El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 10 de julio de 2026. Otras celebraciones del día: BEATOS CARMELO BOLTA, PRESBÍTERO, Y FRANCISCO PINAZO, RELIGIOSO, MÁRTIRES .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: El Señor es bueno, bendecid su nombre.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!
Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.
Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.
Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.
Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.
Antífona 1: Señor, no me castigues con cólera.
Salmo 37
SEÑOR, NO ME CORRIJAS CON IRA
Todos sus conocidos se mantenían a distancia (Lc 23, 49).
I
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.
Antífona 2: Señor, todas mis ansias están en tu presencia. (T. P. Aleluya).
II
Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío,
todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros
se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos
los que atentan contra mí,
los que desean mi daño
me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.
Antífona 3: Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. (T. P. Aleluya).
III
Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido:
que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie,
no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos
los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan
cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.
Del libro de los Proverbios 15, 8-9. 16-17. 25-26. 29. 33; 16, 1-9; 17, 5
EL HOMBRE, ANTE EL SEÑOR
El Señor aborrece el sacrificio del malvado; la oración del honrado alcanza su favor. El
Señor abomina la conducta del perverso; pero ama al que busca la justicia.
Más vale tener poco con temor de Dios, que grandes tesoros con sobresalto. Más vale
plato de verdura con amor, que buey cebado con rencor.
El Señor arranca la casa del soberbio, y afirma los linderos de la viuda. El Señor
aborrece las intenciones perversas, y se complace en las palabras limpias. El Señor está
lejos de los malvados, pero escucha las plegarias de los justos. El temor del Señor es
escuela de sabiduría; antes de la gloria hay humildad.
El hombre forja planes en su corazón, pero es Dios quien da la decisión. El hombre
piensa que sus caminos son rectos, pero es Dios quien pesa los corazones. Encomienda a
Dios tus tareas, y te saldrán bien tus proyectos. El Señor da a cada cosa su destino:
incluso al malvado en el día funesto. El Señor aborrece al arrogante, tarde o temprano no
quedará impune. Bondad y verdad reparan la culpa; el temor del Señor aparta del mal.
Cuando Dios se complace en la conducta de un hombre, lo hace estar en paz aun con
sus enemigos. Más vale pocos bienes con justicia, que muchas ganancias con injusticia. El
hombre planea su camino, pero es el Señor quien dirige sus pasos.
Quien se burla del pobre afrenta a su Creador; quien se ríe del desgraciado no quedará
sin castigo.
R. No olvides al Señor que te sacó de Egipto; * al Señor tu Dios temerás y a él solo
servirás.
V. El temor del Señor es escuela de sabiduría; antes de la gloria hay humildad.
R. Al Señor tu Dios temerás y a él solo servirás.
De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
(Caps. 50, 1 51, 3; 55, 1-4: Funk 1, 125-127. 129)
DICHOSOS NOSOTROS SI HUBIÉRAMOS CUMPLIDO LOS MANDAMIENTOS DE DIOS EN LA CONCORDIA DE LA CARIDAD
Ya veis, queridos hermanos, cuán grande y admirable cosa es la caridad, y cómo no es
posible describir su perfección. ¿Quién será capaz de estar en ella, sino aquellos a quienes
Dios mismo hiciere dignos? Roguemos, pues, y supliquémosle que, por su misericordia,
nos permita vivir en la caridad, sin humana parcialidad, irreprochables. Todas las
generaciones, desde Adán hasta el día de hoy, han pasado; mas los que fueron perfectos
en la caridad según la gracia de Dios, ocupan el lugar de los justos, los cuales se
manifestarán en la visita del reino de Cristo. Está escrito, en efecto: Entrad en los
aposentos un breve instante, mientras pasa mi cólera, y me acordaré del día bueno y os
haré salir de vuestros sepulcros.
Dichosos nosotros, queridos hermanos, si hubiéremos cumplido los mandamientos de
Dios en la concordia de la caridad, a fin de que por la caridad se nos perdonen nuestros
pecados. Porque está escrito: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a guíen le han
sepultado su pecado; dichoso el hombre a guíen el Señor no le apunta el delito y en cuya
boca no se encuentra engaño. Esta bienaventuranza fue concedida a los que han sido
escogidos por Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dada gloria por los
siglos de los siglos. Amén.
Roguemos, pues, que nos sean perdonadas cuantas faltas y pecados hayamos cometido
por asechanzas de nuestro adversario, y aun aquellos que han encabezado sediciones y
banderías deben acogerse a nuestra común esperanza. Pues los que proceden en su
conducta con temor y caridad prefieren antes sufrir ellos mismos y no que sufran los
demás; prefieren que se tenga mala opinión de ellos mismos, antes que sea vituperada
aquella armonía y concordia que justa y bellamente nos viene de la tradición. Más le vale
a un hombre confesar sus caídas, que endurecer su corazón.
Ahora bien, ¿hay entre vosotros alguien que sea generoso? ¿Alguien que sea
compasivo? ¿Hay alguno que se sienta lleno de caridad? Pues diga: "Si por mi causa vino
la sedición, contienda y escisiones, yo me retiro y me voy a donde queráis, y estoy pronto
a cumplir lo que la comunidad ordenare, con tal de que el rebaño de Cristo se mantenga
en paz con sus ancianos establecidos". El que esto hiciere se adquirirá una grande gloria
en Cristo, y todo lugar lo recibirá, pues del Señor es la tierra y cuanto la llena. Así han
obrado y así seguirán obrando quienes han llevado un comportamiento digno de Dios, del
cual no cabe jamás arrepentirse.
R. Hemos recibido de Dios este mandamiento: * Quien ama a Dios ame también a su
hermano.
V. Estos dos mandamientos son el fundamento de toda la ley y los profetas.
R. Quien ama a Dios ame también a su hermano.
Oremos:
Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída,
concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido liberados de la
esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.