Oficio de Lectura - DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, domingo, 26 de enero de 2020.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.
Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.
Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.
El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.
Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Día tras día, te bendeciré, Señor. Aleluya.

Salmo 144

HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Justo eres tú, Señor, el que es y el que era (Ap 16, 5).

I

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Antífona 2: Tu reinado es un reinado perpetuo. Aleluya.

II

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;
explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Antífona 3: El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. Aleluya.†

III

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
† El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Génesis 18, 1-33

PROMESA DEL NACIMIENTO DE ISAAC. INTERCESIÓN DE ABRAHAM A FAVOR DE SODOMA

En aquellos días, el Señor se apareció a Abraham en la encina de Mambré estando él
sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y he aquí
que había tres individuos parados a su vera. Como los vio acudió desde la puerta de la
tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo:
«Señor mío, si te he caído en gracia, ea, no pases de largo cerca de tu servidor. Ea, que
traigan un poco de agua y lavaos los pies y recostaos bajo este árbol, que yo iré a traer un
bocado de pan, y repondréis fuerzas. Luego pasaréis adelante, que para eso habéis
acertado a pasar a la vera de este servidor vuestro.»
Dijeron ellos:
«Hazlo como has dicho.»
Abraham se dirigió presuroso a la tienda, a donde Sara, y le dijo:
«Apresta tres arrobas de harina de sémola, amasa y haz unas tortas.»
Abraham, por su parte, acudió a la vacada y apartó un becerro tierno y hermoso, y se
lo entregó al mozo, el cual se apresuró a aderezarlo. Luego tomó cuajada y leche, junto
con el becerro que había aderezado, y se lo presentó, manteniéndose en pie delante de
ellos bajo el árbol. Así que hubieron comido le dijeron:
«¿Dónde está tu mujer Sara?»

Contestó:
«Ahí, en la tienda».
Dijo entonces aquél:
«Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara
tendrá un hijo.»
Sara lo estaba oyendo a la entrada de la tienda, a sus espaldas. Abraham y Sara eran
viejos, entrados en años, y a Sara se le había retirado la regla de las mujeres. Así que
Sara rió para sus adentros y dijo:
«Ahora que estoy pasada, ¿sentiré el placer, y además con mi marido viejo?».
Dijo el Señor a Abraham:
«¿Cómo así se ha reído Sara, diciendo: "¡Seguro que voy a parir ahora de vieja!"? ¿Es
que hay nada milagroso para el Señor? En el plazo fijado volveré, al término de un
embarazo, y Sara tendrá un hijo.»
Sara negó:
«No me he reído».
Y es que tuvo miedo. Pero aquél dijo:
«No digas eso, que sí te has reído.»
Se levantaron de allí aquellos hombres y tomaron hacia Sodoma, y Abraham les
acompañaba de despedida. Dijo entonces el Señor:
«¿Por ventura voy a ocultarle a Abraham lo que hago, siendo así que Abraham ha de
ser un pueblo grande y poderoso, y se bendecirán por él los pueblos todos de la tierra?
Porque yo le conozco y sé que mandará a sus hijos y a su descendencia que guarden el
camino del Señor, practicando la justicia y el derecho, de modo que pueda concederle el
Señor a Abraham lo que le tiene apalabrado.»
Dijo, pues, el Señor:
«El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo. Ea, voy a bajar
personalmente, a ver si lo que han hecho responde en todo al clamor que ha llegado
hasta mí, y si no, he de saberlo.»
Y marcharon desde allí aquellos individuos camino de Sodoma, en tanto que Abraham
permanecía parado delante del Señor. Le abordó Abraham y dijo:
«¿Así que vas a borrar al justo con el malvado? Tal vez haya cincuenta justos en la
ciudad. ¿Es que vas a borrarlos, y no perdonarás a aquel lugar por los cincuenta justos
que hubiere dentro? Tú no puedes hacer tal cosa: dejar morir al justo con el malvado, y
que corran parejas el uno con el otro. Tú no puedes. El juez de toda la tierra ¿va a fallar
una injusticia?»
Dijo el Señor:
«Si encuentro en Sodoma a cincuenta justos en la ciudad perdonaré a todo el lugar por
amor de aquéllos.
Replicó Abraham:
«¡Mira que soy atrevido de interpelar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza! Supón que
los cincuenta justos fallen por cinco. ¿Destruirías por los cinco a toda la ciudad?»
Dijo:
«No la destruiré, si encuentro allí a cuarenta y cinco justos.»
Insistió todavía:
«Supón que se encuentran allí cuarenta.»
Respondió:
«Tampoco lo haría, en atención de esos cuarenta.»
Insistió:
«No se enfade mi Señor si le digo: "Tal vez se encuentren allí treinta".»
Respondió:
«No lo haré si encuentro allí a esos treinta.»
Díjole:

