Oficio de Lectura - VIERNES III SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, viernes, 30 de enero de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Este es el día del Señor.
Este es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos.
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.

Salmodia

Antífona 1: Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37

ME DEVORA EL CELO DE TU TEMPLO

Le dieron a beber vino mezclado con hiel (Mt 27, 34).

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?
Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.
Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos,
se burlan de mí;
cuando me visto de saco,
se ríen de mí;
sentados a la puerta cuchichean,
mientras beben vino me sacan coplas.

Antífona 2: En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

II

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:
arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme enseguida.
Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Antífona 3: Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. (T. P. Aleluya).

III

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.
El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Génesis 24, 33-41. 49-67

ISAAC TOMA POR ESPOSA A REBECA

En aquellos días, cuando ofrecieron de comer al siervo de Abraham, él dijo:
«No comeré hasta no haber dicho lo que tengo que decir.»
A lo que respondió Labán:
«Habla.»
Dijo: «Yo soy siervo de Abraham. El Señor ha bendecido con largueza a mi señor, que
se ha hecho rico, pues le ha dado ovejas y vacas, plata y oro, siervos y esclavas, camellos
y asnos. Y Sara, la mujer de mi señor, envejecida ya, dio a luz un hijo a mi señor, que le
ha cedido todo cuanto posee. En cuanto a mí, mi señor me ha tomado juramento,
diciendo: "No tomarás mujer para mi hijo de entre las hijas de los cananeos en cuyo país
resido. ¡Como no vayas a casa de mi padre y a mi parentela a tomar mujer para mi
hijo...!" Yo dije a mi señor: "¿Y si acaso no me sigue la mujer?" Y él me dijo: "el Señor, encuya presencia he andado, enviará su Ángel contigo, y dará éxito a tu viaje, y así tomarás
mujer para mi hijo de mi parentela y de la casa de mi padre. Entonces quedarás libre de
mi maldición, cuando llegues a mi parentela; y si no te la dieren también quedarás libre de
mi maldición.»
Ahora, pues, decidme si estáis dispuestos a usar de favor y lealtad para con mi señor, y
si no, decídmelo también, para que yo tire por la derecha o por la izquierda.»
Respondieron Labán y Betuel:
«Del Señor ha salido este asunto. Nosotros no podemos decirte está mal o está bien.
Ahí tienes delante a Rebeca: tómala y vete, y sea ella mujer del hijo de tu señor, como ha
dicho el Señor.»
Cuando el siervo de Abraham oyó lo que decían, adoró al Señor en tierra. Acto seguido
sacó el siervo objetos de plata y oro y vestidos, y se los dio a Rebeca. También hizo
regalos a su hermano y a su madre. Luego comieron y bebieron, él y los hombres que le
acompañaban, y pasaron la noche. Por la mañana se levantaron, y él dijo:
«Permitidme que marche donde mi señor.»
El hermano y la madre de Rebeca dijeron:
«Que se quede la chica con nosotros unos días, por ejemplo diez. Luego se irá.»
Mas él les dijo:
«No me demoréis. Puesto que el Señor ha dado éxito a mi viaje, dejadme salir para que
vaya donde mi señor.»
Ellos dijeron:
«Llamemos a la joven y preguntémosle su opinión.»
Llamaron, pues, a Rebeca, y le dijeron:
«¿Qué? ¿te vas con este hombre?»
Contestó ella: «Me voy.»
Entonces despidieron a su hermana Rebeca con su nodriza, y al siervo de Abraham y a
sus hombres. Y bendijeron a Rebeca, y le decían:

«¡Oh hermana nuestra, que llegues a convertirte en millares de miríadas, y conquiste tu
descendencia la puerta de sus enemigos!»
Levantóse Rebeca con sus doncellas y, montadas en los camellos, siguieron al hombre.
El siervo tomó a Rebeca y se fue.
Entretanto, Isaac había venido del pozo de Lajay Roí, pues habitaba en el país del
Négueb. Una tarde había salido Isaac de paseo por el campo, cuando he aquí que al alzar
la vista, vio que venían unos camellos. Rebeca a su vez alzó sus ojos y viendo a Isaac, se
apeó del camello, y dijo al siervo:
«¿Quién es aquel hombre que camina por el campo a nuestro encuentro?»
Dijo el siervo:
«Es mi señor.»
Entonces ella tomó el velo y se cubrió.
El siervo contó a Isaac todo lo que había hecho, e Isaac introdujo a Rebeca en la
tienda, tomó a Rebeca, que pasó a ser su mujer, y él la amó. Así se consoló Isaac por la
pérdida de su madre.

Responsorio Ct 2, 13. 14; cf. Gn 24, 67

R. Levántate, amada mía, y ven; déjame escuchar tu voz, * porque es muy dulce tu hablar
y gracioso tu semblante.
V. Isaac introdujo a Rebeca en la tienda de su madre, la tomó por esposa y la amó.
R. Porque es muy dulce tu hablar y gracioso tu semblante.

Segunda Lectura

Del comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir, sobre los salmos
(Salmo 101: Opera omnia, edición 1597, pp. 1588-1589)

LAS MARAVILLAS DE DIOS

Primero, Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, con grandes
portentos y prodigios; los hizo pasar el mar Rojo a pie enjuto; en el desierto, los alimentó
con manjar llovido del cielo, el maná y las codornices, cuando padecían sed, hizo salir de
la piedra durísima un perenne manantial de agua; les concedió la victoria sobre todos los
que guerreaban contra ellos; por un tiempo, detuvo de su curso natural las aguas del
Jordán; les repartió por suertes la tierra prometida, según sus tribus y familias. Pero
aquellos hombres ingratos, olvidándose del amor y munificencia con que les había
otorgado tales cosas, abandonaron el culto del Dios verdadero y se entregaron, una y otra
vez, al crimen abominable de la idolatría.
Después, también a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos sentíamos arrebatados
hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que nos venía, Dios nos arrancó del olivo
silvestre de la gentilidad, al que pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero
olivo del pueblo judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo
partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo. Finalmente, no perdonó a
su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros como oblación y víctima de suave
olor, para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado.
Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes del inmenso amor y bondad de
Dios para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún,
traspasando todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni
reconocemos la magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en
nada al autor y dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia
de que usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y
conducta conforme a sus mandamientos.

Ciertamente, es digno todo ello de que sea escrito para las generaciones futuras, para
memoria perpetua, a fin de que todos los que en el futuro han de llamarse cristianos
reconozcan la inmensa benignidad de Dios para con nosotros y no dejen nunca de cantar
sus alabanzas.

Responsorio Sal 67, 27; 95, 1

R. En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios, * bendecid al Señor, estirpe de Israel.
V. Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra.
R. Bendecid al Señor, estirpe de Israel.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para quepodamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Él,
que contigo vive y reina.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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