Oficio de Lectura - JUEVES V SEMANA DE CUARESMA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, jueves, 26 de marzo de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen. (T. P. Aleluya).

Salmo 17, 31-51

EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31)

IV

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto.
Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.

Antífona 2: Tu diestra, Señor, me sostuvo. (T. P. Aleluya).

V

Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;
yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.
Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.

Antífona 3: Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador. (T. P. Aleluya).

VI

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.

Versículo

V. El que medita la ley del Señor.
R. Da fruto a su tiempo.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de los Números 20, 1-13; 21, 4-9

LAS AGUAS DE MERIBÁ Y LA SERPIENTE DE BRONCE

En aquellos días, la comunidad entera de los hijos de Israel llegó al desierto de Sin el
mes primero, y el pueblo se instaló en Cadés. Allí murió María y allí la enterraron. Faltó
agua al pueblo y se amotinaron contra Moisés y Aarón. El pueblo riñó con Moisés,
diciendo: «¡Ojalá hubiéramos muerto como nuestros hermanos, delante del Señor! ¿Por
qué habéis traído a la comunidad del Señor a este desierto, para que muramos en él
nosotros y nuestras bestias? ¿Por qué nos habéis sacado de Egipto, para traernos a este
sitio horrible, que no tiene grano, ni higueras, ni granados, ni agua para beber?»
Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad y se dirigieron a la Tienda de Reunión, y
delante de ella se postraron rostro en tierra. La gloria del Señor se les apareció, y el Señor
dijo a Moisés: «Toma el cayado., reúne a la asamblea, tú con tu hermano Aarón, y en
presencia de ellos ordenad a la roca que dé agua. Sacarás agua de la roca para darles de
beber a ellos y a sus bestias.»
Moisés tomó la vara de la presencia del Señor, como él se lo mandaba, y, habiendo
convocado con Aarón a la comunidad delante de la roca, les dijo: «Escuchad, rebeldes:
¿Creéis que podemos sacar agua de esta roca para vosotros?»
Moisés alzó la mano y golpeó la roca con el bastón dos veces, y brotó agua tan
abundante que bebió toda la multitud y sus bestias. El Señor dijo luego a Moisés y a
Aarón: «Por no haber confiado en mí, por no haber reconocido mi santidad en presencia
de los hijos de Israel, no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les voy a dar.»
(Éstas son las aguas de Meribá, donde los hijos de Israel protestaron contra el Señor y
donde él les dio una Prueba de su santidad.)
Partieron luego los israelíes de la montaña de Hor y se encaminaron hacia el mar Rojo,
rodeando el territorio de Edom. El pueblo iba extenuado e impaciente, y habló contra Dios
y contra Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No
tenemos ni pan ni agua, y ya nos da náusea ese alimento tan mezquino.»
El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes venenosas que los mordían, y
murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: «Hemos pecado
hablando contra el Señor y contra ti; intercede ante el Señor para que aparte de nosotros
las serpientes.»
Moisés intercedió ante el Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: «Haz una
serpiente de bronce y colócala en una asta. Todo el que haya sido mordido y la mire
sanará.»
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en una asta. Cuando alguno era
mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

Responsorio Jn 3, 14-15. 17

R. Así como Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, así deberá ser levantado en
alto el Hijo del hombre, * para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
V. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por
medio de él.
R. Para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Segunda Lectura

De la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano
segundo
(Núm. 9)

LA IGLESIA, SACRAMENTO VISIBLE DE LA UNIDAD

Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa
de Judá una alianza nueva. Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo

seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Todos me conocerán, desde el pequeño al grande —
oráculo del Señor—. Alianza nueva que estableció Cristo, es decir, el nuevo Testamento en
su sangre, convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles, que se congregara en
unidad, no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo pueblo de Dios.
Pues los que creen en Cristo, renacidos de germen no corruptible, sino incorruptible,
por la palabra de Dios vivo, no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo, son hechos
por fin una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, que antes era «no
pueblo», y ahora es «pueblo de Dios».
Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, que fue entregado por nuestros
pecados y resucitado para nuestra justificación, y ahora, después de haber conseguido un
nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos.
Este pueblo tiene como propia condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en
cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo.
Tiene por ley el mandato de amar como el mismo Cristo nos amó. Tiene, por último,
como fin, la dilatación del reino de Dios, iniciado por el mismo Dios en la tierra, hasta que
sea consumado por él mismo al fin de los tiempos, cuando se manifieste Cristo, nuestra
vida, y la creación misma se vea liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en
la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Este pueblo mesiánico, por tanto, aunque de momento no abarque a todos los
hombres, y no raras veces aparezca como una pequeña grey, es, sin embargo, el germen
más firme de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano.
Constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es
empleado también por él como instrumento de la redención universal, y es enviado a todo
el mundo como luz del mundo y sal de la tierra.
Y así como al pueblo de Israel según la carne, peregrino en el desierto, se le llama ya
Iglesia, así al nuevo Israel, que va avanzando en este mundo hacia la ciudad futura y
permanente, se le llama también Iglesia de Cristo, porque él la adquirió con su sangre, la
llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social.
La congregación de todos los creyentes, que miran a Jesús como autor de la salvación
y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios para
que sea sacramento visible de esta unidad salutífera para todos y cada uno.

Responsorio 1 Pe 2, 9. 10; Sal 32, 12

R. Vosotros sois pueblo adquirido por Dios; * vosotros que en otro tiempo no erais pueblo
sois ahora pueblo de Dios; vosotros que estabais excluidos de la misericordia sois ahora
objeto de la misericordia de Dios.
V. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.
R. Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo sois ahora pueblo de Dios; vosotros que
estabais excluidos de la misericordia sois ahora objeto de la misericordia de Dios.

Oración

Oremos:

Escucha nuestras súplicas, Señor, y mira con amor a los que han puesto su esperanza
en tu misericordia; límpialos de todos sus pecados, para que perseveren en una vida santa
y lleguen de este modo a heredar tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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