Oficio de Lectura - MARTES II SEMANA DE CUARESMA 2019

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, martes, 19 de marzo de 2019. Otras celebraciones del día: SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: Encomienda tu camino al Señor, y él actuará. (T. P. Aleluya).

Salmo 36

LA VERDADERA Y LA FALSA FELICIDAD

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 4).

I

No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.
Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.
Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
Descansa en el Señor y espera en él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:
cohibe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.
Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.

Antífona 2: Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia. (T. P. Aleluya).

II

El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.
Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.
Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.
El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambre se saciarán;
pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.
El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.
Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.
Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.

Antífona 3: Confía en el Señor y sigue su camino. (T. P. Aleluya).

III

La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.
El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.
Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.
Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.
Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.
El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.

Versículo

V. Ahora es el tiempo propicio.
R. Ahora es el día de la salvación.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Deuteronomio 26, 1-19

PROFESIÓN DE FE DE LOS HIJOS DE ABRAHAM

En aquellos días, dijo Moisés al pueblo estas palabras: «Cuando entres en la tierra que
el Señor, tu Dios, va a darte en heredad, cuando tomes posesión de ella y la habites,
tomarás primicias de todos los frutos que coseches de la tierra que va a darte tu Dios, los
pondrás en una cesta, irás al lugar que el Señor, tu Dios, haya elegido para morada de su
nombre, te presentarás al sacerdote que esté en funciones por aquellos días, y le dirás:
"Hoy confieso ante el Señor, mi Dios, que he entrado en la tierra que el Señor juró a
nuestros padres que nos daría a nosotros."
El sacerdote cogerá de tu mano la cesta, la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios, y tú
recitarás estas palabras: "Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y residió allí
con unas cuantas personas más; allí se hizo un pueblo grande, fuerte y numeroso. Los

egipcios nos maltrataron y nos humillaron, y nos impusieron dura esclavitud. Gritamos al
Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz: vio nuestra miseria,
nuestros trabajos, nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto: con mano fuerte, con
brazo extendido, con terribles portentos, con signos y prodigios, y nos trajo a este lugar y
nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso vengo aquí con las primicias
de los frutos de la tierra que tú me diste, Señor."
Y lo depositarás ante el Señor, tu Dios, te postrarás ante él, y harás fiesta con el levita
y el forastero que viva en tu vecindad, por todos los bienes que el Señor, tu Dios, te haya
dado, a ti y a tu casa.
Cada tres años, el año del diezmo, cuando termines de repartir el diezmo de todas tus
cosechas y se lo hayas dado al levita, al, forastero, al huérfano y a la viuda, para que
coman en tus ciudades hasta saciarse, recitarás lo siguiente en presencia del Señor, tu
Dios: "He sacado de mi casa lo que debía ser consagrado: se lo he dado al levita, al
forastero, al huérfano y a la viuda, según el precepto que me diste. No he quebrantado ni
olvidado ningún precepto. No he comido nada durante mi duelo, nada impuro he
consumido, ni se lo he ofrendado a un dios muerto. He escuchado la voz del Señor, mi
Dios, he cumplido todo lo que me mandaste. Vuelve los ojos desde tu santa morada,
desde el cielo, y bendice a tu pueblo, Israel, y a esta tierra que nos diste, como habías
jurado a nuestros padres, una tierra que mana leche y miel."
Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y
cúmplelos con todo el corazón y con toda el alma. Hoy has comprometido al Señor para
que sea tu Dios, a condición de que sigas sus caminos, guardes sus mandatos, normas y
preceptos, y escuches su voz. Y hoy te ha comprometido el Señor a ser su propio pueblo,
según él mismo te lo ha dicho, a condición de que guardes sus mandamientos; él te
elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y
tú serás el pueblo santo del Señor.»

Responsorio Cf. 1 Pe 2, 9. 10; Dt 7, 6. 8

R. Vosotros sois pueblo adquirido por Dios; vosotros que en otro tiempo no erais
pueblo sois ahora pueblo de Dios; * vosotros que estabais excluidos de la misericordia sois
ahora objeto de la misericordia de Dios.
V. El Señor os eligió sólo por el amor que os tiene, y os rescató de la esclavitud.
R. Vosotros que estabais excluidos de la misericordia sois ahora objeto de la
misericordia de Dios.

Segunda Lectura

De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
(Salmo 140, 4-6: CCL 40, 2028-2029)

LA PASIÓN DE TODO EL CUERPO DE CRISTO

Señor, te he llamado, ven deprisa. Esto lo podemos decir todos. No lo digo yo solo, lo
dice el Cristo total. Pero se refiere, sobre todo, a su cuerpo personal; ya que, cuando se
encontraba en este mundo, Cristo oró con su ser de carne, oró al Padre con su cuerpo, y,
mientras oraba, gotas de sangre destilaban de todo su cuerpo. Así está escrito en el
Evangelio: Jesús oraba con más insistencia, y sudaba como gotas de sangre. ¿Qué quiere
decir el flujo de sangre de todo su cuerpo sino la pasión de los mártires de la Iglesia?
Señor, te he llamado, ven deprisa; escucha mi voz cuando te llamo. Pensabas que ya
estaba resuelta la cuestión de la plegaria con decir: Te he llamado. Has llamado, pero no
te quedes ya tranquilo. Si se acaba la tribulación, se acaba la llamada; pero si, en cambio,
la tribulación de la Iglesia y del cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los tiempos, no
sólo has de decir: Te he llamado, ven deprisa, sino también: Escucha mi voz cuando te
llamo.

Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda
de la tarde. Cualquier cristiano sabe que esto suele referirse a la misma cabeza de la
Iglesia. Pues, cuando ya el día declinaba hacia su atardecer, el Señor entregó, en la cruz,
el alma que después había de recobrar, porque no la perdió en contra de su voluntad. Pero
también nosotros estábamos representados allí. Pues lo que de él colgó en la cruz era lo
que había recibido de nosotros. Si no, ¿cómo es posible que, en un momento dado, Dios
Padre aleje de sí y abandone a su único Hijo; que es un solo Dios con él? Y, no obstante,
al clavar nuestra debilidad en la cruz, donde, como dice el Apóstol, nuestro hombre viejo
ha sido crucificado con él, exclamó con la voz de aquel mismo hombre nuestro: Dios mío,
Dios mío, por qué me has abandonado?
Por tanto, la ofrenda de la tarde fue la pasión del Señor, la cruz del Señor, la oblación
de la víctima saludable, el holocausto acepto a Dios. Aquella ofrenda de la tarde se
convirtió en ofrenda matutina por la resurrección. La oración brota, pues, pura y directa
del corazón creyente, como se eleva desde el ara santa el incienso. No hay nada más
agradable que el aroma del Señor: que todos los creyentes huelan así.
Así, pues, nuestro hombre viejo —son palabras del Apóstol— ha sido crucificado con
Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres de la
esclavitud del pecado.

Responsorio Ga 2, 19-20

R. Estoy crucificado con Cristo; * vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
V. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta
entregarse por mí.
R. Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Oración

Oremos:

Señor, vela con amor continuo sobre tu Iglesia, y, pues sin tu ayuda no puede
sostenerse lo que se cimienta en la debilidad humana, protege a tu Iglesia en el peligro y
mantenla en el camino de la salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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