El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 22 de agosto de 2026. Otras celebraciones del día: SANTA MARÍA VIRGEN, REINA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Escuchemos la voz del Señor, para que entremos en su descanso.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
A caminar sin ti, Señor, no atino;
tu palabra de fuego es mi sendero
me encontraste cansado y prisionero
del desierto, del cardo y del espino.
Descansa aquí conmigo del camino,
que en Emaús hay trigo en el granero,
hay un poco de vino y un alero
que cobije tu sueño, Peregrino.
Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.
Antífona 1: El Señor los rescató de la opresión. (T. P. Aleluya).
Salmo 77, 40-72
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros (1 Cor 10,6).
IV
¡Qué rebeldes fueron en el desierto,
enojando a Dios en la estepa!
Volvían a tentar a Dios,
a irritar al santo de Israel,
sin acordarse de aquella mano
que un día los rescató de la opresión:
cuando hizo prodigios en Egipto,
portentos en el campo de Soán;
cuando convirtió en sangre los canales
y los arroyos, para que no bebieran;
cuando les mandó tábanos que les picasen,
y ranas que los hostigasen;
cuando entregó a la langosta sus cosechas,
y al saltamontes el fruto de sus sudores;
cuando aplastó con granizo sus viñedos,
y con escarcha sus higueras;
cuando entregó sus ganados al pedrisco,
y al rayo sus rebaños;
cuando lanzó contra ellos el incendio de su ira,
su cólera, su furor, su indignación
y, despachando a los siniestros mensajeros,
dio curso libre a su ira:
no los salvó de la muerte,
entregó sus vidas a la peste;
cuando hirió a los primogénitos de Egipto,
a las primicias de la virilidad en las tiendas de Cam.
Antífona 2: Los hizo llegar el Señor hasta el monte que su diestra había adquirido. (T. P. Aleluya).
V
Sacó como un rebaño a su pueblo,
los guió como un hato por el desierto,
los condujo seguros, sin alarmas,
mientras el mar cubría a sus enemigos;
los hizo entrar por las santas fronteras,
hasta el monte que su diestra había adquirido;
ante ellos rechazó a las naciones,
les asignó por suerte su heredad:
instaló en sus tiendas a las tribus de Israel.
Pero ellos tentaron al Dios Altísimo y se rebelaron,
negándose a guardar sus preceptos;
desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso;
con sus altozanos lo irritaban,
con sus ídolos provocaban sus celos.
Dios los oyó y se indignó,
y rechazó totalmente a Israel;
abandonó su morada de Silo,
la tienda en que habitaba con los hombres;
abandonó sus valientes al cautiverio,
su orgullo a las manos enemigas;
entregó su pueblo a la espada,
encolerizado contra su heredad;
el fuego devoraba a los jóvenes,
y las novias ya no tenían cantos;
los sacerdotes caían a espada,
y sus viudas no los lloraban.
Antífona 3: Escogió a la tribu de Judá y eligió a David, su siervo, para pastorear a Israel, su heredad. (T. P. Aleluya).
VI
Pero el Señor se despertó como de un sueño,
como un soldado vencido por el vino:
hirió al enemigo en la espalda,
infligiéndole una derrota perdurable.
Repudió las tiendas de José,
no escogió la tribu de Efraín;
escogió la tribu de Judá
y el monte Sión, su preferido.
Construyó su santuario como el cielo,
como a la tierra lo cimentó para siempre.
Escogió a David, su siervo,
lo sacó de los apriscos del rebaño;
de andar tras las ovejas, lo llevó
a pastorear a su pueblo, Jacob,
a Israel, su heredad.
Los pastoreó con corazón íntegro,
los guiaba con mano inteligente.
Del libro del Qohelet 11, 7-12, 14
ENTRÉGALE A DIOS LO MEJOR DE TU VIDA
Dulce es la luz y bueno para los ojos ver el sol. Si uno vive muchos años, que goce de
todos ellos, y tenga en cuenta que los días de tinieblas muchos serán, que es vanidad
todo el porvenir.
Alégrate, joven, en tu juventud, que tu corazón disfrute en tus años mozos. Vete por
donde te lleve el corazón y el gusto de tus ojos; ten sólo presente que de todo ello Dios te
pedirá cuentas. Aparta el mal humor de tu pecho y aleja el sufrimiento de tu carne, pero
recuerda que juventud y pelo negro son también vanidad.
Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan los días malos y se
echen encima los años en que dirás: «No me agradan»; mientras no se nublen el sol y la
luz, la luna y las estrellas, y retornen las nubes tras la lluvia; cuando tiemblen los guardias
de palacio y se doblen los guerreros; cuando se detengan las moledoras, por ser ya
escasas, y se queden a oscuras las que miran por las ventanas; cuando se cierren las
puertas de la calle, ahogándose el son del molino; cuando enmudezca el canto del ave y
cesen todas las canciones; cuando en las alturas haya temores y en los caminos angustias.
Y, mientras florece el almendro y está grávida la langosta y revienta la alcaparra, el
hombre se va a su eterna morada y circulan por la calle los dolientes.
Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, antes de que se rompa el cordón de plata y
se quiebre la lámpara de oro y se haga añicos el cántaro junto a la fuente y se caiga la
polea dentro del pozo; antes de que el polvo vuelva a la tierra, a lo que era, y el espíritu
vuelva a Dios, que es quien lo dio.
¡Vanidad de vanidades! —proclama el Qohelet—, ¡todo es vanidad!
El Qohelet, a más de ser un sabio, enseñó doctrina al pueblo. Ponderó e investigó,
compuso muchos proverbios. El Qohelet trabajó mucho en inventar frases felices y en
escribir bien sentencias verdaderas.
Las palabras de los sabios son como aguijadas o como estacas hincadas por un pastor
para controlar el rebaño. Lo que de ellas se saca, hijo mío, es ilustrarse, pues componer
muchos libros es cosa de nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud.
Basta de palabras. Todo está dicho: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso
es ser hombre cabal. Porque Dios emplazará a juicio todas las acciones, y él lo ve todo,
aun lo oculto, sea bueno o malo.
R. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas; * en la
vejez y las canas, no me abandones.
V. Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.
R. En la vejez y las canas, no me abandones.
De los comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos
(Salmo 48,14-15: CSEL 64, 368-370)
CRISTO RECONCILIÓ EL MUNDO CON DIOS POR SU PROPIA SANGRE
Cristo, que reconcilió el mundo con Dios, personalmente no tuvo necesidad de
reconciliación. Él, que no tuvo ni sombra de pecado, no podía expiar pecados propios. Y
así, cuando le pidieron los judíos la didracma del tributo que, según la ley, se tenía que
pagar por el pecado, preguntó a Pedro: "¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a
quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?," Contestó: "A los
extraños." Jesús le dijo: "Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no
escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y
encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mi y por ti".
Dio a entender con esto que él no estaba obligado a pagar para expiar pecados
propios; porque no era esclavo del pecado, sino que, siendo como era Hijo de Dios, estaba
exento de toda culpa. Pues el Hijo libera, pero el esclavo está sujeto al pecado. Por tanto,
goza de perfecta libertad y no tiene por qué dar ningún precio en rescate de sí mismo. En
cambio, el precio de su sangre es más que suficiente para satisfacer por los pecados de
todo el mundo. El que nada debe está en perfectas condiciones para satisfacer por los
demás.
Pero aún hay más. No sólo Cristo no necesita rescate ni propiciación por el pecado, sino
que esto mismo lo podemos decir de cualquier hombre, en cuanto que ninguno de ellos
tiene que expiar por sí mismo, ya que Cristo es propiciación de todos los pecados, y él
mismo es el rescate de todos los hombres.
¿Quién es capaz de redimirse con su propia sangre después que Cristo ha derramado la
suya por la redención de todos? ¿Qué sangre puede compararse con la de Cristo? ¿O hay
algún ser humano que pueda dar una satisfacción mayor que la que personalmente
ofreció Cristo, el único que puede reconciliar el mundo con Dios por su propia sangre?
¿Hay alguna víctima más excelente? ¿Hay algún sacrificio de más valor? ¿Hay algún
abogado más eficaz que el mismo que se ha hecho propiciación por nuestros pecados y
dio su vida por nuestro rescate?
No hace falta, pues, propiciación o rescate para cada uno, porque el precio de todos es
la sangre de Cristo. Con ella nos redimió nuestro Señor Jesucristo, el único que de hecho
nos reconcilió con el Padre. Y llevó una vida trabajosa hasta el fin, porque tomó sobre sí
nuestro trabajos. Y así decía: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo
os aliviaré.
R. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. *
Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará.
V. Nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; nos ha
sacado del dominio de las tinieblas.
R. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará.
Oremos:
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en
nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas consigamos
alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.