El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 19 de agosto de 2026. Otras celebraciones del día: SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Pues busco, debo encontrar;
pues llamo, débenme abrir;
pues pido, me deben dar;
pues amo, débeme amar
aquel que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Pasa? No lejos irá.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.
Es poderoso, mas no
podrá mi amor esquivar;
invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes,
y consuélate en tu mal
pensando con fe total:
¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.
Antífona 1: Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. (T. P. Aleluya).
Salmo 102
¡BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR!
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).
I
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila
se renueva tu juventud.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.
Antífona 2: Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. (T. P. Aleluya).
II
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen
nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre
siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Los días del hombre
duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.
Antífona 3: Bendecid al Señor, todas sus obras. (T. P. Aleluya).
III
Pero la misericordia del Señor
dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Del libro del Qohelet 5, 9-6, 8
VANIDAD DE LAS RIQUEZAS
Quien ama el dinero no se harta de él, y para quien ama las riquezas no bastan
ganancias. También esto es vanidad. A muchos bienes, muchos parásitos; y ¿de qué más
sirven a su dueño que para verlos con sus ojos? Dulce el sueño del obrero, coma poco o
coma mucho; pero al rico la hartura no le deja dormir.
Hay un grave mal que yo he visto bajo el sol: riqueza guardada para su dueño, y que
sólo sirve para su mal, pues las riquezas perecen en un mal negocio y, si engendra un
hijo, nada queda ya en su mano.
Como salió del vientre de su madre, desnudo volverá el hombre, como ha venido; y
nada podrá sacar de sus fatigas que pueda llevar consigo. También esto es grave mal: que
tal como vino se vaya; y ¿de qué le vale el fatigarse para el viento? Todos los días come
en oscuridad, y los pasa en la pena y el fastidio, en la enfermedad y el enojo.
Esto he experimentado: lo mejor para el hombre es comer, beber y pasarlo bien con el
fruto de su trabajo con que se afana bajo el sol, en los contados días de su vida que Dios
le da; porque es su parte. Y además: cuando a cualquier hombre Dios da riquezas y
hacienda y le permite disfrutar de ellas, tomar su paga y holgarse en medio de sus fatigas,
esto es un don de Dios. Porque así no tiene que pensar mucho en los días de su vida,
mientras Dios le llena de alegría el corazón.
Hay otro mal que observo bajo el sol, y que pesa sobre el hombre. Un hombre a quien
Dios da riquezas, tesoros y honores; nada le falta de lo que desea, pero Dios no le
concede disfrutar de ello, porque un extraño lo disfruta. Esto es vanidad y gran desgracia.
Si alguno que tiene cien hijos y vive muchos años y, por muchos que sean sus años, no
se sacia su alma de felicidad y ni siquiera halla sepultura, entonces yo digo: «Más feliz es
un aborto, pues, en la oscuridad vino y en la oscuridad se va; mientras su nombre queda
oculto en las tinieblas. No ha visto el sol, no lo ha conocido, y ha tenido más descanso que
el otro. Y aunque hubiera vivido por dos veces mil años, pero sin gustar la felicidad, ¿no
caminan acaso todos al mismo lugar?
Todo el mundo se fatiga para comer y, a pesar de todo, nunca se harta. ¿En qué supera
el sabio al necio? ¿En qué al pobre que sabe vivir su vida?
R. Aleja de mí la falsedad y la mentira; *no me des riqueza ni pobreza, concédeme tan
sólo el alimento necesario.
V. Yo confío en ti, Señor, en tu mano está mi destino.
R. No me des riqueza ni pobreza, concédeme tan sólo el alimento necesario.
De los sermones de san Agustín, obispo
(Sermón Caillau-Sant-Yves 2, 92: PLS 2, 441-552)
EL QUE PERSEVERE HASTA EL FINAL SE SALVARÁ
Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de
advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos
garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de
tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará. Pues,
¿qué bienes ha tenido esta nuestra vida, ya desde el primer hombre, que nos mereció la
muerte y la maldición, de la que sólo Cristo, nuestro Señor, pudo librarnos?
No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos —son
palabras del Apóstol—, y perecieron víctimas de las serpientes. ¿O es que ahora tenemos
que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros
antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las
suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen
que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera
situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que
esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos.
Una vez que has sido rescatado de la maldición, y has creído en Cristo, y estás
empapado en las sagradas Escrituras, o por lo menos tienes algún conocimiento de ellas,
creo que no tienes motivo para decir que fueron buenos los tiempos de Adán. También tus
padres tuvieron que sufrir las consecuencias de Adán. Porque Adán es aquel a quien se
dijo: Con sudor de tu frente comerás el pan, y labrarás la tierra, de donde te sacaron;
brotará para ti cardos y espinas. Éste es el merecido castigo que el justo juicio de Dios le
fulminó. ¿Por qué, pues, has de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que los
actuales? Desde el primer Adán hasta el Adán de hoy, ésta es la perspectiva humana:
trabajo y sudor, espinas y cardos. ¿Se ha desencadenado sobre nosotros algún diluvio?
¿Hemos tenido aquellos difíciles tiempos de hambre y de guerras? Precisamente nos los
refiere la historia para que nos abstengamos de protestar contra Dios en los tiempos
actuales.
¡Qué tiempos tan terribles fueron aquéllos! ¿No nos hace temblar el solo hecho de
escucharlos o leerlos? Así es que tenemos más motivos para alegrarnos de vivir en este
tiempo que para quejarnos de él.
R. Señor, padre y dueño de mi vida, no permitas que mis ojos sean altaneros, aparta de
mí los malos deseos, * que la sensualidad y la lascivia no se apoderen de mí.
V. No me abandones, Señor, para que no aumenten mis ignorancias ni se multipliquen mis
pecados.
R. Que la sensualidad y la lascivia no se apoderen de mí.
Oremos:
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en
nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas consigamos
alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.