Oficio de Lectura - VIERNES XVIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, viernes, 7 de agosto de 2020. Otras celebraciones del día: SAN CAYETANO, PRESBÍTERO .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: El Señor es bueno, bendecid su nombre.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!
Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.
Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.
Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.
Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

SEÑOR, NO ME CORRIJAS CON IRA

Todos sus conocidos se mantenían a distancia (Lc 23, 49).

I

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Antífona 2: Señor, todas mis ansias están en tu presencia. (T. P. Aleluya).

II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío,
todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros
se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos
los que atentan contra mí,
los que desean mi daño
me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Antífona 3: Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. (T. P. Aleluya).

III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido:
que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie,
no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos
los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan
cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Lecturas

Primera Lectura

Comienza el libro del profeta Malaquías 1, 1-14; 2, 13-16

VATICINIOS CONTRA LOS SACERDOTES NEGLIGENTES, CONTRA LOS QUE DEFRAUDAN EL CULTO Y CONTRA LOS INFIELES AL MATRIMONIO

Mensaje del Señor a Israel por medio de Malaquías: «Os amo —dice el Señor— y
vosotros preguntáis: “¿Cómo es que nos amas?” Oráculo del Señor: ¿No eran hermanos
Esaú y Jacob? Y, sin embargo, amé a Jacob y tuve aversión a Esaú; hice de sus montes un
desierto, heredad de los chacales de la estepa. Si Edom dice: “Estamos deshechos, pero
reconstruiremos nuestras ruinas”, así responde el Señor de los ejércitos: Ellos construirán
y yo derribaré; al país lo llamarán: “Tierra malvada”, y al pueblo: “Pueblo de la ira
perpetua del Señor”. Cuando lo veáis con vuestros ojos, diréis: “Grande es el Señor más
allá de las fronteras de Israel.”
El hijo honra a su padre, el esclavo a su señor; pues si yo soy Padre, ¿dónde queda mi
honor? Si yo soy Señor, ¿dónde está mi respeto? Lo dice esto el Señor de los ejércitos a
vosotros, sacerdotes, que despreciáis mi nombre. Vosotros replicáis: “¿Cómo es que
despreciamos tu nombre?” Trayendo a mi altar pan impuro. Y todavía preguntáis: “¿Cómo

es que te hemos profanado?” Cuando estimáis despreciable la mesa del Señor. Cuando
ofrecéis víctimas ciegas o cojas o enfermas, ¿no obráis mal? Anda y ofrécelas a tu
gobernador, a ver si le agradan y se congracia contigo —dice el Señor de los ejércitos—.
Y ahora implorad al Señor para que os sea benévolo. De vuestras manos vino tal
ofrenda, ¿acaso os mirará con benevolencia? ¡Oh!, ¿quién de vosotros os cerrará las
puertas para que no podáis encender mi altar en vano? Vosotros no me agradáis —dice el
Señor de los ejércitos—, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos. Desde el
oriente hasta el poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se
ofrecerá incienso a mi nombre y una oblación pura, porque mi nombre es grande entre las
naciones —dice el Señor de los ejércitos—.
Vosotros lo habéis profanado cuando decíais, “La mesa del Señor es despreciable, de
ella se saca comida vil.” Decís: “¡Vaya un trabajo!”, y me despreciáis. Cuando ofrecéis
víctimas robadas o cojas o enfermas, ¿podrá agradarme la ofrenda de vuestras manos?
Maldito el tramposo que tiene un macho en su rebaño, ofrecido en voto, y trae al Señor
una víctima defectuosa. Yo soy el Rey soberano —dice el Señor de los ejércitos—; mi
nombre es temido entre las naciones.
Todavía hacéis otra cosa: cubrís de lágrimas el altar del Señor, de llanto y de gemidos,
porque no mira vuestra ofrenda ni la acepta complacido de vuestras manos; y preguntáis:
“¿Cómo es eso?”
Porque el Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que tú has sido
infiel, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un
solo ser, que tiene carne y aliento de vida? Y ¿a qué tiende este único ser? A una
posteridad dada por Dios. Guarda, pues, tu vida y no traiciones a la esposa de tu
juventud. Pues yo odio el repudio —dice el Señor— y al que mancha su ropaje con
violencias. Guardad, pues, vuestro espíritu y no cometáis tal traición.»

