Oficio de Lectura - MIÉRCOLES IV SEMANA DE PASCUA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, miércoles, 29 de abril de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.

La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Salmodia

Antífona 1: Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. (T. P. Aleluya).

Salmo 102

¡BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR!

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).

I

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila
se renueva tu juventud.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.

Antífona 2: Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. (T. P. Aleluya).

II

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen
nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre
siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Los días del hombre
duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.

Antífona 3: Bendecid al Señor, todas sus obras. (T. P. Aleluya).

III

Pero la misericordia del Señor
dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

Versículo

V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.

Lecturas

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 13, 44-14, 6

PABLO Y BERNABÉ SE DIRIGEN A LOS GENTILES

El sábado siguiente, casi toda la ciudad de Antioquía se congregó para escuchar la
palabra de Dios. Pero los judíos, que veían tal muchedumbre de gente, se llenaron de
envidia y, profiriendo insultos, impugnaban lo que iba diciendo Pablo. Entonces Pablo y
Bernabé les respondieron valientemente: «A vosotros, antes que a nadie, debíamos
anunciar la palabra de Dios; mas, como la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida
eterna, nosotros nos volvemos ahora a las naciones. Así nos lo ordena el Señor: "Te he
puesto como luz de los pueblos, para que lleves mi salvación hasta el confín de la tierra."»
Los gentiles, llenos de gozo ante tales palabras, enaltecían la doctrina del Señor; y
abrazaron la fe cuantos estaban destinados a la vida eterna. Con lo que el Evangelio se iba
difundiendo por toda la región. Pero los judíos soliviantaron a las mujeres distinguidas que
acudían a su culto, y a los principales de la ciudad. Promovieron una persecución contraPablo y Bernabé, y los arrojaron de su territorio. Éstos, sacudiendo contra ellos el polvo de
sus pies, se dirigieron a Iconio, mientras los discípulos quedaban llenos de gozo y del
Espíritu Santo.
En Iconio, entraron según costumbre en la sinagoga de los judíos, y allí hablaron con
tal éxito que un numeroso grupo de judíos y griegos abrazaron la fe. Pero los judíos que
persistían en su incredulidad soliviantaron y exacerbaron los ánimos de los gentiles contra
los hermanos. Con todo, Pablo y Bernabé prolongaron allí su estancia por mucho tiempo,
procediendo con energía y confianza en el Señor, quien confirmaba la predicación de su
Evangelio con señales y prodigios que obraba por medio de ellos. Al fin, los habitantes de
la ciudad se dividieron en bandos: unos estaban a favor de los judíos y otros a favor de los
apóstoles. A tal punto llegaron las cosas, que se produjo un tumulto de gentiles y judíos,
con sus jefes a la cabeza, con el propósito de maltratar y apedrear a los apóstoles. Pablo y
Bernabé, que se dieron cuenta de ello, buscaron refugio en Listra y Derbe, ciudades de
Licaonia, y en otros lugares vecinos, donde continuaron predicando el Evangelio.

Responsorio Rm 11, 25b-26a; Sal 105, 24. 25

R. Una parte de Israel ha caído en la obstinación, * hasta que la totalidad de los gentiles
entre en la Iglesia; entonces, todo Israel será salvo. Aleluya.
V. No creyeron en su palabra, no escucharon la voz del Señor.
R. Hasta que la totalidad de los gentiles entre en la Iglesia; entonces, todo Israel será
salvo. Aleluya.

Segunda Lectura

Del tratado de san Hilario, obispo, sobre la Trinidad (Libro 8,13-16: PL 10, 246-249)

LA ENCARNACIÓN DEL VERBO Y EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA NOS HACEN PARTÍCIPES DE LA NATURALEZA DIVINA

Si es verdad que la Palabra se hizo carne y que nosotros, en la cena del Señor,
comemos esta Palabra hecha carne, ¿cómo no será verdad que habita en nosotros con su
naturaleza aquel que, por una parte, al nacer como hombre, asumió la naturaleza humana
como inseparable de la suya y, por otra, unió esta misma naturaleza a su naturaleza
eterna en el sacramento en que nos dio su carne? Por eso todos nosotros llegamos a ser
uno, porque el Padre está en Cristo y Cristo está en nosotros; por ello, si Cristo está en
nosotros y nosotros estamos en él, todo lo nuestro está, con Cristo, en Dios.
Hasta qué punto estamos nosotros en él por el sacramento de la comunión de su
carne y de su sangre, nos lo atestigua él mismo al decir: El mundo no me verá, pero
vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Porque yo estoy con mi Padre, y
vosotros conmigo, y yo con vosotros. Si hubiera querido que esto se entendiera solamente
de la unidad de la voluntad, ¿por qué señaló como una especie de gradación y de orden
en la realización de esta unidad? Lo hizo, sin duda, para que creyéramos que él está en el
Padre por su naturaleza divina, mientras que nosotros estamos en él por su nacimiento
humano y él está en nosotros por la celebración del sacramento: así se manifiesta la
perfecta unidad realizada por el Mediador, porque nosotros habitamos en él y él habita en
el Padre y, permaneciendo en el Padre, habita también en nosotros. Así es como vamos
avanzando hacia la unidad con el Padre, pues, en virtud de la naturaleza divina, Cristo
está en el Padre y, en virtud de la naturaleza humana, nosotros estamos en Cristo y Cristo
está en nosotros.
El mismo Señor habla de lo natural que es en nosotros esta unidad cuando afirma: El
que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí, y yo en él. Nadie podrá, pues, habitar
en él, sino aquel en quien él haya habitado, es decir, Cristo asumirá solamente la carne de
quien haya comido la suya.
Ya con anterioridad había hablado el Señor del misterio de esta perfecta unidad al
decir: El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el queme come vivirá por mí. Él vive, pues, por el Padre, y, de la misma manera que él vive por
el Padre, nosotros vivimos por su carne.
Toda comparación trata de dar a entender algo, procurando que el ejemplo propuesto
ayude a la comprensión de la cuestión. Aquí, por tanto, trata el Señor de hacernos
comprender que la causa de nuestra vida está en que Cristo, por su carne, habita en
nosotros, seres carnales, para que por él nosotros lleguemos a vivir de modo semejante a
como él vive por el Padre.

Responsorio Jn 6, 57; cf. Dt 4, 7

R. El que come mi carne y bebe mi sangre * permanece en mí, y yo en él. Aleluya.
V. ¿Cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos a ellas como el Señor,
nuestro Dios, lo está de nosotros?

R. Permanece en mí, y yo en él. Aleluya.

Oración

Oremos:

Señor, tú que eres la vida de los fieles, la gloria de los humildes y la felicidad de los
santos, escucha nuestras súplicas y sacia con la abundancia de tus dones a los que tienen
sed de tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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