Oficio de Lectura - JUEVES XXV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 24 de septiembre de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

Antífona 1: La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen. (T. P. Aleluya).

Salmo 17, 31-51

EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31)

IV

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto.
Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.

Antífona 2: Tu diestra, Señor, me sostuvo. (T. P. Aleluya).

V

Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;
yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.
Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.

Antífona 3: Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador. (T. P. Aleluya).

VI

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de Tobías 6, 1-22

VIAJE DE TOBÍAS CON EL ÁNGEL

Cuando salieron el muchacho y el ángel, el perro se fue con ellos. Caminaron hasta que
se les hizo de noche, y acamparon junto al río Tigris. El muchacho bajó hasta el río a
lavarse los pies, y un pez enorme saltó del río intentando arrancarle un pie; Tobías dio un
grito, y el ángel le dijo:
«¡Cógelo, no lo sueltes!»
Tobías sujetó al pez y lo sacó a tierra. Entonces, el ángel le dijo:
«Ábrelo, quítale la hiel, el corazón y el hígado, y guárdalos, porque sirven como
remedios; los intestinos, tíralos.»
El chico abrió el pez y juntó la hiel, el corazón y el hígado; luego, asó un trozo del pez,
lo comió y saló el resto. Siguieron su camino juntos hasta llegar a Media. Entonces, Tobías
preguntó al ángel:
«Amigo Azarías, ¿qué remedios se sacan del corazón, el hígado y la hiel del pez?»
El ángel respondió:
«Si a un hombre o a una mujer le dan ataques de un demonio o un espíritu malo, se
queman allí delante el corazón y el hígado del pez, y ya no le vuelven los ataques. Y, si
uno tiene manchas blancas en los ojos, se le unta con la hiel; luego, se sopla, y queda
curado.»
Habían entrado ya en Media, y estaban cerca de Ecbatana, cuando Rafael dijo al chico:
«Amigo Tobías.»
Él respondió:
«¿Qué?»
Rafael dijo:
«Hoy vamos a hacer noche en casa de Ragüel. Es pariente tuyo, y tiene una hija
llamada Sara. Es hija única. Tú eres el pariente con más derecho a casarse con ella y a
heredar los bienes de su padre. La muchacha es formal, decidida y muy hermosa, y su
padre es de buena posición.»
Luego, siguió:
«Tú tienes derecho a casarte con ella. Escucha, amigo. Esta misma noche hablaré al
padre acerca de la muchacha, para que te la reserve como prometida. Y, cuando volvamos
de Ragués, hacemos la boda. Estoy seguro de que Ragüel no va a poner obstáculos ni la
va a casar con otro, pues se expondría a la pena de muerte, según la ley de Moisés,
sabiendo como sabe que su hija te pertenece a ti antes que a cualquier otro. De manera
que escucha, amigo. Esta misma noche vamos a tratar acerca de la muchacha y hacemos
la petición de mano. Luego, cuando volvamos de Ragués, la recogemos y la llevamos con
nosotros a tu casa.»
Tobías le dijo:
«Amigo Azarías, he oído que ya se ha casado siete veces, y todos los maridos han
muerto en la alcoba la noche de bodas, cuando se acercaban a ella. He oído decir que los
mataba un demonio; y como el demonio no le hace daño a ella, pero mata al que quiere
acercársele, yo, como soy hijo único, tengo miedo de morirme y de mandar a la sepultura
a mis padres del disgusto que les iba a dar. Y no tienen otro hijo que pueda enterrarlos.»
El ángel le preguntó:

«¿Y no te acuerdas de las recomendaciones que te hizo tu padre, que te casaras con
una de la familia? Mira, escucha, amigo, no te preocupes por ese demonio; tú, cásate con
ella; sé que esta misma noche te la darán como esposa. Y, cuando vayas a entrar en la
alcoba, coge un poco del hígado y del corazón del pez. y échalo en el brasero del incienso.
Al esparcirse el olor, en cuanto el demonio lo huela, escapará y ya no volverá a aparecer
cerca de ella. Cuando vayas a unirte a ella, levantaos antes los dos y haced oración,
pidiendo al Señor del cielo que os conceda su misericordia y que os proteja. No temas;
que ella te está destinada desde la eternidad; tú la salvarás, ella irá contigo, y pienso que
te dará hijos muy queridos. No te preocupes.»
Al oír Tobías lo que iba diciendo Rafael, y que Sara era pariente suya, de la familia de
su padre, le tomó cariño y se enamoró de ella.

