El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 29 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!
Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
ni tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.
Antífona 1: Encomienda tu camino al Señor, y él actuará. (T. P. Aleluya).
Salmo 36
LA VERDADERA Y LA FALSA FELICIDAD
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 4).
I
No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.
Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.
Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
Descansa en el Señor y espera en él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:
cohibe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.
Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.
Antífona 2: Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia. (T. P. Aleluya).
II
El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.
Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.
Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.
El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambre se saciarán;
pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.
El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.
Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.
Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.
Antífona 3: Confía en el Señor y sigue su camino. (T. P. Aleluya).
III
La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.
El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.
Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.
Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.
Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.
El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.
Del libro de Judit 6, 1-7. 10; 7, 1. 4-5
AJIOR ES ENTREGADO A LOS ISRAELITAS
En aquellos días, cuando se calmó el alboroto de los que rodeaban el consejo,
Holofernes, generalísimo del ejército asirio, dijo a Ajior en presencia de toda la tropa
extranjera y todos los moabitas:
«Y ¿quién eres tú, Ajior, y los mercenarios de Efraín, para ponerte a profetizar así,
diciendo que no luchemos contra los israelitas porque su Dios les protegerá? ¿Qué dioshay fuera de Nabucodonosor? Él va a enviar su poder y los exterminará de la faz de la
tierra, sin que su Dios pueda librarlos. Nosotros, sus siervos, los aplastaremos como a un
solo hombre. No podrán resistir el empuje de nuestra caballería. Los barreremos. Sus
montes se emborracharán con su sangre, sus llanuras rebosarán de cadáveres. No podrán
aguantar a pie firme ante nosotros, sino que perecerán totalmente, dice el rey
Nabucodonosor, dueño de toda la tierra. Porque ha hablado, y no pronuncia palabras
vacías.
Y en cuanto a ti, Ajior, mercenario amonita, que has dicho esas frases en un momento
de sinrazón, no volverás a verme hasta que castigue a esa gente escapada de Egipto.
Entonces, cuando yo vuelva, la espada de mis soldados y la lanza de mis oficiales te
traspasarán el costado, y caerás entre sus heridos. Mis esclavos te van a llevar a la
montaña y te dejarán en alguna ciudad de los desfiladeros; no perecerás hasta que seas
exterminado con ellos. Y, si por dentro confías en que no nos apoderaremos de ellos, no
estés cabizbajo. Lo he dicho, no quedará una palabra sin cumplirse.»
Después, ordenó a los esclavos que estaban en la tienda que echasen mano a Ajior y lo
llevasen a Betulia para entregarlo a los israelitas. Los israelitas bajaron de la ciudad, se
acercaron a Ajior, lo desataron, lo llevaron a Betulia y se lo presentaron a los jefes de la
ciudad, que eran, en aquel entonces, Ozías, de Miqueas, de la tribu de Simeón; Cabris, de
Gotoniel, y Carmis, hijo de Melquiel. Convocaron a todos los ancianos de la ciudad, y
también los jóvenes y las mujeres fueron corriendo a la asamblea. Pusieron a Ajior en
medio de la gente, y Ozías le preguntó qué había pasado.
Al día siguiente, Holofernes ordenó a su ejército y a las tropas aliadas que levantaran el
campamento y avanzaran hacia Betulia, ocuparan los puertos de la sierra y atacaran a los
israelitas. Cuando los israelitas vieron aquella multitud comentaron aterrorizados:
«Estos van a barrer la faz de la tierra; ni los montes más altos, ni las colinas, ni los
barrancos aguantarán tanto peso.»
Cada cual empuñó sus armas, encendieron hogueras en las torres y estuvieron en
guardia toda la noche.
R. Señor, Dios del cielo, mira desde lo alto su soberbia * y apiádate de la humillación de
nuestro pueblo; mira hoy benévolo a tus consagrados.
V. Despierta tu poder y ven a salvarnos.
R. Y apiádate de la humillación de nuestro pueblo; mira hoy benévolo a tus consagrados.
De la carta de san Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
(Caps. 6,1-8, 2: Funk 1, 273-275)
CRISTO NOS HA DEJADO UN EJEMPLO EN SU PROPIA PERSONA
Que los presbíteros tengan entrañas de misericordia y se muestren compasivos para
con todos, tratando de traer al buen camino a los que se han extraviado; que visiten a los
enfermos, que no descuiden a las viudas, a los huérfanos y a los pobres, antes bien, que
procuren el bien ante Dios y ante los hombres; que se abstengan de toda ira, de toda
acepción de personas, de todo juicio injusto; que vivan alejados del amor al dinero, que
no se precipiten creyendo fácilmente que los otros han obrado mal, que no sean severos
en sus juicios, teniendo presente que todos estamos inclinados al pecado.
Si, pues, pedimos al Señor que perdone nuestras ofensas, también nosotros debemos
perdonar a los que nos ofenden, ya que todos estamos bajo la mirada de nuestro Dios y
Señor y todos compareceremos ante el tribunal de Dios, y cada uno dará cuenta a Dios de
sí mismo. Sirvámosle, por tanto, con temor y con gran respeto, según nos mandaron tanto
el mismo Señor como los apóstoles, que nos predicaron el Evangelio, y los profetas,
quienes de antemano nos anunciaron la venida de nuestro Señor; busquemos con celo el
bien, evitemos los escándalos, apartémonos de los falsos hermanos y de aquellos que
llevan hipócritamente el nombre del Señor y arrastran a los insensatos al error.
Todo el que no reconoce que Jesucristo vino en la carne es del Anticristo, y el que no
confiesa el testimonio de la cruz procede del diablo, y el que interpreta falsamente las
sentencias del Señor según sus propias concupiscencias y afirma que no hay resurrección
ni juicio, ese tal es el primogénito de Satanás. Por consiguiente, abandonemos los vanos
discursos y falsas doctrinas que muchos sustentan y volvamos a las enseñanzas que nos
fueron transmitidas desde el principio; seamos sobrios para entregarnos a la oración,
perseveremos constantes en los ayunos y supliquemos con ruegos al Dios que todo lo ve,
a fin de que no nos deje caer en la tentación, porque, como dijo el Señor, el espíritu es
decidido, pero la carne es débil.
Mantengámonos, pues, firmemente adheridos a nuestra esperanza y a Jesucristo,
prenda de nuestra justicia; él, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y no cometió
pecado ni encontraron engaño en su boca, y por nosotros, para que vivamos en él, lo
soportó todo. Seamos imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos
que sufrir, glorifiquémoslo; ya que éste fue el ejemplo que nos dejó en su propia persona,
y esto es lo que nosotros hemos creído.
R. Procuramos hacer lo que es bueno no sólo ante Dios, sino también ante todos los
hombres; a nadie queremos dar nunca motivo de escándalo; * a fin de no hacer caer en
descrédito nuestro ministerio.
V. Tengo mi esperanza fundada en Dios, y me esfuerzo en tener siempre mi conciencia
limpia ante Dios y ante los hombres.
R. A fin de no hacer caer en descrédito nuestro ministerio.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de
los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra
conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.