El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 28 de mayo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Entrad en la presencia del Señor con vítores.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
A la voz de tu aliento
se estremeció la nada;
la hermosura brilló
y amaneció la gracia.
Señor, ¿a quién iremos,
si tu voz nos habla?
Nos hablas en las voces
de tu voz semejanza:
en los goces pequeños
y en las angustias largas.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
En los silencios íntimos
donde se siente el alma,
tu clara voz creadora
despierta la nostalgia.
¿A quién iremos, Verbo,
entre tantas palabras?
Al golpe de la vida,
perdemos la esperanza;
hemos roto el camino
y el roce de tu planta.
¿A dónde iremos, dinos,
Señor, si no nos hablas?
¡Verbo del Padre, Verbo
de todas las mañanas,
de las tardes serenas,
de las noches cansadas!
¿A dónde iremos, Verbo,
si tú eres la Palabra? Amén.
Antífona 1: No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro. (T. P. Aleluya).
Salmo 43
ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES
En todo vencemos fácilmente en aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).
I
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Antífona 2: No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él. (T. P. Aleluya).
II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Antífona 3: Levántate, Señor, no nos rechaces más.
III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
De la segunda carta a los Corintios 11, 7-29
CONTRA LOS FALSOS APÓSTOLES
Hermanos: ¿Acaso he cometido alguna falta por el hecho de haberme abajado para
encumbraros a vosotros, anunciándoos gratuitamente el Evangelio de Dios? Despojé a
otras Iglesias recibiendo de ellas con qué vivir, para poder serviros a vosotros; y estando
entre vosotros, y necesitado, no fui gravoso a nadie; fueron los hermanos llegados de
Macedonia quienes remediaron mis necesidades. Y en todas las cosas me guardé y me
guardaré bien de seros gravoso. Por la verdad de Cristo que en mí reside: no se verá
coartada esta gloria en las regiones de Acaya. Y ¿por qué? ¿Porque no os amo? Bien sabe
Dios que sí os amo.
Pues bien, tal como ahora lo hago, lo continuaré haciendo. Así cortaré toda ocasión a
los que bien quisieran tener una de poder ser como nosotros en el apostolado de que se
glorían. Esos tales son falsos apóstoles, saboteadores, que se disfrazan de apóstoles de
Cristo. Y no es maravilla, cuando el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por
consiguiente, no es mucho que sus ministros se disfracen también de ministros de la
justificación. Pero su fin corresponderá a sus obras.
Una vez más os digo: no penséis que soy un fatuo. Con todo, aceptadme como tal, y
permitidme que me gloríe un poco. Lo que voy a decir no lo voy a decir según el espíritu
del Señor, sino como si desvariase por motivos de vanagloria. Ya que muchos se jactan a
lo humano, también yo me voy a jactar. Realmente, ¡con qué gusto soportáis a los tontos,
siendo vosotros tan sensatos! Porque aguantáis que esa gente os esclavice, os devore, os
explote, os humille y os abofetee en el rostro. Con pena lo digo, pues tal parece que
nuestro comportamiento para con vosotros ha sido débil.
Pero de todo cuanto alguien quisiera alardear (hablo como hablaría un fatuo) me
atrevería yo también a jactarme. ¿Que son hebreos? También yo. ¿Que son israelitas?
También yo. ¿Descendientes de Abraham? También yo. ¿Que son ministros de Cristo? Voy
a decir una locura: ¡Mucho más lo soy yo! Los supero en trabajos, en encarcelamientos,
en muchísimos más azotes; por tantísimas veces que he estado en peligro de muerte.
Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui golpeado
con varas. Una vez fui apedreado. Tres veces sufrí naufragio. Un día y una noche los pasé
entre las olas. He vivido en un continuo peregrinar, con peligros en los ríos, peligros de
bandidos, peligros de parte de los de mi raza, peligros por parte de los paganos, peligros
en las ciudades, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros de parte de falsos
hermanos; con trabajos y fatigas, con muchas noches sin dormir, con hambre y con sed,
con ayunos frecuentes, con frío y sin ropa.
Y, además de muchas otras cosas, la responsabilidad que pesa sobre mí diariamente, mi
preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién sufre angustias sin que yo las comparta?
¿Quién es impugnado por el enemigo sin que esté yo en ascuas?
R. El Evangelio anunciado por mí no es cosa humana; * y no lo recibí de hombre alguno,
sino por revelación de Jesucristo.
V. Por la verdad de Cristo que en mí reside, os aseguro que os he anunciado el Evangelio
de Dios.
R. Y no lo recibí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.
De los tratados morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
(Libro 10, 7-8.10: PL 75, 922. 925-926)
LA LEY DEL SEÑOR ABARCA MUCHOS ASPECTOS
La ley de Dios, de que se habla en este lugar, debe entenderse que es la caridad, por la
cual podemos siempre leer en nuestro interior cuales son los preceptos de vida que hemos
de practicar. Acerca de esta ley, dice aquel que es la misma Verdad: Éste es mi
mandamiento: que os améis unos a otros. Acerca de ella dice san Pablo: Amar es cumplir
la ley entera. Y también: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso
cumpliréis la ley de Cristo. Lo que mejor define la ley de Cristo es la caridad, y esta
caridad la practicamos de verdad cuando toleramos por amor las cargas de los hermanos.
Pero esta ley abarca muchos aspectos, porque la caridad celosa y solícita incluye los
actos de todas las virtudes. Lo que empieza por sólo dos preceptos se extiende a
innumerables facetas.
Esta multiplicidad de aspectos de la ley es enumerada adecuadamente por Pablo,
cuando dice: El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es
ambicioso ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
El amor es paciente, porque tolera con ecuanimidad los males que se le infligen. Es
afable porque devuelve generosamente bien por mal. No tiene envidia, porque, al no
desear nada de este mundo, ignora lo que es la envidia por los éxitos terrenos. No
presume, porque desea ansiosamente el premio de la retribución espiritual, y por esto no
se vanagloria de los bienes exteriores. No se engríe, porque tiene por único objetivo el
amor de Dios y del prójimo, y por esto ignora todo lo que se aparta del recto camino.
No es ambicioso, porque, dedicado con ardor a su provecho interior, no siente deseo
alguno de las cosas ajenas y exteriores. No es egoísta, porque considera como ajenas
todas las cosas que posee aquí de modo transitorio, ya que sólo reconoce como propio
aquello que ha de perdurar junto con él. No se irrita, porque, aunque sufra injurias, no se
incita a sí mismo a la venganza, pues espera un premio muy superior a sus sufrimientos.
No lleva cuentas del mal, porque, afincada su mente en el amor de la pureza, arrancando
de raíz toda clase de odio, su alma está libre de toda maquinación malsana.
No se alegra de la injusticia, porque, anheloso únicamente del amor para con todos, no
se alegra ni de la perdición de sus mismos contrarios. Goza con la verdad, porque,
amando a los demás como a sí mismo, al observar en los otros la rectitud, se alegra como
si se tratara de su propio provecho. Vemos, pues, como esta ley de Dios abarca muchos
aspectos.
R. Al abrazar la fe, habéis sido sellados con el sello del Espíritu Santo prometido, prenda
de nuestra herencia, * para la redención del pueblo que Dios adquirió para sí.
V. Dios nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda
suya, el Espíritu.
R. Para la redención del pueblo que Dios adquirió para sí.
Oremos:
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las
naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega
confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.