El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 11 de febrero de 2026. Otras celebraciones del día: NUESTRA SEÑORA DE LOURDES .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Adoremos al Señor, creador nuestro.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Antífona 1: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. (T. P. Aleluya.) †
Salmo 17, 2-30
ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA
En aquella hora ocurrió un violento terremoto (Ap 11, 13).
I
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
† Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.
Antífona 2: El Señor me libró porque me amaba. (T. P. Aleluya).
II
Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz.
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;
y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.
Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.
Antífona 3: Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas. (T. P. Aleluya).
III
El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega,
fiado en mi Dios, asalto la muralla.
Del libro del Génesis 43, 1-11a. 13-17. 26-34
LOS HERMANOS DE JOSÉ BAJAN DE NUEVO A EGIPTO
En aquellos días, el hambre apretaba en el país; cuando se terminaron los víveres que
habían traído de Egipto, su padre les dijo:
«Volved a comprarnos provisiones.»
Judá le contestó:
«Aquel hombre nos ha jurado: -No os presentéis ante mí si no me traéis a vuestro
hermano-; si permites a nuestro hermano venir con nosotros, bajaremos a comprarte
provisiones; si no lo dejas, no bajaremos; pues aquel hombre nos dijo: "No os presentéis
ante mí si no me traéis a vuestro hermano."»
Israel les dijo:
«¿Por qué me habéis dado ese disgusto: decirle que teníais otro hermano?»
Contestaron:
«Aquel hombre nos preguntaba por nosotros y por nuestra familia: -¿Vive todavía
vuestro padre?, ¿tenéis más hermanos?" Y nosotros respondimos a sus preguntas. ¿Cómo
íbamos a suponer que nos iba a decir: -Traedme a vuestro hermano?»
Judá dijo a su padre, Israel:
«Deja que el muchacho venga conmigo, así iremos y salvaremos la vida; de lo
contrario, moriremos, tú y nosotros y los niños. Yo salgo fiador por él; a mí me pedirás
cuentas de él: si no te lo traigo y lo pongo delante de ti, rompes conmigo para siempre. Si
no hubiéramos dado largas, ya estaríamos de vuelta la segunda vez.»
Israel, su padre, les respondió:
«Si no hay más remedio, hacedlo: tomad productos del país en vuestras vasijas y
llevádselos como regalo a aquel hombre. Tomad a vuestro hermano y volved a visitar a
aquel hombre. Dios Todopoderoso lo haga compadecerse de vosotros, y os suelte a
vuestro hermano y deje a Benjamín. Si tengo que quedarme solo, me quedaré.»
Ellos tomaron consigo los regalos, doble cantidad de dinero y a Benjamín; se
encaminaron a Egipto y se presentaron a José. Cuando José vio con ellos a Benjamín, dijo
a su mayordomo:
«Hazlos entrar en casa; que maten y guisen, pues al mediodía comerán conmigo.»
El mayordomo hizo lo que mandó José, y los hizo entrar en casa de José. Cuando José
entró en casa, ellos le presentaron los regalos que habían traído y se postraron en tierra.
Él les preguntó:
«¿Qué tal estáis?, ¿qué tal está vuestro viejo padre, del que me hablasteis?, ¿vive
todavía?»
Contestaron:
«Tu siervo, nuestro padre, está bien, vive todavía.»
Y se inclinaron y se postraron. Alzando la vista, vio José a Benjamín, su hermano, hijo
de su madre, y preguntó:
«¿Es éste el hermano menor de quien me hablasteis?»
Y añadió:
«Dios te dé su favor, hijo mío.»
En seguida, conmovido por su hermano, le vinieron ganas de llorar; y, entrando en la
alcoba, lloró allí. Después, se lavó la cara, salió, dominándose, y mandó:
«Servid la comida.»
Le sirvieron a él por un lado, a ellos por otro y a los egipcios convidados por otro; pues
los egipcios no pueden comer con los hebreos, pues sería sacrilegio. Se sentaron frente a
él, empezando por el primogénito y terminando por el menor, y se miraban asombrados.
José les hacía pasar porciones de su mesa, y la porción de Benjamín era cinco veces
mayor. Así comieron y bebieron con él.
