El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 13 de abril de 2026. Otras celebraciones del día: SAN MARTÍN I, PAPA Y MÁRTIR , SAN HERMENEGILDO, MÁRTIR .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.
Salmo 30, 2-17. 20-25
SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
I
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.
Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).
II
Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).
III
¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.
V. Mi corazón y mi carne. Aleluya.
R. Se alegran por el Dios vivo. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 4, 32-5, 16
LA PRIMERA COMUNIDAD CRISTIANA. ANANÍAS Y SAFIRA
En aquellos días, la multitud de los creyentes no era sino un solo corazón y una sola
alma. Nadie tenía como propio lo que poseía, sino que todo lo tenían en común. Los
apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesús el Señor, con mucho valor, y todos
eran muy bien vistos por el pueblo. No había entre ellos menesterosos, pues todos los que
poseían campos o casas los vendían, y traían el producto de la venta para depositarlo en
manos de los apóstoles. Luego, se repartía a cada uno según su necesidad.
Tal fue el caso de José, llamado por los apóstoles Bernabé (que quiere decir: «hijo de
la consolación»). Era éste un levita, natural de Chipre, que vendió un campo que poseía
para poner el dinero a disposición de los apóstoles. Pero otro, llamado Ananías, de
acuerdo con su mujer Safira, vendió una posesión y, reservándose para sí una parte del
precio con la complicidad de su mujer, puso lo restante a disposición de los apóstoles.
Díjole Pedro:
«Ananías, ¿cómo has dejado que Satanás se apodere de tu corazón, engañando al
Espíritu Santo, y quedándote con una parte del precio del campo? ¿No era tuyo antes de
venderlo? Y, una vez vendido, ¿no quedaba su precio en tu poder? ¿Cómo se te ha
ocurrido hacer esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios.»
Al oír Ananías estas palabras, cayó muerto. Con esto se apoderó un gran temor de
todos cuantos lo oyeron contar. Luego, los más jóvenes, envolviéndolo en un lienzo, lo
sacaron para darle sepultura. Unas tres horas más tarde entró la mujer, que no sabía lo
que había ocurrido. Y Pedro le preguntó:
«Dime, ¿es verdad que habéis vendido el campo a tal precio?»
Ella respondió:
«Sí, a ese precio.»
Y exclamó Pedro:
«¿Cómo os habéis puesto de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? Mira: los pies
de los que han sepultado a tu marido están a la puerta y te llevarán a ti también.»
En el mismo instante, se desplomó a sus pies y expiró. Entraron los jóvenes y,
encontrándola ya cadáver, la sacaron y la enterraron junto a su marido. Con esto se
apoderó un gran temor de toda la comunidad y de todos cuantos lo oían contar.
Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se
reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a
juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los
creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a
la calle y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra por lo menos
cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando
enfermos y poseídos de espíritu inmundo; y todos se curaban.
R. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor. * Todos
eran muy bien vistos. Aleluya.
V. Los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía la palabra de Dios.
R. Todos eran muy bien vistos. Aleluya.
De una homilía pascual de un autor antiguo (PG 59, 723-724)
LA PASCUA ESPIRITUAL
La Pascua que celebramos es el origen de la salvación de todos los hombres,
empezando por el primero de ellos, Adán, que pervive aún en todos los hombres y en
nosotros recobra ahora la vida.
Aquellas instituciones temporales que existían al principio para prefigurar la realidad
presente eran sólo imagen y prefiguración parcial e imperfecta de lo que ahora aparece;
pero una vez presente la realidad, conviene que su imagen se eclipse; del mismo modo
que, cuando llega el rey, a nadie se le ocurre venerar su imagen, sin hacer caso de su
persona.
En nuestro caso es evidente hasta qué punto la imagen supera la realidad, puesto que
aquélla conmemoraba la momentánea preservación de la vida de los primogénitos judíos,
mientras que ésta, la realidad, celebra la vida eterna de todos los hombres.
No es gran cosa, en efecto, escapar de la muerte por un cierto tiempo, si poco después
hay que morir; sí lo es, en cambio, poderse librar definitivamente de la muerte; y éste es
nuestro caso una vez que Cristo, nuestra Pascua, se inmoló por nosotros.
El nombre mismo de esta fiesta indica ya algo muy grande si lo explicamos de acuerdo
con su verdadero sentido. Pues Pascua significa paso, ya que el exterminador aquel que
hería a los primogénitos de los egipcios pasaba de largo ante las casas de los hebreos. Y
entre nosotros vuelve a pasar de largo el exterminador, porque pasa sin tocarnos, una vez
que Cristo nos ha resucitado a la vida eterna.
Y, ¿qué significa, en orden a la realidad, el hecho de que la Pascua y la salvación de los
primogénitos tuvieron lugar en el comienzo del año? Es sin duda porque también para
nosotros el sacrificio de la verdadera Pascua es el comienzo de la vida eterna.
Pues el año viene a ser como un símbolo de la eternidad, por cuanto con sus
estaciones que se repiten sin cesar, va describiendo un círculo que nunca finaliza. Y Cristo,
el padre del siglo futuro, la víctima inmolada por nosotros, es quien abolió toda nuestra
vida pasada y por el bautismo nos dio una vida nueva, realizando en nosotros como una
imagen de su muerte y de su resurrección.
Así, pues, todo aquel que sabe que la Pascua ha sido inmolada por él, sepa también
que para él la vida empezó en el momento en que Cristo se inmoló para salvarle. Y Cristo
se inmoló por nosotros si confesamos la gracia recibida y reconocemos que la vida nos ha
sido devuelta por este sacrificio.
Y quien llegue al conocimiento de esto debe esforzarse en vivir de esta vida nueva y no
pensar ya en volver otra vez a la antigua, puesto que la vida antigua ha llegado a su fin.
Por ello dice la Escritura: Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a vivir
más en pecado?
R. Tirad fuera la levadura vieja para que seáis una masa nueva, pues Cristo, nuestro
cordero pascual, ha sido inmolado. * Así, pues, celebremos nuestra fiesta con el cuerpo
del Señor. Aleluya.
V. Fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitado para nuestra
justificación.
R. Así, pues, celebremos nuestra fiesta con el cuerpo del Señor. Aleluya.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros
corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por
nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.