El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 27 de abril de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: ¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! (T. P. Aleluya).
Salmo 72
POR QUÉ SUFRE EL JUSTO
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6).
I
¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.
Antífona 2: Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
II
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: "Voy a hablar con ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
Antífona 3: Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. (T. P. Aleluya).
III
Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tú agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sión.
V. Mi corazón y mi carne. Aleluya.
R. Se alegran por el Dios vivo. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 12, 24-13, 14a
MISIÓN DE BERNABÉ Y PABLO
En aquellos días, la palabra del Señor arraigaba y se difundía cada vez más. Bernabé
y Saulo, una vez que hubieron cumplido su misión, volvieron de Jerusalén y se llevaron
consigo a Juan, por sobrenombre Marcos.
Había en la Iglesia de Antioquía profetas y doctores. Entre ellos estaban Bernabé y
Simón, llamado el Negro, Lucio de Cirene, Manahem, hermano de leche del tetrarca
Herodes, y Saulo. Un día en que celebraban el culto del Señor y guardaban ayuno, les
habló así el Espíritu Santo: «Separadme a Bernabé y a Saulo para el ministerio a que los
he destinado.»
Por lo que, después de orar y ayunar, les impusieron las manos y los despidieron.
Enviados, pues, por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre.
Llegados a Salamina, comenzaron a predicar la palabra de Dios en las sinagogas de los
judíos, teniendo como auxiliar a Juan. Luego recorrieron toda la isla hasta Pafos; y allí seencontraron con un mago, un falso profeta judío, que se llamaba Barjesús. Éste vivía con
el procónsul Sergio Paulo, hombre muy sensato, quien, deseoso de escuchar la palabra de
Dios, hizo llamar a Bernabé y a Saulo. Pero Elimas, o «el mago» —que esto quiere decir
su nombre—, les contradecía y procuraba por todos los medios apartar de la fe al
procónsul. Saulo, llamado también Pablo, lleno del Espíritu Santo, clavando en él los ojos,
le increpó así: «Hombre todo lleno de superchería y vileza, hijo del diablo, enemigo de
todo lo bueno, ¿cuándo vas a dejar de torcer los rectos caminos del Señor? Ahora mismo
te va a herir la mano del Señor: vas a quedar ciego y, por algún tiempo, no vas a poder
ver la luz del sol.»
Al momento, le sobrevino un ensombrecimiento y oscuridad completa de la vista. Y
empezó a dar vueltas de una parte a otra, buscando a alguno que lo llevase de la mano.
Cuando el procónsul vio lo que acababa de suceder, abrazó la fe, maravillado de la
doctrina del Señor.
Pablo y sus compañeros zarparon de Pafos y llegaron a Perge de Panfilia; pero Juan
se separó de ellos y se volvió a Jerusalén, mientras que ellos, partiendo de Perge, llegaron
a Antioquía de Pisidia.
R. Un día en que celebraban el culto del Señor, les habló así el Espíritu Santo: *
«Separadme a Bernabé y a Saulo para el ministerio a que los he destinado.» Aleluya.
V. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros.
R. Separadme a Bernabé y a Saulo para el ministerio a que los he destinado. Aleluya.
Del Libro de san Basilio Magno, obispo, sobre el Espíritu Santo
(Cap. 15, Núms. 35-36: PG 32,130-131)
EL ESPÍRITU, DADOR DE VIDA
El Señor, que nos da la vida, estableció con nosotros la institución del bautismo, en el
que hay un símbolo y principio de muerte y de vida: la imagen de la muerte nos la
proporciona el agua, la prenda de la vida nos la ofrece el Espíritu.
En el bautismo se proponen como dos fines, a saber, la abolición del cuerpo de
pecado, a fin de que no fructifique para la muerte; y la vida del Espíritu, para que
abunden los frutos de santificación; el agua representa la muerte, haciendo como si
acogiera al cuerpo en el sepulcro; mientras que el Espíritu es el que da la fuerza
vivificante, haciendo pasar nuestras almas renovadas de la muerte del pecado a la vida
primera.
Esto es, pues, lo que significa nacer de nuevo del agua y del Espíritu: puesto que en
el agua se lleva a cabo la muerte, y el Espíritu crea la nueva vida nuestra. Por eso
precisamente el gran misterio del bautismo se efectúa mediante tres inmersiones y otras
tantas invocaciones, con el fin de expresar la figura de la muerte, y para que el alma de
los que se bautizan quede iluminada con la infusión de la luz divina.
Porque la gracia que se da por el agua no proviene de la naturaleza del agua, sino de
la presencia del Espíritu, pues el bautismo no consiste en limpiar una suciedad corporal,
sino en impetrar de Dios una conciencia pura.
Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión
del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de
invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos
de la luz, el compartir la gloria eterna y, para decirlo todo de una sola vez, el poseer la
plenitud de las bendiciones divinas, así en este mundo como en el futuro; pues, al esperar
por la fe los bienes prometidos, contemplamos ya, como en un espejo y como si
estuvieran presentes, los bienes de que disfrutaremos.
Y, si tal es el anticipo, ¿cuál no será la realidad? Y, si tan grandes son las primicias,
¿cuál no será la plena realización?
R. Cuando nuestra carne surge del agua del bautismo, dejando en ella sepultados sus
antiguos delitos, * el Espíritu Santo desciende del cielo sobre ella, como la paloma del
diluvio, para ofrecerle la paz, pues la antigua arca era figura de la Iglesia. Aleluya.
V. ¡Bendito sea el sacramento del bautismo, por el cual obtenemos la salvación eterna!
R. El Espíritu Santo desciende del cielo sobre ella, como la paloma del diluvio, para
ofrecerle la paz, pues la antigua arca era figura de la Iglesia. Aleluya.
Oremos:
Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída,
concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la
esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.