El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 8 de agosto de 2026. Otras celebraciones del día: SANTO DOMINGO DE GUZMÁN, PRESBÍTERO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Escuchemos la voz del Señor, para que entremos en su descanso.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
A caminar sin ti, Señor, no atino;
tu palabra de fuego es mi sendero
me encontraste cansado y prisionero
del desierto, del cardo y del espino.
Descansa aquí conmigo del camino,
que en Emaús hay trigo en el granero,
hay un poco de vino y un alero
que cobije tu sueño, Peregrino.
Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.
Antífona 1: Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. (T. P. Aleluya).
Salmo 105
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1 Cor 10, 11).
I
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,
pregonar toda su alabanza?
Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia.
Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación:
para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo,
y me gloríe con tu heredad.
Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas;
no se acordaron de tu abundante misericordia,
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,
pero Dios los salvó por amor de su nombre,
para manifestar su poder.
Increpó al mar Rojo, y se secó,
los condujo por el abismo como por tierra firme;
los salvó de la mano del adversario,
los rescató del puño del enemigo;
las aguas cubrieron a los atacantes,
y ni uno solo se salvó:
entonces creyeron sus palabras,
cantaron su alabanza.
Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.
Él les concedió lo que pedían,
pero les mandó un cólico por su gula.
Envidiaron a Moisés en el campamento,
y a Aarón, el consagrado al Señor:
se abrió la tierra y se tragó a Datán,
se cerró sobre Abirón y sus secuaces;
un fuego abrasó a su banda,
una llama consumió a los malvados.
Antífona 2: No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.
II
En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.
Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio.
Despreciaron una tierra envidiable,
no creyeron en su palabra;
murmuraban en las tiendas,
no escucharon la voz del Señor.
Él alzó la mano y juró
que los haría morir en el desierto,
que dispersaría su estirpe por las naciones
y los aventaría por los países.
Se acoplaron con Baal Fegor,
comieron de los sacrificios a dioses muertos;
provocaron a Dios con sus perversiones,
y los asaltó una plaga;
pero Finés se levantó e hizo justicia,
y la plaga cesó;
y se le apuntó a su favor
por generaciones sin término.
Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,
Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos;
le habían amargado el alma,
y desvariaron sus labios.
Antífona 3: Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y reúnenos de entre los gentiles. (T. P. Aleluya).
III
No exterminaron a los pueblos
que el Señor les había mandado;
emparentaron con los gentiles,
imitaron sus costumbres;
adoraron sus ídolos
y cayeron en sus lazos;
inmolaron a los demonios
sus hijos y sus hijas;
derramaron la sangre inocente
y profanaron la tierra ensangrentándola;
se mancharon con sus acciones
y se prostituyeron con sus maldades.
La ira del Señor se encendió contra su pueblo,
y aborreció su heredad;
los entregó en manos de gentiles,
y sus adversarios los sometieron;
sus enemigos los tiranizaban
y los doblegaron bajo su poder.
Cuántas veces los libró;
más ellos, obstinados en su actitud,
perecían por sus culpas;
pero él miró su angustia,
y escuchó sus gritos.
Recordando su pacto con ellos,
se arrepintió con inmensa misericordia;
hizo que movieran a compasión
a los que los habían deportado.
Sálvanos, Señor, Dios nuestro,
reúnenos de entre los gentiles:
daremos gracias a tu santo nombre,
y alabarte será nuestra gloria.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde siempre y por siempre.
Y todo el pueblo diga: ¡Amén!
Del libro del profeta Malaquías 3, 1-4, 6
EL DÍA DEL SEÑOR
Esto dice el Señor:
«Mirad, yo os envío a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí, y pronto
entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que
vosotros deseáis: he aquí que viene —dice el Señor de los ejércitos— ¿Quién podrá resistir
el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca?
Será como un fuego de fundidor, como lejía de lavandero: se sentará como un fundidor
que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, presentarán al Señor
la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén
como en los días pasados, como en los años antiguos. Os llamaré a juicio. Seré un testigo
exacto contra hechiceros y adúlteros, y contra los que juran en falso, contra los que
defraudan el salario al obrero, oprimen viudas y huérfanos, y hacen injusticia al forastero,
sin ningún temor de mí —dice el Señor de los ejércitos—.
Yo, el Señor, no he cambiado, pero vosotros hijos de Jacob, no habéis terminado. Desde
los tiempos de vuestros padres os habéis apartado de mis preceptos y ni los observáis.
Convertíos a mi, y me convertiré a vosotros —dice el Señor de los ejércitos—. Vosotros
objetáis: “¿Cómo es que nos convertiremos? ¿Puede acaso un hombre defraudar a Dios?”
Sí, vosotros me defraudáis a mí y todavía andáis diciendo: “¿En qué te hemos
defraudado?” En los diezmos y en los tributos sagrados. Habéis incurrido en maldición,
pues toda la nación me defraudó.
Llevad el diezmo íntegro al tesoro del templo, para que haya alimento en mi casa, y
ponedme así a prueba —dice el Señor de los ejércitos—, a ver si no os abro las
compuertas del cielo y no envío sobre vosotros bendición sin medida. Ahuyentaré de
vosotros la langosta para que no destruya la cosecha ni despoje los viñedo. Todas las
naciones os felicitarán porque seréis una tierra de delicias —lo dice el Señor de los
ejércitos—.
