El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 20 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.
Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.
Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.
El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.
Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.
Antífona 1: El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.
Salmo 1
LOS DOS CAMINOS DEL HOMBRE
Felices los que poniendo su esperanza en la cruz, se sumergieron en las aguas del bautismo.
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.
Antífona 2: Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, mi monte santo.
Salmo 2
¿POR QUÉ SE AMOTINAN LAS NACIONES?
Verdaderamente se aliaron contra su santo siervo Jesús, tu Ungido (Hech 4, 27).
¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
"rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo".
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
"yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo".
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho:
"Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza".
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!
Antífona 3: Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.
Salmo 3
CONFIANZA EN MEDIO DE LA ANGUSTIA
Durmió el Señor el sueño de la muerte y resucitó del sepulcro porque el Padre fue su ayuda (S. Ireneo).
Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
"Ya no lo protege Dios".
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.
De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.
Comienza el libro de Tobías 1, 1-25
PIEDAD DEL ANCIANO TOBIT
Historia de Tobit, hijo de Tobiel, de Ananiel, de Aduel, de Gabael, de la familia de Asiel,
de la tribu de Neftalí, deportado desde Tisbé —al sur de Cadés de Neftalí, en la alta
Galilea, por encima de Jasor, detrás de la ruta occidental, al norte de Safed— durante el
reinado de Salmanasar, rey de Asiria.
Yo, Tobit, procedí toda mi vida con sinceridad y honradez, e hice muchas limosnas a mis
parientes y compatriotas deportados conmigo a Nínive de Asiria. De joven, cuando estaba
en Israel, mi patria, toda la tribu de nuestro padre Neftalí se separó de la dinastía de
David y de Jerusalén, la ciudad elegida entre todas las tribus de Israel como lugar de sus
sacrificios, en la que había sido edificado y consagrado a perpetuidad el templo, morada
de Dios.
Todos mis parientes, y la tribu de nuestro padre Neftalí, ofrecían sacrificios al becerro
que Jeroboam, rey de Israel, había puesto en Dan, en la serranía de Galilea; mientras que
muchas veces era yo el único que iba a las fiestas de Jerusalén, como se lo prescribe a
todo Israel una ley perpetua. Yo corría a Jerusalén con las primicias de los frutos y de los
animales, con los diezmos del ganado y la primera lana de las ovejas, y lo entregaba a los
sacerdotes, hijos de Aarón, para el culto; el diezmo del trigo y del vino, del aceite, de las
granadas, de las higueras y demás árboles frutales, se lo daba a los levitas que oficiaban
en Jerusalén. El segundo diezmo lo cambiaba en dinero, juntando lo de seis años, y
cuando iba cada año a Jerusalén lo gastaba allí. El tercer diezmo lo daba cada tres años a
los huérfanos, viudas y a los prosélitos agregados a Israel. Lo comían según lo prescrito
en la ley de Moisés acerca de los diezmos, y según el encargo de Débora, madre de mi
abuelo Ananiel (porque mi padre murió, dejándome huérfano).
De mayor, me casé con una mujer de mi parentela llamada Ana; tuve de ella un hijo y
le puse de nombre Tobías. Cuando me deportaron a Asiría como cautivo, vine a Nínive.
Todos mis parientes y compatriotas comían manjares de los gentiles, pero yo me guardé
muy bien de hacerlo. Y como yo tenía muy presente a Dios, el Altísimo hizo que me
ganara el favor de Salmanasar, y llegué a ser su proveedor. Hasta que murió, yo solía ir a
Media, y allí hacía las compras en casa de Gabael, hijo de Gabri, en Ragués de Media,
donde dejé en depósito unos sacos con cuarenta arrobas de plata.
Cuando murió Salmanasar, su hijo Senaquerib le sucedió en el trono. Las rutas de
Media se cerraron y ya no pude volver allá. En tiempo de Salmanasar hice muchas
limosnas a mis compatriotas: di mi pan al hambriento y mi ropa al desnudo; y, si veía a
algún israelita muerto y arrojado tras la muralla de Nínive, lo enterraba. Así enterré a los
que mató Senaquerib al volver huyendo de Judea; el Rey del cielo lo castigó por sus
blasfemias, y él, despechado, mató a muchos israelitas; yo cogí los cadáveres y los enterré
a escondidas; Senaquerib mandó buscarlos, pero no aparecieron. Un ninivita fue a
denunciarme al rey, diciéndole que era yo el que los había enterrado. Me escondí, y,
cuando me cercioré de que el rey lo sabía y que me buscaban para matarme, huí lleno de
miedo. Entonces, me confiscaron todos los bienes; se lo llevaron todo para el tesoro real y
me dejaron únicamente a mi mujer, Ana, y a mi hijo, Tobías.
