Oficio de Lectura - JUEVES XXX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, jueves, 29 de octubre de 2020.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entrad en la presencia del Señor con vítores.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
A la voz de tu aliento
se estremeció la nada;
la hermosura brilló
y amaneció la gracia.
Señor, ¿a quién iremos,
si tu voz nos habla?
Nos hablas en las voces
de tu voz semejanza:
en los goces pequeños
y en las angustias largas.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
En los silencios íntimos
donde se siente el alma,
tu clara voz creadora
despierta la nostalgia.
¿A quién iremos, Verbo,
entre tantas palabras?
Al golpe de la vida,
perdemos la esperanza;
hemos roto el camino
y el roce de tu planta.
¿A dónde iremos, dinos,
Señor, si no nos hablas?
¡Verbo del Padre, Verbo
de todas las mañanas,
de las tardes serenas,
de las noches cansadas!
¿A dónde iremos, Verbo,
si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

Antífona 1: Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre. (T. P. Aleluya).

Salmo 43

ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).

I

Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.

Antífona 2: Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

II

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.

Antífona 3: Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia. (T. P. Aleluya).

III

Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de la Sabiduría 5, 1-24

LOS HOMBRES IMPÍOS SON CONDENADOS POR DIOS

El justo estará en pie sin temor, en presencia de los que lo afligieron y despreciaron
sus trabajos. Ellos al verlo se estremecerán de pavor, atónitos ante la salvación imprevista;
dirán entre sí, arrepentidos, entre sollozos de angustia:
«Éste es aquel de quien un día nos reíamos con coplas injuriosas, nosotros insensatos;
su vida nos pareció una locura, su muerte una deshonra. ¿Cómo ahora lo cuentan entre
los hijos de Dios y comparte la herencia con los santos?
Luego, equivocamos el camino de la verdad; la luz de la justicia no nos alumbró, no
salió el sol para nosotros. Nos hartamos de andar por sendas de impiedad y perdición,
atravesamos desiertos intransitables; pero el camino del Señor no lo conocimos.
¿De qué nos sirvió nuestro orgullo? ¿De qué la riqueza y la jactancia? Todo aquello
pasó como una sombra, como noticia que va corriendo; como nave que rompe el mar
agitado, y no es posible descubrir la huella de su paso ni la estela de su quilla en las olas;
como pájaro que volando atraviesa el aire, y de su vuelo no se encuentra vestigio alguno:
moviendo sus remos golpea el aire ligero, lo corta con agudo silbido, se abre camino
batiendo las alas y después no se descubre señal de su paso; como flecha disparada al
blanco: el aire hendido refluye al instante sobre sí y no se sabe el camino que la flecha
siguió.
Lo mismo nosotros: apenas nacidos, dejamos de existir, y no podemos mostrar vestigio
alguno de virtud; nos consumimos en nuestra maldad.»
En efecto, la esperanza del impío es como brizna llevada por el viento, como espuma
ligera arrebatada por el huracán, como humo disipado por el viento; se desvanece como el
recuerdo del huésped de un día. Los justos, en cambio, viven eternamente, reciben de
Dios su recompensa, el Altísimo cuida de ellos. Recibirán la noble corona, la rica diadema
de manos del Señor; con su diestra los cubrirá, con su brazo izquierdo los escudará.
Tomará la armadura de su celo y armará a la creación para vengarse de sus enemigos;
vestirá la coraza de la justicia, se pondrá como casco un juicio insobornable; empuñará
como escudo su santidad inexpugnable; afilará la espada de su ira implacable y el
universo peleará a su lado contra los insensatos. Saldrán certeras ráfagas de rayos del
arco bien tenso de las nubes y volarán hacia el blanco; la catapulta de su ira lanzará
espeso pedrisco; las aguas del mar se embravecerán contra ellos, los ríos los anegarán sin
piedad; se levantará contra ellos su aliento poderoso que los aventará como un huracán;
la iniquidad arrasará toda la tierra y los crímenes derrocarán los tronos de los soberanos.

