Oficio de Lectura mañana sábado, 18 de agosto de 2018

Oficio de Lectura - SÁBADO XIX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2018

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 18 de agosto de 2018.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. (T. P. Aleluya).

Salmo 106

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo (Hech 10, 36).

I

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.
Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.
Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Antífona 2: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. (T. P. Aleluya).

II

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.
Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Antífona 3: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor. (T. P. Aleluya).

III

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.
Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.
Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.
Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.
Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Zacarías 14, 1-21

TRIBULACIONES Y GLORIA DE JERUSALÉN EN LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

Esto dice el Señor:
«Mirad que llega el día del Señor: se repartirá el botín en medio de ti. Haré leva entre
todas las naciones para que den batalla a Jerusalén; conquistarán la ciudad, saquearán las
casas, violarán a las mujeres, la mitad de la ciudad irá al destierro y el resto no será
arrojado de la ciudad. El Señor saldrá a luchar contra las naciones como el día que
luchaba en la batalla.
Aquel día asentará los pies sobre el monte de los Olivos, delante de Jerusalén, al
oriente; y dividirá el monte de los Olivos por medio hacia oriente y occidente en un gran
valle. La mitad del monte se inclinará hacia el norte, la otra mitad hacia el sur. Entonces
huiréis al valle entre mis montes, que alcanzará hasta Azzal; huiréis como huíais cuando el
terremoto, en tiempos de Ozías, rey de Judá. Y vendrá el Señor, mi Dios, y con él sus
consagrados.
Aquel día no habrá ya frío ni hielo, será un día único, conocido del Señor. Sin día ni
noche, pues por la noche habrá luz.
Aquel día brotarán aguas de vida de Jerusalén, la mitad hacia el mar oriental, la mitad
hacia el mar occidental, tanto en verano como en invierno. El Señor reinará sobre todo el
orbe, aquel día será el Señor único, y único será su nombre. Todo el país se allanará
desde Gueba hasta Rimón, en el Negueb. Jerusalén será enaltecida y estará habitada,
desde la puerta de Benjamín hasta la puerta Vieja, y hasta la puerta del Ángulo; desde la
torre de Jananel hasta las bodegas del Rey. Habitarán en ella y no será ya destruida, sino
que habitarán en Jerusalén con seguridad. Mirad el castigo con que herirá el Señor a los

pueblos que combaten contra Jerusalén: se pudrirá su carne estando ellos todavía en pie,
sus ojos se pudrirán en sus cuencas, su lengua se pudrirá en su boca. Así será también la
plaga de caballos y mulos, camellos y asnos y ganados del campo, que los alcanzará en
aquellos campamentos lo mismo que a los hombres.
Aquel día los asaltará una terrible turbación que el Señor les enviará: agarrará cada uno
la mano de su compañero y levantarán la mano unos contra otros. Y Judá estará aquel día
en gran festín en Jerusalén, y serán amontonadas las riquezas de todas las naciones de
alrededor: oro, plata y vestiduras en cantidad inmensa. Los supervivientes de los pueblos
que atacaron a Jerusalén vendrán de año en año a adorar al Rey Señor de los ejércitos y a
celebrar la fiesta de los tabernáculos. Y la familia de la tierra que no suba a Jerusalén para
adorar al Rey Señor de los ejércitos no recibirá lluvia en su territorio. Si el pueblo de
Egipto no acude, lo alcanzará el castigo de los pueblos que no acuden a la fiesta de lostabernáculos. Éste será el castigo de Egipto y el castigo de todas las naciones que no
acudan a la fiesta de los tabernáculos.
Aquel día aun los cascabeles de los caballos llevarán escrito: “Consagrado al Señor”; los
calderos del templo serán tan santos corno las bandejas del altar. Todo caldero en
Jerusalén y en Judá estará consagrado al Señor de los ejércitos. Los que vengan a
sacrificar los usarán para guisar en ellos.
Y aquel día ya no habrá mercaderes en el templo del Señor de los ejércitos.»

Responsorio Za 14, 8; 13, 1; Jn 19, 34

R. Aquel día brotarán aguas de vida de Jerusalén y habrá una fuente abierta para la casa
de David, * para lavar los pecados e impurezas.
V. Uno de los soldados atravesó con su lanza el costado de Jesús, y al instante brotó de él
sangre y agua.
R. Para lavar los pecados e impurezas.

Segunda Lectura

Del sermón de san Paciano, obispo, sobre el bautismo
(Núms. 6-7: PL 13, 1093-1094)

¿QUÉ DIOS COMO TÚ, QUE PERDONAS EL PECADO?

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre
celestial; porque el primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del
cielo. Si obramos así, hermanos, ya no moriremos. Aunque nuestro cuerpo se deshaga,
viviremos en Cristo, como él mismo dice: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.
Por lo demás, tenemos certeza, por el mismo testimonio del Señor, que Abrahán, Isaac
y Jacob y que todos los santos de Dios viven. De ellos dice el Señor: Para él todos están
vivos. No es Dios de muertos, sino de vivos. Y el Apóstol dice de sí mismo: Para mí la vida
es Cristo, y una ganancia el morir; deseo partir para estar con Cristo. Y añade en otro
lugar: Mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor.
Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Esta es nuestra fe, queridos hermanos. Además:
Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.
La vida meramente natural nos es común, aunque no igual en duración, como lo veis
vosotros mismos, con los animales; las fieras y las aves. Lo que es propio del hombre es la
que Cristo nos ha dado por su Espíritu, es decir, la vida eterna, siempre que ya no
cometamos más pecados. Pues, de la misma forma que la muerte se adquiere con el
pecado, se evita con la virtud. Porque el pecado paga con muerte, mientras que Dios
regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Como afirma el Apóstol, él es quien redime, perdonándonos todos los pecados. Borró el
protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en
medio, clavándolo en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a los principados y
autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo. Ha
liberado a los cautivos y ha roto nuestras cadenas, como lo dijo David: El Señor liberta a
los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y
en otro lugar: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza. Así, pues,
somos liberados de las cadenas cuando, por el sacramento del bautismo, nos reunimos
bajo el estandarte del Señor, liberados por la sangre y el nombre de Cristo.
Por lo tanto, queridos hermanos, de una vez para siempre hemos sido lavados, de una
vez para siempre hemos sido liberados y de una vez para siempre hemos sido trasladados
al reino inmortal; de una vez para siempre, dichosos los que están absueltos de sus
culpas, a quienes les han sepultado sus pecados. Mantened con fidelidad lo que habéis
recibido, conservadlo con alegría, no pequéis más. Guardaos puros e inmaculados para el
día del Señor.

Responsorio 1 Co 15, 47. 49; Col 3, 9. 10

R. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo. * Nosotros, que
somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial.
V. Despojaos del hombre viejo y revestíos del nuevo, que se va renovando hasta alcanzar
un conocimiento pleno de Dios y se va configurando con la imagen del que lo creó.
R. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre
celestial.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, a quien confiadamente invocamos con el nombre de Padre,
intensifica en nosotros el espíritu de hijos adoptivos tuyos, para que merezcamos entrar
en posesión de la herencia que nos tienes prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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