El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 11 de abril de 2026. Otras celebraciones del día: SAN ESTANISLAO, OBISPO Y MÁRTIR .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Grande es el Señor, es incalculable su grandeza. Aleluya.
Salmo 144
I
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
Antífona 2: El Señor ha dado a conocer la gloria y majestad de su reinado. Aleluya.
II
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;
explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
Antífona 3: Todo viviente bendiga tu santo nombre por siempre jamás. Aleluya.
III
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 4, 5-31
PEDRO Y JUAN ANTE EL CONSEJO DE ANCIANOS
A la mañana siguiente, se reunieron los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas
de Jerusalén, junto con Anás, el sumo sacerdote, y Caifás, Juan, Alejandro y todos los que
eran de familia pontifical. Hicieron comparecer en su presencia a Pedro y a Juan, y les
preguntaron:
«¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho esto vosotros?»
Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: «Ancianos y jefes del pueblo, ya que nos
interrogáis hoy en juicio por haber hecho un beneficio a un inválido, para poner en claro
por virtud de quién ha alcanzado éste la salud, sabedlo vosotros y que lo sepa todo el
pueblo de Israel: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros habéis
crucificado y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos, por él viene este hombrecon salud a vuestra presencia. Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y
que se ha convertido en piedra angular; en ningún otro se encuentra la salud, y no hay
bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.»
Viendo la entereza con que hablaban Pedro y Juan, y considerando que eran hombres
sin instrucción ni cultura, estaban asombrados y reconocían en ellos a los discípulos de
Jesús; pero viendo allí con ellos al hombre que habían curado, no podían replicar nada en
contra. Ante esto, les mandaron salir fuera del tribunal, y deliberaron entre sí: «¿Qué
vamos a hacer con estos hombres? Que han hecho un milagro clarísimo lo sabe toda
Jerusalén, y nosotros no lo podemos negar. Pero, a fin de que esto no se divulgue más
entre la gente, vamos a prohibirles con toda severidad que en adelante hablen a nadie en
el nombre de Jesús.»
Los llamaron y les intimaron que de ninguna manera hablasen ni enseñasen en el
nombre de Jesús. Pedro y Juan, tomando la palabra, les dijeron: «Juzgad por vosotros
mismos si es justo, delante de Dios, obedecer a vosotros antes que a él. Nosotros no
podemos dejar de hablar acerca de lo que hemos visto y oído.»
Ellos, profiriendo nuevas amenazas y no hallando motivo para castigarlos, los dejaron
ir libres, ya que tenían miedo del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo
sucedido, pues el hombre que había obtenido milagrosamente su curación pasaba de los
cuarenta años. Pedro y Juan, una vez puestos en libertad, se dirigieron a los suyos y les
refirieron todo cuanto los pontífices y ancianos les habían dicho. Al oírlo, unidos en unos
mismos sentimientos, elevaron su voz a Dios y exclamaron: «Señor, tú hiciste el cielo y la
tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú, por medio del Espíritu Santo, por boca de
nuestro padre David, tu siervo, dijiste: "¿Por qué se amotinan las naciones, y los pueblos
planean un fracaso? Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor
y contra su Mesías." Porque verdaderamente, contra tu santo siervo Jesús, tu Ungido, se
aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato, juntamente con los gentiles y con el pueblo
de Israel. Con eso no hacían sino poner por obra cuanto tu voluntad y omnipotencia
habían determinado que sucediese. Ahora, Señor, mira sus amenazas, y haz que tus
siervos anunciemos tu palabra con toda entereza y libertad. Muestra tu omnipotencia,
haciendo curaciones, señales y prodigios, por el nombre de tu santo siervo Jesús.»
Acabada esta oración, tembló el lugar en que estaban reunidos; los llenó a todos el
Espíritu Santo y anunciaban con valentía la palabra de Dios.
R. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en
piedra angular; * en ningún otro se encuentra la salud. Aleluya.
V. Así dice el Señor: «Mirad, yo coloco en Sión una piedra probada, angular, preciosa, de
cimiento.»
R. En ningún otro se encuentra la salud. Aleluya.
De las Catequesis de Cirilo de Jerusalén
(Catequesis 22 [Mistagógica 4], 1. 3-6. 9: PG 33,1098-11)
EL PAN CELESTIAL Y LA BEBIDA DE SALVACIÓN
Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y,
pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad,
comed; esto es mi cuerpo», y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias,
dijo: «Tomad, bebed, ésta es mi sangre». Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto esmi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Ésta
es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?
Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el
cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la
figura del vino, la sangre; para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser
un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros
miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro,
nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.
En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no
bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. Pero como no lograron entender el sentido
espiritual de lo que estaban oyendo, se hicieron atrás escandalizados, pensando que se les
estaba invitando a comer carne humana.
En la antigua alianza existían también los panes de la proposición: pero se acabaron
precisamente por pertenecer a la antigua alianza. En cambio, en la nueva alianza,
tenemos un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican alma y cuerpo. Porque
del mismo modo que el pan es conveniente para la vida del cuerpo, así el Verbo lo es para
la vida del alma.
No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y
comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo; de acuerdo con la
afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te
certifica y asegura la verdadera realidad.
La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan,
aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aun
cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso, ya en la antigüedad,
decía David en los salmos: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a
su rostro; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de
tu alma.
Y que con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor
como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien
sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
R. Jesús tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi
cuerpo que va a ser entregado por vosotros; * haced esto en memoria mía.» Aleluya.
V. Cuando os pregunten vuestros hijos qué significa este rito, les responderéis: «Es el
sacrificio de la Pascua del Señor.»
R. Haced esto en memoria mía. Aleluya.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar el número de tus hijos,
mira con amor a los que has elegido como miembros de tu Iglesia para que, quienes han
renacido por el bautismo, obtengan también la resurrección gloriosa. Por nuestro Señor
Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.