El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 25 de mayo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN BEDA EL VENERABLE, PRESBÍTERO Y DOCTOR DE LA IGLESIA , SAN GREGORIO VII, PAPA , SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI, VIRGEN .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.
Antífona 1: ¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! (T. P. Aleluya).
Salmo 72
POR QUÉ SUFRE EL JUSTO
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6).
I
¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.
Antífona 2: Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
II
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: "Voy a hablar con ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
Antífona 3: Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. (T. P. Aleluya).
III
Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tú agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sión.
De la segunda carta a los Corintios 8, 1-24
PABLO PIDE UNA COLECTA A FAVOR DE JERUSALÉN
Hermanos: Os queremos dar a conocer la gracia de Dios que se ha manifestado en las
Iglesias de Macedonia. Pasaban por una dura prueba de escasez y, sin embargo, su
rebosante gozo y su extremada pobreza culminaron en la riqueza de su liberalidad. Porque
según sus posibilidades (de esto soy testigo), y aun por encima de ellas, nos pedían
espontáneamente y con mucha insistencia la gracia de poder participar en este servicio en
favor de los fieles (de Jerusalén).
Y fueron más allá de lo que esperábamos: ellos mismos se pusieron a disposición
primero del Señor y luego de nosotros, porque ésa era la voluntad de Dios. Ante este
resultado, rogamos a Tito que, según había comenzado antes, llevase también a feliz
término entre vosotros esta obra de caridad.
Por lo tanto, así como sobresalís en toda clase de carismas de fe, de discursos, de
ciencia, en toda obra de celo y en la caridad que hemos puesto en vosotros, sobresalid
también en esta obra de generosidad. No es una orden que os doy, sino que, movido por
el interés de los demás, quiero comprobar lo sincero de vuestra caridad. Bien conocéis el
ejemplo de liberalidad de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por
vosotros, para que os enriquecierais con su pobreza.
Esto no es más que un consejo que os doy; y viene muy bien a vosotros, que desde el
año pasado sois los primeros, no sólo en poner manos a la obra en la colecta (ahora
interrumpida), sino también en la voluntad de llevarla a cabo. Terminad, pues, ahora, la
obra comenzada. Que a vuestra prontitud en la iniciativa corresponda ahora su realización,
según vuestras posibilidades.
Cuando la voluntad está pronta es bien recibida con lo que se tenga; no se mira a lo
que no se tiene. No se trata de que vosotros paséis escasez para que otros tengan
holgura, sino de que haya equidad. En estas circunstancias, que vuestra abundancia
remedie la escasez de aquéllos, y que su abundancia alivie vuestra indigencia; y así haya
equidad. Dice a este propósito la Escritura: «El que mucho recogió no tuvo de más, y el
que poco, no anduvo en escasez.»
Gracias doy a Dios porque ha puesto en el corazón de Tito este mismo interés por
vosotros. Porque no sólo acogió bien nuestra invitación, sino que, solícito como el que
más, por propia iniciativa se dirigió a vuestro lado. Junto con él os enviamos a otro
hermano nuestro que se ha ganado las alabanzas de todas las Iglesias en la difusión del
Evangelio. Y no sólo esto, sino que por voto común de las Iglesias (de Macedonia) ha sido
designado como compañero de nuestros viajes en esta obra de caridad, obra que llevamos
entre manos para gloria del mismo Señor y prueba de nuestra buena voluntad.
Así tratamos de evitar que nadie nos critique por estas abundantes limosnas que vamos
recogiendo, pues procuramos el bien no sólo ante Dios, sino también ante los hombres.
Os enviamos con ellos al otro hermano nuestro, de cuyo interés y celo hemos tenido
pruebas bien claras en tantas ocasiones; en ésta se ha mostrado mucho más solícito por
la gran confianza que tiene en vosotros.