Vuestros discursos son arrogantes contra mí. Vosotros objetáis: “¿Cómo es que
hablamos arrogantemente?” Porque decís: “No vale la pena servir al Señor, ¿qué sacamos
con guardar sus mandamientos?, ¿para qué andar en duelo en presencia del Señor de los
ejércitos? Al contrario: nos parecen dichosos los malvados aun haciendo el mal les va bien,
provocan a Dios y quedan impunes.”
Así hablaron entre sí los que temían a Dios. Pero el Señor puso atención y los oyó, y se
escribió ante él un libro memorial en favor de los que lo temen y respetan su nombre.
Serán ellos propiedad mía personal —dice el Señor de los ejércitos— en el día que yo
preparo. Me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que lo sirve.
Entonces veréis la diferencia entre justos e impíos, entre los que sirven a Dios y los que no
lo sirven. Porque mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos
serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir —dice el Señor de los ejércitos— y no
quedará de ellos ni rama ni raíz.
Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en
sus rayos; vosotros saldréis brincando como terneros del establo. Pisotearéis a los
malvados, que serán como polvo bajo las plantas de vuestros pies; el día en que yo
actuaré —dice el Señor de los ejércitos—.
Acordaos de la ley de Moisés, mi siervo, a quien yo prescribí en el Horeb preceptos y
normas para todo Israel. Mirad, os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del
Señor, grande y terrible. Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón
de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir yo a destruir la tierra.»
R. Mirad, yo os envío a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí. * Entrará
en el santuario el Señor, a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros
deseáis.
V. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar
sus caminos.
R. Entrará en el santuario el Señor, a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza
que vosotros deseáis.
Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías
(Libro 4,17, 4-6: SC 100, 590-594)
QUIERO MISERICORDIA Y NO SACRIFICIOS
Dios quería de los israelitas, por su propio bien, no sacrificios y holocaustos, sino fe,
obediencia y justicia. Y así, por boca del profeta Oseas, les manifestaba su voluntad,
diciendo: Quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.
Y el mismo Señor en persona les advertía: Si comprendierais lo que significa: “Quiero
misericordia y no sacrificios”, no condenaríais a los que no tienen culpa, con lo cual daba
testimonio a favor de los profetas, de que predicaban la verdad, y a ellos les echaba en
cara su culpable ignorancia.
Y, al enseñar a sus discípulos a ofrecer a Dios las primicias de su creación, no porque él
lo necesite, sino para el propio provecho de ellos, y para que se mostrasen agradecidos,
tomó pan, que es un elemento de la creación, pronunció la acción de gracias, y dijo: Esto
es mi cuerpo. Del mismo modo, afirmó que el cáliz, que es también parte de esta
naturaleza creada a la que pertenecemos, es su propia sangre, con lo cual nos enseñó
cuál es la oblación del nuevo Testamento; y la Iglesia, habiendo recibido de los apóstoles
esta oblación, ofrece en todo el mundo a Dios, que nos da el alimento, las primicias de sus
dones en el nuevo Testamento, acerca de lo cual Malaquías, uno de los doce profetas
menores, anunció por adelantado: Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los
ejércitos—, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos. Del Oriente al Poniente es
grande entre las naciones mi nombre; en todo lugar ofrecerán incienso y sacrificio a mi
nombre, una ofrenda pura, porque es grande mi nombre entre las naciones —dice el
Señor de los ejércitos—, con las cuales palabras manifiesta con toda claridad que cesarán
los sacrificios del pueblo antiguo y que en todo lugar se le ofrecerá un sacrificio, y éste
ciertamente puro, y que su nombre será glorificado entre las naciones.
Este nombre que ha de ser glorificado entre las naciones no es otro que el de nuestro
Señor, por el cual es glorificado el Padre, y también el hombre. Y, si el Padre se refiere a
su nombre, es porque en realidad es el mismo nombre de su propio Hijo, y porque el
hombre ha sido hecho por él. Del mismo modo que un rey, si pinta una imagen de su hijo,
con toda propiedad podrá llamar suya aquella imagen, por la doble razón de que es la
imagen de su hijo y de que es él quien la ha pintado, así también el Padre afirma que el
nombre de Jesucristo, que es glorificado por todo el mundo en la Iglesia, es suyo porque
es el de su Hijo y porque él mismo, que escribe estas cosas, lo ha entregado por la
salvación de los hombres.
Por lo tanto, puesto que el nombre del Hijo es propio del Padre, y la Iglesia ofrece al
Dios todopoderoso por Jesucristo, con razón dice, por este doble motivo: En todo lugar
ofrecerán incienso y sacrificio a mi nombre, una ofrenda pura. Y Juan, en el Apocalipsis,
nos enseña que el incienso es las oraciones de los santos.
R. «Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; ésta es la sangre de la nueva
alianza que será derramada por vosotros», dice el Señor. * Cuantas veces lo toméis,
hacedlo en memoria mía.
V. Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado.
R. Cuantas veces lo toméis, hacedlo en memoria mía.
Oremos:
Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te
suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como
creador y como guía. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.