El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 4 de junio de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.
Antífona 1: La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen. (T. P. Aleluya).
Salmo 17, 31-51
EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31)
IV
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto.
Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
Antífona 2: Tu diestra, Señor, me sostuvo. (T. P. Aleluya).
V
Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;
yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.
Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.
Antífona 3: Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador. (T. P. Aleluya).
VI
Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.
De la carta a los Gálatas 4, 8-31
HERENCIA DIVINA Y LIBERTAD DE LA NUEVA ALIANZA
Hermanos: En otro tiempo, cuando desconocíais a Dios, servisteis a los que no eran
realmente dioses. Pero ahora, después de haber conocido a Dios, o mejor, después de
haber sido reconocidos por Dios, ¿cómo os volvéis de nuevo a los deleznables y pobres
«elementos», de quienes otra vez queréis ser esclavos? Continuáis observando los días,
los meses, las estaciones y los años; temo que hagáis vano mi trabajo entre vosotros.
Hermanos, os lo suplico: sed como yo, ya que yo me hice como vosotros. En nada me
habéis ofendido. Bien sabéis que una enfermedad me dio ocasión para anunciaros el
Evangelio por primera vez. Y, no obstante la prueba que suponía para vosotros el estado
de mi cuerpo, no me mostrasteis desprecio ni repulsa, antes bien me recibisteis como a un
enviado de Dios, como a Cristo Jesús en persona. ¿Dónde están ahora aquellos vuestros
sentimientos de felicidad para conmigo? Porque yo mismo puedo dar testimonio de que,
en aquella ocasión de haber sido posible, os habríais arrancado los ojos para dármelos.
De modo que ahora ¿me he convertido en enemigo vuestro por deciros la verdad? No
persiguen ésos buen fin con el afecto que os muestran. Pretenden, apartándoos de mí,
conseguir vuestro cariño. Sin embargo, es mejor que os dejéis perseguir por un afecto
verdadero, y esto en todo tiempo, no sólo cuando me encuentro yo entre vosotros.
¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado
en vosotros. ¡Cuánto quisiera encontrarme ahora a vuestro lado y decíroslo en mil tonos
distintos! ¡Porque no sé cómo componérmelas con vosotros!
Decidme vosotros, los que queréis someteros a la ley: ¿No habéis oído la ley? Pues la
Escritura dice que Abraham tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la que era libre. El
de la esclava nació según el curso natural de las cosas; en cambio, el de la libre en virtud
de la promesa. Aquí hay una alegoría.
Esas dos madres son las dos alianzas: Una, la que proviene del monte Sinaí y engendra
esclavos, es Agar. Agar, en efecto, representa al monte Sinaí que está en Arabia; y
corresponde a la actual Jerusalén, que es esclava con sus hijos. Por el contrario, la
Jerusalén de arriba es libre; ésa es nuestra madre. Dice a propósito la Escritura:
«Regocíjate, estéril, la que no das a luz; prorrumpe en gritos de júbilo y canta, tú, que no
conoces los dolores de parto, porque son muchos los hijos de la mujer abandonada, más
que los de aquella que posee marido.»
Y vosotros, hermanos, sois hijos de la promesa, figurados en Isaac. Y, así como
entonces el nacido según la carne perseguía al nacido según el espíritu, así sucede
también ahora. Pero, ¿qué dice la Escritura? «Despide a la esclava y a su hijo; porque el
hijo de la esclava no tendrá parte en la herencia con el hijo de la libre.» Por lo tanto,
hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre. Para que seamos libres, nos ha
liberado Cristo.
R. Somos hijos de la promesa, figurados en Isaac. Por lo tanto, no somos hijos de la
esclava, sino de la libre. * Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo.
V. El Señor es espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, ahí está la libertad.
R. Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo.
De los tratados morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
(Libro 29, 2-4: PL 76, 478-480)
LA IGLESIA SE ASOMA COMO EL ALBA
Con razón se designa con el nombre de amanecer o alba a toda la Iglesia de los
elegidos, ya que el amanecer o alba es el paso de las tinieblas a la luz. La Iglesia, en
efecto, es conducida de la noche de la incredulidad a la luz de la fe, y así, a imitación del
alba, después de las tinieblas se abre al esplendor diurno de la claridad celestial. Por esto,
dice acertadamente el Cantar de los cantares: ¿Quién es ésta que se asoma como el alba?
Efectivamente la santa Iglesia, por su deseo del don de la vida celestial, es llamada alba,
porque, al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz
de la justicia.
Pero, además, si consideramos la naturaleza del amanecer o alba, hallaremos un
pensamiento más sutil. El alba o amanecer anuncian que la noche ya ha pasado, pero no
muestran todavía la íntegra claridad del día, sino que, por ser la transición entre la noche
y el día, tienen algo de tinieblas y de luz al mismo tiempo. Por esto, los que en esta vida
vamos en seguimiento de la verdad somos como el alba o amanecer, porque en parte
obramos ya según la luz, pero en parte conservamos también restos de tinieblas. Se dice a
Dios, por boca del salmista: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti. Y también está
escrito: Todos faltamos a menudo.
Por esto, Pablo, cuando dice: La noche está avanzada, no añade: "El día ha llegado",
sino: El día se echa encima. Al decir, por tanto, que, después de la noche, el día se echa
encima, no que ya ha llegado, enseña claramente que nos hallamos todavía en el alba, en
el tiempo que media entre las tinieblas y el sol.
La santa Iglesia de los elegidos será pleno día cuando no tenga ya mezcla alguna de la
sombra del pecado. Será pleno día cuando esté perfectamente iluminada con la fuerza de
la luz interior. Por esto, con razón, la Escritura nos enseña el carácter transitorio de esta
alba, cuando dice: Has señalado su puesto a la aurora, pues aquel a quien se le ha de
asignar su puesto tiene que pasar de un sitio a otro. Y este puesto de la aurora no puede
ser otro que la perfecta claridad de la visión eterna. Cuando haya sido conducida a esta
perfecta claridad, ya no quedará en ella ningún rastro de tinieblas de la noche
transcurrida. Este anhelo de la aurora por llegar a su lugar propio viene expresado por el
salmo que dice: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?
También Pablo manifiesta la prisa de la aurora por llegar al lugar que ella reconoce como
suyo, cuando dice que desea morir para estar con Cristo. Y también: Para mi la vida es
Cristo, y una ganancia el morir.
R. Siendo sinceros en la caridad, * crezcamos en todo hacia Cristo, que es la cabeza.
V. La senda de los justos es como la luz del alba, cuyo esplendor va creciendo hasta el
pleno día.
R. Crezcamos en todo hacia Cristo, que es la cabeza.
Oremos:
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te
suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que
pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.