El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 16 de enero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Este es el día del Señor.
Este es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos.
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.
Antífona 1: Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. (T. P. Aleluya).
Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
SÚPLICA CONTRA LOS PERSEGUIDORES INJUSTOS
Se reunieron... y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo (Mt 26, 34).
I
Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
"yo soy tu victoria".
Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
"Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?"
Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.
Antífona 2: Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso. (T. P. Aleluya).
II
Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.
Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste;
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.
Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar.
Cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.
Antífona 3: Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor. (T. P. Aleluya).
III
Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,
y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.
Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
Señor, tú lo has visto, no te calles,
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío,
Señor mío, defiende mi causa.
Que canten y se alegren
los que desean mi victoria,
que repitan siempre: "Grande es el Señor"
los que desean la paz a tu siervo.
Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabará.
Del libro del Génesis 6, 5-22; 7, 17-24
CASTIGO DE DIOS CON EL DILUVIO
Viendo el Señor que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los
pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó al Señor de
haber hecho al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón. Y dijo el Señor:
«Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado, -desde el
hombre hasta los ganados, las serpientes, y hasta las aves del cielo-porque me pesa
haberlos hecho.»
Pero Noé halló gracia a los ojos del Señor.
Esta es la historia de Noé: Noé fue el varón más justo y cabal de su tiempo. Noé
andaba con Dios. Noé engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet.
La tierra estaba corrompida en la presencia de Dios: la tierra se llenó de violencias. Dios
miró a la tierra, y he aquí que estaba viciada, porque toda carne tenía una conducta
viciosa sobre la tierra. Dijo, pues, Dios a Noé:
«He decidido acabar con toda carne, porque la tierra está llena de violencias por culpa
de ellos. Por eso, he aquí que voy a exterminarlos de la tierra. Hazte un arca de maderas
resinosas. Haces el arca de cañizo y la calafateas por dentro y por fuera con betún. Así es
como la harás: longitud del arca, trescientos codos; su anchura, cincuenta codos; y su
altura, treinta codos. Haces al arca una cubierta y a un codo la rematarás por encima,
pones la puerta del arca en su costado, y haces un primer piso, un segundo y un tercero.
«Por mi parte, voy a traer el diluvio, las aguas sobre la tierra, para exterminar toda carne
que tiene hálito de vida bajo el cielo: todo cuanto existe en la tierra perecerá.
Pero contigo estableceré mi alianza: Entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer y las
mujeres de tus hijos contigo. Y de todo ser viviente, de toda carne, meterás en el arca
una pareja para que sobrevivan contigo. Serán macho y hembra. De cada especie de aves,
de cada especie de ganados, de cada especie de sierpes del suelo entrarán contigo sendas
parejas para sobrevivir. Tú mismo procúrate toda suerte de víveres y hazte acopio para
que os sirvan de comida a ti y a ellos.»
Así lo hizo Noé y ejecutó todo lo que le había mandado Dios. El diluvio duró cuarenta
días sobre la tierra. Crecieron las aguas y levantaron el arca que se alzó de encima de la
tierra. Subió el nivel de las aguas y crecieron mucho sobre la tierra, mientras el arca
flotaba sobre la superficie de las aguas. Subió el nivel de las aguas mucho, muchísimo
sobre la tierra, y quedaron cubiertos los montes más altos que hay debajo del cielo.
Quince codos por encima subió el nivel de las aguas quedando cubiertos los montes.
Pereció toda carne: lo que repta por la tierra, junto con aves, ganados, animales y todo
lo que pulula sobre la tierra, y toda la humanidad. Todo cuanto respira hálito vital, todo
cuanto existe en tierra firme, murió. El Señor exterminó todo ser que había sobre la haz
del suelo, desde el hombre hasta los ganados, hasta las serpientes y hasta las aves del
cielo: todos fueron exterminados de la tierra, quedando sólo Noé y los que con él estaban
en el arca.
Las aguas inundaron la tierra por espacio de ciento cincuenta días.
R. El Señor sabe liberar de la prueba a los hombres justos y reserva a los malvados para
castigarlos en el día del juicio. * Lo mismo que sucedió en los tiempos de Noé sucederá
cuando venga el Hijo del hombre.
V. Comían y bebían, y, cuando menos lo sospechaban, sobrevino el diluvio que anegó a
todos.
R. Lo mismo que sucedió en los tiempos de Noé sucederá cuando venga el Hijo del
hombre.
Del sermón de san Atanasio, obispo, contra los gentiles
(Núms. 42-43: PG 25, 83-87)
TODO, POR EL VERBO, COMPONE UNA ARMONÍA VERDADERAMENTE DIVINA
Ninguna cosa de las que existen o son hechas empezó a ser sino en él y por él, como
nos enseña el evangelista teólogo, cuando dice: En el principio ya existía la Palabra, y la
Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y
sin ella no se hizo nada.
Así como el músico, con la lira bien templada, ejecuta una armonía, combinando con los
recursos del arte los sonidos graves con los agudos y los intermedios, así también la
Sabiduría de Dios, teniendo en sus manos el universo como una lira, une las cosas de la
atmósfera con las de la tierra, y las del cielo con las de la atmósfera, y las asocia todas
unas con otras, gobernándolas con su voluntad y beneplácito. De este modo, produce un
mundo unificado, hermosa y armoniosamente ordenado, sin que por ello el Verbo de Dios
deje de permanecer inmutable junto al Padre, mientras pone en movimiento todas las
cosas, según le place al Padre, con la invariabilidad de su naturaleza. Todo, en definitiva,
vive y se mantiene, por donación suya, según su propio ser y, por él, compone una
armonía admirable y verdaderamente divina.
Tratemos de explicar esta verdad tan profunda por medio de una imagen: pongamos el
ejemplo de un coro numeroso. En un coro compuesto de variedad de personas, de niños,
mujeres, hombres maduros y adolescentes, cada uno, bajo la batuta del director, canta
según su naturaleza y sus facultades: el hombre con voz de hombre, el niño con voz de
niño, la mujer con voz de mujer, el adolescente con voz de adolescente, y, sin embargo,
de todo el conjunto resulta una armonía. Otro ejemplo: nuestra alma pone
simultáneamente en movimiento todos nuestros sentidos, cada uno según su actividad
específica, y así, en presencia de algún estímulo exterior, todos a la vez se ponen en
movimiento: el ojo ve, el oído oye, la mano toca, el olfato huele, el gusto gusta, y también
sucede con frecuencia que actúan los demás miembros corporales, por ejemplo, los pies
se ponen a andar. De manera semejante acontece en la creación en general. Ciertamente,
los ejemplos aducidos no alcanzan a dar una idea adecuada de la realidad, y por esto es
necesaria una más profunda comprensión de la verdad que quieren ilustrar.
Es decir, que todas las cosas son gobernadas a un solo mandato del Verbo de Dios, de
manera que, ejerciendo cada ser su propia actividad, del conjunto resulta un orden
perfecto.
R. Bendecid a Dios y proclamad ante todos los vivientes los beneficios que os ha hecho, *
pues él os ha mostrado su misericordia.
V. A él debéis bendecir y cantar todos los días, y narrar todas sus maravillas.
R. Pues él os ha mostrado su misericordia.
Oremos:
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer
tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.