Oficio de Lectura - MIÉRCOLES XXVI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 30 de septiembre de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Pues busco, debo encontrar;
pues llamo, débenme abrir;
pues pido, me deben dar;
pues amo, débeme amar
aquel que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Pasa? No lejos irá.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.
Es poderoso, mas no
podrá mi amor esquivar;
invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes,
y consuélate en tu mal
pensando con fe total:
¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.

Salmodia

Antífona 1: También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38

SÚPLICA DE UN ENFERMO

La creación fue sometida a la frustración..., pero con la esperanza de verse liberada (Rm 8, 20).

I

Yo me dije: "vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente".
Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.
"Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy".
Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como una sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.

Antífona 2: Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

II

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis iniquidades,
no me hagas la burla de los necios.
Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.
Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.
Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;
porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplácate, dame respiro,
antes de que pase y no exista.

Antífona 3: Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás. (T. P. Aleluya).

Salmo 51

CONTRA LA VIOLENCIA DE LOS CALUMNIADORES

El que se gloría, que se gloríe en el Señor (1 Cor 1, 31).

¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias,
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;
prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.
Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.
Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
"mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes".
Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en la misericordia de Dios
por siempre jamás.
Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
"Tu nombre es bueno".

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de Judit 8, 1a. 9b-14. 28-32; 9, 1-5.19

PREOCUPACION DE JUDIT POR LA SUERTE DE SU PUEBLO

En aquellos días, Judit, hija de Merarí, se enteró de lo que sucedía. Inmediatamente,
mandó a su ama de llaves a llamar a Cabris y Carmis, ancianos de la ciudad, y cuando se
presentaron les dijo:
«Escuchadme, jefes de la población de Betulia. Ha sido un error eso que habéis dicho
hoy a la gente, obligándoos ante Dios, con juramento, a entregar la ciudad al enemigo si
el Señor no os manda ayuda dentro de este plazo. Vamos a ver: ¿quiénes sois vosotros
para tentar hoy a Dios y poneros públicamente por encima de él? ¡Habéis puesto a prueba
al Señor todopoderoso, vosotros, que nunca entenderéis nada! Si sois incapaces de
sondear la profundidad del corazón humano y de rastrear sus pensamientos, ¿cómo vais a
escrutar a Dios, creador de todo, conocer su mente, entender su pensamiento? No,
hermanos, no enojéis al Señor, nuestro Dios.»
Entonces, Ozías le dijo:

«Todo lo que has dicho es muy sensato, y nadie te va a llevar la contraria; porque no
hemos descubierto hoy tu prudencia; desde pequeña, conocen todos tu inteligencia y tu
buen corazón. Pero es que la gente se moría de sed, y nos forzaron a hacer lo que
dijimos, comprometiéndonos con un juramento irrevocable. Tú, que eres una mujer
piadosa, reza por nosotros, para que el Señor mande la lluvia, se nos llenen los aljibes y
no perezcamos.»
Judit les dijo:
«Escuchadme. Voy a hacer una cosa que se comentará de generación en generación
entre la gente de nuestra raza. Esta noche os ponéis junto a las puertas. Yo saldré con mi
ama de llaves, y, en el plazo señalado para entregar la ciudad al enemigo, el Señor
socorrerá a Israel por mi medio.»
Era el momento en que acababan de ofrecer en el templo de Jerusalén el incienso
vespertino. Judit se echó ceniza en la cabeza y, postrada en tierra, se descubrió el sayal
que llevaba a la cintura y gritó al Señor con todas sus fuerzas:
«Señor, Dios de mi padre Simeón, al que pusiste una espada en la mano para vengarse
de los extranjeros que desfloraron vergonzosamente a una doncella, la desnudaron para
violentarla y profanaron su seno deshonrándola. Aunque tú habías dicho: "No hagáis eso",
ellos lo hicieron. Por eso entregaste sus jefes a la matanza, y su lecho, envilecido por su
engaño, con engaño quedó ensangrentado: heriste a esclavos con amos y a los amos en
sus tronos, entregaste sus mujeres al pillaje, sus hijas a la cautividad; sus despojos fueron
presa de tus hijos queridos, que, encendidos por tu celo y horrorizados por la mancha
inferida a su sangre, te habían pedido auxilio.
¡Dios, Dios mío, escucha a esta viuda! Tú hiciste aquello, y lo de antes y lo de después.
Tú proyectas el presente y el futuro, lo que tú quieres sucede; tus proyectos se presentan
y dicen: "Aquí estamos". Pues todos tus caminos están preparados, y tus designios,
previstos de antemano. Haz que todo tu pueblo y todas las tribus vean y conozcan que tú
eres el único Dios, Dios de toda fuerza y de todo poder, y que no hay nadie que proteja a
la raza israelita fuera de ti.»

