El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 19 de marzo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro. (T. P. Aleluya).
Salmo 43
ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES
En todo vencemos fácilmente en aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).
I
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Antífona 2: No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él. (T. P. Aleluya).
II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Antífona 3: Levántate, Señor, no nos rechaces más.
III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
V. El que medita la ley del Señor.
R. Da fruto a su tiempo.
Del libro de los Números 3, 1-13; 8, 5-11
LEGISLACIÓN SOBRE LOS LEVITAS
Ésta es la historia de Aarón y Moisés cuando el Señor habló a Moisés en el monte
Sinaí. Y éstos son los nombres de los hijos de Aarón: Nadab, el primogénito, Abihú,
Eleazar e Itamar. Éstos son los nombres de los aaronitas ungidos como sacerdotes, a
quienes consagró sacerdotes. Nadab y Abihú murieron sin hijos, en presencia del Señor,
cuando ofrecieron al Señor fuego profano en el desierto del Sinaí. Eleazar e Itamar
oficiaron como sacerdotes en vida de su padre, Aarón.
El Señor dijo a Moisés: «Haz que se acerque la tribu de Leví y ponla al servicio del
sacerdote Aarón. Harán la guardia tuya y de toda la asamblea delante de la Tienda de
Reunión y desempeñarán las tareas del santuario. Guardarán todo el ajuar de la Tienda de
Reunión y harán la guardia en lugar de los israelitas y desempeñarán las tareas del
santuario. Aparta a los levitas de los demás israelitas y dáselos a Aarón y a sus hijos como
donados. Encarga a Aarón y a sus hijos que ejerzan las funciones del sacerdocio. Al
extraño que se acerque se le dará muerte.»
El Señor dijo a Moisés: «Yo he elegido a los levitas de entre los israelitas en
sustitución de los primogénitos o primeros partos de los israelitas. Los levitas me
pertenecen, porque me pertenecen los primogénitos. Cuando di muerte a los primogénitos
en Egipto, me consagré todos los primogénitos de Israel, de hombres y de animales. Me
pertenecen. Yo soy el Señor.»
El Señor dijo a Moisés: «Escoge entre los israelitas a los levitas y purifícalos con el
siguiente rito: Los rociarás con agua expiatoria. Luego se pasarán la navaja por todo el
cuerpo, se lavarán los vestidos y se purificarán. Después cogerán un novillo con la ofrenda
correspondiente de flor de harina amasada con aceite. Y tu cogerás otro novillo para el
sacrificio expiatorio. Harás que se acerquen los levitas a la Tienda de Reunión y
convocarás toda la asamblea de Israel. Puestos los levitas en presencia del Señor, los
demás israelitas les impondrán las manos. Aarón, en nombre de los israelitas, se los
presentará al Señor con el rito de la agitación, para desempeñar las tareas del Señor.»
R. Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad. * El Señor es mi heredad y mi
copa.
V. El Señor dijo a Aarón: «Tú no recibirás heredad en su tierra ni tendrás una parte en
medio de los israelitas; yo soy tu parte y tu heredad.»
R. El Señor es mi heredad y mi copa.
De los sermones de san León Magno, papa
(Sermón 15 sobre la pasión del Señor, 3-4: PL 54, 366-367)
CONTEMPLACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
El verdadero venerador de la pasión del Señor tiene que contemplar de tal manera,
con la mirada del corazón, a Jesús crucificado, que reconozca en él su propia carne.
Toda la tierra ha de estremecerse ante el suplicio del Redentor: las mentes infieles,
duras como la piedra, han de romperse, y los que están en los sepulcros, quebradas las
losas que los encierran, han de salir de sus moradas mortuorias. Que se aparezcan
también ahora en la ciudad santa, esto es, en la Iglesia de Dios, como un anuncio de la
resurrección futura, y lo que un día ha de realizarse en los cuerpos efectúese ya ahora en
los corazones.
A ninguno de los pecadores se le niega su parte en la cruz, ni existe nadie a quien no
auxilie la oración de Cristo. Si ayudó incluso a sus verdugos, ¿cómo no va a beneficiar a
los que se convierten a él?
Se eliminó la ignorancia, se suavizaron las dificultades, y la sangre de Cristo suprimió
aquella espada de fuego que impedía la entrada en el paraíso de la vida. La oscuridad de
la vieja noche cedió ante la luz verdadera.
Se invita a todo el pueblo cristiano a disfrutar de las riquezas del paraíso, y a todos
los bautizados se les abre la posibilidad de regresar a la patria perdida, a no ser que
alguien se cierre a sí mismo aquel camino que quedó abierto, incluso, ante la fe del ladrón
arrepentido.
No dejemos, por tanto, que las preocupaciones y la soberbia de la vida presente se
apoderen de nosotros, de modo que renunciemos al empeño de conformamos a nuestro
Redentor, a través de sus ejemplos, con todo el impulso de nuestro corazón. Porque no
dejó de hacer ni sufrir nada que fuera útil para nuestra salvación, para que la virtud que
residía en la cabeza residiera también en el cuerpo.
Y, en primer lugar, el hecho de que Dios acogiera nuestra condición humana, cuando
la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, ¿a quién excluyó de su misericordia,
sino al infiel? ¿Y quién no tiene una naturaleza común con Cristo, con tal de que acoja al
que a su vez lo ha asumido a él, puesto que fue regenerado por el mismo Espíritu por el
que él fue concebido? Y además, ¿quién no reconocerá en él sus propias debilidades?
¿Quién dejará de advertir que el hecho de tomar alimento, buscar el descanso y el sueño,
experimentar la solicitud de la tristeza y las lágrimas de la compasión es fruto de la
condición humana del Señor?
Y como, desde antiguo, la condición humana esperaba ser sanada de sus heridas y
purificada de sus pecados, el que era unigénito Hijo de Dios quiso hacerse también hijo de
hombre, para que no le faltara ni la realidad de la naturaleza humana ni la plenitud de la
naturaleza divina.
Nuestro es lo que, por tres días, yació exánime en el sepulcro y, al tercer día,
resucitó; lo que ascendió sobre todas las alturas de los cielos hasta la diestra de la
majestad paterna: para que también nosotros, si caminamos tras sus mandatos y no nos
avergonzamos de reconocer lo que, en la humildad del cuerpo, tiene que ver con nuestra
salvación, seamos llevados hasta la compañía de su gloria; puesto que habrá de cumplirse
lo que manifiestamente proclamó: Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo
también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo.
R. El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; * pero para
los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios.
V. Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los
gentiles.
R. Pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios.
Oremos:
Padre lleno de amor, te pedimos que, purificados por la penitencia y por la práctica de
buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos, para llegar, bien dispuestos,
a las fiestas de Pascua. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.