Oficio de Lectura - LUNES XXV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2019

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, lunes, 23 de septiembre de 2019.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entremos a la presencia del Señor, dándole gracias.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Sálvame, Señor, por tu misericordia. (T. P. Aleluya).

Salmo 6

ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS

Ahora mi alma está agitada... Padre, líbrame de esta hora (Jn 12, 27).

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.

Antífona 2: El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. (T. P. Aleluya).

Salmo 9 A

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA

De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.

I

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.

Antífona 3: Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. (T. P. Aleluya).

II

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Isaías 3, 1-15

REPROCHES A JERUSALÉN

Mirad que el Señor de los ejércitos aparta de Jerusalén y de Judá todo apoyo y sostén:
todo sustento de pan, todo sustento de agua, capitán y soldado, juez y profeta, adivino y
anciano, alférez y notable, consejero y artesano, y experto en encantamientos.
Nombraré jefes a muchachos, los gobernarán mozalbetes, se atacará la gente, unos a
otros, un hombre a su prójimo; se amotinarán muchachos contra ancianos, plebeyos
contra nobles. Un hombre tomará a su hermano en la casa paterna y le dirá:
«Tienes un manto, sé nuestro jefe, toma el mando de esta ruina.»
El otro protestará:
«No soy médico y en mi casa no hay pan, ni tengo manto: no me nombréis jefe del
pueblo.»
Se desmorona Jerusalén, Judá se derrumba: porque hablaban y actuaban contra el
Señor rebelándose en presencia de su gloria. Su descaro testimonia contra ellos, publican
sus pecados, no los ocultan: ¡Ay de ellos, que se acarrean su desgracia! Dichoso el justo:

le irá bien, comerá el fruto de sus acciones. ¡Ay del malvado!: le irá mal, le darán la paga
de sus obras. Pueblo mío, te oprimen jovenzuelos, te gobiernan mujeres; pueblo mío, tus
guías te extravían, destruyen tus senderos.
El Señor se levanta a juzgar, se ha puesto en pie para sentenciar a su pueblo. El Señor
viene a juzgar a los jefes y príncipes de su pueblo: Vosotros devastabais las viñas y tenéis
en vuestra casa lo robado al pobre. ¿Por qué trituráis a mi pueblo y aplastáis el rostro de
los desvalidos? —Oráculo del Señor de los ejércitos—.

Responsorio Is 3, 10-11. 13

R. Dichoso el justo: le irá bien, comerá el fruto de sus acciones. * ¡Ay del malvado!: le irá
mal, le darán la paga de sus obras.
V. El Señor se levanta a juzgar, se ha puesto en pie para sentenciar a su pueblo.
R. ¡Ay del malvado!: le irá mal, le darán la paga de sus obras.

Segunda Lectura

Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores
(Sermón 46,14-15: CCL 41, 541-542)

INSISTE A TIEMPO Y A DESTIEMPO

No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. En este mundo andamos
siempre entre las manos de los ladrones y los dientes de los lobos feroces y, a causa de
estos peligros nuestros, os rogamos que oréis. Además, las ovejas son obstinadas. Cuando
se extravían y las buscamos, nos dicen, para su error y perdición, que no tienen nada que
ver con nosotros: "¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?" Como si el hecho de
que anden errantes y en peligro de perdición no fuera precisamente la causa de que
vayamos tras de ellas y las busquemos. "Si ando errante —dicen—, si estoy perdida, ¿para
qué me quieres? ¿Para qué me buscas?" Te quiero hacer volver precisamente porque
andas extraviada; quiero encontrarte porque te has perdido.
"¡Pero si yo quiero andar así, quiero así mi perdición! ¿De veras así quieres extraviarte,
así quieres perderte? Pues tanto menos lo quiero yo. Me atrevo a decirlo, estoy dispuesto
a seguir siendo inoportuno. Oigo al Apóstol que dice: Proclama la palabra, insiste a tiempo
y a destiempo. ¿A quiénes insistiré a tiempo, y a quiénes a destiempo? A tiempo, a los que
quieren escuchar; a destiempo, a quienes no quieren. Soy tan inoportuno que me atrevo a
decir: "Tú quieres extraviarte, quieres perderte, pero yo no quiero." Y, en definitiva, no lo
quiere tampoco aquel a quien yo temo. Si yo lo quisiera, escucha lo que dice, escucha su

increpación: No recogéis a las descarriadas, buscáis a las perdidas. ¿Voy a temerte más a
ti que a mí mismo? Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.
De manera que seguiré llamando a las que andan errantes y buscando a las perdidas.
Lo haré, quieras o no quieras. Y, aunque en mi búsqueda me desgarren las zarzas del
bosque, no dejaré de introducirme en todos los escondrijos, no dejaré de indagar en todas
las matas; mientras el Señor a quien temo me dé fuerzas, andaré de un lado a otro sin
cesar. Llamaré mil veces a la errante, buscaré a la que se halla a punto de perecer. Si no
quieres que sufra, no te alejes, no te expongas a la perdición. No tiene importancia lo que
yo sufra por tus extravíos y tus riesgos. Lo que temo es llegar a matar a la oveja sana, si
te descuido a ti. Pues oye lo que se dice a continuación: Matáis las ovejas más gordas. Si
olvido a la que se extravía y se expone a la perdición, la que está sana sentirá también la
tentación de extraviarse y de ponerse en peligro de perecer.

Responsorio Sir 4, 28-29; 2 Tm 4, 2

R. No retengas tu palabra ni ocultes tu sabiduría, cuando puedan ser ellas instrumento de
salvación; * pues la sabiduría se da a conocer en el hablar, y los conocimientos en las
palabras de la lengua.
V. Proclama la palabra, insiste con oportunidad o sin ella, persuade, reprende, exhorta,
armado de toda paciencia y doctrina.
R. Pues la sabiduría se da a conocer en el hablar, y los conocimientos en las palabras de la
lengua.

Oración

Oremos:

Oh Dios, has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos
cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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