Oficio de Lectura - JUEVES IV SEMANA DE PASCUA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 30 de abril de 2026. Otras celebraciones del día: SAN PÍO V, PAPA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.

La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Salmodia

Antífona 1: No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro. (T. P. Aleluya).

Salmo 43

ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES

En todo vencemos fácilmente en aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).

I

Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.

Antífona 2: No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él. (T. P. Aleluya).

II

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.

Antífona 3: Levántate, Señor, no nos rechaces más.

III

Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.

Versículo

V. Dios resucitó al Señor. Aleluya.
R. Y nos resucitará también a nosotros por su poder. Aleluya.

Lecturas

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 14, 7-15,4

PABLO EN LISTRA

En aquellos días, había en Listra un hombre imposibilitado de los pies, que solía estar
sentado sin poderse mover. Era paralítico de nacimiento y nunca había podido andar.
Escuchaba un día la predicación de Pablo, y éste, fijándose en él y viendo que esperaba
conseguir su curación, le gritó con fuerte voz: «Levántate, ponte en pie.»
Dio él un salto y echó a andar. La gente, al ver el milagro que había hecho Pablo,
empezó a gritar en lengua licaonia: «Los dioses han bajado en forma humana hasta
nosotros.»
Y llamaban Júpiter a Bernabé, y Mercurio a Pablo, porque Pablo era quien dirigía la
palabra. El sacerdote de Júpiter, cuyo templo se hallaba a la entrada de la ciudad, llevó
allá unos toros adornados con guirnaldas, y, acompañado de la muchedumbre, quería
ofrecerles un sacrificio. Cuando los apóstoles Pablo y Bernabé se dieron cuenta de ello,
rasgaron sus vestiduras y se lanzaron entre la muchedumbre, diciendo a grandes voces:
«Amigos, ¿qué es lo que hacéis? Nosotros somos también hombres, de la misma
condición que vosotros. Y venimos a traeros este mensaje: que de estos dioses que no
son nada os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra y el mar y todo cuanto en
ellos se contiene. En las pasadas generaciones, él permitió que todos los pueblos
siguiesen sus propios caminos, si bien no dejó de revelarse a sí mismo; pues os dispensó
toda clase de beneficios, os dio desde el cielo lluvias y estaciones fecundas en frutos, os
dio alimento y colmó de felicidad vuestros corazones.»
Con estas palabras, a duras penas pudieron conseguir que la gente no les ofreciese el
sacrificio. Luego vinieron judíos de Antioquía a Iconio, y sedujeron a la gente de tal
manera que terminaron por apedrear a Pablo, y lo arrastraron fuera de la ciudad,
dejándolo por muerto. Pero él, rodeado de los discípulos, se levantó y entró en la ciudad.
Al día siguiente, marchó con Bernabé a Derbe.
Evangelizada esta ciudad de Derbe, donde hicieron muchos discípulos, se volvieron a
Listra, Iconio y Antioquía. Confortaron los ánimos de los discípulos, exhortándolos a
permanecer en la fe y diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de
Dios. Y, después de haber constituido presbíteros en cada Iglesia, con oraciones y ayunos
los encomendaron al Señor, en quien habían creído. Atravesando Pisidia, llegaron a
Panfilia; y, después de predicar el Evangelio en Perge, bajaron a Atalía. De allí navegaron
hasta Antioquía, de donde habían salido, encomendados a la gracia de Dios, para el

ministerio que acababan de cumplir. A su llegada, reunieron a la comunidad y les refirieron
las grandes e infinitas cosas que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto para los
gentiles la puerta de la fe. Y continuaron mucho tiempo en compañía de los discípulos.
Entretanto, algunos hermanos que habían bajado de Judea empezaron a enseñar a los
demás esta doctrina: «Si no os hacéis circuncidar conforme a la ley de Moisés, no os
podéis salvar.»
Con esto se produjo un gran revuelo y una viva polémica de Pablo y Bernabé contra
ellos. Por fin se tomó el acuerdo de que Pablo y Bernabé y algunos de los otros subieran a
Jerusalén a los apóstoles y presbíteros para resolver la cuestión. Provistos de lo necesario
por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, narrando en todas partes la conversión de
los gentiles, y causando gran gozo a todos los hermanos. A su llegada a Jerusalén, fueron
recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y les contaron todo cuanto Dios
había hecho con ellos.

