Oficio de Lectura - LUNES XXI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 24 de agosto de 2026. Otras celebraciones del día: SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entremos a la presencia del Señor, dándole gracias.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Sálvame, Señor, por tu misericordia. (T. P. Aleluya).

Salmo 6

ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS

Ahora mi alma está agitada... Padre, líbrame de esta hora (Jn 12, 27).

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.

Antífona 2: El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. (T. P. Aleluya).

Salmo 9 A

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA

De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.

I

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.

Antífona 3: Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. (T. P. Aleluya).

II

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.

Lecturas

Primera Lectura

De la carta a Tito 2, 1-3, 2

EXHORTACIÓN A LOS FIELES

Querido hermano: Tú enseña lo que es conforme a la sana doctrina. Los ancianos, que
sean moderados, dignos, discretos, íntegros y vigorosos en la fe, en la caridad, en la
constancia. Las ancianas, de igual modo, que observen un porte religioso, como conviene
a una profesión santa; que no se den a la murmuración ni al mucho vino; que sean
maestras de buenas costumbres, para poder inspirar sentimientos de modestia a las más
jóvenes. Así les enseñarán a ser buenas esposas y buenas madres de familia, a ser
discretas, honestas, hacendosas, bondadosas, dóciles a sus maridos. Así no darán motivo
para que se hable mal del Evangelio de Dios.
Asimismo, a los jóvenes, anímalos a vivir con moderación en todas las cosas. Y tú sé
modelo por tus buenas obras, con desinterés e integridad en la enseñanza, con gravedad,
con genuina e incensurable doctrina, para que nuestros adversarios se vean confundidos,
al no tener nada malo que decir contra nosotros.
Los esclavos, que vivan sometidos en todo a sus amos, complaciéndoles sin
contradecirles; y que no se den al robo; antes bien, muéstrenles una hermosa y total
fidelidad, para que en todo hagan honor a la enseñanza evangélica de Dios, nuestro
Salvador.
Porque Dios ha hecho aparecer a la vista de todos los hombres la gracia que nos trae la
salud; y nos enseña a vivir con sensatez, justicia y religiosidad en esta vida, desechando la

impiedad y las ambiciones del mundo, y aguardando la feliz esperanza y la manifestaciónde la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él se entregó a la muerte por
nosotros, a fin de redimirnos de toda iniquidad y reservarse para sí, como posesión propia,
un pueblo purificado y lleno de fervor por las buenas obras. Vete enseñando todo esto,
animando y reprendiendo con toda autoridad. Que nadie te desprecie. Recuérdales que
vivan sometidos a las autoridades y a los que ejercen el poder: que los obedezcan y que
estén prontos para toda obra buena. Que no calumnien a nadie, que no sean
pendencieros, sino condescendientes, y que muestren una perfecta mansedumbre con
todos los hombres.

Responsorio Tt 2, 12-13; cf. Ef 5, 15. 16

R. Desechando la impiedad y las ambiciones del mundo, vivamos con sensatez, justicia y
religiosidad en esta vida; * aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria
del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.
V. Miremos cómo nos portamos; no sea como necios, sino como sabios, aprovechando
bien la ocasión presente.
R. Aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador
nuestro, Jesucristo.

Segunda Lectura

Del comentario de santo Tomás de Aquino, presbítero, sobre el evangelio de san Juan
(Cap. 10, lect. 3)

EL RESTO DE ISRAEL PASTARÁ Y SE TENDERÁ SIN SOBRESALTOS

Yo soy el buen Pastor. Es evidente que el oficio de pastor compete a Cristo, pues, de la
misma manera que el rebaño es guiado y alimentado por el pastor, así Cristo alimenta a
los fieles espiritualmente y también con su cuerpo y su sangre. Andabais descarriados
como ovejas -dice el Apóstol-, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras
vidas.
Pero ya que Cristo, por una parte, afirma que el pastor entra por la puerta y, en otro
lugar, dice que él es la puerta, y aquí añade que él es el pastor, debe concluirse de todo
ello, que Cristo entra por sí mismo. Y es cierto que Cristo entra por sí mismo, pues él se
manifiesta a sí mismo, y por sí mismo conoce al Padre. Nosotros, en cambio, entramos por
él, pues es por él que alcanzamos la felicidad.
Pero, fíjate bien: nadie que no sea él es puerta, porque nadie sino él es luz verdadera, a
no ser por participación:
No era él -es decir, Juan Bautista-la luz, sino testigo de la luz. De Cristo, en cambio, se
dice: Era la luz verdadera; que alumbra a todo hombre. Por ello, de nadie puede decirse
que sea puerta; esta cualidad Cristo se la reservó para sí; el oficio, en cambio, de pastor lo
dio también a otros y quiso que lo tuvieran sus miembros: por ello, Pedro fue pastor, y
pastores fueron también los otros apóstoles, y son pastores todos los buenos obispos. Os
daré -dice la Escritura-pastores a mi gusto. Pero, aunque los prelados de la Iglesia, que
también son hijos, sean todos llamados pastores, sin embargo, el Señor dice en singular:
Yo soy el buen Pastor; con ello quiere estimularlos a la caridad, insinuándoles que nadie
puede ser buen pastor, si no llega a ser una sola cosa con Cristo por la caridad y se
convierte en miembro del verdadero pastor.
El deber del buen pastor es la caridad; por eso dice: El buen pastor da la vida por las
ovejas. Conviene, pues, distinguir entre el buen pastor y el mal pastor: el buen pastor es
aquel que busca el bien de sus ovejas, en cambio, el mal pastor es el que persigue su
propio bien.

A los pastores que apacientan rebaños de ovejas no se les exige exponer su propia vida
a la muerte por el bien de su rebaño, pero, en cambio, el pastor espiritual sí que debe
renunciar a su vida corporal ante el peligro de sus ovejas, porque la salvación espiritual
del rebaño es de más precio que la vida corporal del pastor. Es esto precisamente lo que
afirma el Señor: El buen pastor da la vida -la vida del cuerpo-por las ovejas, es decir, por
las que son suyas por razón de su autoridad y de su amor. Ambas cosas se requieren: que
las ovejas le pertenezcan y que las ame, pues lo primero sin lo segundo no sería
suficiente.
De este proceder Cristo nos dio ejemplo: Si Cristo dio su vida por nosotros, también
nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

Responsorio Ez 34, 12; Jn 10, 28

R. Buscaré mis ovejas, * y las sacaré de todos los lugares por donde se dispersaron en un
día de oscuridad y nubarrones.
V. Mis ovejas nunca jamás perecerán, ni nadie las arrebatará de mis manos.
R. Y las sacaré de todos los lugares por donde se dispersaron en un día de oscuridad y
nubarrones.

Oración

Oremos:

Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el
amor a tus preceptos y esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes
del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por nuestro Señor Jesucristo
, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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