Oficio de Lectura - LUNES VI SEMANA DE PASCUA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 11 de mayo de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.

La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Salmodia

Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.

Salmo 30, 2-17. 20-25

SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

I

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.

Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).

II

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).

III

¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.

Versículo

V. Mi corazón y mi carne. Aleluya.
R. Se alegran por el Dios vivo. Aleluya.

Lecturas

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 21, 1-26

VIAJE A JERUSALÉN

En aquellos días, después de habernos separado de los presbíteros de Éfeso, nos
embarcamos y fuimos derechos a Cos; al día siguiente, a Rodas y, de allí, a Pátara, donde
encontramos una nave que hacía la travesía a Fenicia. Nos embarcamos y nos dimos a la
mar. Luego dimos vista a Chipre, que dejamos a la izquierda; fuimos navegando hacia
Siria, y por fin desembarcamos en Tiro, porque allí tenía que dejar la nave su carga.
Buscamos y encontramos a los discípulos, y nos quedamos allí siete días. Ellos, inspirados
por el Espíritu, aconsejaban a Pablo que no subiese a Jerusalén. Pasados aquellos días,
salimos, acompañados de todos, con sus mujeres y niños, hasta fuera de la ciudad y,
después de orar de rodillas en la playa, nos despedimos; nosotros subirnos a bordo, y
ellos se volvieron a sus casas.
De Tiro vinimos a Tolemaida, terminando así nuestro viaje por mar; y, después de
saludar a los hermanos y de estar un día con ellos, salimos al día siguiente y llegamos a
Cesarea. Entramos en casa de Felipe, el evangelista, que era uno de los siete, y nos
hospedamos allí. Tenía él cuatro hijas vírgenes, que tenían el don de profecía. Llevábamosallí varios días, cuando bajó de Judea un profeta, llamado Ágabo, que vino a visitarnos. Y,
tomando el cinturón de Pablo y atándose pies y manos con él, dijo así: «Esto dice el
Espíritu Santo: "Así atarán los judíos en Jerusalén al hombre a quien pertenece este
cinturón, y lo pondrán en manos de los gentiles."»
Cuando escuchamos esta predicción, le instamos, tanto nosotros como los que se
encontraban allí, a que no subiese a Jerusalén. Pero Pablo respondió: «¿Qué hacéis con
llorar y abatir mi corazón? Yo estoy dispuesto no sólo a dejarme atar, sino a morir en
Jerusalén por el nombre de Jesús, el Señor.»
Como no se dejaba convencer, dejamos de insistir, diciendo: «Hágase la voluntad del
Señor.»
Unos días después, hechos los preparativos para el viaje, emprendimos la subida a
Jerusalén. Nos acompañaron algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a hospedar a
casa de Nasón, un chipriota, discípulo de los primeros tiempos. A nuestra llegada a
Jerusalén, fuimos recibidos gozosamente por los hermanos; y, al día siguiente, vino Pablo
con nosotros a visitar a Santiago, reuniéndose también allí todos los presbíteros. Después
de saludarlos, Pablo les fue contando una por una las maravillas que por su medio había
realizado Dios entre los gentiles. Ellos glorificaron a Dios al escuchar sus palabras. Luego
le dijeron: «Ya ves, hermano, cuántos miles y miles de judíos han abrazado la fe; y cómo
todos son observantes celosos de la ley. Pero les han hecho saber que tú enseñas a los
judíos de la diáspora a desertar de la ley de Moisés, y que les dices que no circunciden a
sus hijos ni sigan las tradiciones mosaicas. ¿Qué vas a hacer ahora? Ciertamente, se han
de enterar que has llegado aquí. Haz, pues, lo que te vamos a decir. Tenemos aquí a
cuatro hombres que tienen hecho voto de nazareato. Llévalos contigo y, junto con ellos,
cumple el rito de tu purificación; paga por ellos para que puedan dejarse rapar la cabeza,
y así todos conocerán que no hay nada de lo que han oído decir de ti, sino que también tú
sigues observando la ley. Por lo que se refiere a los gentiles que han abrazado la fe, ya les

escribimos, después de madura deliberación, que se abstengan de las viandas ofrecidas a
los ídolos, de comer sangre, de comer carne de animales ahogados y de la fornicación.»
Al día siguiente, Pablo, acompañado de aquellos hombres, cumplió el rito de su
purificación. Y así, anunciando el final de los días del nazareato, acudió con ellos al
templo, hasta que terminasen de ofrecerse los sacrificios por cada uno.

