Oficio de Lectura - LUNES XXVI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 28 de septiembre de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.

Salmo 30, 2-17. 20-25

SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

I

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.

Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).

II

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).

III

¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de Judit 5, 1-25

AJIOR, EL AMONITA, INFORMA A HOLOFERNES SOBRE EL PUEBLO DE ISRAEL

En aquellos días, a Holofernes, generalísimo del ejército asirio, le llegó el aviso de que
los israelitas se estaban preparando para la guerra: habían cerrado los puertos de la
sierra, habían fortificado las cumbres de los montes más altos y llenado de obstáculos las
llanuras. Holofernes montó en cólera. Convocó a todos los jefes moabitas, a los generales
amonitas y a todos los gobernadores del litoral, y les habló así:

«Cananeos: decidme qué gente es ésa de la sierra, qué ciudades tienen, con qué
fuerzas cuentan y en qué basan su poder y su fuerza, qué rey les gobierna y manda su
ejército, y por qué no se han dignado venir a mi encuentro, a diferencia de lo que han
hecho todos los pueblos de occidente.»
Ajior, jefe de todos los amonitas, le respondió:
«Escucha, alteza, lo que dice tu siervo. Te diré la verdad sobre ese pueblo que vive en
la sierra, ahí cerca. Tu siervo no mentirá. Esa gente desciende de los caldeos. Al principio,
estuvieron en Mesopotamia, por no querer seguir a los dioses de sus antepasados que
residían en Caldea. Abandonaron la religión de sus padres y adoraron al Dios del cielo, al
que ellos reconocían por Dios; pero los caldeos los expulsaron de la presencia de sus
dioses, y tuvieron que huir a Mesopotamia. Allí residieron mucho tiempo; pero su Dios les
mandó salir de allí y marchar al país de Canaán, donde se establecieron y abundaron en
oro, plata y muchísimo ganado.
Después, bajaron a Egipto a causa de un hambre que se abatió sobre el país de
Canaán, y allí se estuvieron mientras encontraron alimento. Allí crecieron mucho, hasta ser
un pueblo innumerable. Pero el rey de Egipto la emprendió contra ellos y los explotó en el
trabajo de las tejeras, humillándolos y esclavizándolos. Ellos gritaron a su Dios, y él
castigó a todo el país de Egipto con plagas incurables; así, los egipcios los expulsaron de
su presencia. Dios secó ante ellos el mar Rojo y los condujo por el camino del Sinaí y de
Cadés Barnea. Expulsaron a todos los moradores de la estepa, se asentaron en el país
amorreo y exterminaron por la fuerza a todos los de Jesebón. Luego, pasaron el Jordán y
tomaron posesión de toda la sierra, después de expulsar a los cananeos, fereceos,
jebuseos, a los de Siquem y a todos los guirgaseos; y residieron allí mucho tiempo.
Mientras no pecaron contra su Dios, prosperaron, porque estaba con ellos un Dios que
odia la injusticia. Pero, cuando se apartaron del camino que les había señalado, fueron
destrozados con muchas guerras y deportados a un país extranjero; el templo de su Dios
fue arrasado, y sus ciudades conquistadas por el enemigo. Pero ahora se han convertido a
su Dios; han vuelto de la dispersión, han ocupado Jerusalén, donde está su templo, y
repoblado la sierra que había quedado desierta.
Así que, alteza, si esa gente se ha desviado pecando contra su Dios, comprobemos esa
caída y subamos a luchar contra ellos. Pero, si no han pecado, déjalos, no sea que su Dios
y Señor los proteja y quedemos mal ante todo el mundo.»

Responsorio Cf. Jdt 5, 17. 21; Sal 33, 16-17a

R. No hubo quien hiciese daño al pueblo de Israel, sino cuando él se desvió del culto del
Señor, su Dios; mientras no pecaron, prosperaron, * porque estaba con ellos un Dios que
odia la injusticia.
V. Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se
enfrenta con los malhechores.
R. Porque estaba con ellos un Dios que odia la injusticia.

Segunda Lectura

De la carta de san Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
(Caps. 3,1-5,2: Funk 1,269-273)

ARMÉMONOS CON LAS ARMAS DE LA JUSTICIA

No es por propia iniciativa mía, hermanos, que os escribo estas cosas referentes a la
justicia, sino que lo hago porque vosotros mismos me habéis incitado a ello. Porque ni yo
ni persona alguna semejante a mí puede competir con la sabiduría del bienaventurado y
glorioso apóstol Pablo, el cual, viviendo entre vosotros y hablando cara a cara con los

hombres que vivían en aquel entonces en vuestra Iglesia, enseñó con exactitud y con
fuerza la palabra de verdad y, después de su partida, os escribió una carta, que, si
estudiáis con atención, os edificará en aquella fe, madre de todos nosotros, que va
seguida de la esperanza y precedida del amor a Dios, a Cristo y al prójimo. El que
permanece en estas virtudes cumple los mandamientos de la justicia, porque quien posee
la caridad está muy lejos de todo pecado.
La codicia es la raíz de todos los males. Sabiendo, pues, que sin nada vinimos al mundo
y sin nada nos iremos de él, armémonos con las armas de la justicia e instruyámonos
primero a nosotros mismos a caminar según los mandamientos del Señor. Enseñad
también a vuestras esposas a caminar en la fe que les fue dada, en la caridad y en la
castidad; que aprendan a ser fieles y cariñosas con sus maridos, a amar castamente a
todos y a educar a sus hijos en el temor de Dios. Que las viudas sean prudentes en la fe
del Señor y que oren sin cesar por todos, apartándose de toda calumnia, maledicencia,
falso testimonio, amor al dinero, y alejándose de todo mal. Que piensen que ellas son
como altar de Dios y que el Señor lo escudriña todo, pues nada se le oculta de nuestros
pensamientos ni de nuestros sentimientos ni de los secretos más íntimos de nuestro
corazón.
Y, ya que sabemos que con Dios no se juega, nuestro deber es caminar de una manera
digna de sus mandamientos y de su voluntad. De una manera semejante, que los
diáconos sean irreprochables ante la santidad de Dios, como ministros que son del Señor y
de Cristo, no de los hombres: que no sean calumniadores ni dobles en sus palabras ni
amantes del dinero, sino castos en todo, compasivos, caminando conforme a la verdad del
Señor, que quiso ser el servidor de todos. Si le somos agradables en esta vida,
recibiremos, como premio, la vida futura, tal como nos lo ha prometido el Señor al
decirnos que nos resucitará de entre los muertos y que, si nuestra conducta es digna de él
y conservamos la fe, reinaremos también con él.

Responsorio Flp 4, 8. 9

R. Tomad en consideración todo lo que es verdadero y noble, justo y amable, * tened en
cuenta todo lo que es virtud y mérito.
V. Seguid practicando lo que habéis recibido y aprendido, y el Dios de la paz estará con
vosotros.
R. Tened en cuenta todo lo que es virtud y mérito.

Oración

Oremos:

Señor Dios, que manifiestas tu poder de una manera admirable sobre todo cuando
perdonas y ejerces tu misericordia, infunde constantemente tu gracia en nosotros, para
que, tendiendo hacia lo que nos prometes, consigamos los bienes celestiales. Por nuestro
Señor Jesucristo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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