El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 12 de mayo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN NEREO Y SAN AQUILES, MÁRTIRES , SAN PANCRACIO, MÁRTIR .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Encomienda tu camino al Señor, y él actuará. (T. P. Aleluya).
Salmo 36
LA VERDADERA Y LA FALSA FELICIDAD
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 4).
I
No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.
Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.
Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
Descansa en el Señor y espera en él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:
cohibe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.
Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.
Antífona 2: Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia. (T. P. Aleluya).
II
El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.
Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.
Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.
El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambre se saciarán;
pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.
El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.
Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.
Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.
Antífona 3: Confía en el Señor y sigue su camino. (T. P. Aleluya).
III
La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.
El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.
Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.
Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.
Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.
El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.
V. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere. Aleluya.
R. La muerte no tiene ya poder sobre él. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 21, 27-39
PABLO ES ARRESTADO EN JERUSALÉN
En aquellos días, cuando ya estaban para cumplirse los siete días de la purificación de
Pablo, los judíos de la provincia romana de Asia, que lo vieron en el templo, alborotaron atoda la gente y se apoderaron de él. Y a la vez gritaban: «¡Israelitas, ayudadnos! :Éste es
el hombre que va predicando a todos y en todas partes contra nuestro pueblo, contra la
ley y contra este templo. Y más todavía: hasta ha introducido gentiles en el templo,
profanando este lugar santo.»
Decían esto porque habían visto poco antes a Trófimo de Éfeso, que lo acompañaba
por la ciudad, y creyeron que Pablo lo había introducido en el templo. Se alborotó la
ciudad entera, y se agolpó allí el pueblo tumultuosamente. Se apoderaron de Pablo y lo
arrastraron fuera del templo, cerrando en seguida las puertas. Ya trataban de lincharlo,
cuando dieron parte al tribuno de la cohorte de que toda Jerusalén estaba amotinada. El
tribuno tomó al momento soldados y centuriones, y bajó corriendo hacia ellos. Ellos, por
su parte, apenas vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. Se acercó
entonces el tribuno y se apoderó de él, ordenando que lo atasen con dos cadenas. Luego
preguntó quién era y qué había hecho. De la multitud, unos gritaban una cosa, y otros
otra; y como no pudiese sacar nada cierto por el alboroto que había, mandó que lo
condujesen a la fortaleza. Cuando llegó Pablo a la escalinata, tuvo que ser llevado en
volandas por los soldados a causa de la furia del populacho. Y la multitud venía en masa
detrás gritando: «¡Mátalo! ¡Mátalo!»
En el momento en que iban a meterlo en la fortaleza, Pablo dijo al tribuno: «Por favor,
¿me permites decirte dos palabras?»
Y, a su vez, el tribuno le preguntó: «¿Sabes griego? Pero, ¿no eres tú el egipcio que
hace unos días promovió una rebelión y se llevó consigo al desierto cuatro mil bandidos?»
Pablo respondió: «No; yo soy judío, nacido en Tarso, ciudadano de esta ilustre ciudad
de Cilicia. Permíteme, por favor, dirigir la palabra al pueblo.»
R. Estamos continuamente entregados a la muerte por Jesús, * para que también la vida
de Jesús se manifieste en esta nuestra vida mortal. Aleluya.
V. Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.
R. Para que también la vida de Jesús se manifieste en esta nuestra vida mortal. Aleluya.
Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Libro 11, cap. 11: PG 74, 559-562)
CRISTO ES EL VÍNCULO DE LA UNIDAD
Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión
corporal con Él, como atestigua san Pablo, cuando dice refiriéndose al misterio del amor
misericordioso del Señor: No había sido manifestado a los hombres en otros tiempos,
como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que
también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y participes de la
promesa en Jesucristo.
Si, pues, todos nosotros formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con
otros, sino también en relación con aquel que se halla en nosotros gracias a su carne,
¿cómo no mostramos abiertamente todos nosotros esa unidad entre nosotros y en Cristo?
Pues Cristo, que es Dios y hombre a la vez, es el vínculo de la unidad.
Y, si seguimos por el camino de la unión espiritual, habremos de decir que todos
nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos
fundimos entre nosotros y con Dios. Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo
haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu, único e
indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto
subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa
en sí mismo.
Y así como la virtud de la santa humanidad de Cristo hace que formen un mismo
cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, pienso que de la misma manera el
Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad
espiritual.
Por esto nos exhorta también san Pablo: Sobrellevaos mutuamente con amor;
esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un
solo espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido
convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende
todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Pues siendo uno solo el Espíritu que habita en
nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que
reducirá a una unidad mutua y consigo a cuantos participan del Espíritu.
Ya desde ahora se manifiesta de alguna manera el hecho de que estemos unidos por
participación al Espíritu Santo. Pues si abandonamos la vida puramente natural y nos
atenemos a las leyes espirituales, ¿no es evidente que hemos abandonado en cierta
manera nuestra vida anterior, que hemos adquirido una configuración celestial y en cierto
modo nos hemos transformado en otra naturaleza mediante la unión del Espíritu Santo
con nosotros, y que ya no nos tenemos simplemente por hombres, sino como hijos de
Dios y hombres celestiales, puesto que hemos llegado a ser participantes de la naturaleza
divina?
De manera que todos nosotros ya no somos más que una sola cosa en el Padre, el Hijo
y el Espíritu Santo: una sola cosa por identidad de condición, por la asimilación que obra
el amor, por comunión de la santa humanidad de Cristo y por participación del único y
santo Espíritu.
R. Puesto que es un solo pan, somos todos un solo cuerpo; * ya que todos participamos
de ese único pan y de ese único cáliz. Aleluya.
V. Tu bondad, ¡oh Dios!, preparó casa para los pobres y desvalidos.
R. Ya que todos participamos de ese único pan y de ese único cáliz. Aleluya.
Oremos:
Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y
que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar
gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.