Responsorio 1 Ts 1, 9-10

R. Os convertisteis de los ídolos a Dios * para consagraros al Dios vivo y verdadero.
Aleluya.
V. Y esperar así a su Hijo Jesús que ha de venir de los cielos, al cual resucitó de entre los
muertos; él nos ha salvado de la ira venidera.
R. Para consagraros al Dios vivo y verdadero. Aleluya.

Segunda Lectura

De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Tratado 65,1-3: CCL 36, 490-492)

EL MANDAMIENTO NUEVO

El Señor Jesús pone de manifiesto que lo que da a sus discípulos es un nuevo
mandamiento, que se amen unos a otros: Os doy —dice— un mandamiento nuevo: que os
améis unos a otros.
¿Pero acaso este mandamiento no se encontraba ya en la ley antigua, en la que estaba
escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué lo llama entonces nuevo el Señor,
si está tan claro que era antiguo? ¿No será que es nuevo porque nos viste del hombre
nuevo después de despojarnos del antiguo? Porque no es cualquier amor el que renueva
al que oye, o mejor al que obedece, sino aquél a cuyo propósito añadió el Señor, para
distinguirlo del amor puramente carnal: como yo os he amado.
Éste es el amor que nos renueva, y nos hace ser hombres nuevos, herederos del nuevo
Testamento, intérpretes de un cántico nuevo. Este amor, hermanos queridos, renovó ya a
los antiguos justos, a los patriarcas y a los profetas; y luego a los bienaventurados
apóstoles; ahora renueva a los gentiles, y hace de todo el género humano, extendido por
el universo entero, un único pueblo nuevo, el cuerpo de la nueva esposa del Hijo de Dios,
de la que se dice en el Cantar de los cantares: ¿Quién es ésa que sube del desierto vestida
de blanco? Sí, vestida de blanco, porque ha sido renovada; ¿y qué es lo que la ha
renovado sino el mandamiento nuevo?
Porque, en la Iglesia, los miembros se preocupan unos por otros; y si padece uno de
ellos, se compadecen todos los demás, y si uno de ellos se ve glorificado, todos los otros
se congratulan. La Iglesia, en verdad, escucha y guarda estas palabras: Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. No como se aman quienes viven en la
corrupción de la carne, ni como se aman los hombres simplemente porque son hombres;
sino como se quieren todos los que se tienen por dioses e hijos del Altísimo, y llegan a ser
hermanos de su único Hijo, amándose unos a otros con aquel mismo amor con que él los

amó, para conducirlos a todos a aquel fin que les satisfaga, donde su anhelo de bienes
encuentre su saciedad. Porque no quedará ningún anhelo por saciar cuando Dios lo sea
todo en todos.
Este amor nos lo otorga el mismo que dijo: Como yo os he amado, amaos también
entre vosotros. Pues para esto nos amó precisamente, para que nos amemos los unos a
los otros; y con su amor hizo posible que nos ligáramos estrechamente, y como miembros
unidos por tan dulce vínculo, formemos el cuerpo de tan espléndida cabeza.

Responsorio 1 Jn 4, 21; Mt 22, 40

R. Hemos recibido de Dios este mandamiento: * Quien ama a Dios ame también a su
hermano. Aleluya.
V. Estos dos mandamientos son el fundamento de toda la ley y los profetas:
R. Quien ama a Dios ame también a su hermano. Aleluya.

Oración

Oremos:

Oh Dios, que has restaurado la naturaleza humana elevándola sobre su condición original,
no olvides tus inefables designios de amor y conserva en quienes han renacido por el
bautismo los dones que tan generosamente han recibido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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