Oficio de Lectura - SÁBADO XXIX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, sábado, 23 de octubre de 2021.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Cantad al Señor y meditad sus maravillas. (T. P. Aleluya).

Salmo 104

LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN REALIZA LAS PROMESAS HECHAS POR DIOS A ABRAHÁN

Los apóstoles revelan a las naciones las maravillas realizadas por Dios en su venida (S. Atanasio).

I

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas,
gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra.
Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac,
confirmado como ley para Jacob,
como alianza eterna para Israel:
"A ti te daré el país cananeo,
como lote de vuestra heredad".
Cuando eran unos pocos mortales,
contados, y forasteros en el país,
cuando erraban de pueblo en pueblo,
de un reino a otra nación,
a nadie permitió que los molestase,
y por ellos castigó a reyes:
"No toquéis a mis ungidos,
no hagáis mal a mis profetas".

Antífona 2: No abandonó al justo vendido, sino que lo libró de sus calumniadores. (T. P. Aleluya).

II

Llamó al hambre sobre aquella tierra:
cortando el sustento de pan;
por delante había enviado a un hombre,
a José, vendido como esclavo;
le trabaron los pies con grillos,
le metieron el cuello en la argolla,
hasta que se cumplió su predicción,
y la palabra del Señor lo acreditó.
El rey lo mandó desatar,
el Señor de pueblos le abrió la prisión,
lo nombró administrador de su casa,
señor de todas sus posesiones,
para que a su gusto instruyera a los príncipes
y enseñase sabiduría a los ancianos.

Antífona 3: Se acordó el Señor de su palabra y sacó a su pueblo con alegría. (T. P. Aleluya).

III

Entonces Israel entró en Egipto,
Jacob se hospedó en la tierra de Cam.
Dios hizo a su pueblo muy fecundo,
más poderoso que sus enemigos.
A éstos les cambió el corazón
para que odiasen a su pueblo,
y usaran malas artes con sus siervos.
Pero envió a Moisés, su siervo,
y a Aarón, su escogido,
que hicieron contra ellos sus signos,
prodigios en la tierra de Cam.
Envió la oscuridad, y oscureció,
pero ellos resistieron a sus palabras;
convirtió sus aguas en sangre,
y dio muerte a sus peces;
su tierra pululaba de ranas,
hasta en la alcoba del rey.
Ordenó que vinieran tábanos
y mosquitos por todo el territorio;
les dio en vez de lluvia granizo,
llamas de fuego por su tierra;
e hirió higueras y viñas,
tronchó los árboles del país.
Ordenó que viniera la langosta,
saltamontes innumerables,
que roían la hierba de su tierra,
y devoraron los frutos de sus campos.
Hirió de muerte a los primogénitos del país,
primicias de su virilidad.
Sacó a su pueblo cargado de oro y plata,
y entre sus tribus nadie tropezaba;
los egipcios se alegraban de su marcha,
porque los había sobrecogido el terror.
Tendió una nube que los cubriese,
y un fuego que los alumbrase de noche.
Lo pidieron, y envió codornices,
los sació con pan del cielo;
hendió la peña, y brotaron las aguas,
que corrieron en ríos por el desierto.
Porque se acordaba de la palabra sagrada,
que había dado a su siervo Abrahán,
sacó a su pueblo con alegría,
a sus escogidos con gritos de triunfo.
Les asignó las tierras de los gentiles,
y poseyeron las haciendas de las naciones:
para que guarden sus decretos,
y cumplan su ley.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Jeremías 19, 1-5. 10-20, 6

ACCIÓN SIMBÓLICA DE LA JARRA ROTA

Esto dijo el Señor a Jeremías:
«Vete y compra una jarra de barro, y lleva luego contigo a algunos de los ancianos del
pueblo y a algunos sacerdotes. Sal al valle de Ben Hinnon, que está junto a la puerta de
los Cascotes, y proclama allí las palabras que te diré. Les dirás:
"Escuchad la palabra del Señor, reyes de Judá y habitantes de Jerusalén: Así dice el
Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Yo haré venir sobre este lugar una catástrofe, que a
quien la oiga le zumbarán los oídos; porque me abandonaron e hicieron extraño este
lugar, quemando en él incienso a dioses extranjeros, que ni ellos ni sus padres conocían; y
los reyes de Judá llenaron este lugar de sangre inocente. Construyeron altozanos a Baal,
para quemar en su honor a sus propios hijos, cosa que yo no les mandé ni dije, ni me
pasó por la cabeza."
Romperás luego la jarra en presencia de los que van contigo, y les dirás:

