Oficio de Lectura - VIERNES V SEMANA DE CUARESMA 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, viernes, 3 de abril de 2020.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. (T. P. Aleluya).

Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28

SÚPLICA CONTRA LOS PERSEGUIDORES INJUSTOS

Se reunieron... y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo (Mt 26, 34).

I

Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
"yo soy tu victoria".
Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
"Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?"
Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.

Antífona 2: Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso. (T. P. Aleluya).

II

Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.
Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste;
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.
Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar.
Cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.

Antífona 3: Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor. (T. P. Aleluya).

III

Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,
y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.
Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
Señor, tú lo has visto, no te calles,
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío,
Señor mío, defiende mi causa.
Que canten y se alegren
los que desean mi victoria,
que repitan siempre: "Grande es el Señor"
los que desean la paz a tu siervo.
Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabará.

Versículo

V. Convertíos al Señor, vuestro Dios.

R. Porque es compasivo y misericordioso.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de los Números 22, 1-8b. 20-35

BALAAM SE PONE EN CAMINO PARA MALDECIR A ISRAEL

En aquellos días, los israelitas siguieron adelante y acamparon en la estepa de Moab, al
otro lado del Jordán, frente a Jericó. Balac, hijo de Sipor, vio cómo había tratado Israel a
los amorreos, y Moab tuvo miedo de aquel pueblo tan numeroso; Moab tembló ante los

israelitas. Y dijo a los ancianos de Madián: «Esa horda va a apacentarse en nuestra
comarca como un buey que pace la hierba de la pradera.»
Balac, hijo de Sipor, era entonces rey de Moab. Y despachó correos a Balaam, hijo deBeor, que habitaba en Petor, junto al Éufrates, en tierra de amonitas, para que lo llamaran,
diciéndole: «Ha salido de Egipto un pueblo que cubre la superficie de la tierra, y se ha
establecido frente a nosotros. Ven, por favor, a maldecirme a ese pueblo, que me excede
en número, a ver si logro derrotarlo y expulsarlo de la región. Pues sé que el que tú
bendices queda bendecido y el que tú maldices queda maldecido.»
Los ancianos de Moab y de Madián fueron con el precio del conjuro a donde estabaBalaam y le transmitieron el mensaje de Balac. Él les dijo:
«Dormid esta noche aquí y os comunicaré lo que el Señor me diga.»
Los jefes de Moab se quedaron con Balaam. Dios vino de noche a donde estaba
Balaam y le dijo: «Ya que esos hombres han venido a llamarte, levántate y vete con ellos;
pero harás lo que yo te diga.»
Balaam se levantó de mañana, aparejó la borrica y se fue con los jefes de Moab. Al
verlo ir, se encendió la ira de Dios, y el ángel del Señor se plantó en el camino haciéndolefrente. Él iba montado en la borrica, acompañado de dos criados. La borrica, al ver al
ángel del Señor plantado en el camino, con la espada desenvainada en la mano, se desvió
del camino y tiró por el campo. Pero Balaam le dio de palos para volverla al camino.
El ángel del Señor se colocó en un paso estrecho, entre viñas, con dos cercas a ambos
lados. La borrica, al ver al ángel del Señor, se arrimó a la cerca, pillándole la pierna aBalaam contra la tapia. Él la volvió a golpear. El ángel del Señor se adelantó y se colocó en
un paso angosto, que no permitía desviarse ni a derecha ni a izquierda. Al ver la borrica alángel del Señor, se tumbó debajo de Balaam. Él, enfurecido, se puso a golpearla. El Señor
abrió la boca a la borrica y ésta dijo a Balaam: «¿Qué te he hecho para que me apalees
por tercera vez?»
Contestó Balaam: «Porque te burlas de mí. Si tuviera a mano un puñal, ahora mismo
te mataría.»
Dijo la borrica: «¿No soy yo tu borrica, en la que montas desde hace tiempo? ¿Me solía
portar contigo así?»
Contestó él: «No.»
Entonces el Señor abrió los ojos a Balaam, y éste vio al ángel del Señor plantado en el
camino con la espada desenvainada en la mano, e inclinándose se postró en tierra. El
ángel del Señor le dijo: «¿Por qué golpeas a tu burra por tercera vez? Yo he salido a
hacerte frente, porque sigues un mal camino. La borrica me vio y se apartó de mí tres
veces. Si no se hubiera apartado, ya te habría matado yo a ti, dejándola viva a ella.»
Balaam respondió al ángel del Señor: «He pecado, porque no sabía que estabas en el
camino, frente a mí. Pero ahora, si te parece mal mi viaje, me vuelvo a casa.»
El ángel del Señor respondió a Balaam: «Vete con esos hombres; pero dirás
únicamente lo que yo te diga.»
Y Balaam prosiguió con los ministros de Balac.

