Oficio de Lectura - VIERNES XII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 26 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN PELAYO, MÁRTIR .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: El Señor es bueno, bendecid su nombre.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!
Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.
Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.
Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.
Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó. (T. P. Aleluya).

Salmo 77, 1-39

BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros (1 Cor 10, 6).

I

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclina el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado.
Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
no lo ocultaremos a sus hijos,
lo contaremos a la futura generación:
las alabanzas del Señor, su poder,
las maravillas que realizó;
porque él estableció una norma para Jacob,
dio una ley a Israel.
Él mandó a nuestros padres
que lo enseñaran a sus hijos,
para que lo supiera la generación siguiente;
los hijos que nacieran después.
Que surjan y lo cuenten a sus hijos,
para que pongan en Dios su confianza
y no olviden las acciones de Dios,
sino que guarden sus mandamientos;
para que no imiten a sus padres,
generación rebelde y pertinaz;
generación de corazón inconstante,
de espíritu infiel a Dios.
Los arqueros de la tribu de Efraín
volvieron la espalda en la batalla;
no guardaron la alianza de Dios,
se negaron a seguir su ley,
echando en olvido sus acciones,
las maravillas que les había mostrado,
cuando hizo portentos a vista de sus padres,
en el país de Egipto, en el campo de Soán:
hendió el mar para darles paso,
sujetando las aguas como muros;
los guiaba de día con una nube,
de noche con el resplandor del fuego;
hendió la roca en el desierto,
y les dio a beber raudales de agua;
sacó arroyos de la peña,
hizo correr las aguas como ríos.

Antífona 2: Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía. (T. P. Aleluya).

II

Pero ellos volvieron a pecar contra él,
y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo:
tentaron a Dios en sus corazones,
pidiendo una comida a su gusto;
hablaron contra Dios: "¿podrá Dios
preparar una mesa en el desierto?
Él hirió la roca, brotó agua
y desbordaron los torrentes;
pero ¿podrá también darnos pan,
proveer de carne a su pueblo?"
Lo oyó el Señor, y se indignó;
un fuego se encendió contra Jacob,
hervía su cólera contra Israel,
porque no tenían fe en Dios
ni confiaban en su auxilio.
Pero dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos maná,
les dio un trigo celeste;
y el hombre comió pan de ángeles,
les mandó provisiones hasta la hartura.
Hizo soplar desde el cielo el levante,
y dirigió con su fuerza el viento sur;
hizo llover carne como una polvareda,
y volátiles como arena del mar;
los hizo caer en mitad del campamento,
alrededor de sus tiendas.
Ellos comieron y se hartaron,
así satisfizo su avidez;
pero, con la avidez recién saciada,
con la comida aún en la boca,
la ira de Dios hirvió contra ellos:
mató a los más robustos,
doblegó a la flor de Israel.

Antífona 3: Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor. (T. P. Aleluya).

III

Y, con todo, volvieron a pecar,
y no dieron fe a sus milagros:
entonces consumió sus días en un soplo,
sus años en un momento;
y, cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo su redentor.
Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza.
Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor;
acordándose de que eran de carne,
un aliento fugaz que no torna.

