El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 17 de agosto de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.
Antífona 1: ¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! (T. P. Aleluya).
Salmo 72
POR QUÉ SUFRE EL JUSTO
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6).
I
¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.
Antífona 2: Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
II
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: "Voy a hablar con ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
Antífona 3: Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. (T. P. Aleluya).
III
Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tú agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sión.
Del libro del Qohelet 2, 1-3. 12-26
VANIDAD DE LOS PLACERES Y DE LA SABIDURÍA
Yo me dije en mí corazón: «¡Adelante! ¡Voy a hacer probar el placer, a hacer que
disfrutes del bienestar!» Pero vi que también esto es vanidad. A la risa la llamé
«¡Locura!»; y del placer dije: «¿Para qué vale?» Traté de regalar mi cuerpo con el vino,
mientras guardaba mi corazón en la sabiduría, y entregarme al desvarío hasta ver en qué
consistía la felicidad de los humanos, lo que hacen bajo el cielo durante los contados días
de su vida. Dirigí luego mi reflexión sobre la sabiduría, la locura y el desvarío. Porque ¿qué
hará el hombre que suceda al rey, sino lo que ya otros hicieron? Yo vi que la sabiduría
aventaja al desvarío, como la luz a las tinieblas.
El sabio tiene sus ojos en la cabeza, mas el necio camina en las tinieblas. Pero también
yo sé que la misma suerte alcanza a ambos. Entonces me dije: «Como la suerte del necio
será la mía. ¿Para qué vale, pues, mi sabiduría?» Y pensé que hasta eso mismo es
vanidad. No hay recuerdo duradero ni del sabio ni del necio; al correr de los días, todos
son olvidados. Pues el sabio muere igual que el necio.
He detestado la vida, porque me disgusta cuanto se hace bajo el sol, pues todo es
vanidad y atrapar vientos. Detesté todos mis fatigosos afanes bajo el sol, y los dejo a mi
sucesor. ¿Quién sabe si será sabio o necio? Y, sin embargo, él será dueño de toda mi
fatiga, la que realicé con afán y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. Entregué
mi corazón al desaliento por todos mis fatigosos afanes bajo el sol, al considerar cómo
algún hombre que se ha afanado con sabiduría, ciencia y destreza deja su bien a otro que
en nada se afanó para ello. También esto es vanidad y mal grave. Pues ¿qué le queda a
aquel hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol? ¿De todos sus
días de dolor, de penosas ocupaciones, de todas sus noches de insomnio? También esto es
vanidad.
No hay mayor felicidad humana que comer y beber y pasarlo bien en medio de los
afanes. Yo veo que también esto viene de la mano de Dios, pues quien come y goza lo
tiene de Dios. Porque a quien le agrada da él sabiduría, ciencia y alegría; mas al pecador
da el trabajo de amontonar y atesorar para dejárselo a quien a él le plazca. También esto
es vanidad y atrapar vientos.
R. Dios da a quien le agrada sabiduría, ciencia y alegría; mas al pecador da el trabajo de
amontonar y atesorar para dejárselo a quien a él le plazca. * También esto es vanidad y
atrapar vientos.
V. Raíz de todos los males es el afán del dinero; y algunos, por dejarse llevar de él, han
quedado sumergidos en un mar de tormentos.
R. También esto es vanidad y atrapar vientos.
De los tratados morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
(Libro 3, 39-40: PL. 75, 619-620)
ATAQUES POR FUERA Y TEMORES POR DENTRO
Los santos varones, al hallarse involucrados en el combate de las tribulaciones,
teniendo que soportar al mismo tiempo a los que atacan y a los que intentan seducirlos,
se defienden de los primeros con el escudo de su paciencia, atacan a los segundos
arrojándoles los dardos de su doctrina, y se ejercitan en una y otra clase de lucha con
admirable fortaleza de espíritu, en cuanto que por dentro oponen una sabia enseñanza a
las doctrinas desviadas, y por fuera desdeñan sin temor las cosas adversas; a unos
corrigen con su doctrina, a otros superan con su paciencia. Padeciendo, superan a los
enemigos que se alzan contra ellos; compadeciendo, retornan al camino de la salvación a
los débiles; a aquéllos les oponen resistencia, para que no arrastren a los demás; a éstos
les ofrecen su solicitud, para que no pierdan del todo el camino de la rectitud.
Veamos cómo lucha contra unos y otros el soldado de la milicia de Dios. Dice san Pablo:
Ataques por fuera y temores por dentro. Y enumera estas dificultades exteriores, diciendo:
Con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre
gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los
falsos hermanos. Y añade cuales son los dardos que asesta contra el adversario en
semejante batalla: Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a
menudo en ayunas, con frío y sin ropa.
Pero en medio de tan fuertes batallas, nos dice cuánta es la vigilancia con que protege
el campamento, ya que añade a continuación: Y, aparte todo lo demás, la carga de cada
día, la preocupación por todas las Iglesias. Además de la fuerte batalla que él ha de
sostener, se dedica compasivamente a la defensa del prójimo. Después de explicarnos los
males que ha de sufrir, añade los bienes que comunica a los otros.
Pensemos lo gravoso que ha de ser tolerar las adversidades, por fuera, y proteger a los
débiles, por dentro, todo ello al mismo tiempo. Por fuera sufre ataques, porque es
azotado, atado con cadenas; por dentro sufre por el temor de que sus padecimientos sean
un obstáculo no para él, sino para sus discípulos. Por esto, les escribe también: Nadie
vacile a causa de estas tribulaciones. Ya sabéis que éste es nuestro destino. Él temía que
sus propios padecimientos fueran ocasión de caída para los demás, que los discípulos,
sabiendo que él había sido azotado por causa de la fe, se hicieran atrás en la profesión de
su fe.
¡Oh inmenso y entrañable amor! Desdeñando lo que él padece, se preocupa de que los
discípulos no padezcan en su interior desviación alguna. Menospreciando las heridas de su
cuerpo, cura las heridas internas de los demás. Es éste un distintivo del hombre justo,
que, aun en medio de sus dolores y tribulaciones, no deja de preocuparse por los demás;
sufre con paciencia sus propias aflicciones, sin abandonar por ello la instrucción que prevé
necesaria para los demás, obrando así como el médico magnánimo cuando está él mismo
enfermo. Mientras sufre las desgarraduras de su propia herida, no deja de proveer a los
otros el remedio saludable.
R. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, * así están
nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.
V. Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz
de la vida.
R. Así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.
Oremos:
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en
nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas consigamos
alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.