El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 9 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Antífona 1: La misericordia y fidelidad te preceden, Señor. (T. P. Aleluya).
Salmo 88, 2-38
LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR SOBRE LA CASA DE DAVID
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús (Hech 13, 22-23).
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad".
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
"te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades".
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
Antífona 2: El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David. (T. P. Aleluya).
II
Un día hablaste en visión a tus amigos:
"He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
Él me invocará: "Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora";
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo".
Antífona 3: Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo». (T. P. Aleluya).
III
"Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
"Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo".
De la segunda carta del apóstol san Pedro 2, 9-22
REPROBACIÓN DE LOS CORROMPIDOS Y ENGAÑADORES
Hermanos: El Señor sabe librar de la prueba a los hombres justos y reserva a los
malvados para castigarlos en el día del juicio. Sobre todo castigará a los que, por deseos
impuros, andan tras la carne y desprecian la soberanía del Señor.
Son osados, pagados de sí mismos, no temen insultar a los seres gloriosos, cuando ni
los mismos ángeles superiores en fuerza y poder, se atreven a pronunciar en el tribunal de
Dios ninguna acusación injuriosa contra tales seres gloriosos. Estos hombres, por el
contrario, son como animales desprovistos de razón para ser capturados y destruidos.
Vituperan cosas que no entienden; serán destruidos igual que los animales sufriendo así el
castigo merecido por su iniquidad.
Se complacen en entregarse desvergonzadamente al libertinaje en pleno día, ¡hombres
corrompidos e inmundos!, y se gozan en engañaros mientras están con vosotros en las
comidas comunitarias. Brillan sus ojos de pasión por la adúltera y no se hartan de pecado,
seducen a las almas vacilantes, tienen entregado el corazón a la avaricia, son hijos de
maldición. Abandonando el camino recto, se extraviaron y siguieron la senda de Balaam,
hijo de Beor, que prefirió la iniquidad de la recompensa, pero recibió una reprensión por
su maldad, pues una muda bestia de carga, expresándose en palabras humanas, reprimió
la insensatez del profeta.
Éstos son fuentes sin agua, nubes empujadas por el huracán: para ellos está reservada
la oscuridad de las tinieblas. Pronunciando discursos ampulosos y sin sustancia, seducen a
la concupiscencia de la carne y al libertinaje a los que apenas se habían escapado de los
que viven en el error. Les prometen la libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la
corrupción, porque cada cual es esclavo del que lo ha vencido.
Si, después de haber huido de las torpezas del mundo mediante el perfecto
conocimiento del Señor y Salvador, Jesucristo, vuelven a enredarse en ellas y se dejan
dominar, su situación última será peor que la primera. Mejor les fuera no haber conocido
el camino del bien que, después de haberlo conocido, abandonar la doctrina del Señor que
les fue comunicada. En ellos se cumple exactamente lo que dice el proverbio: «Volvióse el
perro a su propio vómito.» Y también: «Lavóse la puerca para revolcarse en el lodo.»
R. Tomad en consideración todo lo que es verdadero, noble y puro; *seguid practicando
esto, y el Dios de la paz estará con vosotros.
V. Estad en vela y manteneos firmes en la fe, portaos varonilmente y con toda fortaleza.
R. Seguid practicando esto, y el Dios de la paz estará con vosotros.
De los sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 5 sobre diversas materias, 4-5: Opera omnia, edición cisterciense, 6,1 [1970] 103-104)
SOBRE LOS GRADOS DE LA CONTEMPLACIÓN
Vigilemos en pie, apoyándonos con todas nuestras fuerzas en la roca firmísima que es
Cristo, como está escrito: Afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos. Apoyados y
afianzados en esta forma, veamos qué nos dice y qué decimos a quien nos pone
objeciones.
Amadísimos hermanos, éste es el primer grado de la contemplación: pensar
constantemente qué es lo que quiere el Señor, qué es lo que le agrada, qué es lo que
resulta aceptable en su presencia. Y, pues todos faltamos a menudo, y nuestro orgullo
choca contra la rectitud de la voluntad del Señor, y no puede aceptarla ni ponerse de
acuerdo con ella, humillémonos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y esforcémonos
en poner nuestra miseria a la vista de su misericordia, con estas palabras: Sáname, Señor,
y quedaré sano; sálvame y quedaré a salvo. Y también aquellas otras: Señor, ten
misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.
Una vez que se ha purificado la mirada de nuestra alma con esas consideraciones, ya
no nos ocupamos con amargura en nuestro propio espíritu, sino en el espíritu divino, y ello
con gran deleite. Y ya no andamos pensando cuál sea la voluntad de Dios respecto a
nosotros, sino cuál sea en sí misma.
Y, ya que la vida está en la voluntad del Señor, indudablemente lo más provechoso y útil
para nosotros será lo que está en conformidad con la voluntad del Señor. Por eso, si nos
proponemos de verdad conservar la vida de nuestra alma, hemos de poner también
verdadero empeño en no apartarnos lo más mínimo de la voluntad divina.
Conforme vayamos avanzando en la vida espiritual, siguiendo los impulsos del Espíritu,
que ahonda en lo más íntimo de Dios, pensemos en la dulzura del Señor, qué bueno es en
sí mismo. Pidamos también, con el salmista, gozar de la dulzura del Señor, contemplando,
no nuestro propio corazón, sino su templo, diciendo con el mismo salmista: Cuando mi
alma se acongoja, te recuerdo.
En estos dos grados está todo el resumen de nuestra vida espiritual: Que la propia
consideración ponga quietud y tristeza en nuestra alma, para conducir a la salvación, y
que nos hallemos como en nuestro elemento en la consideración divina, para lograr el
verdadero consuelo en el gozo del Espíritu Santo. Por el primero, nos fundaremos en el
santo temor y en la verdadera humildad; por el segundo, nos abriremos a la esperanza y
al amor.
R. Nadie puede venir a mí, si no es atraído por el Padre, que me ha enviado. * Todo el que
escucha al Padre y se deja instruir por él viene a mí.
V. Está escrito en los profetas: «Todos tendrán por maestro al mismo Dios.»
R. Todo el que escucha al Padre y se deja instruir por él viene a mí.
Oremos:
Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos
siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la
libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.