Oficio de Lectura - SÁBADO XI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 20 de junio de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. (T. P. Aleluya).

Salmo 106

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo (Hech 10, 36).

I

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.
Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.
Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Antífona 2: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. (T. P. Aleluya).

II

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.
Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Antífona 3: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor. (T. P. Aleluya).

III

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.
Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.
Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.
Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.
Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Zacarías 2, 1-13

VISIONES DEL PROFETA. EXHORTACIÓN A LOS DESTERRADOS

Alcé los ojos y vi un hombre con un cordel de medir. Pregunté:
«¿A dónde vas?»
Él me contestó:
«A medir a Jerusalén, para comprobar su anchura y longitud.»
Entonces, salió el ángel que hablaba conmigo, y otro ángel le vino al encuentro,
diciendo:
«Corre y di a aquel joven: "Jerusalén será ciudad abierta, por la multitud de hombres y
ganados que hay dentro de ella; yo seré para ella -oráculo del Señor-una muralla de
fuego en torno, y gloria dentro de ella."»
¡Ay, ay!, huid del país septentrional -oráculo del Señor-, porque os dispersaré a los
cuatro vientos -oráculo del Señor-. ¡Ay, Sión, que habitas en Babilonia: sálvate! Así dice el
Señor de los ejércitos, el que me ha enviado a los pueblos que os saqueaban: El que os
toca me toca la niña de los ojos. Yo levantaré mi mano contra ellos: serán botín de sus
esclavos; y comprenderéis que me ha enviado el Señor de los ejércitos.
¡Alégrate y goza, hija de Sión!, que yo vengo a habitar dentro de ti -oráculo del Señor-
Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío. Habitaré en medio de
ti, y comprenderás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti. El Señor tomará

posesión de Judá sobre la tierra santa, y elegirá de nuevo a Jerusalén. ¡Calle toda carne
ante el Señor, cuando se levanta de su santa morada!

Responsorio Za 2, 10-11

R. ¡Alégrate y goza, hija de Sión!, * que yo vengo a habitar dentro de ti.
V. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío.
R. Que yo vengo a habitar dentro de ti.

Segunda Lectura

Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre el Padrenuestro
(Caps. 28-30: CSEL 3, 287-289)

HAY QUE ORAR NO SÓLO CON PALABRAS, SINO TAMBIÉN CON HECHOS

No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su
magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya
había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías, cuando, lleno de Espíritu Santo,
habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba y abrevia en
justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el orbe de la tierra. En efecto, cuando
vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a
todos, sabios e ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el
camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para
no sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que
aprendiesen con facilidad lo elemental de la fe cristiana.
Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de esta vida enestas palabras tan breves y llenas de divina grandiosidad: Ésta es la vida eterna: que te
conozcan a ti; único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Asimismo, al discernir los
primeros y más importantes mandamientos de la ley y los profetas, dice: Escucha, Israel;
el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,
con toda tu alma, con todo tu ser. Éste es el primero. El segundo es semejante a él:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y
los profetas. Y también: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto
consiste la ley y los profetas.
Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que
él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser
nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado
para orar; y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.
El Señor, cuando oraba, no pedía por sí mismo -¿qué podía pedir por sí mismo, si él era
inocente?-, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que dirige a
Pedro: Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para
que tu fe no se apague. Y luego ruega al Padre por todos, diciendo: No sólo por ellos
ruego, sino también por los que crean en mi por la palabra de ellos, para que todos sean
uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros.
Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con
redimirnos con su sangre, ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el deseo
de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son una misma cosa,
así también nosotros imitemos esta unidad.

Responsorio Sal 24, 1-2. 5

R. A ti, Señor, levanto mi alma; * Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado.

V. Haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día
te estoy esperando.
R. Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado.

Oración

Oremos:

Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el
hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus
mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

Apps - Android - iPhone - iPad