R. Se lamentaba Jacob a causa de sus dos hijos: «Desgraciado de mí, aún lloro a José,
desaparecido, y estoy muy triste a causa de Benjamín, que os llevasteis para obtener
provisiones; * pido al Dios Todopoderoso que, apiadado de mis lágrimas, me permita
contemplarlos de nuevo.»
V. Postrándose Jacob sobre la tierra, y adorando, dijo con lágrimas en los ojos:
R. «Pido al Dios Todopoderoso que, apiadado de mis lágrimas, me permita contemplarlos
de nuevo.»
De las cartas de san Ambrosio, obispo
(Carta 35, 4-6. 13: PL 16 [edición 1845), 1078-1079.1081)
SOMOS HEREDEROS DE DIOS Y COHEREDEROS CON CRISTO
Dice el Apóstol que el que, por el espíritu, hace morir las malas pasiones del cuerpo
vivirá. Y ello nada tiene de extraño, ya que el que posee el Espíritu de Dios se convierte en
hijo de Dios. Y hasta tal punto es hijo de Dios, que no recibe ya espíritu de esclavitud, sino
espíritu de adopción filial, al extremo de que el Espíritu Santo se une a nuestro espíritu
para testificar que somos hijos de Dios. Este testimonio del Espíritu Santo consiste en que
él mismo clama en nuestros corazones: "¡Abba!", (Padre), como leemos en la carta a los
Gálatas. Pero existe otro importante testimonio de que somos hijos de Dios: el hecho de
que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo; es coheredero con Cristo el que
es glorificado juntamente con él, y es glorificado juntamente con él aquel que, padeciendo
por él, realmente padece con él.
Y, para animarnos a este padecimiento, añade que todos nuestros padecimientos son
inferiores y desproporcionados a la magnitud de los bienes futuros, que se nos darán
como premio de nuestras fatigas, premio que se ha de revelar en nosotros cuando,
restaurados plenamente a imagen de Dios, podremos contemplar su gloria cara a cara.
Y, para encarecer la magnitud de esta revelación futura añade que la misma creación
entera está en expectación de esa manifestación gloriosa de los hijos de Dios, ya que las
criaturas todas están ahora sometidas al desorden, a pesar suyo, pero conservando la
esperanza, ya que esperan de Cristo la gracia de su ayuda para quedar ellas a su vez
libres de la esclavitud de la corrupción, para tomar parte en la libertad que con la gloria
han de recibir los hijos de Dios; de este modo, cuando se ponga de manifiesto la gloria de
los hijos de Dios, será una misma realidad la libertad de las criaturas y la de los hijos de
Dios. Mas ahora, mientras esta manifestación no es todavía un hecho, la creación entera
gime en la expectación de la gloria de nuestra adopción y redención, y sus gemidos son
como dolores de parto, que van engendrando ya aquel espíritu de salvación, por su deseo
de verse libre de la esclavitud del desorden.
Está claro que los que gimen anhelando la adopción filial lo hacen porque poseen las
primicias del Espíritu; y esta adopción filial consiste en la redención del cuerpo entero,
cuando el que posee las primicias del Espíritu, como hijo adoptivo de Dios, verá cara a
cara el bien divino y eterno; porque ahora la Iglesia del Señor posee ya la adopción filial,
puesto que el Espíritu clama: "¡Abba!", (Padre), como dice la carta a los Gálatas. Pero esta
adopción será perfecta cuando resucitarán, dotados de incorrupción, de honor y de gloria,
todos aquellos que hayan merecido contemplar la faz de Dios; entonces la condición
humana habrá alcanzado la redención en su sentido pleno. Por esto, el Apóstol afirma,
lleno de confianza, que en esperanza fuimos salvados. La esperanza, en efecto, es causa
de salvación, como lo es también la fe, de la cual se dice en el evangelio: Tu fe te ha
salvado.
R. Somos herederos de Dios y coherederos de Cristo, * si es que padecemos juntamente
con Cristo, para ser glorificados juntamente con él.
V. Justificados por su sangre, seremos salvados por él de la cólera divina.
R. Si es que padecemos juntamente con Cristo, para ser glorificados juntamente con él.
Oremos:
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que
sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.