Oficio de Lectura - JUEVES XXII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 3 de septiembre de 2026. Otras celebraciones del día: SAN GREGORIO MAGNO, PAPA Y DOCTOR DE LA IGLESIA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Entrad en la presencia del Señor con vítores.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
A la voz de tu aliento
se estremeció la nada;
la hermosura brilló
y amaneció la gracia.
Señor, ¿a quién iremos,
si tu voz nos habla?
Nos hablas en las voces
de tu voz semejanza:
en los goces pequeños
y en las angustias largas.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
En los silencios íntimos
donde se siente el alma,
tu clara voz creadora
despierta la nostalgia.
¿A quién iremos, Verbo,
entre tantas palabras?
Al golpe de la vida,
perdemos la esperanza;
hemos roto el camino
y el roce de tu planta.
¿A dónde iremos, dinos,
Señor, si no nos hablas?
¡Verbo del Padre, Verbo
de todas las mañanas,
de las tardes serenas,
de las noches cansadas!
¿A dónde iremos, Verbo,
si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

Antífona 1: Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre. (T. P. Aleluya).

Salmo 43

ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).

I

Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.

Antífona 2: Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

II

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.

Antífona 3: Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia. (T. P. Aleluya).

III

Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.

Lecturas

Primera Lectura

De la segunda carta a Timoteo 2, 1-21

EXHORTACIÓN A LA CONSTANCIA EN MEDIO DE LA FATIGA Y LA PERSECUCIÓN

Tú, hijo mío, cobra fuerzas de la gracia de Cristo Jesús; y lo que de mis labios has
aprendido, con la confirmación de tantos testigos, encomiéndalo a tu vez a hombres fieles
que sean capaces de enseñar a otros.
Como buen soldado de Cristo Jesús, entra valerosamente a tomar parte en el esfuerzo
común. El soldado que se alista para la guerra no se enreda en las ocupaciones materiales
de la vida diaria, si quiere agradar al que lo reclutó; el atleta que toma parte en el
concurso no recibe la corona si no lucha según el reglamento; y el labrador que trabaja y
se fatiga es el primero que tiene derecho a la recolección de los frutos. Entiende bien lo
que quiero decirte, pues ya hará el Señor que lo comprendas todo.
Acuérdate de Cristo Jesús, del linaje de David, que vive resucitado de entre los
muertos. Éste es el Evangelio que anuncio y por él sufro hasta llevar cadenas como un
criminal; pero el mensaje de Dios no está encadenado. Por eso todo lo soporto por los
elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que da Cristo con la gloria eterna.
Verdadera es la sentencia que dice: Si hemos muerto con él, viviremos también con él.
Si tenemos constancia en el sufrir, reinaremos también con él; si rehusamos reconocerle,
también él nos rechazará; si le somos infieles, él permanece fiel; no puede él desmentirse
a sí mismo.
Esto has de enseñar, conjurándoles ante Dios a que eviten las discusiones de palabras,
que no sirven para nada, si no es para perdición de los oyentes. Procura con toda
diligencia presentarte al servicio de Dios de modo que merezcas su aprobación, como
obrero que no tiene por qué avergonzarse, y va dispensando sabiamente la palabra de la
verdad. Evita las supersticiosas y vanas discusiones, porque no conducen a otra cosa sino
a un mayor apartamiento de Dios, y sus opiniones se extenderán como la gangrena. Entre
ellos están Himeneo, y Fileto, que se han desviado de la verdad al afirmar que la
resurrección ya ha sucedido; y así pervierten la fe de algunos.
Sin embargo, el sólido fundamento puesto por Dios permanece firme, marcado con esta
inscripción: «El Señor conoce a los que son suyos»; y con esta otra: «Que se aparte de la
iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor.» En una casa grande, hay objetos
no sólo de oro y plata, sino también de madera y de barro; y unos se destinan a usos

honoríficos, otros a usos viles. Así, pues, quien no se contamina con estos errores será un
objeto destinado a usos honoríficos, santificado, útil a su dueño, preparado para toda obra
buena.

Responsorio 2 Co 4, 10. 12; 2 Tm 2, 10

R. Llevamos siempre en nosotros por todas partes los sufrimientos mortales de Jesús, para
que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros. * Así pues, en nosotros va
trabajando la muerte, y en vosotros va actuando la vida.
V. Todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación.
R. Así pues, en nosotros va trabajando la muerte, y en vosotros va actuando la vida.

Segunda Lectura

Comienza el sermón de san León Magno, papa, sobre las bienaventuranzas
(Sermón 95,1-2: PL 54, 461-462)

METERÉ MI LEY EN SU PECHO

Amadísimos hermanos: Al predicar nuestro Señor Jesucristo el Evangelio del reino, y al
curar por toda Galilea enfermedades de toda especie, la fama de sus milagros se había
extendido por toda Siria, y, de toda la Judea, inmensas multitudes acudían al médico
celestial. Como a la flaqueza humana le cuesta creer lo que no ve y esperar lo que ignora,
hacía falta que la divina sabiduría les concediera gracias corporales y realizara visibles
milagros, para animarles y fortalecerles, a fin de que, al palpar su poder bienhechor,
pudieran reconocer que su doctrina era salvadora.
Queriendo, pues, el Señor convertir las curaciones externas en remedios internos y
llegar, después de sanar los cuerpos, a la curación de las almas, apartándose de las turbas
que lo rodeaban, y llevándose consigo a los apóstoles; buscó la soledad de un monte
próximo. Quería enseñarles lo más sublime de su doctrina, y la mística cátedra y demás
circunstancias que de propósito escogió daban a entender que era el mismo que en otro
tiempo se dignó hablar a Moisés. Mostrando, entonces, más bien su terrible justicia;
ahora, en cambio, su bondadosa clemencia. Y así se cumplía lo prometido, según las
palabras de Jeremías: Mirad que llegan días -oráculo del Señor-en que haré con la casa
de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. Después de aquellos días -oráculo del
Señor-meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones.
Así, pues, el mismo que habló a Moisés fue el que habló a los apóstoles, y era también
la ágil mano del Verbo la que grababa en lo íntimo de los corazones de sus discípulos los
decretos del nuevo Testamento; sin que hubiera como en otro tiempo densos nubarrones
que lo ocultaran, ni terribles truenos y relámpagos que aterrorizaran al pueblo,
impidiéndole acercarse a la montaña, sino una sencilla charla que llegaba tranquilamente
a los oídos de los circunstantes. Así era como el rigor de la ley se veía suplantado por la
dulzura de la gracia, y el espíritu de hijos adoptivos sucedía al de esclavitud en el temor.
Las mismas divinas palabras de Cristo nos atestiguan cómo es la doctrina de Cristo, de
modo que los que anhelan llegar a la bienaventuranza eterna puedan identificar los
peldaños de esa dichosa subida. Y así dice: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de
ellos es el reino de los cielos. Podría no entenderse de qué pobres hablaba la misma
Verdad, si al decir: Dichosos los pobres, no hubiera añadido cómo había de entenderse
esa pobreza; porque podría parecer que para merecer el reino de los cielos basta la simple
miseria en que se ven tantos por pura necesidad, que tan gravosa y molesta les resulta.
Pero, al decir: Dichosos los pobres en el espíritu, da a entender que el reino de los cielos
será de aquellos que lo han merecido más por la humildad de sus almas que por carencia
de bienes.

Responsorio Sal 77, 1-2

R. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza, * inclina el oído a las palabras de mi boca.
V. Voy a abrir mi boca a las sentencias, para que broten los enigmas del pasado.
R. Inclina el oído a las palabras de mí boca.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor
de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en
nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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