El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 3 de agosto de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.
Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.
Salmo 30, 2-17. 20-25
SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
I
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.
Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).
II
Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).
III
¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.
Comienza el libro del profeta Joel 1, 1. 13 — 2, 11
ESTÁ CERCA EL DÍA DEL SEÑOR
Palabra del Señor que recibió Joel, hijo de Fatuel.
Vestíos de luto y haced duelo, sacerdotes; llorad, ministros del altar; venid a dormir en
esteras, ministros de mi Dios, porque faltan en el templo de vuestro Dios ofrenda y
libación. Proclamad el ayuno, congregad la asamblea, reunid a los ancianos y a todos los
habitantes de la tierra, en el templo del Señor, vuestro Dios, y clamad al Señor: «¡Ay de
este día! Porque está cerca el día del Señor, vendrá como azote del Todopoderoso.»
¿No ha faltado ante nuestros ojos el alimento, el gozo y la alegría del templo del Señor?
Se secaron las semillas bajo los terrones, quedaron devastados los silos, están vacíos los
graneros, porque la cosecha se ha perdido. ¡Cómo muge el ganado, está inquieta la
vacada, porque no tienen pastos, y el rebaño de ovejas perece! A ti, Señor, te invoco; el
fuego devora las dehesas, la llama consume los árboles del campo. Hasta las fieras rugen
a ti, porque están secas las acequias, y el fuego devora las dehesas.
Tocad la trompeta en Sión, gritad en mi monte santo, tiemblen los habitantes del país:
que viene, ya está cerca el día del Señor; día de oscuridad y tinieblas, día de nube y
nubarrón; como negrura extendida sobre los montes, una horda numerosa y espesa;
como ella, no la hubo jamás; después de ella, no se repetirá por muchas generaciones. En
su vanguardia el fuego devora, se agitan las llamas en su retaguardia; delante de ella la
tierra es un jardín, detrás de ella una estepa desolada; nada se salva. Su aspecto es de
caballos, de jinetes que galopan; su estruendo, de carros rebotando por los montes; como
crepitar de llama que consume la paja, como pueblo numeroso y aguerrido, ante el cual
tiemblan las naciones, con los rostros demudados.
Corren como soldados, como guerreros escalan la muralla; cada cual avanza en su
puesto, no se desordenan las filas; ninguno estorba a su camarada, cada cual avanza a su
objetivo; y, aunque caigan saetas, no se desbandan. Asaltan la ciudad, escalan los muros,
suben a las casas, entran como ladrones por las ventanas.
Ante ellos tiembla la tierra, se conmueven los cielos, el sol y la luna se oscurecen, las
estrellas retiran su resplandor. El Señor alza la voz delante de su ejército, porque son
muchos e innumerables sus campamentos y fuertes los que cumplen sus órdenes. Grande
es el día del Señor, terrible es, ¿quién lo resistirá?
R. Grande es el día del Señor, terrible es, ¿quién lo resistirá? * Pero ahora convertíos al
Señor, vuestro Dios, porque es compasivo y misericordioso.
V. Ha llegado el día grande de la ira del que está sentado en el trono y del Cordero: y
¿quién podrá resistir?
R. Pero ahora convertíos al Señor, vuestro Dios, porque es compasivo y misericordioso.
De la carta llamada de Bernabé
(Cap. 2, 6-10; 3,1,3; 4,10-14: Funk 1, 7-9. 13)
LA NUEVA LEY DE NUESTRO SEÑOR
Dios invalidó los sacrificios antiguos, para que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo,
que no está sometida al yugo de la necesidad, tenga una ofrenda no hecha por mano de
hombre. Por esto les dice también: Cuando saqué a vuestros padres de Egipto, no les
ordené ni les hablé de holocaustos y sacrificios; ésta fue la orden que les di: “Que nadie
maquine maldades contra su prójimo, y no améis los juramentos falsos”. Y, ya que no
somos insensatos, debemos comprender el designio de bondad de nuestro Padre. Él nos
habla para que no caigamos en el mismo error que ellos, cuando buscamos el camino para
acercarnos a él. Por esta razón, nos dice: Sacrificio para el Señor es un espíritu
quebrantado; olor de suavidad para el Señor es un corazón que glorifica al que lo ha
plasmado. Por tanto, hermanos, debemos preocuparnos con todo cuidado de nuestra
salvación, para que el Maligno seductor no se introduzca furtivamente entre nosotros y,
por el error, nos arroje, como una honda a la piedra, lejos de lo que es nuestra vida.
Acerca de esto afirma en otro lugar: ¿Para qué ayunáis —dice el Señor—, haciendo oír
hoy en el cielo vuestras voces? No es ése el ayuno que yo deseo —dice el Señor—, sino al
hombre que humilla su alma. A nosotros, en cambio, nos dice: El ayuno que yo quiero es
éste —oráculo del Señor—: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los
cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el
hambriento, vestir al que ves desnudo, hospedar a los pobres sin techo.
Huyamos de toda vanidad, odiemos profundamente las obras del mal camino; no viváis
aislados, replegados en vosotros mismos, como si ya estuvierais justificados, sino reuníos
para encontrar todos juntos lo que a todos conviene. Pues la Escritura afirma: ¡Ay de los
que se tienen por sabios y se creen perspicaces! Hagámonos hombres espirituales,
seamos un templo perfecto para Dios. En cuanto esté de nuestra parte, meditemos el
temor de Dios y esforcémonos por guardar sus mandamientos, a fin de alegrarnos en sus
justificaciones. El Señor juzgará al mundo sin parcialidad. Cada uno recibirá según sus
obras; el bueno será precedido de su justicia, el malo tendrá ante sí el salario de su
iniquidad. No nos abandonemos al descanso, bajo el pretexto de que hemos sido
llamados, no vaya a suceder que nos durmamos en nuestros pecados y el Príncipe de la
maldad consiga poder sobre nosotros y nos arroje lejos del reino del Señor.
Además, hermanos, debemos considerar también este hecho: si, después de tantos
signos y prodigios como fueron realizados en Israel, los veis ahora abandonados, estemos
vigilantes para que no nos suceda a nosotros también lo que afirma la Escritura: Muchos
son los llamados y pocos los elegidos.
R. La ley fue nuestro ayo para llevarnos a Cristo, a fin de ser justificados por la fe. * Pero
una vez llegada la era de la fe, no estamos más bajo la potestad del ayo.
V. Antes de venir la economía de la fe, estábamos encerrados bajo la custodia de la ley, en
espera de la fe que había de revelarse.
R. Pero una vez llegada la era de la fe, no estamos más bajo la potestad del ayo.
Oremos:
Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te
suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como
creador y como guía. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.