El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 7 de abril de 2026. Otras celebraciones del día: SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE, PRESBÍTERO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria. Aleluya.
Salmo 23
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
— ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
— El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
— Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
Antífona 2: Bendecid, pueblos a nuestro Dios, porque él me ha devuelto la vida. Aleluya.
Salmo 65
I
Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: "¡Qué temibles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos te adulan!"
Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.
Oh Dios, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:
sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.
Antífona 3: Venid a escuchar, os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.
II
Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.
Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras.
Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.
Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.
V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya
De los Hechos de los apóstoles 2, 1-21
VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO. PRIMER DISCURSO DE PEDRO
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar; de
pronto, se oyó un estruendo que venía del cielo, como de un viento impetuoso que invadió
toda la casa donde estaban reunidos.
Y aparecieron unas como lenguas de fuego, que se repartieron y posaron sobre cada
uno de ellos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas
extrañas, según les hacía expresarse el Espíritu.
Vivían a la sazón en Jerusalén judíos, hombres piadosos, que pertenecían a todas las
naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel estruendo, acudió un gran gentío, y
todos quedaban atónitos al oírlos hablar cada uno en su propia lengua. Maravillados y
llenos de estupor, exclamaban:
«Pero, ¿no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de
nosotros los estarnos oyendo hablar nuestra lengua materna? Partos, medos, elamitas, los
que vivimos en Mesopotamia, Judea y Capadocia, en el Ponto y en el Asia proconsular, en
Frigia y Panfilia, en Egipto y tierras de Libia Cirenaica, forasteros romanos, tanto judíos de
raza como prosélitos, cretenses y árabes, todos los estamos oyendo hablar en nuestras
lenguas las grandezas de Dios.»
Perplejos y llenos de estupor, se preguntaban unos a otros:
«Pero ¿qué es esto?»
Otros se burlaban y decían:
«Están llenos de mosto.»
Pedro, acompañado de los Once, alzó entonces su voz y les dirigió este discurso:
«Judíos y moradores todos de Jerusalén, prestad atención a mis palabras y tenedlo
bien entendido. No están éstos ebrios de vino, como vosotros pensáis pues son todavía las
nueve de la mañana. Lo que estáis viendo es el cumplimiento de esta profecía de Joel:
“En los últimos días —dice Dios—, derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán
vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos
soñarán sueños. Hasta sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos
días. Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra: sangre, fuego, columnas
de humo. El sol se oscurecerá, la luna aparecerá sangrienta, antes de que llegue el día del
Señor, grande y terrible. Y cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán.”
R. Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán. * No hay bajo el cielo otro nombre
dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos. Aleluya.
V. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en
piedra angular; en ningún otro se encuentra la salud.
R. No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos. Aleluya.
De los sermones de san Anastasio de Antioquía, obispo
(Sermón 4,1-2: PG 89,1347-1349)
ERA NECESARIO QUE EL MESÍAS PADECIERA PARA ENTRAR EN SU GLORIA
Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como
Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a
Jerusalén: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a
los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, se burlen de él y
lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que
habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Las sagradas
Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría
antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de
muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e
inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación,
no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos
extremos; a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual
el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo
como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a
quienes él las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma
manera que el Espíritu sondea la profundidad de los misterios divinos.
El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él
mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a
aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su
gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía
junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que
había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al guía de nuestra
salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el guía de
nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos. Y vemos, en cierto modo,
cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado
por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había
asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella
agua que dijo el Salvador que manaría como un torrente de las entrañas del que crea en
él. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía
no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista
identifica la gloria con la muerte en la cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al
Padre antes de su pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él,
antes que el mundo existiese.
R. Como quisiese Dios, por quien y para quien son todas las cosas, llevar un gran número
de hijos a la gloria, convenía ciertamente que perfeccionase por medio del sufrimiento al
que iba a guiarlos a la salvación. * A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
Aleluya.
V. El Mesías tenía que padecer, para así entrar en su gloria.
R. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Aleluya.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Tú, Señor, que nos has salvado por el misterio pascual, continúa favoreciendo con dones
celestes a tu pueblo, para que alcance la libertad verdadera y pueda gozar de la alegría
del cielo que ya ha empezado a gustar en la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.