El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 19 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Escuchemos la voz del Señor, para que entremos en su descanso.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
A caminar sin ti, Señor, no atino;
tu palabra de fuego es mi sendero
me encontraste cansado y prisionero
del desierto, del cardo y del espino.
Descansa aquí conmigo del camino,
que en Emaús hay trigo en el granero,
hay un poco de vino y un alero
que cobije tu sueño, Peregrino.
Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.
Antífona 1: El Señor los rescató de la opresión. (T. P. Aleluya).
Salmo 77, 40-72
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros (1 Cor 10,6).
IV
¡Qué rebeldes fueron en el desierto,
enojando a Dios en la estepa!
Volvían a tentar a Dios,
a irritar al santo de Israel,
sin acordarse de aquella mano
que un día los rescató de la opresión:
cuando hizo prodigios en Egipto,
portentos en el campo de Soán;
cuando convirtió en sangre los canales
y los arroyos, para que no bebieran;
cuando les mandó tábanos que les picasen,
y ranas que los hostigasen;
cuando entregó a la langosta sus cosechas,
y al saltamontes el fruto de sus sudores;
cuando aplastó con granizo sus viñedos,
y con escarcha sus higueras;
cuando entregó sus ganados al pedrisco,
y al rayo sus rebaños;
cuando lanzó contra ellos el incendio de su ira,
su cólera, su furor, su indignación
y, despachando a los siniestros mensajeros,
dio curso libre a su ira:
no los salvó de la muerte,
entregó sus vidas a la peste;
cuando hirió a los primogénitos de Egipto,
a las primicias de la virilidad en las tiendas de Cam.
Antífona 2: Los hizo llegar el Señor hasta el monte que su diestra había adquirido. (T. P. Aleluya).
V
Sacó como un rebaño a su pueblo,
los guió como un hato por el desierto,
los condujo seguros, sin alarmas,
mientras el mar cubría a sus enemigos;
los hizo entrar por las santas fronteras,
hasta el monte que su diestra había adquirido;
ante ellos rechazó a las naciones,
les asignó por suerte su heredad:
instaló en sus tiendas a las tribus de Israel.
Pero ellos tentaron al Dios Altísimo y se rebelaron,
negándose a guardar sus preceptos;
desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso;
con sus altozanos lo irritaban,
con sus ídolos provocaban sus celos.
Dios los oyó y se indignó,
y rechazó totalmente a Israel;
abandonó su morada de Silo,
la tienda en que habitaba con los hombres;
abandonó sus valientes al cautiverio,
su orgullo a las manos enemigas;
entregó su pueblo a la espada,
encolerizado contra su heredad;
el fuego devoraba a los jóvenes,
y las novias ya no tenían cantos;
los sacerdotes caían a espada,
y sus viudas no los lloraban.
Antífona 3: Escogió a la tribu de Judá y eligió a David, su siervo, para pastorear a Israel, su heredad. (T. P. Aleluya).
VI
Pero el Señor se despertó como de un sueño,
como un soldado vencido por el vino:
hirió al enemigo en la espalda,
infligiéndole una derrota perdurable.
Repudió las tiendas de José,
no escogió la tribu de Efraín;
escogió la tribu de Judá
y el monte Sión, su preferido.
Construyó su santuario como el cielo,
como a la tierra lo cimentó para siempre.
Escogió a David, su siervo,
lo sacó de los apriscos del rebaño;
de andar tras las ovejas, lo llevó
a pastorear a su pueblo, Jacob,
a Israel, su heredad.
Los pastoreó con corazón íntegro,
los guiaba con mano inteligente.
Del libro del profeta Baruc 3, 9-15. 24-4, 4
LA SALVACIÓN DE ISRAEL ESTÁ EN LA SABIDURÍA
Escucha, Israel, los mandamientos de vida, tiende tu oído para conocer la prudencia.
¿Por qué, Israel, por qué estás en país de enemigos, has envejecido en un país extraño, te
has contaminado con cadáveres y has sido contado entre los que bajan al sheol? ¡Es que
abandonaste la fuente de la sabiduría! Si hubieras andado por el camino de Dios, habrías
vivido en paz eternamente. Aprende dónde está la prudencia, dónde la fuerza, dónde la
inteligencia, para saber al mismo tiempo dónde están la longevidad y la vida, dónde la luz
de los ojos y la paz.
Pero ¿quién ha encontrado la mansión de Dios, quién ha entrado en sus tesoros?
¡Oh Israel, qué grande es la casa de Dios, qué vasto el lugar de su dominio! Grande es
y sin límites, excelso y sin medida. Allí nacieron los antiguos famosos gigantes, de alta
estatura y expertos en la guerra. Pero no fue a éstos a quienes eligió Dios, ni les enseñó el
camino de la sabiduría; y perecieron por no tener prudencia, por su locura perecieron.
