Oficio de Lectura - SÁBADO XXVI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 3 de octubre de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Escuchemos la voz del Señor, para que entremos en su descanso.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

A caminar sin ti, Señor, no atino;
tu palabra de fuego es mi sendero
me encontraste cansado y prisionero
del desierto, del cardo y del espino.
Descansa aquí conmigo del camino,
que en Emaús hay trigo en el granero,
hay un poco de vino y un alero
que cobije tu sueño, Peregrino.
Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. (T. P. Aleluya).

Salmo 105

BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1 Cor 10, 11).

I

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,
pregonar toda su alabanza?
Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia.
Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación:
para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo,
y me gloríe con tu heredad.
Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas;
no se acordaron de tu abundante misericordia,
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,
pero Dios los salvó por amor de su nombre,
para manifestar su poder.
Increpó al mar Rojo, y se secó,
los condujo por el abismo como por tierra firme;
los salvó de la mano del adversario,
los rescató del puño del enemigo;
las aguas cubrieron a los atacantes,
y ni uno solo se salvó:
entonces creyeron sus palabras,
cantaron su alabanza.
Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.
Él les concedió lo que pedían,
pero les mandó un cólico por su gula.
Envidiaron a Moisés en el campamento,
y a Aarón, el consagrado al Señor:
se abrió la tierra y se tragó a Datán,
se cerró sobre Abirón y sus secuaces;
un fuego abrasó a su banda,
una llama consumió a los malvados.

Antífona 2: No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.

II

En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.
Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio.
Despreciaron una tierra envidiable,
no creyeron en su palabra;
murmuraban en las tiendas,
no escucharon la voz del Señor.
Él alzó la mano y juró
que los haría morir en el desierto,
que dispersaría su estirpe por las naciones
y los aventaría por los países.
Se acoplaron con Baal Fegor,
comieron de los sacrificios a dioses muertos;
provocaron a Dios con sus perversiones,
y los asaltó una plaga;
pero Finés se levantó e hizo justicia,
y la plaga cesó;
y se le apuntó a su favor
por generaciones sin término.
Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,
Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos;
le habían amargado el alma,
y desvariaron sus labios.

Antífona 3: Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y reúnenos de entre los gentiles. (T. P. Aleluya).

III

No exterminaron a los pueblos
que el Señor les había mandado;
emparentaron con los gentiles,
imitaron sus costumbres;
adoraron sus ídolos
y cayeron en sus lazos;
inmolaron a los demonios
sus hijos y sus hijas;
derramaron la sangre inocente
y profanaron la tierra ensangrentándola;
se mancharon con sus acciones
y se prostituyeron con sus maldades.
La ira del Señor se encendió contra su pueblo,
y aborreció su heredad;
los entregó en manos de gentiles,
y sus adversarios los sometieron;
sus enemigos los tiranizaban
y los doblegaron bajo su poder.
Cuántas veces los libró;
más ellos, obstinados en su actitud,
perecían por sus culpas;
pero él miró su angustia,
y escuchó sus gritos.
Recordando su pacto con ellos,
se arrepintió con inmensa misericordia;
hizo que movieran a compasión
a los que los habían deportado.
Sálvanos, Señor, Dios nuestro,
reúnenos de entre los gentiles:
daremos gracias a tu santo nombre,
y alabarte será nuestra gloria.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde siempre y por siempre.
Y todo el pueblo diga: ¡Amén!

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de Judit 13, 6-26

MUERTE DE HOLOFERNES Y ACCIÓN DE GRACIAS DEL PUEBLO

En aquellos días, cuando salieron todos, sin que quedara en la alcoba nadie, ni chico ni
grande, Judit, de pie junto al lecho de Holofernes, oró interiormente:
«Señor, Dios todopoderoso, mira ahora benévolo lo que voy a hacer para exaltación de
Jerusalén. Ha llegado el momento de ayudar a tu heredad, y de cumplir mi plan, hiriendo
al enemigo que se ha levantado contra nosotros.»
Avanzó hacia la columna de lecho que quedaba junto a la cabeza de Holofernes;
descolgó el alfanje y, acercándose al lecho, agarró la melena de Holofernes y oró:
«¡Dame fuerza ahora, Señor, Dios de Israel!»
Le asestó dos golpes en el cuello con todas sus fuerzas, y le cortó la cabeza. Luego,
haciendo rodar el cuerpo de Holofernes, lo tiró del lecho y arrancó el dosel de las
columnas. Poco después, salió, entregó a su ama de llaves la cabeza de Holofernes, y el
ama la metió en la alforja de la comida. Luego, salieron las dos juntas para orar, como
acostumbraban. Atravesaron el campamento, rodearon el barranco, subieron la pendiente
de Betulia y llegaron a las puertas de la ciudad. Judit gritó desde lejos a los centinelas:
«¡Abrid, abrid la puerta! Dios, nuestro Dios, está con nosotros, demostrando todavía su
fuerza en Israel y su poder contra el enemigo. ¡Acaba de pasar hoy!»
Cuando los de la ciudad la oyeron, bajaron en seguida hacia la puerta y convocaron a
los ancianos. Todos fueron corriendo, chicos y grandes. Les parecía increíble que llegara
Judit. Abrieron la puerta y las recibieron; luego, hicieron una gran hoguera para poder ver,
y se arremolinaron en torno a ellas. Judit les dijo gritando:
«¡Alabad a Dios, alabadlo! Alabad a Dios, que no ha retirado su misericordia de la casa
de Israel; que por mi mano ha dado muerte al enemigo esta misma noche.»
Y, sacando la cabeza guardada en la alforja, la mostró y dijo:
«Ésta es la cabeza de Holofernes, generalísimo del ejército asirio. Éste es el dosel bajo
el que dormía su borrachera. ¡El Señor lo hirió por mano de una mujer! Vive el Señor que
me protegió en mi camino: os juro que mi rostro sedujo a Holofernes para su ruina, pero
no me hizo pecar. Mi honor está sin mancha.»
Todos se quedaron asombrados, y, postrándose en adoración a Dios, dijeron a una voz:
«Bendito eres, Dios nuestro, que has aniquilado hoy a los enemigos de tu pueblo.»
Y Ozías dijo a Judit:
«El Señor te ha bendecido, hija, más que a todas las mujeres de la tierra. Bendito sea
el Señor, creador del cielo y de la tierra, porque enderezó tu golpe contra la cabeza del
general enemigo. El Señor ha glorificado tanto tu nombre en este día, que tu alabanza no
se apartará de la boca de los hombres, que recordarán por siempre esta hazaña de Dios.
Que el Señor te engrandezca siempre y te dé prosperidad, porque no dudaste en exponer
tu vida ante la humillación de nuestra raza, sino que vengaste nuestra ruina, procediendo
con rectitud en presencia de nuestro Dios.»
Todos aclamaron:
«¡Así sea, así sea!»

