Oficio de Lectura - LUNES XVI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2019

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, lunes, 22 de julio de 2019. Otras celebraciones del día: SANTA MARÍA MAGDALENA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.

Salmodia

Antífona 1: ¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! (T. P. Aleluya).

Salmo 72

POR QUÉ SUFRE EL JUSTO

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6).

I

¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.

Antífona 2: Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

II

Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: "Voy a hablar con ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.

Antífona 3: Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. (T. P. Aleluya).

III

Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tú agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sión.

Lecturas

Primera Lectura

Del segundo libro de Samuel 18, 6-17. 24-19, 4

MUERTE DE ABSALÓN Y DUELO DE DAVID

En aquellos días, el ejército de David salió al campo al encuentro de Israel, y se trabó la
batalla en el bosque de Efraím. El pueblo de Israel fue derrotado allí por los veteranos de
David, y hubo aquel día un gran estrago de veinte mil hombres. La batalla se extendió por
todo aquel contorno y aquel día devoró el bosque más hombres que la espada.
Absalón chocó contra los veteranos de David. Iba Absalón montado en un mulo, y el
mulo se metió bajo el ramaje de una gran encina. La cabeza de Absalón se trabó en la
encina y quedó colgado entre el cielo y la tierra, mientras que el mulo que estaba debajo
de él siguió adelante. Lo vio un hombre y se lo avisó a Joab, diciendo:
«He visto a Absalón colgado de una encina.»
Joab dijo al hombre que le avisaba:
«Y viéndole, ¿por qué no lo has derribado allí mismo en tierra? Y yo te habría dado diez
siclos de plata y un cinturón.»
El hombre respondió a Joab:
«Aunque pudiera pesar en la palma de mi mano mil siclos de plata, no alzaría mi mano
contra el hijo del rey, pues ante nuestros oídos te ordenó el rey, a ti, a Abisay y a Ittay:
"Guardad por amor a mí al joven Absalón." Si hubiera cometido yo esta perfidia, expondría
mi vida, pues al rey nada se le oculta y tú mismo te hubieras puesto contra mí.»
Respondió Joab:
«No voy a estarme mirando tu cara.»
Y tomando tres dardos en su mano, los clavó en el corazón de Absalón, que estaba
todavía vivo en medio de la encina. Luego se acercaron diez jóvenes escuderos de Joab,
que hirieron a Absalón y lo remataron. Joab mandó tocar el cuerno y el ejército dejó de
perseguir a Israel, porque Joab retuvo al ejército. Tomaron a Absalón, lo echaron en un

gran hoyo en el bosque, y pusieron encima un gran montón de piedras; y todo Israel
huyó, cada uno a su tienda.
Estaba David entre las dos puertas. El centinela que estaba en el terrado de la puerta,
sobre la muralla, alzó la vista y vio a un hombre que venía corriendo solo. Gritó el
centinela y se lo comunicó al rey, y el rey dijo:
«Si viene solo hay buenas noticias en su boca.»
Mientras éste se acercaba corriendo, vio el centinela otro hombre también corriendo, y
gritó el centinela de la puerta:
«Ahí viene otro hombre solo corriendo.»
Dijo el rey:
«También éste trae buenas noticias.»
Dijo el centinela:
«Ya distingo el modo de correr del primero: por su modo de correr es Ajimaas, hijo de
Sadoq.»
El rey comentó:
«Es un hombre de bien; viene para dar buenas noticias.»
Se acercó Ajimaas y dijo al rey:
«¡Paz!»
Y se postró ante el rey, rostro en tierra. Luego prosiguió:
«Bendito sea el Señor tu Dios, que ha sometido a los hombres que alzaban la mano
contra mi señor el rey.»
Preguntó el rey:
«¿Está bien el joven Absalón?»
Ajimaas respondió:
«Yo vi un gran tumulto cuando el siervo del rey, Joab, envió a tu siervo, pero no sé qué
era.»
El rey dijo:
«Pasa y ponte, acá.»
Él pasó y se quedó. En eso llegó el cusita y dijo:
«Recibe, oh rey mi señor, la buena noticia, pues hoy te ha librado el Señor de la mano
de todos los que se alzaban contra ti.»
Dijo el rey al cusita:
«¿Está bien el joven Absalón?»
Respondió el cusita:
«Que les suceda como a ese joven a todos los enemigos del rey mi señor, y a todos los
que se levanten contra ti para hacerte mal.»
Entonces el rey se estremeció. Subió a la estancia que había encima de la puerta y
rompió a llorar. Decía entre sollozos:
«¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu
lugar, Absalón, hijo mío!»
Avisaron a Joab:
«Mira que el rey está llorando y lamentándose por Absalón.»
La victoria se trocó en duelo aquel día para todo el pueblo, porque aquel día supo el
pueblo que el rey estaba desolado por su hijo. Y aquel día fue entrando el ejército a
escondidas en la ciudad, como cuando va a escondidas un ejército que huye avergonzado
de la batalla. El rey, tapado el rostro, decía con grandes gemidos:
«¡Hijo mío, Absalón; Absalón, hijo mío!

