El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 2 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN MARCELINO Y SAN PEDRO, MÁRTIRES .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios soberano.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»
No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.
Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»
Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.
Antífona 1: El Señor hará justicia a los pobres. (T. P. Aleluya).
Salmo 9 B
CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS
Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc 6, 20).
I
¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas.»
La intriga vicia siempre su conducta,
aleja de su mente tus juicios
y desafía a sus rivales.
Piensa: «No vacilaré,
nunca jamás seré desgraciado.»
Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente.
Sus ojos espían al pobre;
acecha en su escondrijo como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;
se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: «Dios lo olvida,
se tapa la cara para no enterarse.»
Antífona 2: Tú, Señor, ves las penas y los trabajos. (T. P. Aleluya).
II
Levántate, Señor, extiende tu mano,
no te olvides de los humildes;
¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas?
Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano.
Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.
Antífona 3: Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata refinada siete veces. (T. P. Aleluya).
Salmo 11
INVOCACIÓN A LA FIDELIDAD DE DIOS CONTRA LOS ENEMIGOS MENTIROSOS
Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo (San Agustín).
Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón.
Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua fanfarrona
de los que dicen: "la lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro acusador?"
El Señor responde: "por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre,
yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía".
Las palabras del Señor son palabras auténticas,
como plata limpia de ganga,
refinada siete veces.
Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.
De la carta a los Gálatas 2, 11-3, 14
EL JUSTO VIVE POR LA FE
Hermanos: Cuando Cefas fue a Antioquía, yo me opuse a él en su misma cara, porque
era digno de reprensión. En efecto, antes que viniesen algunos de parte de Santiago,
comía con los gentiles convertidos; pero, en cuanto llegaron aquéllos, se retraía y
apartaba, por temor a aquéllos, judíos circuncisos. Y lo siguieron en su simulación los
demás judíos convertidos, tanto que hasta Bernabé se dejó arrastrar por su simulación.
Pero, cuando vi que no caminaban rectamente, conforme a la verdad del Evangelio, dije
a Cefas delante de todos: «Tú, siendo judío, has acomodado tu vida a la de los gentiles
convertidos; ¿cómo quieres ahora obligar a éstos a que se atengan a las prácticas judías?»
Nosotros somos judíos de nacimiento, no pecadores venidos de la gentilidad. Y,
sabiendo que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús,
también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y
no por las obras de la ley. Por las obras de la ley no se justificará nadie.
Mas, si buscando ser justificados en Cristo, nos salen con que aun así seguimos en el
pecado, ¿será que Cristo está al servicio del pecado? ¡De ninguna manera! Si vuelvo a
edificar lo que una vez destruí, yo mismo me declaro transgresor. En virtud de la misma
ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero
no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el
Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. No tengo por inútil esta gracia de
Dios: Si la justificación nos viniera por la ley, entonces deberíamos concluir que Cristo
murió inútilmente.
¡Oh, insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó, después que ante vuestros ojos
presentamos a Jesucristo muerto en la cruz? Sólo quiero que me digáis una cosa: ¿Cómo
habéis recibido el Espíritu, en virtud de las obras de la ley o por vuestra sumisión a la fe?
¿Tan insensatos sois, que, habiendo comenzado por espíritu, termináis ahora en carne?
¿Habrá sido en vano para vosotros el haber experimentado tan grandes dones? Pues, ¡de
veras que habría sido en vano! El que os da el Espíritu y obra prodigios entre vosotros ¿lo
hace porque observáis la ley o por vuestra aceptación de la fe?
Así se dice: «Abraham creyó a Dios, y Dios estimó su fe como justificación.» Entended,
pues, que los hijos de Abraham son sólo aquellos que viven según la fe. Previendo de
antemano la Escritura que Dio justificaría a los gentiles por la fe, predijo a Abraham: «En
ti serán bendecidas todas las naciones.» Por consiguiente, los que viven según la fe son
bendecidos, junto con el creyente Abraham.
