El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 28 de enero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Antífona 1: La misericordia y fidelidad te preceden, Señor. (T. P. Aleluya).
Salmo 88, 2-38
LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR SOBRE LA CASA DE DAVID
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús (Hech 13, 22-23).
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad".
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
"te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades".
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
Antífona 2: El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David. (T. P. Aleluya).
II
Un día hablaste en visión a tus amigos:
"He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
Él me invocará: "Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora";
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo".
Antífona 3: Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo». (T. P. Aleluya).
III
"Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
"Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo".
Del libro del Génesis 22, 1-19
ISAAC ES OFRECIDO EN SACRIFICIO
En aquellos días, Dios puso a prueba a Abraham y le dijo:
«¡Abraham, Abraham!»
Él respondió:
«Heme aquí.»
Díjole:
«Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en
holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.»
Levantóse, pues, Abraham de madrugada, aparejó su asno y tomó consigo a dos mozos
y a su hijo Isaac. Partió la leña del holocausto y se puso en marcha hacia el lugar que le
había dicho Dios. Al tercer día levantó Abraham los ojos y vio el lugar desde lejos.
Entonces dijo Abraham a sus mozos:
«Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allí, haremos adoración y
volveremos donde vosotros.»
Tomó Abraham la leña del holocausto, la cargó sobre su hijo Isaac, tomó en su mano el
fuego y el cuchillo, y se fueron los dos juntos. Dijo Isaac a su padre Abraham:
«¡Padre!»
Respondió:
«¿qué hay, hijo?»
Dijo:
«Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?»
Dijo Abraham:
«Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.»
Y siguieron andando los dos juntos. Llegados al lugar que le había dicho Dios,
construyó allí Abraham el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso
sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar asu hijo. Entonces le llamó el Ángel del Señor desde los cielos diciendo:
«¡Abraham, Abraham!»
Él dijo:
«Heme aquí.»
Dijo el Ángel:
«No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres
temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único.»
Levantó Abraham los ojos, miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos.
Fue Abraham, tomó el carnero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo. Abraham
llamó a aquel lugar «el Señor provee», de donde se dice hoy en día: «En el monte "elSeñor provee"» El Ángel del Señor llamó a Abraham por segunda vez desde los cielos, y
dijo:
«Por mí mismo juro, oráculo del Señor, que por haber hecho esto, por no haberme
negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu
descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu
descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las
naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz.»
Volvió Abraham al lado de sus mozos, y emprendieron la marcha juntos hacia Berseba.
Y Abraham se quedó en Berseba.
R. Por la fe, puesto a prueba, ofreció Abraham. a Isaac; y ofrecía a su unigénito, a aquel
que era el depositario de las promesas; * concluyó de todo ello que Dios podía resucitarlo
de entre los muertos.
V. Creyó en aquel que da vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no es.
R. Concluyó de todo ello que Dios podía resucitarlo de entre los muertos.
De los sermones de san Bernardo, abad, sobre el libro del Cantar de los cantares
(Sermón 61, 3-5: Opera omnia, edición cisterciense, 2, 1958, 150-151)
SI CRECIÓ EL PECADO, MÁS DESBORDANTE FUE LA GRACIA
¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las
llagas del Salvador? En ellas habito con seguridad, sabiendo que él puede salvarme. Grita
el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo me pone asechanzas, pero yo no caigo, porque
estoy cimentado sobre piedra firme. Si cometo un gran pecado, me remorderá mi
conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en
efecto, fue traspasado por nuestras rebeliones. ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido
destruido por la muerte de Cristo? Por esto, si me acuerdo que tengo a mano un remedio
tan poderoso y eficaz, ya no me atemoriza ninguna dolencia, por maligna que sea.
Por esto, no tenía razón aquel que dijo: Mi culpa es demasiado grande para soportarla.
Es que él no podía atribuirse ni llamar suyos los méritos de Cristo, porque no era miembro
del cuerpo cuya cabeza es el Señor.
Pero yo tomo de las entrañas del Señor lo que me falta, pues sus entrañas rebosan
misericordia. Agujerearon sus manos y pies y atravesaron su costado con una lanza; y, a
través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal, es
decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor.
Sus designios eran designios de paz, y yo lo ignoraba. Porque, ¿quién conoció la mente
del Señor? ¿quién fue su consejero? Pero el clavo penetrante se ha convertido para mí en
una llave que me ha abierto el conocimiento de la voluntad del Señor. ¿Por qué no he de
mirar a través de esta hendidura? Tanto el clavo como la llaga proclaman que en verdad
Dios está en Cristo reconciliando al mundo consigo. Un hierro atravesó su alma, hasta
cerca del corazón, de modo que ya no es incapaz de compadecerse de mis debilidades.
Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan
ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios,
por la que nos ha visitado el sol que nace de lo alto. ¿Qué dificultad hay en admitir que
tus llagas nos dejan ver tus entrañas? No podría hallarse otro medio más claro que estas
tus llagas para comprender que tú, Señor, eres bueno y clemente, y rico en misericordia.
Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por los sentenciados a
muerte y a la condenación.
Luego mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras
él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son
también mis méritos. Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el
pecado, más desbordante fue la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo
también cantaré eternamente las misericordias del Señor. ¿Cantaré acaso mi propia
justicia? Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también mía, pues tú
has sido constituido mi justicia de parte de Dios.
R. Él fue herido por nuestras rebeldías, triturado por nuestros crímenes; él soportó el
castigo que nos trae la paz, * por sus llagas hemos sido curados.
V. Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que, muertos al pecado,
vivamos para la justificación.
R. Por sus llagas hemos sido curados.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que
podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Por
Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.