El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, jueves, 5 de marzo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre. (T. P. Aleluya).
Salmo 43
ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES
En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).
I
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Antífona 2: Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.
II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Antífona 3: Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia. (T. P. Aleluya).
III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
V. El que medita la ley del Señor.
R. Da fruto a su tiempo.
Del libro del Éxodo 18, 13-27
MOISÉS NOMBRA JUECES PARA EL MEJOR GOBIERNO DEL PUEBLO
En aquellos días, Moisés se sentó a resolver los asuntos del pueblo, y todo el pueblo
acudía a él de la mañana a la noche. Viendo el suegro de Moisés todo lo que hacía éste
por el pueblo, le dijo.
«¿Qué es lo que haces con el pueblo? ¿Por qué estás sentado tú solo, haciendo que
todo el pueblo tenga que permanecer ante ti desde la mañana hasta la noche?»
Moisés respondió a su suegro: «Es que el pueblo acude a mí para que consulte a Dios;
cuando tienen pleito vienen a mí a que se lo resuelva y a que les explique las leyes y
mandatos del Señor.»
El suegro de Moisés le replicó: «No está bien lo que haces; os estáis matando tú y el
pueblo que te acompaña; la tarea es demasiado gravosa y no puedes despacharla tu solo.
Acepta mi consejo y Dios estará contigo: tú representas al pueblo ante Dios, y le
presentas sus asuntos; enséñales los mandatos y preceptos, dales a conocer el camino
que deben seguir y las acciones que deben practicar. Pero elige de entre todo el pueblo
algunos hombres capaces, temerosos de Dios, sinceros, enemigos del soborno, y nombra
entre ellos jefes de mil, de cien, de cincuenta y jefes de diez. Ellos estarán a todas horas a
disposición del pueblo, te presentarán a ti los asuntos más graves, pero en los asuntos de
menor importancia que decidan ellos. Así se aliviará tu carga pues ellos te ayudarán a
llevarla. Si haces lo que te digo —y Dios está de acuerdo con ello—, tú podrás resistir la
carga, y el pueblo, por su parte, podrá volver en paz a sus casas.»
Moisés aceptó el consejo de su suegro e hizo lo que le decía. Escogió hombres hábiles
entre todo Israel y los puso al frente del pueblo, como jefes de mil, de cien, de cincuenta
y de diez. Ellos administraban justicia al pueblo continuamente: los asuntos complicados
se los pasaban a Moisés, y los sencillos los resolvían ellos mismos. Después Moisés
despidió a su suegro y éste se volvió a su tierra.
R. El Señor bajó en la nube y habló con Moisés, tomó parte del espíritu que había en él
y lo pasó a los setenta ancianos; * y, al posarse el espíritu sobre ellos, se pusieron a
profetizar.
V. Moisés escogió hombres hábiles entre todo Israel y los puso al frente del pueblo.
R. Y, al posarse el espíritu sobre ellos, se pusieron a profetizar.
De los tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos
(Salmo 127,1-3: CSEL 24, 628-630)
DEL VERDADERO TEMOR DEL SEÑOR
¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos! Siempre que en las Escrituras se
habla del temor del Señor, hay que tener en cuenta que nunca se habla sólo de él, como si
el temor fuera suficiente para conducir la fe hasta su consumación, sino que se le añaden
o se le anteponen muchas otras cosas por las que pueda comprenderse la razón de ser y
la perfección del temor del Señor; como podemos deducir de lo dicho por Salomón en los
Proverbios: Si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el
dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.
Vemos, en efecto, a través de cuántos grados se llega al temor del Señor. Ante todo,
hay que invocar a la inteligencia y dedicarse a toda suerte de menesteres intelectuales, así
como buscarla y tratar de dar con ella; entonces podrá comprenderse el temor del Señor.
Pues, por lo que se refiere a la manera común del pensar humano, no es así como se
acostumbra a entender el temor.
El temor, en efecto, se define como el estremecimiento de la debilidad humana que
rechaza la idea de tener que soportar lo que no quiere que acontezca. Existe y se
conmueve dentro de nosotros a causa de la conciencia de la culpa, del derecho del más
fuerte, del ataque del más valiente, ante la enfermedad, ante la acometida de una fiera o
el padecimiento de cualquier mal. Nadie nos enseña este temor, sino que nuestra frágil
naturaleza nos lo pone delante. Tampoco aprendemos lo que hemos de temer; sino que
son los mismos objetos del temor los que lo suscitan en nosotros.
En cambio, del temor del Señor, así está escrito: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré
en el temor del Señor. De manera que el temor de Dios tiene que ser aprendido puesto
que se enseña. No se lo encuentra en el miedo sino en el razonamiento doctrinal; no brota
de un estremecimiento natural, sino que es el resultado de la observancia de los
mandamientos, de las obras de una vida inocente y del conocimiento de la verdad.
Pues, para nosotros, el temor de Dios reside todo él en el amor, y su contenido es el
ejercicio de la perfecta caridad: obedecer los consejos de Dios, atenerse a sus mandatos y
confiar en sus promesas. Oigamos, pues, a la Escritura que dice: Ahora, Israel, ¿qué es lo
que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo
ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.
Muchos son, en efecto, los caminos del Señor, siendo así que él mismo es el camino.
Pero, cuando habla de sí mismo, se denomina a sí mismo «camino», y muestra la razón de
llamarse así, cuando dice: Nadie va al Padre, sino por mí.
Hay que interesarse, por tanto, e insistir en muchos caminos, para poder encontrar el
único que es bueno ya que, a través de la doctrina de muchos, hemos de hallar un solo
camino de vida eterna. Pues hay caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en
los apóstoles, en las diversas obras de los mandamientos, y son bienaventurados los que
andan por ellos, en el temor de Dios.
R. Los que temen ofender al Señor buscan lo que es de su agrado; * los que lo aman
cumplen su ley.
V. Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
R. Los que lo aman cumplen su ley.
Oremos:
Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quienes la han perdido, atrae hacia ti
nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos
firmes en la fe y eficaces en el bien obrar. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.