El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 11 de enero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: A Cristo, el Hijo amado, en quien el Padre se ha complacido, venid, adorémosle.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Ayer, en leve centella,
te vio Moisés sobre el monte;
hoy no basta el horizonte
para contener tu estrella.
Los magos preguntan; y ella
de un Dios infante responde
que en duras pajas se acuesta
y más se nos manifiesta
cuanto más hondo se esconde. Amén.
Una voz se levanta en el llano:
Convertios y haced penitencias;
el Señor se sumerge en las aguas
para darnos la vida por ellas.
En Caná manifiesta su gloria
con el cambio del agua en el vino,
esperando la hora fijada
en que habrá de explicar este signo.
Escuchando tu voz, Padre amado,
veneramos a tu único Hijo,
sobre el cual el Espíritu Santo
descendió para ser tu testigo. Amén.
Hoy dos extremos se han visto,
cuales nunca se verán:
Cristo arrodillado a Juan,
y Juan bautizando a Cristo.
El mar y abismo profundo
de la pureza infinita,
que las inmundicias quita
y los pecados del mundo,
hoy del Bautista se ha visto
ser lavado en el Jordán;
Cristo arrodillado a Juan,
y Juan bautizando a Cristo.
Bautiza la voz al Verbo,
el criado al Criador;
ved qué humildad de Señor
y qué autoridad de siervo.
Favor otra vez no visto
entre los hijos de Adán,
Cristo arrodillado a Juan,
y Juan bautizando a Cristo.
Los cielos se abren, y allí
la Voz del Padre ha entonado:
«Aqueste es mi Hijo amado,
en el cual me complací.»
Y el Paracleto se ha visto,
testificando que están
Cristo arrodillado a Juan,
y Juan bautizando a Cristo.
Qué grande misterio encierra
el Jordán; cantad, criaturas:
«Gloria a Dios en las alturas
y paz al hombre en la tierra.» Amén.
Antífona 1: La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado.
Salmo 28
MANIFESTACIÓN DE DIOS EN LA TEMPESTAD
Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.
La voz del Señor sobre las aguas,
el Dios de la gloria ha tronado,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica,
la voz del Señor descuaja los cedros,
el Señor descuaja los cedros del Líbano.
Hace brincar al Líbano como un novillo,
al Sarión como a una cría de búfalo.
La voz del Señor lanza llamas de fuego,
la voz del Señor sacude el desierto,
el Señor sacude el desierto de Cadés.
La voz del Señor retuerce los robles,
el Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: “¡gloria!”
El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz.
Antífona 2: Que se postre ante ti la tierra entera, Señor, y que se alegre, porque has aparecido como una nueva luz para siempre.
Salmo 65
HIMNO PARA UN SACRIFICIO DE ACCIÓN DE GRACIAS
I
Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: “¡Qué temibles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos te adulan!”
Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.
Oh Dios, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:
sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.
Antífona 3: Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida y me ha dado respiro.
II
Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.
Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras.
Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.
Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.
V. Éste es mi Hijo amado.
R. Escuchadlo.
Del libro del profeta Isaías 42, 1-9; 49, 1-9
EL SIERVO HUMILDE DEL SEÑOR ES LA LUZ DE LAS NACIONES
Mirad a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias.
En él he puesto mi espíritu, para que haga brillar la justicia en las naciones. No gritará, no
clamará, no voceará por las calles. No romperá la caña resquebrajada, no apagará la
mecha aún humeante. Promoverá con firmeza la justicia, no titubeará ni se doblegará
hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.
Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó los cielos, que consolidó la tierra y todo lo
que en ella brota, que dio el respiro al pueblo que la habita y el aliento a los que se
mueven en ella:
«Yo, el Señor, fiel a mi designio de salvación, te he llamado en la justicia, te he tomado
de la mano, te he formado y te he puesto como alianza del pueblo y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la
mazmorra a los que habitan las tinieblas. Yo soy el Señor, éste es mi nombre, no cedo mi
gloria a ningún otro ni mi honor a los ídolos. Lo antiguo ya ha sucedido y algo nuevo yo
anuncio, antes de que brote os lo hago oír.»
Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: el Señor me llamó desde el vientre de mi
madre, cuando aún estaba yo en el seno materno pronunció mi nombre. Hizo de mi boca
una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me
guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, en ti manifestaré mi gloria.» Mientras
yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en
realidad el Señor se ocupaba de mi causa, Dios tenía en sus manos mi recompensa; yo
era glorificado ante sus ojos, mi Dios era mi fortaleza.
Y ahora habla el Señor, que desde el seno materno me hizo su siervo para que le
trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel en torno suyo:
«Es poco que seas mi siervo para restablecer a las tribus de Jacob y hacer volver a los
supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta
el confín de la tierra.»
Así dice el Señor, el redentor y Santo de Israel, al despreciado y aborrecido de las
naciones, al esclavo de los tiranos:
«Te verán los reyes y se pondrán de pie, te verán los príncipes y se postrarán; porque
el Señor es fiel, porque el Santo de Israel te ha elegido.»
Así dice el Señor:
«En el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado; te he
defendido y te he constituido como alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir
las heredades desoladas, para decir a los cautivos: “Salid”, y a los que están en tinieblas:
“Venid a la luz”; aun por los caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas.»
R. Hoy se abrieron los cielos cuando fue bautizado el Señor en el Jordán, y el Espíritu de
Dios bajó sobre él en forma de paloma, y se oyó la voz del Padre que decía: * «Éste es mi
Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.»
V. El Espíritu Santo descendió sobre él en forma visible, como una paloma, y se dejó oír
una voz del cielo:
R. Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.
De los sermones de san Gregorio Nacianceno, obispo
(Sermón 39, En las sagradas Luminarias, 14-16. 20: PG 36, 350-351. 354. 358-359)
EL BAUTISMO DE CRISTO
Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar:
descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él.
Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a
ser bautizado; y sin duda para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el
Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos
consagra mediante el Espíritu y el agua.
Juan se niega, Jesús insiste. Entonces: Soy yo el que necesito que tú me bautices, le
dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre los nacidos
de mujer al Primogénito de toda la creación, el que había saltado de júbilo en el seno
materno al que había sido ya adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser
precursor al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito que tú me
bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa.» Pues sabía muy bien que habría de ser
bautizado con el martirio; o que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.
Pero Jesús, por su parte, asciende también de las aguas; pues se lleva consigo hacia lo
alto al mundo, y mira cómo se abren de par en par los cielos que Adán había hecho que
se cerraran para sí y para su posteridad, del mismo modo que se había cerrado el paraíso
con la espada de fuego.
También el Espíritu da testimonio de la divinidad, acudiendo en favor de quien es su
semejante; y la voz desciende del cielo, pues del cielo procede precisamente Aquel de
quien se daba testimonio; del mismo modo que la paloma, aparecida en forma visible,
honra el cuerpo de Cristo, que por deificación era también Dios. Así también, muchos
siglos antes, la paloma había anunciado el fin del diluvio.
Honremos hoy nosotros, por nuestra parte, el bautismo de Cristo, y celebremos con
toda honestidad su fiesta.
Ojalá que estéis ya purificados, y os purifiquéis de nuevo. Nada hay que agrade tanto a
Dios como el arrepentimiento y la salvación del hombre, en cuyo beneficio se han
pronunciado todas las palabras y revelado todos los misterios; para que, como astros en el
firmamento, os convirtáis en una fuerza vivificadora para el resto de los hombres; y los
esplendores de aquella luz que brilla en el cielo os hagan resplandecer, como lumbreras
perfectas; junto a su inmensa luz, iluminados con más pureza y claridad por la Trinidad,
cuyo único rayo, brotado de la única Deidad, habéis recibido inicialmente en Cristo Jesús,
Señor nuestro, a quien le sean dados la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
R. Hoy se han abierto los cielos y el mar se dulcificó, la tierra canta de alegría y los
montes y colinas se llenan de júbilo: * porque Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán.
V. ¿Qué te pasa, mar, por qué huyes? Y tú, Jordán, ¿por qué te echas atrás?
R. Porque Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar
solemnemente que él era tu Hijo amado, enviándole tu Espíritu Santo, concede a tus hijos
de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu
benevolencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.