El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 13 de enero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios soberano.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»
No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.
Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»
Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.
Antífona 1: El Señor hará justicia a los pobres. (T. P. Aleluya).
Salmo 9 B
CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS
Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc 6, 20).
I
¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas.»
La intriga vicia siempre su conducta,
aleja de su mente tus juicios
y desafía a sus rivales.
Piensa: «No vacilaré,
nunca jamás seré desgraciado.»
Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente.
Sus ojos espían al pobre;
acecha en su escondrijo como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;
se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: «Dios lo olvida,
se tapa la cara para no enterarse.»
Antífona 2: Tú, Señor, ves las penas y los trabajos. (T. P. Aleluya).
II
Levántate, Señor, extiende tu mano,
no te olvides de los humildes;
¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas?
Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano.
Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.
Antífona 3: Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata refinada siete veces. (T. P. Aleluya).
Salmo 11
INVOCACIÓN A LA FIDELIDAD DE DIOS CONTRA LOS ENEMIGOS MENTIROSOS
Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo (San Agustín).
Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón.
Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua fanfarrona
de los que dicen: "la lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro acusador?"
El Señor responde: "por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre,
yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía".
Las palabras del Señor son palabras auténticas,
como plata limpia de ganga,
refinada siete veces.
Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.
Del libro del Génesis 2, 4b-25
LA CREACIÓN DEL HOMBRE EN EL PARAÍSO
El día en que hizo el Señor Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto
alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues el Señor
Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un
manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces el Señor
Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y
resultó el hombre un ser viviente.
Luego plantó el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que
había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la
vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia
del bien y del mal.
De Edén salía un río que regaba el jardín, y desde allí se repartía en cuatro brazos. El
uno se llama Pisón: es el que rodea todo el país de Javilá, donde hay oro. El oro de aquel
país es fino. Allí se encuentra el bedelio y el ónice. El segundo río se llama Guijón: es el
que rodea el país de Kus. El tercer río se llama Tigris: es el que corre al oriente de Asur. Yel cuarto río es el Éufrates.
Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase
y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento:
«De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del
mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.»
Dijo luego el Señor Dios:
«No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.»
Y el Señor Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo
y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese
el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las
aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una
ayuda adecuada.
Entonces el Señor Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se
durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que el
Señor Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces
éste exclamó:
«Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer,
porque del varón ha sido tomada.»
Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una
sola carne. Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno
del otro.
V. El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo; el último Adán, en espíritu que da
vida. * El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo.
R. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre
celestial.
V. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo.
De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno; obispo
(Respuesta 2,1: PG 31, 908-910)
TENEMOS DEPOSITADA EN NOSOTROS UNA FUERZA QUE NOS CAPACITA PARA AMAR
El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así
como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a nuestros padres
y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no es algo que pueda
enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es
depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la
facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida
sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su
perfección.
Por esto, nosotros, dándonos cuenta de vuestro deseo por llegar a esta perfección, con
la ayuda de Dios y de vuestras oraciones, nos esforzaremos, en la medida en que nos lo
permita la luz del Espíritu Santo, por avivar la chispa del amor divino escondida en vuestro
interior.
Digamos, en primer lugar, que Dios nos ha dado previamente la fuerza necesaria para
cumplir todos los mandamientos que él nos ha impuesto, de manera que no hemos de
apenarnos como si se nos exigiese algo extraordinario, ni hemos de enorgullecernos como
si devolviésemos a cambio más de lo que se nos ha dado. Si usamos recta y
adecuadamente de estas energías que se nos han otorgado, entonces llevaremos con
amor una vida llena de virtudes; en cambio, si no las usamos debidamente, habremos
viciado su finalidad.
En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad
de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien; por el contrario, la
virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en usar de esas facultades con recta
conciencia, de acuerdo con los designios del Señor.
Siendo esto así, lo mismo podemos afirmar de la caridad. Habiendo recibido el mandato
de amar a Dios, tenemos depositada en nosotros, desde nuestro origen, una fuerza que
nos capacita para amar; y ello no necesita demostrarse con argumentos exteriores, ya que
cada cual puede comprobarlo por sí mismo y en sí mismo. En efecto, un impulso natural
nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque no todos coinciden siempre en lo que es bello y
bueno; y, aunque nadie nos lo ha enseñado, amamos a todos los que de algún modo
están vinculados muy de cerca a nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación
espontánea, a aquellos que nos complacen y nos hacen el bien.
Y ahora yo pregunto, ¿qué hay más admirable que la belleza de Dios? ¿Puede pensarse
en algo más dulce y agradable que la magnificencia divina? ¿Puede existir un deseo más
fuerte e impetuoso que el que Dios infunde en el alma limpia de todo pecado y que dice
con sincero afecto: Desfallezco de amor? El resplandor de la belleza divina es algo
absolutamente inefable e inenarrable.
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; * Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
V. Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo.
R. Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Oremos:
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer
tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.