su voz a causa de su propia maldad, otras, en cambio; son los
súbditos quienes impiden que la palabra de los que presiden nuestras asambleas llegue al
pueblo.
Efectivamente, muchas veces es la propia maldad la que impide a los predicadores
levantar su voz, como lo afirma el salmista: Dios dice al pecador: "¿Por qué recitas mis
preceptos?" Otras veces, en cambio, son los súbditos quienes impiden que se oiga la voz
de los predicadores, como dice el Señor a Ezequiel: Te pegaré la lengua al paladar, te
quedarás mudo y no podrás ser su acusador; pues son casa rebelde. Como si claramente
dijera: "No quiero que prediques, porque este pueblo, con sus obras, me irrita hasta tal
punto que se ha hecho indigno de oír la exhortación para convertirse a la verdad". Es
difícil averiguar por culpa de quién deja de llegar al pueblo la palabra del predicador, pero,
en cambio, fácilmente se ve cómo el silencio del predicador perjudica siempre al pueblo y,
algunas veces, incluso al mismo predicador.
Y hay aún, amados hermanos, otra cosa, en la vida de los pastores, que me aflige
sobremanera; pero, a fin de que lo que voy a decir no parezca injurioso para algunos,
empiezo por acusarme yo mismo de que, aun sin desearlo, he caído en este defecto,
arrastrado sin duda por el ambiente de este calamitoso tiempo en que vivimos.
Me refiero a que nos vemos como arrastrados a vivir de una manera mundana,
buscando el honor del ministerio episcopal y abandonando, en cambio, las obligaciones de
este ministerio. Descuidamos, en efecto, fácilmente el ministerio de la predicación y, para
vergüenza nuestra, nos continuamos llamando obispos; nos place el prestigio que da este
nombre, pero, en cambio, no poseemos la virtud que este nombre exige. Así,
contemplamos plácidamente cómo los que están bajo nuestro cuidado abandonan a Dios,
y nosotros no decimos nada; se hunden en el pecado, y nosotros nada hacemos para
darles la mano y sacarlos del abismo.
Pero, ¿cómo podríamos corregir a nuestros hermanos, nosotros, que descuidamos
incluso nuestra propia vida? Entregados a las cosas de este mundo, nos vamos volviendo
tanto más insensibles a las realidades del espíritu, cuanto mayor empeño ponemos en
interesarnos por las cosas visibles.
Por eso, dice muy bien la Iglesia, refiriéndose a sus miembros enfermos: Me pusieron a
guardar sus viñas; y mi viña, la mía, no la supe guardar. Elegidos como guardas de las
viñas, no custodiamos ni tan sólo nuestra propia viña, sino que, entregándonos a cosas
ajenas a nuestro oficio, descuidamos los deberes de nuestro ministerio.
R. La mies es mucha, pero los operarios son pocos; * rogad al Señor que envíe
trabajadores a su mies.
V. Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón.
R. Rogad al Señor que envíe trabajadores a su mies.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que con la magnificencia de tu amor sobrepasas los
méritos y aun los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia,
para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no
nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.