En cambio, los partidarios de las obras de la ley se hallan bajo la maldición, pues ya lo
dice la Escritura: «Maldito todo el que no se mantiene fiel en el cumplimiento de todos los
preceptos escritos en el libro de la ley.» Y que la ley no justifica a nadie ante Dios es
evidente, porque: «El justo vivirá por la fe.» La ley no procede de la fe, sino que, como
dice la Escritura: «Quien cumpla sus preceptos por ellos vivirá.» Cristo nos redimió de la
maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros. Así lo dice la Escritura: «Maldito
sea aquel que cuelga del madero.» De ese modo la bendición de Abraham alcanza a todas
las naciones por Cristo Jesús, para que recibamos por la fe el Espíritu prometido por Dios.
R. El hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús. * Nosotros
hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de
la ley.
V. Pues si la justificación nos viniera por la ley, entonces deberíamos concluir que Cristo
murió inútilmente.
R. Nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por
las obras de la ley.
De las instrucciones de san Doroteo, abad
(Instrucción 7, Sobre la acusación de sí mismo, 2-3: PG 88, 1699)
LA FALSA PAZ DE ESPÍRITU
El que se acusa a sí mismo acepta con alegría toda clase de molestias, daños, ultrajes,
ignominias y otra aflicción cualquiera que haya de soportar, pues se considera merecedor
de todo ello, y en modo alguno pierde la paz. Nada hay más apacible que un hombre de
ese temple.
Pero quizá alguien me objetará: "Si un hermano me aflige, y yo, examinándome a mí
mismo, no encuentro que le haya dado ocasión alguna, ¿por qué tengo que acusarme?"
En realidad, el que se examina con diligencia y con temor de Dios nunca se hallará del
todo inocente, y se dará cuenta de que ha dado alguna ocasión, ya sea de obra, de
palabra o con el pensamiento. Y, si en nada de esto se halla culpable, seguro que en otro
tiempo habrá sido motivo de aflicción para aquel hermano, por la misma o por diferente
causa; o quizá habrá causado molestia a algún otro hermano. Por esto, sufre ahora en
justa compensación, o también por otros pecados que haya podido cometer en muchas
otras ocasiones.
Otro preguntará por qué deba acusarse si, estando sentado con toda paz y tranquilidad,
viene un hermano y lo molesta con alguna palabra desagradable o ignominiosa y,
sintiéndose incapaz de aguantarla, cree que tiene razón en alterarse y enfadarse con su
hermano; porque, si éste no hubiese venido a molestarlo, él no hubiera pecado.
Este modo de pensar es, en verdad, ridículo y carente de toda razón. En efecto, no es
que al decirle aquella palabra haya puesto en él la pasión de la ira, sino que más bien ha
puesto al descubierto la pasión de que se hallaba aquejado; con ello, le ha proporcionado
ocasión de enmendarse, si quiere. Este tal es semejante a un trigo nítido y brillante que,
al ser roto, pone al descubierto la suciedad que contenía.
Así también el que está sentado en paz y tranquilidad, según cree, esconde, sin
embargo, en su interior una pasión que él no ve. Viene el hermano, le dice alguna palabra
molesta y, al momento, aquél echa fuera todo el pus y la suciedad escondidos en su
interior. Por lo cual, si quiere alcanzar misericordia, mire de enmendarse, purifíquese,
procure perfeccionarse, y verá que, más que atribuirle una injuria, lo que tenía que haber
hecho era dar gracias a aquel hermano, ya que le ha sido motivo de tan gran provecho. Y,
en lo sucesivo, estas pruebas no le causarán tanta aflicción, sino que, cuanto más se vaya
perfeccionando, más leves le parecerán. Pues el alma, cuanto más avanza en la
perfección, tanto más fuerte y valerosa se vuelve en orden a soportar las penalidades que
le puedan sobrevenir.
R. Sé muy bien que el hombre no puede tener razón contra Dios. * ¿Quién soy yo para
replicarle y rebuscar argumentos contra él?
V. Ni aun a sus ángeles los encuentra totalmente fieles, y ni el cielo es enteramente puro a
sus ojos.
R. ¿Quién soy yo para replicarle y rebuscar argumentos contra él?
Oremos:
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te
suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que
pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.