El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 19 de mayo de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras! Amén.
Antífona 1: Se levanta Dios, y huyen de su presencia los que lo odian. (T. P. Aleluya).
Salmo 67
ENTRADA TRIUNFAL DEL SEÑOR
Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres (Ef 4, 8).
Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad en su honor,
alfombrad el camino del que avanza por el desierto;
su nombre es el Señor:
alegraos en su presencia.
Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece;
sólo los rebeldes
se quedan en la tierra abrasada.
Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo
y avanzabas por el desierto,
la tierra tembló, el cielo destiló
ante Dios, el Dios del Sinaí;
ante Dios, el Dios de Israel.
Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.
Antífona 2: Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. (T. P. Aleluya).
II
El Señor pronuncia un oráculo,
millares pregonan la alegre noticia:
"los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo;
las mujeres reparten el botín.
Mientras reposabais en los apriscos,
las palomas batieron sus alas de plata,
el oro destellaba en sus plumas.
Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,
la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío".
Las montañas de Basán son altísimas,
las montañas de Basán son escarpadas;
¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,
del monte escogido por Dios para habitar,
morada perpetua del Señor?
Los carros de Dios son miles y miles:
Dios marcha del Sinaí al santuario.
Subiste a la cumbre llevando cautivos,
te dieron tributo de hombres:
incluso los que se resistían
a que el Señor Dios tuviera una morada.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,
los cráneos de los malvados contumaces.
Dice el Señor: "Los traeré desde Basán,
los traeré desde el fondo del mar;
teñirás tus pies en la sangre del enemigo
y los perros la lamerán con sus lenguas".
Antífona 3: Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor. (T. P. Aleluya).
III
Aparece tu cortejo, oh Dios,
el cortejo de mi Dios, de mi Rey,
hacia el santuario.
Al frente, marchan los cantores;
los últimos, los tocadores de arpa;
en medio, las muchachas van tocando panderos.
"En el bullicio de la fiesta, bendecid a Dios,
al Señor, estirpe de Israel".
Va delante Benjamín, el más pequeño;
los príncipes de Judá con sus tropeles;
los príncipes de Zabulón,
los príncipes de Neftalí.
Oh Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo.
Reprime a la fiera del cañaveral,
al tropel de los toros,
a los novillos de los pueblos.
Que se te rindan con lingotes de plata:
dispersa las naciones belicosas.
Lleguen los magnates de Egipto,
Etiopía extienda sus manos a Dios.
Reyes de la tierra, cantad a Dios,
tocad para el Señor,
que avanza por los cielos,
los cielos antiquísimos,
que lanza su voz, su voz poderosa:
"reconoced el poder de Dios".
Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
Desde el santuario, Dios impone reverencia:
es el Dios de Israel
quien da fuerza y poder a su pueblo.
¡Dios sea bendito!
V. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere. Aleluya.
R. La muerte no tiene ya poder sobre él. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 26, 1-32
DISCURSO DE PABLO ANTE EL REY AGRIPA
En aquellos días, Agripa dijo a Pablo: «Puedes hablar en tu favor.»
Pablo, entonces, extendiendo la mano, empezó así su defensa: «Me considero feliz, rey
Agripa, de poder defenderme hoy ante ti de todas las acusaciones de los judíos; sobre
todo por estar tú al tanto de sus costumbres y de todos sus problemas. Por eso te ruego
que me escuches con paciencia.
Pues bien, todos los judíos saben cómo he vivido yo desde mi juventud entre los de mi
nación y en Jerusalén, conociéndome, como me conocen, desde mucho tiempo atrás; y, si
quieren, pueden atestiguar que he vivido como fariseo, es decir, dentro de la secta más
estricta de nuestra religión. Si ahora me encuentro procesado es porque espero el
cumplimiento de las promesas hechas por Dios a nuestros padres; cumplimiento a que
esperan llegar también nuestras doce tribus, mientras día y noche, con todo celo, van
dando culto a Dios. Por esta esperanza, oh rey, me acusan los judíos. ¿Os parece increíble
que Dios resucite a los muertos?
Por mi parte, yo me creí en el deber de luchar a toda costa contra la causa de Jesús
Nazareno. Y lo hice efectivamente en Jerusalén, donde encerré a muchos fieles en la
cárcel, por la autoridad que tenía de los jefes de los sacerdotes, y donde daba mi voto de
aprobación cuando les quitaban la vida. Yendo de sinagoga en sinagoga, a fuerza de
continuos castigos los obligaba a blasfemar y, loco de furor contra ellos, los perseguía
hasta en las ciudades extranjeras.