Por lo que se refiere a Tito, sabéis que es mi compañero y colaborador en el apostolado
entre vosotros, los demás hermanos nuestros son delegados de las Iglesias, son gloria de
Cristo. Así pues, como lo esperan las demás Iglesias, hacedles demostración de vuestra
caridad y demostradles que son verdaderos los elogios que de ella hicimos.
R. Bien conocéis la liberalidad de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre
por vosotros* para que os enriquecierais con su pobreza.
V. Se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo.
R. Para que os enriquecierais con su pobreza.
De los tratados morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
(Libro 3,15-16: PL 75, 606-608)
SI ACEPTAMOS DE DIOS LOS BIENES, ¿NO VAMOS A ACEPTAR LOS MALES?
El apóstol Pablo, considerando en sí mismo las riquezas de la sabiduría interior y viendo
al mismo tiempo que en lo exterior no es más que un cuerpo corruptible, dice: Este tesoro
lo llevamos en vasijas de barro. En el bienaventurado Job, la vasija de barro experimenta
exteriormente las desgarraduras de sus úlceras, pero el tesoro interior permanece intacto.
En lo exterior crujen sus heridas, pero del tesoro de sabiduría que nace sin cesar en su
interior emanan estas palabras llenas de santas enseñanzas: Si aceptamos de Dios los
bienes, ¿no vamos a aceptar los males? Entendiendo por bienes los dones de Dios, tanto
temporales como eternos, y por males las calamidades presentes, acerca de las cuales
dice el Señor por boca del profeta: Yo soy el Señor, y no hay otro; artífice de la luz,
creador de las tinieblas, autor de la paz, creador de la desgracia.
Artífice de la luz, creador de las tinieblas, porque, cuando por las calamidades
exteriores son creadas las tinieblas del sufrimiento, en lo interior se enciende la luz del
conocimiento espiritual. Autor de la paz, creador de la desgracia, porque precisamente
entonces se nos devuelve la paz con Dios, cuando las cosas creadas, que son buenas en
sí, pero que no siempre son rectamente deseadas, se nos convierten en calamidades y
causa de desgracia. Por el pecado perdemos la unión con Dios; es justo, por tanto, que
volvamos a la paz con él a través de las calamidades; de este modo, cuando cualquier
cosa creada, buena en sí misma, se nos convierte en causa de sufrimiento, ello nos sirve
de corrección, para que volvamos humildemente al autor de la paz.
Pero, en estas palabras de Job, con las que responde a las imprecaciones de su esposa,
debemos considerar principalmente lo llenas que están de buen sentido. Dice, en efecto:
Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? Es un gran consuelo en
medio de la tribulación acordarnos, cuando llega la adversidad, de los dones recibidos de
nuestro Creador. Si acude en seguida a nuestra mente el recuerdo reconfortante de los
dones divinos, no nos dejaremos doblegar por el dolor. Por esto, dice la Escritura: En el día
dichoso no te olvides de la desgracia, en el día desgraciado no te olvides de la dicha.
En efecto, aquel que en el tiempo de los favores se olvida del temor de la calamidad
cae en la arrogancia por su actual satisfacción. Y el que en el tiempo de la calamidad no
se consuela con el recuerdo de los favores recibidos es llevado a la más completa
desesperación por su estado mental.
Hay que juntar, pues, lo uno y lo otro, para que se apoyen mutuamente; así, el
recuerdo de los favores templará el sufrimiento de la calamidad, y la previsión y temor de
la calamidad moderará la alegría de los favores. Por esto, aquel santo varón, en medio de
los sufrimientos causados por sus calamidades, calmaba su mente angustiada por tantas
heridas con el recuerdo de los favores pasados, diciendo: Si aceptamos de Dios los bienes,
¿no vamos a aceptar los males?
R. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? * El Señor me lo dio,
el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor.
V. En todo esto no pecó Job, ni dijo nada insensato contra Dios.
R. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor.
Oremos:
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las
naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega
confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.