El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 19 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro. (T. P. Aleluya).
Salmo 43
ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES
En todo vencemos fácilmente en aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).
I
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Antífona 2: No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él. (T. P. Aleluya).
II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Antífona 3: Levántate, Señor, no nos rechaces más.
III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
V. El que medita la ley del Señor.
R. Da fruto a su tiempo.
Comienza el libro del Éxodo 1, 1-22
OPRESIÓN DE ISRAEL
Lista de los israelitas que fueron a Egipto con Jacob, cada uno con su familia: Rubén,
Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Benjamín, Dan, Neftalí, Gad, Aser; descendientes
directos de Jacob: setenta personas. José estaba ya en Egipto.
Muerto José y sus hermanos y toda aquella generación, los israelitas crecían y se
propagaban, se multiplicaban y se hacían fuertes en extremo y llenaban todo el país.
Subió luego al trono de Egipto un Faraón nuevo que no había conocido a José, y dijo a su
pueblo:
«Mirad, el pueblo de Israel se está haciendo más numeroso y fuerte que nosotros;
vamos a vencerlo con astucia, pues si no, cuando se declare la guerra, se aliará con el
enemigo, nos atacará y después se marchará de nuestra tierra.»
Así pues, nombraron capataces que los oprimieran con cargas, en la construcción de
las ciudades—granero, Pitom y Ramsés. Pero cuanto más los oprimían, más ellos crecían y
se propagaban, de modo que los egipcios llegaron a temer a los hijos de Israel. Entonces
les impusieron trabajos crueles y les amargaron la vida con dura esclavitud: el trabajo del
barro y de los ladrillos, y toda clase de trabajos del campo.
El rey de Egipto ordenó a las parteras hebreas: «Cuando asistáis a las hebreas y les
llegue el momento, si es niño lo matáis, si es niña la dejáis con vida.»
Pero las parteras temían a Dios y no hicieron lo que les mandaba el rey de Egipto, sino
que dejaban con vida a los recién nacidos. El rey de Egipto llamó a las parteras y las
interrogó: «¿Por qué hacéis eso y dejáis con vida a las criaturas?»
Contestaron al Faraón: «Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias, sino
que son robustas y dan a luz antes de que lleguemos a ellas.»
Dios premió a las parteras: el pueblo crecía y se hacía fuerte, y a ellas también les dio
familia, porque temían a Dios. Entonces ordenó el Faraón a toda su gente: «Cuando nazca
un niño echadlo al Nilo, pero si es niña dejadla con vida.»
R. Dijo Dios a Abraham: «Has de saber que tu descendencia vivirá como forastera en
tierra ajena, y tendrá que servir y sufrir opresión durante cuatrocientos años. * Y yo
juzgaré al pueblo a quien han de servir.»
V. Yo soy el Señor, tu salvador y redentor.
R. Y yo juzgaré al pueblo a quien han de servir.
De los sermones de san León Magno, papa
(Sermón 6 sobre la Cuaresma, 1-2: PL 54, 285-287)
PURIFICACIÓN ESPIRITUAL POR EL AYUNO Y LA MISERICORDIA
Siempre, hermanos, la misericordia del Señor llena la tierra, y la misma creación
natural es, para cada fiel, verdadero adoctrinamiento que lo lleva a la adoración de Dios,
ya que el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos hay manifiestan la bondad y
omnipotencia de su autor, y la admirable belleza de todos los elementos que le sirven está
pidiendo a la criatura inteligente una acción de gracias.
Pero cuando se avecinan estos días, consagrados más especialmente a los misterios de
la redención de la humanidad, estos días que preceden a la fiesta pascual, se nos exige,
con más urgencia, una preparación y una purificación del espíritu.
Porque es propio de la festividad pascual que toda la Iglesia goce del perdón de los
pecados, no sólo aquellos que nacen en el sagrado bautismo, sino también aquellos que,
desde hace tiempo, se cuentan ya en el número de los hijos adoptivos.
Pues si bien los hombres renacen a la vida nueva principalmente por el bautismo,
como a todos nos es necesario renovarnos cada día de las manchas de nuestra condición
pecadora, y no hay nadie que no tenga que ser cada vez mejor en la escala de la
perfección, debemos esforzarnos para que nadie se encuentre bajo el efecto de los viejos
vicios el día de la redención.
Por ello, en estos días, hay que poner especial solicitud y devoción en cumplir aquellas
cosas que los cristianos deben realizar en todo tiempo; así viviremos, en santos ayunos,
esta Cuaresma de institución apostólica, y precisamente no sólo por el uso menguado de
los alimentos, sino sobre todo ayunando de nuestros vicios.
Y no hay cosa más útil que unir los ayunos santos y razonables con la limosna, que,
bajo la única denominación de misericordia, contiene muchas y laudables acciones de
piedad, de modo que, aun en medio de situaciones de fortuna desiguales, puedan ser
iguales las disposiciones de ánimo de todos los fieles.
Porque el amor, que debemos tanto a Dios como a los hombres, no se ve nunca
impedido hasta tal punto que no pueda querer lo que es bueno. Pues, de acuerdo con lo
que cantaron los ángeles: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que
ama el Señor, el que se compadece caritativamente de quienes sufren cualquier calamidad
es bienaventurado no sólo en virtud de su benevolencia, sino por el bien de la paz.
Las realizaciones del amor pueden ser muy diversas y, así, en razón de esta misma
diversidad, todos los buenos cristianos pueden ejercitarse en ellas, no sólo los ricos y
pudientes, sino incluso los de posición media y aun los pobres; de este modo, quienes son
desiguales por su capacidad de hacer limosna son semejantes en el amor y afecto con que
la hacen.
R. El tiempo del ayuno nos ha abierto las puertas del paraíso, recibámoslo con buena
voluntad y seamos constantes en la oración, * para que en el día de la resurrección nos
gloriemos con el Señor.
V. Acreditémonos siempre en todo como verdaderos servidores de Dios.
R. Para que en el día de la resurrección nos gloriemos con el Señor.
Oremos:
Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro
trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin. Por
nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.