El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 12 de abril de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Yo soy el que soy, y no sigo el consejo de los impíos, sino que mi gozo es la ley del Señor. Aleluya.
Salmo 1
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.
Antífona 2: Lo he pedido a mi Padre, y me ha dado en herencia las naciones. Aleluya.
Salmo 2
¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
"Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo".
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
"yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo".
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho:
"Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza".
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!
Antífona 3: Yo me acosté, dormí y desperté, porque el Señor me sostuvo. Aleluya.
Salmo 3
Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
"ya no lo protege Dios".
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.
De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.
V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
R. Al ver al Señor. Aleluya.
De la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-17
LA VIDA NUEVA EN CRISTO
Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está
Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las
de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando
aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.
Por tanto, mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones,
malos deseos y la codicia, que es una idolatría, todo lo cual atrae la cólera de Dios sobre
los rebeldes, y que también vosotros practicasteis en otro tiempo, cuando vivíais entre
ellas. Mas ahora, desechad también vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia
y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No os mintáis unos a otros.
Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va
renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador,
donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre,
sino que Cristo es todo y en todos.
Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia,
de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y
perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó,
perdonaos también vosotros.
Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que
la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un
solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su
riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos
inspirados.
Todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús,
dando gracias por su medio a Dios Padre.
R. Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a
la diestra de Dios. * Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra.
V. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios.
R. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra.
De los sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 8, en la Octava de Pascua, 1, 4: PL 46, 838. 841)
LA NUEVA CREACIÓN EN CRISTO
Me dirijo a vosotros, niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia,
gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada, de
nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y corona, todos los que perseveráis
firmes en el Señor.
Me dirijo a vosotros con las palabras del Apóstol: Vestíos del Señor Jesucristo, y que el
cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos, para que os revistáis de la vida
que se os ha comunicado en el sacramento. Los que os habéis incorporado a Cristo por el
bautismo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles,
esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús.
En esto consiste la fuerza del sacramento: en que es sacramento de la vida nueva; que
empieza ahora con la remisión de todos los pecados pasados y que llegará a su plenitud
con la resurrección de los muertos. Por el bautismo fuisteis sepultados con él en la
muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también andéis
vosotros en una vida nueva. Pues ahora, mientras vivís en vuestro cuerpo mortal,
desterrados lejos del Señor, camináis por la fe; pero tenéis un camino seguro que es Cristo
Jesús en cuanto hombre, el cual es al mismo tiempo el término al que tendéis, quien pornosotros ha querido hacerse hombre. Él ha reservado una inmensa dulzura para los que le
temen y la manifestará y dará con toda plenitud a los que esperan en él, una vez que
hayamos recibido la realidad de lo que ahora poseemos sólo en esperanza.
Hoy se cumplen los ocho días de vuestro renacimiento: y hoy se completa en vosotros
el sello de la fe, que entre los antiguos padres se llevaba a cabo en la circuncisión de la
carne a los ocho días del nacimiento carnal.
Por eso mismo, el Señor al despojarse con su resurrección de la carne mortal y hacer
surgir un cuerpo, no ciertamente distinto, pero sí inmortal, consagró con su resurrección el
Domingo, que es el tercer día después de su pasión y el octavo contando a partir del
Sábado; y, al mismo tiempo, el primero.
Por esto también vosotros, ya que habéis resucitado con Cristo —aunque todavía no de
hecho, pero sí ya con esperanza cierta, porque habéis recibido el sacramento de ello y las
arras del Espíritu—, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha
de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y
vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra,
entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.
R. Habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios; * cuando se manifieste
Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él, revestidos de gloria.
Aleluya.
V. Considerad que estáis muertos al pecado, pero que vivís para Dios en unión con Cristo
Jesús.
R. Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros
con él, revestidos de gloria. Aleluya.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las
fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos
mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha
hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
En la despedida se dice:
Podéis ir en paz, aleluya, aleluya.
R/. Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.