El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 9 de julio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN AGUSTÍN ZHAO RONG, PRESBÍTERO, Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Entrad en la presencia del Señor con vítores.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
A la voz de tu aliento
se estremeció la nada;
la hermosura brilló
y amaneció la gracia.
Señor, ¿a quién iremos,
si tu voz nos habla?
Nos hablas en las voces
de tu voz semejanza:
en los goces pequeños
y en las angustias largas.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
En los silencios íntimos
donde se siente el alma,
tu clara voz creadora
despierta la nostalgia.
¿A quién iremos, Verbo,
entre tantas palabras?
Al golpe de la vida,
perdemos la esperanza;
hemos roto el camino
y el roce de tu planta.
¿A dónde iremos, dinos,
Señor, si no nos hablas?
¡Verbo del Padre, Verbo
de todas las mañanas,
de las tardes serenas,
de las noches cansadas!
¿A dónde iremos, Verbo,
si tú eres la Palabra? Amén.
Antífona 1: Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre. (T. P. Aleluya).
Salmo 43
ORACIÓN DEL PUEBLO EN LAS CALAMIDADES
En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado (Rom 8, 37).
I
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Antífona 2: Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.
II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Antífona 3: Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia. (T. P. Aleluya).
III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
Del libro de los Proverbios 10, 6-32
SENTENCIAS DIVERSAS
La bendición del Señor desciende sobre la cabeza del justo; la violencia cerrará la boca
de los malvados. El recuerdo del justo es bendito; el nombre del malvado se pudre. El
hombre de corazón sabio acepta el consejo; el hombre de labios insensatos corre a su
ruina.
Quien camina honradamente camina seguro; el que sigue caminos tortuosos pronto
será descubierto. El que guiña el ojo causa desventuras; el que reprende con franqueza
trae la paz. La boca del justo es fuente de vida; la boca del malvado es copa de vinagre.
El odio provoca discusiones; el amor cubre todas las faltas. La sabiduría se encuentra en
los labios del prudente; el palo es para la espalda del insensato.
El sabio atesora la ciencia; la boca del necio es un peligro a la vista. La fortuna del rico
es su baluarte; el terror del pobre es su miseria. El salario del justo procura la vida; la
ganancia del malvado trae la ruina. El que acepta la corrección va por camino de vida; el
que rechaza la reprensión se extravía.
Los labios del justo apagan el odio; los labios del necio difunden la calumnia. En el
mucho hablar no faltará pecado; el que frena sus labios es sensato. La lengua del justo es
plata probada; el corazón perverso vale bien poco. Los labios del justo apacientan a
muchos, los necios mueren por falta de juicio.
La bendición de Dios es la que hace prosperar, y nada le añade nuestra fatiga. Es un
juego para el necio hacer maldades; es un gozo para el sabio adquirir sabiduría. Al
malvado le sucede lo que teme; pero al justo se le da lo que desea. Como pasa la
tormenta, así pasan los impíos; mas el justo permanece para siempre. Vinagre en los
dientes, humo en los ojos, eso es el mensajero perezoso para quien lo envía.
El temor del Señor prolonga la vida; los años del impío son acortados. La esperanza del
justo termina en alegría; la ilusión del malhechor termina en un fracaso. El camino de Dios
es refugio para el honrado; y es terror para el malvado. El justo jamás vacilará; los impíos
no habitarán la tierra. De la boca del justo brotará sabiduría; de la lengua tramposa
brotará el engaño. Los labios del justo saben de benevolencia; la boca del malvado sabe
de perversidad.
R. La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho; * porque lleva en el
corazón la ley de su Dios.
V. El recuerdo del justo será perpetuo; no temerá las malas noticias.
R. Porque lleva en el corazón la ley de su Dios.
Del comentario de san Ambrosio, obispo, sobre el salmo ciento dieciocho
(Núms. 12. 13-14: CSEL. 62, 258-259)
EL TEMPLO DE DIOS ES SANTO: ESE TEMPLO SOIS VOSOTROS
Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él. Que cuando venga encuentre
morada en él, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente
para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de
gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo
hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí
mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas afuera a Cristo.
Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar
a la fuerza.
Él salió del seno de la Virgen como el sol naciente, para iluminar con su luz todo el orbe
de la tierra. Reciben esta luz los que desean la claridad del resplandor sin fin, aquella
claridad que no interrumpe noche alguna. En efecto, a este sol que vemos cada día
suceden las tinieblas de la noche; en cambio, el Sol de justicia nunca se pone, porque a la
sabiduría no sucede la malicia.
Dichoso, pues, aquel a cuya puerta llama Cristo. Nuestra puerta es la fe, la cual, si es
resistente, defiende toda la casa. Por esta puerta entra Cristo. Por esto, dice la Iglesia en
el Cantar de los cantares: Oigo a mi amado que llama a la puerta. Escúchalo cómo llama,
cómo desea entrar: ¡Ábreme, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de
rocío, mis rizos, del relente de la noche!
Considera cuándo es principalmente que llama a tu puerta el Verbo de Dios, siendo así
que su cabeza está cuajada del rocío de la noche. Él se digna visitar a los que están
tentados o atribulados, para que nadie sucumba bajo el peso de la tribulación. Su cabeza,
por tanto, se cubre de rocío o de relente cuando su cuerpo está en dificultades. Entonces,
pues, es cuando hay que estar en vela, no sea que cuando venga el Esposo se vea
obligado a retirarse. Porque, si estás dormido y tu corazón no está en vela, se marcha sin
haber llamado; pero, si tu corazón está en vela, llama y pide que se le abra la puerta.
Hay, pues, una puerta en nuestra alma, hay en nosotros aquellas puertas de las que
dice el salmo: ¡Portones! alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a
entrar el Rey de la gloria. Si quieres alzar los dinteles de tu fe, entrará a ti el Rey de la
gloria, llevando consigo el triunfo de su pasión. También el triunfo tiene sus puertas, pues
leemos en el salmo lo que dice el Señor Jesús por boca del salmista: Abridme las puertas
del triunfo.
Vemos, por tanto, que el alma tiene su puerta, a la que viene Cristo y llama. Ábrele,
pues; quiere entrar, quiere hallar en vela a su Esposa.
R. Mirad que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, *
entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo.
V. Dichoso el siervo a quien su amo, al volver, lo encuentre cumpliendo lo que le ha
encomendado.
R. Entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo.
Oremos:
Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída,
concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido liberados de la
esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.