El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 23 de junio de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!
Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
ni tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.
Antífona 1: Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Salmo 101
DESEOS Y SÚPLICAS DE UN DESTERRADO
Dios nos consuela en todas nuestras luchas (2 Cor 1, 4).
I
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mi;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.
Antífona 2: Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
II
Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas,
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
Antífona 3: Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos. (T. P. Aleluya).
III
Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días".
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Del libro de Esdras 6, 1-5. 14-22
RECONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO Y CELEBRACIÓN DE LA PASCUA
En aquellos días, el rey Darío ordenó investigar en la tesorería de Babilonia, que servía
también de archivo, y resultó que en Ecbatana, la fortaleza de la provincia de Media, había
un rollo redactado en los siguientes términos:
«Memorándum. El año primero de su reinado, el rey Ciro decretó, a propósito del
templo de Jerusalén: "Constrúyase un templo donde ofrecer sacrificios, y echen sus
cimientos. Su altura será de sesenta codos, y su ancho de otros sesenta. Tendrá tres
hileras de piedras sillares y una hilera de madera nueva. Los gastos correrán a cargo de la
corona. Además, los objetos de oro y plata de la casa de Dios, que Nabucodonosor
trasladó del templo de Jerusalén al de Babilonia, serán devueltos al templo de Jerusalén,
para que ocupen su puesto en la casa de Dios."»
El senado de Judá adelantó mucho la construcción, cumpliendo las instrucciones de los
profetas Ageo y Zacarías, hijo de Idó, hasta que, por fin, la terminaron, conforme a lo
mandado por el Dios de Israel y por Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia.
El templo se terminó el día tres del mes de Adar, el año sexto del reinado de Darío. Los
israelitas -sacerdotes, levitas y resto de los deportados-celebraron con júbilo la dedicación
del templo, ofreciendo, con este motivo, cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos
corderos y doce machos cabríos -uno por tribu-, como sacrificio expiatorio por todo Israel.
El culto del templo de Jerusalén se lo encomendaron a los sacerdotes, por grupos, y a los
levitas, por clases, como manda la ley de Moisés.
Los deportados celebraron la Pascua el día catorce del primer mes; como los levitas se
habían purificado, junto con los sacerdotes, estaban puros, e inmolaron la víctima pascual
para todos los deportados, para los sacerdotes sus hermanos y para ellos mismos. La
comieron los israelitas que habían vuelto del destierro y todos los que, renunciando a la
impureza de los colonos extranjeros, se unieron a ellos para servir al Señor, Dios de Israel.
Celebraron con gozo la fiesta de los Ázimos durante siete días; festejaban al Señor
porque, cambiando la actitud del rey de Asiria, les dio fuerzas para trabajar en el templo
del Dios de Israel.
R. ¡Ánimo, pueblo entero! -oráculo del Señor-; a la obra: que yo estoy con vosotros. * La
gloria de este segundo templo será mayor que la del primero y en este sitio daré la paz.
V. Vendrá el Deseado de todo el mundo y llenaré de gloria este templo.
R. La gloria de este segundo templo será mayor que la del primero y en este sitio daré la
paz.
Del tratado de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el perfecto modelo del cristiano
(PG 46, 283-286)
MANIFESTEMOS A CRISTO EN TODA NUESTRA VIDA
Hay tres cosas que manifiestan y distinguen la vida del cristiano: la acción, la manera
de hablar y el pensamiento. De ellas, ocupa el primer lugar el pensamiento; viene en
segundo lugar la manera de hablar, que descubre y expresa con palabras el interior de
nuestro pensamiento; en este orden de cosas, al pensamiento y a la manera de hablar
sigue la acción, con la cual se pone por obra lo que antes se ha pensado. Siempre, pues,
que nos sintamos impulsados a obrar, a pensar o a hablar, debemos procurar que todas
nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del
conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna
que se aparte de esta regla suprema.
Todo aquel que tiene el honor de llevar el nombre de Cristo debe necesariamente
examinar con diligencia sus pensamientos, palabras y obras, y ver si tienden hacia Cristo o
se apartan de él. Este discernimiento puede hacerse de muchas maneras. Por ejemplo,
toda obra, pensamiento o palabra que vayan mezclados con alguna perturbación no están,
de ningún modo, de acuerdo con Cristo, sino que llevan la impronta del adversario, el cual
se esfuerza en mezclar con las perlas el cieno de la perturbación, con el fin de afear y
destruir el brillo de la piedra preciosa.
Por el contrario, todo aquello que está limpio y libre de toda turbia afección tiene por
objeto al autor y príncipe de la tranquilidad, que es Cristo; él es la fuente pura e
incorrupta, de manera que el que bebe y recibe de él sus impulsos y afectos internos
ofrece una semejanza con su principio y origen, como la que tiene el agua nítida del
ánfora con la fuente de la que procede.
En efecto, es la misma y única nitidez la que hay en Cristo y en nuestras almas. Pero
con la diferencia de que Cristo es la fuente de donde nace esta nitidez, y nosotros la
tenemos derivada de esta fuente. Es Cristo quien nos comunica el adorable conocimiento
de sí mismo, para que el hombre, tanto en lo interno como en lo externo, se ajuste y
adapte, por la moderación y rectitud de su vida, a este conocimiento que proviene del
Señor, dejándose guiar y mover por él. En esto consiste (a mi parecer) la perfección de la
vida cristiana: en que, hechos partícipes del nombre de Cristo por nuestro apelativo de
cristianos, pongamos de manifiesto, con nuestros sentimientos, con la oración y con
nuestro género de vida, la virtualidad de este nombre.
R. Todo lo que de palabra o de obra realicéis, * sea todo en nombre de Jesús.
V. Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí.
R. Sea todo en nombre de Jesús.
Oremos:
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás
dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.