El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, lunes, 1 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: SAN JUSTINO, MÁRTIR .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Entremos a la presencia del Señor, dándole gracias.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.
Antífona 1: Sálvame, Señor, por tu misericordia. (T. P. Aleluya).
Salmo 6
ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS
Ahora mi alma está agitada... Padre, líbrame de esta hora (Jn 12, 27).
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.
Antífona 2: El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro. (T. P. Aleluya).
Salmo 9 A
ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA
De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.
I
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.
Antífona 3: Narraré tus hazañas en las puertas de Sión. (T. P. Aleluya).
II
Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.
De la carta a los Gálatas 1, 13-2, 10
VOCACIÓN Y APOSTOLADO DE PABLO
Hermanos: Habéis oído hablar de cómo me portaba yo en otro tiempo en el judaísmo:
cómo perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios y la devastaba; cómo, en el celo
por el judaísmo, iba más allá que muchos compatriotas de mi edad y me mostraba celoso
partidario de las tradiciones paternas.
Pero, cuando aquel que me eligió desde el seno de mi madre me llamó por su gracia y
tuvo a bien revelarme a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin pedir
consejo a hombre alguno y sin subir a Jerusalén para hablar con los que eran apóstoles
antes que yo, partí hacia Arabia, de donde luego volví a Damasco. Tres años más tarde,
subí a Jerusalén a visitar a Cefas, y estuve con él quince días. No vi a ningún otro de los
apóstoles, fuera de Santiago, el hermano del Señor. Por el Dios que me está viendo que
no miento en lo que os escribo.
Después vine a las regiones de Siria y de Cilicia pero las iglesias de Judea, que están en
Cristo, no me conocían personalmente. Sólo oían decir: «El que antaño nos perseguía
ahora va anunciando la Buena Nueva de la fe, que en otro tiempo quería destruir.» Y
glorificaban a Dios, reconociendo su obra en mí.
Luego, al cabo de catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando
también a Tito. Y subí por motivo de una revelación. Les expuse el Evangelio que predico
entre los gentiles y traté en particular con los más calificados, no fuera a ser que hubiese
corrido en vano.
Pues bien, ni siquiera a Tito, mi compañero, con todo y que era griego, lo obligaron a
circuncidarse. Y esto a pesar de los intrusos, de los falsos hermanos, que solapadamente
se habían infiltrado, para espiar arteramente la libertad de que gozamos en Cristo Jesús, y
que querían esclavizarnos. Pero nosotros ni por un momento cedimos terreno para
someternos a ellos, a fin de salvaguardar firmemente para vosotros la verdad del
Evangelio.
Las personas de más consideración -nada me interesa lo que hubieran sido antes, pues
en Dios no hay acepción de personas-no me impusieron ninguna nueva obligación.
Al contrario, reconocieron que yo había recibido la misión de predicar el Evangelio a los
gentiles, como Pedro la de predicarlo a los judíos; porque aquel que dio poder a Pedro
para ejercer el apostolado entre los judíos me lo dio a mí para ejercerlo entre los gentiles.
De este modo reconocieron que Dios me había dado esa gracia. Y Santiago, Cefas y Juan,
los considerados como columnas, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de
comunión y conformidad: nosotros nos dirigiríamos a los gentiles, ellos a los judíos. Sólo
nos pidieron que nos acordásemos de los pobres, cosa que he procurado yo cumplir con
toda solicitud.
R. Por la gracia de Dios, soy lo que soy; * y la gracia que él me concedió no quedó
infecunda en mí, y permanece siempre en mí.
V. Aquel que dio poder a Pedro para ejercer el apostolado entre los judíos me lo dio a mí
para ejercerlo entre los gentiles.
R. Y la gracia que él me concedió no quedó infecunda en mí, y permanece siempre en mí.
De las instrucciones de san Doroteo, abad
(Instrucción 7, Sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)
LA CAUSA DE TODA PERTURBACIÓN CONSISTE EN QUE NADIE SE ACUSA A SÍ MISMO
Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece
con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta
como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye,
se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción?
¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo
una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: "Muchas veces esto
proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno."
En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin
perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su
hermano, porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto. A veces también por
desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en
consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna
responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.
De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene
en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano
proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano. También
pueden aducirse otras causas. Pero, si examinamos atentamente la cuestión, veremos que
la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.
De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y
ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo
es el único camino que nos puede llevar a la paz. Que esto es verdad, lo hemos
comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el
descanso, a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de
nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.
Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables,
si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo, sino que estará siempre afligido o
afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas.
R. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos; * pero si
confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es Dios para perdonarnos y purificarnos
de toda iniquidad.
V. Al que oculta sus crímenes no le irá bien en sus cosas.
R. Pero si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es Dios para perdonarnos y
purificarnos de toda iniquidad.
Oremos:
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te
suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que
pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.