El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 5 de julio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN ANTONIO MARÍA ZACCARÍA, PERESBÍTERO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Pueblo del Señor, rebaño que él guía, venid, adorémosle. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Antífona 1: 1. Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.
Salmo 103
HIMNO AL DIOS CREADOR
El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado (2 Co 5, 17).
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Antífona 2: El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Antífona 3: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.
III
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Comienza el libro de los Proverbios 1, 1-7. 20-33
EXHORTACIÓN PARA IR TRAS LA SABIDURÍA
Proverbios de Salomón, hijo de David y rey de Israel: Para aprender sabiduría y
doctrina, para comprender las sentencias prudentes, para adquirir disciplina y sensatez,
justicia, equidad y rectitud, para enseñar sagacidad al inexperto, ciencia y reflexión al
joven. Que escuche el sabio y aumentará su ciencia, y el prudente adquirirá destreza para
entender proverbios y dichos, sentencias y enigmas.
El temor del Señor es el principio de la sabiduría. Los necios desprecian el saber y la
instrucción.
La Sabiduría pregona por las calles, levanta su voz en las plazas, grita desde las
almenas de la muralla y anuncia en las puertas de la ciudad:
«¿Hasta cuándo, inexpertos, seguiréis amando vuestra inexperiencia? ¿Hasta cuándo,
insolentes, os empeñaréis en la arrogancia? Y vosotros, insensatos, ¿hasta cuándo
seguiréis odiando el saber? Volveos a escuchar mi reprensión; yo os abriré mi corazón, os
comunicaré mis palabras:
“Yo os llamé y rehusasteis venir, extendí mi mano y no hicisteis caso, rechazasteis mis
consejos, no aceptasteis mi reprensión; por eso me reiré de vuestra desgracia, me burlaré
cuando os llegue el terror, cuando os llegue como tormenta el espanto, cuando os alcance
como torbellino la desgracia, cuando os lleguen la angustia y la aflicción.”
Entonces llamarán y no les responderé, me buscarán y no me encontrarán, comerán el
fruto de su conducta y se hartarán de sus propios planes, porque aborrecieron el saber y
no iban tras el temor del Señor, porque no aceptaron mis consejos y rechazaron mis
reprensiones.
Su rebelión insensata los llevará a la muerte, su necia despreocupación acabará con
ellos. En cambio, el que me obedece vivirá tranquilo y seguro, sin temer ningún mal.»
R. No os tengáis por sabios; el que crea ser sabio entre vosotros, según los principios de
este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio; * pues la sabiduría de este mundo es
necedad ante Dios.
V. Nosotros predicamos a Cristo crucificado: fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
R. Pues la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios.
De los sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 19, 2-3: CCL 41, 252-254)
MI SACRIFICIO ES UN ESPÍRITU QUEBRANTADO
Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No
tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que
atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres
sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los
de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no
poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así
como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco
mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados
ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa,
sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente
puede atreverse a pedir perdón.
¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te
sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen: si te
ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio?
¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna oblación? ¿Qué dice el salmo? Los
sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y
verás que dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y
humillado, tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es
lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su
sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios.
Si te ofreciera un holocausto -dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos,
¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; uncorazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de
ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas
tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo
que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también
el salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro,
hay que quebrantar antes el impuro.
Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a
Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en
nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de
Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor.
R. Mis pecados, Señor, se han clavado en mí como saetas; pero antes de que en mí
produzcan llagas, * sáname, Señor, con el remedio de la penitencia.
V. Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.
R. Sáname, Señor, con el remedio de la penitencia.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída,
concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido liberados de la
esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.