Oficio de Lectura - VIERNES XX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 21 de agosto de 2026. Otras celebraciones del día: SAN PÍO X, PAPA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: El Señor es bueno, bendecid su nombre.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!
Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.
Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.
Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.
Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó. (T. P. Aleluya).

Salmo 77, 1-39

BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros (1 Cor 10, 6).

I

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclina el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado.
Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
no lo ocultaremos a sus hijos,
lo contaremos a la futura generación:
las alabanzas del Señor, su poder,
las maravillas que realizó;
porque él estableció una norma para Jacob,
dio una ley a Israel.
Él mandó a nuestros padres
que lo enseñaran a sus hijos,
para que lo supiera la generación siguiente;
los hijos que nacieran después.
Que surjan y lo cuenten a sus hijos,
para que pongan en Dios su confianza
y no olviden las acciones de Dios,
sino que guarden sus mandamientos;
para que no imiten a sus padres,
generación rebelde y pertinaz;
generación de corazón inconstante,
de espíritu infiel a Dios.
Los arqueros de la tribu de Efraín
volvieron la espalda en la batalla;
no guardaron la alianza de Dios,
se negaron a seguir su ley,
echando en olvido sus acciones,
las maravillas que les había mostrado,
cuando hizo portentos a vista de sus padres,
en el país de Egipto, en el campo de Soán:
hendió el mar para darles paso,
sujetando las aguas como muros;
los guiaba de día con una nube,
de noche con el resplandor del fuego;
hendió la roca en el desierto,
y les dio a beber raudales de agua;
sacó arroyos de la peña,
hizo correr las aguas como ríos.

Antífona 2: Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía. (T. P. Aleluya).

II

Pero ellos volvieron a pecar contra él,
y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo:
tentaron a Dios en sus corazones,
pidiendo una comida a su gusto;
hablaron contra Dios: "¿podrá Dios
preparar una mesa en el desierto?
Él hirió la roca, brotó agua
y desbordaron los torrentes;
pero ¿podrá también darnos pan,
proveer de carne a su pueblo?"
Lo oyó el Señor, y se indignó;
un fuego se encendió contra Jacob,
hervía su cólera contra Israel,
porque no tenían fe en Dios
ni confiaban en su auxilio.
Pero dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos maná,
les dio un trigo celeste;
y el hombre comió pan de ángeles,
les mandó provisiones hasta la hartura.
Hizo soplar desde el cielo el levante,
y dirigió con su fuerza el viento sur;
hizo llover carne como una polvareda,
y volátiles como arena del mar;
los hizo caer en mitad del campamento,
alrededor de sus tiendas.
Ellos comieron y se hartaron,
así satisfizo su avidez;
pero, con la avidez recién saciada,
con la comida aún en la boca,
la ira de Dios hirvió contra ellos:
mató a los más robustos,
doblegó a la flor de Israel.

Antífona 3: Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor. (T. P. Aleluya).

III

Y, con todo, volvieron a pecar,
y no dieron fe a sus milagros:
entonces consumió sus días en un soplo,
sus años en un momento;
y, cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo su redentor.
Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza.
Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor;
acordándose de que eran de carne,
un aliento fugaz que no torna.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Qohelet 8, 5-9, 10

CONSUELO DEL SABIO

El que guarda los mandamientos no experimenta el infortunio, y el corazón del sabio
sabe el cuándo y el cómo. Porque todo asunto tiene su cuándo y su cómo.
Pues es grande el peligro que acecha al hombre, ya que éste ignora lo que está por
venir, pues lo que está por venir ¿quién va a anunciárselo? No es el hombre señor del
viento. Tampoco tiene señorío sobre el día de la muerte, ni hay evasión en la agonía, ni
libra la maldad a sus autores. Todo esto tengo visto al aplicar mi corazón a cuanto pasa
bajo el sol, cuando el hombre domina al hombre para causarle el mal.
Por ejemplo, he visto a gente mala llevada a la tumba. Partieron del lugar santo, y se
dio al olvido en la ciudad que hubiesen obrado de aquel modo.
¡Otro absurdo!: que no se ejecute en seguida la sentencia de la conducta del malo, con
lo que el corazón de los humanos se llena de deseos de hacer el mal; que el pecador haga
el mal cien veces, y se le den largas. Pues yo tenía entendido que les va bien a los
temerosos de Dios, a aquellos que ante su rostro temen, y que no le va bien al malvado,
ni alargará sus días como sombra el que no teme ante el rostro de Dios.
Pues bien, un absurdo se da en la tierra: hay justos a quienes les sucede cual
corresponde a las obras de los malos, y malos a quienes sucede cual corresponde a las
obras de los buenos. Digo que éste es otro absurdo.
Y yo por mí alabo la alegría, ya que otra cosa buena no existe para el hombre bajo el
sol, si no es comer, beber y gozar; y eso es lo que le acompaña en sus trabajos, en los
días de su vida que Dios le ha dado baje el sol.
Cuanto más apliqué mi corazón a estudiar la sabiduría y a contemplar el ajetreo que se
da sobre la tierra —pues ni de día ni de noche concilian los ojos el sueño— fui viendo que

