El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 21 de marzo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: El Señor los rescató de la opresión. (T. P. Aleluya).
Salmo 77, 40-72
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros (1 Cor 10,6).
IV
¡Qué rebeldes fueron en el desierto,
enojando a Dios en la estepa!
Volvían a tentar a Dios,
a irritar al santo de Israel,
sin acordarse de aquella mano
que un día los rescató de la opresión:
cuando hizo prodigios en Egipto,
portentos en el campo de Soán;
cuando convirtió en sangre los canales
y los arroyos, para que no bebieran;
cuando les mandó tábanos que les picasen,
y ranas que los hostigasen;
cuando entregó a la langosta sus cosechas,
y al saltamontes el fruto de sus sudores;
cuando aplastó con granizo sus viñedos,
y con escarcha sus higueras;
cuando entregó sus ganados al pedrisco,
y al rayo sus rebaños;
cuando lanzó contra ellos el incendio de su ira,
su cólera, su furor, su indignación
y, despachando a los siniestros mensajeros,
dio curso libre a su ira:
no los salvó de la muerte,
entregó sus vidas a la peste;
cuando hirió a los primogénitos de Egipto,
a las primicias de la virilidad en las tiendas de Cam.
Antífona 2: Los hizo llegar el Señor hasta el monte que su diestra había adquirido. (T. P. Aleluya).
V
Sacó como un rebaño a su pueblo,
los guió como un hato por el desierto,
los condujo seguros, sin alarmas,
mientras el mar cubría a sus enemigos;
los hizo entrar por las santas fronteras,
hasta el monte que su diestra había adquirido;
ante ellos rechazó a las naciones,
les asignó por suerte su heredad:
instaló en sus tiendas a las tribus de Israel.
Pero ellos tentaron al Dios Altísimo y se rebelaron,
negándose a guardar sus preceptos;
desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso;
con sus altozanos lo irritaban,
con sus ídolos provocaban sus celos.
Dios los oyó y se indignó,
y rechazó totalmente a Israel;
abandonó su morada de Silo,
la tienda en que habitaba con los hombres;
abandonó sus valientes al cautiverio,
su orgullo a las manos enemigas;
entregó su pueblo a la espada,
encolerizado contra su heredad;
el fuego devoraba a los jóvenes,
y las novias ya no tenían cantos;
los sacerdotes caían a espada,
y sus viudas no los lloraban.
Antífona 3: Escogió a la tribu de Judá y eligió a David, su siervo, para pastorear a Israel, su heredad. (T. P. Aleluya).
VI
Pero el Señor se despertó como de un sueño,
como un soldado vencido por el vino:
hirió al enemigo en la espalda,
infligiéndole una derrota perdurable.
Repudió las tiendas de José,
no escogió la tribu de Efraín;
escogió la tribu de Judá
y el monte Sión, su preferido.
Construyó su santuario como el cielo,
como a la tierra lo cimentó para siempre.
Escogió a David, su siervo,
lo sacó de los apriscos del rebaño;
de andar tras las ovejas, lo llevó
a pastorear a su pueblo, Jacob,
a Israel, su heredad.
Los pastoreó con corazón íntegro,
los guiaba con mano inteligente.
V. El que obra la verdad viene a la luz.
R. Y sus obras quedan de manifiesto.
Del libro de los Números 11, 4-6. 10-30
EL ESPÍRITU DE DIOS ES INFUNDIDO SOBRE LOS SETENTA ANCIANOS DE ISRAEL
En aquellos días, la muchedumbre que iba con los hijos de Israel estaba hambrienta,
y los mismos israelitas se pusieron a llorar con ellos, diciendo: «¡Quién pudiera comer
carne! Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos
y melones, de los puerros y cebollas y ajos. Pero ahora se nos quita el apetito de no ver
más que maná.»
Moisés oyó cómo el pueblo, familia por familia, lloraba, cada uno a la entrada de su
tienda, provocando la ira del Señor, y, disgustado, dijo al Señor: «¿Por qué tratas mal a tu
siervo y no le concedes tu favor, sino que lo haces cargar con todo este pueblo? ¿He
concebido yo acaso a todo este pueblo o lo he dado a luz, para que me digas: "Coge en
brazos a este pueblo, como una nodriza a la criatura, y llévalo a la tierra que prometí a sus
padres"? ¿De dónde sacaré carne para repartirla a todo el pueblo? Vienen a mí llorando:
"Danos de comer carne." Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues es
demasiado pesado para mí. Si me vas a tratar así, más vale que me hagas morir:
concédeme este favor, y no tendré que pasar tales desventuras.»
El Señor respondió a Moisés: «Reúneme setenta ancianos de Israel, de los que te
conste que son ancianos realmente al servicio del pueblo; llévalos a la Tienda de Reunión,
y que esperen allí contigo. Yo bajaré y hablaré allí contigo. Tomaré una parte del espíritu
que posees y se lo pasaré a ellos, para que se repartan contigo la carga del pueblo y no la
tengas que llevar tú solo.
Al pueblo le dirás: "Purificaos para mañana, pues comeréis carne. Habéis llorado
pidiendo al Señor: '¡Quién nos diera de comer carne! Nos iba mejor en Egipto. El Señor os
dará de comer carne. No un día, ni dos, ni cinco, ni diez, ni veinte, sino un mes entero,
hasta que os produzca náusea y la vomitéis. Porque habéis rechazado al Señor, que va en
medio de vosotros, y os habéis lamentado ante él, diciendo: ¿Por qué salimos de Egipto?»
