El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 27 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Escuchemos la voz del Señor, para que entremos en su descanso.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
A caminar sin ti, Señor, no atino;
tu palabra de fuego es mi sendero
me encontraste cansado y prisionero
del desierto, del cardo y del espino.
Descansa aquí conmigo del camino,
que en Emaús hay trigo en el granero,
hay un poco de vino y un alero
que cobije tu sueño, Peregrino.
Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.
Antífona 1: El Señor los rescató de la opresión. (T. P. Aleluya).
Salmo 77, 40-72
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros (1 Cor 10,6).
IV
¡Qué rebeldes fueron en el desierto,
enojando a Dios en la estepa!
Volvían a tentar a Dios,
a irritar al santo de Israel,
sin acordarse de aquella mano
que un día los rescató de la opresión:
cuando hizo prodigios en Egipto,
portentos en el campo de Soán;
cuando convirtió en sangre los canales
y los arroyos, para que no bebieran;
cuando les mandó tábanos que les picasen,
y ranas que los hostigasen;
cuando entregó a la langosta sus cosechas,
y al saltamontes el fruto de sus sudores;
cuando aplastó con granizo sus viñedos,
y con escarcha sus higueras;
cuando entregó sus ganados al pedrisco,
y al rayo sus rebaños;
cuando lanzó contra ellos el incendio de su ira,
su cólera, su furor, su indignación
y, despachando a los siniestros mensajeros,
dio curso libre a su ira:
no los salvó de la muerte,
entregó sus vidas a la peste;
cuando hirió a los primogénitos de Egipto,
a las primicias de la virilidad en las tiendas de Cam.
Antífona 2: Los hizo llegar el Señor hasta el monte que su diestra había adquirido. (T. P. Aleluya).
V
Sacó como un rebaño a su pueblo,
los guió como un hato por el desierto,
los condujo seguros, sin alarmas,
mientras el mar cubría a sus enemigos;
los hizo entrar por las santas fronteras,
hasta el monte que su diestra había adquirido;
ante ellos rechazó a las naciones,
les asignó por suerte su heredad:
instaló en sus tiendas a las tribus de Israel.
Pero ellos tentaron al Dios Altísimo y se rebelaron,
negándose a guardar sus preceptos;
desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso;
con sus altozanos lo irritaban,
con sus ídolos provocaban sus celos.
Dios los oyó y se indignó,
y rechazó totalmente a Israel;
abandonó su morada de Silo,
la tienda en que habitaba con los hombres;
abandonó sus valientes al cautiverio,
su orgullo a las manos enemigas;
entregó su pueblo a la espada,
encolerizado contra su heredad;
el fuego devoraba a los jóvenes,
y las novias ya no tenían cantos;
los sacerdotes caían a espada,
y sus viudas no los lloraban.
Antífona 3: Escogió a la tribu de Judá y eligió a David, su siervo, para pastorear a Israel, su heredad. (T. P. Aleluya).
VI
Pero el Señor se despertó como de un sueño,
como un soldado vencido por el vino:
hirió al enemigo en la espalda,
infligiéndole una derrota perdurable.
Repudió las tiendas de José,
no escogió la tribu de Efraín;
escogió la tribu de Judá
y el monte Sión, su preferido.
Construyó su santuario como el cielo,
como a la tierra lo cimentó para siempre.
Escogió a David, su siervo,
lo sacó de los apriscos del rebaño;
de andar tras las ovejas, lo llevó
a pastorear a su pueblo, Jacob,
a Israel, su heredad.
Los pastoreó con corazón íntegro,
los guiaba con mano inteligente.
Del libro de Nehemías 2, 9-20
NEHEMÍAS PREPARA LA RECONSTRUCCIÓN DE LAS MURALLAS DE JERUSALÉN
En aquellos días, el rey me proporcionó también una escolta de oficiales y jinetes, y,
cuando me presenté a los gobernadores de Transeufratina, les entregué las cartas del rey.
Cuando el joronita Sanbalat y Tobías, el siervo amonita, se enteraron de la noticia, les
molestó que alguien viniera a preocuparse por el bienestar de los israelitas.
Llegué a Jerusalén y descansé allí tres días. Luego me levanté de noche con unos pocos
hombres, sin decir a nadie lo que mi Dios me había inspirado hacer en Jerusalén. Sólo
llevaba la cabalgadura que yo montaba. Salí de noche por la puerta del Valle, dirigiéndome
a la fuente del Dragón y a la puerta de la Basura; comprobé que las murallas de Jerusalén
estaban en ruinas y las puertas consumidas por el fuego. Continué por la puerta de la
Fuente y la alberca real. Como allí no había sitio para la cabalgadura, subí por el torrente,
todavía de noche, y seguí inspeccionando la muralla. Volví a entrar por la puerta del Valle
y regresé a casa. Las autoridades no supieron adónde había ido ni lo que pensaba hacer.
