El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 5 de octubre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Entremos a la presencia del Señor, dándole gracias.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.
Antífona 1: Vendrá el Señor y no callará. (T. P. Aleluya).
Salmo 49
EL VERDADERO CULTO A DIOS
No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud (Mt 5, 17).
I
El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.
Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra
para juzgar a su pueblo.
"Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio".
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.
Antífona 2: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza. (T. P. Aleluya).
II
"Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
—yo Dios, tu Dios—.
No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;
pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.
Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria".
Antífona 3: Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos. (T. P. Aleluya).
III
Dios dice al pecador:
"¿por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;
te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias,
ése me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios".
Del libro de Ben Sirá 2, 1-23
PACIENCIA EN LA TENTACIÓN
Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el
corazón firme, sé valiente, no te asustes en el momento de la prueba; pégate a él, no lo
abandones, y al final serás enaltecido. Acepta cuanto te suceda, aguanta enfermedad y
pobreza porque el oro se acrisola en el fuego, y el hombre que Dios ama, en el horno de
la pobreza. Confía en Dios, que él te ayudará; espera en él, y te allanará el camino.
Los que teméis al Señor, esperad en su misericordia, y no os apartéis, para no caer; los
que teméis al Señor, confiad en él, que no retendrá vuestro salario hasta mañana; los que
teméis al Señor, esperad bienes, gozo perpetuo y salvación. Fijaos en las generaciones
pretéritas: ¿quién confió en el Señor, y quedó defraudado?, ¿quién esperó en él, y quedó
abandonado?, ¿quién gritó a él, y no fue escuchado? Porque el Señor es clemente y
misericordioso, perdona el pecado y salva del peligro.
Ay del corazón cobarde, de las manos inertes; ay del hombre que va por dos caminos;
ay del corazón que no confía, porque no alcanzará protección; ay de los que abandonáis la
esperanza, ¿qué haréis cuando venga a tomar cuentas el Señor?
Los que temen al Señor no desobedecen sus palabras; los que lo aman siguen sus
caminos. Los que temen ofenderlo buscan lo que es de su agrado; los que lo aman
cumplen la ley; los que temen al Señor disponen el corazón y se humillan delante de él.
Entreguémonos en manos de Dios y no en manos de hombre, pues como es su grandeza
así es su misericordia.
R. Los que teméis al Señor, confiad en él, y vuestros corazones se llenarán de luz; fijaos
en las generaciones pretéritas: * ¿quién confió en el Señor, y quedó defraudado?
V. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará.
R. ¿Quién confió en el Señor, y quedó defraudado?
Del tratado de san Ambrosio, obispo, sobre Caín y Abel
(Libro 1, 9, 34. 38-39: CSEL 32, 369. 371-372)
HAY QUE ORAR ESPECIALMENTE POR TODO EL CUERPO DE LA IGLESIA
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo. Alabar a Dios es lo
mismo que hacer votos y cumplirlos. Por eso, se nos dio a todos como modelo aquel
samaritano que, al verse curado de la lepra juntamente con los otros nueve leprosos que
obedecieron la palabra del Señor, volvió de nuevo al encuentro de Cristo y fue el único que
glorificó a Dios, dándole gracias. De él dijo Jesús: No ha vuelto más que este extranjero
para dar gloria a Dios. Y le dijo: "Levántate, vete: tu fe te ha salvado".
Con esto el Señor Jesús en su enseñanza divina te mostró, por una parte, la bondad de
Dios Padre y, por otra, te insinuó la conveniencia de orar con intensidad y frecuencia: te
mostró la bondad del Padre, haciéndote ver cómo se complace en darnos sus bienes, para
que con ello aprendas a pedir bienes al que es el mismo bien; te mostró la conveniencia
de orar con intensidad y frecuencia, no para que tú repitas sin cesar y mecánicamente
fórmulas de oración, sino para que adquieras el espíritu de orar asiduamente. Porque, con
frecuencia, las largas oraciones van acompañadas de vanagloria, y la oración
continuamente interrumpida tiene como compañera la desidia.
Luego te amonesta también el Señor a que pongas el máximo interés en perdonar a los
demás cuando tú pides perdón de tus propias culpas; con ello, tu oración se hace
recomendable por tus obras. El Apóstol afirma, además, que se ha de orar alejando
primero las controversias y la ira, para que así la oración se vea acompañada de la paz del
espíritu y no se entremezcle con sentimientos ajenos a la plegaria. Además, también se
nos enseña que conviene orar en todas partes: así lo afirma el Salvador, cuando dice,
hablando de la oración: Entra en tu aposento.
Pero, entiéndelo bien, no se trata de un aposento rodeado de paredes, en el cual tu
cuerpo se encuentra como encerrado, sino más bien de aquella habitación que hay en tu
mismo interior, en la cual habitan tus pensamientos y moran tus deseos. Este aposento
para la oración va contigo a todas partes, y en todo lugar donde te encuentres continúa
siendo un lugar secreto, cuyo solo y único árbitro es Dios.
Se te dice también que has de orar especialmente por el pueblo de Dios, es decir, por
todo el cuerpo, por todos los miembros de tu madre, la Iglesia, que viene a ser como un
sacramento del amor mutuo. Si sólo ruegas por ti, también tú serás el único que suplica
por ti. Y, si todos ruegan solamente por sí mismos, la gracia que obtendrá el pecador será,
sin duda, menor que la que obtendría del conjunto de los que interceden si éstos fueran
muchos. Pero si todos ruegan por todos, habrá que decir también que todos ruegan por
cada uno.
Concluyamos, por tanto, diciendo que, si oras solamente por ti, serás, como ya hemos
dicho, el único intercesor en favor tuyo. En cambio, si tú oras por todos, también la
oración de todos te aprovechará a ti, pues tú formas también parte del todo. De esta
manera, obtendrás una gran recompensa, pues la oración de cada miembro del pueblo se
enriquecerá con la oración de todos los demás miembros. En lo cual no existe ninguna
arrogancia, sino una mayor humildad y un fruto más abundante.
R. Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; * te invoco desde el confín de la
tierra.
V. Porque tú, ¡oh Dios!, escucharás mis deseos y me darás la heredad de los que veneran
tu nombre.
R. Te invoco desde el confín de la tierra.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que con la magnificencia de tu amor sobrepasas los
méritos y aun los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia,
para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no
nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.