El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 28 de abril de 2026. Otras celebraciones del día: SAN PEDRO CHANEL, PRESBÍTERO Y MÁRTIR , SAN LUIS MARÍS GRIÑON DE MONTFORT, PRESBÍTERO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Salmo 101
DESEOS Y SÚPLICAS DE UN DESTERRADO
Dios nos consuela en todas nuestras luchas (2 Cor 1, 4).
I
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mi;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.
Antífona 2: Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
II
Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas,
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
Antífona 3: Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos. (T. P. Aleluya).
III
Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días".
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
V. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere. Aleluya.
R. La muerte no tiene ya poder sobre él. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 13, 14b-43
DISCURSO DE PABLO EN LA SINAGOGA DE ANTIOQUÍA DE PISIDIA
En aquellos días, Pablo y sus compañeros entraron un sábado en la sinagoga, donde
tomaron asiento. Después de la lectura de la ley y de los profetas, los jefes de la sinagoga
les hicieron esta invitación: «Hermanos, si tenéis alguna palabra para enfervorizar al
pueblo, decidla.»
Pablo se levantó y, haciendo una señal con la mano, dijo: «Hombres de Israel y
vosotros, los que adoráis a Dios, escuchad. El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros
padres, engrandeció al pueblo durante su estancia en la tierra de Egipto y, con el poder de
su brazo, los sacó de allí. Durante unos cuarenta años los cuidó y llevó por el desierto,
como una madre lleva y cuida a su hijo. Y, exterminando a siete naciones en la tierra de
Canaán, se la dio en heredad. Habían pasado unos cuatrocientos cincuenta años.
Después, hasta el profeta Samuel, les dio jueces. Como luego pidiesen un rey, Dios les dio
a Saúl, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, que reinó por espacio de cuarenta años.
Después que destituyó a éste, les dio por rey a David, de quien dijo estas hermosas
palabras: "He encontrado en David, hijo de Jesé, un hombre según mi corazón. Él
cumplirá en todo mi voluntad." Según lo prometido, os sacó para Israel de la
descendencia de David un Salvador, Jesús. Y su precursor fue Juan. Ya éste, antes de
presentarse Jesús, había predicado a todo el pueblo de Israel un bautismo como señal de
arrepentimiento. Y, cuando estaba para terminar su misión, solía decir: "No soy yo el que
vosotros os imagináis. Pero, mirad, viene otro después de mí; y yo no soy digno de
desatar su calzado."
Hermanos, hijos de Abraham y los que adoráis a Dios, a vosotros envía Dios este
mensaje de salvación. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús,
pero, al condenarlo a muerte, dieron cumplimiento a las palabras de los profetas que se
leen cada sábado. Y, a pesar de que no encontraron en él causa alguna digna de muerte,
pidieron a Pilato que lo hiciera morir. Una vez que cumplieron todo lo que de él estaba
escrito, lo bajaron de la cruz y lo depositaron en un sepulcro. Pero Dios lo resucitó de
entre los muertos. Y durante muchos días se apareció a los que con él habían subido de
Galilea a Jerusalén: éstos, efectivamente, dan ahora testimonio de él ante el pueblo. Y
nosotros os damos la buena nueva: la promesa que Dios hizo a nuestros padres la ha
cumplido él ahora con nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús, según está escrito en el
salmo segundo: "Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy."
Que Dios lo ha resucitado de entre los muertos para que no vuelva ya nunca a la
corrupción, lo dijo con aquellas palabras: "Yo os daré los bienes santos que prometí a
David, los que no han de fallar." Por eso, afirma en otro lugar: "No permitirás que tu santo
experimente la corrupción." Ahora bien, David, después de haber servido durante su vida
a los designios de Dios, murió, fue a reunirse con sus padres y experimentó la corrupción
del sepulcro. Pero aquel a quien Dios resucitó no pasó por la corrupción.
Sabed, pues, hermanos, que por medio de Jesús os ofrece Dios el perdón de los
pecados. Y, por él, todo el que tiene fe alcanza la justificación que no habéis podido
alcanzar vosotros por la ley de Moisés. Mirad, pues, que no os suceda lo que dijeron los
profetas: "¡Mirad, desdeñosos, asombraos y desapareced! Porque en vuestros días voy a
realizar una obra tal, que si os la contaran no la creeríais."»
A la salida, rogaron a Pablo y Bernabé que el sábado siguiente les hablaran de las
mismas cosas. Después que se disolvió la reunión, muchos judíos y prosélitos, adoradores
de Dios, siguieron a Pablo y Bernabé. Éstos, en sus conversaciones, les instaban a
permanecer en la gracia de Dios.
R. La promesa que Dios hizo a nuestros padres la ha cumplido él ahora con nosotros, *
resucitando a Jesús. Aleluya.
V. Dios no ha retirado su misericordia de la casa de Israel.
R. Resucitando a Jesús. Aleluya.
De los sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 108: PL 52, 499-500)
SÉ TU MISMO EL SACRIFICIO Y EL SACERDOTE DE DIOS
Os exhorto, por la misericordia de Dios, nos dice san Pablo. Él nos exhorta, o mejor
dicho, Dios nos exhorta por medio de él. El Señor se presenta como quien ruega porque
prefiere ser amado que temido, y le agrada más mostrarse como Padre que aparecer
como Señor. Dios, pues, suplica por misericordia para no tener que castigar con rigor.
Escucha cómo suplica el Señor: «Mirad y contemplad en mí vuestro mismo cuerpo,
vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si ante lo que
es propio de Dios teméis, ¿por qué no amáis al contemplar lo que es de vuestra misma
naturaleza? Si teméis a Dios como Señor, ¿por qué no acudís a él como Padre?
Pero quizá sea la inmensidad de mi pasión, cuyos responsables fuisteis vosotros, lo
que os confunde. No temáis. Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte.
Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros.
Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas.
Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado pero no aumenta
mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio.
Venid, pues, retornad, y comprobaréis que soy un padre, que devuelvo bien por mal,
amor por injurias, inmensa caridad como paga de las muchas heridas.»
Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto —dice— a presentar
vuestros cuerpos. Al rogar así, el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del
sacerdocio: A presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y
víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios:
lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el
sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que
presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.
Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la
sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios —
dice—, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo
vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una
hostia viva, porque, a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio
como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva, la muerte resultó
castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la
muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y,
cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar
resplandecientes en el cielo.
Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia
viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero
me has preparado un cuerpo.
Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No
desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la
santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz
defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu
oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del
Espíritu, haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor
como sacrificio.
Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se
aplaca, no con tu muerte; sino con tu buena voluntad.
R. Eres digno, Señor, de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado * y por tu
sangre nos compraste para Dios. Aleluya.
V. Has hecho de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes.
R. Y por tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.
Oremos:
Te pedimos, Señor todopoderoso, que la celebración de las fiestas de Cristo resucitado
aumente en nosotros la alegría de sabernos salvados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.