El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 2 de agosto de 2026. Otras celebraciones del día: SAN EUSEBIO DE VERCELLI, OBISPO , SAN PEDRO JULIÁN EYMARD, PRESBÍTERO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Pueblo del Señor, rebaño que él guía, venid, adorémosle. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Antífona 1: 1. Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.
Salmo 103
HIMNO AL DIOS CREADOR
El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado (2 Co 5, 17).
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Antífona 2: El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Antífona 3: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.
III
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Del libro del profeta Abdías 1-21
JUICIO CONTRA EDOM
Visión de Abdías.
Así dice el Señor a Edom: Hemos oído un mensaje del Señor, una embajada enviada a
las gentes: «Alcémonos a luchar contra ellos.» Te he hecho pequeño entre las gentes,
eres muy despreciado. La soberbia de tu corazón te ha seducido, habitas en las asperezas
de las peñas, moras en la altura y piensas: «¿Quién podrá abatirme a tierra?» Aunque te
levantes como el águila y pongas el nido en las estrellas, de allí te derribaré —oráculo del
Señor—.
Si vinieran a ti salteadores o ladrones nocturnos, ¿no te robarían con medida? Si
vinieran a ti vendimiadores, ¿no dejarían racimos? ¡Ay de Esaú, destruido! Lo han
registrado, le han robado sus tesoros escondidos; te han empujado hasta la frontera tus
aliados, tus amigos te engañan y te dominan. Los que comen tu pan te tienden trampas;
pero él no comprende.
Pues aquel día —oráculo del Señor—, destruiré a los sabios de Edom, a los prudentes
del monte de Esaú. Temblarán tus soldados, Temán, y se acabarán los varones del monte
de Esaú; por la violencia criminal contra tu hermano Jacob, te cubrirá la vergüenza y
perecerás para siempre. Tú estabas allí presente el día que los extranjeros capturaban su
ejército, y los extraños forzaban sus puertas, y echaban suertes sobre Jerusalén; tú eras
como uno de ellos.
No te alegres de ese día de tu hermano, del día de su desgracia; no te goces del día de
Judá, del día de su perdición; ni hables alto el día de su angustia. No entres por las
puertas de mi pueblo el día de la aflicción; no te complazcas de sus males el día de la
desgracia; no eches mano a sus riquezas el día de su calamidad. No aguardes junto a las
salidas para matar a los fugitivos; no vendas a los supervivientes el día de la desgracia.
Se acerca el día del Señor contra todas las naciones; lo que hiciste te lo harán, tu paga
caerá sobre tu cabeza. Como bebisteis en el monte santo, beberán todos los pueblos, uno
tras otro. Beberán, se tambalearán, y serán como si no fueran. Pero en el monte de Sión
quedará un resto, que será santo, y la casa de Jacob recobrará sus bienes. La casa de
Jacob será un fuego, la casa de José una llama; la casa de Esaú será estopa, arderá hasta
consumirse. Y no quedará superviviente en la casa de Esaú —lo ha dicho el Señor—.
Poseerán el Negueb, el monte de Esaú, las colinas de Sefela y la tierra filistea; poseerán
los campos de Efraím y de Samaría, de Benjamín y de Galaad. Y esos pobres desterrados
israelitas serán dueños de Canaán hasta Sarepta; y los desterrados de Jerusalén que están
en Sefarad ocuparán los poblados del Negueb. Después subirán vencedores al monte de
Sión, para gobernar la montaña de Esaú, y el reino será del Señor.
R. La soberbia de tu corazón te ha seducido, habitas en las asperezas de las peñas, moras
en la altura. * Aunque te levantes corno el águila y pongas el nido en las estrellas, de allí
te derribaré.
V. No escapará ni un fugitivo; aunque perforen hasta el infierno, de allí los sacará mi
mano.
R. Aunque te levantes como el águila y ponga el nido en las estrellas, de allí te derribaré.
Comienza la carta llamada de Bernabé
(Caps. 1, 1-8; 2,1-5: Funk 1, 3-7)
LA ESPERANZA DE LA VIDA, PRINCIPIO Y TÉRMINO DE NUESTRA FE
Salud en la paz, hijos e hijas, en el nombre del Señor que nos ha amado.
Ya que las gracias de justificación que habéis recibido de Dios son tan grandes y
espléndidas, me alegro sobremanera, y, más que toda otra cosa, de la dicha y excelencia
de vuestras almas. Pues habéis recibido la gracia del don espiritual, plantada en vosotros.
Me felicito aún más, con la esperanza de ser salvado, cuando veo de verdad el Espíritu
que se ha derramado sobre vosotros del abundante manantial que es el Señor. Hasta tal
punto me conmovió el veros, cosa tan deseada para mí, cuando estaba entre vosotros.
Aunque os haya hablado ya muchas veces, estoy profundamente convencido de que me
quedan todavía muchas cosas por deciros, pues el Señor me ha acompañado por el
camino de la justicia. Me siento obligado a amaros más que a mi propia vida, pues una
gran fe y una gran caridad habitan en vosotros por la esperanza de alcanzar la vida divina.
Considerando que obtendré una gran recompensa si me preocupo de hacer partícipes a
unos espíritus como los vuestros, al menos en alguna medida, de los conocimientos que
he recibido, he decidido escribiros con brevedad, a fin de que, con la fe, poseáis un
conocimiento perfecto.
Tres son las enseñanzas del Señor: la esperanza de la vida, principio y término de
nuestra fe; la justicia, comienzo y fin del juicio; el amor en la alegría y el regocijo,
testimonio de las obras de la justicia.
El Señor, en efecto, nos ha manifestado por medio de sus profetas el pasado y el
presente, y nos ha hecho gustar por anticipado las primicias de lo porvenir. Viendo, pues,
que estas cosas se van cumpliendo en el orden en que él las había predicho, debemos
adelantar en una vida más generosa y más excelsa en el temor del Señor. Por lo que
respecta a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, os manifestaré algunas
enseñanzas que os puedan alegrar en las presentes circunstancias.
Ya que los días son malos y que el Altivo mismo posee poder, debemos, estando
vigilantes sobre nosotros mismos, buscar las justificaciones del Señor. Nuestra fe tiene
como ayuda el temor y la paciencia, y como aliados la longanimidad y el dominio de
nosotros mismos. Si estas virtudes permanecen santamente en nosotros, en todo lo que
atañe al Señor, tendrán la gozosa compañía de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el
conocimiento.
El Señor nos ha dicho claramente, por medio de los profetas, que no tiene necesidad ni
de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, cuando dice: ¿Qué me importa el número
de vuestros sacrificios? —dice el Señor—. Estoy harto de holocaustos de carneros, de
grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y machos cabríos no me agrada, ¿por qué
entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me
traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, Sábados, asambleas, no los
aguanto.
R. Sabemos que el hombre se justifica por creer en Cristo Jesús. * Nosotros hemos creído
en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo.
V. Abraham creyó al Señor y le fue reputado por justicia.
R. Nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te
suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como
creador y como guía. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.