El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 12 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.
Antífona 1: La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen. (T. P. Aleluya).
Salmo 17, 31-51
EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31)
IV
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto.
Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
Antífona 2: Tu diestra, Señor, me sostuvo. (T. P. Aleluya).
V
Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;
yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.
Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.
Antífona 3: Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador. (T. P. Aleluya).
VI
Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.
Del libro del Génesis 44, 1-20. 30-34
JOSÉ Y BENJAMÍN
En aquellos días, José encargó al mayordomo:
«Llénales los sacos de víveres, todo lo que quepa, y pon el dinero en la boca de cada
saco, y mi copa de plata la metes en el saco del menor, junto con su dinero.»
Él hizo lo que le mandaban. Al amanecer, los hombres se despidieron y salieron con los
asnos. Apenas salidos, no se habían alejado de la ciudad, cuando José dijo al mayordomo:
«Sal en persecución de esos hombres y, cuando los alcances, diles: -“¿Por qué me
habéis pagado mal por bien?, ¿por qué habéis robado la copa de plata en que bebe mi
señor y con la que suele adivinar? Os habéis portado mal.”»
Cuando él les dio alcance, les repitió estas palabras. Ellos replicaron:
«¿Por qué habla así nuestro señor? Lejos de tus siervos obrar de tal manera. Mira, el
dinero que habíamos encontrado en los sacos te lo trajimos desde la tierra de Canaán;
¿por qué íbamos a robar en casa de tu amo oro y plata? Si se la encuentras a uno de tus
siervos, que muera; y nosotros seremos esclavos de nuestro señor.»
Respondió él:
«De acuerdo. Aquel a quien se le encuentre la copa será mi esclavo, y los demás
quedáis libres.»
Cada uno bajó aprisa su saco, lo puso en tierra y lo abrió. Él comenzó a examinarlos,
empezando por el del mayor y terminando por el del menor; y encontró la copa en el saco
de Benjamín. Ellos se rasgaron los vestidos, cargaron de nuevo los asnos y volvieron a la
ciudad. Judá y sus hermanos entraron en casa de José -él estaba allí todavía-y se echaron
por tierra ante él. José les dijo:
«¿Qué manera es esa de portarse? ¿No sabíais que uno como yo es capaz de adivinar?»
Judá le contestó:
«¿Qué podemos responder a nuestro señor? ¿Cómo probar nuestra inocencia? Dios ha
descubierto la culpa de tus siervos. Esclavos somos de nuestro señor, lo mismo que aquel
en cuyo poder se encontró la copa.»
Respondió José:
«Lejos de mí obrar de tal manera. Aquel en cuyo poder se encontró la copa será mi
esclavo, los demás volveréis en paz a casa de vuestro padre.»
Entonces Judá se acercó y dijo:
«Permite a tu siervo hablar en presencia de su señor; no se enfade mi señor conmigo,
pues eres como el Faraón. Mi señor interrogó a sus siervos: "¿Tenéis padre o algún
hermano?", y respondimos a mi señor: "Tenemos un padre anciano y un hijo pequeño que
le ha nacido en la vejez; un hermano suyo murió, y sólo le queda éste de aquella mujer:
su padre le adora". Ahora, pues, si vuelvo a tu siervo, mi padre, sin llevar conmigo al
muchacho, a quien quiere con toda el alma, cuando vea que falta el muchacho, morirá, y
tu siervo habrá dado con las canas de tu siervo, mi padre, en el sepulcro, de pena.
Además, tu siervo ha salido fiador por el muchacho ante mi padre, jurando: Si no te lo
traigo, rompes conmigo para siempre." Ahora, pues, deja que tu siervo se quede como
esclavo de mi señor, en lugar del muchacho, y que él vuelva con sus hermanos. ¿Cómo
puedo yo volver a mi padre sin llevar conmigo al muchacho, y contemplar la desgracia que
se abatirá sobre mi padre?»
R. No puedo yo volver a mi padre sin llevar conmigo al muchacho; * no sea que
contemple la desgracia que se abatirá sobre mi padre.
V. Deja que tu siervo se quede como esclavo de mi señor, en lugar del muchacho, y que él
vuelva con sus hermanos.
R. No sea que contemple la desgracia que se abatirá sobre mi padre.
Del comentario de san Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas
(Núms. 31. 38: PL 35, 2131-2132)
HASTA VER A CRISTO FORMADO EN VOSOTROS
Dice el Apóstol: "Sed como yo, que, siendo judío de nacimiento, mi criterio espiritual
me hace tener en nada las prescripciones materiales de la ley. Ya que yo soy como
vosotros, es decir, un hombre." A continuación, de un modo discreto y delicado, les
recuerda su afecto, para que no lo tengan por enemigo. Les dice, en efecto: En nada me
ofendisteis, como si dijera: "No penséis que mi intención sea ofenderos."
En este sentido, les dice también: Hijos míos, para que lo imiten como a padre. Otra
vez me causáis dolores de parto -continúa-, hasta que Cristo tome forma en vosotros. Esto
lo dice más bien en persona de la madre Iglesia, ya que en otro lugar afirma: Os tratamos
con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos.
Cristo toma forma, por la fe, en el hombre interior del creyente, el cual es llamado a la
libertad de la gracia, es manso y humilde de corazón, y no se jacta del mérito de sus
obras, que es nulo, sino que reconoce que la gracia es el principio de sus pobres méritos;
a éste puede Cristo llamar su humilde hermano, lo que equivale a identificarlo consigo
mismo, ya que dice: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos,
conmigo lo hicisteis. Cristo toma forma en aquel que recibe la forma de Cristo, y recibe la
forma de Cristo el que vive unido a él con un amor espiritual.
El resultado de este amor es la imitación perfecta de Cristo, en la medida en que esto
es posible. Quien dice que permanece en Cristo -dice san Juan-debe vivir como vivió él.
Mas como sea que los hombres son concebidos por la madre para ser formados, y
luego, una vez ya formados, se les da a luz y nacen, puede sorprendernos la afirmación
precedente: Otra vez me causáis dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en
vosotros. A no ser que entendamos este sufrir de nuevo dolores de parto en el sentido de
las angustias que le causó al Apóstol su solicitud en darlos a luz para que nacieran en
Cristo; y ahora de nuevo los da a luz dolorosamente por los peligros de engaño en que los
ve envueltos. Esta preocupación que le producen tales cuidados, acerca de ellos, y que él
compara a los dolores de parto, se prolongará hasta que lleguen a la medida de Cristo en
su plenitud, para que ya no sean llevados por todo viento de doctrina.
Por consiguiente, cuando dice: Otra vez me causáis dolores de parto, hasta que Cristo
tome forma en vosotros, no se refiere al inicio de su fe, por el cual ya habían nacido, sino
al robustecimiento y perfeccionamiento de la misma. En este mismo sentido, habla en otro
lugar, con palabras distintas, de este parto doloroso, cuando dice: La carga de cada día, la
preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿quién cae sin
que a mi me dé fiebre?
R. Digno de alabanza es el pueblo al que el Dios de los ejércitos bendijo, diciendo: * «Tú,
Israel, eres la obra de mis manos, tú eres mi heredad.»
V. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor, el pueblo que eligió como posesión suya.
R. Tú, Israel, eres la obra de mis manos, tú eres mi heredad.
Oremos:
Vela, Señor con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que
sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.