el ser humano no puede descubrir todas las obras de Dios, las obras que se realizan bajo
el sol. Por más que se afane el hombre en buscar, no las descubre, y el mismo sabio,
aunque diga saberlo, no es capaz de descubrirlo.
Pues bien, a todo eso he aplicado mi corazón y todo lo he explorado, y he visto que los
justos y los sabios sus obras están en manos de Dios. Y ni de amor ni el odio saben los
hombres nada; todo les resulta absurdo como el que haya un destino común para todos,
para el justo y para el malvado, el puro y el manchado, el que hace sacrificios y el que no
los hace, así el bueno como el pecador, el que jura como el que se recata de jurar.
Eso es lo peor de todo cuanto pasa bajo el sol: que haya un destino común para todos,
y así el corazón de los humanos está lleno de maldad y hay locura en sus corazones
mientras viven, y después... ¡con los muertos! Mientras uno sigue unido a todos los
vivientes hay algo seguro, pues vale más perro vivo que león muerto. Porque los vivos
saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, y no hay ya paga para ellos,
pues se perdió su memoria. Tanto su amor, como su odio, como sus celos ha tiempo que
perecieron, y no tomarán parte nunca jamás en todo lo que pasa bajo el sol.
Anda, come tu pan con alegría y bebe tu vino con alegre corazón, que Dios está ya
contento con tus obras. Lleva en todo tiempo vestidos de alegría y no falte ungüento
sobre tu cabeza. Goza de la vida con la mujer que amas, todo el espacio de tu vana
existencia que se te ha dado bajo el sol, ya que tal es tu parte en la vida y en los afanes
con que te afanas bajo el sol.
Cualquier cosa que esté a tu alcance el hacerla, hazla según tus fuerzas, porque no
existirá obra, ni razones, ni ciencia, ni sabiduría en el sheol a donde te encaminas.

Responsorio 1 Co 2, 9-10; Qo 8, 17

R. Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado
para los que le aman. * Pero a nosotros Dios nos lo ha revelado por su Espíritu, pues el
Espíritu todo lo penetra, hasta la profundidad de Dios.
V. El ser humano no puede descubrir todas las obras de Dios.
R. Pero a nosotros Dios nos lo ha revelado por su Espíritu, pues el Espíritu todo lo penetra,
hasta la profundidad de Dios.

Segunda Lectura

De los comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos
(Salmo 48,13-14: CSEL 64, 367-368)

UNO SOLO ES EL MEDIADOR ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES, EL HOMBRE CRISTO JESÚS

El hermano no rescata, un hombre rescatará; nadie puede rescatarse a si mismo, ni dar
a Dios un precio por su vida; esto es, ¿por qué habré de temer los días aciagos? Pues,
¿qué es lo que puede perjudicarme? No necesito yo redención. Al contrario, yo mismo soy
el único redentor de todos. En mis manos está la libertad de los demás; y ¿yo voy a
echarme a temblar por mí? Voy a hacer algo nuevo, que trascienda el amor fraternal y
todo afecto de piedad. A quien no puede redimir a su propio hermano, nacido de un
mismo seno materno, lo redimirá aquel hombre de quien está escrito: Les enviará el Señor
un hombre que los salvará; aquel que, hablando de sí mismo afirma: Tratáis de matarme a
mi, el hombre que os ha hablado de la verdad.
Pero, aunque se trate de un hombre, ¿quién será capaz de conocerlo? ¿Por qué no
podrá nadie conocerlo? Porque, así como Dios es uno solo, así también uno solo es el
mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Sólo él podrá redimir al
hombre, aventajando en amor fraternal a los propios hermanos. Porque él, por los que no
eran de su propia familia, derramó su propia sangre, cosa que no se hace ni por los

propios hermanos. Y así no tuvo consideración con su propio cuerpo, a fin de redimirnos
de nuestros pecados, y se entregó en rescate por todos. Así lo afirma el apóstol Pablo, su
testigo veraz, como se califica a sí mismo cuando dice: Digo la verdad, no miento.
Y ¿por qué sólo él es capaz de redimir? Porque nadie puede tener un amor como el
suyo, hasta dar la vida por sus mismos siervos; ni una santidad como la de él, porque
todos están sujetos al pecado, todos sufriendo las consecuencias del de Adán. Sólo puede
ser designado Redentor aquel que no podía estar sometido al pecado de origen. Al hablar,
pues, del hombre, nos referimos a nuestro Señor Jesucristo, que tomó naturaleza humana
para crucificar en su carne el pecado de todos y borrar con su sangre el protocolo que nos
condenaba.
Alguno podría replicar: "¿Por qué se dice que el hermano no rescatará, siendo así que
él mismo dijo: Contaré tu fama a mis hermanos?" Pero es que, si pudo perdonar nuestros
pecados, no es precisamente porque era hermano nuestro, sino porque era el hombre
Cristo Jesús, en el cual estaba Dios. Por eso está escrito: Dios mismo estaba en Cristo,
reconciliando al mundo consigo; en aquel Cristo Jesús, el único de quien pudo decirse: La
Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Por eso, al hacerse carne, acampó entre
nosotros en cuanto Dios, no en cuanto hermano.

Responsorio Sal 15, 8-9. 5

R. Con el Señor a mi derecha no vacilaré; * por eso se me alegra el corazón, se gozan mis
entrañas.
V. El Señor es mi heredad y mi copa.
R. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas.

Oración

Oremos:

Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en
nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas consigamos
alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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