Oficio de Lectura - MARTES XXXII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2019

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, martes, 12 de noviembre de 2019.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!
Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
ni tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Salmo 101

DESEOS Y SÚPLICAS DE UN DESTERRADO

Dios nos consuela en todas nuestras luchas (2 Cor 1, 4).

I

Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mi;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.

Antífona 2: Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

II

Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas,
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.

Antífona 3: Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos. (T. P. Aleluya).

III

Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días".
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Ezequiel 8, 1-6. 16-9, 11

JUICIO CONTRA LA JERUSALÉN PECADORA

El año sexto, el día cinco del mes sexto, estaba yo sentado en mi casa y los ancianos de
Judá estaban sentados frente a mí, cuando se posó sobre mí la mano del Señor. Vi una
figura que parecía un hombre: desde lo que parecía ser su cintura para abajo, era de
fuego; de su cintura para arriba, era algo así como un resplandor semejante al fulgor del
electro. Alargó algo así como una mano y me tomó por los cabellos; el espíritu me levantó
en vilo y me llevó en éxtasis entre el cielo y la tierra a Jerusalén, junto a la puerta
septentrional del atrio interior, donde estaba la estatua rival. Allí estaba la gloria del Dios
de Israel, como la había contemplado en la llanura. Me dijo: «Hijo de hombre, dirige la
vista hacia el norte.»
Dirigí la vista hacia el norte y vi al norte de la puerta del altar la estatua rival, la que
está a la entrada. Añadió:
«Hijo de hombre, ¿no ves lo que están haciendo? Graves abominaciones comete aquí la
casa de Israel, para que me aleje de mi santuario. Pero aún verás abominaciones
mayores.»

Después me llevó al atrio interior de la casa del Señor. A la entrada del templo del
Señor, entre el atrio y el altar, había unos veinticinco hombres, de espaldas al templo y
mirando hacia el oriente: estaban adorando al sol. Me dijo:
«¿No ves, hijo de hombre? ¡Le parecen poco a la casa de Judá las abominaciones que
aquí cometen, y colman al país de violencias, indignándome más y más! Pues también yo
actuaré con cólera, no me apiadaré ni perdonaré; me invocarán a voz en grito, pero no los
escucharé.»
Entonces lo oí llamar en voz alta:
«Acercaos, verdugos de la ciudad, empuñando cada uno su arma mortal.»
Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al
norte, empuñando mazas. En medio de ellos, un hombre vestido de lino, con los avíos de
escribano a la cintura. Al llegar se detuvieron junto al altar de bronce. La gloria del Dios de
Israel se había levantado de los querubines en que se apoyaba, yendo a posarse en el
umbral del templo. Llamó al hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la
cintura, y le dijo el Señor:
«Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la frente a los que gimen afligidos
por las abominaciones que en ella se cometen.»
A los otros les dijo en mi presencia:
«Recorred la ciudad detrás de él, golpead sin compasión y sin piedad. A viejos, mozos y
muchachas, a niños y mujeres, matadlos, acabad con ellos; pero a ninguno de los
marcados toquéis. Empezad por mi santuario.»
Y empezaron por los ancianos que estaban frente al templo. Luego les dijo:
«Profanad el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salid a matar por la ciudad.»
Sólo yo quedé con vida. Mientras ellos mataban, caí rostro en tierra y grité:
«¡Ay Señor! ¿Vas a exterminar al resto de Israel, derramando tu cólera sobre
Jerusalén?»
Me respondió:
«Grande, muy grande es el delito de la casa de Israel y de Judá; el país está lleno de
crímenes, la ciudad colmada de injusticias; porque dicen: "El Señor ha abandonado el
país, no lo ve el Señor." Pues tampoco yo me apiadaré ni perdonaré; doy a cada uno su
merecido.»
Entonces el hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, informó,
diciendo:
«He cumplido lo que me ordenaste.»

