El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 29 de julio de 2026. Otras celebraciones del día: SANTA MARTA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Antífona 1: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. (T. P. Aleluya.) †
Salmo 17, 2-30
ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA
En aquella hora ocurrió un violento terremoto (Ap 11, 13).
I
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
† Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.
Antífona 2: El Señor me libró porque me amaba. (T. P. Aleluya).
II
Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz.
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;
y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.
Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.
Antífona 3: Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas. (T. P. Aleluya).
III
El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega,
fiado en mi Dios, asalto la muralla.
Del libro de Job 32, 1-6; 33, 1-21
HABLA ELIÚ ACERCA DEL MISTERIO DE DIOS
Los tres hombres no respondieron más a Job, convencidos de que era inocente. Pero
Elihú, hijo de Baraquel, de la familia de Ram, natural de Buz, se indignó contra Job,
porque pretendía justificarse frente a Dios. También se indignó contra los tres
compañeros, porque al no hallar respuesta, habían dejado a Dios como culpable. Elihú
había esperado, mientras ellos hablaban con Job, porque eran mayores que él; pero,
viendo que ninguno de los tres respondía, Elihú, hijo de Baraquel, de Buz, indignado,
intervino, diciendo:
«Escucha mis palabras, Job, presta oído a mi discurso, mira que ya abro la boca y mi
lengua forma palabras con el paladar; hablo con un corazón sincero, mis labios expresan
un saber acendrado.
El soplo de Dios me hizo, el aliento del Todopoderoso me dio vida. Contéstame, si
puedes, prepárate, ponte frente a mí. Mira: igual que tú soy ante Dios, también yo fui
plasmado de la arcilla. No te espantará mi terror ni pesará mi mano sobre ti.
Tú has dicho esto en mi presencia, yo te he escuchado: "Yo soy puro, no tengo delito,
soy inocente, no hay culpa en mí, pero él encuentra pretextos contra mí, me considera su
enemigo, mete mis pies en el cepo y espía todos mis pasos."
Protesto: en eso no tienes razón, porque Dios es más grande que el hombre. ¿Cómo te
atreves a acusarlo de que no responda a todas tus razones? Dios sabe hablar de un modo
o de otro, y uno no lo advierte.
En sueños o visiones nocturnas, cuando el letargo caía sobre el hombre que está
durmiendo en su cama: entonces le abre el oído y lo estremece con avisos, para apartarlo
de sus malas obras y corregir su orgullo, para librar su vida de la fosa y de cruzar el Canal.
Otras veces lo corrige con una enfermedad, con la agonía incesante de sus miembros,
cuando hasta la comida le repugna y le asquean sus manjares favoritos, cuando su carne
se consume y desvanece y sus huesos a la vista se descubren, cuando su alma a la fosa
se aproxima y su vida a la morada de los muertos.»
R. ¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! * ¡Qué insondables son sus
juicios y qué irrastreables sus caminos!
V. ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero?
R. ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos!
De las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo
(Catequesis 18, 23-25: PG 33,1043-1047)
LA IGLESIA O CONVOCACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS
La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la
tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas
las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o
invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a
toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a
los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción,
tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que
sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.
Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos,
como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entrada de la
tienda del encuentro. Y es de notar que la primera vez que la Escritura usa esta palabra
"convoca" es precisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo
sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oír
mis palabras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de
Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las
palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o
convocación; es como si dijera más claramente: "El día en que, llamados por el Señor, os
congregasteis". También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran
iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.
Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe
de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles,
nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que estaba en Judea, en adelante se
van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los
salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles.
Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis -dice el
Señor de los ejércitos-, añadiendo a continuación: Del oriente al poniente es grande entre
las naciones mi nombre.
Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pablo a Timoteo: Quiero que sepas
cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna
y base de la verdad.
R. Sed humildes unos con otros, * porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a
los humildes.
V. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para
vuestras almas.
R. Porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.
Oremos:
Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; aumenta sobre
nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos
sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.