Responsorio Sal 54, 13. 14. 15; cf. 40, 10; 2S 18, 33

R. Si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; * pero eres tú, mi compañero, mi amigo y
confidente, a quien me unía una dulce intimidad, el primero en traicionarme.

V. El rey se estremeció, subió a la estancia que había encima de la puerta y rompió a
llorar, decía entre sollozos:
R. Pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce
intimidad, el primero en traicionarme.

Segunda Lectura

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios
(Caps. 6,1-9,2: Funk 1,195-199)

UNA SOLA ORACIÓN Y UNA SOLA ESPERANZA EN LA CARIDAD Y EN LA SANTA ALEGRÍA

Como en las personas de vuestra comunidad, que tuve la suerte de ver, os contemplé
en la fe a todos vosotros y a todos cobré amor, yo os exhorto a que pongáis empeño por
hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que ocupa el lugar de
Dios; y de los presbíteros, que representan al colegio de los apóstoles; desempeñando los
diáconos, para mí muy queridos, el ejercicio que les ha sido confiado del ministerio de
Jesucristo, el cual estaba junto al Padre antes de los siglos se manifestó en estos últimos
tiempos.
Así pues, todos, conformándoos al proceder de Dios, respetaos mutuamente, y nadie
mire a su prójimo bajo un punto de vista meramente humano, sino amaos unos a otros en
Jesucristo en todo momento. Que nada haya en vosotros que pueda dividiros, antes bien,
formad un solo cuerpo con vuestro obispo y con los que os presiden, para que seáis
modelo y ejemplo de inmortalidad.
Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, ya que
formaba una sola cosa con él -nada, digo, ni por sí mismo ni por sus apóstoles-, así
también vosotros, nada hagáis sin contar con vuestro obispo y con los presbíteros, ni
tratéis de colorear como laudable algo que hagáis separadamente, sino que, reunidos en
común, haya una sola oración, una sola esperanza en la caridad y en la santa alegría, ya
que uno solo es Jesucristo, mejor que el cual nada existe. Corred todos a una como a un
solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo
Padre que en un solo Padre estuvo y a él solo ha vuelto.
No os dejéis engañar por doctrinas extrañas ni por cuentos viejos que no sirven para
nada. Porque, si hasta el presente seguimos viviendo según la ley judaica, confesamos no
haber recibido la gracia. En efecto, los santos profetas vivieron según Jesucristo. Por eso,
justamente fueron perseguidos, inspirados que fueron por su gracia para convencer
plenamente a los incrédulos de que hay un solo Dios, el cual se habría de manifestar a sí
mismo por medio de Jesucristo, su Hijo, que es su Palabra que procedió del silencio, y que
en todo agradó a aquel que lo había enviado.
Ahora bien, si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a una
nueva esperanza, no guardando ya el sábado, sino considerando el Domingo como el
principio de su vida, pues en ese día amaneció también nuestra vida gracias al Señor y a
su muerte, ¿cómo podremos nosotros vivir sin aquel a quien los mismos profetas,
discípulos suyos ya en espíritu, esperaban como a su Maestro? Y, por eso, el mismo a
quien justamente esperaban, una vez llegado, los resucitó de entre los muertos.

Responsorio 1 Pe 3, 8. 9; Rm 12. 10. 11

R. Procurad todos tener un mismo pensar y un mismo sentir: con afecto fraternal, con
ternura, con humildad. * Porque vuestra vocación mira a esto: a heredar una bendición.
V. En cuanto a la caridad fraterna, amaos entrañablemente unos a otros; en cuanto a la
mutua estima, tened por más dignos a los demás; sirviendo al Señor.
R. Porque vuestra vocación mira a esto: a heredar una bendición.

Oración

Oremos:

Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos los dones de tu gracia,
para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento
de tu ley. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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