El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 16 de julio de 2026. Otras celebraciones del día: NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.
Antífona 1: Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Salmo 88, 39-53
LAMENTACIÓN POR LA CAÍDA DE LA CASA DE DAVID
Ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David (Lc 1, 69).
IV
Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.
Antífona 2: Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana. (T. P. Aleluya).
V
¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.
¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?
Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.
Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.
Antífona 3: Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre. (T. P. Aleluya).
Salmo 89
BAJE A NOSOTROS LA BONDAD DEL SEÑOR
Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día (2 Pe 3, 8).
Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: "retornad, hijos de Adán".
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Del libro de Job 5, 1-27
NO RECHACES EL ESCARMIENTO DEL SEÑOR
Elifaz continuó diciendo:
«Grita, a ver si alguien te responde; ¿a qué ángel te volverás? Porque el despecho mata
al insensato, y la envidia da muerte al inexperto. Yo vi a un insensato echar raíces, y al
momento vi maldita su morada, a sus hijos sin poder salvarse, atropellados sin defensa
ante los jueces; sus cosechas las devoró el hambriento, robándola a través de los espinos,
y el sediento se sorbió su hacienda. No nace del barro la miseria, la fatiga no germina de
la tierra: es el hombre quien engendra la fatiga, como las chispas alzan el vuelo.
Yo que tú, acudiría a Dios para poner mi causa en sus manos. Él hace prodigios
insondables, maravillas sin cuento: da lluvia a la tierra, riega los campos, levanta a los
humildes, da refugio seguro a los abatidos, malogra los planes del astuto para que
fracasen sus manejos, enreda en sus mañas al artero y hace abortar las intrigas del
taimado; así, en pleno día, van a dar en las tinieblas; a plena luz, van a tientas como de
noche. Así Dios salva al pobre de la lengua afilada, de la mano violenta; da esperanza al
desvalido y tapa la boca a los malvados.
Dichoso el hombre a quien corrige Dios: no rechaces el escarmiento del Todopoderoso,
porque él hiere y venda la herida, golpea y cura con su mano; de seis peligros te salva, y
al séptimo no sufrirás ningún mal; en tiempo de hambre, te librará de la muerte y, en la
batalla, de la espada; te esconderá del látigo de la lengua y, aunque llegue el desastre,
no temerás, te reirás de hambres y desastres, no temerás a las fieras, harás pacto con los
espíritus del campo y tendrás paz con las fieras, disfrutarás de la paz de tu tienda y, al
recorrer tu dehesa, nada echarás de menos; verás una descendencia numerosa, y a tus
retoños como hierba del campo; bajarás a la tumba sin achaques, como una gavilla en
sazón.
Todo esto lo hemos indagado y es cierto: escúchalo y aplícatelo.»
R. Dichoso el hombre a quien corrige Dios: no rechaces el escarmiento del Todopoderoso,
* porque él hiere y venda la herida, golpea y cura con su mano.
V. No mires con desdén la corrección con que el Señor te educa y no te desalientes
cuando seas por él amonestado.
R. Porque él hiere y venda la herida, golpea y cura con su mano.
Del tratado de san Ambrosio, obispo, sobre los misterios
(Núms. 29-30. 34-35. 37. 42: SC 25 bis, 172-178)
CATEQUESIS DE LOS RITOS QUE SIGUEN AL BAUTISMO
Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a
continuación. Es lo que dice el salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va
bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el
Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamoran las
doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que, llenas de amor a ti, Señor Jesús, te
dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor
de tu resurrección!
Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la
cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la
barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en
efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y
formar parte de su sacerdocio.
Después de esto, recibiste la vestidura blanca, como señal de que te habías despojado
de la envoltura del pecado y te habías vestido con la casta ropa de la inocencia, de
conformidad con lo que dice el salmista: Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame:
quedaré más blanco que la nieve. En efecto, tanto la ley antigua como el Evangelio aluden
a la limpieza espiritual del que ha sido bautizado: la ley antigua, porque Moisés roció con
la sangre del cordero, sirviéndose de un ramo de hisopo; el Evangelio, porque las
vestiduras de Cristo eran blancas como la nieve, cuando mostró la gloria de su
resurrección. Aquel a quien se le perdonan los pecados queda más blanco que la nieve.
Por esto, dice el Señor por boca de Isaías: Aunque vuestros pecados sean como púrpura,
blanquearán como nieve.
La Iglesia, engalanada con estas vestiduras, gracias al baño del segundo nacimiento,
dice con palabras del Cantar de los cantares: Tengo la tez morena, pero hermosa,
muchachas de Jerusalén. Morena por la fragilidad de su condición humana, hermosa por
la gracia; morena porque consta de hombres pecadores, hermosa por el sacramento de la
fe. Las muchachas de Jerusalén, estupefactas al ver estas vestiduras, dicen: "¿Quién es
ésta que sube resplandeciente de blancura? Antes era morena, ¿de dónde esta repentina
blancura?"
Y Cristo, al contemplar a su Iglesia con blancas vestiduras -él, que por su amor tomó un
traje sucio, como dice el libro del profeta Zacarías-, al contemplar el alma limpia y lavada
por el baño de regeneración, dice: ¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres! Tus
ojos son palomas, bajo cuya apariencia bajó del cielo el Espíritu Santo.
Recuerda, pues, que has recibido el sello del Espíritu, espíritu de sabiduría y de
inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu
de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor, y conserva lo que has
recibido. Dios Padre te ha sellado, Cristo, el Señor, te ha confirmado y ha puesto en tu
corazón, como prenda suya, el Espíritu, como te enseña el Apóstol.
R. No tengáis deuda con nadie, a no ser en amaros los unos a los otros; porque quien
ama al prójimo ya ha cumplido la ley. * Así que amar es cumplir la ley entera.
V. Toda la ley se concentra en esta frase: amarás al prójimo como a ti mismo.
R. Así que amar es cumplir la ley entera.
Oremos:
Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan
volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este
nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.