El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 20 de mayo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN BERNARDINO DE SIENA, PRESBÍTERO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras! Amén.
Antífona 1: La misericordia y fidelidad te preceden, Señor. (T. P. Aleluya).
Salmo 88, 2-38
LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR SOBRE LA CASA DE DAVID
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús (Hech 13, 22-23).
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad".
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
"te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades".
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
Antífona 2: El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David. (T. P. Aleluya).
II
Un día hablaste en visión a tus amigos:
"He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
Él me invocará: "Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora";
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo".
Antífona 3: Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo». (T. P. Aleluya).
III
"Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
"Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo".
V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 27, 1-20
VIAJE DE PABLO POR MAR HACIA ROMA
En aquellos días, cuando se determinó que embarcásemos para Italia, pusieron a Pablo
y a algunos otros presos bajo la custodia de un centurión, llamado Julio, de la cohorte
Augusta. Subimos a bordo de una nave de Adramitio que estaba a punto de zarpar para
los puertos de la costa de Asia, y nos hicimos a la mar llevando en nuestra compañía a
Aristarco, macedonio, natural de Tesalónica. Al otro día llegamos a Sidón; y Julio, usando
de consideración con Pablo, le permitió ir a casa de sus amigos, para que le prestaran sus
cuidados. De allí levamos anclas y, al abrigo de la isla, bordeamos Chipre, por ser los
vientos contrarios; navegando a través de los mares de Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira
de Licia. Allí el centurión encontró una nave alejandrina que se dirigía a Italia, y nos hizo
transbordar a ella. Navegando después lentamente durante muchos días, y después de
haber llegado con dificultad a la altura de Gnido, por no permitirnos el viento entrar en
puerto, hubimos de navegar al abrigo de Creta por la parte de Salmona. Costeamos
penosamente la isla y llegamos a un lugar llamado Puerto Hermoso, cerca de la ciudad de
Lasea.
Transcurrido mucho tiempo, y siendo peligrosa la navegación por haber pasado ya el
día del gran ayuno, vino Pablo a advertirles: «Amigos, veo que el navegar ahora va a ser
con peligro y con mucho daño, no sólo para la carga y para la nave, sino también para
nuestras mismas personas.»
Pero el centurión se fió más del piloto y del patrón del barco que de las advertencias
de Pablo. Como el puerto no era a propósito para invernar, la mayoría tomó el acuerdo de
salir de allí, para ver si podían alcanzar Fenice, puerto de Creta, que mira al sudoeste y al
noroeste, y allí pasar el invierno. Comenzó a soplar un ligero viento sur y, creyendo que
lograrían su propósito, levaron anclas, costeando lo más cerca posible la isla de Creta.
Pero de pronto se desencadenó, proveniente de la isla, un viento huracanado, llamado
euroaquilón, que arrastraba consigo la nave, sin que ésta pudiese resistir; y así nos
dejamos ir a merced del viento. Cuando pasábamos al abrigo de un islote llamado Cauda,
a duras penas logramos hacernos con el esquife. Después de haberlo izado a bordo,
comenzaron a realizar las maniobras de seguridad y refuerzo; sujetaron la nave con cables
y, por miedo a ir a encallar en la Sirte, echaron el áncora flotante, dejándose llevar a la
deriva. Como la tempestad continuaba azotándonos furiosamente, al día siguiente echaron
parte del cargamento al mar y, al tercer día, arrojaron con sus propias manos el aparejo
de la nave. Ni el sol ni las estrellas habían aparecido hacía ya muchos días; y, como
continuábamos con la fuerte tempestad encima, íbamos perdiendo ya toda esperanza de
salvación.
R. Se levantó una marejada tan fuerte que las olas llegaban a cubrir la barca. * Jesús se
levantó, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Aleluya.
V. Los discípulos gritaron: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!»
R. Jesús se levantó, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Aleluya.
De la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano
segundo
(Núms. 4 y 12)
EL ESPÍRITU SANTO ENVIADO A LA IGLESIA
Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu
Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a la Iglesia, y de esta forma los quecreen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu. Él es el Espíritu de la
vida, o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna, por quien vivifica el Padre a
todos los muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales.
El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, y en
ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y
carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda
verdad, y unifica en comunión y ministerio, enriqueciéndola con todos sus frutos.
Hace rejuvenecer a la Iglesia por la virtud del Evangelio, la renueva constantemente y
la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al
Señor Jesús: «Ven».
Así se manifiesta toda la Iglesia como una muchedumbre reunida por la unidad del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La universalidad de los fieles, que tiene la unción del Espíritu Santo, no puede fallar en
su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de
la fe de todo el pueblo, cuando desde el obispo hasta los últimos fieles seglares manifiesta
el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.
Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios,
bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de
los hombres, sino la verdadera palabra de Dios, se adhiere indefectiblemente a la fe que
se transmitió a los santos de una vez para siempre, la penetra profundamente con rectitud
de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.
Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por
los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que, repartiendo a
cada uno en particular como a él le parece, reparte entre los fieles gracias de todo género,
incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de
oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según
aquellas palabras: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el
hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que
recibirlos con agradecimiento y consuelo.
R. El último día de la fiesta, Jesús clamaba en alta voz: «Del que crea en mí brotarán
torrentes de agua viva.» * Esto lo dijo del Espíritu, que habían de recibir los que a él se
unieran por la fe. Aleluya.
V. El que tenga sed que venga a mí y que beba; brotarán de él torrentes de agua viva.
R. Esto lo dijo del Espíritu, que habían de recibir los que a él se unieran por la fe. Aleluya.
Oremos:
Padre, lleno de amor, concede a tu Iglesia congregada por el Espíritu Santo, dedicarse
plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad. Por nuestro Señor
Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.