El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 3 de julio de 2026. Otras celebraciones del día: SANTO TOMÁS, APÓSTOL .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Este es el día del Señor.
Este es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos.
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.
Antífona 1: Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. (T. P. Aleluya).
Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28
SÚPLICA CONTRA LOS PERSEGUIDORES INJUSTOS
Se reunieron... y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo (Mt 26, 34).
I
Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
"yo soy tu victoria".
Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
"Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?"
Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.
Antífona 2: Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso. (T. P. Aleluya).
II
Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.
Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste;
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.
Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar.
Cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.
Antífona 3: Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor. (T. P. Aleluya).
III
Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,
y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.
Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
Señor, tú lo has visto, no te calles,
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío,
Señor mío, defiende mi causa.
Que canten y se alegren
los que desean mi victoria,
que repitan siempre: "Grande es el Señor"
los que desean la paz a tu siervo.
Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabará.
Del libro de Nehemías 12, 27-46
INAUGURACIÓN DE LA MURALLA DE JERUSALÉN
En aquellos días, al inaugurar la muralla de Jerusalén, buscaron a los levitas por todas
partes, para traerlos a Jerusalén a celebrar la inauguración con una fiesta y con acciones
de gracias, al son de platillos, arpas y cítaras. Se reunieron los cantores del valle del
Jordán, de la comarca de Jerusalén, de las aldeas de Netofat, de Bet-Guilgal y de los
campos de Loma y Azmaut, porque los cantores se habían construido aldeas en las
cercanías de Jerusalén. Los sacerdotes y los levitas se purificaron y luego purificaron al
pueblo, las puertas y la muralla.
Mandé a las autoridades de Judá que subiesen a la muralla y organicé dos grandes
coros. Uno iba por la derecha, encima de la muralla, hacia la puerta de la Basura.
Cerraban la marcha Oseas, la mitad de las autoridades de Judá, Azarías, Esdras, Mesulán,
Judá, Benjamín, Semayas, Jeremías; sacerdotes con trompetas, Zacarías, hijo de Jonatán,
hijo de Semayas, hijo de Matanías, hijo de Miqueas, hijo de Zacur, hijo de Asaf, y sus
hermanos, Semayas, Azarel, Milalay, Guilalay, Maay, Netanel, Judá y Jananí, con los
instrumentos de David, hombre de Dios. Esdras, el letrado, iba al frente de ellos. Pasaron
por la puerta de la Fuente y, siguiendo en línea recta, subieron a la escalera de la ciudad
de David y bajaron por la cuesta de la muralla, junto al palacio de David, hasta la puerta
del Agua, a levante.
El segundo coro, al que seguía yo con la mitad de las autoridades y los sacerdotes
Eliaquín, Maseyas, Minyamín, Miqueas, Elioenay, Zacarías y Ananías, con trompetas, y
Maseyas, Semayas, Eleazar, Uzí, Juan, Malquías, Elán, Ezer, se dirigió hacia la izquierda,
por encima de la muralla, a lo largo de la torre de los Hornos hasta el muro ancho, y
continuó por la puerta de Efraín, la puerta Antigua, la puerta del Pescado, la torre de
Jananel, la torre de los Cien y la puerta de los Rebaños, hasta detenerse en la puerta de la
Cárcel. Los dos coros se situaron en el templo de Dios; los cantores cantaban dirigidos por
Yizrajías.
Aquel día, ofrecieron sacrificios solemnes y hubo fiesta, porque el Señor los inundó de
gozo; también las mujeres y los niños participaron en ella. La algazara de Jerusalén se
escuchaba desde lejos.
Por entonces, se nombraron los intendentes de los almacenes destinados a provisiones,
ofrendas, primicias y diezmos, donde se guardaban, por campos y pueblos, las porciones
que prescribe la ley para los sacerdotes y los levitas. Porque los judíos estaban contentos
de los sacerdotes y levitas en funciones, que se ocupaban del culto de su Dios y del rito
de la purificación, como habían mandado David y su hijo Salomón, y también de los
cantores y porteros.
Ya desde antiguo, en tiempos de David y Asaf, había jefes de cantores y cánticos de
alabanza y de acción de gracias a Dios. Y en tiempos de Zorobabel y de Nehemías todos
los israelitas subvenían diariamente a las necesidades de los cantores y porteros, y hacían
ofrendas sagradas a los levitas, igual que éstos a los descendientes de Aarón.
