Oficio de Lectura - LUNES VII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, lunes, 24 de febrero de 2020.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entremos a la presencia del Señor, dándole gracias.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Vendrá el Señor y no callará. (T. P. Aleluya).

Salmo 49

EL VERDADERO CULTO A DIOS

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud (Mt 5, 17).

I

El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.
Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra
para juzgar a su pueblo.
"Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio".
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.

Antífona 2: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza. (T. P. Aleluya).

II

"Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
—yo Dios, tu Dios—.
No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;
pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.
Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria".

Antífona 3: Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos. (T. P. Aleluya).

III

Dios dice al pecador:
"¿por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;
te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias,
ése me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios".

Lecturas

Primera Lectura

De la segunda carta a los Corintios 1, 15—2, 11

RAZÓN DEL CAMBIO DE RUTA DEL APÓSTOL

Hermanos: Tenía yo el propósito de ir primero a vosotros para proporcionaros después
una segunda gracia, es decir, ir a Macedonia pasando a veros a vosotros y luego, al volver
de Macedonia, volver ahí, y ser encaminado por vosotros hacia Judea. ¿Os parece que
obré sin más ni más al formar este plan? ¿o que formo mis proyectos con veleidad
humana, de modo que para mí «sí» sea lo mismo que el «no»? Tan cierto como Dios es
veraz, que nuestra palabra a vosotros dirigida no es «si y no». Porque el Hijo de Dios,
Cristo Jesús, que os hemos predicado yo, Silvano y Timoteo, no ha sido «sí y no». En él
solamente ha habido y hay «sí». Todas las promesas hechas por Dios han tenido su «sí»
en Cristo. Por eso, por medio de él decimos «Amén» a la gloria de Dios, para darle gloria.
Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. Él nos ha ungido, él
nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones como prenda suya, el Espíritu.
¡Por mi vida! Pongo por testigo a Dios de que si todavía no he vuelto a Corinto, ha sido
por consideración a vosotros. No es que intentemos dominar en vuestra Iglesia, sino que
colaboramos con vuestra alegría, pues pertenecéis a la Iglesia. Y yo he hecho el firme
propósito de no ir a vosotros otra vez con pesadumbres, pues si yo os aflijo, ¿quién me va
a alegrar sino vosotros, que estaréis entristecidos por causa mía? Y en estos mismos
términos os escribí, para que, cuando fuese a vosotros no tuviera que afligirme por causa
de aquellos mismos que deberían alegrarme. Yo tengo plena confianza en todos vosotros;
sé que mi gozo es a la vez el vuestro. Os escribí con gran pesar y angustia de corazón,
con muchas lágrimas, y no para afligiros, sino para que os dieseis cuenta del amor
inmenso que os tengo.
Si alguno ha causado aflicción, sepa que no me ha afligido sólo a mí, sino en cierto
modo —para no exagerar— a todos vosotros. Sea bastante para este tal el castigo que le
ha infligido la mayoría, tanto, que ahora debéis hacer lo contrario, perdonarlo y darle
ánimos, no sea que el excesivo pesar lo agobie. Por esto os ruego que os determinéis a
usar de caridad para con él. Y con este mismo fin os escribí: para conocer y probar si sois
obedientes en todo. A aquel a quien vosotros perdonéis también lo perdono yo. Lo que yo
he perdonado —si es que realmente tuve algo que perdonar— lo he hecho por amor a
vosotros en presencia de Cristo. Así no seremos víctimas de los ardides de Satanás, pues
no ignoramos sus propósitos.

Responsorio 1 Co 1, 21-22; Dt 5, 2, 4

R. Dios es quien nos confirma en Cristo; él nos ha ungido, él nos ha sellado, * y ha puesto
en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.
V. El Señor nuestro Dios ha hecho alianza con nosotros, cara a cara nos ha hablado.
R. Y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.

Segunda Lectura

De las homilías de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el libro del Eclesiastés
(Homilía 5: PG 44, 683-686)

EL SABIO TIENE SUS OJOS PUESTOS EN LA CABEZA

Si el alma eleva sus ojos a su cabeza, que es Cristo, según la interpretación de Pablo,
habrá que considerarla dichosa por la penetrante mirada de sus ojos, ya que los tiene
puestos allí donde no existen las tinieblas del mal. El gran Pablo y todos los que tuvieron
una grandeza semejante a la suya tenían los ojos fijos en su cabeza, así como todos los
que viven, se mueven y existen en Cristo.

Pues, así como es imposible que el que está en la luz vea tinieblas, así también lo es
que el que tiene los ojos puestos en Cristo los fije en cualquier cosa vana. Por tanto, el
que tiene los ojos puestos en la cabeza, y por cabeza entendemos aquí al que es principio
de todo, los tiene puestos en toda virtud (ya que Cristo es la virtud perfecta y totalmente
absoluta), en la verdad, en la justicia, en la incorruptibilidad, en todo bien. Porque el sabio
tiene sus ojos puestos en la cabeza, mas el necio camina en tinieblas. El que no pone su
lámpara sobre el candelero, sino que la pone bajo el lecho, hace que la luz sea para él
tinieblas.
Por el contrario, cuantos hay que viven entregados a la lucha por las cosas de arriba y a
la contemplación de las cosas verdaderas, y son tenidos por ciegos e inútiles, como es el
caso de Pablo, que se gloriaba de ser necio por Cristo. Porque su prudencia y sabiduría no
consistía en las cosas que retienen nuestra atención aquí abajo. Por esto dice: Nosotros,
unos necios por Cristo, que es lo mismo que decir: "Nosotros somos ciegos con relación a
la vida de este mundo, porque miramos hacia arriba y tenemos los ojos puestos en la
cabeza." Por esto vivía privado de hogar y de mesa, pobre, errante, desnudo, padeciendo
hambre y sed.
¿Quién no lo hubiera juzgado digno de lástima, viéndolo encarcelado, sufriendo la
ignominia de los azotes, viéndolo entre las olas del mar al ser la nave desmantelada,
viendo cómo era llevado de aquí para allá entre cadenas? Pero, aunque tal fue su vida
entre los hombres, él nunca dejó de tener los ojos puestos en la cabeza, según aquellas
palabras suyas: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?,
¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Que es como si
dijese: "¿Quién apartará mis ojos de la cabeza y hará que los ponga en las cosas que son
despreciables?"
A nosotros nos manda hacer lo mismo, cuando nos exhorta a aspirar a los bienes de
arriba, lo que equivale a decir "tener los ojos puestos en la cabeza".

Responsorio Cf. Jb 13, 20. 21; cf. Jr 10, 24

R. Señor, no te escondas de mi presencia, * aparta de mí tu mano y no me espantes con
tu terror.
V. Corrígeme, Señor, con misericordia, no con ira, no sea que me aniquiles.
R. Aparta de mí tu mano y no me espantes con tu terror.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina
le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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