Lecturas

Primera Lectura

Comienza el libro de Nehemías 1, 1-2,8

PERMISO DEL REY A NEHEMÍAS PARA IR A JERUSALÉN

Autobiografía de Nehemías, hijo de Jacalías:
El mes de Kisléu del año veinte, me encontraba yo en la ciudadela de Susa, cuando
llegó mi hermano Jananí con unos hombres de Judá. Les pregunté por los judíos que se
habían librado del destierro y por Jerusalén. Me respondieron:
«Los que se libraron del destierro están en la provincia, pasando grandes privaciones y
humillaciones. La muralla de Jerusalén está en ruinas y sus puertas consumidas por el
fuego.»
Al oír estas noticias, lloré e hice duelo durante unos días, ayunando y orando al Dios del
cielo, con estas palabras:
«Señor, Dios del cielo, Dios grande y terrible, fiel a la alianza y misericordioso con los
que te aman y guardan tus preceptos: ten los ojos abiertos y los oídos atentos a la oración
de tu siervo, la oración que día y noche te dirijo por tus siervos, los israelitas, confesando
los pecados que los israelitas hemos cometido contra ti, tanto yo como la casa de mi
padre. Nos hemos portado muy mal, contigo, no hemos observado los preceptos,
mandatos y decretos que ordenaste a tu siervo Moisés.
Pero acuérdate de lo que dijiste a tu siervo Moisés: "Si sois infieles, os dispersaré entre
los pueblos; pero, si volvéis a mí y ponéis en práctica mis preceptos, aunque vuestros
desterrados se encuentren en los confines del mundo, allá iré a reunirlos y los llevaré al
lugar que elegí para morada de mi nombre." Son tus siervos y tu pueblo, los que
rescataste con tu gran poder y fuerte mano. Señor, mantén tus oídos atentos a la oración
de tu siervo y a la oración de tus siervos que están deseosos de respetarte. Haz que tu
siervo acierte y logre conmover a ese hombre.»
Yo era copero del rey. Era el mes de Nisán del año veinte del rey Artajerjes. Tenía el
vino delante, y yo tomé la copa y se la serví. En su presencia no debía tener cara triste. El
rey me preguntó:
«¿Qué te pasa que tienes mala cara? Tú no estás enfermo, sino triste.»
Me llevé un susto, pero contesté al rey:
«Viva su majestad eternamente. ¿Cómo no he de estar triste cuando la ciudad donde se
hallan enterrados mis padres está en ruinas y sus puertas consumidas por el fuego?»
El rey me dijo:
«¿Qué es lo que pretendes?»
Me encomendé al Dios del cielo, y respondí:
«Si a su majestad le parece bien, y si está satisfecho de su siervo, déjeme ir a Judá a
reconstruir la ciudad donde están enterrados mis padres.»
El rey y la reina, que estaba sentada a su lado, me preguntaron:
«¿Cuánto durará tu viaje y cuándo volverás?»
Al rey la pareció bien la fecha que le indiqué y me dejó ir. Pero añadí:
«Si a su majestad le parece bien, que me den cartas para los gobernadores de
Transeufratina, a fin de que me faciliten el viaje hasta Judá. Y una carta dirigida a Asaf,
superintendente de los bosques reales, para que me suministren tablones para las puertas
de la ciudadela del templo, para el muro de la ciudad y para la casa donde me instalaré.»

Gracias a Dios, el rey me lo concedió todo.

Responsorio Ne 1, 5. 6. 11

R. Señor, Dios del cielo, Dios grande y terrible, ten los oídos atentos * a la oración de tu
siervo.
V. Señor, mantén tus oídos atentos.
R. A la oración de tu siervo.

Segunda Lectura

De las homilías de san Gregorio de Nisa, obispo
(Homilía 6 sobre las bienaventuranzas: PG 44,1266-1267)

LA ESPERANZA DE VER A DIOS

La promesa de Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable.
¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene todo?
Porque, según el modo de hablar de la Escritura, ver significa lo mismo que poseer; y así,
en aquello que leemos: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la palabra "ver" equivale a
tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío, para que no vea la grandeza del
Señor, por "no ver", se entiende no tener parte en esta grandeza.
Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión todos los bienes posibles: la vida
sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, el reino sin fin, la alegría
ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce, la gloria inaccesible, el júbilo
perpetuo y, en resumen, todo bien.
Tal y tan grande es, en efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos; pero,
como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón puro, y, ante
esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y turbada por una especie de
vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es de aquellas cosas imposibles y que
superan y exceden nuestra naturaleza. Pues, si esta pureza de corazón es el medio para
ver a Dios, y si Moisés y Pablo no lo vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser
visto por ellos ni por cualquier otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para
alcanzar la felicidad nos parece una cosa irrealizable.
¿De qué nos sirve conocer el modo de ver a Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a
ello? Es lo mismo que si uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible
ver lo que no se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase alguna manera de
llegar al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si nos es
imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo sino solamente para
estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos privados y la imposibilidad de
alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una felicidad que excede nuestra naturaleza y nos
manda algo que, por su magnitud, supera las fuerzas humanas?
No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el agua a los
animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas las cosas existe una
ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que esté por encima de la propia
naturaleza, de ello deducimos, por lógica conveniencia, que no hay que desesperar de
alcanzar la felicidad que se nos propone, y que Juan y Pablo y Moisés, y otros como ellos,
no se vieron privados de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues,
ciertamente, no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda
la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará, ni aquel que se reclinó
sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca de Dios: Te he conocido más que a
todos.

Por tanto, si es indudable que aquellos que predicaron que la contemplación de Dios
está por encima de nuestras fuerzas son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión
de Dios, y si para ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que esta
pureza de corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable.
Los que aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de
Dios está por encima de nuestras posibilidades se engañan y están en contradicción con
las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza de corazón, podemos
alcanzar la visión divina.

Responsorio Sal 62, 2; 16, 15

R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío; mi carne tiene ansia de ti.
V. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.
R. Mi carne tiene ansia de ti.

Oración

Oremos:

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás
dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro
Señor Jesucristo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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