El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 16 de agosto de 2026. Otras celebraciones del día: SAN ESTEBAN DE HUNGRÍA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Pueblo del Señor, rebaño que él guía, venid, adorémosle. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Antífona 1: ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?
Salmo 23
ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo (S. Ireneo).
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
— ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
— El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
— Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
Antífona 2: Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida. Aleluya.
Salmo 65
HIMNO PARA UN SACRIFICIO DE ACCIÓN DE GRACIAS
Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles (Hesiquio).
I
Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: "¡Qué temibles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos te adulan!"
Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.
Oh Dios, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:
sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.
Antífona 3: Fieles de Dios, venid a escuchar lo que ha hecho conmigo. Aleluya.
II
Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.
Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras.
Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.
Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.
Comienza el libro del Qohelet (o Predicador) 1, 1-18
VANIDAD DE LAS COSAS
Palabras del Qohelet, hijo de David y rey de Jerusalén. ¡Vanidad de vanidades! —
proclama el Qohelet—.
¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán
bajo el sol?
Una generación va, otra generación viene; pero la tierra sigue siempre subsistiendo.
Sale el sol y se pone el sol, corre hacia su lugar y vuelve luego a salir de allí. Sopla hacia
el sur el viento y gira luego hacia el norte, gira que te gira sigue el viento y vuelve el
viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar a donde van los
ríos, allá mismo volverán luego a fluir.
Todo trabaja más de cuanto el hombre puede ponderar, y no se sacia el ojo de ver ni el
oído de oír. Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará; nada nuevo hay bajo el sol.
Si algo hay de que se diga: «Mira, eso si que es nuevo», aun eso ya existió en los siglos
que nos precedieron. No hay recuerdo de las cosas pasadas ni tampoco quedará memoria
de las futuras en los hombres que después vendrán.
Yo, el Qohelet, he sido rey de Israel en Jerusalén. He aplicado mi corazón a investigar y
a explorar con sabiduría cuanto acaece bajo el cielo. ¡Es ésta una dura labor que Dios ha
encomendado a los humanos para que en ella se ocupen! He observado cuanto sucede
bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos. Lo torcido no puede
enderezarse, lo que falta no puede contarse.
Yo me había dicho en mi corazón: «Tengo una sabiduría grande y extensa, mayor que
la de todos mis predecesores en Jerusalén; mi corazón ha contemplado mucha sabiduría y
ciencia. He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría, así como también a conocer la
locura y el desvarío.» Pero ya he comprendido que aun esto mismo es como atrapar
vientos, pues: donde abunda la ciencia abundan las penas, y quien acumula saber
acumula dolor.
R. He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar
vientos. * Como salió del vientre de su madre, desnudo volverá el hombre, como ha
venido; y nada podrá sacar de sus fatigas que pueda llevar consigo.
V. Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos llevarnos de él.
R. Como salió del vientre de su madre, desnudo volverá el hombre, como ha venido; y
nada podrá sacar de sus fatigas que pueda llevar consigo.
De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de san Mateo
(Homilía 15, 6. 7: PG 57, 231-232)
SAL DE LA TIERRA Y LUZ DEL MUNDO
Vosotros sois la sal de la tierra. Es como si les dijera: "El mensaje que se os comunica
no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque
no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una
nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a
un mundo por cierto muy mal dispuesto." Porque, al decir: Vosotros sois la sal de la tierra,
enseña que todos los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado.
Por ello, exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y
útiles para el cuidado de los demás. En efecto, la mansedumbre, la moderación, la
misericordia, la justicia son unas virtudes que no quedan limitadas al provecho propio del
que las posee, sino que son como unas fuentes insignes que manan también en provecho
de los demás. Lo mismo podemos afirmar de la pureza de corazón, del amor a la paz y a
la verdad, ya que el que posee estas cualidades las hace redundar en utilidad de todos.
