El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 16 de junio de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios soberano.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»
No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.
Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»
Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.
Antífona 1: Se levanta Dios, y huyen de su presencia los que lo odian. (T. P. Aleluya).
Salmo 67
ENTRADA TRIUNFAL DEL SEÑOR
Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres (Ef 4, 8).
Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad en su honor,
alfombrad el camino del que avanza por el desierto;
su nombre es el Señor:
alegraos en su presencia.
Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece;
sólo los rebeldes
se quedan en la tierra abrasada.
Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo
y avanzabas por el desierto,
la tierra tembló, el cielo destiló
ante Dios, el Dios del Sinaí;
ante Dios, el Dios de Israel.
Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.
Antífona 2: Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. (T. P. Aleluya).
II
El Señor pronuncia un oráculo,
millares pregonan la alegre noticia:
"los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo;
las mujeres reparten el botín.
Mientras reposabais en los apriscos,
las palomas batieron sus alas de plata,
el oro destellaba en sus plumas.
Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,
la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío".
Las montañas de Basán son altísimas,
las montañas de Basán son escarpadas;
¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,
del monte escogido por Dios para habitar,
morada perpetua del Señor?
Los carros de Dios son miles y miles:
Dios marcha del Sinaí al santuario.
Subiste a la cumbre llevando cautivos,
te dieron tributo de hombres:
incluso los que se resistían
a que el Señor Dios tuviera una morada.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,
los cráneos de los malvados contumaces.
Dice el Señor: "Los traeré desde Basán,
los traeré desde el fondo del mar;
teñirás tus pies en la sangre del enemigo
y los perros la lamerán con sus lenguas".
Antífona 3: Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor. (T. P. Aleluya).
III
Aparece tu cortejo, oh Dios,
el cortejo de mi Dios, de mi Rey,
hacia el santuario.
Al frente, marchan los cantores;
los últimos, los tocadores de arpa;
en medio, las muchachas van tocando panderos.
"En el bullicio de la fiesta, bendecid a Dios,
al Señor, estirpe de Israel".
Va delante Benjamín, el más pequeño;
los príncipes de Judá con sus tropeles;
los príncipes de Zabulón,
los príncipes de Neftalí.
Oh Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo.
Reprime a la fiera del cañaveral,
al tropel de los toros,
a los novillos de los pueblos.
Que se te rindan con lingotes de plata:
dispersa las naciones belicosas.
Lleguen los magnates de Egipto,
Etiopía extienda sus manos a Dios.
Reyes de la tierra, cantad a Dios,
tocad para el Señor,
que avanza por los cielos,
los cielos antiquísimos,
que lanza su voz, su voz poderosa:
"reconoced el poder de Dios".
Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
Desde el santuario, Dios impone reverencia:
es el Dios de Israel
quien da fuerza y poder a su pueblo.
¡Dios sea bendito!
Del libro de Esdras 4. 1-5. 24-5, 5
OPOSICIÓN A LA RECONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO
En aquellos días, cuando los rivales de Judá y Benjamín se enteraron de que los
desterrados estaban construyendo el templo del Señor, Dios de Israel, se presentaron a
Zorobabel, a Josué y a los cabezas de familia, y les dijeron:
«Vamos a ayudaros, porque también nosotros servimos a vuestro Dios, igual que
vosotros, y le ofrecemos sacrificios desde que Asaradón de Asiria nos instaló aquí.»
Zorobabel, Josué y los demás cabezas de familia les respondieron:
«No edificaremos juntos el templo de nuestro Dios. Lo haremos nosotros solos, como
ha mandado Ciro de Persia.»
Entonces, los colonos extranjeros se dedicaron a desmoralizar a los judíos y a
intimidarlos para que dejasen de construir. Desde tiempos de Ciro hasta el reinado de
Darío de Persia, estuvieron sobornando consejeros que hiciesen fracasar sus planes. S e
suspendieron, pues, las obras del templo de Jerusalén y estuvieron paradas hasta el año
segundo del reinado de Darío de Persia.
Entonces, el profeta Ageo y el profeta Zacarías, hijo de Idó, comenzaron a profetizar a
los judíos de Judá y Jerusalén como legados en nombre del Dios de Israel. Zorobabel, hijo
de Salatiel, y Josué, hijo de Josadac, se pusieron a reconstruir el templo de Jerusalén,
acompañados y alentados por los profetas de Dios. Pero Tatenay, sátrapa de
Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas se acercaron, y les dijeron:
«¿Quién os ha ordenado construir este templo y armar ese maderamen? ¿Cómo se
llaman los hombres que han mandado construir este edificio?»
Pero Dios velaba por las autoridades de Judá y les permitieron seguir las obras mientras
no llegase un decreto de Darío y les entregasen el escrito.
R. Señor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob. * Restáuranos,
Dios Salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros.
V. Has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados.
R. Restáuranos, Dios Salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros.
Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre el Padrenuestro
(Caps. 11-12: CSEL 3, 274-275)
SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su
condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos
ponemos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos
nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se
hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese
permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues
llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca
en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.
Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que
se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del
Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de
pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo
honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo el
Apóstol dice en una de sus cartas: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado
pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!
A continuación, añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios
pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios
que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser
santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos,
porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados
en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día.
Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos,
y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.
El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna
concedernos, cuando dice: Los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos,
ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios.
Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de
nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido
consagrados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.
Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta consagración o santificación y
-acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado
y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor-no
dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos
viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.
R. Mostraré la santidad de mi nombre ilustre; derramaré sobre vosotros un agua pura, os
daré un corazón nuevo y os infundiré mi Espíritu; * para que caminéis según mis
preceptos y guardéis y cumpláis mis mandatos.
V. Sed santos, porque yo soy santo.
R. Para que caminéis según mis preceptos y guardéis y cumpláis mis mandatos.
Oremos:
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el
hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus
mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.