El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 20 de julio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN APOLINAR, OBISPO Y MÁRTIR .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Aclamemos al Señor con cantos.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
En el principio, tu Palabra.
Antes que el sol ardiera,
antes del mar y las montañas,
antes de las constelaciones,
nos amó tu Palabra.
Desde tu seno, Padre,
era sonrisa su mirada,
era ternura su sonrisa,
era calor de brasa.
En el principio, tu Palabra.
Todo se hizo de nuevo,
todo salió sin mancha,
desde el arrullo del río
hasta el rocío y la escarcha;
nuevo el canto de los pájaros,
porque habló tu Palabra.
Y nos sigues hablando todo el día,
aunque matemos la mañana
y desperdiciemos la tarde,
y asesinemos la alborada.
Como una espada de fuego,
en el principio, tu Palabra.
Llénanos de tu presencia, Padre;
Espíritu, satúranos de tu fragancia;
danos palabras para responderte,
Hijo, eterna Palabra. Amén.
Antífona 1: ¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! (T. P. Aleluya).
Salmo 72
POR QUÉ SUFRE EL JUSTO
¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6).
I
¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.
Antífona 2: Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
II
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: "Voy a hablar con ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
Antífona 3: Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. (T. P. Aleluya).
III
Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tú agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sión.
Del libro de Job 12, 1-25
DOMINIO DE DIOS SOBRE TODA HUMANA SABIDURÍA Y GRANDEZA
Job tomó la palabra y dijo:
«Realmente sois gente importante y con vosotros morirá la sabiduría; pero también yo
tengo inteligencia y no soy menos que vosotros: ¿quién no sabe todo eso?
Soy el hazmerreír de mi vecino, yo, que llamaba a Dios y me escuchaba. (¡El hazmerreír
siendo honrado y cabal!) Y los que se sienten satisfechos exclaman: "Que vaya a la
desgracia, al desprecio, dad un último golpe al que vacila." Y, con todo, están en paz las
tiendas de los salteadores, y viven tranquilos los que desafían a Dios, pensando que lo
tienen en su puño.
Pregunta a las bestias y te instruirán, a las aves del cielo y te informarán, a los reptiles
del suelo y te darán lecciones, te lo contarán los peces del mar: con tantos maestros,
¿quién no sabe que la mano de Dios lo ha hecho todo? En su mano está el alma de los
vivientes y el espíritu del hombre de carne.
¿No distingue el oído las palabras, y no saborea el paladar los manjares? ¿No está en
los ancianos la sabiduría, y la prudencia en los viejos?
Pues él posee sabiduría y poder; la perspicacia y la prudencia son suyas. Lo que él
destruye, nadie lo levanta; si él aprisiona, nadie escapará; si retiene la lluvia, viene la
sequía: si la suelta, se inunda la tierra.
Él posee fuerza y eficacia, suyos son el engañado y el que engaña; él puede hacer
estúpidos a los consejeros, y hacer enloquecer a los gobernantes, él arranca a los reyes
sus insignias, y les ata una soga a la cintura; él despoja a los sacerdotes de su gloria, y
derriba los poderes establecidos; quita la palabra a los elocuentes, y priva de sensatez a
los ancianos; arroja desprecio sobre los nobles, y afloja el cinturón de los robustos;
arranca a las tinieblas sus secretos, y saca a luz lo que estaba entre las sombras; levanta
pueblos y los arruina, dilata naciones y las destierra; quita el talento a los jefes, y los
extravía por una inmensidad sin caminos, donde van a tientas en lóbrega tiniebla,
tropezando como ebrios.»
R. Dios posee sabiduría y poder; la perspicacia y la prudencia son suyas. * Lo que él
destruye, nadie lo levanta; si él aprisiona, nadie escapará.
V. Él no cambia, ¿quién podrá disuadirlo? Él realiza lo que quiere.
R. Lo que él destruye, nadie lo levanta; si él aprisiona, nadie escapará.
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios
(Caps. 6,1-9,2: Funk 1,195-199)
UNA SOLA ORACIÓN Y UNA SOLA ESPERANZA EN LA CARIDAD Y EN LA SANTA ALEGRÍA
Como en las personas de vuestra comunidad, que tuve la suerte de ver, os contemplé
en la fe a todos vosotros y a todos cobré amor, yo os exhorto a que pongáis empeño por
hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que ocupa el lugar de
Dios; y de los presbíteros, que representan al colegio de los apóstoles; desempeñando los
diáconos, para mí muy queridos, el ejercicio que les ha sido confiado del ministerio de
Jesucristo, el cual estaba junto al Padre antes de los siglos se manifestó en estos últimos
tiempos.
Así pues, todos, conformándoos al proceder de Dios, respetaos mutuamente, y nadie
mire a su prójimo bajo un punto de vista meramente humano, sino amaos unos a otros en
Jesucristo en todo momento. Que nada haya en vosotros que pueda dividiros, antes bien,
formad un solo cuerpo con vuestro obispo y con los que os presiden, para que seáis
modelo y ejemplo de inmortalidad.
Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, ya que
formaba una sola cosa con él -nada, digo, ni por sí mismo ni por sus apóstoles-, así
también vosotros, nada hagáis sin contar con vuestro obispo y con los presbíteros, ni
tratéis de colorear como laudable algo que hagáis separadamente, sino que, reunidos en
común, haya una sola oración, una sola esperanza en la caridad y en la santa alegría, ya
que uno solo es Jesucristo, mejor que el cual nada existe. Corred todos a una como a un
solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo
Padre que en un solo Padre estuvo y a él solo ha vuelto.
No os dejéis engañar por doctrinas extrañas ni por cuentos viejos que no sirven para
nada. Porque, si hasta el presente seguimos viviendo según la ley judaica, confesamos no
haber recibido la gracia. En efecto, los santos profetas vivieron según Jesucristo. Por eso,
justamente fueron perseguidos, inspirados que fueron por su gracia para convencer
plenamente a los incrédulos de que hay un solo Dios, el cual se habría de manifestar a sí
mismo por medio de Jesucristo, su Hijo, que es su Palabra que procedió del silencio, y que
en todo agradó a aquel que lo había enviado.
Ahora bien, si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a una
nueva esperanza, no guardando ya el sábado, sino considerando el Domingo como el
principio de su vida, pues en ese día amaneció también nuestra vida gracias al Señor y a
su muerte, ¿cómo podremos nosotros vivir sin aquel a quien los mismos profetas,
discípulos suyos ya en espíritu, esperaban como a su Maestro? Y, por eso, el mismo a
quien justamente esperaban, una vez llegado, los resucitó de entre los muertos.
R. Procurad todos tener un mismo pensar y un mismo sentir: con afecto fraternal, con
ternura, con humildad. * Porque vuestra vocación mira a esto: a heredar una bendición.
V. En cuanto a la caridad fraterna, amaos entrañablemente unos a otros; en cuanto a la
mutua estima, tened por más dignos a los demás; sirviendo al Señor.
R. Porque vuestra vocación mira a esto: a heredar una bendición.
Oremos:
Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos los dones de tu gracia,
para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento
de tu ley. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.