El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 18 de agosto de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra!
Penetra como fuego
y divide la entraña.
¡Nada como tu voz,
es terrible tu espada!
¡Nada como tu aliento,
es dulce tu palabra!
Tenemos que vivir
encendida la lámpara,
que para virgen necia
no es posible la entrada.
No basta con gritar
sólo palabras vanas,
ni tocar a la puerta
cuando ya está cerrada.
Espada de dos filos
que me cercena el alma,
que hiere a sangre y fuego
esta carne mimada,
que mata los ardores
para encender la gracia.
Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
¡Espada de dos filos
es, Señor, tu palabra! Amén.
Antífona 1: Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Salmo 101
DESEOS Y SÚPLICAS DE UN DESTERRADO
Dios nos consuela en todas nuestras luchas (2 Cor 1, 4).
I
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mi;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.
Antífona 2: Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
II
Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sión,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas,
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
Antífona 3: Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos. (T. P. Aleluya).
III
Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días".
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Del libro del Qohelet 3, 1-22
OSCURIDAD DEL HOMBRE SIN LA REVELACIÓN
Todo tiene su tiempo y cada cosa su momento bajo el cielo:
Su tiempo el nacer y su tiempo el morir, su tiempo el plantar y su tiempo el arrancar lo
plantado. Su tiempo el matar y su tiempo el curar, su tiempo el destruir y su tiempo el
edificar. Su tiempo el llorar y su tiempo el reír, su tiempo el lamentarse y su tiempo el
danzar. Su tiempo el lanzar piedras y su tiempo el recogerlas, su tiempo el abrazarse y su
tiempo el separarse. Su tiempo el buscar y su tiempo el perder, su tiempo el guardar y su
tiempo el tirar. Su tiempo el rasgar y su tiempo el coser, su tiempo el callar y su tiempo el
hablar. Su tiempo el amar y su tiempo el odiar, su tiempo la guerra y su tiempo la paz.
¿Qué gana el que trabaja con fatiga? He considerado la tarea que Dios ha puesto a loshumanos para que en ella se ocupen. Él ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo;
ha puesto también en sus corazones el deseo de considerar el conjunto, pero el hombre
no llega a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin.
Comprendo que no hay en ellos más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su
vida. Y el que el hombre coma y beba y lo pase bien en medio de sus afanes, eso es un
don de Dios.
Comprendo que cuanto Dios hace es duradero; nada hay que añadir ni nada que quitar.
Y así hace Dios que se le tema. Lo que es ya antes fue; lo que será ya es. Lo que pasó,
Dios lo volverá a traer.
Todavía más he visto bajo el sol: en la sede de la justicia, allí está la iniquidad; y en el
sitial del justo está el impío. Dije en mi corazón: «Dios juzgará al justo y al impío, pues
hay un tiempo para cada cosa y para todo quehacer.» Dije también en mi corazón acerca
de la conducta de los humanos: «Sucede así para que Dios los pruebe y ellos
experimenten que, de sí, son bestias.» Porque el hombre y la bestia tienen la misma
suerte: muere el uno como el otro; y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada
aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad. Todos caminan hacia una misma
meta; todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo.
¿Quién puede saber si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba, y si el
aliento de vida de la bestia desciende hacia abajo, a la tierra?
Veo que no hay para el hombre nada mejor que gozarse en sus obras, porque esa es su
paga. Pues ¿quién lo guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?
R. El momento es apremiante; queda como solución que los que negocian en el mundo
vivan como si no disfrutaran de él, * porque la presentación de este mundo se termina.
V. Todo tiene su tiempo y cada cosa su momento bajo el cielo.
R. Porque la presentación de este mundo se termina.
De las homilías de san Bernardo, abad, sobre las excelencias de la Virgen Madre
(Homilía 2,1-2. 4: Opera omnia, edición cisterciense, 4-1966-21-23)
PREPARADA POR EL ALTÍSIMO, DESIGNADA ANTICIPADAMENTE POR LOS PADRES ANTIGUOS
El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad
de la Virgen demandaba que quien naciere de ella no fuere otro que el mismo Dios. Por
esto, el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que
elegir, mejor dicho, que formar para sí, entre todas, una madre tal cual él sabía que había
de serle conveniente y agradable.
Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, él, el inmaculado, que venía a limpiar las
máculas de todos.
Quiso que su madre fuese humilde, ya que él, manso y humilde de corazón, había de
dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes
había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don
de la humildad le otorgó también el don de la maternidad divina.
De otro modo, ¿cómo el ángel hubiese podido saludarla pues como llena de gracia, si
hubiera habido en ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia? Así, pues, la
que había de concebir y dar a luz al Santo de los santos recibió el don de la virginidad
para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el
espíritu.
Así, engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura
de su alma y de su cuerpo, conocida en los cielos por su belleza y atractivo, la Virgen regia
atrajo sobre sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo
Rey y de hacer venir al mensajero celestial.
Fue enviado el ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en su cuerpo, virgen en su
alma, virgen por su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el
cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la
eternidad, predestinada y preparada por el Altísimo para él mismo, guardada por los
ángeles, designada anticipadamente por los padres antiguos, prometida por los profetas.
R. Yo doy la muerte y la vida, yo desgarro y yo mismo * y no hay quien pueda librar de mi
mano.
V. Yo tengo las llaves de la muerte y del hades.
R. Y no hay quien pueda librar de mi mano.
Oremos:
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en
nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas consigamos
alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.