Oficio de Lectura - JUEVES VII SEMANA DE PASCUA 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, jueves, 28 de mayo de 2020.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88, 39-53

LAMENTACIÓN POR LA CAÍDA DE LA CASA DE DAVID

Ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David (Lc 1, 69).

IV

Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.

Antífona 2: Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana. (T. P. Aleluya).

V

¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.
¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?
Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.
Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.

Antífona 3: Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre. (T. P. Aleluya).

Salmo 89

BAJE A NOSOTROS LA BONDAD DEL SEÑOR

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día (2 Pe 3, 8).

Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: "retornad, hijos de Adán".
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Versículo

V. Dios resucitó al Señor. Aleluya.
R. Y nos resucitará también a nosotros por su poder. Aleluya.

Lecturas

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 27, 21-44

NAUFRAGIO DE PABLO

En aquellos días, llevábamos mucho tiempo sin comer, cuando Pablo, dirigiéndose a los
tripulantes, les dijo: «Amigos, mejor os hubiera sido seguir mis consejos, y no haber
zarpado de Creta. Así nos habríamos ahorrado este percance y estos males. En la
situación en que nos encontramos, yo os aconsejo que cobréis mucho valor. No perecerá
ninguno de vosotros; sólo la nave se perderá. Esta noche se me ha aparecido un ángel del
Dios a quien pertenezco y a quien también adoro, y me ha dicho: "No tengas miedo,
Pablo, que comparecerás ante el César; y mira, en consideración a tu persona, Dios
guarda con vida a todos los que navegan contigo." Así, pues, cobrad ánimo, amigos; que
yo confío en Dios que ha de suceder tal como me ha dicho; sin duda, encallaremos en
alguna isla.»
Así llegó la decimocuarta noche en que íbamos a la deriva por el Adriático. A eso de
media noche, sospecharon los marineros que se aproximaban a tierra. Echaron la sonda y
encontraron veinte brazas de profundidad; al poco rato, la echaron de nuevo y
encontraron quince. Ante el temor de dar en algún escollo, arrojaron cuatro anclas a popa
y aguardaron con impaciencia a que se hiciese de día. A todo esto los marineros
intentaban escapar de la nave y, con el pretexto de ir a echar lejos las anclas de proa,
arriaron el esquife. Dijo entonces Pablo al centurión y a los soldados: «Si no se quedan
éstos en la nave, no os vais a poder salvar.»
En seguida, los soldados cortaron las amarras del esquife y lo dejaron a merced de las
olas. Mientras llegaba el día, Pablo animaba a todos a comer, diciéndoles: «Hoy hace
catorce días que estáis en esta espera ansiosa, ayunando y sin haber tomado nada. Por
eso os invito a tomar alimento, pues es necesario para vuestra salud. Ni un solo cabello
perecerá de vuestra cabeza.»
Dicho esto, tomó pan y, dando gracias a Dios en presencia de todos, lo partió ycomenzó a comer. Con ello, cobraron todos ánimo y comieron también. Éramos en total
doscientos setenta y seis los que nos encontrábamos en la nave. Una vez satisfechos,
aligeraron la nave, arrojando el trigo al mar. Cuando se hizo de día, comprobaron que no
conocían aquella tierra, y, como divisaban una ensenada que tenía una playa, en ella
acordaron encallar la nave, si podían. Soltaron las anclas y las abandonaron al mar;
desataron al mismo tiempo las amarras de los timones e, izando al viento la vela del
artimón, hicieron rumbo a la playa. Pero vinieron a dar en un bajo entre dos corrientes, y
allí embarrancaron la nave; la proa, sujeta en el fondo, quedó inmóvil, mientras que la
popa se deshacía por la violencia de las olas. Los soldados decidieron dar muerte a los
presos para que ninguno escapase a nado; pero el centurión, que quería salvar a Pablo, se
opuso a tal propósito. Dio orden de que los que sabían nadar se arrojasen los primeros al
agua, y saliesen a tierra; y que los demás saliesen, bien sobre tablas, bien sobre otros
objetos de la nave. Y así llegaron todos sanos y salvos a tierra.

Responsorio Sal 106, 25. 28. 31

R. Habló el Señor y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto. * Gritaron
al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Aleluya,
V. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.
R. Gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Aleluya.

Segunda Lectura

Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Libro 10: PG 74, 434)

SI NO ME VOY, NO VENDRÁ A VOSOTROS EL DEFENSOR

Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que
nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que
abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo
de vida y de santidad. Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu
Santo.
Ahora bien, el tiempo más oportuno para la misión del Espíritu y su irrupción en
nosotros fue aquel que siguió a la marcha de nuestro Salvador Jesucristo.
Pues mientras Cristo vivía corporalmente entre sus fieles, se les mostraba como el
dispensador de todos sus bienes; pero cuando llegó la hora de regresar al Padre celestial,
continuó presente entre sus fieles mediante su Espíritu, y habitando por la fe en nuestros
corazones. De este modo, poseyéndole en nosotros, podríamos llamarle con confianza:
«Abba, Padre», y cultivar con ahínco todas las virtudes, y juntamente hacer frente con
valentía invencible a las asechanzas del diablo y las persecuciones de los hombres, como
quienes cuentan con la fuerza poderosa del Espíritu.
Este mismo Espíritu transforma y traslada a una nueva condición de vida a los fieles en
que habita y tiene su morada. Esto puede ponerse fácilmente de manifiesto con
testimonios tanto del antiguo como del nuevo Testamento.
Así el piadoso Samuel a Saúl: Te invadirá el Espíritu del Señor, y te convertirás en otro
hombre. Y san Pablo: Nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la
gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es
como actúa el Señor, que es Espíritu.
No es difícil percibir como transforma el Espíritu la imagen de aquéllos en los que
habita: del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas
del cielo; y de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez de espíritu. Sin
duda es así como encontramos a los discípulos, animados y fortalecidos por el Espíritu, de
tal modo que no se dejaron vencer en absoluto por los ataques de los perseguidores, sino
que se adhirieron con todas sus fuerzas al amor de Cristo.
Se trata exactamente de lo que había dicho el Salvador: Os conviene que yo me vaya
al cielo. En ese tiempo, en efecto, descendería el Espíritu Santo.

Responsorio Jn 16, 7. 13

R. Si no me voy, el Abogado no vendrá a vosotros; pero, si me voy, os lo enviaré. * Y,
cuando él venga, os conducirá a la verdad completa. Aleluya.
V. Porque no hablará por cuenta propia, sino que os dirá cuanto se le comunique y os
anunciará las cosas futuras.
R. Y, cuando él venga, os conducirá a la verdad completa. Aleluya.

Oración

Oremos:

Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea
grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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