El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 26 de agosto de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Antífona 1: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. (T. P. Aleluya.) †
Salmo 17, 2-30
ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA
En aquella hora ocurrió un violento terremoto (Ap 11, 13).
I
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
† Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.
Antífona 2: El Señor me libró porque me amaba. (T. P. Aleluya).
II
Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz.
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;
y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.
Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.
Antífona 3: Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas. (T. P. Aleluya).
III
El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega,
fiado en mi Dios, asalto la muralla.
Comienza la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 1-20
MISIÓN DE TIMOTEO. PABLO PREDICADOR DEL EVANGELIO
Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios, nuestro Salvador, y de Cristo Jesús,
nuestra esperanza, a Timoteo, mi verdadero hijo en la fe: gracia, misericordia y paz de
parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Señor.
Al partir para Macedonia, te rogué que te quedaras en tu puesto en Éfeso, para intimar
a algunos a que no sigan enseñando doctrinas extrañas ni se ocupen de leyendas y
genealogías inacabables. Son éstas más a propósito para promover inútiles discusiones
que para llevar a cabo el plan divino de salvación por la fe. El objetivo de tu exhortación
no debe ser otro que promover la caridad que proviene de un corazón sincero, de una
conciencia recta y de una fe sin fingimiento. Algunos se han desviado de esta enseñanza y
han venido a dar en vana palabrería; pretenden ser doctores de la ley, cuando no
entienden ni lo que dicen ni lo que con tanta seguridad afirman.
Ya sabemos que la ley es buena para quien usa de ella conforme al fin que tiene. Es
decir, sabiendo que no fue instituida para los justos, sino para los prevaricadores y
rebeldes, para impíos y pecadores, para gente sin religión y sin piedad, para parricidas y
matricidas, para asesinos, adúlteros, sodomitas, traficantes de seres humanos,
embusteros, perjuros y para todos los que se oponen a la sana doctrina. Esta sana
doctrina es conforme al mensaje evangélico de salvación, cuyo objeto es la gloria del Dios
bienaventurado, y que ha sido encomendado a mi solicitud.
Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió
este ministerio. Yo primero fui blasfemo y perseguidor, e inferí ultrajes; pero fui acogido
con toda misericordia, porque obré por ignorancia en el tiempo de mi incredulidad. ¡Y en
verdad que sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, juntamente con la fe y la
caridad de Cristo Jesús!
Sentencia verdadera y digna de universal adhesión es ésta: Cristo Jesús vino al mundo
para salvar a los pecadores. Y de entre ellos yo soy el primero. Y si Dios me concedió su
misericordia, fue para que Cristo Jesús manifestase primeramente en mí toda su
benignidad y sirviese de ejemplo a quienes habían de creer en él para conseguir la vida
eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de
los siglos. Amén.
Ésta es la recomendación que yo te hago, hijo mío Timoteo, atendiendo a las
revelaciones carismáticas hechas anteriormente sobre tu persona. Armado con ellas
podrás combatir en buena lid, teniendo a tu favor la fe y la recta conciencia. Algunos, por
haber obrado en contra de ésta, naufragaron en la fe. Entre ellos se encuentran Himeneo
y Alejandro, a quienes he entregado al poder de Satanás, para que aprendan a no
blasfemar.
R. Sobreabundó la gracia de nuestro Señor, juntamente con la fe y la caridad. * Cristo
Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.
V. Pues todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios.
R. Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.
De las instrucciones de san Columbano, abad
(Instrucción 13, Sobre Cristo, fuente de vida, 1-2: Opera, Dublín 1957, pp. 116-118)
EL QUE TENGA SED QUE VENGA A MÍ Y QUE BEBA
Amadísimos hermanos, escuchad nuestras palabras, pues vais a oír algo realmente
necesario; y mitigad la sed de vuestra alma con el caudal de la fuente divina, de la que
ahora pretendemos hablaros. Pero no la apaguéis del todo: bebed, pero no intentéis
saciaros completamente. La fuente viva, la fuente de la vida nos invita ya a ir a él,
diciéndonos: El que tenga sed que venga a mí y que beba.
Tratad de entender qué es lo que vais a beber. Que os lo diga Jeremías. Mejor dicho,
que os lo diga el que es la misma fuente: Me abandonaron a mi, fuente de agua viva oráculo
del Señor-. Así, pues, nuestro Señor Jesucristo en persona es la fuente de la vida.
Por eso, nos invita a ir a él, que es la fuente, para beberlo. Lo bebe quien lo ama, lo bebe
quien trata de saciarse de la palabra de Dios. El que tiene suficiente amor también tiene
suficiente deseo. Lo bebe quien se inflama en el amor de la sabiduría.
Observad de donde brota esa fuente. Precisamente de donde nos viene el pan. Porque
uno mismo es el pan y la fuente: el Hijo único, nuestro Dios y Señor Jesucristo, de quien
siempre hemos de tener hambre. Aunque lo comamos por el amor, aunque lo vayamos
devorando por el deseo, tenemos que seguir con ganas de él, como hambrientos.
Vayamos a él, como a fuente, y bebamos, tratando de excedernos siempre en el amor;
bebamos llenos de deseo y gocemos de la suavidad de su dulzura.
Porque el Señor es bueno y suave; y, por más que lo bebamos y lo comamos, siempre
seguiremos teniendo hambre y sed de él, porque esta nuestra comida y bebida no puede
acabar nunca de comerse y beberse; aunque se coma, no se termina, aunque se beba, no
se agota, porque este nuestro pan es eterno y esta nuestra fuente es perenne y esta
nuestra fuente es dulce. Por eso, dice el profeta: Sedientos todos, acudid por agua.
Porque esta fuente es para los que tienen sed, no para los que ya la han apagado. Y, por
eso, llama a los que tienen sed, aquellos mismos que en otro lugar proclama dichosos,
aquellos que nunca se sacian de beber, sino que, cuanto más beben, más sed tienen.
Con razón, pues, hermanos, hemos de anhelar, buscar y amar a aquel que es la Palabra
de Dios en el cielo, la fuente de la sabiduría, en quien, como dice el Apóstol, están
encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, tesoros que Dios brinda a los que
tienen sed.
Si tienes sed, bebe de la fuente de la vida; si tienes hambre, come el pan de la vida.
Dichosos los que tienen hambre de este pan y sed de esta fuente; nunca dejan de comer
y beber y siempre siguen deseando comer y beber. Tiene que ser muy apetecible lo que
nunca se deja de comer y beber, siempre se apetece y se anhela, siempre se gusta y
siempre se desea; por eso, dice el rey profeta: Gustad y ved qué dulce, qué bueno es el
Señor.
R. Jesús, puesto en pie, clamaba en alta voz: * «El que tenga sed que venga a mí, y que
beba el que crea en mí.»
V. Brotarán de su seno torrentes de agua viva.
R. El que tenga sed que venga a mí, y que beba el que crea en mí.
Oremos:
Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el
amor a tus preceptos y esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes
del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.