Oficio de Lectura - SÁBADO XXV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, sábado, 26 de septiembre de 2020.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Cantad al Señor y meditad sus maravillas. (T. P. Aleluya).

Salmo 104

LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN REALIZA LAS PROMESAS HECHAS POR DIOS A ABRAHÁN

Los apóstoles revelan a las naciones las maravillas realizadas por Dios en su venida (S. Atanasio).

I

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas,
gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra.
Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac,
confirmado como ley para Jacob,
como alianza eterna para Israel:
"A ti te daré el país cananeo,
como lote de vuestra heredad".
Cuando eran unos pocos mortales,
contados, y forasteros en el país,
cuando erraban de pueblo en pueblo,
de un reino a otra nación,
a nadie permitió que los molestase,
y por ellos castigó a reyes:
"No toquéis a mis ungidos,
no hagáis mal a mis profetas".

Antífona 2: No abandonó al justo vendido, sino que lo libró de sus calumniadores. (T. P. Aleluya).

II

Llamó al hambre sobre aquella tierra:
cortando el sustento de pan;
por delante había enviado a un hombre,
a José, vendido como esclavo;
le trabaron los pies con grillos,
le metieron el cuello en la argolla,
hasta que se cumplió su predicción,
y la palabra del Señor lo acreditó.
El rey lo mandó desatar,
el Señor de pueblos le abrió la prisión,
lo nombró administrador de su casa,
señor de todas sus posesiones,
para que a su gusto instruyera a los príncipes
y enseñase sabiduría a los ancianos.

Antífona 3: Se acordó el Señor de su palabra y sacó a su pueblo con alegría. (T. P. Aleluya).

III

Entonces Israel entró en Egipto,
Jacob se hospedó en la tierra de Cam.
Dios hizo a su pueblo muy fecundo,
más poderoso que sus enemigos.
A éstos les cambió el corazón
para que odiasen a su pueblo,
y usaran malas artes con sus siervos.
Pero envió a Moisés, su siervo,
y a Aarón, su escogido,
que hicieron contra ellos sus signos,
prodigios en la tierra de Cam.
Envió la oscuridad, y oscureció,
pero ellos resistieron a sus palabras;
convirtió sus aguas en sangre,
y dio muerte a sus peces;
su tierra pululaba de ranas,
hasta en la alcoba del rey.
Ordenó que vinieran tábanos
y mosquitos por todo el territorio;
les dio en vez de lluvia granizo,
llamas de fuego por su tierra;
e hirió higueras y viñas,
tronchó los árboles del país.
Ordenó que viniera la langosta,
saltamontes innumerables,
que roían la hierba de su tierra,
y devoraron los frutos de sus campos.
Hirió de muerte a los primogénitos del país,
primicias de su virilidad.
Sacó a su pueblo cargado de oro y plata,
y entre sus tribus nadie tropezaba;
los egipcios se alegraban de su marcha,
porque los había sobrecogido el terror.
Tendió una nube que los cubriese,
y un fuego que los alumbrase de noche.
Lo pidieron, y envió codornices,
los sació con pan del cielo;
hendió la peña, y brotaron las aguas,
que corrieron en ríos por el desierto.
Porque se acordaba de la palabra sagrada,
que había dado a su siervo Abrahán,
sacó a su pueblo con alegría,
a sus escogidos con gritos de triunfo.
Les asignó las tierras de los gentiles,
y poseyeron las haciendas de las naciones:
para que guarden sus decretos,
y cumplan su ley.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de Tobías 10, 8-11, 18