Responsorio 1Jn 3, 7. 8. 10

R. Que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo. * Quien comete el pecado es del
diablo, pues el diablo peca desde el principio.
V. En esto se reconocen los hijos de Dios y los del diablo.
R. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio.

Segunda Lectura

De los sermones de san Atanasio, obispo, contra los arrianos
(Sermón 2, 78. 79: PG 26, 311. 314)

LAS OBRAS DE LA CREACIÓN, REFLEJO DE LA SABIDURÍA ETERNA

En nosotros y en todos los seres hay una imagen creada de la Sabiduría eterna. Por
ello, no sin razón, el que es la verdadera Sabiduría de quien todo procede, contemplando
en las criaturas como una imagen de su propio ser, exclama: El Señor me estableció al
comienzo de sus obras. En efecto, el Señor considera toda la sabiduría que hay y se
manifiesta en nosotros como algo que pertenece a su propio ser.
Pero esto no porque el Creador de todas las cosas sea él mismo creado, sino porque élcontempla en sus criaturas como una imagen creada de su propio ser. Ésta es la razón por
la que afirmó también el Señor: El que os recibe a vosotros me recibe a mí, pues, aunque
él no forma parte de la creación, sin embargo, en las obras de sus manos hay como una
impronta y una imagen de su mismo ser, y por ello, como si se tratara de sí mismo,
afirma: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras.
Por esta razón precisamente, la impronta de la sabiduría divina ha quedado impresa en
las obras de la creación: para que el mundo, reconociendo en esta sabiduría al Verbo, su
Creador, llegue por él al conocimiento del Padre. Es esto lo que enseña el apóstol san
Pablo: Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto
delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles son visibles para la
mente que penetra en sus obras. Por esto, el Verbo, en cuanto tal, de ninguna manera es
criatura, sino el arquetipo de aquella sabiduría de la cual se afirma que existe y que está
realmente en nosotros.
Los que no quieren admitir lo que decimos deben responder a esta pregunta: ¿existe o
no alguna clase de sabiduría en las criaturas? Si nos dicen que no existe, ¿por qué arguye
san Pablo diciendo que, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de
la sabiduría? Y, si no existe ninguna sabiduría en las criaturas, ¿cómo es que la Escritura
alude a tan gran número de sabios? Pues en ella se afirma: El sabio es cauto y se aparta
del mal y con sabiduría se construye una casa.
Y dice también el Eclesiastés: La sabiduría serena el rostro del hombre; y el mismo
autor increpa a los temerarios con estas palabras: No preguntes: "¿Por qué tiempos
pasados eran mejores que los de ahora?" Eso no lo pregunta un sabio.
Que exista la sabiduría en las cosas creadas queda patente también por las palabras
del hijo de Sirac: La derramó sobre todas sus obras, la repartió entre los vivientes según
su generosidad se la regaló a los que lo temen; pero esta efusión de sabiduría no se
refiere, en manera alguna al que es la misma Sabiduría por naturaleza, el cual existe en sí
mismo y es el Unigénito, sino más bien aquella sabiduría que aparece como su reflejo en
las obras de la creación. ¿Por qué, pues, vamos a pensar que es imposible que la misma
Sabiduría creadora, cuyos reflejos constituyen la sabiduría y la ciencia derramadas en la
creación, diga de sí misma: El Señor me estableció al comienzo de sus obras? No hay que
decir, sin embargo que la sabiduría que hay en el mundo sea creadora; ella por el
contrario, ha sido creada, según aquello del salmo: El cielo proclama la gloria de Dios, el
firmamento pregona la obra de sus manos.

Responsorio Sb 7, 22. 23; 1 Co 2, 10

R. Hay en la sabiduría un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, perspicaz,
amante del bien, incoercible, firme, seguro, sereno; * él todo lo puede, todo lo observa,
penetra todos los espíritus.
V. El Espíritu todo lo penetra, hasta la profundidad de Dios.
R. Él todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, y

para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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