Oficio de Lectura - MIÉRCOLES XXXII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2019

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, miércoles, 13 de noviembre de 2019.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Pues busco, debo encontrar;
pues llamo, débenme abrir;
pues pido, me deben dar;
pues amo, débeme amar
aquel que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Pasa? No lejos irá.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.
Es poderoso, mas no
podrá mi amor esquivar;
invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes,
y consuélate en tu mal
pensando con fe total:
¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. (T. P. Aleluya).

Salmo 102

¡BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR!

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).

I

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila
se renueva tu juventud.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.

Antífona 2: Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. (T. P. Aleluya).

II

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen
nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre
siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Los días del hombre
duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.

Antífona 3: Bendecid al Señor, todas sus obras. (T. P. Aleluya).

III

Pero la misericordia del Señor
dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del profeta Ezequiel 10, 18-22, 11, 14-25

LA GLORIA DEL SEÑOR ABANDONA LA CIUDAD SENTENCIADA

En aquellos días, yo, Ezequiel, fui arrebatado en éxtasis por el Señor, y vi que la gloria
del Señor salió, levantándose del umbral del templo, y se colocó sobre los querubines. Vi a
los querubines levantar las alas, remontarse del suelo, sin separarse de las ruedas, y salir.
Y se detuvieron junto a la puerta oriental de la casa del Señor; mientras tanto la gloria del
Dios de Israel sobresalía por encima de ellos.
Eran los seres vivientes que yo había visto debajo del Dios de Israel a orillas del río
Kebar, y me di cuenta de que eran querubines. Tenían cuatro rostros y cuatro alas cada
uno y una especie de brazos humanos debajo de las alas, y su fisonomía era la de los
rostros que yo había contemplado a orillas del río Kebar. Caminaban de frente. Entonces
vino a mí esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, los habitantes de Jerusalén dicen de tus hermanos, los responsables
de la familia y de la casa de Israel toda entera: "Ellos se han alejado del Señor, a nosotros
nos toca poseer la tierra." Por tanto di: "Esto dice el Señor: Cierto, los llevé a pueblos
lejanos, los dispersé por los países, y fui para ellos un santuario provisorio en los países
adonde fueron." Por tanto di: "Esto dice el Señor: Os reuniré de entre los pueblos, os
recogeré de los países en los que estáis dispersos, y os daré la tierra de Israel. Entrarán y
quitarán de ella todos sus ídolos y abominaciones. Les daré un corazón íntegro e infundiré
en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de
carne, para que sigan mis leyes y pongan por obra mis mandatos: serán mi pueblo y yo
seré su Dios. Pero a aquellos cuyo corazón se vaya tras sus ídolos y abominaciones les
daré su merecido -oráculo del Señor-.”
Los querubines levantaron las alas, sin separarse de las ruedas; mientras tanto la gloria
del Dios de Israel sobresalía por encima de ellos. La gloria del Señor se elevó sobre la
ciudad y se detuvo en el monte al oriente de la ciudad.
Entonces el espíritu me arrebató y me llevó en volandas al destierro de Babilonia, en
éxtasis, y la visión desapareció. Y yo les conté a los desterrados lo que el Señor me había
revelado.

Responsorio Ez 10, 4. 18: Mt 23, 37. 38

R. La gloria de Dios se elevó y se colocó en el umbral del templo; la nube llenó el templo y
el resplandor de la gloria del Señor llenó el atrio. * Se elevó luego la gloria del Señor y
salió del umbral del templo.
V. Jerusalén, ¡cuántas veces he querido agrupar a tus hijos y tú no has querido! Mirad,
vuestra mansión va a quedar desierta.
R. Se elevó luego la gloria del Señor y salió del umbral del templo.

Segunda Lectura

De la homilía de un autor del siglo segundo
(Caps. 10, 1-12,1; 13, 1: Funk 1, 157-159)

PERSEVEREMOS EN LA ESPERANZA

Hermanos míos, hagamos la voluntad del Padre que nos ha llamado y esforcémonos
por vivir ejercitando la virtud con el mayor celo; huyamos del vicio, como del primero de
nuestros males, y rechacemos la impiedad, a fin de que el mal no nos alcance. Porque, si
nos esforzamos en obrar el bien, lograremos la paz. La razón por la que algunos hombres
no alcanzan la paz es porque se dejan llevar por temores humanos y posponen las
promesas futuras a los gozos presentes. Obran así porque ignoran cuán grandes
tormentos están reservados a quienes se entregan a los placeres de este mundo y cuán
grande es la felicidad que nos está preparada en la vida eterna. Y, si ellos fueran los

únicos que hicieran esto, sería aún tolerable; pero el caso es que no cesan de pervertir a
las almas inocentes con sus doctrinas depravadas, sin darse cuenta que de esta forma
incurren en una doble condenación: la suya propia y la de quienes los escuchan.
Nosotros, por tanto, sirvamos a Dios con un corazón puro, y así seremos justos;
porque, si no servimos a Dios y desconfiamos de sus promesas, entonces seremos
desgraciados. Se dice, en efecto, en los profetas: Desdichados los de ánimo doble, los que
dudan en su corazón, los que dicen: "Todo esto hace tiempo que lo hemos oído, ya fue
dicho en tiempo de nuestros padres; hemos esperado, día tras día, y nada de ello se ha
realizado." ¡Oh insensatos! Comparaos con un árbol; tomad, por ejemplo, una vid: primero
se le cae la hoja, luego salen los brotes, después puede contemplarse la uva verde,
finalmente aparece la uva ya madura. Así también mi pueblo: primero sufre inquietudes y
tribulaciones, pero luego alcanzará la felicidad.
Por tanto, hermanos míos, no seamos de ánima doble, antes bien perseveremos en la
esperanza, a fin de recibir nuestro galardón, porque es fiel aquel que ha prometido dar a
cada uno según sus obras. Si practicamos, pues, la justicia ante Dios, entraremos en el
reino de los cielos y recibiremos aquellas promesas que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el
hombre puede pensar.
Estemos, pues, en todo momento en expectación del reino de Dios, viviendo en la
caridad y en la justicia, pues desconocemos el día de la venida del Señor. Por tanto,
hermanos, hagamos penitencia y obremos el bien, pues vivimos rodeados de insensatez y
de maldad. Purifiquémonos de nuestros antiguos pecados y busquemos nuestra salvación
arrepintiéndonos de nuestras faltas en lo más profundo de nuestro ser. No adulemos a los
hombres ni busquemos agradar solamente a los nuestros; procuremos, por el contrario,
edificar con nuestra vida a los que no son cristianos, evitando así que el nombre de Dios
sea blasfemado por nuestra causa.

Responsorio 1 Co 15, 58; 2 Ts 3, 13

R. Manteneos firmes e inconmovibles en la fe, haciendo siempre progresos en la obra del
Señor; * sed conscientes de que vuestro trabajo no es vano a los ojos del Señor.
V. No os canséis de hacer el bien.
R. Sed conscientes de que vuestro trabajo no es vano a los ojos del Señor.

Oración

Oremos:

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien
dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por
nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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