"Así dice el Señor de los ejércitos: Así romperé yo a este pueblo y a esta ciudad, como
se rompe un cacharro de alfarero que ya no tiene arreglo. En el Tofet enterrarán, a falta
de sitio para enterrar. Así trataré a este lugar —dice el Señor— y a los que lo habitan; y
convertiré esta ciudad en un Tofet. Las casas de Jerusalén y los palacios reales serán
inmundos como el Tofet; todas las casas en cuyas azoteas quemaban incienso al
escuadrón de los astros del cielo y hacían libaciones a dioses extranjeros."»
Volvió Jeremías del Tofet, adonde lo había enviado el Señor a proclamar, y se plantó en
el atrio del templo, diciendo a todo el pueblo:
«Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: "Yo haré venir sobre esta ciudad y
todas sus poblaciones los males con que la he amenazado; porque endurecieron la cerviz
y no escucharon mis palabras."»
Pasjur, hijo de Immer, sacerdote comisario del templo del Señor, escuchó a Jeremías
profetizar estas palabras y lo hizo azotar y lo metió en el cepo que se encuentra en la
puerta alta de Benjamín, en el templo del Señor. A la mañana siguiente, cuando Pasjur
sacó a Jeremías del cepo, Jeremías le dijo:
«El Señor ya no te llama Pasjur, sino Pavor, porque así dice el Señor: "Te haré el pavor
tuyo y de tus amigos, que caerán en manos del enemigo: tus ojos lo verán; y entregaré
toda Judá en manos del rey de Babilonia, que la llevará cautiva a Babilonia y la pasará a
espada. Entregaré todas las riquezas de esta ciudad, sus posesiones y objetos preciosos,
los tesoros de los reyes de Judá en manos de sus enemigos: los saquearán, los tomarán y
se los llevarán a Babilonia. Y tú, Pasjur, y todos los que habitan en tu casa, iréis al
destierro. Irás a Babilonia, allí morirás y serás enterrado, tú con todos tus amigos a
quienes profetizabas en falso.&uuot;»

Responsorio Mt 23, 37; cf. Jr 19,15

R. Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados. * ¡Cuántas
veces he querido agrupar a tus hijos como la gallina cobija a los polluelos bajo las alas, y
tú no has querido!
V. Endureciste tu cerviz y no escuchaste mis palabras.
R. ¡Cuántas veces he querido agrupar a tus hijos como la gallina cobija a los polluelos bajo
las alas, y tú no has querido!

Segunda Lectura

De los sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 117: PL 52, 520-521)

EL VERBO, SABIDURÍA DE DIOS, SE HIZO HOMBRE

El apóstol san Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a
saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su
obrar; totalmente iguales por el número y orden de sus miembros, pero totalmente
distintos por su respectivo origen. Dice, en efecto, la Escritura: El primer hombre, Adán,
fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.
Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual
empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo y fue su propio autor,
pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el único de quien procede la vida de todos.
Aquel primer Adán fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las
entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en éste, la carne
llega a ser Dios.
Y ¿qué más podemos añadir? Éste es aquel Adán que, cuando creó al primer Adán,
colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo
nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer
Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último
Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, también el primero, como él
mismo afirma: Yo soy el primero y yo soy el último.
"Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque, ciertamente,
no tengo fin. No es primero lo espiritual —dice—, sino lo animal. Lo espiritual viene
después. El espíritu no fue lo primero —dice—, primero vino la vida y después el espíritu".
Antes, sin duda, es la tierra que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto;
aquélla exige lágrimas y trabajo, éste, en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con
razón el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: Nuestra tierra ha dado su fruto. ¿Qué
fruto? Aquel que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas lo pondré sobre tu
trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es
del cielo.
Igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres
celestiales. ¿Cómo, pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial llegaron a ser de
esta naturaleza y no permanecieron tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la
condición en que habían renacido? Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del
Espíritu, el cual fecunda con su luz el seno materno de la fuente virginal, para que
aquellos a quienes el origen terreno de su raza da a luz en condición terrena y miserable
vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes a su mismo Creador. Por
tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realicemos lo que nos

dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen
del hombre celestial.
Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como
verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro
Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen
por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y
concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y
ser semejante a nosotros.

Responsorio Rm 5, 18.12

R. Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, * así
también la obra de justicia de uno solo procura a todos la justificación que da la vida.
V. Y como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte.
R. Así también la obra de justicia de uno solo procura a todos la justificación que da la
vida.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con
sincero corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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