El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 19 de enero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.
Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.
Salmo 30, 2-17. 20-25
SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
I
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.
Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).
II
Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).
III
¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.
Del libro del Génesis 11, 1-26
LA DISPERSIÓN DEL GÉNERO HUMANO
Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Al desplazarse la
humanidad desde oriente, hallaron una vega en el país de Senaar y allí se establecieron.
Entonces se dijeron el uno al otro:
«Ea, vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego.»
Así el ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa.
Después dijeron:
«Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y
hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la haz de la tierra.»
Bajó el Señor a ver la ciudad y la torre que habían edificado los humanos, y dijo el
Señor:
«He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo
de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Ea, pues, bajemos, y
una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su
prójimo.»
Y desde aquel punto los desperdigó el Señor por toda la faz de la tierra, y dejaron de
edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel; porque allí embrolló el Señor el lenguaje
de todo el mundo, y desde allí los desperdigó el Señor por toda la haz de la tierra.
Estos son los descendientes de Sem:
Sem tenía cien años cuando engendró a Arpaksad, dos años después del diluvio. Vivió
Sem, después de engendrar a Arpaksad, quinientos años, y engendró hijos e hijas.
Arpaksad era de treinta y cinco años de edad cuando engendró a Sélaj. Y vivió
Arpaksad, después de engendrar a Sélaj, cuatrocientos tres años, y engendró hijos e hijas.
Era Sélaj de treinta años cuando engendró a Héber. Y vivió Sélaj, después de engendrar
a Héber, cuatrocientos tres años, y engendró hijos e hijas.
Era Héber de treinta y cuatro años cuando engendró a Péleg. Y vivió Héber después de
engendrar a Péleg cuatrocientos treinta años, y engendró hijos e hijas.
Era Péleg de treinta años cuando engendró a Reú. Y vivió Péleg, después de engendrar
a Reú, doscientos nueve años, y engendró hijos e hijas.
Era Reú de treinta y dos años cuando engendró a Serug. Y vivió Reú después de
engendrar a Serug, doscientos siete años, y engendró hijos e hijas.
Era Serug de treinta años cuando engendró a Najor. Y vivió Serug, después de
engendrar a Najor, doscientos años, y engendró hijos e hijas.
Era Najor de veintinueve años cuando engendró a Téraj. Y vivió Najor, después de
engendrar a Téraj, ciento diez y nueve años, y engendró hijos e hijas.
Era Téraj de setenta años cuando engendró a Abrán, a Najor y a Harán.
R. Yo vendré para reunir a los pueblos de toda lengua: * acudirán para ver mi gloria.
V. Entonces enviaré a mis ángeles para que reúnan a mis elegidos de los cuatro puntos
cardinales.
R. Acudirán para ver mi gloria.
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Efesios
(Caps.13-18,1: Funk 1,183-187)
TENED FE Y CARIDAD PARA CON CRISTO
Procurad reuniros con más frecuencia para celebrar la acción de gracias y la alabanza
divina. Cuando os reunís con frecuencia en un mismo lugar, se debilita el poder de
Satanás, y la concordia de vuestra fe le impide causaros mal alguno. Nada mejor que la
paz, que pone fin a toda discordia en el cielo y en la tierra.
Nada de esto os es desconocido, si mantenéis de un modo perfecto, en Jesucristo, la fe
y la caridad, que son el principio y el fin de la vida: el principio es la fe, el fin es la caridad.
Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican con el mismo Dios, y todo lo demás
que contribuye al bien obrar se deriva de ellas. El que profesa la fe no peca, y el que
posee la caridad no odia. Por el fruto se conoce al árbol; del mismo modo, los que hacen
profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Lo que nos interesa ahora,
más que hacer una profesión de fe, es mantenernos firmes en esa fe hasta el fin.
Es mejor callar y obrar que hablar y no obrar. Buena cosa es enseñar, si el que enseña
también obra. Uno solo es el maestro, que lo dijo, y existió; pero también es digno del
Padre lo que enseñó sin palabras. El que posee la palabra de Jesús es capaz de entender
lo que él enseñó sin palabras y llegar así a la perfección, obrando según lo que habla y
dándose a conocer por lo que hace sin hablar. Nada hay escondido para el Señor, sino que
aun nuestros secretos más íntimos no escapan a su presencia. Obremos, pues, siempre
conscientes de que él habita en nosotros, para que seamos templos suyos y él sea nuestro
Dios en nosotros, tal como es en realidad y tal como se manifestará ante nuestra faz; por
esto, tenemos motivo más que suficiente para amarlo.
No os llaméis a engaño, hermanos míos. Los que perturban las familias no heredarán el
reino de Dios. Ahora bien, si los que así perturban el orden material son reos de muerte,
¿cuánto más los que corrompen con sus falsas enseñanzas la fe que proviene de Dios, por
la cual fue crucificado Jesucristo? Estos tales, manchados por su iniquidad, irán al fuego
inextinguible, como también los que les hacen caso.
Para esto, el Señor recibió el ungüento en su cabeza, para infundir en la Iglesia la
incorrupción. No os unjáis con el repugnante olor de las enseñanzas del príncipe de este
mundo, no sea que os lleve cautivos y os aparte de la vida que tenemos prometida. ¿Por
qué no somos todos prudentes, si hemos recibido el conocimiento de Dios, que es
Jesucristo? ¿Por qué nos perdemos neciamente, no reconociendo el don que en verdad
nos ha enviado el Señor?
Mi espíritu es el sacrificio expiatorio de la cruz, la cual para los incrédulos es motivo de
escándalo, mas para nosotros es la salvación y la vida eterna.
R. Todo lo que de palabra o de obra realicéis, * sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo
la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de él.
V. Haced todas las cosas a gloria de Dios.
R. Sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio
de él.
Oremos:
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la
oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por
Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.