El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 11 de marzo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: La misericordia y fidelidad te preceden, Señor. (T. P. Aleluya).
Salmo 88, 2-38
LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR SOBRE LA CASA DE DAVID
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús (Hech 13, 22-23).
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad".
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
"te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades".
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
Antífona 2: El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David. (T. P. Aleluya).
II
Un día hablaste en visión a tus amigos:
"He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
Él me invocará: "Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora";
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo".
Antífona 3: Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo». (T. P. Aleluya).
III
"Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
"Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo".
V. Convertíos y haced penitencia.
R. Haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo.
Del libro del Éxodo 33, 7-11. 18-23; 34, 5-9. 29-35
ESPECIAL MANIFESTACIÓN DE DIOS A MOISÉS
En aquellos días, Moisés levantó la Tienda de Dios y la plantó fuera, a distancia del
campamento; la llamó «Tienda de Reunión». El que tenía que visitar al Señor salía fuera
del campamento y se dirigía a la Tienda de Reunión. Cuando Moisés salía en dirección a la
Tienda, todo el pueblo se levantaba y esperaba a la entrada de sus tiendas, mirando a
Moisés hasta que éste entraba en la Tienda; en cuanto él entraba, la columna de nube
bajaba y se quedaba a la entrada de la Tienda, mientras él hablaba con el Señor, y el
Señor hablaba con Moisés.
Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la Tienda, se levantaba y se
prosternaba cada uno a la entrada de su tienda.
El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo.
Después él volvía al campamento, mientras Josué, su joven ayudante, permanecía sin
apartarse de la Tienda. Un día Moisés dijo al Señor: «Enséñame tu gloria.»
Y él respondió: «Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el
nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y favorezco a quien quiero;
pero mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y seguir viviendo.»
Y añadió: «Ahí tienes un sitio donde puedes ponerte junto a la peña; cuando pase mi
gloria ante ti, te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que
haya pasado; y, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás.»
Y el Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del
Señor. El Señor pasó ante él proclamando:
«Yahveh, Yahveh, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y
fidelidad. Misericordioso hasta la milésima generación, que perdona culpa, delito y pecado,
pero no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera
y cuarta generación.»
Moisés al momento se prosternó y se echó por tierra. Y le dijo: «Si he obtenido tu
favor, dígnese mi Señor venir con nosotros, aunque sea ése un pueblo de dura cerviz,
perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.»
Cuando Moisés volvió a bajar del monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la
mano, no sabía que tenía radiante la piel de su rostro por haber hablado con el Señor.
Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la piel de su rostro radiante, y no se
atrevieron a acercarse a él. Cuando Moisés los llamó, se acercaron Aarón y los jefes de la
comunidad, y Moisés les habló. Después se acercaron todos los israelitas, y Moisés les
comunicó las órdenes que el Señor le había dado en el monte Sinaí. Y, cuando terminó de
hablar con ellos, se echó un velo sobre el rostro.
Cuando entraba a la presencia del Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta
la salida. Cuando salía comunicaba a los israelitas lo que el Señor le había mandado. Los
israelitas veían la piel radiante de su rostro, y Moisés se volvía a echar el velo sobre la
cara, hasta que volvía a hablar con Dios.
R. Moisés ponía un velo sobre su rostro, para que no se fijasen los hijos de Israel en su
resplandor. * Mas todos nosotros, reflejando como en un espejo en nuestro rostro
descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando en su propia imagen, hacia una
gloria cada vez mayor, por la acción del Señor, que es espíritu.
V. Hasta el día de hoy persiste un velo tendido sobre sus corazones.
R. Mas todos nosotros, reflejando como en un espejo en nuestro rostro descubierto la
gloria del Señor, nos vamos transformando en su propia imagen, hacia una gloria cada vez
mayor, por la acción del Señor, que es espíritu.
Del libro de san Teófilo de Antioquía, obispo, a Autólico
(Libro 1, 2. 7: PG 6, 1026-1027. 1035)
DICHOSOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN, PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS
Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te diré a mi vez: «Muéstrame tú al hombre
que hay en ti», y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente
ven, y si oyen los oídos de tu corazón.
Pues de la misma manera que los que ven con los ojos del cuerpo perciben con ellos
las realidades de esta vida terrena y advierten las diferencias que se dan entre ellas —por
ejemplo, entre la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo bello, lo
proporcionado y lo desproporcionado, lo que está bien formado y lo que no lo está, lo que
es superfluo y lo que es deficiente en las cosas—, y lo mismo se diga de lo que cae bajo el
dominio del oído —sonidos agudos, graves o agradables—, eso mismo hay que decir de
los oídos del corazón y de los ojos de la mente, en cuanto a su poder para captar a Dios.
En efecto, ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos
del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no
ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de
lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma
manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas
acciones.
El alma del hombre tiene que ser pura, como un espejo brillante. Cuando en el espejo
se produce el orín, no se puede ver el rostro de una persona; de la misma manera,
cuando el pecado está en el hombre, el hombre ya no puede contemplar a Dios.
Pero puedes sanar, si quieres. Ponte en manos del médico, y él punzará los ojos de tu
alma y de tu corazón. ¿Qué médico es éste? Dios, que sana y vivifica mediante su Palabra
y su sabiduría. Pues por medio de la Palabra y de la sabiduría se hizo todo. Efectivamente,
la Palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos. Su sabiduría está por
encima de todo: Dios, con su sabiduría, puso el fundamento de la tierra; con su
inteligencia, preparó los cielos; con su voluntad, rasgó los abismos, y las nubes
derramaron su rocío.
Si entiendes todo esto y vives pura, santa y justamente, podrás ver a Dios; pero la fe
y el temor de Dios han de tener la absoluta preferencia de tu corazón, y entonces
entenderás todo esto. Cuando te despojes de lo mortal y te revistas de la inmortalidad,
entonces verás a Dios de manera digna. Dios hará que tu carne sea inmortal junto con el
alma, y entonces, convertido en inmortal, verás al que es inmortal, con tal de que ahora
creas en él.
R. Ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de salvación: acreditémonos ante Dios *
por nuestra constancia en las tribulaciones, por nuestros ayunos, por nuestra sed de ser
justos.
V. Acreditémonos siempre en todo como verdaderos servidores de Dios.
R. Por nuestra constancia en las tribulaciones, por nuestros ayunos, por nuestra sed de ser
justos.
Oremos:
Penetrados del sentido cristiano de la Cuaresma y alimentados con tu palabra, te pedimos,
Señor, que te sirvamos fielmente con nuestras penitencias y perseveremos unidos en la
plegaria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.