El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 21 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Entremos a la presencia del Señor, dándole gracias.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.
Antífona 1: Sálvame, Señor, por tu misericordia. (T. P. Aleluya).
Salmo 6
ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS
Ahora mi alma está agitada... Padre, líbrame de esta hora (Jn 12, 27).
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.
Antífona 2: El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. (T. P. Aleluya).
Salmo 9 A
ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA
De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.
I
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.
Antífona 3: Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. (T. P. Aleluya).
II
Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.
Del libro de Tobías 2, 1-3, 6
DESGRACIA DE TOBIT, HOMBRE JUSTO
En nuestra fiesta de Pentecostés (la fiesta de las Semanas), me prepararon una buena
comida. Cuando me puse a la mesa, llena de platos variados, dije a mí hijo Tobías:
«Hijo, anda a ver si encuentras a algún pobre de nuestros compatriotas deportados a
Nínive, uno que se acuerde de Dios con toda el alma, y tráelo para que coma con
nosotros. Te espero, hijo, hasta que vuelvas.»
Tobías marchó a buscar a algún israelita pobre y, cuando volvió, me dijo:
«Padre.»
Respondí:
«¿Qué hay, hijo?»
Repuso:
«Padre, han asesinado a un israelita. Lo han estrangulado hace un momento, y lo han
dejado tirado ahí en la plaza.»
Yo pegué un salto, dejé la comida sin haberla probado, recogí el cadáver de la plaza
y lo metí en una habitación, para enterrarlo cuando se pusiera el sol.
Cuando volví, me lavé y comí entristecido acordándome de la frase del profeta Amós
contra Betel: «Se cambiarán vuestras fiestas en luto, vuestros cantos en elegías», y lloré.
Cuando se puso el sol, fui a cavar una fosa y lo enterré. Los vecinos se reían de mí: «¡Ya
no tiene miedo! Lo anduvieron buscando para matarlo por eso mismo, y entonces se
escapó; pero ahora, ahí lo tenéis, enterrando muertos.»
Aquella noche, después del baño, fui al patio y me tumbé junto a la tapia, con la cara
destapada porque hacía calor. Yo no sabía que en la tapia, encima de mí, había un nido de
gorriones; su excremento caliente me cayó en los ojos y se me formaron unas manchas
blancas. Fui a los médicos a que me curaran; pero cuanto, más ungüentos me daban, más
vista perdía, hasta que quedé completamente ciego. Estuve sin vista cuatro años. Todos
mis parientes se apenaron por mi desgracia; y Ajicar me cuidó dos años, hasta que
marchó a Elimaida.
En aquella situación, mi mujer, Ana, se puso a hacer labores para ganar dinero. Los
clientes le daban el importe cuando les llevaba la labor terminada; el siete de marzo, al
acabar una pieza y mandársela a los clientes, éstos le dieron el importe íntegro y le
regalaron un cabrito para que lo trajese a casa. Cuando llegó, el cabrito empezó a balar.
Yo llamé a mi mujer y le dije:
«¿De dónde viene ese cabrito? ¿No será robado? Devuélveselo al dueño, que no
podemos comer nada robado.»
Ana me respondió:
«Me lo han dado de propina, además de la paga.»
Pero yo no la creía, y, abochornado por su acción, insistí en que se lo devolviera al
dueño. Entonces me replicó:
«¿Dónde están tus limosnas? ¿Dónde están tus obras de caridad? ¡Ya ves lo que te
pasa!»
Profundamente afligido, sollocé, me eché a llorar y empecé a rezar entre sollozos:
«Señor, tú eres justo, todas tus obras son justas; tú actúas con misericordia y lealtad,
tú eres el juez del mundo. Tú, Señor, acuérdate de mí y mírame; no me castigues por mis
pecados, mis errores y los de mis padres, cometidos en tu presencia, desobedeciendo tus
mandatos. Nos has entregado al saqueo, al destierro y a la muerte, nos has hecho refrán,
comentario y burla de todas las naciones donde nos has dispersado. Sí, todas tus
sentencias son justas cuando me tratas así por mis pecados, porque no hemos cumplido
tus mandatos ni hemos procedido lealmente en tu presencia.
