El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, miércoles, 4 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Pues busco, debo encontrar;
pues llamo, débenme abrir;
pues pido, me deben dar;
pues amo, débeme amar
aquel que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Pasa? No lejos irá.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.
Es poderoso, mas no
podrá mi amor esquivar;
invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes,
y consuélate en tu mal
pensando con fe total:
¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.
Antífona 1: Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. (T. P. Aleluya).
Salmo 102
¡BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR!
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).
I
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila
se renueva tu juventud.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.
Antífona 2: Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. (T. P. Aleluya).
II
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen
nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre
siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Los días del hombre
duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.
Antífona 3: Bendecid al Señor, todas sus obras. (T. P. Aleluya).
III
Pero la misericordia del Señor
dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Del libro del Génesis 31, 1-18
JACOB HUYE DE SU SUEGRO LABÁN
En aquellos días, Jacob oyó que los hijos de Labán decían:
Jacob se ha llevado toda la propiedad de nuestro padre y se ha enriquecido a costa de
nuestro padre.»
Jacob temió a Labán, porque ya no lo trataba como antes. El Señor dijo a Jacob:
«Vuelve a la tierra de tu padre, tu tierra nativa, y allí estaré contigo.»
Entonces, Jacob hizo llamar a Raquel y Lía, para que vinieran al campo de los rebaños,
y les dijo:
«He observado el gesto de vuestro padre, ya no me trata como antes; pero el Dios de
mis padres está conmigo. Vosotras sabéis que he servido a vuestro padre con todas mis
fuerzas; pero vuestro padre me ha defraudado cambiándome diez veces el salario; aunque
Dios no le ha permitido perjudicarme. Pues, cuando decía: "Tu salario serán los animales
manchados", todo el rebaño paría crías manchadas; cuando decía: "Tu salario serán los
animales rayados", todo el rebaño paría crías rayadas. Dios le ha quitado el rebaño a
vuestro padre y me lo ha dado a mí. Una vez, durante el celo, vi en sueños que todos los
machos que cubrían eran rayados o manchados. El ángel de Dios me llamó en sueños:
"Jacob."
Yo contesté:
"Aquí estoy."
Él me dijo:
"Alza la vista y fíjate: todos los animales que cubren son rayados o manchados; he visto
lo que Labán está haciendo contigo. Yo soy el Dios de Betel, donde ungiste una estela e
hiciste un voto. Ahora, levántate, sal de esta tierra y vuelve a tu tierra nativa."»
Raquel y Lía contestaron:
«¿Nos queda algo que heredar en nuestra casa paterna? Nos trata como extranjeras
después de vendernos y de comerse nuestro precio. Toda la riqueza que Dios le ha
quitado a nuestro padre era nuestra y de nuestros hijos. Por tanto, haz todo lo que Dios te
manda.»
Jacob se levantó, puso a los hijos y a las mujeres en los camellos, y fue guiando todo el
ganado y todas las posesiones que había adquirido en Padán Aram, y se encaminó a la
casa de su padre, Isaac, en tierra de Canaán.
R. Yo soy el Dios de Betel, donde ungiste una estela e hiciste un voto; ahora, levántate, *
sal de esta tierra y vuelve a tu tierra nativa.
V. Sabrá todo el mundo que yo soy el Señor, tu salvador.
R. Sal de esta tierra y vuelve a tu tierra nativa.
De los capítulos de Diadoco de Foticé, obispo, sobre la perfección espiritual
(Capítulos 6. 26. 27. 30: PG 65, 1109. 1175-1176)
EL DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS SE ADQUIERE POR EL GUSTO ESPIRITUAL
El auténtico conocimiento consiste en discernir sin error el bien del mal; cuando esto se
logra, entonces el camino de la justicia, que conduce al alma hacia Dios, sol de justicia,
introduce a aquella misma alma en la luz infinita del conocimiento, de modo que, en
adelante, va ya segura en pos de la caridad.
Conviene que, aun en medio de nuestras luchas, conservemos siempre la paz del
espíritu, para que la mente pueda discernir los pensamientos que la asaltan, guardando en
la despensa de su memoria los que son buenos y provienen de Dios, y arrojando de este
almacén natural los que son malos y proceden del demonio. El mar, cuando está en calma,
permite a los pescadores ver hasta el fondo del mismo y descubrir dónde se hallan los
peces; en cambio, cuando está agitado, se enturbia e impide aquella visibilidad, volviendo
inútiles todos los recursos de que se valen los pescadores.
Sólo el Espíritu Santo puede purificar nuestra mente; si no entra él, como el más fuerte
del evangelio, para vencer al ladrón, nunca le podremos arrebatar a éste su presa.
Conviene, pues, que en toda ocasión el Espíritu Santo se halle a gusto en nuestra alma
pacificada, y así tendremos siempre encendida en nosotros la luz del conocimiento; si ella
brilla siempre en nuestro interior, no sólo se pondrán al descubierto las influencias
nefastas y tenebrosas del demonio, sino que también se debilitarán en gran manera, al ser
sorprendidas por aquella luz santa y gloriosa.
Por esto, dice el Apóstol: No apaguéis el Espíritu, esto es, no entristezcáis al Espíritu
Santo con vuestras malas obras y pensamientos, no sea que deje de ayudaros con su luz.
No es que nosotros podamos extinguir lo que hay de eterno y vivificante en el Espíritu
Santo, pero sí que al contristarlo, es decir, al ocasionar este alejamiento entre él y
nosotros, queda nuestra mente privada de su luz y envuelta en tinieblas.
La sensibilidad del espíritu consiste en un gusto acertado, que nos da el verdadero
discernimiento. Del mismo modo que, por el sentido corporal del gusto, cuando
disfrutamos de buena salud, apetecemos lo agradable, discerniendo sin error lo bueno de
lo malo, así también nuestro espíritu, desde el momento en que comienza a gozar de
plena salud y a prescindir de inútiles preocupaciones, se hace capaz de experimentar la
abundancia de la consolación divina y de retener en su mente el recuerdo de su sabor, por
obra de la caridad, para distinguir y quedarse con lo mejor, según lo que dice el Apóstol: Y
ésta es mi oración: Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en
sensibilidad para apreciar los valores.
R. Bendice al Señor en toda circunstancia, pídele que sean rectos todos tus caminos, *
para que lleguen a buen fin todos tus proyectos.
V. Practica lo que es agradable a sus ojos, con toda sinceridad y con todas tus fuerzas.
R. Para que lleguen a buen fin todos tus proyectos.
Oremos:
Señor, concédenos, amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a
todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.