TOBÍAS REGRESA A CASA DE SU PADRE


Cuando pasaron los catorce días de fiesta que Ragüel había jurado hacer a su hija por
la boda, Tobías fue a decirle:
«Déjame marchar, porque estoy seguro de que mi padre y mi madre piensan que no
volverán a verme. Te ruego, padre, que me dejes marchar a mi casa. Ya te dije en qué
situación los dejé.»
Ragüel respondió:
«Quédate, hijo, quédate conmigo. Yo mandaré un correo a tu padre, Tobit, con noticias
tuyas.»
Pero Tobías repuso:
«No, no. Por favor, déjame volver a mi casa.»
Entonces, Ragüel, sin más, entregó a Tobías su mujer, Sara, y la mitad de sus bienes,
criados y criadas, vacas y ovejas, burros y camellos, ropa, dinero y vajilla. Los despidió
sanos y salvos, diciéndole a Tobías:
«Salud, hijo. Que tengas buen viaje. El Señor del cielo os guíe, a ti y a tu mujer, Sara. A
ver si antes de morirme puedo ver a vuestros hijos.»
Luego, dijo a su hija Sara:
«Ve a casa de tu suegro. Desde ahora, ellos son tus padres, como los que te hemos
dado la vida. ¡Ojalá puedas honrarlos mientras vivan! Vete en paz, hija. A ver si mientras
vivo no oigo más que buenas noticias tuyas.»
Los abrazó y los dejó marchar. Edna se despidió de Tobías:
«Hijo y pariente querido, que el Señor te lleve a casa. A ver si antes de morirme puedo
ver a vuestros hijos. Delante de Dios te confío a mi hija, Sara. No la disgustes nunca.
Anda en paz, hijo. Desde ahora yo soy tu madre, y Sara es tu hermana. ¡Ojalá viviéramos
todos juntos toda la vida! »
Los besó y los despidió sanos y salvos. Así marchó Tobías de casa de Ragüel, sano y
salvo, alegre y alabando al Señor de cielo y tierra, rey del universo, por el éxito del viaje.
Cuando estaban cerca de Caserín, frente a Nínive, dijo Rafael:
«Tú sabes en qué situación quedó tu padre. Vamos a adelantarnos a tu mujer, para
preparar la casa mientras llegan los demás.»
Caminaron los dos juntos, y Rafael le dijo:
«Ten a mano la hiel.»
El perro fue detrás de ellos. Ana estaba sentada, oteando el camino por donde tenía
que llegar su hijo. Tuvo el presentimiento de que llegaba, y dijo al padre:
«Mira, viene tu hijo con su compañero.»
Rafael dijo a Tobías antes de llegar a casa:
«Estoy seguro de que tu padre recuperará la vista. úntale los ojos con la hiel del pez; el
remedio hará que las manchas de los ojos se contraigan y se le desprendan. Tu padre
recobrará la vista y verá la luz.»
Ana fue corriendo a arrojarse al cuello de su hijo, diciéndole:
«Te veo, hijo, ya puedo morirme.»
Y se echó a llorar. Tobit se puso en pie, y, tropezando, salió por la puerta del patio.
Tobías fue hacia él con la hiel del pez en la mano; le sopló en los ojos, le asió la mano y le
dijo:
«Ánimo, padre.»
Le echó el remedio, se lo aplicó, y luego con las dos manos le quitó como una piel de
los lagrimales. Tobit se le arrojó al cuello llorando, mientras decía:
«Te veo, hijo, luz de mis ojos.»
Luego, añadió:
«Bendito sea Dios, bendito su gran nombre, benditos todos sus santos ángeles. Que su
nombre glorioso nos proteja. Porque, si antes me castigó, ahora veo a mi hijo, Tobías.»

Tobías entró en casa contento y bendiciendo a Dios a voz en cuello. Luego, le contó a
su padre lo bien que les había salido el viaje: traía el dinero y se había casado con Sara, la
hija de Ragüel:
«Está ya cerca, a las puertas de Nínive.»
Tobit salió al encuentro de su nuera, hacia las puertas de Nínive. Iba contento y
bendiciendo a Dios; y los ninivitas, al verlo caminar con paso firme y sin ningún lazarillo,
se sorprendían. Tobit les confesaba abiertamente que Dios había tenido misericordia y le
había devuelto la vista. Cuando llegó cerca de Sara, mujer de su hijo, Tobías, la bendijo,
diciendo:
«¡Bienvenida, hija! Bendito sea tu Dios, que te ha traído aquí. Bendito sea tu padre,
bendito mi hijo, Tobías, y bendita tú, hija. ¡Bienvenida a ésta tu casa! Que goces de
alegría y bienestar. Entra, hija.»

Responsorio Tb 12, 8-9; Lc 11, 41

R. Buena es la oración con el ayuno, y la limosna generosa vale más que la riqueza
adquirida injustamente. * Porque la limosna libra de la muerte, hace alcanzar misericordia
y obtiene la vida eterna.
V. Dad de limosna lo que poseéis, y con eso tendréis todo purificado.
R. Porque la limosna libra de la muerte, hace alcanzar misericordia y obtiene la vida
eterna.

Segunda Lectura

De los tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos
(Salmo 64,14-15: CSEL 22, 245-246)

EL CORRER DE LAS ACEQUIAS ALEGRA LA CIUDAD DE DIOS

La acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales. No hay duda de qué acequia
se trata, pues dice el salmista: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Y el
mismo Señor dice en los evangelios: El que beba del agua que yo le daré, de sus entrañas
manarán torrentes de agua viva, que salta hasta la vida eterna. Y en otro lugar: El que
cree en mí, como dice la Escritura, de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Decía
esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Así, pues, esta
acequia está llena del agua de Dios. Pues, efectivamente, nos hallamos inundados por los
dones del Espíritu Santo, y la corriente que rebosa del agua de Dios se derrama sobre
nosotros desde aquella fuente de vida. También encontramos ya preparado nuestro
alimento.
¿Y de qué alimento se trata? De aquel mediante el cual nos preparamos para la unión
con Dios, ya que, mediante la comunión eucarística de su santo cuerpo, tendremos, más
adelante, acceso a la unión con su cuerpo santo. Y es lo que el salmo que comentamos da
a entender, cuando dice: Preparas los trigales; porque este alimento ahora nos salva y nos
dispone además para la eternidad.
A nosotros, los renacidos por el sacramento del bautismo, se nos concede un gran
gozo, ya que experimentamos en nuestro interior las primicias del Espíritu Santo, cuando
penetra en nosotros la inteligencia de los misterios, el conocimiento de la profecía, la
palabra de sabiduría, la firmeza de la esperanza, los carismas medicinales y el dominio
sobre los demonios sometidos. Estos dones nos penetran como llovizna y, recibidos,
proliferan en multiplicidad de frutos.

Responsorio Sal 35, 9-10; 64, 5


R. Se sacian con la abundancia de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias: *
porque en ti está la fuente de la vida, y tu luz nos hace ver la luz.
V. Nos saciaremos de los bienes de tu casa.
R. Porque en ti está la fuente de la vida, y tu luz nos hace ver la luz.

Oración

Oremos:

Oh Dios, has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos
cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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