El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 22 de marzo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor
Salmo 1
LOS DOS CAMINOS DEL HOMBRE
Felices los que poniendo su esperanza en la cruz, se sumergieron en las aguas del bautismo.
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.
Antífona 2: Yo mismo he establecido a mi rey en Sión.
Salmo 2
¿POR QUÉ SE AMOTINAN LAS NACIONES?
Verdaderamente se aliaron contra su santo siervo Jesús, tu Ungido (Hech 4, 27).
¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
"rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo".
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
"yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo".
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho:
"Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza".
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!
Antífona 3: Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.
Salmo 3
CONFIANZA EN MEDIO DE LA ANGUSTIA
Durmió el Señor el sueño de la muerte y resucitó del sepulcro porque el Padre fue su ayuda (S. Ireneo).
Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
"Ya no lo protege Dios".
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.
De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.
V. El que guarde mi palabra.
R. No verá jamás la muerte.
Del libro de los Números 12, 1-15
HUMILDAD Y GRANDEZA DE MOISÉS
En aquellos días, María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que
había tomado por esposa. Dijeron: «¿Ha hablado el Señor sólo a Moisés? ¿No nos ha
hablado también a nosotros?»
El Señor lo oyó. Moisés era el hombre más sufrido del mundo. El Señor habló de
repente a Moisés, Aarón y María: «Salid los tres hacia la Tienda de Reunión.»
Y los tres salieron. El Señor bajó en la columna de nube y se colocó a la entrada de la
Tienda, y llamó a Aarón y María. Ellos se adelantaron y el Señor les dijo: «Escuchad mis
palabras: Cuando hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión
y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le
hablo cara a cara; en presencia y no adivinando contempla la figura del Señor. ¿Cómo os
habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?»
La ira del Señor se encendió contra ellos, y el Señor se marchó. Al apartarse la nube de
la Tienda, María tenía toda la piel descolorida, como nieve. Aarón se volvió y la vio con
toda la piel descolorida. Entonces Aarón dijo a Moisés: «Perdón; no nos exijas cuentas del
pecado que hemos cometido insensatamente. No dejes a María como un aborto que sale
del vientre, con la mitad de la carne comida.»
Moisés suplicó al Señor: «Por favor, cúrala.»
El Señor respondió: «Si su padre le hubiera escupido en la cara, habría quedado
infamada siete días. Confinadla siete días fuera del campamento y al séptimo se
incorporará de nuevo.»
La confinaron siete días fuera del campamento, y el pueblo no se puso en marcha
hasta que María se incorporó a ellos.
R. Moisés fue fiel a toda la casa de Dios, en su calidad de servidor; * en cambio, Cristo es
fiel en su calidad de Hijo al frente de su propia casa; y su casa somos nosotros.
V. Amado de Dios y de los hombres, bendita es la memoria de Moisés; por su fidelidad y
humildad, lo escogió entre todos los hombres.
R. En cambio, Cristo es fiel en su calidad de Hijo al frente de su propia casa; y su casa
somos nosotros.
De las cartas pascuales de san Atanasio, obispo
(Carta 14, 1-2: PG 26, 1419-1420)
VAMOS PREPARANDO LA CERCANA FIESTA DEL SEÑOR NO SÓLO CON PALABRAS, SINO TAMBIÉN CON OBRAS
El Verbo, que por nosotros quiso serlo todo, nuestro Señor Jesucristo, está cerca de
nosotros, ya que él prometió que estaría continuamente a nuestro lado. Dijo en efecto:
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Y, del mismo modo
que es pastor, sumo sacerdote, camino y puerta, ya que en nosotros quiso serlo todo, así
también se nos ha revelado como fiesta y solemnidad, según aquellas palabras del
Apóstol: Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo; puesto que su persona era la
Pascua esperada. Desde esta perspectiva, cobran un nuevo sentido aquellas palabras del
salmista: Tú eres mi júbilo: me libras de los males que me rodean. En esto consiste el
verdadero júbilo pascual, la genuina celebración de la gran solemnidad, en vernos libres
de nuestros males; para llegar a ello, tenemos que esforzarnos en reformar nuestra
conducta y en meditar asiduamente, en la quietud del temor de Dios.
Así también los santos, mientras vivían en este mundo, estaban siempre alegres, como
si siempre estuvieran celebrando fiesta; uno de ellos, el bienaventurado salmista, se
levantaba de noche, no una sola vez, sino siete, para hacerse propicio a Dios con sus
plegarias. Otro, el insigne Moisés, expresaba en himnos y cantos de alabanza su alegría
por la victoria obtenida sobre el Faraón y los demás que habían oprimido a los hebreos
con duros trabajos. Otros, finalmente, vivían entregados con alegría al culto divino, como
el gran Samuel y el bienaventurado Elías; ellos, gracias a sus piadosas costumbres,
alcanzaron la libertad, y ahora celebran en el cielo la fiesta eterna, se alegran de su
antigua peregrinación, realizada en medio de tinieblas, y contemplan ya la verdad que
antes sólo habían vislumbrado.
Nosotros, que nos preparamos para la gran solemnidad, ¿qué camino hemos de
seguir? Y, al acercarnos a aquella fiesta, ¿a quién hemos de tomar por guía? No a otro,
amados hermanos, y en esto estaremos de acuerdo vosotros y yo, no a otro, fuera denuestro Señor Jesucristo, el cual dice: Yo soy el camino. Él es, como dice san Juan, el que
quita el pecado del mundo; él es quien purifica nuestras almas, como dice en cierto lugar
el profeta Jeremías: Paraos en los caminos a mirar, preguntad: «¿Cuál es el buen
camino?», seguidlo, y hallaréis reposo para vuestras almas.
En otro tiempo, la sangre de los machos cabríos y la ceniza de la ternera esparcida
sobre los impuros podía sólo santificar con miras a una pureza legal externa; mas ahora,
por la gracia del Verbo de Dios, obtenemos una limpieza total; y así en seguida
formaremos parte de su escolta y podremos ya desde ahora, como situados en el
vestíbulo de la Jerusalén celestial, preludiar aquella fiesta eterna; como los santos
apóstoles, que siguieron al Salvador como a su guía, y por esto eran, y continúan siendo
hoy, los maestros de este favor divino; ellos decían, en efecto: Nosotros lo hemos dejado
todo y te hemos seguido. También nosotros nos esforzamos por seguir al Señor y, así,
vamos preparando la fiesta del Señor no sólo con palabras, sino también con obras.
R. Jesús, el Cordero sin mancha, penetró hasta el interior del santuario, como
precursor nuestro, * constituido sumo sacerdote para siempre, según el rito de
Melquisedec.
V. Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
R. Constituido sumo sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec.
Oremos:
Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre
de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte para la salvación del
mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.