Oficio de Lectura - LUNES II SEMANA DE CUARESMA 2024

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, lunes, 26 de febrero de 2024.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.

Salmo 30, 2-17. 20-25

SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

I

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.

Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).

II

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).

III

¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.

Versículo

V. Convertíos y creed la Buena Noticia.
R. Porque está cerca el reino de Dios.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Éxodo 14, 10-31

PASO DEL MAR ROJO

En aquellos días, cuando se acercaba el Faraón al campamento de Fehirot, los hijos de
Israel levantaron la vista y vieron a los egipcios que avanzaban detrás de ellos; el temor
los invadió y clamaron al Señor. Dijeron a Moisés: «¿No había suficientes sepulcros en
Egipto para que nos trajeras a morir en el desierto? ¿Para qué nos has sacado de Egipto?
¿No te lo decíamos allá claramente: "Déjanos en paz y serviremos a los egipcios; más nos
vale servir a los egipcios que morir en el desierto"?»
Moisés respondió al pueblo: «No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el
Señor os va a conceder hoy: esos egipcios que estáis viendo hoy no los volveréis a ver
jamás. El Señor peleará por vosotros sin que vosotros tengáis que preocuparos.»
El Señor dijo a Moisés: «¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los israelitas que se
pongan en marcha. Tú alza tu cayado y extiende tu mano sobre el mar y se abrirá en dos,
de modo que los israelitas puedan atravesarlo como por tierra firme. Yo haré que el
Faraón se empeñe en entrar detrás de vosotros y mostraré mi gloria derrotando al Faraón
y a su ejército, a sus carros y jinetes; para que sepa Egipto que yo soy el Señor, cuando
muestre mi gloria derrotando al Faraón con sus carros y jinetes.»

El ángel de Dios que caminaba delante de las huestes de Israel se levantó y pasó a su
retaguardia; la columna de nubes que estaba delante de ellos se puso detrás, colocándose
entre el campamento egipcio y el campamento israelí; la nube se oscureció y la noche
quedó tenebrosa, de modo que los egipcios no pudieron acercarse a los hijos de Israel en
toda la noche.
Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un
fuerte viento del este que secó el mar y las aguas se dividieron en dos. Los hijos de Israel
entraron por el mar como por tierra firme, y las aguas les hacían de muralla a derecha e
izquierda. Los egipcios se lanzaron en su persecución y entraron detrás de ellos por el
mar, con los caballos del Faraón, sus carros y sus guerreros.
A la vigilia matutina, volvió Dios la mirada desde la columna de fuego y humo hacia el
ejército egipcio y sembró en él el pánico. Hizo que las ruedas de los carros se trabasen
unas con otras, de modo que sólo muy penosamente avanzaban. Los egipcios exclamaron
entonces: «Huyamos de Israel, porque el Señor combate por él contra Egipto.»
Pero Dios dijo a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar, y las aguas se reunirán sobre
los egipcios, sus carros y sus jinetes.»
Y Moisés extendió su mano sobre el mar, y, al despuntar el día, el mar recobró su
estado ordinario y los egipcios en fuga se vieron frente a las aguas, y así arrojó Dios a los
egipcios en medio del mar, pues las aguas, al reunirse, cubrieron carros, jinetes y todo el
ejército del Faraón que había entrado en el mar en seguimiento de Israel, y no escapó ni
uno solo. Pero los hijos de Israel caminaban sobre tierra seca por en medio del mar. Las
aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda.
Aquel día libró Dios a Israel de los egipcios, cuyos cadáveres vio Israel en las orillas del
mar. Israel vio la mano potente que mostró Dios contra Egipto, y el pueblo temió al Señor,
y creyó en él y en Moisés su siervo.

Responsorio Ex 15. 1. 2. 3

R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar; *
mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.
V. El Señor es un guerrero, su nombre es «El Señor».
R. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.

Segunda Lectura

De las catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo
(Catequesis 3, 24-27: SC 50,165-167)

MOISÉS Y CRISTO

Los judíos pudieron contemplar milagros. Tú los verás también, y más grandes todavía,
más fulgurantes que cuando los judíos salieron de Egipto. No viste al Faraón ahogado con
sus ejércitos, pero has visto al demonio sumergido con los suyos. Los judíos traspasaron el
mar; tú has traspasado la muerte. Ellos se liberaron de los egipcios; tú te has visto libre
del maligno. Ellos escaparon de la esclavitud en un país extranjero; tú has huido de la
esclavitud del pecado, mucho más penosa todavía.
¿Quieres conocer de otra manera cómo has sido honrado con mayores favores? Los
judíos no pudieron, entonces, mirar de frente el rostro glorificado de Moisés, siendo así
que no era más que un hombre al servicio del mismo Señor que ellos; tú, en cambio, has
visto el rostro de Cristo en su gloria. Y Pablo afirma: Nosotros todos, que llevamos la cara
descubierta, reflejamos la gloria del Señor.
Ellos tenían entonces a Cristo que los seguía; con mucha más razón, nos sigue él
ahora. Porque, entonces, el Señor los acompañaba en atención a Moisés; a nosotros, en

cambio, no nos acompaña solamente en atención a Moisés, sino también por nuestra
propia docilidad. Para los judíos, después de Egipto, estaba el desierto; para ti, después
del éxodo de esta vida, está el cielo. Ellos tenían, en la persona de Moisés, un guía y un
jefe excelente; nosotros tenemos otro Moisés, Dios mismo, que nos guía y nos gobierna.
¿Cuál era, en efecto, la característica de Moisés? Moisés —dice la Escritura— era el
hombre más sufrido del mundo. Pues bien, esta cualidad puede muy bien atribuírsele a
nuestro Moisés, ya que se encuentra asistido por el dulcísimo Espíritu que le es
íntimamente consubstancial. Moisés levantó, en aquel tiempo, sus manos hacia el cielo e
hizo descender el pan de los ángeles, el maná; nuestro Moisés levanta hacia el cielo sus
manos y nos consigue un alimento eterno. Aquél golpeó la roca e hizo correr un
manantial; éste toca la mesa, golpea la mesa espiritual y hace que broten las aguas del
Espíritu. Por esta razón, la mesa se halla situada en medio, como una fuente, con el fin de
que los rebaños puedan, desde cualquier parte, afluir a ella y abrevarse con sus corrientes
salvadoras.
Puesto que tenemos a nuestra disposición una fuente semejante, un manantial de vida
como éste, y puesto que la mesa rebosa de bienes innumerables y nos inunda de
espirituales favores, acerquémonos con un corazón sincero y una conciencia pura, a fin de
recibir gracia y piedad que nos socorran en el momento oportuno. Por la gracia y la
misericordia del Hijo único de Dios, nuestro Señor y salvador Jesucristo, por quien sean
dados al Padre, con el Espíritu Santo, gloria, honor y poder, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén.

Responsorio Hb 11, 24-27a

R. Por la fe Moisés, siendo ya adulto, rehusó ser llamado hijo de una hija del Faraón, y
prefirió sufrir males con el pueblo de Dios a disfrutar de las ventajas pasajeras del pecado;
* pues tenía la mirada puesta en la recompensa.
V. Tuvo por mayor riqueza el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, y así, por la
fe, abandonó Egipto.
R. Pues tenía la mirada puesta en la recompensa.

Oración

Oremos:

Señor, Padre santo, que para nuestro bien espiritual nos mandaste dominar nuestro
cuerpo mediante la austeridad, ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado y a
entregarnos al cumplimiento filial de tu santa ley. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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