El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 18 de marzo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN CIRILO DE JERUSALÉN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. (T. P. Aleluya).
Salmo 102
¡BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR!
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto (Lc 1, 78).
I
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila
se renueva tu juventud.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.
Antífona 2: Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. (T. P. Aleluya).
II
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen
nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre
siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Los días del hombre
duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.
Antífona 3: Bendecid al Señor, todas sus obras. (T. P. Aleluya).
III
Pero la misericordia del Señor
dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
V. Convertíos y haced penitencia.
R. Haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo.
Del libro del Levítico 26, 3-17. 38-45a
BENDICIONES Y MALDICIONES
En aquellos días, el Señor habló a Moisés: «Si seguís mis leyes y cumplís mis preceptos
poniéndolos por obra, yo os mandaré la lluvia a su tiempo: la tierra dará sus cosechas y
los árboles sus frutos. La trilla alcanzará a la vendimia y la vendimia a la sementera.
Comeréis hasta saciaros y habitaréis tranquilos en vuestra tierra. Pondré paz en el país y
dormiréis sin alarmas. Acabaré con las fieras y la espada no cruzará vuestro país.
Perseguiréis a vuestros enemigos, que caerán ante vosotros a filo de espada. Cinco de
vosotros pondrán en fuga a cien, y cien de vosotros a diez mil. Vuestros enemigos caerán
ante vosotros a filo de espada.
Me volveré hacia vosotros, os acrecentaré y multiplicaré, y mantendré mi alianza con
vosotros. Comeréis de cosechas almacenadas y sacaréis lo almacenado para hacer sitio a
lo nuevo. Pondré mi morada entre vosotros y no os rechazaré. Caminaré entre vosotros y
seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Yo soy el Señor, vuestro Dios, que os saqué
de Egipto, de la esclavitud, rompí las coyundas de vuestro yugo, os hice caminar erguidos.
Pero si no me obedecéis y no ponéis por obra todos estos preceptos, si rechazáis mis
leyes y aborrecéis mis mandatos, no poniendo por obra todos mis preceptos y rompiendo
mi alianza, entonces yo os trataré así: enviaré contra vosotros el espanto, la tisis y la
fiebre, que nublan los ojos y consumen la vida; sembraréis en balde, pues vuestros
enemigos se comerán la cosecha; me enfrentaré con vosotros y sucumbiréis ante vuestros
enemigos; vuestros contrarios os someterán y huiréis sin que nadie os persiga.
Pereceréis en medio de los pueblos. El país enemigo os devorará. Los que sobrevivan
de vosotros se pudrirán en país enemigo por su culpa y la de sus padres. Confesarán su
culpa y la de sus padres: de haberme sido infieles y haber procedido obstinadamente
contra mí; por lo que también yo procedí obstinadamente contra ellos, y los llevé a país
enemigo, para ver si se doblegaba su corazón incircunciso y expiaban su culpa.
Entonces yo recordaré mi pacto con Jacob, mi pacto con Isaac, mi pacto con Abraham:
me acordaré de la tierra. Pero ellos tendrán que abandonar la tierra, y así ella disfrutará
de sus sábados, mientras queda desolada en su ausencia. Expiarán la culpa de haber
rechazado mis mandatos y haber detestado mis leyes. Pero aun con todo esto, cuando
estén en país enemigo, no los rechazaré ni los detestaré hasta el punto de exterminarlos y
de romper mi alianza con ellos. Porque yo soy el Señor, su Dios. Recordaré en favor de
ellos la alianza con los antepasados, a quienes saqué de Egipto, a la vista de los pueblos,
para ser su Dios. Yo soy el Señor.»
R. El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. * Los
ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos.
V. Mira, llego en seguida y traigo conmigo mi salario; yo daré a cada uno según sus obras.
R. Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos.
De las cartas de san Máximo Confesor, abad
(Carta II: PG 91, 454-455)
LA MISERICORDIA DE DIOS PARA CON LOS PENITENTES
Quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina, cuantos desde el
comienzo hasta nosotros trataron de explicar, en sus respectivos tiempos, la voluntad
salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios
como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él.
Y, para manifestarlo de una manera más propia de Dios que todas las otras cosas, la
Palabra divina de Dios Padre, el primero y único reflejo insigne de la bondad infinita, sin
que haya palabras que puedan explicar su humillación y descenso hasta nuestra realidad,
se dignó, mediante su encarnación, convivir con nosotros; y llevó a cabo, padeció y habló
todo aquello que parecía conveniente para reconciliarnos con Dios Padre, a nosotros, que
éramos sus enemigos; de forma que, extraños como éramos a la vida eterna, de nuevo
nos viéramos llamados a ella.
Pues no sólo sanó nuestras enfermedades con la fuerza de los milagros, sino que,
habiendo aceptado las debilidades de nuestras pasiones y el suplicio de la muerte —como
si él mismo fuera culpable, siendo así que se hallaba inmune de toda culpa—, nos liberó,
mediante el pago de nuestra deuda, de muchos y tremendos delitos y, en fin, nos
aconsejó, con múltiples enseñanzas, que nos hiciéramos semejantes a él, imitándolo con
una condescendiente benignidad y una caridad más perfecta hacia los demás.
Por ello clamaba: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se
conviertan. Y también: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Por
ello añadió que había venido a buscar la oveja que se había perdido, y que, precisamente,
había sido enviado a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel. Y, aunque no con
tanta claridad, dio a entender lo mismo con la parábola de la dracma perdida: que había
venido para restablecer en el hombre la imagen divina empañada con la fealdad de los
vicios. Y acaba: Os digo que habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se
convierta.
Así también, alivió con vino, aceite y vendas al que había caído en manos de ladrones
y, desprovisto de toda vestidura, había sido abandonado medio muerto a causa de los
malos tratos; después de subirlo sobre su cabalgadura, lo dejó en el mesón para que lo
cuidaran, y, si bien dejó lo que parecía suficiente para su cuidado, prometió pagar a su
vuelta lo que hubiera quedado pendiente.
Consideró que era un padre excelente aquel hombre que esperaba el regreso de su
hijo pródigo, al que abrazó porque volvía con disposición de penitencia, y al que agasajó
con amor paterno, sin pensar en reprocharle nada de todo lo que antes había cometido.
Por la misma razón, después de haber encontrado la ovejilla alejada de las cien ovejas
divinas, que erraba por montes y collados, no volvió a conducirla al redil con empujones y
amenazas, ni de malas maneras, sino que, lleno de misericordia, la puso sobre sus
hombros y la volvió, incólume, junto a las otras.
Por ello dijo también: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os
aliviaré. Y también: Cargad con mi yugo; es decir, llama «yugo» a los mandamientos, o
sea, a la vida de acuerdo con el Evangelio; y llama «carga» a la penitencia, que puede
parecer a veces algo más pesado y molesto: Porque mi yugo es llevadero —dice— y mi
carga ligera.
Y de nuevo, al enseñarnos la justicia y la bondad divina, manda y dice: Sed santos,
perfectos, compasivos, como lo es vuestro Padre. Y también: Perdonad, y seréis
perdonados. Y: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.
R. Me angustiaría, Señor, si no conociera tu misericordia; tú dijiste: «No me complazco en
la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta y viva»; * tú llamaste al
arrepentimiento a la mujer cananea y al publicano.
V. Cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia.
R. Tú llamaste al arrepentimiento a la mujer cananea y al publicano.
Oremos:
Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos y a los pecadores
que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la
humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.