El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 15 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Pueblo del Señor, rebaño que él guía, venid, adorémosle. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Antífona 1: 1. Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.
Salmo 103
HIMNO AL DIOS CREADOR
El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado (2 Co 5, 17).
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Antífona 2: El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Antífona 3: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.
III
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Comienza la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-2, 12
ESTRECHA RELACIÓN DE PABLO CON LA IGLESIA DE TESALÓNICA
Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de Tesalónica, convocada en el nombre de Dios
Padre y en el de Jesucristo, el Señor: gracia y paz a vosotros.
Continuamente damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en
nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la sinceridad de
vuestra fe, vuestros trabajos, emprendidos a impulsos de vuestra caridad, y la constancia
en el sufrimiento que os da vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor.
Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se
proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino fuerza del Espíritu Santo
y convicción profunda. Sabéis cuál fue nuestra actuación cuando estuvimos entre vosotros
para serviros.
Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra, entre tanta
lucha, con alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los
creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra comunidad, la palabra del Señor ha
resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes; vuestra fe en Dios ha
corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada,
ya que ellos mismos van divulgando la favorable acogida que nos dispensasteis: cómo os
convertisteis de los ídolos a Dios para consagraros al Dios vivo y verdadero, y esperar así a
su Hijo Jesús que ha de venir de los cielos, al cual resucitó de entre los muertos; él nos ha
salvado de la ira venidera.
Bien sabéis vosotros, hermanos, que nuestra ¡da a vosotros no fue estéril, sino que,
después de haber padecido sufrimientos e injurias en Filipos, como sabéis, confiados en
nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes
luchas. Nuestra exhortación no procede del error, ni de la impureza ni con engaño, sino
que así como hemos sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio, así lo
predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros
corazones.
Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de
codicia, Dios es testigo, ni buscando gloria humana, ni de vosotros ni de nadie. Aunque
pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Cristo, nos mostramos amables
con vosotros, como una madre que cuida con cariño de sus hijos. De esta manera,
amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro
propio ser, porque habíais llegado a sernos muy queridos.
Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no
ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. Vosotros sois
testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con
vosotros, los creyentes. Como un padre a sus hijos, lo sabéis bien, a cada uno de vosotros
os exhortábamos y alentábamos, conjurándoos a que vivieseis de una manera digna de
Dios, que os ha llamado a su reino y gloria.
R. Os convertisteis a Dios para consagraros al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo
que ha de venir de los cielos, al cual resucitó de entre los muertos; * él nos ha salvado de
la ira venidera.
V. Que el Señor os haga rebosar en amor, para que conservéis vuestros corazones en
santidad cuando venga el Señor.
R. Él nos ha salvado de la ira venidera.
Del comentario de san Efrén, diácono, sobre el Diatésaron
(Cap. 1, 18-19: SC 121, 52-53)
LA PALABRA DE DIOS, FUENTE INAGOTABLE DE VIDA
¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el
sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos.
Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad
de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que
todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra
variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de
los puntos en que concentrara su reflexión.
La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera
de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una
bebida espiritual. Comieron -dice el Apóstol-el mismo alimento espiritual y bebieron la
misma bebida espiritual.
Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que
en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas
cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que
esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y
estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por
la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te
queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede
agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente,
porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed
podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la
fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.
Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo
que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por
tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra
ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no
puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a
poco.
R. La palabra del Señor permanece eternamente. * Y ésta es la palabra: la Buena Noticia
anunciada a vosotros.
V. Ella es el libro de los preceptos de Dios, la ley que subsiste eternamente: todos los que
la guardan alcanzarán la vida.
R. Y ésta es la palabra: la Buena Noticia anunciada a vosotros.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sinceros de corazón, concédenos
vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por
Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.