"No penséis —viene a decir— que el combate al que se os llama es de poca importancia
y que la causa que se os encomienda es exigua: Vosotros sois la sal de la tierra. ¿Significa
esto que ellos restablecieron lo que estaba podrido? En modo alguno. De nada sirve echar
sal a lo que ya está podrido. Su labor no fue ésta; lo que ellos hicieron fue echar sal y
conservar, así, lo que el Señor había antes renovado y liberado de la fetidez,
encomendándoselo después a ellos, porque liberar de la fetidez del pecado fue obra del
poder de Cristo; pero el no recaer en aquella fetidez era obra de la diligencia y esfuerzo de
sus discípulos.
¿Te das cuenta de cómo va enseñando gradualmente que
éstos son superiores a los profetas? No dice, en efecto, que hayan de ser maestros de
Palestina, sino de todo el orbe. "No os extrañe, pues —viene a decirles—, si, dejando
ahora de lado a los demás, os hablo a vosotros solos y os enfrento a tan grandes peligros.
Considerad a cuántas y cuán grandes ciudades, pueblos, naciones os he de enviar en
calidad de maestros. Por esto, no quiero que seáis vosotros solos prudentes, sino que
hagáis también prudentes a los demás. Y muy grande ha de ser la prudencia de aquellos
que son responsables de la salvación de los más, y muy grande ha de ser su virtud, para
que puedan comunicarla a los otros. Si no es así, ni tan siquiera podréis bastaros a
vosotros mismos.
En efecto, si los otros han perdido el sabor, pueden recuperarlo por vuestro ministerio;
pero, si sois vosotros los que os tornáis insípidos, arrastraréis también a los demás con
vuestra perdición. Por esto, cuanto más importante es el asunto que se os encomienda,
más grande debe ser vuestra solicitud". Y así, añade: Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la
salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Para que no teman lanzarse al combate, al oír aquellas palabras: Cuando os insulten y
os persigan y os calumnien de cualquier modo, les dice de modo equivalente: "Si no estáis
dispuestos a tales cosas, en vano habéis sido elegidos. Lo que hay que temer no es el mal
que digan contra vosotros, sino la simulación de vuestra parte; entonces sí que perderíais
vuestro sabor y seríais pisoteados. Pero, si no cejáis en presentar el mensaje con toda su
austeridad, si después oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es
morder y escocer a los que llevan una vida de molicie.
Por tanto, estas maledicencias son inevitables y en nada os perjudicarán, antes serán
prueba de vuestra firmeza. Mas si, por temor a ellas, cedéis en la vehemencia
conveniente, peor será vuestro sufrimiento, ya que entonces todos hablarán mal de
vosotros y todos os despreciarán; en esto consiste el ser pisoteado por la gente."
A continuación, propone una comparación más elevada: Vosotros sois la luz del mundo.
De nuevo se refiere al mundo, no a una sola nación ni a veinte ciudades, sino al orbe
entero; luz que, como la sal de que ha hablado antes, hay que entenderla en sentido
espiritual, luz más excelente que los rayos de este sol que nos ilumina. Habla primero de
la sal, luego de la luz, para que entendamos el gran provecho que se sigue de una
predicación austera, de unas enseñanzas tan exigentes. Esta predicación, en efecto, es
como si nos atara, impidiendo nuestra dispersión, y nos abre los ojos al enseñarnos el
camino de la virtud. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín. Con estas palabras,
insiste el Señor en la perfección de vida que han de llevar sus discípulos y en la vigilancia
que han de tener sobre su propia conducta, ya que ella está a la vista de todos, y el
palenque en que se desarrolla su combate es el mundo entero.
R. Recibiréis la fortaleza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros; * y seréis mis
testigos hasta los últimos confines de la tierra.
V. Alumbre vuestra luz a los hombres para que, viendo vuestras buenas obras, den gloria a
vuestro Padre celestial.
R. Y seréis mis testigos hasta los últimos confines de la tierra.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en
nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas consigamos
alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.