El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 24 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: El Señor hará justicia a los pobres. (T. P. Aleluya).
Salmo 9 B
CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS
Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc 6, 20).
I
¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas.»
La intriga vicia siempre su conducta,
aleja de su mente tus juicios
y desafía a sus rivales.
Piensa: «No vacilaré,
nunca jamás seré desgraciado.»
Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente.
Sus ojos espían al pobre;
acecha en su escondrijo como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;
se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: «Dios lo olvida,
se tapa la cara para no enterarse.»
Antífona 2: Tú, Señor, ves las penas y los trabajos. (T. P. Aleluya).
II
Levántate, Señor, extiende tu mano,
no te olvides de los humildes;
¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas?
Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano.
Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.
Antífona 3: Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata refinada siete veces. (T. P. Aleluya).
Salmo 11
INVOCACIÓN A LA FIDELIDAD DE DIOS CONTRA LOS ENEMIGOS MENTIROSOS
Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo (San Agustín).
Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón.
Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua fanfarrona
de los que dicen: "la lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro acusador?"
El Señor responde: "por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre,
yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía".
Las palabras del Señor son palabras auténticas,
como plata limpia de ganga,
refinada siete veces.
Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.
V. Ahora es el tiempo propicio.
R. Ahora es el día de la salvación.
Del libro del Éxodo 6, 29-7, 25
PRIMERA PLAGA DE EGIPTO
El Señor dijo a Moisés: «Yo soy el Señor. Repite al Faraón de Egipto todo lo que te
digo.»
Y Moisés respondió al Señor: «Soy torpe de palabra, ¿cómo me va a hacer caso el
Faraón?»
Respondió el Señor: «Mira, te hago ser como un dios para el Faraón, y Aarón, tu
hermano, será tu profeta. Tú dirás todo lo que yo te mande, y Aarón se lo dirá al Faraón,
para que deje salir a los hijos de Israel. Yo endureceré el corazón del Faraón y haré
muchos signos y prodigios contra Egipto. El Faraón no os escuchará, pero yo extenderé mi
mano contra Egipto y sacaré de Egipto a mis legiones, a mi pueblo, los hijos de Israel,
haciendo solemne justicia, para que los egipcios sepan que yo soy el Señor, cuando
extienda mi mano contra Egipto y saque a los israelitas de en medio de ellos.»
Moisés y Aarón hicieron puntualmente lo que el Señor les mandaba. Moisés tenía
ochenta años y Aarón ochenta y tres cuando hablaron al Faraón. El Señor dijo a Moisés y
a Aarón: «Cuando os diga el Faraón: "Haced algún prodigio" dile a Aarón: "Coge tu cayado
y tíralo delante del Faraón", y el cayado se convertirá en una serpiente.»
Moisés y Aarón se presentaron al Faraón e hicieron lo que el Señor les había mandado.
Aarón tiró su cayado delante del Faraón, y el cayado se convirtió en una serpiente. El
Faraón llamó a sus sabios y a sus hechiceros, y los magos de Egipto hicieron lo mismo con
sus encantamientos: cada uno tiró su bastón, y los bastones se convirtieron en serpientes,
pero el bastón de Aarón devoró a los otros bastones. Mas el corazón del Faraón se
endureció y, como había anunciado el Señor, no le hizo caso. El Señor dijo a Moisés: «El
Faraón se ha obstinado y se niega a dejar marchar al pueblo. Acude mañana al Faraón,
cuando salga al río, y espérale a la orilla del Nilo, llevando contigo el bastón que se
convirtió en serpiente. Y dile: "El Señor Dios de los hebreos me ha enviado a ti con este
mensaje: Deja salir a mi pueblo para que me rinda culto en el desierto. Hasta ahora no
me has hecho caso. Así dice el Señor: Con el bastón que llevo en la mano golpearé el
agua del Nilo y se convertirá en sangre; los peces del Nilo morirán y el río apestará y los
egipcios no podrán beber agua del Nilo.”»
El Señor dijo a Moisés: «Dile a Aarón: "Coge tu bastón, extiende la mano sobre las
aguas de Egipto, ríos, canales, estanques y aljibes", y el agua se convertirá en sangre. Y
habrá sangre por todo Egipto, en las vasijas de madera y en las de piedra.»
Moisés y Aarón hicieron lo que el Señor les mandaba. Levantó el bastón y golpeó el
agua del Nilo a la vista del Faraón y de su corte. Toda el agua del Nilo se convirtió en
sangre. Los peces del Nilo murieron, el Nilo se pudría y los egipcios no podían beber el
agua del Nilo; y hubo sangre por todo el país de Egipto. Los magos de Egipto hicieron lo
mismo con sus encantamientos, de modo que el Faraón se empeñó en no hacerles caso —
como lo había anunciado el Señor—. El Faraón se volvió a palacio, pero no aprendió la
lección. Los egipcios cavaban a los lados del Nilo buscando agua de beber, pues no podían
beber el agua del Nilo. Y pasaron siete días después que el Señor hirió el Nilo.
R. El ángel derramó su copa sobre los ríos y se convirtieron en sangre, y oí al ángel, que
decía: Justo eres tú, Señor, el que es y el que era, el santo, por haber hecho así justicia: *
pues han derramado la sangre de santos y profetas.»
V. Y oí la voz de otro ángel, que decía desde el altar: «Así es, Señor, Dios todopoderoso,
verdaderos y justos son tus juicios.»
R. Pues han derramado la sangre de santos y profetas.
Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre el Padrenuestro
(Caps. 1-3: CSEL 3, 267-268)
EL QUE NOS DIO LA VIDA NOS ENSEÑÓ TAMBIÉN A ORAR
Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas
divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos
del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; ellos
instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos
celestiales.
Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos; pero
cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la
misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas, pues ya no pide que se
prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y
mostrándonos el camino, de modo que quienes, ciegos y abandonados, errábamos antes
en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y
alcanzáramos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor.
El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que
orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, él
mismo nos instruyó y aconsejó sobre lo que teníamos que pedir. El que nos dio la vida nos
enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás,
para que fuésemos escuchados con más facilidad, al dirigirnos al Padre con la misma
oración que el Hijo nos enseñó.
El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores
adorarían al Padre en espíritu y verdad; y cumplió lo que antes había prometido de tal
manera que nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad como consecuencia de
su santificación adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus
normas.
¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por
quien nos fue también enviado el Espíritu Santo, y qué plegaria más verdadera ante el
Padre que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? De modo que orar de otra
forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: Anuláis el
mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición.
Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le
resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras la misma
oración de Cristo que llega a sus oídos.
Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio Hijo; el
mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, y, puesto que lo
tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos,
como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor. Pues, si
dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra
oración en el nombre de Cristo, si la hacemos, además, con sus propias palabras?
R. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. * Pedid y recibiréis, y vuestra alegría
será completa.
V. Cuanto pidáis en mi nombre yo lo concederé, para que el Padre sea glorificado en el
Hijo.
R. Pedid y recibiréis, y vuestra alegría será completa.
Oremos:
Señor, mira con amor a tu familia y a los que moderan su cuerpo con la penitencia, aviva
en su espíritu el deseo de poseerte. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.