Haz ahora de mí lo que te guste. Manda que me quiten la vida, y desapareceré de la faz
de la tierra y en tierra me convertiré. Porque más me vale morir que vivir después de oír
ultrajes que no merezco y verme invadido de tristeza. Manda, Señor, que yo me libre de
esta prueba; déjame marchar a la eterna morada y no me apartes tu rostro, Señor. Porque
más me vale morir que vivir pasando esta prueba y escuchando tales ultrajes.»
R. Manda, Señor, que yo desaparezca de la tierra para no oír más insultos; no me
castigues por mis pecados, mis errores y los de mis padres. * Porque libras a los que se
acogen a ti, Señor.
V. Todas tus obras son justas; tú actúas con misericordia y lealtad, tú eres el juez del
mundo, acuérdate de mí, Señor.
R. Porque libras a los que se acogen a ti, Señor.
Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores
(Sermón 46,14-15: CCL 41, 541-542)
INSISTE A TIEMPO Y A DESTIEMPO
No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. En este mundo andamos
siempre entre las manos de los ladrones y los dientes de los lobos feroces y, a causa de
estos peligros nuestros, os rogamos que oréis. Además, las ovejas son obstinadas. Cuando
se extravían y las buscamos, nos dicen, para su error y perdición, que no tienen nada que
ver con nosotros: "¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?" Como si el hecho de
que anden errantes y en peligro de perdición no fuera precisamente la causa de que
vayamos tras de ellas y las busquemos. "Si ando errante —dicen—, si estoy perdida, ¿para
qué me quieres? ¿Para qué me buscas?" Te quiero hacer volver precisamente porque
andas extraviada; quiero encontrarte porque te has perdido.
"¡Pero si yo quiero andar así, quiero así mi perdición! ¿De veras así quieres extraviarte,
así quieres perderte? Pues tanto menos lo quiero yo. Me atrevo a decirlo, estoy dispuesto
a seguir siendo inoportuno. Oigo al Apóstol que dice: Proclama la palabra, insiste a tiempo
y a destiempo. ¿A quiénes insistiré a tiempo, y a quiénes a destiempo? A tiempo, a los que
quieren escuchar; a destiempo, a quienes no quieren. Soy tan inoportuno que me atrevo a
decir: "Tú quieres extraviarte, quieres perderte, pero yo no quiero." Y, en definitiva, no lo
quiere tampoco aquel a quien yo temo. Si yo lo quisiera, escucha lo que dice, escucha su
increpación: No recogéis a las descarriadas, buscáis a las perdidas. ¿Voy a temerte más a
ti que a mí mismo? Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.
De manera que seguiré llamando a las que andan errantes y buscando a las perdidas.
Lo haré, quieras o no quieras. Y, aunque en mi búsqueda me desgarren las zarzas del
bosque, no dejaré de introducirme en todos los escondrijos, no dejaré de indagar en todas
las matas; mientras el Señor a quien temo me dé fuerzas, andaré de un lado a otro sin
cesar. Llamaré mil veces a la errante, buscaré a la que se halla a punto de perecer. Si no
quieres que sufra, no te alejes, no te expongas a la perdición. No tiene importancia lo que
yo sufra por tus extravíos y tus riesgos. Lo que temo es llegar a matar a la oveja sana, si
te descuido a ti. Pues oye lo que se dice a continuación: Matáis las ovejas más gordas. Si
olvido a la que se extravía y se expone a la perdición, la que está sana sentirá también la
tentación de extraviarse y de ponerse en peligro de perecer.
R. No retengas tu palabra ni ocultes tu sabiduría, cuando puedan ser ellas instrumento de
salvación; * pues la sabiduría se da a conocer en el hablar, y los conocimientos en las
palabras de la lengua.
V. Proclama la palabra, insiste con oportunidad o sin ella, persuade, reprende, exhorta,
armado de toda paciencia y doctrina.
R. Pues la sabiduría se da a conocer en el hablar, y los conocimientos en las palabras de la
lengua.
Oremos:
Oh Dios, has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos
cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.