El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 18 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: El Señor es bueno, bendecid su nombre.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!
Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.
Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.
Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.
Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.
Antífona 1: Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó. (T. P. Aleluya).
Salmo 77, 1-39
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros (1 Cor 10, 6).
I
Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclina el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado.
Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
no lo ocultaremos a sus hijos,
lo contaremos a la futura generación:
las alabanzas del Señor, su poder,
las maravillas que realizó;
porque él estableció una norma para Jacob,
dio una ley a Israel.
Él mandó a nuestros padres
que lo enseñaran a sus hijos,
para que lo supiera la generación siguiente;
los hijos que nacieran después.
Que surjan y lo cuenten a sus hijos,
para que pongan en Dios su confianza
y no olviden las acciones de Dios,
sino que guarden sus mandamientos;
para que no imiten a sus padres,
generación rebelde y pertinaz;
generación de corazón inconstante,
de espíritu infiel a Dios.
Los arqueros de la tribu de Efraín
volvieron la espalda en la batalla;
no guardaron la alianza de Dios,
se negaron a seguir su ley,
echando en olvido sus acciones,
las maravillas que les había mostrado,
cuando hizo portentos a vista de sus padres,
en el país de Egipto, en el campo de Soán:
hendió el mar para darles paso,
sujetando las aguas como muros;
los guiaba de día con una nube,
de noche con el resplandor del fuego;
hendió la roca en el desierto,
y les dio a beber raudales de agua;
sacó arroyos de la peña,
hizo correr las aguas como ríos.
Antífona 2: Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía. (T. P. Aleluya).
II
Pero ellos volvieron a pecar contra él,
y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo:
tentaron a Dios en sus corazones,
pidiendo una comida a su gusto;
hablaron contra Dios: "¿podrá Dios
preparar una mesa en el desierto?
Él hirió la roca, brotó agua
y desbordaron los torrentes;
pero ¿podrá también darnos pan,
proveer de carne a su pueblo?"
Lo oyó el Señor, y se indignó;
un fuego se encendió contra Jacob,
hervía su cólera contra Israel,
porque no tenían fe en Dios
ni confiaban en su auxilio.
Pero dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos maná,
les dio un trigo celeste;
y el hombre comió pan de ángeles,
les mandó provisiones hasta la hartura.
Hizo soplar desde el cielo el levante,
y dirigió con su fuerza el viento sur;
hizo llover carne como una polvareda,
y volátiles como arena del mar;
los hizo caer en mitad del campamento,
alrededor de sus tiendas.
Ellos comieron y se hartaron,
así satisfizo su avidez;
pero, con la avidez recién saciada,
con la comida aún en la boca,
la ira de Dios hirvió contra ellos:
mató a los más robustos,
doblegó a la flor de Israel.
Antífona 3: Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor. (T. P. Aleluya).
III
Y, con todo, volvieron a pecar,
y no dieron fe a sus milagros:
entonces consumió sus días en un soplo,
sus años en un momento;
y, cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo su redentor.
Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza.
Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor;
acordándose de que eran de carne,
un aliento fugaz que no torna.
Del libro del profeta Baruc 1, 14-2, 5; 3, 1-8
SÚPLICA DEL PUEBLO ARREPENTIDO
En aquellos días, los desterrados que habitaban en Babilonia enviaron a decir al pueblo
que se encontraba en Jerusalén:
«Leed este libro (de Baruc) que os enviamos para que se haga confesión en la casa del
Señor, el día de la fiesta (de los Tabernáculos) y los días de la asamblea. Diréis:
"Al Señor, Dios nuestro, la justicia, a nosotros en cambio la confusión del rostro, como
sucede en este día; a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén, a nuestros
reyes, a nuestros príncipes, a nuestros sacerdotes, a nuestros profetas y a nuestros
padres. Porque hemos pecado ante el Señor, lo hemos desobedecido y no hemos
escuchado la voz del Señor, Dios nuestro, siguiendo las órdenes que el Señor nos había
puesto delante.
Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres del país de Egipto hasta el día de
hoy hemos sido indóciles al Señor, Dios nuestro, y hemos descuidado oír su voz. Por esto
se nos han pegado los males y la maldición que el Señor conminó a su siervo Moisés el día
que sacó a nuestros padres del país de Egipto para darnos una tierra que mana leche y
miel: y esto es lo que nos pasa hoy. Nosotros no hemos escuchado la voz del Señor, Dios
nuestro, de acuerdo con todas las palabras de los profetas que nos ha enviado, sino que
hemos ido, cada uno de nosotros según el capricho de su perverso corazón, a servir a
dioses extraños, a hacer lo malo a los ojos del Señor, Dios nuestro.
Por eso el Señor, Dios nuestro, ha cumplido la palabra que había pronunciado contra
nosotros, contra nuestros jueces que juzgaron a Israel, contra nuestros reyes y nuestros
príncipes, contra los habitantes de Israel y de Judá. Jamás se hizo debajo del cielo entero
nada semejante a lo que hizo él en Jerusalén, conforme está escrito en la ley de Moisés,
hasta el punto de que llegamos a comer uno la carne de su propio hijo, otro la carne de su
propia hija. Y los entregó el Señor en poder de todos los reinos de nuestro alrededor para
que fuesen objeto de oprobio y maldición entre todos los pueblos circundantes donde el
Señor los dispersó. Hemos pasado a estar debajo y no encima, por haber pecado contra el
Señor, Dios nuestro, no escuchando su voz.
