El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 16 de febrero de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.
Antífona 1: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.
Salmo 30, 2-17. 20-25
SÚPLICA CONFIADA DE UN AFLIGIDO
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
I
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor,
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.
Antífona 2: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. (T. P. Aleluya).
II
Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.
Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Antífona 3: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. (T. P. Aleluya).
III
¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.
Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.
De la primera carta a los Tesalonicenses 2, 13-3, 13
AMISTAD ENTRE PABLO Y LOS TESALONICENSES
Hermanos: Continuamente damos gracias a Dios, porque, habiendo recibido la palabra
de Dios predicada por nosotros, la acogisteis, no como palabra humana, sino -como es en
realidad-como palabra de Dios, que ejerce su acción en vosotros, los creyentes.
Hermanos, tomasteis como modelo las Iglesias de Dios que están en Judea, convocadas
en el nombre de Cristo Jesús, pues habéis padecido de parte de vuestros conciudadanos,
lo mismo que ellas de los judíos, los cuales dieron muerte a Jesús, el Señor, y a los
profetas, y nos han perseguido a nosotros. Ellos desagradan a Dios y van contra todos los
hombres, pues quieren impedir que hablemos de la salud a los gentiles. Así van colmando
constantemente la medida de sus pecados. Pero ya la ira de Dios está por caer sobre ellos
con vehemencia.
Por nuestra parte, hermanos, separados por el momento de vuestra presencia, no de
vuestro corazón, hemos sentido un vivo deseo de volver a veros, y, así, yo mismo, Pablo,
lo he intentado una y otra vez, pero Satanás nos lo impidió. Pues ¿cuál es nuestra
esperanza, nuestro gozo, la corona de la que nos sentiremos orgullosos, ante nuestro
Señor Jesús en su venida, sino vosotros? Sí, vosotros sois nuestra gloria y nuestro gozo.
Por eso, no pudiendo resistir más, nos conformamos con quedarnos solos en Atenas, y
os enviamos a Timoteo, hermano nuestro y colaborador de Dios en la obra de la
evangelización de Cristo. Él llevaba la misión de confortaros y alentaros en vuestra fe, para
que nadie se inquiete por estas tribulaciones. Por otra parte, ya sabéis cuál es nuestro
destino. Os lo previnimos una y otra vez cuando estábamos entre vosotros: que tenemos
que sufrir tribulaciones. De hecho así ha sucedido. Así que ya lo sabéis.
Por eso, no pudiendo resistir ya más, envié a Timoteo, para recibir informes de vuestra
situación en la fe: no fuera que os hubiese tentado Satanás y resultasen estériles nuestras
fatigas.
Ahora, con la vuelta de Timoteo a nosotros y con las buenas noticias que nos ha traído
de vuestra fe y de vuestra caridad, y del grato recuerdo que conserváis siempre de
nosotros, deseando vivamente vernos -lo mismo que deseamos nosotros veros-, hemos
recibido, hermanos, un gran consuelo por vuestra fe en medio de nuestras graves
dificultades y tribulaciones. Ahora cobramos nueva vida, sabiendo que perseveráis firmes
en el Señor.
¿Qué acciones de gracias daremos ahora a Dios por este gran gozo con que, por causa
vuestra, nos regocijamos en su presencia? Noche y día, con toda instancia, le rogamos
nos conceda ver vuestro rostro y completar las deficiencias que haya en vuestra fe. Que el
mismo Dios, nuestro Padre, y Jesús, nuestro Señor, nos allanen el camino hacia vosotros.
Que el Señor os haga aumentar y rebosar en amor de unos con otros y con todos, así
como os amamos nosotros, para que conservéis vuestros corazones intachables en
santidad ante Dios, Padre nuestro, cuando venga nuestro Señor Jesucristo con todos sus
santos.
R. Que el Señor os haga aumentar y rebosar en amor de unos con otros y con todos, *
para que os conservéis en santidad.
V. Que el mismo Señor nuestro infunda valor en vuestros corazones.
R. Para que os conservéis en santidad.
De los sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 15 sobre diversas materias: PL 183, 577-579)
HAY QUE BUSCAR LA SABIDURÍA
Trabajemos para tener el manjar que no se consume: trabajemos en la obra de nuestra
salvación. Trabajemos en la viña del Señor, para hacernos merecedores del denario
cotidiano. Trabajemos para obtener la sabiduría, ya que ella afirma: Los que trabajan para
alcanzarme no pecarán. El campo es el mundo -nos dice aquel que es la Verdad-; cavemos
en este campo; en él se halla escondido un tesoro que debemos desenterrar. Tal es la
sabiduría, que ha de ser extraída de lo oculto. Todos la buscamos, todos la deseamos.
Si queréis preguntar -dice la Escritura-, preguntad, convertíos, venid. ¿Te preguntas de
dónde te has de convertir? Refrena tus deseos, hallamos también escrito. Pero, si en mis
deseos no encuentro la sabiduría -dices-, ¿dónde la hallaré? Pues mi alma la desea con
vehemencia, y no me contento con hallarla, si es que llego a hallarla, sino que echo en mi
regazo una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Y esto con razón. Porque,
dichoso el que encuentra sabiduría, el que alcanza inteligencia. Búscala, pues, mientras
puede ser encontrada; invócala, mientras está cerca.
¿Quieres saber cuán cerca está? La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en
el corazón; sólo a condición de que la busques con un corazón sincero. Así es como
encontrarás la sabiduría en tu corazón, y tu boca estará llena de inteligencia, pero vigila
que esta abundancia de tu boca no se derrame a manera de vómito.
Si has hallado la sabiduría, has hallado la miel; procura no comerla con exceso, no sea
que, harto de ella, la vomites. Come de manera que siempre quedes con hambre. Porque
dice la misma sabiduría: El que me come tendrá más hambre. No tengas en mucho lo que
has alcanzado; no te consideres harto, no sea que vomites y pierdas así lo que pensabas
poseer, por haber dejado de buscar antes de tiempo. Pues no hay que desistir en esta
búsqueda y llamada de la sabiduría, mientras pueda ser hallada, mientras esté cerca. De
lo contrario, como la miel daña -según dice el Sabio-a los que comen de ella en demasía,
así el que se mete a escudriñar la majestad será oprimido por su gloria.
Del mismo modo que es dichoso el que encuentra sabiduría, así también es dichoso, o
mejor, más dichoso aún, el hombre que piensa en la sabiduría; esto seguramente se
refiere a la abundancia de que hemos hablado antes.
En estas tres cosas se conocerá que tu boca está llena en abundancia de sabiduría o de
prudencia: si confiesas de palabra tu propia iniquidad, si de tu boca sale la acción de
gracias y la alabanza y si de ella salen también palabras de edificación. En efecto, por la fe
del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación. Y
además, lo primero que hace el justo al hablar es acusarse a sí mismo: y así, lo que debe
hacer en segundo lugar es ensalzar a Dios, y en tercer lugar (si a tanto llega la
abundancia de su sabiduría) edificar al prójimo.
R. Amé la sabiduría más que la salud y la hermosura, y decidí que fuera la luz que me
alumbrara; * con ella me vinieron a la vez todos los bienes.
V. La amé y la pretendí desde mi juventud y me constituí en el amante de su belleza.
R. Con ella me vinieron a la vez todos los bienes.
Oremos:
Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sinceros de corazón, concédenos
vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por
Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.