Oficio de Lectura - VIERNES II SEMANA DE CUARESMA 2021

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de hoy, viernes, 5 de marzo de 2021.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

Para los sábados

Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén

Salmodia

Antífona 1: Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

SEÑOR, NO ME CORRIJAS CON IRA

Todos sus conocidos se mantenían a distancia (Lc 23, 49).

I

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Antífona 2: Señor, todas mis ansias están en tu presencia. (T. P. Aleluya).

II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío,
todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros
se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos
los que atentan contra mí,
los que desean mi daño
me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Antífona 3: Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. (T. P. Aleluya).

III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido:
que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie,
no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos
los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan
cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Versículo

V. Convertíos al Señor, vuestro Dios.
R. Porque es compasivo y misericordioso.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Deuteronomio 31, 1-15. 23

ÚLTIMAS PALABRAS DE MOISÉS

En aquellos días, Moisés dirigió estas palabras a todo Israel: «He cumplido ya ciento
diez años, y me encuentro impedido; además, el Señor me ha dicho: "No pasarás ese
Jordán." El Señor, tu Dios, es quien lo pasará delante de ti, es él quien destruirá delante
de ti todos esos pueblos y los desalojará. Josué pasará delante de ti, como ha dicho el
Señor. El Señor los tratará como a los reyes amorreos Sijón y Og, y como a sus tierras,
que arrasó. Cuando el Señor os los entregue, haréis con ellos lo que yo os he ordenado.
¡Sed fuertes y valientes, no temáis, no os acobardéis ante ellos!, que el Señor, tu Dios,
avanza contigo, no te dejará ni te abandonará.»
Después Moisés llamó a Josué y le dijo, en presencia de todo Israel: «Sé fuerte y
valiente, porque tú has de introducir a este pueblo en la tierra que el Señor, tu Dios,
prometió dar a tus padres; y tú les repartirás la heredad. El Señor avanzará ante ti. Él
estará contigo; no te dejará ni te abandonará. No temas ni te acobardes.»
Moisés escribió esta ley y la entregó a los sacerdotes levitas, que llevaban el arca de la
alianza del Señor, y a todos los ancianos de Israel, y les dio esta prescripción: «Cada siete
años, el año de la Remisión, por la fiesta de los Tabernáculos, cuando todo Israel acuda a
presentarse ante el Señor, tu Dios, en el lugar que él elija, se proclamará esta ley frente a
todo el pueblo. Congregad al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero que viva en
tus ciudades, para que oigan y aprendan a temer al Señor, vuestro Dios, y pongan por
obra todos los artículos de esta ley, mientras os dure la vida en la tierra que vais a tomar
en posesión, cruzando el Jordán. Y vuestros hijos, que todavía no la conocen, han de
escuchar la ley, para que vayan aprendiendo a temer al Señor, vuestro Dios.»

El Señor dijo a Moisés: «Está cerca el día de tu muerte. Llama a Josué, presentaos en
la Tienda de Reunión, y yo le daré mis órdenes.»
Moisés y Josué fueron a presentarse a la Tienda de Reunión. El Señor se les apareció
en forma de nube y fue a colocarse a la entrada de la Tienda. El Señor ordenó a Josué:
«Sé fuerte y valeroso, que tú has de introducir a los hijos de Israel en la tierra que les he
prometido con juramento. Yo estaré contigo.»

Responsorio Dt 31, 23. 6. 8; Pr 3, 26

R. Sé fuerte y valeroso, que el Señor es tu Dios. * Él avanzará ante ti, él estará
contigo: no temas.
V. El Señor estará a tu lado y será tu tranquilidad, él preservará a tu pie de caer en la
trampa.
R. Él avanzará ante ti, él estará contigo: no temas.

Segunda Lectura

Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías
(Libr. 4,16,1-5: SC 100, 564-572)

LA ALIANZA DEL SEÑOR

Moisés dice al pueblo en el Deuteronomio: El Señor, nuestro Dios, hizo alianza con
nosotros en el Horeb; no hizo esa alianza con nuestros padres, sino con nosotros.
¿Por qué razón no la hizo con nuestros padres? Porque la ley no ha sido instituida para
el justo; y los padres eran justos, tenían la eficacia del decálogo inscrita en sus corazones
y en sus almas, amaban a Dios, que los había creado, y se abstenían de la injusticia con
respecto al prójimo: razón por la cual no había sido necesario amonestarlos con un texto
de corrección, ya que llevaban la justicia de la ley dentro de ellos.
Pero cuando esta justicia y este amor hacia Dios cayeron en olvido y se extinguieron
en Egipto, Dios, a causa de su mucha misericordia hacia los hombres, tuvo que
manifestarse a sí mismo mediante la palabra.
Con su poder, sacó de Egipto al pueblo para que el hombre volviese a seguir a Dios; y
afligía con prohibiciones a sus oyentes, para que nadie despreciara a su Creador.
Y lo alimentó con el maná, para que recibiera un alimento espiritual, como dice
también Moisés en el Deuteronomio: Te alimentó con el maná, que tus padres no
conocieron, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale
de la boca de Dios.
Exigía también el amor hacia Dios e insinuaba la justicia que se debe al prójimo, para
que el hombre no fuera injusto ni indigno para con Dios, preparando de antemano al
hombre, mediante el decálogo, para su amistad y la concordia que debe mantener con su
prójimo; cosas todas provechosas para el hombre, ya que Dios no necesita nada de él.
Efectivamente, todo esto glorificaba al hombre, completando lo que le faltaba, esto es,
la amistad de Dios; pero a Dios no le era de ninguna utilidad, pues Dios no necesitaba del
amor del hombre.
En cambio, al hombre le faltaba la gloria de Dios, y era absolutamente imposible que la
alcanzara, a no ser por su empeño en agradarle. Por eso, dijo también Moisés al pueblo:
Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz,
pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra.
A fin de preparar al hombre para semejante vida, el Señor dio, por sí mismo y para
todos los hombres, las palabras del decálogo: por ello, estas palabras continúan válidas
también para nosotros, y la venida en carne de nuestro Señor no las abrogó, antes al
contrario les dio plenitud y universalidad.

En cambio, aquellas otras palabras que contenían sólo un significado de servidumbre,
aptas para la erudición y el castigo del pueblo de Israel, las dio separadamente, por medio
de Moisés, y sólo para aquel pueblo, tal como dice el mismo Moisés: Yo os enseño los
mandatos y decretos que me mandó el Señor.
Aquellos preceptos, pues, que fueron dados como signo de servidumbre a Israel han
sido abrogados por la nueva alianza de libertad; en cambio, aquellos otros que forman
parte del mismo derecho natural y son origen de libertad para todos los hombres, quiso
Dios que encontraran mayor plenitud y universalidad, concediendo con largueza sin límites
que todos los hombres pudieran conocerlo como padre adoptivo, pudieran amarlo y
pudieran seguir, sin dificultad, a aquel que es su Palabra.

Responsorio

R. Moisés, siervo de Dios, ayunó cuarenta días y cuarenta noches * para prepararse a
recibir la ley del Señor.
V. Subió Moisés hacia el Señor en el monte Sinaí, y ahí permaneció durante cuarenta
días y cuarenta noches.
R. Para prepararse a recibir la ley del Señor.

Oración

Oremos:

Concédenos, Dios todopoderoso, que, purificados por la penitencia cuaresmal,
lleguemos a las fiestas de Pascua limpios de pecado. Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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