Oficio de Lectura - MARTES VIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 26 de mayo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN FELIPE NERI, PRESBÍTERO .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!
Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
ni tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Salmo 101

DESEOS Y SÚPLICAS DE UN DESTERRADO

Dios nos consuela en todas nuestras luchas (2 Cor 1, 4).

I

Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mi;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.

Antífona 2: Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

II

Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas,
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.

Antífona 3: Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos. (T. P. Aleluya).

III

Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días".
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.

Lecturas

Primera Lectura

De la segunda carta a los Corintios 9, 1-15

FRUTOS ESPIRITUALES DE LA COLECTA

Hermanos: En verdad no hace falta que os escriba más sobre esta ayuda en favor de
los fieles (de Jerusalén). Conozco vuestra buena voluntad y de ella me ufano ante los
macedonios, diciéndoles: «Acaya está preparada para la colecta desde el año pasado.» Y
así, vuestro interés ha estimulado a muchísimos.
Con todo, envío a los hermanos, no vaya a ser que la jactancia que hemos demostrado
por vosotros, se reduzca a nada, y para que estéis preparados, como os decía. No sea que
al llegar conmigo los de Macedonia, y encontraros desprevenidos, nos veamos nosotros por
no decir vosotros-avergonzados de la confianza que en vosotros depositamos.
Así que he creído necesario rogar a los hermanos que vayan antes que nosotros y
organicen esa larga bendición de generosidad que prometisteis. Así preparada, será, en
verdad, una generosa bendición, y no una ruindad.
Mirad: quien poco siembra poco cosechará y quien siembra en abundancia en
abundancia cosechará. Que cada uno dé según el dictamen de su corazón, y no de mala
gana ni forzado, que Dios ama al que da con alegría. Poderoso es Dios para colmaros de
todo género de gracias, de suerte que, teniendo siempre y en toda ocasión lo suficiente,
tengáis en abundancia para todo género de obras buenas. Como dice la Escritura:
«Reparte limosna a los pobres, su caridad es constante.»
Dios, que provee de semilla al sembrador y de pan para su alimento, os dará también a
vosotros semilla en abundancia y multiplicará los frutos de vuestra justificación. Así os
enriqueceréis en todo, para poder dedicaros a toda obra de generosidad, lo que hará que
se eleven, por mediación vuestra, acciones de gracias a Dios.
Porque la prestación de este oficio sagrado no sólo va remediando la indigencia de los
fieles, sino que va también suscitando en ellos numerosas acciones de gracias a Dios. Al
experimentar en sí mismos este servicio vuestro, glorifican a Dios, porque ven vuestra
docilidad en cumplir el mensaje de Cristo, y vuestra generosidad en comunicar los bienes
con ellos y con todos. También ellos, con sus oraciones, os muestran el afecto que os
tienen a causa de esta sobreabundante gracia de Dios que se descubre en vosotros.
Gracias sean dadas a Dios por su don inefable.

Responsorio Lc 6, 38; 2 Co 9, 7

R. Dad y se os dará: se os echará en vuestro regazo una medida abundante, bien
apretada y bien colmada hasta rebosar. * Con la medida con que midáis se os medirá a
vosotros.
V. Dé cada uno según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado.
R. Con la medida con que midáis se os medirá a vosotros.

Segunda Lectura

Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo
(Libro 10,1,1-2, 2; 5, 7: CSEL 33, 226-227. 230-231)

A TI, SEÑOR, ME MANIFIESTO TAL COMO SOY

Conózcate a ti, conocedor mío, conózcate a ti como tú me conoces. Fuerza de mi alma,
entra en ella y ajústala a ti, para que la tengas y poseas sin mancha ni arruga. Ésta es mi
esperanza, por eso hablo; y en esta esperanza me gozo cuando rectamente me gozo. Las
demás cosas de esta vida tanto menos se han de llorar cuanto más se las llora, y tanto
más se han de deplorar cuanto menos se las deplora. He aquí que amaste la verdad,
porque el que realiza la verdad se acerca a la luz. Yo quiero obrar según ella, delante de ti
por esta mi confesión, y delante de muchos testigos por este mi escrito.

Y ciertamente, Señor, a cuyos ojos está siempre desnudo el abismo de la conciencia
humana, ¿qué podría haber oculto en mí, aunque yo no te lo quisiera confesar? Lo que
haría sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti. Pero ahora, que mi gemido es un
testimonio de que tengo desagrado de mí, tú brillas y me llenas de contento, y eres
amado y deseado por mí, hasta el punto de llegar a avergonzarme y desecharme a mí
mismo y de elegirte sólo a ti, de manera que en adelante no podré ya complacerme si no
es en ti, ni podré serte grato si no es por ti.
Como quiera, pues, que yo sea, Señor, manifiesto estoy ante ti. También he dicho ya el
fruto que produce en mí esta confesión, porque no la hago con palabras y voces de carne,
sino con palabras del alma y clamor de la mente, que son las que tus oídos conocen.
Porque, cuando soy malo, confesarte a ti no es otra cosa que tomar disgusto de mí; y,
cuando soy bueno, confesarte a ti no es otra cosa que no atribuirme eso a mí, porque tú,
Señor, bendices al justo; pero antes de ello haces justo al impío. Así, pues, mi confesión
en tu presencia, Dios mío, es a la vez callada y clamorosa: callada en cuanto que se hace
sin ruido de palabras, pero clamorosa en cuanto al clamor con que clama el afecto.
Tú eres, Señor, el que me juzgas; porque, aunque ninguno de los hombres conoce lo
íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él, con todo, hay algo
en el hombre que ignora aun el mismo espíritu que habita dentro de él; pero tú, Señor,
conoces todas sus cosas, porque tú lo has hecho. También yo, aunque en tu presencia me
desprecie y me tenga por tierra y ceniza, sé algo de ti que ignoro de mi.
Ciertamente ahora te vemos confusamente en un espejo, aún no cara a cara; y así,
mientras peregrino fuera de ti, me siento más presente a mí mismo que a ti; y sé que no
puedo de ningún modo violar el misterio que te envuelve; en cambio, ignoro a qué
tentaciones podré yo resistir y a cuáles no podré, estando solamente mi esperanza en que
eres fiel y no permitirás que seamos tentados más de lo que podamos soportar, antes con
la tentación das también el éxito, para que podamos resistir.
Confiese, pues, yo lo que sé de mí; confiese también lo que de mí ignoro; porque lo
que sé de mí lo sé porque tú me iluminas, y lo que de mí ignoro no lo sabré hasta tanto
que mis tinieblas se conviertan en mediodía ante tu presencia.

Responsorio Sal 138, 1. 2. 7

R. Señor, tú me sondeas y me conoces; * de lejos penetras mis pensamientos.
V. ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada?
R. De lejos penetras mis pensamientos.

Oración

Oremos:

Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las
naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega
confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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