El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 27 de septiembre de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Pueblo del Señor, rebaño que él guía, venid, adorémosle. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Antífona 1: 1. Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.
Salmo 103
HIMNO AL DIOS CREADOR
El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado (2 Co 5, 17).
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Antífona 2: El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Antífona 3: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.
III
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Del libro de Judit 1-6; 3, 7; 4, 1-21. 8-17
EL PUEBLO EN PELIGRO RUEGA AL SEÑOR
El año dieciocho, el día veintidós del primer mes, en el palacio de Nabucodonosor, rey
de Asiria, se deliberó sobre la venganza contra toda la tierra, como el rey había dicho. El
rey convocó a todos sus ministros y grandes del reino, les expuso su plan secreto y
decretó la destrucción de aquellos territorios. Se aprobó la destrucción de cuantos no
habían hecho caso a la embajada de Nabucodonosor. Y, en cuanto acabó el consejo,
Nabucodonosor, rey de Asiria, llamó a Holofernes generalísimo de su ejército, segundo en
el reino, y le ordenó:
«Así dice el emperador, dueño de toda la tierra: Cuando salgas de mi presencia, toma
contigo hombres de probado valor, hasta ciento veinte mil de infantería y un fuerte
contingente de caballería, doce mil jinetes y ataca a todo occidente, porque no hicieron
caso a mi embajada.»
Holofernes bajó con su ejército hacia el litoral, dejó guarniciones en las plazas fuertes y
se llevó gente escogida para servicios auxiliares.
Cuando los israelitas de Judea se enteraron de lo que Holofernes, generalísimo de
Nabucodonosor, rey de Asiria, había hecho a las otras naciones, saqueando sus templos y
entregándolos al pillaje, se aterrorizaron, temblando por Jerusalén y el templo de su Dios.
Todos los israelitas gritaron fervientemente a Dios, humillándose ante él. Ellos y sus
mujeres, hijos y ganados, los forasteros, criados y jornaleros se vistieron de sayal. Y los
que vivían en Jerusalén, incluso mujeres y niños se postraron ante el templo, cubierta la
cabeza con ceniza, extendiendo el sayal ante el Señor. Cubrieron el altar con un sayal y
gritaron a una voz, fervientemente, al Dios de Israel, pidiéndole que no entregara sus
hijos al pillaje, ni sus mujeres al cautiverio, ni a la destrucción las ciudades que habían
heredado, ni el templo a la profanación y las burlas humillantes de los gentiles,
El Señor acogió su clamor y se fijó en su tribulación. En toda Judea la gente ayunó
muchos días seguidos, y también en Jerusalén, ante el templo del Señor todopoderoso. El
sumo sacerdote, Joaquín, y todos los sacerdotes y ministros al servicio del Señor ofrecían
el holocausto diario, las ofrendas y dones voluntarios de la gente, ceñidos con sayal y con
ceniza en sus turbantes; y gritaban al Señor con todas sus fuerzas, para que protegiera a
la casa de Israel.
R. Nos hemos enterado de las desgracias que han sufrido las otras ciudades y estamos
abatidos; nuestra mente y la de nuestros hijos ha quedado embotada por el miedo. * Ni
las montañas quieren refugiarnos en nuestra huida; Señor, ten piedad.
V. Hemos pecado como nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades.
R. Ni las montañas quieren refugiarnos en nuestra huida; Señor, ten piedad.
Comienza la carta de san Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
(Caps. 1,1-2, 3: Funk l, 267-269)
ESTÁIS SALVADOS POR GRACIA
Policarpo y los presbíteros que están con él a la Iglesia de Dios que vive como forastera
en Filipos: Que la misericordia y la paz, de parte de Dios todopoderoso y de Jesucristo,
nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud.
Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme
de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y que
asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los
santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor. Me
he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos
antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en nuestro Señor
Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte y Dios lo
resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. No lo veis, y creéis en él con un gozo
inefable y transfigurado, gozo que muchos desean alcanzar, sabiendo como saben que
estáis salvados por su gracia, y no se debe a las obras, sino a la voluntad de Dios en
Cristo Jesús.
Por eso, estad interiormente preparados y servid al Señor con temor y con verdad,
abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en aquel que resucitó a
nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria, colocándolo a su derecha; a
él le fueron sometidas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, y a él obedecen
todos cuantos tienen vida, pues él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios
pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en él.
Aquel que lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros, si
cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y
absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de
los falsos testimonios no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, ni golpe por
golpe, ni maldición por maldición, sino recordando más bien aquellas palabras del Señor,
que nos enseña: No juzguéis, y no os juzgarán; perdonad, y seréis perdonados;
compadeced, y seréis compadecidos. La medida que uséis la usarán con vosotros. Y:
Dichosos los pobres y los perseguidos, porque de ellos es el reino de Dios.
R. Dios nos ha salvado y nos ha llamado con santa llamada, no según nuestras obras,
sino según su propio propósito y su gracia, * que nos dio con Cristo Jesús antes de los
tiempos eternos.
V. No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria; por tu bondad,
por tu lealtad.
R. Que nos dio con Cristo Jesús antes de los tiempos eternos.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia,
derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos
prometes, consigamos los bienes del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.