Hasta entonces no había dicho nada a los judíos, ni a los sacerdotes, ni a los notables, ni
a las autoridades, ni a encargados de la obra. Entonces les dije:
«Ya veis la situación en que nos encontramos: Jerusalén está en ruinas, y sus puertas
incendiadas. Vamos a reconstruir la muralla de Jerusalén, y cese nuestra ignominia.»
Les conté cómo el Señor me había favorecido y lo que me había dicho el rey. Ellos
dijeron:
«Venga, a trabajar.»
Y pusieron manos a la obra con todo entusiasmo. Cuando se enteraron el joronita
Sanbalat, Tobías, el siervo amonita, y el árabe Guesen, empezaron a burlarse de nosotros
y a zaherirnos, comentando:
«¿Qué estáis haciendo? ¿Rebelaros contra el rey?»
Les repliqué:
«El Dios del cielo hará que tengamos éxito. Nosotros, sus siervos, seguiremos
construyendo. Y vosotros no tendréis terrenos, ni derechos, ni un nombre en Jerusalén.»
R. Venga, a trabajar; el Dios del cielo hará que tengamos éxito. * Nosotros somos sus
siervos.
V. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
R. Nosotros somos sus siervos.
De las homilías de san Gregorio de Nisa, obispo
(Homilía 6 sobre las bienaventuranzas: PG 44,1270-1271)
DIOS PUEDE SER HALLADO EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE
La salud corporal es un bien para el hombre; pero lo que interesa no es saber el porqué
de la salud, sino el poseerla realmente. En efecto, si uno explica los beneficios de la salud,
mas luego toma un alimento que produce en su cuerpo humores malignos y
enfermedades, ¿de qué le habrá servido aquella explicación, si se ve aquejado por la
enfermedad? En este mismo sentido hemos de entender las palabras que comentamos, o
sea, que el Señor llama dichosos no a los que conocen algo de Dios, sino a los que lo
poseen en sí mismos. Dichosos, pues, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Y no creo que esta manera de ver a Dios, la del que tiene el corazón limpio, sea una
visión externa, por así decirlo, sino que más bien me inclino a creer que lo que nos sugiere
la magnificencia de esta afirmación es lo mismo que, de un modo más claro, dice en otra
ocasión: El reino de Dios está dentro de vosotros; para enseñarnos que el que tiene el
corazón limpio de todo afecto desordenado a las criaturas contempla, en su misma belleza
interna, la imagen de la naturaleza divina.
Yo diría que esta concisa expresión de aquel que es la Palabra equivale a decir: "Oh
vosotros, los hombres en quienes se halla algún deseo de contemplar el bien verdadero,
cuando oigáis que la majestad divina está elevada y ensalzada por encima de los cielos,
que su gloria es inexplicable, que su belleza es inefable, que su naturaleza es
incomprensible, no caigáis en la desesperación, pensando que no podéis ver aquello que
deseáis".
Si os esmeráis con una actividad diligente en limpiar vuestro corazón de la suciedad con
que lo habéis embadurnado y ensombrecido, volverá a resplandecer en vosotros la
hermosura divina. Cuando un hierro está ennegrecido, si con un pedernal se le quita la
herrumbre, en seguida vuelve a reflejar los resplandores del sol; de manera semejante, la
parte interior del hombre, lo que el Señor llama el corazón, cuando ha sido limpiado de las
manchas de herrumbre contraídas por su reprobable abandono, recupera la semejanza
con su forma original y primitiva y así, por esta semejanza con la bondad divina, se hace
él mismo enteramente bueno.
Por tanto, el que se ve a sí mismo ve en sí mismo aquello que desea, y de este modo
es dichoso el limpio de corazón, porque al contemplar su propia limpieza ve, como a
través de una imagen, la forma primitiva. Del mismo modo, en efecto, que el que
contempla el sol en un espejo, aunque no fije sus ojos en el cielo, ve reflejado el sol en el
espejo, no menos que el que lo mira directamente, así también vosotros -es como si dijera
el Señor-, aunque vuestras fuerzas no alcancen a contemplar la luz inaccesible, si retornáis
a la dignidad y belleza de la imagen que fue creada en vosotros desde el principio,
hallaréis aquello que buscáis dentro de vosotros mismos.
La divinidad es pureza, es carencia de toda inclinación viciosa, es apartamiento de todo
mal. Por tanto, si hay en ti estas disposiciones, Dios está en ti. Si tu espíritu, pues, está
limpio de toda mala inclinación, libre de toda afición desordenada y alejado de todo lo que
mancha, eres dichoso por la agudeza y claridad de tu mirada, ya que, por tu limpieza de
corazón, puedes contemplar lo que escapa a la mirada de los que no tienen esta limpieza,
y, habiendo quitado de los ojos de tu alma la niebla que los envolvía, puedes ver
claramente, con un corazón sereno, un bello espectáculo. Resumiremos todo esto diciendo
que la santidad, la pureza, la rectitud son el claro resplandor de la naturaleza divina, por
medio del cual vemos a Dios.
R. Dice el Señor: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. * El que me ve, ve también al
Padre.»
V. El que cree en mí tiene vida eterna.
R. El que me ve, ve también al Padre.
Oremos:
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás
dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.