Responsorio Jdt 13, 22. 25. 24

R. El Señor te ha bendecido con su poder, pues por tu medio ha aniquilado a nuestros
enemigos. * Tu alabanza no se apartará de la boca de los hombres.
V. Bendito sea el Señor, creador del cielo y de la tierra, porque ha glorificado tu nombre en
este día.
R. Tu alabanza no se apartará de la boca de los hombres.

Segunda Lectura

Del libro de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre la conducta cristiana

(PG 46, 295-298) COMBATE BIEN EL COMBATE DE LA FE

El que es de Cristo es una criatura nueva; lo antiguo ha pasado. Sabemos que se llama
nueva criatura a la inhabitación del Espíritu Santo en el corazón puro y sin mancha, libre
de toda culpa, de toda maldad y de todo pecado. Pues, cuando la voluntad detesta el
pecado y se entrega, según sus posibilidades, a la prosecución de las virtudes, viviendo la
misma vida del Espíritu, acoge en sí la gracia y queda totalmente renovada y restaurada.
Por ello, se dice: Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva; y también aquello
otro: Celebremos la Pascua, no con levadura vieja sino con los panes ázimos de la
sinceridad y la verdad. Todo esto concuerda muy bien con lo que hemos dicho más arriba
sobre la nueva criatura.
Ahora bien, el enemigo de nuestra alma tiende muchas trampas ante nuestros pasos, y
la naturaleza humana es, de por sí, demasiado débil para conseguir la victoria sobre este
enemigo. Por ello, el Apóstol quiere que nos revistamos con armas celestiales: Abrochaos
el cinturón de la verdad, por coraza poneos la justicia —dice—, bien calzados para estar
dispuestos a anunciar el Evangelio de la paz. ¿Te das cuenta de cuántos son los
instrumentos de salvación indicados por el Apóstol? Todos ellos nos ayudan a caminar por
una única senda y nos conducen a una sola meta. Con ellos se avanza fácilmente por
aquel camino de vida que lleva al perfecto cumplimiento de los preceptos divinos. El
mismo Apóstol dice también en otro lugar: Corramos en la carrera que nos toca, sin
retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús.
Por ello, es necesario que quien desprecia las grandezas de este mundo y renuncia a su
gloria vana renuncie también a su propia vida. Renunciar a la propia vida significa no
buscar nunca la propia voluntad, sino la voluntad de Dios y hacer del querer divino la
norma única de la propia conducta; significa también renunciar al deseo de poseer
cualquier cosa que no sea necesaria o común. Quien así obra se encontrará más libre y
dispuesto para hacer lo que le manden los superiores, realizándolo prontamente con
alegría y con esperanza, como corresponde a un servidor de Cristo, redimido para el bien
de sus hermanos. Esto es precisamente lo que desea también el Señor, cuando dice: El
que quiera ser grande y primero entre vosotros, que sea el último y esclavo de todos.
Esta servicialidad hacia los hombres debe ser ciertamente gratuita, y el que se consagra
a ella debe sentirse sometido a todos y servir a los hermanos como si fuera deudor de
cada uno de ellos. En efecto, es conveniente que quienes están al frente de sus hermanos
se esfuercen más que los demás en trabajar por el bien ajeno, se muestren más sumisos
que los súbditos y, a la manera de un siervo, gasten su vida en bien de los demás,
pensando que los hermanos son en realidad como un tesoro que pertenece a Dios y que
Dios ha colocado bajo su cuidado.
Por ello, los superiores deben cuidar de los hermanos como si se tratara de unos tiernos
niños a quienes los propios padres han puesto en manos de unos educadores. Si de esta
manera vivís, llenos de afecto los unos para con los otros, si los súbditos cumplís con
alegría los decretos y mandatos, y los maestros os entregáis con interés al
perfeccionamiento de los hermanos, si procuráis teneros mutuamente el debido respeto,
vuestra vida, ya en este mundo, será semejante a la de los ángeles en el cielo.

Responsorio Ga 5, 13; 1 Co 10, 32

R. Vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; * al
contrario, sed esclavos unos de otros por amor.
V. No seáis motivo de tropiezo ni para los judíos ni para los paganos ni para la Iglesia de
Dios.
R. Al contrario, sed esclavos unos de otros por amor.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de
los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra
conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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