El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 9 de abril de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Aleluya.
Salmo 117
I
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.
En el peligro grité al Señor,
y me escuchó, poniéndome a salvo.
El Señor está conmigo: no temo;
¿qué podrá hacerme el hombre?
El Señor está conmigo y me auxilia,
veré la derrota de mis adversarios.
Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes.
Antífona 2: El Señor es mi salvación. Aleluya.
II
Todos los pueblos me rodeaban,
en el nombre del Señor los rechacé;
me rodeaban cerrando el cerco,
en el nombre del Señor los rechacé;
me rodeaban como avispas,
ardiendo como fuego en las zarzas,
en el nombre del Señor los rechacé.
Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos:
"la diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa".
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte.
Antífona 3: Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Aleluya.
III
Abridme las puertas del triunfo,
y entraré para dar gracias al Señor.
Ésta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina.
Ordenad una procesión con ramos
hasta los ángulos del altar.
Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
V. En tu resurrección, oh Cristo. Aleluya.
R. El cielo y la tierra se alegran. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 2, 42-3, 11
LA PRIMERA COMUNIDAD. CURACIÓN DE UN HOMBRE TULLIDO
En aquellos días, los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los
apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo
estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en
Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos, y lo tenían todo en común; vendían
posesiones y bienes, y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno. Cada día,
llevados de un mismo afecto, se reunían en el templo; y, partiendo el pan en casa,
tomaban juntos el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y gozaban
de la simpatía general del pueblo. Día tras día iba el Señor incorporando a la comunidad a
los que se iban a salvar.
A la hora de la oración de la tarde, a eso de las tres, subían Pedro y Juan al templo.
Había allí un hombre, tullido de nacimiento, a quien todos los días llevaban y colocaban a
la puerta llamada Hermosa, para que pidiese limosna a los que entraban en el templo.
Este hombre, cuando vio a Pedro y Juan que estaban para entrar, les pidió limosna. Pedro
y Juan, mirándolo fijamente, le dijeron: «Míranos.»
Él estaba atento con la esperanza de recibir alguna cosa. Entonces le dijo Pedro: «No
tengo oro ni plata; pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno,
camina.»
Y, asiéndolo de la mano derecha, lo levantó. Al punto cobraron vigor sus pies y tobillos;
de un salto se puso en pie y echó a andar, entrando con ellos en el templo por su propio
pie; y saltaba y daba gracias a Dios. Toda la gente, que lo vio andar alabando a Dios, cayó
en la cuenta de que era el mismo que se sentaba a pedir limosna en la puerta Hermosa
del templo; y quedaron llenos de estupor y admiración ante lo ocurrido. Como él no se
apartaba un momento de Pedro y de Juan, toda la gente, que no salía de su asombro,
corrió al pórtico llamado de Salomón, donde ellos se encontraban.
R. Pedro, asiendo de la mano derecha al tullido, lo levantó; al punto cobraron vigor sus
pies y tobillos; * de un salto se puso en pie y echó a andar. Aleluya.
V. Dios viene en persona y os salvará; entonces saltará como un ciervo el cojo.
R. De un salto se puso en pie y echó a andar. Aleluya.
De las Catequesis de Cirilo de Jerusalén
(Catequesis 20, [Mistagógica 2], 4-6: PG 33,1079-1082)
EL BAUTISMO, FIGURA DE LA PASIÓN DE CRISTO
Fuisteis conducidos a la santa piscina del divino bautismo, como Cristo desde la cruz
fue llevado al sepulcro.
Y se os preguntó a cada uno si creíais en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo. Después de haber confesado esta fe salvadora, se os sumergió por tres veces en el
agua y otras tantas fuisteis sacados de la misma: con ello significasteis, en imagen y
símbolo, los tres días de la sepultura de Cristo.
Pues, así como nuestro Salvador pasó en el seno de la tierra tres días y tres noches, de
la misma manera vosotros habéis imitado con vuestra primera emersión el primer día que
Cristo estuvo en la tierra, y, con vuestra inmersión, la primera noche. Porque, así como de
noche no vemos nada y, en cambio, de día lo percibimos todo, del mismo modo en
vuestra inmersión, como si fuera de noche, no pudisteis ver nada; en cambio, al
emergeros pareció encontraros en pleno día; y en un mismo momento os encontrasteis
nuevos y nacidos, y aquella agua salvadora os sirvió a la vez de sepulcro y de madre.
Por eso os cuadra admirablemente lo que dijo Salomón, a propósito de otras cosas:
Tiempo de nacer, tiempo de morir; pero a vosotros os pasó esto en orden inverso:
tuvisteis un tiempo de morir y un tiempo de nacer, aunque en realidad un mismo instante
os dio ambas cosas, y vuestro nacimiento se realizó junto con vuestra muerte.
¡Oh maravilla nueva e inaudita! No hemos muerto ni hemos sido sepultados, ni hemos
resucitado después de crucificados en el sentido material de estas expresiones, pero, al
imitar estas realidades en imagen hemos obtenido así la salvación verdadera.
Cristo sí que fue realmente crucificado y su cuerpo fue realmente sepultado y
realmente resucitó; a nosotros, en cambio, nos ha sido dado, por gracia, que, imitando lo
que él padeció con la realidad de estas acciones, alcancemos de verdad la salvación.
¡Oh exuberante amor para con los hombres! Cristo fue el que recibió los clavos en sus
inmaculadas manos y pies, sufriendo grandes dolores, y a mí, sin experimentar ningún
dolor ni ninguna angustia, se me dio la salvación por la comunión de sus dolores.
No piense nadie, pues, que el bautismo fue dado solamente por el perdón de los
pecados y para alcanzar la gracia de la adopción, como en el caso del bautismo de Juan,
que confería sólo el perdón de los pecados; nuestro bautismo, como bien sabemos,
además de limpiarnos del pecado y darnos el don del Espíritu es también tipo y expresión
de la pasión de Cristo. Por eso Pablo decía: ¿Es que no sabéis que los que por el bautismo
nos incorporamos a Cristo Jesús fuimos incorporados a su muerte? Por el bautismo fuimos
sepultados con él en la muerte.
R. Éstos son los corderos nuevos que han dado testimonio. Aleluya. Han venido ya a la
fuente del agua y están llenos de luz. Aleluya.
V. Están delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
R. Y están llenos de luz. Aleluya.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, que has reunido pueblos diversos en la confesión de tu nombre, concede a los
que han renacido en la fuente bautismal una misma fe en su espíritu y una misma caridad
en su vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.