El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 6 de mayo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. (T. P. Aleluya.) †
Salmo 17, 2-30
ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA
En aquella hora ocurrió un violento terremoto (Ap 11, 13).
I
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
† Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.
Antífona 2: El Señor me libró porque me amaba. (T. P. Aleluya).
II
Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz.
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;
y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.
Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.
Antífona 3: Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas. (T. P. Aleluya).
III
El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega,
fiado en mi Dios, asalto la muralla.
V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 18, 1-28
FUNDACIÓN DE LA IGLESIA DE CORINTO
En aquellos días, salió Pablo de Atenas y vino a Corinto. Allí se encontró con un judío
del Ponto, llamado Áquila, y con su mujer Priscila, recientemente venidos de Italia, por
haber mandado Claudio que saliesen de Roma todos los judíos. Pablo trabó amistad con
ellos y, como tenía el mismo oficio, se quedó a vivir en casa de ellos, trabajando en su
compañía. Eran fabricantes de lona. Cada sábado discutía en la sinagoga, tratando de
convencer a judíos y griegos. Cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo se
entregó por entero a la predicación del Evangelio, afirmando claramente ante los judíos
que Jesús era el Mesías. Pero, ante su oposición y sus palabras injuriosas, Pablo sacudió
sus vestidos y les dijo: «Caiga vuestra sangre sobre vuestra cabeza; yo no tengo la culpa.
De aquí en adelante, me dirigiré a los gentiles.»
Con esto, salió de allí y se fue a casa de un prosélito, llamado Ticio Justo, que vivía al
lado de la sinagoga. Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor, con toda su familia;
y muchos corintios, después de escuchar la predicación de Pablo, abrazaban la fe y se
hacían bautizar. Una noche, en una visión, el Señor dijo a Pablo: «No temas. Habla y no
calles; que yo estoy contigo y nadie osará hacerte daño. Sabe que tengo en esta ciudad
muchísima gente que me pertenece.»
Se detuvo allí un año y seis meses, enseñando la palabra de Dios. Siendo Galión
procónsul de Acaya, se levantaron a una los judíos contra Pablo y lo llevaron ante el
tribunal, diciendo: «Este hombre incita a la gente a dar a Dios un culto contrario a la ley.»
Ya estaba Pablo para hablar, cuando Galión, dirigiéndose a los judíos, les habló así: «Si
se tratase de una injusticia o de un grave delito, os escucharía, como es lógico. Pero
tratándose, como se trata, de discusiones sobre palabras, sobre nombres y sobre vuestra
ley, allá vosotros. Yo no quiero ser juez en tales asuntos.»
Y los despachó del tribunal. Por lo que todos se arrojaron sobre Sóstenes, el jefe de la
sinagoga, y comenzaron a golpearlo delante del tribunal, sin que Galión se preocupase lo
más mínimo. Pablo, después de haber permanecido todavía muchos días, se despidió delos hermanos y, junto con Priscila y Áquila, se embarcó para Siria; antes, se había hecho
rapar la cabeza en Cencreas, pues tenía hecho voto de nazareato. Desembarcaron en
Éfeso, y Pablo, dejando allí a sus compañeros, entró en la sinagoga para hablar con los
judíos. Le rogaron que se quedase por más tiempo, pero él no accedió, sino que se
despidió con estas palabras: «Si Dios quiere, volveré otra vez a veros.»
Y partió de Éfeso. Desembarcó en Cesarea, subió a saludar a la Iglesia de Jerusalén y
bajó luego a Antioquia. Después de haberse detenido allí algún tiempo, salió a recorrer
sucesivamente las regiones de Galacia y Frigia, fortaleciendo en la fe a todos los
discípulos.
Entretanto, un judío, llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy
versado en las Escrituras, llegó a Éfeso. Había sido instruido en la doctrina del Señor y,
con fervor de espíritu, hablaba y enseñaba rectamente todo lo referente a Jesús; pero sólo
conocía el bautismo de Juan. Apolo, pues, comenzó a predicar resueltamente en la
sinagoga. Priscila y Áquila, que lo escucharon, lo tomaron aparte y le expusieron con
mayor exactitud la doctrina evangélica. Como quería él pasar a Acaya, lo animaron a ello
los hermanos, y escribieron a los discípulos para que le dispensasen buena acogida. Su
llegada fue muy provechosa para los fieles, por la gracia de Dios que poseía, porque
refutaba vigorosamente en público a los judíos y les demostraba, por las Escrituras, que
Jesús es el Mesías.
R. En una visión, el Señor dijo a Pablo: «No temas. * Habla y no calles; que yo estoy
contigo.» Aleluya.
V. Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que tienes que decir.
R. Habla y no calles: que yo estoy contigo. Aleluya.
De la carta a Diogneto
(Caps. 5-6: Funk 1, 397-401)
LOS CRISTIANOS EN EL MUNDO
Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni
por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni
utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha
sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como
otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.
Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres
de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin
embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble.
Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos,
pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero
están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos,
pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el
lecho.
Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está
en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes.
Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y
con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan
en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello
atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a
cambio, devuelven honor: Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser
castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como
a extraños, y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no
saben explicar el motivo de su enemistad.
Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el
cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así
también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma
habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no
son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los
cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece
y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide
disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido
agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.
El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los
cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la
que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo
como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma
inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en
moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona
con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente
mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha
asignado, del que no les es lícito desertar.
R. Yo soy la luz del mundo; * el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la
luz de la vida. Aleluya.
V. En mí está toda gracia de camino y de verdad, en mí toda esperanza de vida y de
fuerza.
R. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Aleluya.
Oremos:
Oh Dios, que amas la inocencia y la devuelves a quienes la han perdido, atrae hacia ti el
corazón de tus fieles, para que siempre vivan a la luz de tu verdad los que han sido
liberados de las tinieblas del error. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.