Oficio de Lectura - SÁBADO II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, sábado, 25 de enero de 2020.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Escuchemos la voz del Señor, para que entremos en su descanso.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

A caminar sin ti, Señor, no atino;
tu palabra de fuego es mi sendero
me encontraste cansado y prisionero
del desierto, del cardo y del espino.
Descansa aquí conmigo del camino,
que en Emaús hay trigo en el granero,
hay un poco de vino y un alero
que cobije tu sueño, Peregrino.
Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. (T. P. Aleluya).

Salmo 105

BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1 Cor 10, 11).

I

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,
pregonar toda su alabanza?
Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia.
Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación:
para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo,
y me gloríe con tu heredad.
Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas;
no se acordaron de tu abundante misericordia,
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,
pero Dios los salvó por amor de su nombre,
para manifestar su poder.
Increpó al mar Rojo, y se secó,
los condujo por el abismo como por tierra firme;
los salvó de la mano del adversario,
los rescató del puño del enemigo;
las aguas cubrieron a los atacantes,
y ni uno solo se salvó:
entonces creyeron sus palabras,
cantaron su alabanza.
Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.
Él les concedió lo que pedían,
pero les mandó un cólico por su gula.
Envidiaron a Moisés en el campamento,
y a Aarón, el consagrado al Señor:
se abrió la tierra y se tragó a Datán,
se cerró sobre Abirón y sus secuaces;
un fuego abrasó a su banda,
una llama consumió a los malvados.

Antífona 2: No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.

II

En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.
Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio.
Despreciaron una tierra envidiable,
no creyeron en su palabra;
murmuraban en las tiendas,
no escucharon la voz del Señor.
Él alzó la mano y juró
que los haría morir en el desierto,
que dispersaría su estirpe por las naciones
y los aventaría por los países.
Se acoplaron con Baal Fegor,
comieron de los sacrificios a dioses muertos;
provocaron a Dios con sus perversiones,
y los asaltó una plaga;
pero Finés se levantó e hizo justicia,
y la plaga cesó;
y se le apuntó a su favor
por generaciones sin término.
Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,
Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos;
le habían amargado el alma,
y desvariaron sus labios.

Antífona 3: Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y reúnenos de entre los gentiles. (T. P. Aleluya).

III

No exterminaron a los pueblos
que el Señor les había mandado;
emparentaron con los gentiles,
imitaron sus costumbres;
adoraron sus ídolos
y cayeron en sus lazos;
inmolaron a los demonios
sus hijos y sus hijas;
derramaron la sangre inocente
y profanaron la tierra ensangrentándola;
se mancharon con sus acciones
y se prostituyeron con sus maldades.
La ira del Señor se encendió contra su pueblo,
y aborreció su heredad;
los entregó en manos de gentiles,
y sus adversarios los sometieron;
sus enemigos los tiranizaban
y los doblegaron bajo su poder.
Cuántas veces los libró;
más ellos, obstinados en su actitud,
perecían por sus culpas;
pero él miró su angustia,
y escuchó sus gritos.
Recordando su pacto con ellos,
se arrepintió con inmensa misericordia;
hizo que movieran a compasión
a los que los habían deportado.
Sálvanos, Señor, Dios nuestro,
reúnenos de entre los gentiles:
daremos gracias a tu santo nombre,
y alabarte será nuestra gloria.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde siempre y por siempre.
Y todo el pueblo diga: ¡Amén!

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Génesis 17, 1-27

LA CIRCUNCISIÓN, SEÑAL DEL PACTO ENTRE DIOS Y ABRAHÁM

Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo:
«Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto. Yo establezco mi alianza entre
nosotros dos, y te multiplicaré sobremanera.»
Cayó Abrán rostro en tierra, y Dios le habló así:
«Por mi parte he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de
pueblos. No te llamarás más Abrán, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de
muchedumbre de pueblos te he constituido. Te haré fecundo sobremanera, te convertiré
en pueblos, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu

descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el
Dios tuyo y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas
como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los
tuyos.»
Dijo Dios a Abraham:
«Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación. Esta es mi
alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros -también tu posteridad-: Todos vuestros
varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de
la alianza entre yo y vosotros. A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón,
de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a
cualquier extraño que no sea de tu raza. Deben ser circuncidados el nacido en tu casa y el
comprado con tu dinero, de modo que mi alianza esté en vuestra carne como alianza
eterna. El incircunciso, el varón a quien no se le circuncide la carne de su prepucio, ese tal
será borrado de entre los suyos por haber violado mi alianza.
Dijo Dios a Abraham:
«A Saray, tu mujer, no la llamarás más Saray, sino que su nombre será Sara. Yo la
bendeciré, y de ella también te daré un hijo. La bendeciré, y se convertirá en naciones;
reyes de pueblos procederán de ella.»
Abraham cayó rostro en tierra y se echó a reír, diciendo en su interior: ¿A un hombre de
cien años va a nacerle un hijo?, ¿y Sara, a sus noventa años, va a dar a luz?»
Y dijo Abraham a Dios:
«¡Si al menos Ismael viviera en tu presencia!»
Respondió Dios:
«Sí, pero Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Isaac. Yo
estableceré mi alianza con él, una alianza eterna, de ser el Dios suyo y el de su
posteridad. En cuanto a Ismael, también te he escuchado: «He aquí que le bendigo, le
hago fecundo y le haré crecer sobremanera. Doce príncipes engendrará, y haré de él un
gran pueblo. Pero mi alianza la estableceré con Isaac, el que Sara te dará a luz el año que
viene por este tiempo.»
Y después de hablar con él, subió Dios dejando a Abraham. Tomó entonces Abraham a
su hijo Ismael, a todos los nacidos en su casa y a todos los comprados con su dinero -a
todos los varones de la casa de Abraham-y aquel mismo día les circuncidó la carne del
prepucio, como Dios le había mandado.
Tenía Abraham noventa y nueve años cuando circuncidó la carne de su prepucio.
Ismael, su hijo, era de trece años cuando se le circuncidó la carne de su prepucio. El
mismo día fueron circuncidados Abraham y su hijo Ismael. Y todos los varones de su casa,
los nacidos en su casa, y los comprados a extraños por dinero, fueron circuncidados
juntamente con él.

Responsorio Gn 17, 16. 19; cf. Lc 1, 32. 33

R. La bendeciré, y te dará un hijo, y lo bendeciré; * con él estableceré mi pacto, un pacto
perpetuo.
V. Será grande, se llamará hijo del Altísimo y reinará para siempre.
R. Con él estableceré mi pacto, un pacto perpetuo.

Segunda Lectura

Del tratado de san Arruine, obispo, contra las herejías
(Libro 4,18,1-2. 4. 5: SC 100, 596-598. 606. 610-612)

LA OBLACIÓN PURA DE LA IGLESIA

El sacrificio puro y acepto a Dios es la oblación de la Iglesia, que el Señor mandó que
se ofreciera en todo el mundo, no porque Dios necesite nuestro sacrificio, sino porque el
que ofrece es glorificado él mismo en lo que ofrece, con tal de que sea aceptada su
ofrenda. La ofrenda que hacemos al rey es una muestra de honor y de afecto; y el Señor
nos recordó que debemos ofrecer nuestras ofrendas con toda sinceridad e inocencia,
cuando dijo: Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de
que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a
reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Hay que ofrecer a
Dios las primicias de su creación, como dice Moisés: No te presentarás al Señor, tu Dios,
con las manos vacías; de este modo, el hombre, hallado grato en aquellas mismas cosas
que a él le son gratas, es honrado por parte de Dios.
Y no hemos de pensar que haya sido abolida toda clase de oblación, pues las
oblaciones continúan en vigor ahora como antes: el antiguo pueblo de Dios ofrecía
sacrificios, y la Iglesia los ofrece también. Lo que ha cambiado es la forma de la oblación,
puesto que los que ofrecen no son ya siervos, sino hombres libres. El Señor es uno y el
mismo, pero es distinto el carácter de la oblación, según sea ofrecida por siervos o por
hombres libres; así la oblación demuestra el grado de libertad. Por lo que se refiere a Dios,
nada hay sin sentido, nada que no tenga su significado y su razón de ser. Y, por esto, los
antiguos hombres debían consagrarle los diezmos de sus bienes; pero nosotros, que ya
hemos alcanzado la libertad, ponemos al servicio del Señor la totalidad de nuestros
bienes, dándolos con libertad y alegría, aun los de más valor, pues lo que esperamos vale
más que todos ellos; echamos en el cepillo de Dios todo nuestro sustento, imitando así el
desprendimiento de aquella viuda pobre del Evangelio.
Es necesario, por tanto, que presentemos nuestra ofrenda a Dios y que le seamos
gratos en todo, ofreciéndole, con mente sincera, con fe sin mezcla de engaño, con firme
esperanza, con amor ferviente, las primicias de su creación. Esta oblación pura sólo la
Iglesia puede ofrecerla a su Hacedor, ofreciéndole con acción de gracias del fruto de su
creación.
Le ofrecemos, en efecto, lo que es suyo, significando, con nuestra ofrenda, nuestra
unión y mutua comunión, y proclamando nuestra fe en la resurrección de la carne y del
espíritu. Pues, del mismo modo que el pan, fruto de la tierra, cuando recibe la invocación
divina, deja de ser pan común y corriente y se convierte en eucaristía, compuesta de dos
realidades, terrena y celestial, así también nuestros cuerpos, cuando reciben la eucaristía,
dejan ya de ser corruptibles, pues tienen la esperanza de la resurrección.

Responsorio Hb 10, 1. 14; Ef 5, 2

R. La ley contiene sólo una sombra, no la realidad misma de las cosas; por eso, mediante
unos mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar, no puede de ninguna manera dar la
perfección a quienes buscan acercarse a Dios. Cristo, en cambio, * con una sola oblación,
ha llevado para siempre a la perfección a los que ha santificado.
V. Él nos amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación de suave fragancia.
R. Con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección a los que ha santificado.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la
oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por
Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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