Oficio de Lectura - VIERNES II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, viernes, 24 de enero de 2020.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: El Señor es bueno, bendecid su nombre.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!
Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.
Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.
Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.
Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

SEÑOR, NO ME CORRIJAS CON IRA

Todos sus conocidos se mantenían a distancia (Lc 23, 49).

I

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Antífona 2: Señor, todas mis ansias están en tu presencia. (T. P. Aleluya).

II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío,
todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros
se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos
los que atentan contra mí,
los que desean mi daño
me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Antífona 3: Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. (T. P. Aleluya).

III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido:
que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie,
no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos
los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan
cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Génesis 16, 1-6

NACIMIENTO DE ISMAEL

En aquellos días, Saray, mujer de Abrán, no le daba hijos. Pero tenía una esclava
egipcia, que se llamaba Agar, y dijo Saray a Abrán:
«Mira, el Señor me ha hecho estéril. Llégate, pues, te ruego, a mi esclava. Quizá podré
tener hijos de ella.»
Y escuchó Abrán la voz de Saray. Así, al cabo de diez años de habitar Abrán en Canaán,
tomó Saray, la mujer de Abrán, a su esclava Agar la egipcia, y diósela por mujer a su
marido Abrán. Llegóse, pues, él a Agar, la cual concibió. Pero luego, al verse ella encinta,
miraba a su señora con desprecio. Dijo entonces Saray a Abrán:
«Mi agravio recaiga sobre ti. Yo puse mi esclava en tu seno, pero al verse ella encinta
me mira con desprecio. Juzgue el Señor entre nosotros dos.»
Respondió Abrán a Saray:
«Ahí tienes a tu esclava en tus manos. Haz con ella como mejor te parezca.»
Saray dio en maltratarla y ella huyó de su presencia. La encontró el Ángel del Señor
junto a una fuente de agua en el desierto -la fuente que hay en el camino de Sur-y dijo:
«Agar, esclava de Saray, ¿de dónde vienes y a dónde vas?»
Contestó ella:
«Voy huyendo de la presencia de mi señora Saray.»
Le dijo el Ángel del Señor:
«Vuelve a tu señora, y sométete a ella.»
Y dijo el Ángel del Señor:
«Multiplicaré de tal modo tu descendencia, que por su gran multitud no podrá
contarse.»
Y díjole el Ángel del Señor:
Mira que has concebido, y darás a luz un hijo, al que llamarás Ismael, porque el Señor
ha oído tu aflicción. Será un onagro humano. Su mano contra todos, y la mano de todos
contra él; y enfrente de todos sus hermanos plantará su tienda.»
Dio Agar al Señor, que le había hablado, el nombre de «Tú eres El Roí», pues dijo:
«¿Si será que he llegado a ver aquí las espaldas de aquel que me ve?»
Por eso se llamó aquel pozo «Pozo de Lajay Roí». Está entre Cadés y Béred.
Agar dio a luz un hijo a Abrán, y Abrán llamó al hijo que Agar le había dado Ismael.
Tenía Abrán ochenta y seis años cuando Agar le dio su hijo Ismael.

Responsorio Cf. Gn 17, 20. 2 1; 21, 13

R. El Señor dijo a Abraham: «Bendeciré a Ismael, lo haré fecundo, lo haré crecer en
extremo; * pero mi pacto lo establezco con Isaac, el hijo que te dará Sara.»
V. También al hijo de la criada lo convertiré en un gran pueblo, pues es descendiente tuyo.

R. Pero mi pacto lo establezco con Isaac, el hijo que te dará Sara.

Segunda Lectura

De los capítulos de Diadoco de Foticé, obispo, sobre la perfección espiritual
(Capítulos 12.13.14: PG 65,1171-1172)

HAY QUE AMAR SOLAMENTE A DIOS

El que se ama a sí mismo no puede amar a Dios; en cambio, el que, movido por la
superior excelencia de las riquezas del amor a Dios, deja de amarse a sí mismo ama a
Dios. Y, como consecuencia, ya no busca nunca su propia gloria, sino más bien la gloria de
Dios. El que se ama a sí mismo busca su propia gloria, pero el que ama a Dios desea la
gloria de su Hacedor.
En efecto, es propio del alma que siente el amor a Dios buscar siempre y en todas sus
obras la gloria de Dios y deleitarse en su propia sumisión a él, ya que la gloria conviene a
la magnificencia de Dios; al hombre, en cambio, le conviene la humildad, la cual nos hace
entrar a formar parte de la familia de Dios. Si de tal modo obramos, poniendo nuestraalegría en la gloria del Señor, no nos cansaremos de repetir, a ejemplo de Juan Bautista: Él
tiene que crecer y yo tengo que menguar.
Sé de cierta persona que, aunque se lamentaba de no amar a Dios como ella hubiera
querido, sin embargo, lo amaba de tal manera que el mayor deseo de su alma consistía en
que Dios fuera glorificado en ella, y que ella fuese tenida en nada. El que así piensa no se
deja impresionar por las palabras de alabanza, pues sabe lo que es en realidad; al
contrario, por su gran amor a la humildad, no piensa en su propia dignidad, aunque fuese
el caso que sirviese a Dios en calidad de sacerdote; su deseo de amar a Dios hace que se
vaya olvidando poco a poco de su dignidad y que extinga en las profundidades de su amor
a Dios, por el espíritu de humildad, la jactancia que su dignidad pudiese ocasionar, de
modo que llega a considerarse siempre a sí mismo como un siervo inútil, sin pensar para
nada en su dignidad, por su amor a la humildad. Lo mismo debemos hacer también
nosotros, rehuyendo todo honor y toda gloria, movidos por la superior excelencia de las
riquezas del amor a Dios, que nos ha amado de verdad.
Dios conoce a los que lo aman sinceramente, porque cada cual lo ama según la
capacidad de amor que hay en su interior. Por tanto, el que así obra desea con ardor que
la luz de este conocimiento divino penetre hasta lo más íntimo de su ser, llegando a
olvidarse de sí mismo, transformado todo él por el amor.
El que es así transformado vive y no vive; pues, mientras vive en su cuerpo, el amor lo
mantiene en un continuo peregrinar hacia Dios; su corazón, encendido en el ardiente
fuego del amor, está unido a Dios por la llama del deseo, y su amor a Dios le hace
olvidarse completamente del amor a sí mismo, pues, como dice el Apóstol, si empezamos
a desatinar, a Dios se debía; si ahora nos moderamos es por vosotros.

Responsorio Jn 3, 16; 1 Jn 4, 10

R. Tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo único, * para que todo el que crea en
él no perezca, sino que tenga vida eterna.
V. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él
nos amó primero.
R. Para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la
oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por
Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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