Responsorio Hch 21, 13; Col 1, 24

R. Yo estoy dispuesto no sólo a dejarme atar, sino a morir en Jerusalén * por el nombre de
Jesús, el Señor. Aleluya.
V. Voy completando en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, las tribulaciones que
aún me quedan por sufrir con Cristo en mi carne mortal.
R. Por el nombre de Jesús, el Señor. Aleluya.

Segunda Lectura

Del tratado de Dídimo de Alejandría sobre la Santísima Trinidad
(Libro 2,12: PG 39, 667-674)

EL ESPÍRITU SANTO NOS RENUEVA EN EL BAUTISMO

En el bautismo nos renueva el Espíritu Santo como Dios que es, a una con el Padre y el
Hijo, y nos devuelve desde el informe estado en que nos hallamos a la primitiva belleza,
así como nos llena con su gracia de forma que ya no podemos ir tras cosa alguna que no
sea deseable; nos libera del pecado y de la muerte; de terrenos, es decir, de hechos de
tierra y polvo, nos convierte en espirituales, participes de la gloria divina, hijos y herederos
de Dios Padre, configurados de acuerdo con la imagen de su Hijo, herederos con él,
hermanos suyos, que habrán de ser glorificados con él y reinaran con él; en lugar de la
tierra nos da el cielo y nos concede liberalmente el paraíso; nos honra más que a los
ángeles; y con las aguas divinas de la piscina bautismal apaga la inmensa llama
inextinguible del infierno.
En efecto, los hombres son concebidos dos veces, una corporalmente, la otra por el
Espíritu divino. De ambas escribieron acertadamente los evangelistas, y yo estoy dispuesto
a citar el nombre y la doctrina de cada uno.
Juan: A cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su
nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de
Dios. Todos aquellos, dice, que creyeron en Cristo recibieron el poder de hacerse hijos de
Dios, esto es, del Espíritu Santo, para que llegaran a ser de la misma naturaleza de Dios.
Y, para poner de relieve que aquel Dios que engendra es el Espíritu Santo, añadió con
palabras de Cristo: Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar
en el reino de Dios.
Así, pues, de una manera visible, la pila bautismal da a luz a nuestro cuerpo mediante
el ministerio de los sacerdotes; de una manera espiritual, el Espíritu de Dios, invisible para
cualquier inteligencia, bautiza en sí mismo y regenera al mismo tiempo cuerpo y alma, con
el ministerio de los ángeles.
Por lo que el Bautista, históricamente y de acuerdo con esta expresión de agua y deEspíritu, dijo a propósito de Cristo: Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Pues el vaso
humano, como frágil que es, necesita primero purificarse con el agua y luego fortalecerse
y perfeccionarse con el fuego espiritual (Dios es, en efecto, un fuego devorador): y por
esto necesitamos del Espíritu Santo, que es quien nos perfecciona y renueva: este fuego
espiritual puede, efectivamente, regar, y esta agua espiritual es capaz de fundir como el
fuego.

Responsorio Is 44, 3. 4; Jn 4, 14

R. Derramaré agua abundante sobre el suelo sediento, y torrentes en la tierra seca. *
Derramaré mí Espíritu y crecerán como álamos junto a las corrientes de agua. Aleluya.
V. El agua que yo le dé se convertirá en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar
vida eterna.
R. Derramaré mi Espíritu y crecerán como álamos junto a las corrientes de agua. Aleluya.

Oración

Oremos:

Te pedimos, Señor de misericordia, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto
abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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