Responsorio Ml 2, 5. 6; Sal 109, 4

R. Mi alianza con él era vida y paz, y se la di para que respetara mi nombre. * Una
doctrina auténtica llevaba en su boca, y en sus labios no se hallaba maldad
V. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de
Melquisedec.»
R. Una doctrina auténtica llevaba en su boca, y en sus labios no se hallaba maldad.

Segunda Lectura

Del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, presbítero
(Canción 39, 4-7)

ME CASARÉ CONTIGO EN MATRIMONIO PERPETUO

En la transformación que el alma tiene en esta vida, pasa esta misma aspiración de
Dios al alma y del alma a Dios con mucha frecuencia, con subidísimo deleite de amor en el
alma, aunque no en revelado y manifiesto grado, como en la otra vida. Porque esto es lo
que entiendo quiso decir san Pablo cuando dijo: Por cuanto sois hijos de Dios, envió Dios
en vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, clamando al Padre.
Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma
aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado, porque, dado que Dios le
haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios
por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento,
noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como
la misma Trinidad, pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma
alma? Porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia y sabiduría y

amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su
imagen y semejanza.
Y como esto sea, no hay más saber ni poder para decirlo, sino dar a entender cómo el
Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos mereció este subido puesto de poder ser
hijos de Dios, como dice san Juan; y así lo pidió al Padre por el mismo san Juan, diciendo:
Padre, quiero que los que me has dado, que, donde yo estoy, también ellos estén conmigo
para que vean la claridad que me diste; es a saber, que hagan por participación en
nosotros, la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar al Espíritu Santo. Y dice
más: No ruego, Padre, solamente por estos presentes, sino también por aquellos que han
de creer por su doctrina en mí; que todos ellos sean una misma cosa, de la manera que tú
Padre, estás en mí y yo en ti, así ellos en nosotros sean una misma cosa. Y yo, la claridad
que me has dado, he dado a ellos, para que sean una misma cosa como nosotros somos
una misma cosa, yo en ellos y tú en mi; para que sean perfectos en uno, para que
conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí, que es
comunicándoles el mismo amor que al Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo, sino,
como habemos dicho, por unidad y transformación de amor. Como tampoco, se entiende,
aquí quiere decir el Hijo al Padre que sean los santos una cosa esencial y naturalmente
como lo son el Padre y el Hijo, sino que lo sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo
están en unidad de amor.
De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación que él por naturaleza;
por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros suyos de
Dios. De donde san Pedro dijo: Gracia y paz sea cumplida y perfecta en vosotros en el
conocimiento de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor, de la manera que nos son dadas
todas las cosas de su divina virtud por la vida y la piedad, por el conocimiento de aquel
que nos llamó con su propia gloria y virtud, por el cual muy grandes y preciosas promesas
nos dio, para que por estas cosas seamos hechos compañeros de la divina naturaleza.
Hasta aquí son palabras de san Pedro, en las cuales da claramente a entender que el
alma participará al mismo Dios, que será obrando en él, acompañadamente con él, la obra
de la Santísima Trinidad, de la manera que habemos dicho, por causa de la unión
sustancial entre el alma y Dios. Lo cual, aunque se cumple perfectamente en la otra vida,
todavía en ésta, cuando se llega al estado perfecto, como decimos ha llegado aquí el
alma, se alcanza gran rastro y sabor de ella, al modo que vamos diciendo, aunque, como
habemos dicho, no se puede decir.
¡Oh almas criadas para esas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os
entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh
miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para
tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias, os
quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!

Responsorio 1Jn 3, 1a. 2

R. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre * para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
V. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal
cual es.
R. Para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!

Oración

Oremos:

Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te
suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como
creador y como guía. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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