Oficio de Lectura - JUEVES XXIV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, jueves, 16 de septiembre de 2021.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entrad en la presencia del Señor con vítores.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
A la voz de tu aliento
se estremeció la nada;
la hermosura brilló
y amaneció la gracia.
Señor, ¿a quién iremos,
si tu voz nos habla?
Nos hablas en las voces
de tu voz semejanza:
en los goces pequeños
y en las angustias largas.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
En los silencios íntimos
donde se siente el alma,
tu clara voz creadora
despierta la nostalgia.
¿A quién iremos, Verbo,
entre tantas palabras?
Al golpe de la vida,
perdemos la esperanza;
hemos roto el camino
y el roce de tu planta.
¿A dónde iremos, dinos,
Señor, si no nos hablas?
¡Verbo del Padre, Verbo
de todas las mañanas,
de las tardes serenas,
de las noches cansadas!
¿A dónde iremos, Verbo,
si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

Antífona 1: No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro. (T. P. Aleluya).

Salmo 43

ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES

En todo vencemos fácilmente en aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).

I

Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.

Antífona 2: No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él. (T. P. Aleluya).

II

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.

Antífona 3: Levántate, Señor, no nos rechaces más.

III

Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Oseas 13, 1-14, 1

ÚLTIMA SENTENCIA DE APROBACIÓN

Cuando Efraím hablaba, era respetado en Israel; pero se hizo reo de idolatría y murió. Y
ahora repiten el pecado: se funden ídolos de plata, imágenes de artesanos, obras de
escultores. Les dirigen oraciones, ofrecen sacrificios humanos, adoran a los toros. Por ello
serán como nube matutina, como rocío temprano que pasa, como tamo arrebatado de la
era, como humo por la ventana.
Pero yo soy el Señor, Dios tuyo desde Egipto; no reconocerás a otro Dios que a mí, ni
tendrás otro salvador fuera de mí. Yo te escogí en el desierto, en tierra árida. Cuando
pacían se hartaban, se hartaban y se engreía su corazón, y así se olvidaban de mí. Seré
para ellos como león, los acecharé como pantera en el camino. Los asaltaré como una osa
a quien roban las crías, despedazaré su pecho, los devoraré como un león; las fieras los
descuartizarán.
Te matan, Israel, porque sólo en mí está tu auxilio. ¿Dónde está tu rey para salvarte en
todas tus ciudades?; ¿dónde tus gobernantes, a quienes pedías: «Dadnos un rey y
príncipes»? Airado, te di un rey, y encolerizado te lo quitaré.
La iniquidad de Efraím está registrada, está archivado su pecado. Le asaltan dolores de
parto: hijo necio, que a su tiempo no sabe colocarse en la matriz. ¿Los libraré del poder
del abismo, los rescataré de la muerte? ¿Dónde están tus plagas, muerte, dónde tus
fiebres, abismo? El consuelo se aparta de mi vista.
Aunque germinaba entre sus hermanos, vendrá el viento solano, el huracán que sube
del desierto: aridece el verde, se seca el manantial; saquean los tesoros, los enseres
preciosos. Samaria expiará la rebelión contra su Dios: caerán a espada, sus hijos serán
estrellados, abrirán en canal a las preñadas.

Responsorio Os 13, 4-5

R. Yo soy el Señor, Dios tuyo desde Egipto; no reconocerás a otro Dios que a mí, * ni
tendrás otro salvador fuera de mí.
V. Yo te escogí en el desierto, en tierra árida.
R. Ni tendrás otro salvador fuera de mí.

Segunda Lectura

Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores
(Sermón 46, 9: CCL. 41, 535-536)

SÉ UN MODELO PARA LOS FIELES

Después de haber hablado el Señor de lo que estos pastores aman, habla de lo que
desprecian. Son muchos los defectos de las ovejas, y las ovejas sanas y gordas son muy
pocas, es decir, las que se hallan robustecidas con el alimento de la verdad, alimentándose
de buenos pastos por gracia de Dios. Pues bien, aquellos malos pastores no las
apacientan. No les basta con no curar a las débiles y enfermas, con no cuidarse de las
errantes y perdidas. También hacen todo lo posible por acabar con las vigorosas y
cebadas. A pesar de lo cual, siguen viviendo. Siguen viviendo por pura misericordia de
Dios: Pero, por lo que toca a los malos pastores, no hacen sino matar. "¿Y cómo matan?",
me preguntarás. Matan viviendo mal, dando mal ejemplo. Pues no en vano se le dice a
aquel siervo de Dios, que destaca entre los miembros del supremo Pastor: Preséntate en
todo como un modelo de buena conducta, y también: Sé un modelo para los fieles.
Porque, la mayor parte de las veces, aun la oveja sana, cuando advierte que su pastor
vive mal, aparta sus ojos de los mandatos de Dios y se fija en el hombre, y comienza a
decirse en el interior de su corazón: "Si quien está puesto para dirigirme vive así, ¿quién
soy yo para no obrar como él obra? Así el mal pastor mata a la oveja sana. Y mató a la
que estaba fuerte, ¿qué va a ser lo que haga a las otras, si con el ejemplo de su vida
acaba de matar a la que él no había fortalecido, sino que la había encontrado ya fuerte y
robusta?
Os aseguro, hermanos queridos, que, aunque las ovejas sigan viviendo, y estén firmes
en la palabra del Señor y se atengan a lo que escucharon de sus labios: Haced lo que os
digan; pero no hagáis lo que ellos hacen; sin embargo, quien vive de mala manera a los
ojos del pueblo por lo que a él se refiere, está matando a los que lo ven. Y que no se
tranquilice diciéndose que la oveja no ha muerto. Es verdad que no ha muerto, pero él es
un homicida; Es lo mismo que cuando un hombre lascivo mira a una mujer con mala
intención: aunque ella se mantenga casta, él, en cambio, ha pecado. La palabra de Dios
es verdadera e inequívoca: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido
adúltero con ella en su interior. No ha penetrado hasta su habitación, pero la ha deseado
en su propia habitación interior.

Así, pues, todo aquel que vive mal a la vista de quienes son sus subordinados, por lo
que a él toca, mata hasta a los fuertes. Quien lo imita muere, mientras que quien no lo
imita vive. Pero él, por su parte, ha matado a ambos. Matáis las más gordas —dice el
profeta— y, las ovejas, ni las apacentáis.

Responsorio Lc 12, 48; Sb 6, 6

R. A aquel a quien mucho se le ha dado mucho se le exigirá; * y a quien más se le haya
confiado más se le reclamará.
V. Un juicio severo les espera a los que mandan.
R. Y a quien más se le haya confiado más se le reclamará.

Oración

Oremos:

Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos, y para que sintamos el efecto de
tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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