Oficio de Lectura - LUNES XI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 15 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SANTA MARÍA MICAELA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entremos a la presencia del Señor, dándole gracias.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Vendrá el Señor y no callará. (T. P. Aleluya).

Salmo 49

EL VERDADERO CULTO A DIOS

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud (Mt 5, 17).

I

El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.
Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra
para juzgar a su pueblo.
"Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio".
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.

Antífona 2: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza. (T. P. Aleluya).

II

"Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
—yo Dios, tu Dios—.
No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;
pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.
Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria".

Antífona 3: Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos. (T. P. Aleluya).

III

Dios dice al pecador:
"¿por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;
te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias,
ése me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios".

Lecturas

Primera Lectura

Comienza el libro de Esdras 1, 1-8; 2, 68-3, 8

LIBERACIÓN DEL PUEBLO Y RETORNO DE LOS DESTERRADOS. RESTAURACIÓN DEL

CULTO
El año primero de Ciro, rey de Persia, el Señor, para cumplir lo que había anunciado por
boca de Jeremías movió a Ciro de Persia a promulgar de palabra y por escrito en todo su
reino:
«Ciro, rey de Persia, decreta: El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos
de la tierra y me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Los que entre
vosotros pertenezcan a ese Pueblo, que su Dios los acompañe y suban a Jerusalén de
Judá para reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que habita en Jerusalén.
Y a todos los supervivientes, dondequiera que residan, la gente del lugar les proporcionará
plata, oro, hacienda y ganado, además de las ofrendas voluntarias para el templo del Dios
de Jerusalén.»
Entonces, todos los que se sintieron movidos por Dios -cabezas de familia de Judá y
Benjamín, sacerdotes y levitas-se pusieron en marcha y subieron a reedificar el templo de
Jerusalén. Sus vecinos les proporcionaron de todo: plata, oro , hacienda, ganado y otros
muchos regalos, además de las ofrendas voluntarias.

El rey Ciro mandó sacar los utensilios del templo que Nabucodonosor se había llevado
de Jerusalén para colocarlos en el templo de su dios. Ciro de Persia los consignó al
tesorero Mitrídates, que los contó delante de Sesbasar, príncipe de Judá.
Cuando llegaron al templo de Jerusalén, algunos cabezas de familia hicieron donativos
para que se reconstruyese en su mismo sitio. De acuerdo con sus posibilidades,
entregaron al fondo del culto sesenta y una mil dracmas de oro, cinco mil minas de plata y
cien túnicas sacerdotales.
Los sacerdotes, los levitas y parte del pueblo se establecieron en Jerusalén; los
cantores, los porteros y los donados, en sus pueblos; y el resto de Israel, en los suyos.
Los israelitas se encontraban ya en sus poblaciones cuando, al llegar el séptimo mes, se
reunieron todos a una en Jerusalén. Entonces Josué, hijo de Josadac, con sus parientes
los sacerdotes, y Zorobabel, hijo de Salatiel, con sus parientes, se pusieron a construir el
altar del Dios de Israel para ofrecer en él holocaustos, como manda la ley de Moisés,
hombre de Dios. Levantaron el altar en su antiguo sitio -aunque intimidados por los
colonos extranjeros-y ofrecieron en él al Señor los holocaustos matutinos y vespertinos.
Celebraron la fiesta de los Tabernáculos como está mandado, ofreciendo holocaustos
según el número y el ritual de cada día; y siguieron ofreciendo el holocausto diario, el de
principios de mes, el de las solemnidades dedicadas al Señor y los ofrecidos
voluntariamente al Señor.
El día primero del séptimo mes, comenzaron a ofrecer holocaustos al Señor. Pero aún
no se habían echado los cimientos del templo. Entonces, de acuerdo con lo autorizado por
Ciro de Persia, contrataron canteros y carpinteros, y dieron a los sidonios y tirios
alimentos, bebidas y aceite para que enviasen a Jafa, por vía marítima, madera de cedro
del Líbano.
A los dos años de haber llegado al templo de Jerusalén, el segundo mes, Zorobabel,
hijo de Salatiel, Josué, hijo de Josadac, sus demás parientes sacerdotes y levitas, y todos
los que habían vuelto a Jerusalén del cautiverio comenzaron la obra del templo, poniendo
al frente de ella a los levitas mayores de veinte años.

Responsorio Is 48, 20; 40, 1

R. Proclamadlo, publicadlo hasta el confín de la tierra, decid: * «El Señor ha rescatado a
su siervo Jacob.»
V. «Consolad, consolad a mi pueblo», dice vuestro Dios.
R. El Señor ha rescatado a su siervo Jacob.

Segunda Lectura

Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre el Padrenuestro
(Caps. 8-9: CSEL. 3, 271-272)

NUESTRA ORACIÓN ES PÚBLICA Y COMÚN

Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una
oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No
decimos: "Padre mío, que estás en los cielos", ni: "El pan mío dámelo hoy", ni pedimos el
perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en
particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es
pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo,
ya que todo el pueblo somos como uno solo.
El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que
orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su
persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en

su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la
sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que
debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice-los tres, al unísono, cantaban himnos
y bendecían a Dios. Oraban los tres al unísono, y eso que Cristo aún no les había
enseñado a orar.
Por eso, fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y
sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con
los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura-se
dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre
de Jesús, y con sus hermanos. Se dedicaban a la oración en común, manifestando con
esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa,
sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.
¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios
que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual!
Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos
de pedir en nuestras oraciones. Vosotros -dice el Señor-rezad así: "Padre nuestro, que
estás en los cielos."
El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer
lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa -dice el
Evangelio-y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser
hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado
a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición
de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos.

Responsorio Sal, 23; 56, 10

R. Contaré tu fama a mis hermanos, * en medio de la asamblea te alabaré.
V. Te daré gracias ante los pueblos, Señor; tocaré para ti ante las naciones.
R. En medio de la asamblea te alabaré.

Oración

Oremos:

Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el
hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus
mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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