El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 19 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN ROMUALDO, ABAD .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Este es el día del Señor.
Este es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos.
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.
Antífona 1: Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.
Salmo 68, 2-22. 30-37
ME DEVORA EL CELO DE TU TEMPLO
Le dieron a beber vino mezclado con hiel (Mt 27, 34).
Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?
Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.
Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos,
se burlan de mí;
cuando me visto de saco,
se ríen de mí;
sentados a la puerta cuchichean,
mientras beben vino me sacan coplas.
Antífona 2: En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
II
Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:
arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme enseguida.
Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.
Antífona 3: Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. (T. P. Aleluya).
III
Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.
El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.
Comienza el libro del profeta Zacarías 1, 1-21
VISIÓN SOBRE EL RESTABLECEMIENTO DE JERUSALÉN
En el mes octavo del año segundo de Darío, fue dirigida la palabra del Señor al profeta
Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí, en estos términos:
«El Señor está irritado contra vuestros padres. Les dirás: "Así dice el Señor de los
ejércitos: Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros. No seáis como vuestros padres, a
quienes predicaban los antiguos profetas: 'Así dice el Señor: Convertíos de vuestra mala
conducta y de vuestras malas obras', pero no me obedecieron ni me hicieron caso -oráculo
del Señor-. Vuestros padres ¿dónde están ahora? Vuestros profetas ¿viven eternamente?
Pero mis palabras y preceptos que mandé a mis siervos los profetas ¿no es verdad que
alcanzaron a vuestros padres? Por eso ellos se convirtieron, diciendo: “Como el Señor de
los ejércitos había dispuesto tratarnos por nuestra conducta y obras, así nos ha
sucedido.”»
El día veinticuatro del mes undécimo -el mes de Sebat-del año segundo de Darío, vino el
siguiente mensaje del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí:
Tuve una visión nocturna: Vi un jinete sobre un caballo rojo, de pie entre los mirtos de
un valle; detrás de él había caballos rojos, castaños, negros y blancos; pregunté:
«¿Quiénes son éstos, señor?»
Y me contestó el ángel del Señor que estaba entre los mirtos:
«Te mostraré quiénes son.»
Pero el jinete que estaba entre los mirtos dijo:
«A éstos los ha despachado el Señor para que recorran la tierra.»
Contestaron éstos al ángel del Señor que estaba entre los mirtos:
«Hemos recorrido la tierra, y toda ella está quieta y en paz.»
Preguntó el ángel del Señor:
«¿Hasta cuándo, Señor de los ejércitos, no te compadecerás de Jerusalén y de las
ciudades de Judá, contra las que estás irritado desde hace setenta años?»
Respondió el Señor al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, palabras de
consuelo. El ángel que me hablaba me dijo:
«Proclama lo siguiente: "Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Jerusalén
y por Sión, y una gran cólera contra las naciones confiadas que contribuyeron a la
desgracia durante mi breve cólera. Por eso, así dice el Señor: Me vuelvo con misericordia a
Jerusalén. En ella será reedificado mi templo -oráculo del Señor de los ejércitos-, el cordel
de medir será tendido sobre Jerusalén." Proclama también: "Así dice el Señor de los
ejércitos: Otra vez rebosarán las ciudades de bienes, el Señor consolará otra vez a Sión y
elegirá de nuevo a Jerusalén."»
Levanté luego los ojos y vi cuatro cuernos. Pregunté al ángel que hablaba conmigo:
«¿Qué significan?»
Él contestó:
«Éstos son los cuernos que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén.»
Después el Señor me hizo ver cuatro herreros. Pregunté:
«¿Qué han venido a hacer?»
Respondió:
«Aquéllos eran los cuernos que dispersaron a Judá, hasta no dejar alzar cabeza a un solo
hombre; y éstos vinieron a abatirlos, para derribar los cuernos de las naciones que
levantaron su poder contra la tierra de Judá para dispersarla.»
R. Me vuelvo con misericordia a Jerusalén; * en ella será reedificado mi templo.
V. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna, porque su lámpara es el Cordero.
R. En ella será reedificado mi templo.
Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre el Padrenuestro
(Caps. 23-24: CSEL 3, 284-285)
QUE LOS QUE SOMOS HIJOS DE DIOS PERMANEZCAMOS EN LA PAZ DE DIOS
El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y
una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que
nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar
el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante
con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello, dice también en otro lugar: La medida
que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había
perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a
la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia
que había conseguido de su amo.
Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos
manda severamente: Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros,
para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero, si vosotros no
perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa
tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás
tratado conforme a lo que tú hayas hecho.
Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa, y
que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que
los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los que tenemos un solo
espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto, Dios tampoco acepta el
sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y
vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él,
podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los
ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de
la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que miraba Dios
no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y, por eso, le agradó la ofrenda del
que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio
irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su
ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con
paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se
convirtió más tarde él mismo en sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber
obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el
martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán
coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.
Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos
no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de
Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está
escrito: El que odia a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el
reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas
y no a Cristo.
R. Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados: esforzaos
por manteneros en la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz, * como una sola es la
meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados.
V. Dios os conceda tener un mismo sentir entre vosotros; así con un mismo corazón y una
misma boca le daréis gloria.
R. Como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido
convocados.
Oremos:
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el
hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus
mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.