El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 2 de julio de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.
Antífona 1: La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen. (T. P. Aleluya).
Salmo 17, 31-51
EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31)
IV
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto.
Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
Antífona 2: Tu diestra, Señor, me sostuvo. (T. P. Aleluya).
V
Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;
yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebata el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.
Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.
Antífona 3: Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador. (T. P. Aleluya).
VI
Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.
Del libro de Nehemías 9, 22-37
ORACIÓN DE LOS LEVITAS
En aquellos días, los levitas continuaron la oración: «Señor, tú entregaste a nuestros
padres reinos y pueblos, repartiste a cada uno su región. Se apoderaron del país de Sijón,
rey de Jesbón, de la tierra de Og, rey de Basán.
Multiplicaste sus hijos como las estrellas del cielo, los introdujiste en la tierra que habías
prometido a sus padres en posesión. Entraron los hijos para ocuparla y derrotaste ante
ellos a sus habitantes, los cananeos. Los pusiste en sus manos, igual que a los reyes y a
los pueblos del país, para que dispusieran de ellos a placer.
Conquistaron fortalezas y una tierra fértil; poseyeron casas rebosantes de riquezas,
pozos excavados, viñas y olivares, y abundantes árboles frutales; comieron hasta hartarse
y engordaron y disfrutaron de tus dones generosos.
Pero, indóciles, se rebelaron contra ti, se echaron tu ley a las espaldas y asesinaron a
tus profetas, que los amonestaban a volver a ti, cometiendo gravísimas ofensas.
Los entregaste en manos de sus enemigos, que los oprimieron. Pero, en su angustia
clamaron a ti, y tú los escuchaste desde el cielo; y, por tu gran compasión, les enviaste
salvadores que los salvaron de sus enemigos.
Pero, al sentirse tranquilos, hacían otra vez lo que repruebas; los abandonabas en
manos de sus enemigos, que los oprimían; clamaban de nuevo a ti, y tú los escuchabas
desde el cielo, librándolos muchas veces por tu gran compasión. Los amonestaste para
que volvieran a tu ley, pero ellos, altivos, no obedecieron tus preceptos y pecaron contra
tus normas, que dan la vida al hombre si las cumple. Volvieron la espalda con rebeldía;
tercamente, no quisieron escuchar.
Fuiste paciente con ellos durante muchos años, tu espíritu los amonestó por tus
profetas, pero no prestaron atención y los entregaste en manos de pueblos paganos. Mas,
por tu gran compasión, no los aniquilaste ni abandonaste, porque eres un Dios clemente y
compasivo.
Ahora, Dios nuestro, Dios grande, valiente y terrible, fiel a la alianza y leal, no
menosprecies las aflicciones que les han sobrevenido a nuestros reyes, a nuestros
príncipes, sacerdotes y profetas, a nuestros padres y a todo tu pueblo desde el tiempo de
los reyes asirios hasta hoy.
Eres inocente en todo lo que nos ha ocurrido, porque tú obraste con lealtad, y nosotros
somos culpables. Ciertamente, nuestros reyes, príncipes, sacerdotes y padres no
cumplieron tu ley ni prestaron atención a los preceptos y avisos con que los amonestabas.
Durante su reinado, a pesar de los grandes bienes que les concediste y de la tierra
espaciosa y fértil que les entregaste, no te sirvieron ni se convirtieron de sus malas
acciones.
Por eso, estamos ahora esclavizados, esclavos en la tierra que diste a nuestros padres
para que comiesen sus frutos excelentes. Y sus abundantes productos son para los reyes a
los que nos sometiste por nuestros pecados, y que ejercen su dominio a su arbitrio sobre
nuestras personas y ganados. Somos unos desgraciados.»
R. Dios nuestro, Dios grande, valiente y terrible, fiel a la alianza y leal, * no menosprecies
las aflicciones que nos han sobrevenido.
V. Eres inocente en todo lo que nos ha ocurrido porque tú obraste con lealtad, y nosotros
somos culpables.
R. No menosprecies las aflicciones que nos han sobrevenido.
Homilía de san Jerónimo, presbítero, a los recién bautizados, sobre el salmo cuarenta y
uno
(CCL 78, 542-544)
PASARÉ AL LUGAR DEL TABERNÁCULO ADMIRABLE
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Como la
cierva del salmo busca las corrientes de agua, así también nuestros ciervos, que han
salido de Egipto y del mundo, y han aniquilado en las aguas del bautismo al Faraón con
todo su ejército, después de haber destruido el poder del diablo, buscan las fuentes de la
Iglesia, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Que el Padre sea fuente, lo hallamos escrito en el libro de Jeremías: Me abandonaron a
mi, fuente de agua viva y cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua.
Acerca del Hijo, leemos en otro lugar: Abandonaron la fuente de la sabiduría. Y del
Espíritu Santo: El que bebe del agua que yo le daré, nacerá dentro de él un surtidor de
agua que salta hasta la vida eterna, palabras cuyo significado nos explica luego el
evangelista, cuando nos dice que el Salvador se refería al Espíritu Santo. De todo lo cual
se deduce con toda claridad que la triple fuente de la Iglesia es el misterio de la Trinidad.
Esta triple fuente es la que busca el alma del creyente, el alma del bautizado, y por eso
dice: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. No es un tenue deseo el que tiene de ver a
Dios, sino que lo desea con un ardor parecido al de la sed. Antes de recibir el bautismo, se
decían entre sí: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Ahora ya han conseguido lo que
deseaban: han llegado a la presencia de Dios y se han acercado al altar y tienen acceso al
misterio de salvación.
Admitidos en el cuerpo de Cristo y renacidos en la fuente de vida, dicen confiadamente:
Pasaré al lugar del tabernáculo admirable, hacia la casa de Dios. La casa de Dios es la
Iglesia, ella es el tabernáculo admirable, porque en él resuenan los cantos de júbilo y
alabanza, en el bullicio de la fiesta.
Decid, pues, los que acabáis de revestiros de Cristo y, siguiendo nuestras enseñanzas,
habéis sido extraídos del mar de este mundo, como pececillos con el anzuelo: «En
nosotros, ha sido cambiado el orden natural de las cosas. En efecto, los peces, al ser
extraídos del mar, mueren; a nosotros, en cambio, los apóstoles nos sacaron del mar de
este mundo para que pasáramos de muerte a vida. Mientras vivíamos sumergidos en el
mundo, nuestros ojos estaban en el abismo y nuestra vida se arrastraba por el cieno, mas,
desde el momento en que fuimos arrancados de las olas, hemos comenzado a ver el sol,
hemos comenzado a contemplar la luz verdadera, y, por esto, llenos de alegría
desbordante, le decimos a nuestra alma: Espera en Dios, que volverás a alabarlo: "Salud
de mi rostro, Dios mío."»
R. Una cosa pido al Señor, eso buscaré: * Habitar en la casa del Señor por los días de mi
vida.
V. Gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo.
R. Habitar en la casa del Señor por los días de mi vida.
Oremos:
Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz;
concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de
la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.