Oficio de Lectura - SÁBADO III SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, sábado, 31 de enero de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. (T. P. Aleluya).

Salmo 106

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo (Hech 10, 36).

I

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.
Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.
Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Antífona 2: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. (T. P. Aleluya).

II

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.
Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Antífona 3: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor. (T. P. Aleluya).

III

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.
Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.
Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.
Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.
Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Génesis 25, 7-11. 19-34

MUERTE DE ABRAHAM. NACIMIENTO DE ESAÚ Y JACOB

Los años de la vida de Abraham fueron ciento setenta y cinco. Abraham expiró y murió
en buena vejez, colmado de años, y se reunió con los suyos. Isaac e Ismael, sus hijos, lo
enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, el hitita, frente a Mambré. En el
campo que compró Abraham a los hititas fueron enterrados Abraham y Sara, su mujer.
Muerto Abraham, Dios bendijo a su hijo Isaac, y éste se estableció en «Pozo del que vive y
ve.»
Descendientes de Isaac, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac. Cuando Isaac
cumplió cuarenta años, tomó por esposa a Rebeca, hija de Betuel, el arameo, de Padán
Aram, hermano de Labán, el arameo. Isaac rezó a Dios por su mujer, que era estéril. Dios
lo escuchó, y Rebeca concibió. Pero las criaturas se agitaban en su seno, y ella dijo:
«Si es así, ¿para qué seguir viviendo?»
Y fue a consultar al Señor; el cual le respondió:
«Dos naciones hay en tu vientre, dos pueblos se separan en tus entrañas. Un pueblo
vencerá al otro, el mayor servirá al menor.»
Cuando llegó el momento de dar a luz, tenía dos gemelos en el seno. Salió primero uno,
todo rojo, peludo como un manto; y lo llamaron Esaú. Salió después su hermano, asiendo
con la mano el talón de Esaú; y lo llamaron Jacob. Isaac tenía sesenta años cuando
nacieron.
Crecieron los chicos; Esaú se hizo un experto cazador, hombre de campo, mientras que
Jacob era un honrado beduino. Isaac prefería a Esaú, porque le gustaba comer la caza; y
Rebeca prefería a Jacob.
Un día que Jacob estaba guisando un potaje, volvía Esaú del campo, exhausto. Esaú
dijo a Jacob:
«Dame un plato de esa cosa roja, pues estoy agotado.»
Por eso se llama Edom, que quiere decir «rojo». Jacob le contestó:
«Si me lo pagas con los derechos de primogénito.»
Esaú dijo:
«Yo me voy a morir, ¿qué me importan los derechos de primogénito?»
Jacob le dijo:
Júramelo primero.»
Y él se lo juró; y vendió a Jacob los derechos de primogénito. Entonces Jacob dio a
Esaú pan y potaje de lentejas; él comió y bebió, y se puso en camino. Así malvendió Esaú
sus derechos de primogénito.

Responsorio Hb 12, 14. 15. 16. 17

R. Fomentad la paz con todos y la santificación; que nadie se vea privado de la gracia de
Dios, * como Esaú, que por un plato vendió su primogenitura, y fue desechado.
V. No logró cambiar el parecer de su padre, aunque con lágrimas lo intentó.
R. Como Esaú, que por un plato vendió su primogenitura, y fue desechado.

Segunda Lectura

De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del
Concilio Vaticano segundo
(Núms. 18. 22)

EL MISTERIO DE LA MUERTE

El enigma de la condición humana alcanza su vértice en presencia de la muerte. El
hombre no sólo es torturado por el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino
también, y mucho más, por el temor de un definitivo aniquilamiento. El ser humano piensa
muy certeramente cuando, guiado por un instinto de su corazón, detesta y rechaza la
hipótesis de una total ruina y de una definitiva desaparición de su personalidad. La semilla
de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se subleva contra la
muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no logran
acallar esta ansiedad del hombre: pues la prolongación de una longevidad biológica no
puede satisfacer esa hambre de vida ulterior que, inevitablemente, lleva enraizada en su
corazón.
Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, adoctrinada por la divina
revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz que
sobrepasa las fronteras de la mísera vida terrestre. Y la fe cristiana enseña que la misma
muerte corporal, de la que el ser humano estaría libre si no hubiera cometido el pecado,
será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre la
salvación perdida por su culpa. Dios llamó y llama al hombre para que, en la perpetua
comunión de la incorruptible vida divina, se adhiera a él con toda la plenitud de su ser. Y
esta victoria la consiguió Cristo resucitando a la vida y liberando al hombre de la muerte
con su propia muerte. La fe, por consiguiente, apoyada en sólidas razones, está en
condiciones de dar a todo hombre reflexivo la respuesta al angustioso interrogante sobre
su porvenir; y, al mismo tiempo, le ofrece la posibilidad de una comunión en Cristo con los
seres queridos, arrebatados por la muerte, confiriendo la esperanza de que ellos han
alcanzado ya en Dios la vida verdadera.
Ciertamente, urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar contra el mal, a través
de muchas tribulaciones de sufrir la muerte; pero, asociado al misterio pascual y
configurado con la muerte de Cristo, podrá ir al encuentro de la resurrección robustecido
por la esperanza.
Todo esto es válido no sólo para los que creen en Cristo, sino para todos los hombres
de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible; puesto que Cristo
murió por todos y una sola es la vocación última de todos los hombres, es decir, la
vocación divina, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que,
de un modo que sólo Dios conoce, se asocien a su misterio pascual.
Éste es el gran misterio del hombre, que, para los creyentes, está iluminado por la
revelación cristiana. Por consiguiente, en Cristo y por Cristo se ilumina el enigma del dolor
y de la muerte, que, fuera de su Evangelio, nos aplasta. Cristo resucitó, venciendo a la
muerte con su muerte, y nos dio la vida, de modo que, siendo hijos de Dios en el Hijo,
podamos clamar en el Espíritu: "¡Abba!" (Padre).

Responsorio Sal 26, 1; 22, 4

R. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? * El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
V. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.
R. El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que
podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Por
Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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