Responsorio Ez 13, 9. 3

R. Extenderé mi mano contra los profetas y visionarios falsos y adivinos de embustes; *
no tomarán parte en la asamblea de mi pueblo, ni serán inscritos en el censo de la casa
de Israel.
V. ¡Ay de los profetas necios que se inventan profecías, cosas que nunca vieron, siguiendo
su inspiración!
R. No tomarán parte en la asamblea de mi pueblo, ni serán inscritos en el censo de la casa
de Israel.

Segunda Lectura

Del tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, sobre la regla de la verdadera fe a
Pedro
(Cap. 22, 62: CCL 91 A, 726. 750-751)

ÉL MISMO SE OFRECIÓ POR NOSOTROS

En los sacrificios de víctimas carnales que la Santa Trinidad, que es el mismo Dios del
antiguo y del nuevo Testamento, había exigido que le fueran ofrecidos por nuestros
padres, se significaba ya el don gratísimo de aquel sacrificio con el que el Hijo único de
Dios, hecho hombre, había de inmolarse a sí mismo misericordiosamente por nosotros.
Pues, según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y
víctima de suave olor. Él, como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era,
penetró por nosotros una sola vez en el santuario, no con la sangre de los becerros y los
machos cabríos, sino con la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel
sumo sacerdote que entraba cada año con la sangre en el santuario.
Él es quien, en sí mismo, poseía todo lo que era necesario para que se efectuara
nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio, él mismo fue Dios y
templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el
templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado.
Como sacerdote, sacrificio y templo, actuó solo, porque aunque era Dios quien
realizaba estas cosas, no obstante las realizaba en su forma de siervo; en cambio, en lo
que realizó como Dios, en la forma de Dios, lo realizó conjuntamente con el Padre y el
Espíritu Santo.
Ten, pues, por absolutamente seguro, y no dudes en modo alguno, que el mismo Dios
unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios como oblación y víctima de
suave olor, el mismo en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los
patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían, en tiempos del antiguo Testamento, sacrificios
de animales; y a quien ahora, o sea, en el tiempo del Testamento nuevo, en unidad con el
Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa
Iglesia católica no deja nunca de ofrecer, por todo el universo de la tierra, el sacrificio del
pan y del vino, con fe y caridad.
Así, pues, en aquellas víctimas carnales se significaba la carne y la sangre de Cristo; la
carne que él mismo, sin pecado como se hallaba, había de ofrecer por nuestros pecados, y
la sangre que había de derramar en remisión también de nuestros pecados; en cambio, en
este sacrificio se trata de la acción de gracias y del memorial de la carne de Cristo, que él
ofreció por nosotros, y de la sangre, que, siendo como era Dios, derramó por nosotros.
Sobre esto afirma el bienaventurado Pablo en los Hechos de los apóstoles: Tened cuidado
de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de
la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.
Por tanto, aquellos sacrificios eran figura y signo de lo que se nos daría en el futuro; en
este sacrificio, en cambio, se nos muestra de modo evidente lo que ya nos ha sido dado.
En aquellos sacrificios se anunciaba de antemano al Hijo de Dios, que había de morir a
manos de los impíos; en este sacrificio, en cambio, se le anuncia ya muerto por ellos,
como atestigua el Apóstol al decir: Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el
tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; y añade: Cuando éramos enemigos, fuimos
reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Responsorio Cf. Col 1, 21-22; Rm 3, 25

R. A vosotros, que antes estabais enajenados y enemigos en vuestra mente por las obras
malas, ahora Dios os ha reconciliado en el cuerpo de carne de Cristo mediante la muerte,
* presentándoos ante él como santos sin mancha y sin falta.
V. Dios ha propuesto a Cristo como instrumento de propiciación, por su propia sangre y
mediante la fe.
R. Presentándoos ante él como santos sin mancha y sin falta.

Oración

Oremos:

Perdona las culpas de tu pueblo, Señor, y que tu amor y tu bondad nos libren del poder
del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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