No habían pasado cuarenta días cuando a Senaquerib lo asesinaron sus dos hijos;
huyeron a los montes de Ararat, y su hijo Asaradón le sucedió en el trono. Asaradón puso
a Ajicar, hijo de mi hermano Anael, al frente de la hacienda pública, con autoridad sobre
toda la administración. Ajicar intercedió por mí y pude volver a Nínive. Durante el reinado
de Senaquerib de Asiria, Ajicar había sido copero mayor, canciller, tesorero y contable, y
Asaradón lo repuso en sus cargos. Ajicar era de mi parentela, sobrino mío.
Durante el reinado de Asaradón regresé a casa; me devolvieron mi mujer, Ana, y mi
hijo, Tobías.
R. Tobit hacía muchas limosnas a sus compatriotas: daba su pan al hambriento y su ropa
al desnudo; * y, si veía a algún israelita muerto, lo enterraba.
V. Salía a visitar a todos los cautivos y les daba consejos saludables.
R. Y, si veía a algún israelita muerto, lo enterraba.
Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores
(Sermón 46, 13: CCL 41, 539-540)
LOS CRISTIANOS DÉBILES
No fortalecéis a las ovejas débiles, dice el Señor. Se lo dice a los malos pastores, a los
pastores falsos, a los que buscan su interés y no el de Jesucristo, que se aprovechan de la
leche y la lana de las ovejas, mientras no se preocupan de ellas ni piensan en fortalecer su
salud. Pues me parece que hay alguna diferencia en estar débil, o sea, no firme —ya que
son débiles los que padecen alguna enfermedad—, y estar propiamente enfermo, o sea,
con mala salud.
Desde luego que estas ideas que nos estamos esforzando en distinguir las podríamos
precisar, por nuestra parte, con mayor diligencia, y por supuesto que lo haría mejor
cualquier otro que supiera más o fuera más fervoroso; pero, de momento, y para que no
os sintáis defraudados, voy a deciros lo que siento, como comentario a las palabras de la
Escritura. Es muy de temer que al que se encuentra débil no le sobrevenga una tentación
y le desmorone. Por su parte, el que está enfermo es ya esclavo de algún deseo que le
está impidiendo entrar por el camino de Dios y someterse al yugo de Cristo.
Pensad en esos hombres que quieren vivir bien, que han determinado ya vivir bien,
pero que no se hallan tan dispuestos a sufrir males, como están preparados a obrar el
bien. Sin embargo, la buena salud de un cristiano le debe llevar no sólo a realizar el bien,
sino también a soportar el mal. De manera que aquellos que dan la impresión de fervor en
las buenas obras, pero que no se hallan dispuestos o no son capaces de sufrir los males
que se les echan encima, son en realidad débiles. Y aquellos que aman el mundo y que
por algún mal deseo se alejan de las buenas obras, éstos están delicados y enfermos,
puesto que, por obra de su misma enfermedad, y como si se hallaran sin fuerza alguna,
son incapaces de ninguna obra buena.
En tal disposición interior se encontraba aquel paralítico al que, como sus portadores no
podían introducirle ante la presencia del Señor, hicieron un agujero en el techo, y por allí
lo descolgaron. Es decir, para conseguir lo mismo en lo espiritual, tienes que abrir
efectivamente el techo y poner en la presencia del Señor el alma paralítica, privada de la
movilidad de sus miembros y desprovista de cualquier obra buena, gravada además por
sus pecados y languideciendo a causa del morbo de su concupiscencia. Si, efectivamente,
se ha alterado el uso de todos sus miembros y hay una auténtica parálisis interior, si es
que quieres llegar hasta el médico —quizás el médico se halla oculto, dentro de ti: este
sentido verdadero se halla oculto en la Escritura—, tienes que abrir el techo y depositar en
presencia del Señor al paralítico, dejando a la vista lo que está oculto.
En cuanto a los que no hacen nada de esto y descuidan hacerlo, ya habéis oído las
palabras que les dirige el Señor: No curáis a las enfermas, ni vendáis sus heridas; ya lo
hemos comentado. Se hallaba herida por el miedo a la prueba. Había algo para vendar
aquella herida; estaba aquel consuelo: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere
vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida.
R. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles;* me he hecho todo para
todos, para salvarlos a todos.
V. Todo esto lo hago por el Evangelio, para ser partícipe del mismo.
R. Me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos
cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.