El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 30 de julio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN PEDRO CRISÓLOGO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.
Antífona 1: La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen. (T. P. Aleluya).
Salmo 17, 31-51
EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31)
IV
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto.
Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
Antífona 2: Tu diestra, Señor, me sostuvo. (T. P. Aleluya).
V
Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;
yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.
Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.
Antífona 3: Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador. (T. P. Aleluya).
VI
Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.
Del libro de Job 38, 1-30
DIOS CONFUNDE A JOB
El Señor respondió a Job desde el seno de la tempestad:
«¿Quién es ése que denigra mis designios con palabras sin sentido? Si eres hombre
cabal, ciñe tu cintura; voy a interrogarte y tú responderás.
¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Dímelo, si es que sabes tanto. ¿Quién señaló
sus dimensiones? -si lo sabes-, o ¿quién le aplicó la cinta de medir? ¿Dónde encajan sus
cimientos?, ¿quién su piedra angular fundamentó, ante el aplauso jubiloso de los astros
matutinos y entre las aclamaciones de los ángeles de Dios?
¿Quién encerró el mar con doble puerta, cuando salía impetuoso desde el seno, cuando
le puse nubes por mantillas y niebla por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y
cerrojos, y le dije: "Hasta aquí llegarás, no más allá; aquí se romperá el orgullo de tus
olas"?
¿Has mandado en tu vida a la mañana o asignaste a la aurora su lugar, para que aferre
a la tierra por los bordes y sacuda de ella a los malvados, para que la transforme como
arcilla bajo el sello y la tiña de colores como una vestidura, para que quite su luz a los
impíos y quebrante el brazo sublevado?
¿Has entrado hasta las fuentes de los mares o paseado por la hondura del océano? ¿Te
han enseñado las puertas de la muerte o has visto los portales de las sombras? ¿Has
examinado la anchura de la tierra? Cuéntamelo, si es que tú todo lo sabes.
¿Por dónde se va a la casa de la luz y dónde viven las tinieblas? ¿Podrías conducirlas a
su tierra, enseñarles el camino de su casa? ¡Oh, tienes que saberlo, pues para entonces tú
ya habías nacido, y es tan grande la cuenta de tus días...
¿Has entrado a los depósitos de nieve? ¿Has visitado los graneros del granizo, que
reservo para la hora del peligro, para el día de la guerra y del combate?
¿Por qué punto se divide el rayo? ¿Por dónde se difunde el viento del oriente? ¿Quién
ha abierto un canal al aguacero y una ruta al relámpago y al trueno, para que llueva en
las tierras despobladas, en la estepa que el hombre no frecuenta, para que beba el
desierto desolado y brote hierba en el páramo desnudo?
¿Tiene padre la lluvia? ¿Quién engendra las gotas del rocío? ¿De qué seno sale el hielo?
Y la escarcha del cielo ¿quién la engendra, cuando el agua se endurece como piedra y se
congela la explanada del océano?»
R. ¡Oh hombre!, ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? * ¿Puede acaso la vasija de
barro decir al alfarero: «Por qué me has hecho así»?
V. Si eres hombre cabal, ciñe tu cintura; voy a interrogarte y tú responderás.
R. ¿Puede acaso la vasija de barro decir al alfarero: «Por qué me has hecho así»?
De las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo
(Catequesis 18, 26-29: PG 33,1047-1050)
LA IGLESIA ES LA ESPOSA DE CRISTO
"Católica": éste es el nombre propio de esta Iglesia santa y madre de todos nosotros;
ella es en verdad esposa de nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios (porque está
escrito: Como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a si mismo por ella, y lo que sigue), y
es figura y anticipo de la Jerusalén de arriba, que es libre y es nuestra madre la cual,
antes estéril, es ahora madre de una prole numerosa.
En efecto, habiendo sido repudiada la primera, en la segunda Iglesia, esto es, la
católica, Dios -como dice Pablo-estableció en el primer puesto los apóstoles, en el
segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el
don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, y toda clase de
virtudes: la sabiduría y la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y el amor a
los hombres, y una paciencia insuperable en las persecuciones.
Ella fue la que antes, en tiempo de persecución y de angustia, con armas ofensivas y
defensivas, con honra y deshonra, redimió a los santos mártires con coronas de paciencia
entretejidas de diversas y variadas flores; pero ahora, en este tiempo de paz, recibe, por
gracia de Dios los honores debidos, de parte de los reyes, de los hombres constituidos en
dignidad y de toda clase de hombres. Y la potestad de los reyes sobre sus súbditos está
limitada por unas fronteras territoriales; la santa Iglesia católica, en cambio, es la única
que goza de una potestad ilimitada en toda la tierra. Tal como está escrito, Dios ha puesto
paz en sus fronteras.
En esta santa Iglesia católica, instruidos con esclarecidos preceptos y enseñanzas,
alcanzaremos el reino de los cielos y heredaremos la vida eterna, por la cual todo lo
toleramos, para que podamos alcanzarla del Señor. Porque la meta que se nos ha
señalado no consiste en algo de poca monta, sino que nos esforzamos por la posesión de
la vida eterna. Por esto, en la profesión de fe, se nos enseña que, después de aquel
artículo: La resurrección de los muertos, de la que ya hemos disertado, creamos en la vida
del mundo futuro, por la cual luchamos los cristianos.
Por tanto, la vida verdadera y auténtica es el Padre, la fuente de la que, por mediación
del Hijo, en el Espíritu Santo, manan sus dones para todos, y, por su benignidad, también
a nosotros los hombres se nos han prometido verídicamente los bienes de la vida eterna.
R. Siempre que me acuerdo de vosotros doy gracias a mi Dios. * Tengo plena confianza de
que aquel que inició en vosotros tan excelente obra la irá llevando a feliz término hasta el
día del advenimiento de Cristo Jesús.
V. Ésta es mi oración: Que vuestro amor vaya creciendo cada vez más en el verdadero
conocimiento y en delicadeza espiritual.
R. Tengo plena confianza de que aquel que inició en vosotros tan excelente obra la irá
llevando a feliz término hasta el día del advenimiento de Cristo Jesús.
Oremos:
Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre
nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos
sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.