Oficio de Lectura - MARTES II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, martes, 20 de enero de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!
Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
ni tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Encomienda tu camino al Señor, y él actuará. (T. P. Aleluya).

Salmo 36

LA VERDADERA Y LA FALSA FELICIDAD

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 4).

I

No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.
Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.
Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
Descansa en el Señor y espera en él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:
cohibe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.
Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.

Antífona 2: Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia. (T. P. Aleluya).

II

El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.
Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.
Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.
El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambre se saciarán;
pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.
El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.
Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.
Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.

Antífona 3: Confía en el Señor y sigue su camino. (T. P. Aleluya).

III

La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.
El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.
Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.
Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.
Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.
El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Génesis 12, 1-9; 13, 2-18

VOCACIÓN Y BENDICIÓN DE ABRÁN

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
«Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te
mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú
una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti
se bendecirán todos los linajes de la tierra.»
Marchó, pues, Abrán, como se lo había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Tenía Abrán
setenta y cinco años cuando salió de Jarán. Tomó Abrán a Saray, su mujer, y a Lot, hijo de
su hermano, con toda la hacienda que habían logrado, y el personal que habían adquirido
en Jarán, y salieron para dirigirse a Canaán. Llegaron a Canaán, y Abrán atravesó el país
hasta el lugar sagrado de Siquem, hasta la encina de Moré. Por entonces estaban los
cananeos en el país. El Señor se apareció a Abrán y le dijo:
«A tu descendencia he de dar esta tierra.»

Entonces él edificó allí un altar al Señor que se le había aparecido. De allí pasó a la
montaña, al oriente de Betel, y desplegó su tienda, entre Betel al occidente y Ay al
oriente. Allí edificó un altar al Señor e invocó su nombre. Luego Abrán fue desplazándose
por acampadas hacia el Négueb.
Abrán era muy rico en ganado, plata y oro. Caminando de acampada en acampada se
dirigió desde el Negueb hasta Betel, hasta el lugar donde estuvo su tienda entre Betel y
Ay, el lugar donde había invocado Abrán el nombre del Señor.
También Lot, que iba con Abrán, tenía ovejas, vacadas y tiendas. Ya la tierra no les
permitía vivir juntos, porque su hacienda se había multiplicado, de modo que no podían
vivir juntos. Hubo riña entre los pastores del ganado de Abrán y los del ganado de Lot.
(Además los cananeos y los perizitas habitaban por entonces en el país.) Dijo, pues, Abrán
a Lot:
«Ea, no haya disputas entre nosotros ni entre mis pastores y tus pastores, pues somos
hermanos. ¿No tienes todo el país por delante? Pues bien, apártate de mi lado. Si tomas
por la izquierda, yo iré por la derecha; y si tú por la derecha, yo por la izquierda.»
Lot levantó los ojos y vio toda la vega del Jordán, toda ella de regadío -era antes de
destruir el Señor a Sodoma y Gomorra-como el jardín del Señor, como Egipto, hasta llegar
a Soar. Eligió, pues, Lot para sí toda la vega del Jordán, y se trasladó al oriente; así se
apartaron el uno del otro.
Abrán se estableció en Canaán y Lot en las ciudades de la vega, donde plantó sus
tiendas hasta Sodoma. Los habitantes de Sodoma eran muy malos y pecadores contra el
Señor. Dijo el Señor a Abrán, después que Lot se separó de él:
«Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el
oriente y el poniente. Pues bien, toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia
por siempre. Haré tu descendencia como el polvo de la tierra: tal que si alguien puede
contar el polvo de la tierra, también podrá contar tu descendencia. Levántate, recorre el
país a lo largo y a lo ancho, porque a ti te lo he de dar.»
Y Abrán vino a establecerse con sus tiendas junto a la encina de Mambré, que está en
Hebrón, y edificó allí un altar al Señor.

Responsorio Hb 11, 8; Is 51, 2

R. Por la fe obedeció Abraham al ser llamado por Dios, saliendo hacia la tierra que había
de recibir en herencia, * y salió sin saber a dónde iba.
V. Mirad a Abraham, vuestro padre, y a Sara, que os dio a luz; cuando lo llamé, era uno,
pero lo bendije y lo multipliqué.
R. Y salió sin saber a dónde iba.

Segunda Lectura

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
(Caps. 49-50: Funk 1,123-125)

¿QUIÉN SERÁ CAPAZ DE EXPLICAR EL VÍNCULO DEL AMOR DIVINO?

El que posee el amor de Cristo que cumpla sus mandamientos. ¿Quién será capaz de
explicar debidamente el vínculo que el amor divino establece? ¿Quién podrá dar cuenta de
la grandeza de su hermosura? El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. El amor nos
une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, lo soporta
todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él; el amor no admite divisiones, no
promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en el amor hallan su
perfección todos los elegidos de Dios, y sin él nada es grato a Dios. En el amor nos acogió
el Señor: por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad

del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras
vidas.
Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es el amor y cómo es inenarrable
su perfección. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga este
don. Oremos, por tanto, e imploremos la misericordia divina, para que sepamos practicar
sin tacha el amor, libres de toda parcialidad humana. Todas las generaciones anteriores,
desde Adán hasta nuestros días, han pasado; pero los que por gracia de Dios han sido
perfectos en el amor obtienen el lugar destinado a los justos y se manifiesta en el día de
la visita del reino de Cristo. Porque está escrito: Anda, pueblo mío, entra en los aposentos
y cierra la puerta por dentro; escóndete un breve instante mientras pasa la cólera; y me
acordaré del día bueno y os haré salir de vuestros sepulcros.
Dichosos nosotros, amados hermanos, si cumplimos los mandatos del Señor en la
concordia del amor, porque este amor nos obtendrá el perdón de los pecados. Está
escrito: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuyo espíritu no hay
falsedad. Esta proclamación de felicidad atañe a los que, por Jesucristo nuestro Señor, han
sido elegidos por Dios, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Responsorio 1 Jn 4, 16. 7

R. Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene; * Dios es amor y quien
permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.
V. Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios.
R. Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la
oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por
Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

Apps - Android - iPhone - iPad