Responsorio Cf. Jdt 8, 19. 2a.14.16

R. Nosotros no reconocemos otro Dios fuera del Señor, en quien confiamos. * Él no nos
despreciará ni desatenderá a nuestra raza.
V. Bañados en lágrimas, imploremos su indulgencia y humillemos ante su acatamiento
nuestras almas.
R. Él no nos despreciará ni desatenderá a nuestra raza.

Segunda Lectura

De la carta de san Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
(Caps. 9,1-11, 4: Funk 1, 275-279)

ANDEMOS EN LA FE Y EN LA JUSTICIA

Os exhorto a todos a que obedezcáis a la palabra de la justicia y a que perseveréis en
la paciencia; con vuestros propios ojos, en efecto, habéis contemplado una paciencia
admirable no sólo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en muchos
otros que eran de vuestra comunidad, en el mismo Pablo y en los otros apóstoles;
imitadlos, persuadidos de que todos ellos no corrieron en vano, sino que anduvieron en la
fe y en la justicia y ahora están en el lugar que merecieron, cerca del Señor, con el cual
padecieron. Porque ellos no amaron este mundo presente, sino a aquel que por nosotros
murió y a quien Dios, también por nosotros, resucitó.

Permaneced, pues, en estos sentimientos y seguid el ejemplo del Señor, firmes e
inquebrantables en la fe amando a los hermanos, queriéndoos unos a otros, unidos en la
verdad, estando atentos unos al bien de los otros con la dulzura del Señor, no
despreciando a nadie. Cuando podáis hacer bien a alguien, no os echéis atrás, porque la
limosna libra de la muerte. Someteos unos a otros y procurad que vuestra conducta entre
los gentiles sea buena así verán con sus propios ojos que os portáis honradamente;
entonces os podrán alabar y el nombre del Señor no será blasfemado a causa de vosotros.
Porque ¡ay de aquel por cuya causa ultrajan el nombre del Señor! Enseñad a todos la
sobriedad y vivid también vosotros según ella.
Me ha contristado sobremanera el caso de Valente, que había sido durante un tiempo
presbítero de vuestra Iglesia, y que ahora vive totalmente ajeno al ministerio que se le
había confiado. Os exhorto también a que os abstengáis del amor al dinero y a que seáis
castos y veraces. Apartaos de todo mal. El que no es capaz de gobernarse a sí mismo en
estas cosas ¿cómo podrá enseñarlas a los demás? Quien no se abstiene de la avaricia se
verá mancillado también por la idolatría y será contado entre los paganos que desconocen
el juicio del Señor. ¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo, como dice san
Pablo?
No es que nada de esto haya observado y oído decir de vosotros, entre quienes trabajó
el bienaventurado apóstol Pablo, quien os cita al principio de su carta. De vosotros, en
efecto, se gloría ante todas las Iglesias, que entonces eran las únicas que conocían a Dios,
mientras que nosotros todavía no lo habíamos conocido.
Por ello, me he apenado mucho a causa de Valente y de su esposa; ¡ojalá el Señor les
inspire un verdadero arrepentimiento! Con ellos debéis comportaros moderadamente: no
los tratéis como a enemigos, al contrario, llamadlos de nuevo, como miembros sufrientes y
extraviados, para salvar así el cuerpo entero de todos vosotros. Haciendo esto, os iréis
edificando vosotros mismos.

Responsorio Flp 2, 12-13; Jn 15, 3

R. Trabajad por vuestra salvación con respeto y seriedad, * porque es Dios el que obra en
vosotros haciendo que queráis y obréis movidos por lo que a él le agrada.
V. «Dice el Señor: Sin mí no podéis hacer nada.»
R. Porque es Dios el que obra en vosotros haciendo que queráis y obréis movidos por lo
que a él le agrada.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de
los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra
conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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