Oficio de Lectura - LUNES I SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 12 de enero de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entremos a la presencia del Señor, dándole gracias.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Sálvame, Señor, por tu misericordia. (T. P. Aleluya).

Salmo 6

ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS

Ahora mi alma está agitada... Padre, líbrame de esta hora (Jn 12, 27).

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.

Antífona 2: El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. (T. P. Aleluya).

Salmo 9 A

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA

De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.

I

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.

Antífona 3: Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. (T. P. Aleluya).

II

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.

Lecturas

Primera Lectura

Comienza el libro del Génesis 1, 1-2, 4a

LA CREACIÓN DEL CIELO Y DE LA TIERRA

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad
por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
Dijo Dios:
«Haya luz», y hubo luz.
Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la
luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». Y atardeció y amaneció: día primero.
Dijo Dios:
«Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras.»
E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del firmamento, de las
aguas de por encima del firmamento. Y así fue. Y llamó Dios al firmamento «cielos». Y
atardeció y amaneció: día segundo.
Dijo Dios:
«Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver
lo seco»; y así fue. Y llamó Dios a lo seco «tierra», y al conjunto de las aguas lo llamó
«mares»; y vio Dios que estaba bien.
Dijo Dios:
«Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den
fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra.» Y así fue. La tierra produjo
vegetación: hierbas que dan semilla, por sus especies, y árboles que dan fruto con la
semilla dentro, por sus especies; y vio Dios que estaban bien. Y atardeció y amaneció: día
tercero.
Dijo Dios:
«Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de
señales para solemnidades, días y años; y valgan de luceros en el firmamento celeste para
alumbrar sobre la tierra.» Y así fue. Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande
para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las estrellas; y
los puso Dios en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra, y para dominar en el
día y en la noche, y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que estaba bien. Y
atardeció y amaneció: día cuarto.
Dijo Dios:
«Bullan las aguas de animales vivientes, y aves revoloteen sobre la tierra contra el
firmamento celeste.»
Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente, los que serpean, de
los que bullen las aguas por sus especies, y todas las aves aladas por sus especies; y vio
Dios que estaba bien; y los bendijo Dios diciendo:
«Sed fecundos y multiplicaos, y henchid las aguas en los mares, y las aves crezcan en
la tierra.»
Y atardeció y amaneció: día quinto.

Dijo Dios:
«Produzca la tierra animales vivientes de cada especie: bestias, serpientes y alimañas
terrestres de cada especie.»
Y así fue. Hizo Dios las alimañas terrestres de cada especie, y las bestias de cada
especie, y toda sierpe del suelo de cada especie: y vio Dios que estaba bien.
Y dijo Dios:
«Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y mande en los
peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas
terrestres, y en todas las serpientes que serpean por la tierra.
Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y
hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo Dios:
«Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del
mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»
Dijo Dios:
«Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de toda la tierra,
así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros será de alimento. Y a todo
animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda serpiente de sobre la tierra, animada
de vida, toda la hierba verde les doy de alimento.»
Y así fue. Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardeció y
amaneció: día sexto.
Concluyéronse, pues, los cielos y la tierra y todo su aparato, y dio por concluida Dios en
el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que
hiciera. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra
creadora que Dios había hecho. Esos fueron los orígenes de los cielos y la tierra, cuando
fueron creados.

Responsorio Ap 4, 11; cf. Est 13, 10-11

R. Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, * porque tú has
creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.
V. Tú hiciste, Señor, las cosas, el cielo y la tierra y cuantas maravillas existen bajo el cielo;
tú eres el Señor del universo.
R. Porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Segunda Lectura

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
(Caps. 59, 2-60, 4; 61, 3: Funk 1,135-141)

EL VERBO DE DIOS, FUENTE DE SABIDURÍA CELESTIAL

No cesamos de pedir y de rogar para que el Artífice de todas las cosas conserve íntegro
en todo el mundo el número de sus elegidos, por mediación de su amado siervo
Jesucristo, por quien nos llamó de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de
la gloria de su nombre.
Haz que esperemos en tu nombre, tú que eres el origen de todo lo creado; abre los
ojos de nuestro corazón, para que te conozcamos a ti, el solo altísimo en las alturas, el
santo que reposa entre los santos; que terminas con la soberbia de los insolentes, que
deshaces los planes de las naciones, que ensalzas a los humildes y humillas a los
soberbios, que das la pobreza y la riqueza, que das la muerte, la salvación y la vida, el
solo bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne; tú que sondeas los abismos, que
ves todas nuestras acciones, que eres ayuda de los que están en peligro, que eres
salvador de los desesperados, que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos; tú que

multiplicas las naciones sobre la tierra y eliges de entre ellas a los que te aman por
Jesucristo, tu Hijo amado, por quien nos has instruido, santificado y honrado.
Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa.
Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los
humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a
los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre,
libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos
los Pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo,
y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.
Tú has dado a conocer la ordenación perenne del mundo, por medio de las fuerzas que
obran en él; tú, Señor, pusiste los cimientos de la tierra, tú eres fiel por todas las
generaciones, justo en tus juicios, admirable por tu fuerza y magnificencia, sabio en la
creación y providente en el gobierno de las cosas creadas, bueno en estos dones visibles y
fiel para los que en ti confían, benigno y misericordioso; perdona nuestras iniquidades e
injusticias, nuestros pecados y delitos.
No tomes en cuenta todos los pecados de tus siervos y siervas, antes purifícanos en tu
verdad y asegura nuestros pasos, para que caminemos en la piedad, la justicia y la
rectitud de corazón, y hagamos lo que es bueno y aceptable ante ti y ante los que nos
gobiernan.
Más aún, Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que gocemos del bienestar en la
paz, para que seamos protegidos con tu mano poderosa, y tu brazo extendido nos libre de
todo pecado y de todos los que nos aborrecen sin motivo.
Da la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, como la diste a
nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad. A ti, el único que
puedes concedernos estos bienes y muchos más, te ofrecemos nuestra alabanza por
Jesucristo, pontífice y abogado de nuestras almas, por quien sea a ti la gloria y la
majestad, ahora y por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

Responsorio Sal 76, 14-16

R. ¿Qué dios es grande como nuestro Dios? * Tú, ¡oh Dios!, hiciste maravillas.
V. Mostraste tu poder a los pueblos; con tu brazo rescataste a tu pueblo.
R. Tú, ¡oh Dios!, hiciste maravillas.

Oración

Oremos:

Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer
tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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