El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 30 de agosto de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Pueblo del Señor, rebaño que él guía, venid, adorémosle. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Antífona 1: 1. Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.
Salmo 103
HIMNO AL DIOS CREADOR
El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado (2 Co 5, 17).
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Antífona 2: El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Antífona 3: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.
III
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
De la primera carta a Timoteo 5, 3-25
LAS VIUDAS Y LOS PRESBÍTEROS EN LA IGLESIA
Timoteo, hijo mío: Honra a las viudas que son verdaderamente tales. Y si una viuda
tiene hijos o nietos, que ante todo aprendan éstos a practicar sus deberes para con la
propia familia, y a corresponder por lo que deben a sus progenitores. Esto agrada a los
ojos de Dios.
La viuda que es verdaderamente tal, es decir, desamparada de todos, pone toda su
confianza en Dios y persevera día y noche en plegarias y oraciones. Pero la que se entrega
a una vida frívola está ya muerta en vida. Incúlcales esto, para que no tengan nada que
se les pueda reprochar. La que no mira por los suyos, y en particular por los de su casa,
ha renegado de la fe y es peor que un infiel.
No se admita en el grupo de las viudas a ninguna de menos de sesenta años. Que no
se haya casado más de una vez; que sea recomendada por sus buenas obras, tales como
haber educado bien a sus hijos, haber ejercitado la hospitalidad, haber lavado los pies a
los fieles y asistido a los atribulados; haber sido solícita en toda clase de beneficencia.
Pero no admitas a viudas jóvenes, porque, cuando les asaltan deseos contrarios a su
decisión en Cristo, luego quieren casarse; así incurren en juicio condenatorio por no haber
sido fieles a su compromiso anterior. Y a todo esto, no teniendo nada que hacer, se
dedican a ir de casa en casa; y no sólo están ociosas, sino que se vuelven habladoras y
entrometidas, hablando de lo que no deben. Quiero, pues, que las viudas jóvenes se
casen, que críen hijos y gobiernen su casa, y que no den al enemigo ningún motivo para
que se hable mal de nosotros. Que ya algunas se han extraviado y han ido en pos de
Satanás. Si alguna mujer de la comunidad tiene viudas en su parentela, manténgalas,
para que la comunidad no se vea gravada. Así podrá la Iglesia mantener a las que son
verdaderamente viudas.
Los presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble honor, principalmente los que
se afanan en la predicación y en la enseñanza. La Escritura, en efecto, dice: «No pondrás
bozal al buey que trilla», y también «El obrero tiene derecho a su salario.» No admitas
ninguna acusación contra un presbítero si no viene con el testimonio de dos o tres. A los
culpables, repréndelos delante de todos, para que los demás cobren temor. Yo te conjuro
en presencia de Dios, de Cristo Jesús y de los ángeles escogidos, que observes estas
recomendaciones sin dejarte llevar de prejuicios ni favoritismos. No te precipites en
imponer a nadie las manos, y así no te harás partícipe de los pecados ajenos. Consérvate
puro.
Deja ya de beber agua sola. Toma un poco de vino para tu mal de estómago y por tus
frecuentes achaques. Los pecados de algunos hombres son ya manifiestos aun antes de
que los examines; los de otros, en cambio, no lo son hasta después. Lo mismo sucede con
las obras: las buenas están al descubierto, las que no lo son no pueden quedar siempre
ocultas.
R. Llevad una vida conforme al Evangelio de Cristo, luchando todos a una por la fe; * no
os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.
V. Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús.
R. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.
De los sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 23 A,1-4: CCL 41, 321-323)
EL SEÑOR SE HA COMPADECIDO DE NOSOTROS
Dichosos nosotros, si llevamos a la práctica lo que escuchamos y cantamos. Porque
cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica
lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara. Empiezo diciendo esto, porque
quisiera exhortaros a que no vengáis nunca a la iglesia de manera infructuosa, limitándoos
sólo a escuchar lo que allí se dice, pero sin llevarlo a la práctica. Porque, como dice el
Apóstol, estáis salvados por su gracia, pues no se debe a las obras, para que nadie pueda
presumir. No ha precedido, en efecto, de parte nuestra una vida santa, cuyas acciones
Dios haya podido admirar, diciendo por ello: "Vayamos al encuentro y premiemos a estos
hombres, porque la santidad de su vida lo merece". A Dios le desagradaba nuestra vida, le
desagradaban nuestras obras; le agradaba, en cambio, lo que él había realizado en
nosotros. Por ello, en nosotros, condenó lo que nosotros habíamos realizado y salvó lo que
él había obrado.
Nosotros, por tanto, no éramos buenos. Y, con todo, él se compadeció de nosotros y
nos envió a su Hijo a fin de que muriera, no por los buenos, sino por los malos; no por los
justos, sino por los impíos. Dice, en efecto, la Escritura: Cristo murió por los impíos. Y
¿qué se dice a continuación? Apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de
bien tal vez se atrevería uno a morir. Es posible, en efecto, encontrar quizás alguno que se
atreva a morir por un hombre de bien; pero por un inicuo, por un malhechor, por un
pecador; ¿quién querrá entregar su vida, a no ser Cristo, que fue justo hasta tal punto que
justificó incluso a los que eran injustos?
Ninguna obra buena habíamos realizado, hermanos míos; todas nuestras acciones eran
malas. Pero, a pesar de ser malas las obras de los hombres, la misericordia de Dios no
abandonó a los humanos. Y Dios envió a su Hijo para que nos rescatara, no con oro o
plata, sino a precio de su sangre, la sangre de aquel Cordero sin mancha, llevado al
matadero por el bien de los corderos manchados, si es que debe decirse simplemente
manchados y no totalmente corrompidos. Tal ha sido, pues, la gracia que hemos recibido.
Vivamos, por tanto, dignamente, ayudados por la gracia que hemos recibido y no
hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado. Un médico extraordinario ha
venido hasta nosotros, y todos nuestros pecados han sido perdonados. Si volvemos a
enfermar, no sólo nos dañaremos a nosotros mismos, sino que seremos además ingratos
para con nuestro médico.
Sigamos, pues, las sendas que él nos indica e imitemos en particular, su humildad,
aquella humildad por la que él se rebajó a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de
humildad nos la ha enseñado él con sus palabras y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo
por ella, muriendo por nosotros. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal,
la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Así el que era inmortal se revistió de
mortalidad para poder morir por nosotros y destruir nuestra muerte con su muerte.
Esto fue lo que hizo el Señor, éste el don que nos otorgó: Siendo grande, se humilló;
humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no
quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la
resurrección de los muertos, los que, ya desde ahora, hemos resucitado por la fe y por la
confesión de su nombre. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la
seguimos, confesaremos al Señor y, con toda razón, le daremos gracias, diciendo: Te
damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocando tu nombre.
R. Te alabaré de todo corazón, Dios mío, daré gloria a tu nombre por siempre; * por tu
gran piedad para conmigo.
V. Tú eres mi Dios, yo te doy gracias; Dios mío, a ti dirijo mi alabanza.
R. Por tu gran piedad para conmigo.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor
de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en
nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.