El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, domingo, 18 de enero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Pueblo del Señor, rebaño que él guía, venid, adorémosle. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Antífona 1: 1. Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.
Salmo 103
HIMNO AL DIOS CREADOR
El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado (2 Co 5, 17).
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Antífona 2: El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Antífona 3: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.
III
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Del libro del Génesis 9, 1-19
EL PACTO DE DIOS CON NOÉ Y SU DESCENDENCIA
Dios bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo:
«Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra. Infundiréis temor y miedo a todos los
animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que repta por el suelo, y a
todos los peces del mar; quedan a vuestra disposición. Todo lo que se mueve y tiene vida
os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde. Sólo dejaréis de
comer la carne con su alma, es decir, con su sangre, y yo os prometo reclamar vuestra
propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el
alma humana. Quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida,
porque a imagen de Dios hizo Él al hombre. Vosotros, pues, sed fecundos y multiplicaos;
pululad en la tierra y dominad en ella.»
Dijo Dios a Noé y a sus hijos con él:
«He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, y con vuestra futura descendencia,
y con toda alma viviente que os acompaña: las aves, los ganados y todas las alimañas que
hay con vosotros, con todo lo que ha salido del arca, todos los animales de la tierra.
Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne
por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra.»
Dijo Dios:
«Esta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y
vosotros y toda alma viviente que os acompaña: Pongo mi arco en las nubes, y servirá de
señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo anuble de nubes la tierra, entonces se
verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y
toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda
carne. Pues en cuanto esté el arco en las nubes, yo lo veré para recordar la alianza
perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra.»
Y dijo Dios a Noé:
«Esta es la señal de la alianza que he establecido entre yo y toda carne que existe
sobre la tierra.»
Los hijos de Noé que salieron del arca eran Sem, Cam y Jafet. Cam es el padre de
Canaán. Estos tres fueron los hijos de Noé, y a partir de ellos se pobló toda la tierra.
R. Me sucede como en tiempo de Noé: Juré que las aguas del diluvio no volverían a cubrir
la tierra; así juro no airarme contra ti; * mi alianza de paz no vacilará.
V. Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia.
R. Mi alianza de paz no vacilará.
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Efesios
(Caps. 2, 2-5, 2: Funk 1,175-177)
EN LA CONCORDIA DE LA UNIDAD
Es justo que vosotros glorifiquéis de todas las maneras a Jesucristo, que os ha
glorificado a vosotros, de modo que, unidos en una perfecta obediencia, sumisos a
vuestro obispo y al colegio presbiteral, seáis en todo santificados.
No os hablo con autoridad, como si fuera alguien. Pues, aunque estoy encarcelado por
el nombre de Cristo, todavía no he llegado a la perfección en Jesucristo. Ahora,
precisamente, es cuando empiezo a ser discípulo suyo y os hablo como a mis
condiscípulos. Porque lo que necesito más bien es ser fortalecido por vuestra fe, por
vuestras exhortaciones, vuestra paciencia, vuestra ecuanimidad. Pero, como el amor que
os tengo me obliga a hablaros también acerca de vosotros, por esto me adelanto a
exhortaros a que viváis unidos en el sentir de Dios. En efecto, Jesucristo, nuestra vida
inseparable, expresa el sentir del Padre, como también los obispos, esparcidos por el
mundo, son la expresión del sentir de Jesucristo.
Por esto debéis estar acordes con el sentir de vuestro obispo, como ya lo hacéis. Y en
cuanto a vuestro colegio presbiteral, digno de Dios y del nombre que lleva, está
armonizado con vuestro obispo como las cuerdas de una lira. Este vuestro acuerdo y
concordia en el amor es como un himno a Jesucristo. Procurad todos vosotros formar
parte de este coro, de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como
una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre, para que os escuche y os
reconozca, por vuestras buenas obras, como miembros de su Hijo. Os conviene, por tanto,
manteneros en una unidad perfecta, para que seáis siempre partícipes de Dios.
Si yo, en tan breve espacio de tiempo, contraje con vuestro obispo tal familiaridad, no
humana, sino espiritual ¿cuanto más dichosos debo consideraros a vosotros, que estáis
unidos a él como la Iglesia a Jesucristo y como Jesucristo al Padre, resultando así en todo
un consentimiento unánime? Nadie se engañe: quien no está unido al altar se priva del
pan de Dios. Si tanta fuerza tiene la oración de cada uno en particular, ¿cuánto más la que
se hace presidida por el obispo y en unión con toda la Iglesia?
R. Os ruego, por el Señor, que andéis como pide la vocación a la que habéis sido
convocados. * Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz.
V. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la
vocación a la que habéis sido convocados.
R. Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la
oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por
Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.