El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 18 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. (T. P. Aleluya).
Salmo 102
¡BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR!
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).
I
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila
se renueva tu juventud.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.
Antífona 2: Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. (T. P. Aleluya).
II
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen
nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre
siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Los días del hombre
duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.
Antífona 3: Bendecid al Señor, todas sus obras. (T. P. Aleluya).
III
Pero la misericordia del Señor
dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
V. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos.
R. Estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo.
Del libro del profeta Isaías 58, 1-12
EL AYUNO AGRADABLE A DIOS
Así dice el Señor:
Clama a voz en grito, no te moderes; levanta tu voz como cuerno y denuncia a mi
pueblo su rebeldía y a la casa de Jacob sus pecados.
A mí me buscan día a día y les agrada conocer mis caminos, como si fueran gente que
la virtud practica y el rito de su Dios no hubiesen abandonado. Me preguntan por las leyes
justas, la vecindad de su Dios les agrada. ¿Por qué ayunamos, si tú no lo ves? ¿Para qué
nos humillamos, si tú no lo sabes?
Es que el día en que ayunabais, buscabais vuestro negocio y explotabais a todos
vuestros trabajadores. Es que ayunáis para litigio y pleito y para dar de puñetazos a
malvados. No ayunéis como hoy, para hacer oír en las alturas vuestra voz.
¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero el día en que se humilla el hombre? ¿Había que
doblegar como junco la cabeza, en sayal y ceniza estarse echado? ¿A eso llamáis ayuno y
día grato al Señor?
¿No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad,
deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y arrancar todo yugo?
¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que
cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?
Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te
precederá tu justicia, la gloria del Señor te seguirá. Entonces clamarás, y el Señor te
responderá, pedirás socorro, y dirá: «Aquí estoy.»
Si apartas de ti todo yugo, no apuntas con el dedo y no hablas maldad, repartes al
hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y
lo oscuro de ti será como mediodía.
Te guiará el Señor de continuo, hartará en los sequedales tu alma, dará vigor a tus
huesos, y serás como huerto regado, o como manantial cuyas aguas nunca faltan.
Reedificarán, de ti, tus ruinas antiguas, levantarás los cimientos de pasadas generaciones,
se te llamará Reparador de brechas, y Restaurador de senderos frecuentados.
R. El ayuno que yo quiero es éste —dice el Señor—: partir tu pan con el que tiene
hambre, dar hospedaje a los pobres que no tienen techo. * Entonces clamarás al Señor y
él te responderá, gritarás y él te dirá: «Aquí estoy.»
V. Cuando venga el Hijo del hombre dirá a los que están a su derecha: «Venid, pues tuve
hambre y me disteis de comer.»
R. Entonces clamarás al Señor y él te responderá, gritarás y él te dirá: «Aquí estoy.»
De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
(Caps. 7, 4-8, 3; 8, 5-9, 1; 13, 1-4; 19, 2: Funk 1, 71-73. 77-78. 87)
CONVERTÍOS
Fijemos con atención nuestra mirada en la sangre de Cristo, y reconozcamos cuán
preciosa ha sido a los ojos de Dios, su Padre, pues, derramada por nuestra salvación,
alcanzó la gracia de la penitencia para todo el mundo.
Recorramos todos los tiempos, y aprenderemos cómo el Señor, de generación en
generación, concedió un tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a él. Noé
predicó la penitencia, y los que lo escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la
destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a
fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser del pueblo elegido.
De la penitencia hablaron, inspirados por el Espíritu Santo, los que fueron ministros de
la gracia de Dios. Y el mismo Señor de todas las cosas habló también, con juramento, de
la penitencia diciendo: Por mi vida —oráculo del Señor—, juro que no quiero la muerte del
malvado, sino que cambie de conducta; y añade aquella hermosa sentencia: Cesad de
obrar mal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo «Aunque vuestros pecados lleguen
hasta el cielo, aunque sean como púrpura y rojos como escarlata, si os convertís a mí de
todo corazón y decís: "Padre", os escucharé como a mi pueblo santo».
Queriendo, pues, el Señor que todos los que él ama tengan parte en la penitencia, lo
confirmó así con su omnipotente voluntad.
Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio, e, implorando con súplicas
su misericordia y benignidad, recurramos a su benevolencia y convirtámonos, dejadas a
un lado las vanas obras, las contiendas y la envidia, que conduce a la muerte.
Seamos, pues, humildes, hermanos, y, deponiendo toda jactancia, ostentación e
insensatez, y los arrebatos de la ira, cumplamos lo que está escrito, pues lo dice el Espíritu
Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se
gloríe el rico de su riqueza; el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, para buscarle a él y
practicar el derecho y la justicia; especialmente si tenemos presentes las palabras del
Señor Jesús, aquellas que pronunció para enseñarnos la benignidad y la longanimidad.
Dijo, en efecto: Sed misericordiosos, y alcanzaréis misericordia; perdonad, y se os
perdonará; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad, y se os dará; no
juzguéis, y no os juzgarán; como usareis la benignidad, así la usarán con vosotros; la
medida que uséis la usarán con vosotros.
Que estos mandamientos y estos preceptos nos comuniquen firmeza para poder
caminar, con toda humildad, en la obediencia a sus santos consejos. Pues dice la Escritura
santa: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis
palabras.
Como quiera, pues, que hemos participado de tantos, tan grandes y tan ilustres
hechos, emprendamos otra vez la carrera hacia la meta de paz que nos fue anunciada
desde el principio y fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador del universo,
acogiéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz.
R. Que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor y él
tendrá piedad; * porque el Señor, nuestro Dios, es compasivo y misericordioso y se
arrepiente de las amenazas.
V. No se complace el Señor en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta y
viva.
R. Porque el Señor, nuestro Dios, es compasivo y misericordioso y se arrepiente de las
amenazas.
Oremos:
Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma, para que nos mantengamos en
espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el
combate cristiano contra las fuerzas del mal. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.