En este estado de ánimo, me dirigía yo a Damasco con potestad y comisión de los
jefes de los sacerdotes; y en mi camino, a mitad del día, vi, oh rey, una luz del cielo más
brillante que la del sol, que me envolvía a mí y a todos cuantos iban conmigo. Todos
caímos a tierra, y yo oí una voz que me decía en lengua aramea "Saulo, Saulo, ¿por qué
me persigues? Duro te es dar coces contra el aguijón." Yo dije: "Señor, ¿quién eres?" Y el
Señor me contestó: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y ponte en pie. Me
he dejado ver de ti para hacerte siervo mío y testigo de la visión en que me has visto y de
otras que te manifestaré. Yo te sacaré de todos los peligros que te vengan de tu nación y
de los gentiles. A éstos te envío ahora para que les abras los ojos y se conviertan de las
tinieblas a la luz, del poder de Satanás a Dios; para que por la fe en mí reciban el perdón
de los pecados y su parte en la herencia de los justos."
En verdad, oh rey Agripa, no he sido desobediente a aquella visión del cielo; sino que,
primero a los de Damasco y luego a los de Jerusalén, a los de toda Judea y a los gentiles,
vengo predicando que se arrepientan y se conviertan a Dios y hagan obras de verdadero
arrepentimiento. Por este motivo me prendieron los judíos en el templo con intención de
quitarme la vida; pero, con la ayuda de Dios, que me ha sostenido hasta hoy, estoy
todavía firme llevando mi mensaje a pequeños y grandes, sin decir cosa alguna que no
sea lo que los profetas y Moisés dijeron que había de suceder: esto es, que el Mesías
había de padecer y que, después de ser el primero en resucitar de entre los muertos,
había de anunciar la luz al pueblo de Israel y a los gentiles.»
Así continuaba él hablando en su defensa, cuando Festo exclamó en alta voz: «Tú
deliras, Pablo; tus muchas letras te han sorbido el seso.»
Pablo le respondió: «No deliro, nobilísimo Festo. Lo que digo son palabras de verdad y
de sensatez. Y bien sabe estas cosas el rey, en cuya presencia estoy hablando con tanta
libertad y confianza. Estoy convencido de que nada de esto se oculta al rey, pues no son
cosas que se han llevado a cabo en el último rincón. ¿Crees, oh rey Agripa, en los
profetas? Yo sé que crees.»
Agripa respondió a Pablo: «En poco tiempo quieres convencerte de que me has hecho
cristiano.»
A lo que replicó Pablo: « En poco o en mucho tiempo, quisiera Dios que no sólo tú,
sino todos cuantos me escucháis ahora, vinieseis a ser como yo, aunque sin estas
cadenas.»
Se levantaron el rey y el procurador, Berenice y cuantos con ellos estaban sentados. Y,
al retirarse, iban diciéndose unos a otros: «Este hombre no ha hecho nada que merezca la
muerte o la cárcel.»
Agripa, por su parte, dijo a Festo: «Se le podría poner en libertad, si no hubiera
apelado al César.»
R. Te he elegido como siervo mío y testigo, para que abras los ojos de los gentiles y se
conviertan de las tinieblas a la luz; * para que por la fe en Cristo reciban el perdón de los
pecados y su parte en la herencia de los justos. Aleluya.
V. Aquel que dio poder a Pedro para ejercer el apostolado entre los judíos me lo dio a mí
para ejercerlo entre los gentiles.
R. Para que por la fe en Cristo reciban el perdón de los pecados y su parte en la herencia
de los justos. Aleluya.
Del libro de san Basilio Magno, obispo, sobre el Espíritu Santo
(Cap. 9, Núms. 22-23: PG 32,107-110)
LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su
ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de
Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu
Santo son sus apelativos propios y peculiares.
Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él
tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a
manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.
Él es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz
para entender la verdad.
Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción
lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de
manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la
proporción de la fe.
Simple en su esencia y variado en sus dones, está íntegro en cada uno e íntegro en
todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece
íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si
fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.
Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él
existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan
de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción
con que él podría darse.
Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él
los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han
purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.
Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo
de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas
portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a
los demás.
De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de
los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida
sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca
terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de
aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como
Dios.
R. No se turbe vuestro corazón: voy al Padre, y, cuando me haya ido de vuestro lado, os
enviaré * el Espíritu de verdad, y se alegrará vuestro corazón. Aleluya.
V. Yo rogaré al Padre y él os dará otro Abogado.
R. El Espíritu de verdad, y se alegrará vuestro corazón. Aleluya.
Oremos:
Te pedimos, Dios de poder y misericordia, que envíes tu Espíritu Santo, para que,
haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria. Por nuestro Señor
Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.