Responsorio Mt 24, 15. 21. 22; Ap 7, 3

R. Cuando veáis en el lugar santo lo que el profeta Daniel anuncia como «horrenda
profanación del devastador», sobrevendrá una tribulación tan espantosa que, si no se
abreviasen aquellos días, nadie se salvaría. * Pero se abreviarán los días aquellos en
atención a los escogidos.
V. No hagáis daño a la tierra ni al mar, hasta que hayamos sellado en la frente a los
siervos de nuestro Dios.
R. Pero se abreviarán los días aquellos en atención a los escogidos.

Segunda Lectura

De la homilía de un autor del siglo segundo
(Caps. 8,1=9,11: Funk 1,152-156)

EL ARREPENTIMIENTO DE UN CORAZÓN SINCERO

Hagamos penitencia mientras vivimos en este mundo. Somos, en efecto, como el barro
en manos del artífice. De la misma manera que el alfarero puede componer de nuevo la
vasija que está modelando, si le queda deforme o se le rompe, cuando todavía está en sus
manos, pero, en cambio, le resulta imposible modificar su forma cuando la ha puesto ya
en el horno, así también nosotros, mientras estamos en este mundo, tenemos tiempo de

hacer penitencia y debemos arrepentirnos con todo nuestro corazón de los pecados que
hemos cometido mientras vivimos en nuestra carne mortal, a fin de ser salvados por el
Señor. Una vez que hayamos salido de este mundo, en la eternidad, ya no podremos
confesar nuestras faltas ni hacer penitencia.
Por ello, hermanos, cumplamos la voluntad del Padre guardemos casto nuestro cuerpo,
observemos los mandamientos de Dios, y así alcanzaremos la vida eterna. Dice, en efecto,
el Señor en el Evangelio: Si no fuisteis de fiar en lo menudo, ¿quién os confiará lo que vale
de veras? Porque os aseguro que el que es de fiar en lo menudo también en lo importante
es de fiar. Esto es lo mismo que decir: "Guardad puro vuestro cuerpo e incontaminado el
sello de vuestro bautismo, para que seáis dignos de la vida eterna".
Que ninguno de vosotros diga que nuestra carne no será juzgada ni resucitará;
reconoced, por el contrario, que ha sido por medio de esta carne en la que vivís que
habéis sido salvados y habéis recibido la visión. Por ello, debemos mirar nuestro cuerpo
como si se tratara de un templo de Dios. Pues, de la misma manera que habéis sido
llamados en esta carne, también en esta carne saldréis al encuentro del que os llamó. Si
Cristo, el Señor, el que nos ha salvado, siendo como era espíritu, quiso hacerse carne para
podernos llamar, también nosotros, por medio de nuestra carne, recibiremos la
recompensa.
Amémonos, pues, mutuamente, a fin de que podamos llegar todos al reino de Dios.
Mientras tenemos tiempo de recobrar la salud, pongámonos en manos de Dios, para que
él, como nuestro médico, nos sane; y demos los honorarios debidos a este nuestro
médico. ¿Qué honorarios? El arrepentimiento de un corazón sincero. Porque él conoce de
antemano todas las cosas y penetra en el secreto de nuestro corazón. Tributémosle, pues,
nuestras alabanzas no solamente con nuestros labios, sino también con todo nuestro
corazón, a fin de que nos acoja como hijos. Pues el Señor dijo: Mis hermanos son los que
cumplen la voluntad de mi Padre.

Responsorio Ez 18, 31. 32; 2 Pe 3, 9

R. Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un
espíritu nuevo; * pues yo no me complazco en la muerte de nadie -oráculo del Señor-;
arrepentíos y viviréis.
V. Dios os aguarda pacientemente, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos
vengáis a arrepentiros.
R. Pues yo no me complazco en la muerte de nadie -oráculo del Señor-; arrepentíos y
viviréis.

Oración

Oremos:

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien
dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por
nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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