El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 13 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Este es el día del Señor.
Este es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos.
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.
Antífona 1: Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. (T. P. Aleluya).
Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
SÚPLICA CONTRA LOS PERSEGUIDORES INJUSTOS
Se reunieron... y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo (Mt 26, 34).
I
Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
"yo soy tu victoria".
Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
"Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?"
Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.
Antífona 2: Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso. (T. P. Aleluya).
II
Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.
Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste;
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.
Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar.
Cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.
Antífona 3: Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor. (T. P. Aleluya).
III
Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,
y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.
Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
Señor, tú lo has visto, no te calles,
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío,
Señor mío, defiende mi causa.
Que canten y se alegren
los que desean mi victoria,
que repitan siempre: "Grande es el Señor"
los que desean la paz a tu siervo.
Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabará.
Del libro del Génesis 45, 1-15. 21 b-46, 7
RECONCILIACIÓN DE JOSÉ CON SUS HERMANOS
En aquellos días, José no pudo contenerse en presencia de su corte y ordenó:
«Salid todos de mi presencia.»
Y no había nadie cuando se dio a conocer a sus hermanos. Rompió a llorar fuerte, de
modo que los egipcios lo oyeron y la noticia llegó a casa del Faraón. José dijo a sus
hermanos:
«Yo soy José; ¿vive todavía mi padre?»
Sus hermanos se quedaron sin respuesta del espanto. José dijo a sus hermanos:
«Acercaos a mí.»
Se acercaron, y les repitió:
«Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios. Pero ahora, no os
preocupéis, ni os pese el haberme vendido aquí; para salvación me envió Dios delante de
vosotros. Llevamos dos años de hambre en el país, y nos quedan cinco años sin sembrar
ni segar. Dios me envió por delante para que podáis sobrevivir en este país y para salvar
vuestras vidas de modo admirable. Por eso no fuisteis vosotros quienes me enviasteis acá,
sino Dios; me hizo ministro del Faraón, señor de su casa y gobernador de todo Egipto.
Aprisa, subid a casa de mi padre y decidle: "Dice tu hijo José: Dios me ha hecho señor de
Egipto, baja a estar conmigo sin detenerte; habitarás en tierra de Gosén, estarás cerca de
mí; tú, con tus hijos y nietos, con tus ovejas, vacas y todas tus posesiones. Yo te
mantendré allí, porque quedan cinco años de hambre, para que no te falte nada, ni a ti ni
a tu familia ni a los tuyos." Vosotros estáis viendo, y también Benjamín está viendo, que
os hablo yo en persona. Contadle a mi padre todo mi poder en Egipto y todo lo que habéis
visto, y traed pronto acá a mi padre.»
Y, echándose al cuello de Benjamín, rompió a llorar, y lo mismo hizo Benjamín; después
besó, llorando, a todos sus hermanos. Sólo entonces le hablaron sus hermanos. José les
dio carros, según las órdenes del Faraón, y provisiones para el viaje. Además, dio a cada
uno una muda de ropa, y a Benjamín trescientas monedas y cinco mudas. A su padre le
envió diez asnos cargados de productos de Egipto, diez borricas cargadas de grano y
vituallas para el viaje. Cuando los hermanos se despidieron para marcharse, él les dijo:
«No riñáis por el camino.»
Salieron, pues, de Egipto, llegaron a tierra de Canaán, a casa de su padre Jacob, y le
dieron la noticia:
«José está vivo y es gobernador de Egipto.»
Él perdió el sentido, porque no podía creerlo. Le contaron todo lo que les había dicho
José, y, cuando vio los carros que José había enviado para transportarlo, recobró el aliento
Jacob, su padre. Y dijo Israel:
«¡Basta!, está vivo mi hijo José; iré a verlo antes de morir.»
Israel, con todo lo suyo, se puso en camino, llegó a Berseba, y allí ofreció sacrificios al
Dios de su padre, Isaac. Dios le dijo a Israel en una visión de noche:
«Jacob, Jacob.»
Respondió:
«Aquí estoy.»
Dios le dijo:
«Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en
un pueblo numeroso. Yo bajaré contigo a Egipto, y yo te haré subir, y José te cerrará los
ojos.»
Al salir Jacob de Berseba, los hijos de Israel hicieron montar a su padre, con los niños y
las mujeres, en las carretas que el Faraón había enviado para transportarlos. Tomaron el
ganado y las posesiones que habían adquirido en Canaán, y Jacob con todos sus
descendientes: hijos y nietos, hijas y nietas, emigraron a Egipto; y se llevó consigo a
Egipto a todos sus descendientes.
R. Si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadlo; * porque, si vosotros perdonáis al
prójimo sus faltas, también os perdonará las vuestras vuestro Padre celestial.
V. Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre.
R. Porque, si vosotros perdonáis al prójimo sus faltas, también os perdonará las vuestras
vuestro Padre celestial.
De los sermones de san León Magno, papa
(Sermón 7 en la Natividad del Señor, 2. 6: PL 54, 217-218. 220-221)
RECONOCE LA DIGNIDAD DE TU NATURALEZA
Al nacer nuestro Señor Jesucristo como hombre verdadero, sin dejar por un momento
de ser Dios verdadero, realizó en sí mismo el comienzo de la nueva creación y, con su
nuevo origen, dio al género humano un principio de vida espiritual. ¿Qué mente será
capaz de comprender este misterio, qué lengua será capaz de explicar semejante don? La
iniquidad es transformada en inocencia, la antigua condición humana queda renovada; los
que eran enemigos y estaban alejados de Dios se convierten en hijos adoptivos y
herederos suyos.
Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste
hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en
Cristo. Haz uso como conviene de las criaturas visibles, como usas de la tierra, del mar, del
cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno
de admiración conviértelo en motivo de alabanza y gloria del Creador.
Deja que tus sentidos corporales se impregnen de esta luz corporal y abraza, con todo
el afecto de tu mente, aquella luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo
hombre, y de la cual dice el salmista: Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro
no se avergonzará. Si somos templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en nosotros, es
mucho más lo que cada fiel lleva en su interior que todas las maravillas que contemplamos
en el cielo.
Con estas palabras, amadísimos hermanos, no queremos induciros o persuadiros a que
despreciéis las obras de Dios, o que penséis que las cosas buenas que ha hecho el Dios
bueno significan un obstáculo para vuestra fe; lo que pretendemos es que uséis de un
modo racional y moderado de todas las criaturas y de toda la belleza de este mundo,
pues, como dice el Apóstol, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.
Por consiguiente, puesto que hemos nacido para las cosas presentes y renacido para las
futuras, no nos entreguemos de lleno a los bienes temporales, sino tendamos como a
nuestra meta, a los eternos; y, para que podamos mirar más de cerca el objeto de nuestra
esperanza, pensemos qué es lo que la gracia divina ha obrado en nosotros. Oigamos las
palabras del Apóstol: Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios.
Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente
con él, en gloria, el cual vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los
siglos. Amén.
R. Dios mío, te cantaré un cántico nuevo, * tocaré para ti el arpa de diez cuerdas.
V. Tú eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo.
R. Tocaré para ti el arpa de diez cuerdas.
Oremos:
Vela, Señor con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que
sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.