Oh Señor omnipotente, Dios de Israel, mi alma angustiada, mi espíritu abatido es el
que clama a ti. Escucha, Señor, ten piedad, porque hemos pecado ante ti. Pues tú te
sientas en tu trono eternamente; mas nosotros por siempre perecemos. Señor
omnipotente, Dios de Israel, escucha la oración de los muertos de Israel, de los hijos de
aquellos que pecaron contra ti: no escucharon ellos la voz del Señor, su Dios, y por eso se
han pegado a nosotros estos males.
No te acuerdes de las iniquidades de nuestros padres, sino acuérdate de tu mano y de
tu nombre en esta hora. Pues eres el Señor, Dios nuestro, y nosotros queremos alabarte,
Señor. Para eso pusiste tu temor en nuestros corazones, para que invocáramos tu nombre.
Queremos alabarte en nuestro destierro, porque hemos apartado de nuestro corazón toda
la iniquidad de nuestros padres, que pecaron ante ti, y aquí estamos todavía en nuestro
destierro, donde tú nos dispersaste, para que fuésemos oprobio, maldición, condenación
por todas las iniquidades de nuestros padres que se apartaron del Señor, Dios nuestro."»
R. Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, * aun cuando
estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo.
V. Hemos pecado, hemos sido impíos, hemos cometido injusticia contra nuestro Dios,
faltando a todos sus decretos.
R. Aun cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo.
Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores
(Sermón 46,10-I 1: CCL. 41, 536-538)
PREPÁRATE PARA LAS PRUEBAS
Ya habéis oído lo que los malos pastores aman. Ved ahora lo que descuidan. No
fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas, es decir, a las
que sufren; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas; y maltratáis
brutalmente a las fuertes, destrozándolas y llevándolas a la muerte. Decir que una oveja
ha enfermado quiere significar que su corazón es débil de tal manera que puede ceder
ante las tentaciones en cuanto sobrevengan y la sorprendan desprevenida.
El pastor negligente, cuando recibe en la fe a alguna de estas ovejas débiles, no le dice:
Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el
corazón firme, sé valiente. Porque quien dice tales cosas, ya está confortando al débil, ya
está fortaleciéndole, de forma que, al abrazar la fe, dejará de esperar en las prosperidades
de este siglo. Ya que, si se le induce a esperar en la prosperidad, esta misma prosperidad
será la que le corrompa; y, cuando sobrevengan las adversidades, lo derribarán y hasta
acabarán con él.
Así, pues, el que de esa manera lo edifica, no lo edifica sobre piedra, sino sobre arena.
Y la roca era Cristo. Los cristianos tienen que imitar los sufrimientos de Cristo, y no tratar
de alcanzar los placeres. Se conforta a un pusilánime cuando se le dice: "Aguarda las
tentaciones de este siglo, que de todas ellas te librará el Señor, si tu corazón no se aparta
lejos de él. Porque precisamente para fortalecer tu corazón vino él a sufrir, vino él a morir,
a ser escupido y coronado de espinas, a escuchar oprobios, a ser, por último, clavado en
una cruz. Todo esto lo hizo él por ti, mientras que tú no has sido capaz de hacer nada, no
ya por él, sino por ti mismo."
¿Y cómo definir a los que, por temor de escandalizar a aquellos a los que se dirigen, no
sólo no los preparan para las tentaciones inminentes, sino que incluso les prometen la
felicidad en este mundo, siendo así que Dios mismo no la prometió? Dios predice al mismo
mundo que vendrán sobre él trabajos y más trabajos hasta el final, ¿y quieres tú que el
cristiano se vea libre de ellos? Precisamente por ser cristiano tendrá que pasar más
trabajos en este mundo.
Lo dice el Apóstol: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será
perseguido. Y tú, pastor que tratas de buscar tu interés en vez del de Cristo, por más que
aquél diga: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido, tú
insistes en decir: "Si vives piadosamente en Cristo, abundarás en toda clase de bienes. Y,
si no tienes hijos, los engendrarás y sacarás adelante a todos, y ninguno se te
morirá." ¿Es ésta tu manera de edificar? Mira lo que haces, y dónde construyes. Aquel a
quien tú levantas está sobre arena. Cuando vengan las lluvias y los aguaceros, cuando
sople el viento harán fuerza sobre su casa, se derrumbará, y su ruina será total.
Sácalo de la arena, ponlo sobre la roca; aquel que tú deseas que sea cristiano, que se
apoye en Cristo. Que piense en los inmerecidos tormentos de Cristo, que piense en Cristo,
pagando sin pecado lo que otros cometieron, que escuche la Escritura que le dice: El
Señor castiga a sus hijos preferidos. Que se prepare a ser castigado, o que renuncie a ser
hijo preferido.
R. Así como hemos sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio, así lo
predicamos.* No buscamos agradar a los hombres, sino a Dios.
V. Nuestra exhortación no procede del error, ni de la impureza, ni con engaño.
R. No buscamos agradar a los hombres, sino a Dios.
Oremos:
Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos, y para que sintamos el efecto de
tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.