El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 7 de octubre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Antífona 1: La misericordia y fidelidad te preceden, Señor. (T. P. Aleluya).
Salmo 88, 2-38
LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR SOBRE LA CASA DE DAVID
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús (Hech 13, 22-23).
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad".
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
"te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades".
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
Antífona 2: El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David. (T. P. Aleluya).
II
Un día hablaste en visión a tus amigos:
"He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
Él me invocará: "Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora";
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo".
Antífona 3: Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo». (T. P. Aleluya).
III
"Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
"Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo".
Del libro de Ben Sirá 3, 19-4, 11
HUMILDAD Y SOBERBIA
Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre
generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios;
porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No
pretendas lo que te sobrepasa ni escudriñes lo que se te esconde; atiende a lo que te han
encomendado, pues no te importa lo profundo y escondido; no te preocupes por lo que te
excede, aunque te enseñen cosas que te desbordan, ¡son tan numerosas las opiniones de
los hombres, y sus locas fantasías los extravían!
El terco saldrá malparado, el que ama lo bueno lo conseguirá; el terco se acarrea
desgracias, el cobarde añade pecado a pecado. Donde faltan los ojos, falta la luz, donde
falta inteligencia, no hay sabiduría. No corras a curar la herida de cínico, pues no tiene
cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento
a la sabiduría se alegrará.
El agua apaga el fuego ardiente y la limosna expía el pecado. Al bienhechor lo
recuerdan más tarde, cuando resbale encontrará apoyo. Hijo mío, no te burles de la vida
del afligido, no deprimas al que sufre amargamente; no le gruñas al necesitado ni te
cierres al ánimo abatido; no exasperes al que se siente abatido ni aflijas al pobre que
acude a ti, ni niegues limosna al indigente; no rechaces la súplica del pobre, no le des
ocasión de maldecirte: si en la amargura de su dolor clama contra ti, su Hacedor
escuchará su clamor.
Hazte simpático a la asamblea, inclina la cabeza al que manda; haz caso del pobre y
responde a su saludo con llaneza; libra al oprimido del opresor y no te repugne hacer
justicia. Sé padre para los huérfanos y marido para las viudas, y Dios te llamará hijo y su
favor te librará de la desgracia.
R. El sabio aprecia las sentencias de los sabios, * el oído atento a la sabiduría se alegrará.
V. El corazón sabio y prudente se guardará de pecar, por las obras buenas prosperará.
R. El oído atento a la sabiduría se alegrará.
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Tralianos
(Caps. 8,1-9, 2; 11, 1-13, 3: Funk 1, 209-211)
CONVERTÍOS EN CRIATURAS NUEVAS POR MEDIO DE LA FE, QUE ES COMO LA CARNE DEL SEÑOR, Y POR MEDIO DE LA CARIDAD, QUE ES COMO SU SANGRE
Revestíos de mansedumbre y convertíos en criaturas nuevas por medio de la fe, que es
como la carne del Señor, y por medio de la caridad, que es como su sangre. Que ninguno
de vosotros tenga nada contra su hermano. No deis pretexto con ello a los paganos, no
sea que, ante la conducta insensata de algunos de vosotros, los gentiles blasfemen de la
comunidad que ha sido congregada por el mismo Dios, porque ¡ay de aquel por cuya
ligereza ultrajan mi nombre!
Tapaos, pues, los oídos cuando oigáis hablar de cualquier cosa que no tenga como
fundamento a Cristo Jesús, descendiente del linaje de David, hijo de María, que nació
verdaderamente, que comió y bebió como hombre, que fue perseguido verdaderamente
bajo Poncio Pilato y verdaderamente también fue crucificado y murió, en presencia de los
moradores del cielo, de la tierra y del abismo y que resucitó verdaderamente de entre los
muertos por el poder del Padre. Este mismo Dios Padre nos resucitará también a nosotros,
que amamos a Jesucristo, a semejanza del mismo Jesucristo, sin el cual no tenemos la
vida verdadera.
Huid de los malos retoños: llevan un fruto mortífero y, si alguien gusta de él, muere al
momento. Estos retoños no son plantación del Padre. Si lo fueran, aparecerían como
ramas de la cruz y su fruto sería incorruptible; por esta cruz, Cristo os invita, como
miembros suyos que sois, a participar en su pasión. La cabeza, en efecto, no puede nacer
separada de los miembros, y Dios, que es la unidad, promete darnos parte en su misma
unidad.
Os saludo desde Esmirna, juntamente con las Iglesias de Asia, que están aquí conmigo
y que me han confortado, tanto en la carne como en el espíritu. Mis cadenas, que llevo
por doquier a causa de Cristo, mientras no ceso de orar para ser digno de Dios, ellas
mismas os exhortan: perseverad en la concordia y en la oración de unos por otros.
Conviene que cada uno de vosotros, y en particular los presbíteros, reconfortéis al obispo,
honrando así a Dios Padre, a Jesucristo y a los apóstoles.
Deseo que escuchéis con amor mis palabras, no sea que esta carta se convierta en
testimonio contra vosotros. No dejéis de orar por mí, pues necesito de vuestro amor ante
la misericordia de Dios, para ser digno de alcanzar aquella herencia a la que ya me acerco,
no sea caso que me consideren indigno de ella.
Os saluda la caridad de los esmirniotas y de los efesios. Acordaos en vuestras oraciones
de la Iglesia de Siria, de la que no soy digno de llamarme miembro, porque soy el último
de toda la comunidad. Os doy mi adiós en Jesucristo a todos vosotros, los que estáis
sumisos a vuestro obispo, según el querer de Dios; someteos también, de manera
semejante, al colegio de los presbíteros. Y amaos todos, unos a otros, con un corazón
unánime.
Mi espíritu se ofrece como víctima por todos vosotros, y no sólo ahora, sino que se
ofrecerá también cuando llegue a la presencia de Dios. Aún estoy expuesto al peligro,
pero el Padre es fiel y cumplirá, en Cristo Jesús, mi deseo y el vuestro. Deseo que también
vosotros seáis hallados en él sin defecto ni pecado.
R. Dios os convocó por medio del Evangelio para daros la posesión de la gloria de nuestro
Señor Jesucristo. * Así pues, manteneos firmes y guardad las enseñanzas que
aprendisteis.
V. El Señor odia toda abominación, y también es ésta odiosa para los que lo temen a él.
R. Así pues, manteneos firmes y guardad las enseñanzas que aprendisteis.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que con la magnificencia de tu amor sobrepasas los
méritos y aun los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia,
para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no
nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.