El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 8 de junio de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.
Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.
Salmo 30, 2-17. 20-25
SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
I
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.
Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).
II
Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).
III
¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.
De la carta a los Filipenses 1, 12-26
CUALQUIER CIRCUNSTANCIA ES APTA PARA QUE CRISTO SEA GLORIFICADO
Quiero que sepáis, hermanos, que mi situación actual ha contribuido, más que otra
cosa, al progreso del Evangelio; tanto que en todo el pretorio y fuera de él se ha hecho
público que estoy encadenado por Cristo. Debido a esto, la mayor parte de los hermanos,
cobrando confianza en el Señor por mis cadenas, redoblan su intrepidez para predicar sin
miedo la palabra de Dios. Es cierto que algunos van predicando a Cristo movidos porenvidia y espíritu de rivalidad, pero otros lo hacen con nobleza de sentimientos. Éstos lo
hacen movidos por la caridad, sabiendo que estoy puesto por Dios para defensa del
Evangelio; pero aquellos lo hacen por rivalidad, con intenciones torcidas, pensando que
añaden mayor aflicción a mis cadenas.
Pero ¿qué importa? Como quiera que sea, con malas o buenas intenciones, Cristo es
predicado, y yo me alegro y me alegraré. Sé que esto redundará en provecho mío, debido
a vuestra oración y a la asistencia del Espíritu de Jesucristo. Tengo la firme esperanza de
que en ningún caso he de fracasar, y que con toda seguridad, ahora como siempre, Cristo
será enaltecido en mí ya sea por mi vida o ya sea por mi muerte. Que para mi la vida es
Cristo, y la muerte una ganancia.
Pero si el vivir esta vida mortal supone para mí una labor fructífera, ¿qué voy a
escoger? No lo sé. Me encuentro en esta alternativa: por un lado, ansío partir para estar
con Cristo, que, sin duda alguna, es lo mejor para mí; pero, por otro, comprendo que
quedarme en esta vida es más provechoso para vosotros. Convencido como estoy de esto,
sé que me quedaré y estaré con todos vosotros para vuestro progreso y júbilo en la fe. Así
os procuraré, por mi nueva presencia entre vosotros, nuevos motivos de gloria en Cristo
Jesús.
R. Tengo la firme esperanza de que en ningún caso he de fracasar, y que con toda
seguridad, ahora como siempre, * Cristo será enaltecido en mí, ya sea por mi vida o ya
sea por mi muerte.
V. Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia.
R. Cristo será enaltecido en mí, ya sea por mi vida o ya sea por mi muerte.
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos
(Caps. 3,1-5, 3: Funk 1, 215-219)
SER CRISTIANO NO SÓLO DE NOMBRE, SINO TAMBIÉN DE HECHO
Nunca tuvisteis envidia de nadie, y así lo habéis enseñado a los demás. Lo que yo ahora
deseo es que lo que enseñéis y mandéis a otros lo mantengáis con firmeza y lo practiquéis
en esta ocasión. Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y
exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de
que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano,
tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando
haya desaparecido ya del mundo. Nada es bueno sólo por lo que aparece al exterior. El
mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando mejor se
manifiesta: Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son
palabras persuasivas, sino grandeza de alma.
Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de
buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me
demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello
me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo dé Dios y he de ser molido por los dientes de
las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo.
Halagad, más bien, a las fieras, para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi
cuerpo; así, después de muerto, no seré gravoso a nadie. Entonces seré de verdad
discípulo de Cristo, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a
Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. No
os doy yo mandatos como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo no soy más que un
condenado a muerte; ellos eran libres, yo no soy al presente más que un esclavo. Pero, si
logro sufrir el martirio, entonces seré liberto de Jesucristo y resucitaré libre con él. Ahora,
en medio de mis cadenas, es cuando aprendo a no desear nada.
Desde Siria hasta Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de
noche y de día, atado como voy a diez leopardos, es decir, a un pelotón de soldados que,
cuantos más beneficios se les hace, peores se vuelven. Pero sus malos tratos me ayudan a
ser mejor, aunque tampoco por eso quedo absuelto. Quiera Dios que tenga yo el gozo de
ser devorado por las fieras que me están destinadas; lo que deseo es que no se muestren
remisas; yo las azuzaré para que me devoren pronto, no suceda como en otras ocasiones
que, atemorizadas, no se han atrevido a tocar a sus víctimas. Si se resisten, yo mismo las
obligaré.
Perdonadme lo que os digo; es que yo sé bien lo que me conviene. Ahora es cuando
empiezo a ser discípulo. Ninguna cosa, visible o invisible, me prive por envidia de la
posesión de Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras,
desgarramientos, amputaciones, descoyuntamiento de huesos, seccionamiento de
miembros, trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal
de que esto me sirva para alcanzar a Jesucristo.
R. En virtud de la misma ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Y, mientras vivo
en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, * que me amó hasta entregarse por mí.
V. Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
R. Que me amó hasta entregarse por mí.
Oremos:
Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos,
inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.