Oficio de Lectura - MARTES V SEMANA DE PASCUA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 5 de mayo de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.

La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Salmodia

Antífona 1: El Señor hará justicia a los pobres. (T. P. Aleluya).

Salmo 9 B

CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS

Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc 6, 20).

I

¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas.»
La intriga vicia siempre su conducta,
aleja de su mente tus juicios
y desafía a sus rivales.
Piensa: «No vacilaré,
nunca jamás seré desgraciado.»
Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente.
Sus ojos espían al pobre;
acecha en su escondrijo como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;
se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: «Dios lo olvida,
se tapa la cara para no enterarse.»

Antífona 2: Tú, Señor, ves las penas y los trabajos. (T. P. Aleluya).

II

Levántate, Señor, extiende tu mano,
no te olvides de los humildes;
¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas?
Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano.
Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.

Antífona 3: Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata refinada siete veces. (T. P. Aleluya).

Salmo 11

INVOCACIÓN A LA FIDELIDAD DE DIOS CONTRA LOS ENEMIGOS MENTIROSOS

Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo (San Agustín).

Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón.
Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua fanfarrona
de los que dicen: "la lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro acusador?"
El Señor responde: "por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre,
yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía".
Las palabras del Señor son palabras auténticas,
como plata limpia de ganga,
refinada siete veces.
Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.

Versículo

V. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere. Aleluya.
R. La muerte no tiene ya poder sobre él. Aleluya.

Lecturas

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 17, 19-34

DISCURSO DE PABLO EN EL AREÓPAGO

Un día, los atenienses tomaron a Pablo y lo llevaron al Areópago; y le dijeron:
«¿Podemos saber qué nueva doctrina es ésta que enseñas? Son cosas extrañas las que
nos dices, y queremos saber qué quiere decir todo eso.»
Todos los atenienses y los extranjeros que allí viven no se ocupan de otra cosa que de
decir y oír novedades. Puesto Pablo en pie, en medio del Areópago, dijo: «Atenienses, veo
que sois en todo los hombres más religiosos. Al recorrer y contemplar vuestros
monumentos sagrados, hasta he hallado un altar con la siguiente inscripción: "Al dios
desconocido." Pues bien, a ése que, sin conocer, veneráis, vengo yo a anunciaros. El Dios
que hizo el mundo con todo lo que hay en él, ese Dios, siendo Señor del cielo y de la
tierra, no habita en templos levantados por los hombres, ni tampoco es servido por manoshumanas, como si de algo necesitase. Él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. Él
hizo que todo el linaje humano, proveniente de un solo hombre, poblase la faz de la tierra.
Él fijó a cada nación las épocas de su historia y los confines de su territorio; todo ello, con
el fin de que buscasen a Dios y, siquiera a tientas, lo hallasen; porque ciertamente no está
lejos de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos.
Así lo han dicho también algunos de vuestros poetas: "Porque somos también de su
linaje." Si, pues, somos linaje de Dios, no debemos figurarnos que la divinidad es
semejante al oro, o a la plata, o a la piedra, obras del arte y del ingenio humano. Dios ha
dejado pasar estos tiempos de ignorancia como si no los viese. Pero ahora anuncia a los
hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado un día para
juzgar al mundo con toda justicia por medio de un hombre, a quien ha establecido para
ese fin, y lo ha acreditado resucitándolo de entre los muertos.»
Cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reír; otros
dijeron: «Ya volveremos a escucharte otra vez sobre lo mismo.»
Y Pablo salió de entre ellos. Algunos se adhirieron a la doctrina y abrazaron la fe. Entre
éstos se encontraban Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos más.

Responsorio Hch 17, 31; Sal 97, 9b

R. Dios ha fijado un día para juzgar al mundo con toda justicia * por medio de un hombre
a quien ha establecido para ese fin, resucitándolo de entre los muertos. Aleluya.
V. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.
R. Por medio de un hombre, a quien ha establecido para ese fin, resucitándolo de entre
los muertos. Aleluya.

Segunda Lectura

Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Libro 10, cap. 2: PG 74, 331-334)

YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS

El Señor, para convencernos de que es necesario que nos adhiramos a él por el amor,
ponderó cuán grandes bienes se derivan de nuestra unión con él, comparándose a sí
mismo con la vid y afirmando que los que están unidos a él e injertados en su persona,
vienen a ser como sus sarmientos y, al participar del Espíritu Santo, comparten su misma
naturaleza (pues el Espíritu de Cristo nos une con él).
La adhesión de quienes se vinculan a la vid consiste en una adhesión de voluntad y de
deseo; en cambio, la unión de la vid con nosotros es una unión de amor y de
inhabitación. Nosotros, en efecto, partimos de un buen deseo y nos adherimos a Cristo
por la fe; así llegamos a participar de su propia naturaleza y alcanzamos la dignidad de
hijos adoptivos, pues, como afirma san Pablo, el que se une al Señor es un espíritu con él.
De la misma forma que en un lugar de la Escritura se dice de Cristo que es cimiento y
fundamento (pues nosotros, se afirma, estamos edificados sobre él y, como piedras vivas
y espirituales, entramos en la construcción del templo del Espíritu, formando un
sacerdocio sagrado, cosa que no sería posible si Cristo no fuera fundamento), así, de
manera semejante, Cristo se llama a sí mismo vid, como si fuera la madre y nodriza de los
sarmientos que proceden de él.
En él y por él hemos sido regenerados en el Espíritu para producir fruto de vida, no de
aquella vida caduca y antigua, sino de la vida nueva que se funda en su amor. Y esta vida
la conservaremos si perseveramos unidos a él y como injertados en su persona; si
seguimos fielmente los mandamientos que nos dio y procuramos conservar los grandes
bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu
que habita en nosotros, pues, por medio de él, Dios mismo tiene su morada en nuestro
interior.
De qué modo nosotros estamos en Cristo y Cristo en nosotros nos lo pone en claro el
evangelista Juan al decir: En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros:
en que nos ha dado de su Espíritu.
Pues, así como la raíz hace llegar su misma manera de ser a los sarmientos, del mismo
modo el Verbo unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco
consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu
a los que están unidos con él por la fe: así les comunica una santidad inmensa, los nutre
en la piedad y los lleva al conocimiento de la verdad y a la práctica de la virtud.

Responsorio Jn 15, 4. 16

R. Permaneced en mí y yo permaneceré en vosotros: * como el sarmiento no puede dar
fruto por sí mismo, si no está unido a la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en
mí. Aleluya.
V. Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto sea permanente.

R. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no está unido a la vid, así
tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Aleluya.

Oración

Oremos:

Señor, tú que por la resurrección de Jesucristo nos has engendrado de nuevo para que
renaciéramos a una vida eterna, fortifica la fe de tu pueblo y afianza su esperanza, a fin
de que nunca dudemos que llegará a realizarse lo que nos tienes prometido. Por nuestro
Señor Jesucristo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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