Oficio de Lectura - MIÉRCOLES IX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 3 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN CARLOS LUANGA Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. (T. P. Aleluya.) †

Salmo 17, 2-30

ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA

En aquella hora ocurrió un violento terremoto (Ap 11, 13).

I

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
† Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.

Antífona 2: El Señor me libró porque me amaba. (T. P. Aleluya).

II

Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz.
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;
y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.
Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.

Antífona 3: Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas. (T. P. Aleluya).

III

El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega,
fiado en mi Dios, asalto la muralla.

Lecturas

Primera Lectura

De la carta a los Gálatas 3, 15-4, 7

EL OFICIO DE LA LEY

Hermanos, voy a proponeros un ejemplo tomado de la vida humana: nadie anula ni
modifica un testamento que esté en regla, a pesar de ser una cosa puramente humana. A
Abraham y a su descendencia se hicieron las promesas de parte de Dios. No dice la
Escritura «a los descendientes», como si se tratase de muchos, sino, en singular, «a tu
descendencia». Y ésta es Cristo.

Y, ahora, a lo que iba: El testamento, formalizado ya con anterioridad por Dios, no
puede ser anulado, hasta invalidar la promesa, por una ley que vino cuatrocientos treinta
años más tarde. Si la herencia divina hubiese dependido de la ley, ya no dependería de la
promesa. Ahora bien, Dios la concedió a Abraham como un don gratuito, mediante una
promesa.
Entonces, ¿cuál fue el fin de la ley mosaica? Fue puesta por Dios junto a las promesas
por razón de las transgresiones, hasta que viniese la descendencia a quien se habían
hecho las promesas; fue promulgada por ministerio de ángeles y por intervención de un
mediador. Pero, cuando solamente hay una persona, no hay lugar para mediador alguno;
y, en el caso de la promesa, sólo hubo uno: Dios. Así, pues, ¿va la ley contra las promesas
de Dios? De ningún modo. Si se hubiese promulgado una ley capaz de darnos la vida,
realmente la justificación habría provenido de la ley.
Pero la Escritura ha declarado que todos los hombres son culpables de pecado, para
que así la promesa se concediese a los creyentes, por su fe en Jesucristo.
Antes de venir la economía de la fe, estábamos encerrados bajo la custodia de la ley, en
espera de la fe que había de revelarse. De este modo la ley fue nuestro pedagogo para
llevarnos a Cristo, a fin de ser justificados por la fe. Pero, una vez llegada la era de la fe,
no estamos más bajo la potestad del ayo, pues ya sois todos hijos de Dios por la fe en
Cristo Jesús.
En efecto, todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.
Ya no hay distinción entre judío y gentil, ni entre libre y esclavo, ni entre hombre y mujer:
todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo sois por lo mismo descendencia de
Abraham, herederos según la promesa.
Pongo también otra comparación: El heredero, mientras es menor de edad, con ser
dueño de todo, no se distingue en nada del esclavo: está bajo tutores y administradores
hasta el tiempo prefijado por su padre. De igual modo: Nosotros, cuando éramos menores
de edad, vivíamos esclavizados por los «elementos del mundo».
Pero, cuando se cumplió el tiempo, envió a Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la
ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por
adopción. Y la prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a vuestros corazones el
Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Padre!» Por consiguiente, ya no eres esclavo, sino hijo; y,
si eres hijo, también eres heredero por voluntad de Dios.

Responsorio Ga 3, 27. 28; cf. Ef 4, 24

R. Todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay
distinción entre judío y gentil: * todos sois uno en Cristo Jesús.
V. Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad
verdaderas.
R. Todos sois uno en Cristo Jesús.

Segunda Lectura

De los tratados morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
(Libro 23, 23-24: PL 76, 265-266)

LA VERDADERA ENSEÑANZA EVITA LA ARROGANCIA

Escucha mis palabras, Job, presta oído a mi discurso. Ésta es la característica propia de
la manera de enseñar de los arrogantes; que no saben inculcar sus enseñanzas con
humildad ni comunicar rectamente las cosas rectas que saben. En su manera de hablar se
pone de manifiesto que ellos, al enseñar, se consideran como situados en el lugar más
elevado, y miran a los que reciben su enseñanza como si estuvieran muy por debajo de

ellos, y se dignan hablarles no en plan de consejo, sino como quien pretende imponerles
su dominio.
A estos tales les dice, con razón, el Señor, por boca del profeta: Vosotros los habéis
dominado con crueldad y violencia. Con crueldad y con violencia dominan, en efecto,
aquellos que, en vez de corregir a sus súbditos razonando reposadamente con ellos, se
apresuran a doblegarlos rudamente con su autoridad.
Por el contrario, la verdadera enseñanza evita con su reflexión este vicio de la
arrogancia, con tanto más interés cuanto que su intención consiste precisamente en herir
con los dardos de sus palabras a aquel que es el maestro de la arrogancia. Procura, en
efecto, no ir a obtener, con una manera arrogante de comportarse, el resultado contrario,
es decir: predicar a aquel a quien quiere atacar, con santas enseñanzas, en el corazón de
sus oyentes. Y, así, se esfuerza por enseñar de palabra y de obra la humildad, madre y
maestra de todas las virtudes, de manera que la explica a los discípulos de la verdad con
las acciones, más que con las palabras.
De ahí que Pablo, hablando a los tesalonicenses, como olvidándose de la autoridad que
tenía por su condición de apóstol, les dice: Os tratamos con delicadeza. Y, en el mismo
sentido, el apóstol Pedro, cuando dice: Estad siempre prontos para dar razón de vuestra
esperanza a todo el que os la pidiere, enseña que hay que guardar en ello el modo
debido, añadiendo: Pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia.
Y, cuando Pablo dice a su discípulo: De esto tienes que hablar, animando y
reprendiendo con autoridad, no es su intención inculcarle un dominio basado en el poder,
sino una autoridad basada en la conducta. En efecto, la manera de enseñar algo con
autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía
cuando la conciencia contradice las palabras. Por tanto; lo que le aconseja no es un modo
de hablar arrogante y altanero, sino la confianza que infunde una buena conducta. Por
esto, hallamos escrito también acerca del Señor: Les enseñaba con autoridad, y no como
los escribas y fariseos. Él, en efecto, de un modo único y singular, hablaba con autoridad,
en el sentido verdadero de la palabra, ya que nunca cometió mal alguno por debilidad. Él
tuvo por el poder de su divinidad aquello que nos comunicó a nosotros por la inocencia de
su humanidad.

Responsorio 1Pe 2, 9-10

R. Vosotros sois linaje escogido, nación santa, pueblo adquirido por Dios, * para proclamar
las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.
V. Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo sois ahora pueblo de Dios.
R. Para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz
maravillosa.

Oración

Oremos:

Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te
suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que
pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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