Oficio de Lectura - LUNES I SEMANA DE CUARESMA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 23 de febrero de 2026. Otras celebraciones del día: SAN POLICARPO, OBISPO Y MÁRTIR .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: Sálvame, Señor, por tu misericordia. (T. P. Aleluya).

Salmo 6

ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS

Ahora mi alma está agitada... Padre, líbrame de esta hora (Jn 12, 27).

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.

Antífona 2: El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. (T. P. Aleluya).

Salmo 9 A

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA

De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.

I

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.

Antífona 3: Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. (T. P. Aleluya).

II

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.

Versículo

V. Convertíos y creed la Buena Noticia.
R. Porque está cerca el reino de Dios.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Éxodo 6, 2-13

SEGUNDO RELATO DE LA VOCACIÓN DE MOISÉS

En aquellos días, dijo Dios a Moisés: «Yo soy el Señor, yo me aparecí a Abraham, a
Isaac y a Jacob, como "Dios de las montañas", pero no les di a conocer mi nombre. Yo
hice alianza con ellos, prometiéndoles la tierra de Canaán, tierra de sus andanzas (donde
habían residido). Yo también escuché las quejas de los israelitas cuando los egipcios los
esclavizaban, y me acordé de la alianza. Por tanto, di a los israelitas: "Yo soy el Señor: os
sacaré de debajo de las cargas de los egipcios, os libraré de vuestra esclavitud, os
redimiré con brazo extendido y haciendo justicia solemne. Os adoptaré como pueblo mío y
seré vuestro Dios; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios, el que os saca de
debajo de las cargas de los egipcios; os llevaré a la tierra que prometí con juramento a
Abraham, Isaac y Jacob, y os la daré en posesión: Yo, el Señor."»
Moisés comunicó esto a los israelitas, pero no le hicieron caso, porque estaban
agobiados por el durísimo trabajo. El Señor dijo a Moisés:
«Ve al Faraón, rey de Egipto, y dile que deje salir de su tierra a los israelitas.»
Moisés habló en presencia del Señor: «Si los israelitas no me escuchan, ¿cómo me
escuchará el Faraón a mí, que soy, tan torpe de palabra?»
Pero el Señor habló a Moisés y a Aarón, dándoles órdenes para el Faraón, rey de
Egipto, y para los israelitas, y mandándoles sacar de Egipto a los hijos de Israel.

Responsorio Cf. 1Pe 2, 9. 10; cf. Ex 6, 7. 6

R. Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios;
vosotros que en otro tiempo no erais pueblo sois ahora pueblo de Dios. * Os adoptaré
como pueblo mío y seré vuestro Dios.
V. Yo soy el Señor: os sacaré de debajo de las cargas de los egipcios, con brazo extendido.
R. Os adoptaré como pueblo mío y seré vuestro Dios.

Segunda Lectura

De los sermones de san Gregorio Nacianceno, obispo
(Sermón 14, sobre el amor a los pobres, 23-25: PG 35, 887-890)

ACTUALICEMOS UNOS CON OTROS LA BONDAD DEL SEÑOR

Reconoce de dónde te viene que existas, que tengas vida, inteligencia y sabiduría, y, lo
que está por encima de todo, que conozcas a Dios, tengas la esperanza del reino de los
cielos y aguardes la contemplación de la gloria (ahora, ciertamente, de forma enigmática y
como en un espejo, pero después de manera más plena y pura); reconoce de dónde te
viene que seas hijo de Dios, coheredero de Cristo, y, dicho con toda audacia, que seas,
incluso, convertido en Dios. ¿De dónde y por obra de quién te vienen todas estas cosas?
Limitándonos a hablar de las realidades pequeñas que se hallan al alcance de nuestros
ojos, ¿de quién procede el don y el beneficio de que puedas contemplar la belleza del
cielo, el curso del sol, la órbita de la luna, la muchedumbre de los astros y la armonía y el
orden que resuenan en todas estas cosas, como en una lira?
¿Quién te ha dado las lluvias, la agricultura, los alimentos, las artes, las casas, las
leyes, la sociedad, una vida grata y a nivel humano, así como la amistad y familiaridad con
aquellos con quienes te une un verdadero parentesco?
¿A qué se debe que puedas disponer de los animales, en parte como animales
domésticos y en parte como alimento?
¿Quién te ha constituido dueño y señor de todas las cosas que hay en la tierra?
¿Quién ha otorgado al hombre, para no hablar de cada cosa una por una, todo aquello
que le hace estar por encima de los demás seres vivientes?
¿Acaso no ha sido Dios, el mismo que ahora solicita tu benignidad, por encima de
todas las cosas y en lugar de todas ellas? ¿No habríamos de avergonzarnos, nosotros, que
tantos y tan grandes beneficios hemos recibido o esperamos de él, si ni siquiera le
pagáramos con esto, con nuestra benignidad? Y si él, que es Dios y Señor, no tiene a
menos llamarse nuestro Padre, ¿vamos nosotros a renegar de nuestros hermanos?
No consintamos, hermanos y amigos míos, en administrar de mala manera lo que, por
don divino, se nos ha concedido, para que no tengamos que escuchar aquellas palabras:
Avergonzaos, vosotros, que retenéis lo ajeno, proponeos la imitación de la equidad de
Dios, y nadie será pobre.
No nos dediquemos a acumular y guardar dinero, mientras otros tienen que luchar en
medio de la pobreza, para no merecer el ataque acerbo y amenazador de las palabras del
profeta Amós: Escuchad, los que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el
trigo, y el sábado para ofrecer el grano?»
Imitemos aquella suprema y primordial ley de Dios, que hace llover sobre los justos y
los pecadores, y hace salir igualmente el sol para todos; que pone la tierra, las fuentes, los
ríos y los bosques a disposición de todos sus habitantes; el aire se lo entrega a las aves, y
el agua a los que viven en ella, y a todos da, con abundancia, los subsidios para su
existencia, sin que haya autoridad de nadie que los detenga, ni ley que los circunscriba, ni
fronteras que los separen; se lo entregó todo en común, con amplitud y abundancia, y sin
deficiencia alguna. Así enaltece la uniforme dignidad de la naturaleza con la igualdad de
sus dones, y pone de manifiesto las riquezas de su benignidad.

Responsorio Lc 6, 35; Mt 5, 45; Lc 6, 36

R. Amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; así
seréis hijos de vuestro Padre celestial, * que hace salir su sol sobre malos y buenos, y
llover sobre justos y pecadores.
V. Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre.
R. Que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos y pecadores.

Oración

Oremos:

Conviértenos a ti, Dios salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la
celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos. Por nuestro Señor
Jesucristo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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