Oficio de Lectura - DOMINGO I DE CUARESMA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 22 de febrero de 2026. Otras celebraciones del día: LA CÁTEDRA DEL APÓSTOL SAN PEDRO .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor

Salmo 1

LOS DOS CAMINOS DEL HOMBRE

Felices los que poniendo su esperanza en la cruz, se sumergieron en las aguas del bautismo.

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

Antífona 2: Yo mismo he establecido a mi rey en Sión.

Salmo 2

¿POR QUÉ SE AMOTINAN LAS NACIONES?

Verdaderamente se aliaron contra su santo siervo Jesús, tu Ungido (Hech 4, 27).

¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
"rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo".
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
"yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo".
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho:
"Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza".
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!

Antífona 3: Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.

Salmo 3

CONFIANZA EN MEDIO DE LA ANGUSTIA

Durmió el Señor el sueño de la muerte y resucitó del sepulcro porque el Padre fue su ayuda (S. Ireneo).

Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
"Ya no lo protege Dios".
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.
De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.

Versículo

V. No sólo de pan vive el hombre.
R. Sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Éxodo 5, 1-6, 1

OPRESIÓN DEL PUEBLO DE DIOS

En aquellos días, Moisés y Aarón se presentaron al Faraón y le dijeron: «Así dice el
Señor, Dios de Israel: "Deja salir a mi pueblo, para que me celebre una fiesta en el
desierto."»
Respondió el Faraón: «¿Y quién es el Señor, para que tenga que obedecerlo dejando
marchar a los israelitas? Ni reconozco al Señor ni dejaré marchar a Israel.»
Replicaron ellos: «El Dios de los hebreos nos ha llamado: tenemos que hacer un viaje
de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios; no sea que
nos castigue con peste o espada.»
El rey de Egipto les dijo:
«¿Por qué vosotros, Moisés y Aarón, soliviantáis al pueblo en su trabajo? Volved a
transportar vuestras cargas. Ahora que son ya más numerosos que los naturales del país,
¿queréis que dejen de transportar cargas?»
Aquel día el Faraón dio órdenes a los capataces y a los inspectores: «No volváis a
proveerles de paja para fabricar adobes, como hacíais antes; que ellos vayan y se busquen
la paja. Pero la cantidad de adobes que hacían antes se la seguiréis exigiendo sin
disminuir nada. Son unos holgazanes y por eso andan gritando: Vamos a ofrecer
sacrificios a nuestro Dios. "Imponedles un trabajo pesado y haced que lo cumplan, y no
hagáis caso de sus mentiras.»
Los capataces y los inspectores dijeron al pueblo: «Esto dice el Faraón: “No os
proveeré ya de paja; id vosotros a buscarla donde la encontréis, pero no disminuirá en
nada vuestra tarea”. »
El pueblo se dispersó por todo el país de Egipto para buscar la paja. Los capataces los
apremiaban: «Completad vuestro trabajo, la tarea, de cada día, como cuando se os daba
la paja.»
Y golpeaban a los inspectores israelitas que habían nombrado, diciéndoles: «¿Por qué
no completáis hoy vuestra cantidad de adobes como antes?»
Entonces los inspectores israelitas fueron a reclamar al Faraón: «¿Por qué tratas así a
tus siervos? No nos dan paja y nos exigen que hagamos los mismos adobes, y tus siervos
son los que se llevan los golpes.»

Contestó el Faraón: «Holgazanes, eso es lo que sois, holgazanes. Por eso andáis
diciendo: “Vamos a ofrecer sacrificios al Señor”. Y ahora id a trabajar, no se os dará paja y
vosotros produciréis la misma cantidad de ladrillos.»
Los inspectores israelitas se vieron en un aprieto cuando les dijeron: «No disminuirá la
cantidad de adobes diaria», y, encontrando a Moisés y a Aarón que los esperaban a la
salida del palacio del Faraón, les dijeron: «El Señor os examine y os juzgue: nos habéis
hecho odiosos al Faraón y a su corte, le habéis puesto en la mano una espada para que
nos mate.»
Moisés volvió al Señor y le dijo: «Señor, ¿por qué maltratas a este pueblo? ¿Por qué
me has enviado? Desde que me presenté al Faraón para hablar en tu nombre, el pueblo es
maltratado y tú no has librado a tu pueblo. »
El Señor respondió a Moisés: «Pronto verás lo que voy a hacer al Faraón: se verá
forzado a dejaros marchar, y aun él mismo os echará de su país.»

Responsorio Ex 5, 1. 3

R. Se presentó Moisés al Faraón y le dijo: «Así dice el Señor: * "Deja salir a mi pueblo,
para que me celebre una fiesta en el desierto."
V. El Dios de los hebreos me ha enviado a ti con este mensaje:
R. «"Deja salir a mi pueblo, para que me celebre una fiesta en el desierto."»

Segunda Lectura

De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
(Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

EN CRISTO FUIMOS TENTADOS, EN ÉL VENCIMOS AL DIABLO

Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que
sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el
corazón abatido. Por lo tanto, se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y,
sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus
miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra? Los
que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a
propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en
posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los confines de la
tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad
que formamos todos nosotros.
Y ¿qué es lo que pide? Lo que he dicho antes: Dios mío escucha mi clamor, atiende a
mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra. O sea: «Esto que pido, lo pido desde
los confines de la tierra», es decir, desde todas partes.
Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía el corazón abatido. Con ello da a
entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe
entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones.
Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya
que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a
sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha
combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.
Éste que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra
abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, a su cuerpo, quiso prefigurarnos
también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de
que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió.

De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos
acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos
que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo
tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y
de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de
ti para él la tentación, y de él para ti la victoria.
Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. Te fijas en que Cristo
fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y
reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido
tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado.

Responsorio Jr 1, 19; 39, 18

R. Lucharán contra ti, pero no podrán contigo; * porque yo estoy contigo para librarte —
oráculo del Señor—.
V. No caerás a espada, salvarás tu vida porque confiaste en mí.
R. Porque yo estoy contigo para librarte —oráculo del Señor—.

Oración

Oremos:

Al celebrar un año más la santa Cuaresma concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la
inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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