R. Tenemos una ciudad fuerte, * ha puesto para salvarla murallas y baluartes.
V. El monte Sión, altura hermosa, es la alegría de toda la tierra y la ciudad del gran rey.
R. Ha puesto para salvarla murallas y baluartes.
Del libro de san Agustín, obispo, sobre la predestinación los elegidos
(Cap. 15, 30-31: PL 44, 981-983)
JESUCRISTO ES DEL LINAJE DE DAVID SEGÚN LA CARNE
El más esclarecido ejemplar de la predestinación y de la gracia es el mismo Salvador del
mundo, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús; porque para llegar a serlo,
¿con qué méritos anteriores, ya de obras, ya de fe, pudo contar la naturaleza humana que
en él reside? Yo ruego que se me responda a lo siguiente: aquella naturaleza humana que
en unidad de persona fue asumida por el Verbo, coeterno del Padre, ¿cómo mereció llegar
a ser Hijo unigénito de Dios? ¿Precedió algún mérito a esta unión? ¿Qué obró, qué creyó o
qué exigió previamente para llegar a tan inefable y soberana dignidad? ¿No fue acaso por
la virtud y asunción del mismo Verbo, por lo que aquella humanidad, en cuanto empezó a
existir, empezó a ser Hijo único de Dios?
Manifiéstese, pues, ya a nosotros en el que es nuestra Cabeza, la fuente misma de la
gracia, la cual se derrama por todos sus miembros según la medida de cada uno. Tal es la
gracia, por la cual se hace cristiano el hombre desde el momento en que comienza a
creer; la misma por la cual aquel Hombre, unido al Verbo desde el primer momento de su
existencia, fue hecho Jesucristo; del mismo Espíritu Santo, de quien Cristo fue nacido, es
ahora el hombre renacido; por el mismo Espíritu Santo, por quien se verificó que la
naturaleza humana de Cristo estuviera exenta de todo pecado, se nos concede a nosotros
ahora la remisión de los pecados. Sin duda, Dios tuvo presciencia de que realizaría todas
estas cosas. Porque en esto consiste la predestinación de los santos, que tan
soberanamente resplandece en el Santo de los santos. ¿Quién podría negarla de cuantos
entienden rectamente las palabras de la verdad? Pues el mismo Señor de la gloria, en
cuanto que el Hijo de Dios se hizo hombre, sabemos que fue también predestinado.
Fue, por tanto, predestinado Jesús, para que, al llegar a ser hijo de David según la
carne, fuese también, al mismo tiempo, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad; pues
nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Tal fue aquella singular elevación del hombre,
realizada de manera inefable por el Verbo divino, para que Jesucristo fuese llamado a la
vez, verdadera y propiamente, Hijo de Dios e hijo del hombre; hijo del hombre, por la
naturaleza humana asumida, e Hijo de Dios, porque el Verbo unigénito la asumió en sí; de
otro modo no se creería en la trinidad, sino en una cuaternidad de personas.
Así fue predestinada aquella humana naturaleza a tan grandiosa, excelsa y sublime
dignidad, más arriba de la cual no podría ya darse otra elevación mayor; de la misma
manera que la divinidad no pudo descender ni humillarse más por nosotros, que tomando
nuestra naturaleza con todas sus debilidades hasta la muerte de cruz. Por tanto, así como
ha sido predestinado ese hombre singular para ser nuestra Cabeza, así también una gran
muchedumbre hemos sido predestinados para ser sus miembros. Enmudezcan, pues, aquí
las deudas contraídas por la humana naturaleza, pues ya perecieron en Adán, y reine por
siempre esta gracia de Dios, que ya reina por medio de Jesucristo, Señor nuestro, único
Hijo de Dios y único Señor. Y así, si no es posible encontrar en nuestra Cabeza mérito
alguno que preceda a su singular generación, tampoco en nosotros, sus miembros, podrá
encontrarse merecimiento alguno que preceda a tan multiplicada regeneración.
R. Mirad que ya se cumplió el tiempo, y ha enviado Dios a su Hijo a la tierra, nacido de
una Virgen, nacido bajo la ley, * para rescatar a los que estaban bajo la ley.
V. Por el gran amor con que nos amó, envió a su propio Hijo, sometido a una existencia
semejante a la de la carne de pecado.
R. Para rescatar a los que estaban bajo la ley.
Oremos:
Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz;
concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de
la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.