¿Quién subió al cielo y la tomó?, ¿quién la hizo bajar desde las nubes? ¿Quién atravesó
el mar y la encontró?, ¿quién la traerá a precio de oro puro? No hay quien conozca su
camino, nadie imagina sus senderos.
Pero el que todo lo sabe la conoce, con su inteligencia la escrutó hasta el fondo, el que
dispuso la tierra para siempre y la llenó de animales cuadrúpedos, el que envía la luz y ella
va, el que la llama y temblorosa lo obedece; brillan los astros en su puesto de guardia
llenos de alegría, los llama él y dicen: «¡Aquí estamos!», y brillan alegres para su Hacedor.
Éste es nuestro Dios, ningún otro es comparable a él. Él halló todos los caminos de la
sabiduría y se la dio a su siervo Jacob, a Israel, su predilecto. Después apareció ella en la
tierra y convivió entre los hombres.
Ella es el libro de los preceptos de Dios, la ley que subsiste eternamente: todos los que
la guardan alcanzarán la vida, mas los que la abandonan morirán. Vuélvete, Jacob, y
abrázala, camina al resplandor de su luz. No cedas tu gloria a otro ni tus privilegios a
nación extranjera. Felices somos, Israel, pues lo que agrada al Señor se nos ha revelado.
R. ¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! *¡Qué insondables son sus
juicios y qué irrastreables sus caminos!
V. El que todo lo sabe conoce la sabiduría y se la dio a Israel, su predilecto.
R. ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos!
Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores
(Sermón 46,11-12: CCL. 41, 538-539)
OFRECE EL ALIVIO DE LA CONSOLACIÓN
El Señor, dice la Escritura, castiga a sus hijos preferidos. Y tú te atreves a decir: "Quizás
seré una excepción." Si eres una excepción en el castigo, quedarás igualmente exceptuado
del número de los hijos. "¿Es cierto —preguntarás— que castiga a cualquier hijo?" Cierto
que castiga a cualquier hijo, y del mismo modo que a su Hijo único.
Aquel Hijo, que había nacido de la misma substancia del Padre, que era igual al Padre
por su condición divina, que era la
Palabra por la que había creado todas las cosas, por su misma naturaleza no era
susceptible de castigo. Y, precisamente, para no quedarse sin castigo, se vistió de la carne
de la especie humana. ¿Con qué va a dejar sin castigo al hijo adoptado y pecador, el
mismo que no dejó sin castigo a su único Hijo inocente? El Apóstol dice que nosotros
fuimos llamados a la adopción. Y recibimos la adopción de hijos para ser herederos junto
con el Hijo único, para ser incluso su misma herencia: Pídemelo: te daré en herencia las
naciones. En sus sufrimientos, nos dio ejemplo a todos nosotros.
Pero, para que el débil no se vea vencido por las futuras tentaciones, no se le debe
engañar con falsas esperanzas, ni tampoco desmoralizarlo a fuerza de exagerar los logros.
Dile: Prepárate para las pruebas, y quizá comience a retroceder, a estremecerse de miedo,
a no querer dar un paso hacia adelante. Tienes aquella otra frase: Fiel es Dios, y no
permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Pues bien, prometer y anunciar las
tribulaciones futuras es, efectivamente, fortalecer al débil. Y, si al que experimenta un
temor excesivo, hasta el punto de sentirse aterrorizado, le prometes la misericordia de
Dios, y no porque le vayan a faltar las tribulaciones, sino porque Dios no permitirá que la
prueba supere sus fuerzas, eso es, efectivamente, vendar las heridas.
Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribulaciones venideras, se
fortalecen más, y es como si se sintieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan
que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires.
Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de
sobrevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que
sólo quien desea ser verdaderamente cristiano puede experimentar, se sienten
quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones.
Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. Di: "No temas, que no
va a abandonarte en la prueba aquel en quien has creído. Fiel es Dios, y no permitirá él
que la prueba supere sus fuerzas." No son palabras mías, sino del Apóstol, que nos dice:
Tendréis la prueba que buscáis de que Cristo habla por mí. Cuando oyes estas cosas, estás
oyendo al mismo Cristo, estás oyendo al mismo pastor que apacienta a Israel. Pues a él le
fue dicho: Nos diste a beber lágrimas, pero con medida. De modo que el salmista, al decir
con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: No permitirá él que la prueba supere
vuestras fuerzas. Sólo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te
atemoriza y te consuela hiere y te sana.
R. Por tu causa, Señor, estamos siendo asesinados continuamente, nos tratan como a
ovejas de matanza. * Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha
amado.
V. Nos entregas como ovejas al matadero y nos has dispersado por las naciones.
R. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.
Oremos:
Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos, y para que sintamos el efecto de
tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.