El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 28 de agosto de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Este es el día del Señor.
Este es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos.
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.
Antífona 1: Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. (T. P. Aleluya).
Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
SÚPLICA CONTRA LOS PERSEGUIDORES INJUSTOS
Se reunieron... y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo (Mt 26, 34).
I
Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
"yo soy tu victoria".
Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
"Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?"
Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.
Antífona 2: Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso. (T. P. Aleluya).
II
Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.
Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste;
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.
Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar.
Cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.
Antífona 3: Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor. (T. P. Aleluya).
III
Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,
y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.
Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
Señor, tú lo has visto, no te calles,
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío,
Señor mío, defiende mi causa.
Que canten y se alegren
los que desean mi victoria,
que repitan siempre: "Grande es el Señor"
los que desean la paz a tu siervo.
Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabará.
Del comentario de san Jerónimo, presbítero, sobre el libro del profeta Joel
(PL 25, 967-968)
CONVERTÍOS A MÍ
Convertíos a mí de todo corazón, y que vuestra penitencia interior se manifieste por
medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas; así, ayunando ahora, seréis luego saciados;
llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados. Y, ya que
la costumbre tiene establecido rasgar los vestidos en los momentos tristes y adversos como
nos lo cuenta el Evangelio, al decir que el pontífice rasgó sus vestiduras para
significar la magnitud del crimen del Salvador, o como nos dice el libro de los Hechos que
Pablo y Bernabé rasgaron sus túnicas al oír las palabras blasfematorias-, así os digo que
no rasguéis vuestras vestiduras, sino vuestros corazones repletos de pecado; pues el
corazón, a la manera de los odres, se rompe nunca espontáneamente, sino que debe ser
rasgado por la voluntad. Cuando, pues, hayáis rasgado de esta manera vuestro corazón,
volved al Señor, vuestro Dios, de quien os habíais apartado por vuestros antiguos pecados,
y no dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su
misericordia perdonará, sin duda, la vastedad de vuestros muchos pecados.
Pues el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; él no se
complace en la muerte del malvado,: sino en que el malvado cambie de conducta y viva;
él no es impaciente como el hombre, sino que espera sin prisas nuestra conversión y sabe
retirar su malicia de nosotros, de manera que, si nos convertimos de nuestros pecados, él
retira de nosotros sus castigos y aparta de nosotros sus amenazas, cambiando ante
nuestro cambio. Cuando aquí el profeta dice que el Señor sabe perdonar su malicia, por
malicia no debemos entender lo que es contrario a la virtud, sino las desgracias con que
nuestra vida está amenazada, según aquello que leemos en otro lugar: A cada día le
bastan sus disgustos, o bien aquello otro: ¿Sucede una desgracia en la ciudad que no la
mande el Señor?
Y, porque dice, como hemos visto más arriba, que el Señor es compasivo y
misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y que sabe retirar su malicia, a fin de que
la magnitud de su clemencia no nos haga negligentes en el bien, añade el profeta: Quizá
se arrepienta y nos perdone y nos deje todavía su bendición. Por eso, dice, yo, por mi
parte, exhorto a la penitencia y reconozco que Dios es infinitamente misericordioso, como
dice el profeta David: Misericordia, Dios mío; por tu bondad, por tu inmensa compasión
borra mi culpa.
Pero, como sea que no podemos conocer hasta dónde llega el abismo de las riquezas y
sabiduría de Dios, prefiero ser discreto en mis afirmaciones y decir sin presunción: Quizá
se arrepienta y nos perdone. Al decir quizá, ya está indicando que se trata de algo o bien
imposible o por lo menos muy difícil.
Habla luego el profeta de ofrenda y libación para nuestro Dios: con ello, quiere
significar que, después de habernos dado su bendición y perdonado nuestro pecado,
nosotros debemos ofrecer a Dios nuestros dones.
R. Convertíos todos a Dios con pureza de alma y con caridad sincera, * para que se
cancele la nota deudora de vuestros pecados.
V. Rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras y convertíos al Señor, vuestro Dios.
R. Para que se cancele la nota deudora de vuestros pecados.
Oremos:
Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el
amor a tus preceptos y esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes
del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.