El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 28 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN IRENEO, OBISPO Y MÁRTIR .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.
Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.
Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.
El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.
Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.
Antífona 1: El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.
Salmo 1
LOS DOS CAMINOS DEL HOMBRE
Felices los que poniendo su esperanza en la cruz, se sumergieron en las aguas del bautismo.
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.
Antífona 2: Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, mi monte santo.
Salmo 2
¿POR QUÉ SE AMOTINAN LAS NACIONES?
Verdaderamente se aliaron contra su santo siervo Jesús, tu Ungido (Hech 4, 27).
¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
"rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo".
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
"yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo".
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho:
"Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza".
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!
Antífona 3: Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.
Salmo 3
CONFIANZA EN MEDIO DE LA ANGUSTIA
Durmió el Señor el sueño de la muerte y resucitó del sepulcro porque el Padre fue su ayuda (S. Ireneo).
Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
"Ya no lo protege Dios".
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.
De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.
Del libro de Nehemías 4, 1-23
RECONSTRUCCIÓN DE LAS MURALLAS DE JERUSALÉN
En aquellos días, cuando Sanbalat se enteró de que estábamos reconstruyendo la
muralla, se indignó y, enfurecido, empezó a burlarse de los judíos, diciendo a su gente y a
la guarnición samaritana:
«¿Qué hacen esos desgraciados judíos? ¿No hay nadie que se lo impida? ¿Van a ofrecer
sacrificios? ¿Se creen que van a terminar en un día y a resucitar de montones de
escombros unas piedras calcinadas?»
El amonita Tobías, que se encontraba a su lado, dijo:
«Déjalos que construyan. En cuanto suba una zorra, abrirá brecha en su muralla de
piedra.»
Escucha, Dios nuestro, cómo se burlan de nosotros. Haz que sus insultos recaigan
sobre ellos y mándalos al destierro para que se burlen de ellos. No encubras sus delitos,
no borres de tu vista sus pecados, pues han ofendido a los constructores.
Seguimos levantando la muralla, que quedó reparada hasta media altura. La gente
tenía ganas de trabajar.
Cuando Sanbalat, Tobías, los árabes, los amonitas y los asdoditas se enteraron de que
la reparación de la muralla de Jerusalén iba adelante -pues empezaban a cerrarse las
brechas-, lo llevaron muy a mal. Se confabularon para luchar contra Jerusalén y sembrar
en ella la confusión. Encomendándonos a nuestro Dios, apostamos una guardia, día y
noche, para vigilarlos. Los judíos decían:
«Los cargadores se agotan y los escombros son muchos; nosotros solos no podemos
construir la muralla.»
Nuestros enemigos comentaban:
«Que no sepan ni vean nada hasta que hayamos penetrado en medio de ellos y los
matemos; así detendremos las obras.»
En esta situación, los judíos que vivían entre ellos, viniendo de diversos lugares, nos
repetían una y otra vez que nos iban a atacar. Entonces, aposté en trincheras, detrás de la
muralla y entre matorrales, gente dividida por familias y armados con sus espadas, lanzas,
arcos. Después de una inspección, dije a los notables, a las autoridades y al resto del
pueblo:
«No les tengáis miedo. Acordaos del Señor, grande y terrible, y luchad por vuestros
hermanos, hijos, hijas, mujeres y casas.»
Al ver nuestros enemigos que estábamos informados, Dios desbarató sus planes y
pudimos volver a la muralla, cada cual a su tarea. Con todo, desde aquel día, la mitad de
mis hombres trabajaba, mientras la otra mitad estaba armada de lanzas, escudos, arcos y
corazas. Las autoridades se preocupaban de todos los judíos. Los que construían la
muralla y los cargadores estaban armados, con una mano trabajaban y con la otra
empuñaban el arma. Todos los albañiles llevaban la espada al cinto mientras trabajaban. Y
el corneta iba a mi lado, pues había dicho a los notables, a las autoridades y al resto del
pueblo:
«El trabajo es tan grande y tan extenso, que debemos desperdigarnos a lo largo de la
muralla, lejos unos de otros. En cuanto oigáis la corneta, dondequiera que estéis, venid a
reuniros con nosotros. Nuestro Dios combatirá por nosotros.»
Así seguimos, unos trabajando y otros empuñando las lanzas, desde que despuntaba el
alba hasta que salían las estrellas. Por entonces dije también al pueblo:
«Todos pernoctarán en Jerusalén con sus criados. De noche haremos guardia, y de día
trabajaremos.»
Yo, mis hermanos, mis criados y los hombres de mi escolta dormíamos vestidos y con
las armas al alcance de la mano.
R. Señor, tú has sido baluarte para el pobre, fortaleza para el desvalido en su angustia, *
parapeto contra el aguacero, sombra contra el calor.
V. Jerusalén está rodeada de montañas, y el Señor rodea a su pueblo.
R. Parapeto contra el aguacero, sombra contra el calor.
De las homilías del papa Pablo sexto
(Homilía pronunciada en Manila el día 29 de noviembre de 1970)
PREDICAMOS A CRISTO HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA
¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy
apóstol y testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con
tanta mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el
Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el
primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y
redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros.
Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y
amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo
y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y
nuestra felicidad.
Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, y la
verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y
nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo,
nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado,
sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo
reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la
convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados,
en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden
alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos.
Éste es Jesucristo, de quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya
pertenecéis, por vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos, os repito su
nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey
del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino;
él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre
por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita
entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el
Espíritu del cuerpo místico.
¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo
es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos.
R. Cristo Jesús, nuestro Salvador, ha aniquilado la muerte, y ha hecho brillar la vida y la
inmortalidad por el Evangelio. * Y de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia.
V. Todo fue creado por él y para él, él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
R. Y de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz;
concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de
la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.