Responsorio Tb 4, 6; 13, 12

R. Acuérdate del Señor toda tu vida; * no consientas en pecado ni quebrantes sus
mandamientos.
V. Da gracias al Señor como es debido y bendice al Rey de los siglos.
R. No consientas en pecado ni quebrantes sus mandamientos.

Segunda Lectura

Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores
(Sermón 46, 24-25. 27: CCL 41, 551-553)

APACENTARÉ A MIS OVEJAS EN RICOS PASTIZALES

Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré a su tierra, las
apacentaré en los montes de Israel. Compara a los autores de las sagradas Escrituras con
los montes de Israel. En ellas habéis de apacentaros para pacer con seguridad. Saboread
bien cuanto en ellas oigáis; rechazad cuanto venga de fuera. Para no extraviaros en la
tiniebla, escuchad la voz del pastor. Recogeos en los montes de la sagrada Escritura. En
ella se encuentran las delicias de vuestro corazón, en ella no hay nada venenoso, nada
extraño; son pastos ubérrimos. Lo único que tenéis que hacer, las que estáis sanas, es
acudir a apacentaros en los montes de Israel.
En las cañadas y en los poblados del país. Porque de los montes, de los que hemos
hablado, manaron los ríos de la predicación evangélica, ya que a toda la tierra alcanza su
pregón, y la tierra entera se volvió abundante y fecunda para pasto de las ovejas.
Las apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus dehesas en los montes más altos de
Israel, o sea, donde puedan descansar y decir: "Se está bien," donde digan: "Es verdad,
está claro, no nos han engañado". Descansarán en la gloria de Dios, como si fueran sus
dehesas. Se recostarán, es decir, descansarán, en fértiles dehesas.
Y pastarán pastos jugosos en los montes de Israel. Ya hablé de los montes de Israel, de
los buenos montes a los que levantamos nuestros ojos para que desde ellos descienda
sobre nosotros el auxilio. Pero nuestro auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Por eso, para que nuestra esperanza no se detuviese en los montes, por buenos que
fueran, después de decir: Apacentaré a mis ovejas en los montes de Israel, añadió en
seguida, para que no te quedases en los montes: Yo mismo apacentaré a mis ovejas.
Levanta tus ojos hacia los montes, de donde habrá de venir tu auxilio, pero escúchale
decir: Yo mismo las apacentaré. Porque tu auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la
tierra.
Y concluye así: Y las apacentaré como es debido. Es el único que las apacienta, y que
las apacienta como es debido. ¿Qué hombre puede juzgar debidamente a otro hombre?
No hay por todas partes más que juicios temerarios. Aquel del que desesperábamos

cambia de repente y se convierte en el mejor. Aquel, por el contrario, del que tanto
esperábamos falla súbitamente y se vuelve el peor. Ni nuestro temor ni nuestro amor son
siempre acertados.
Lo que hoy es cada uno, apenas si uno mismo lo sabe. Aunque, en definitiva, puede
llegar a saberlo. Pero, lo que va a ser mañana, ni uno mismo lo sabe. Aquél, en cambio,
apacienta a sus ovejas como es debido, dándoles a cada una lo suyo; esto a éstas, aquello
a aquéllas, pero siempre a cada una lo que es debido, pues sabe lo que hace. Apacienta
como es debido a los que redimió después de haberlos juzgado. Eso es lo que quiere decir
que los apacienta como es debido.

Responsorio Jn 10, 14; Ez 34, 11. 13

R. Yo soy el buen Pastor, * y conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí.
V. Yo mismo buscaré mis ovejas y seguiré sus huellas, y las sacaré de entre los pueblos y
las apacentaré.
R. Y conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí.

Oración

Oremos:

Oh Dios, has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos
cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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