El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 6 de marzo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: Señor, no me castigues con cólera.
Salmo 37
SEÑOR, NO ME CORRIJAS CON IRA
Todos sus conocidos se mantenían a distancia (Lc 23, 49).
I
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.
Antífona 2: Señor, todas mis ansias están en tu presencia. (T. P. Aleluya).
II
Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío,
todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros
se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos
los que atentan contra mí,
los que desean mi daño
me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.
Antífona 3: Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. (T. P. Aleluya).
III
Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido:
que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie,
no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos
los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan
cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.
V. Convertíos al Señor, vuestro Dios.
R. Porque es compasivo y misericordioso.
Del libro del Éxodo 19, 1-19: 20. 18-21
MANIFESTACIÓN DE DIOS EN EL SINAÍ
A los tres meses de la salida de Egipto, los hijos de Israel llegaron al desierto de Sinaí.
Salieron de Refidim y, al llegar al desierto de Sinaí, acamparon allí frente al monte. Moisés
subió hacia el monte de Dios. El Señor lo llamó desde el monte y le dijo: «Esto dirás a la
casa de Jacob y lo comunicarás a los hijos de Israel: "Vosotros habéis visto cómo traté a
los egipcios, cómo os saqué sobre alas de águila y os traje hacia mí; ahora pues, si
queréis obedecerme y guardar mi alianza, seréis mi especial propiedad entre todos los
pueblos, pues mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación
santa." Esto es lo que has de decir a los israelitas.»
Moisés volvió, convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que le había
mandado el Señor. Todo el pueblo a una respondió: «Haremos cuanto dice el Señor.»
Moisés comunicó la respuesta del pueblo al Señor; y el Señor le dijo: «Voy a acercarme
a ti en una densa nube, para que el pueblo pueda escuchar lo que te digo y te crea en
adelante.»
Moisés comunicó al Señor lo que el pueblo había dicho. Y el Señor le dijo: «Vuelve a tu
pueblo, purifícalos hoy y mañana, que se laven sus vestidos y estén preparados para
pasado mañana; pues el Señor bajará al monte Sinaí a la vista del pueblo. Traza un límite
alrededor de la montaña y prevén al pueblo, avisándole: "Guardaos de subir al monte o de
acercaros a la falda; todo aquel que toque el monte será reo de muerte. Lo ejecutaréis sin
tocarlo, a pedradas o con flechas, sea hombre o animal; no quedará con vida. Sólo cuando
suene el cuerno, podrán subir al monte. »
Moisés bajó del monte hacia el pueblo, lo purificó e hizo que todos lavaran sus
vestidos. Después les dijo: «Estad preparados para el tercer día, y no toquéis a vuestras
mujeres.»
Al tercer día por la mañana hubo truenos y relámpagos y una nube densa sobre el
monte, mientras se escuchaba un poderoso resonar de trompeta, y el pueblo se echó a
temblar en el campamento. Moisés sacó al pueblo del campamento para recibir a Dios, y
se quedaron firmes al pie de la montaña. El monte Sinaí era todo una humareda, porque
el Señor bajó a él en medio de fuego; se alzaba el humo como de un horno y toda la
montaña temblaba. El toque de la trompeta iba creciendo en intensidad. Moisés hablaba, y
Dios le respondía con el trueno. Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonar
de la trompeta y la montaña humeante; estaba aterrorizado y se mantenía a distancia. Y
dijeron a Moisés: «Háblanos tú y te escucharemos; que no nos hable Dios, pues
moriremos.»
Moisés respondió al pueblo: «No temáis: Dios ha venido para probarnos, para que
tengáis presente su temor y no pequéis.»
El pueblo se quedó a distancia y Moisés se acercó hasta la nube donde estaba Dios.
R. Si queréis obedecerme y guardar mi alianza, seréis mi especial propiedad entre
todos los pueblos; * y seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.
V. Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por
Dios.
R. Y seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.
Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías
(Libr. 4,16,1-5: SC 100, 564-572)
LA ALIANZA DEL SEÑOR
Moisés dice al pueblo en el Deuteronomio: El Señor, nuestro Dios, hizo alianza con
nosotros en el Horeb; no hizo esa alianza con nuestros padres, sino con nosotros.
¿Por qué razón no la hizo con nuestros padres? Porque la ley no ha sido instituida para
el justo; y los padres eran justos, tenían la eficacia del decálogo inscrita en sus corazones
y en sus almas, amaban a Dios, que los había creado, y se abstenían de la injusticia con
respecto al prójimo: razón por la cual no había sido necesario amonestarlos con un texto
de corrección, ya que llevaban la justicia de la ley dentro de ellos.
Pero cuando esta justicia y este amor hacia Dios cayeron en olvido y se extinguieron
en Egipto, Dios, a causa de su mucha misericordia hacia los hombres, tuvo que
manifestarse a sí mismo mediante la palabra.
Con su poder, sacó de Egipto al pueblo para que el hombre volviese a seguir a Dios; y
afligía con prohibiciones a sus oyentes, para que nadie despreciara a su Creador.
Y lo alimentó con el maná, para que recibiera un alimento espiritual, como dice
también Moisés en el Deuteronomio: Te alimentó con el maná, que tus padres no
conocieron, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale
de la boca de Dios.
Exigía también el amor hacia Dios e insinuaba la justicia que se debe al prójimo, para
que el hombre no fuera injusto ni indigno para con Dios, preparando de antemano al
hombre, mediante el decálogo, para su amistad y la concordia que debe mantener con su
prójimo; cosas todas provechosas para el hombre, ya que Dios no necesita nada de él.
Efectivamente, todo esto glorificaba al hombre, completando lo que le faltaba, esto es,
la amistad de Dios; pero a Dios no le era de ninguna utilidad, pues Dios no necesitaba del
amor del hombre.
En cambio, al hombre le faltaba la gloria de Dios, y era absolutamente imposible que la
alcanzara, a no ser por su empeño en agradarle. Por eso, dijo también Moisés al pueblo:
Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz,
pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra.
A fin de preparar al hombre para semejante vida, el Señor dio, por sí mismo y para
todos los hombres, las palabras del decálogo: por ello, estas palabras continúan válidas
también para nosotros, y la venida en carne de nuestro Señor no las abrogó, antes al
contrario les dio plenitud y universalidad.
En cambio, aquellas otras palabras que contenían sólo un significado de servidumbre,
aptas para la erudición y el castigo del pueblo de Israel, las dio separadamente, por medio
de Moisés, y sólo para aquel pueblo, tal como dice el mismo Moisés: Yo os enseño los
mandatos y decretos que me mandó el Señor.
Aquellos preceptos, pues, que fueron dados como signo de servidumbre a Israel han
sido abrogados por la nueva alianza de libertad; en cambio, aquellos otros que forman
parte del mismo derecho natural y son origen de libertad para todos los hombres, quiso
Dios que encontraran mayor plenitud y universalidad, concediendo con largueza sin límites
que todos los hombres pudieran conocerlo como padre adoptivo, pudieran amarlo y
pudieran seguir, sin dificultad, a aquel que es su Palabra.
R. Moisés, siervo de Dios, ayunó cuarenta días y cuarenta noches * para prepararse a
recibir la ley del Señor.
V. Subió Moisés hacia el Señor en el monte Sinaí, y ahí permaneció durante cuarenta
días y cuarenta noches.
R. Para prepararse a recibir la ley del Señor.
Oremos:
Concédenos, Dios todopoderoso, que, purificados por la penitencia cuaresmal,
lleguemos a las fiestas de Pascua limpios de pecado. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.