Replicó Moisés: «El pueblo que va conmigo cuenta seiscientos mil de a pie, y tú dices:
"Les daré carne para que coman un mes entero." Aunque matemos las vacas y las ovejas
no les bastará, y aunque reuniera todos los peces del mar, no sería suficiente.»
El Señor respondió a Moisés: «¿Tan mezquina es la mano de Dios? Ahora verás si se
cumple mi palabra o no.»
Moisés salió y comunicó al pueblo las palabras del Señor. Después reunió a los setenta
ancianos y los colocó alrededor de la Tienda. El Señor bajó en la nube, habló con él y,
tomando parte del espíritu que había en Moisés, se lo pasó a los setenta ancianos. Al
posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar. Habían quedado en el
campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no
habían acudido a la Tienda. Pero el espíritu se posó también sobre ellos y se pusieron a
profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés:
«Eldad y Medad están profetizano en el campamento.»
Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: «Señor mío, Moisés,
prohíbeselo.»
Moisés le respondió: «¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo del Señor fuera
profeta y recibiera el espíritu del Señor!» y Moisés volvió al campamento con los ancianos
de Israel.
R. Derramaré mi espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas. *
Derramaré mi espíritu en aquellos días.
V. Recibiréis la fortaleza del Espíritu Santo y seréis mis testigos hasta los últimos confines
de la tierra.
R. Derramaré mi espíritu en aquellos días.
De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del
Concilio Vaticano segundo
(Núms. 37-38)
QUE TODA LA ACTIVIDAD DEL HOMBRE SE PURIFIQUE EN EL MISTERIO PASCUAL
La sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña
a la familia humana que el progreso, que es un gran bien para el hombre, también
encierra un grave peligro, pues una vez turbada la jerarquía de valores y mezclado el bien
con el mal, no le queda al hombre o al grupo más que el interés propio, excluido el de los
demás.
De esta forma, el mundo deja de ser el espacio de una auténtica fraternidad, mientras
el creciente poder del hombre, por otro lado, amenaza con destruir al mismo género
humano.
Si alguno, por consiguiente, se pregunta de qué manera es posible superar esa mísera
condición, sepa que para el cristiano hay una respuesta: toda la actividad del hombre, que
por la soberbia y el desordenado amor propio se ve cada día en peligro, debe purificarse y
ser llevada a su perfección en la cruz y resurrección de Cristo.
Pues el hombre, redimido por Cristo y hecho nueva criatura en el Espíritu Santo,
puede y debe amar las cosas creadas por Dios. De Dios las recibe y, como procedentes
continuamente de la mano de Dios, las mira y las respeta.
Por ellas da gracias a su Benefactor y, al disfrutar de todo lo creado y hacer uso de
ello con pobreza y libertad de espíritu, llega a posesionarse verdaderamente del mundo,
como quien no tiene nada, pero todo lo posee. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y
Cristo de Dios.
La Palabra de Dios, por quien todo ha sido hecho, que se hizo carne y acampó en la
tierra de los hombres, penetró como hombre perfecto en la historia del mundo, tomándolaen sí y recapitulándola. Él es quien nos revela que Dios es amor y, al mismo tiempo, nos
enseña que la ley fundamental de la perfección humana y, por consiguiente, de la
transformación del mundo es el mandamiento nuevo del amor.
En consecuencia, a quienes creen en el amor divino les asegura que el camino del
amor está abierto para el hombre, y que el esfuerzo por restaurar una fraternidad
universal no es una utopía. Les advierte, al mismo tiempo, que esta caridad no se ha de
poner solamente en la realización de grandes cosas, sino, y principalmente, en las
circunstancias ordinarias de la vida.
Al admitir la muerte por todos nosotros, pecadores, el Señor nos enseña con su
ejemplo que hemos de llevar también la cruz, que la carne y el mundo cargan sobre los
hombros de quienes buscan la paz y la justicia.
Constituido Señor por su resurrección, Cristo, a quien se ha dado todo poder en el
cielo y en la tierra, obra ya en los corazones de los hombres por la virtud de su Espíritu,
no sólo excitando en ellos la sed de la vida futura, sino animando, purificando y
robusteciendo asimismo los generosos deseos con que la familia humana se esfuerza por
humanizar su propia vida y someter toda la tierra a este fin.
Pero son diversos los dones del Espíritu: mientras llama a unos para que den abierto
testimonio con su deseo de la patria celeste y lo conserven vivo en la familia humana, a
otros los llama para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, preparando así,
con este ministerio, la materia del reino celeste.
A todos, sin embargo, los libera para que, abnegado el amor propio y empleado todo
el esfuerzo terreno en la vida humana, dilaten su preocupación hacia los tiempos futuros,
cuando la humanidad entera llegará a ser una oblación acepta a Dios.
R. Cristo murió por todos, * para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel
que murió y resucitó por ellos.
V. Fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitado para nuestra
justificación.
R. Para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por
ellos.
Oremos:
Que tu amor y tu misericordia dirijan nuestros corazones, Señor, ya que sin tu ayuda no
podemos complacerte. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.