«¡Cuidado que soy atrevido de interpelar a mi Señor! ¿Y si se hallaren allí veinte?»
Respondió:
Tampoco haría destrucción en gracia de los veinte.»
Insistió:
«Vaya, no se enfade mi Señor, que ya sólo hablaré esta vez: "¿Y si se encuentran allí
diez?"»
Dijo:
«Tampoco haría destrucción, en gracia de los diez.»
Partió el Señor así que hubo acabado de conversar con Abraham, y éste se volvió a su
lugar.

Responsorio Rm 4, 20a. 19-a; Lc 1, 37

R. Abraham, ante la promesa de Dios, no vaciló, dejándose llevar de la incredulidad: *
porque para Dios no hay ninguna cosa imposible.
V. No flaqueó en la fe al considerar su cuerpo ya marchito.
R. Porque para Dios no hay ninguna cosa imposible.

Segunda Lectura

De la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano
segundo
(Núms. 7-8.106)

CRISTO ESTÁ PRESENTE EN SU IGLESIA

Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está
presente en el sacrificio de la misa, tanto en la persona del ministro, ofreciéndose ahora
por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, como, sobre
todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de
modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra,
pues, cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente,
por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos
o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
En verdad, en esta obra tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los
hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa, la Iglesia,
que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre eterno.
Con razón, pues, se considera a la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de
Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y realizan, cada uno a su manera, la
santificación del hombre; y así el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus
miembros, ejerce el culto público íntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su
cuerpo, que es la Iglesia, es la acción sagrada por excelencia, cuya eficacia no es
igualada, con el mismo título y en el mismo grado, por ninguna otra acción de la Iglesia.
En la liturgia terrena participamos, pregustándola, de aquella liturgia celestial que se
celebra en la ciudad santa de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y
donde Cristo, ministro del santuario y de la tienda verdadera, está sentado a la derecha de
Dios; con todos los coros celestiales, cantamos en la liturgia el himno de la gloria del
Señor; veneramos la memoria de los santos, esperando ser admitidos en su asamblea;
aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo, hasta que aparezca él, vida nuestra;
entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria.
La Iglesia, por una tradición apostólica que se remonta al mismo día de la resurrección
de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón

día del Señor o Domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando
la palabra de Dios y participando en la eucaristía, celebren el memorial de la pasión,
resurrección y gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios, que, por la resurrección de
Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.
Por esto, el Domingo es la fiesta primordial, que debe inculcarse a la piedad de los fieles,
de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No deben
anteponérsele otras solemnidades, a no ser que sean realmente de suma importancia,
puesto que el Domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico.

Responsorio S. Agustín, Comentario Sal 85, 1

R. Cristo ora por nosotros, como sacerdote nuestro; ora en nosotros, como cabeza
nuestra; recibe nuestra oración, como nuestro Dios. * Reconozcamos nuestra propia voz
en él y su propia voz en nosotros.
V. Cuando hablamos con Dios en la oración, el Hijo está unido a nosotros.
R. Reconozcamos nuestra propia voz en él y su propia voz en nosotros.

Se dice el Te Deum

Himno Te Deum

  • Himno 1
  • Himno 2
  • Himno 3

Te Deum

Versión española

A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza
el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,
te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.
Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.
Creemos que un día
has de venir como juez.
Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

[La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.]
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

Te Deum

Versión latinoamericana

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.
Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:
Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.
A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida
con júbilo te adora y canta tu grandeza:
Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.
Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.
Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.
Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.
Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.
Tú vendrás algún día,
como juez universal.
Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.
Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.

[La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.]
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.
Sé su pastor,
y guíalo por siempre.
Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.
Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

Te Deum Laudamus

Versión en latín

Te Deum laudámus: * te Dóminum confitémur.
Te aetérnum Patrem, * omnis terra venerátur.
Tibi omnes ángeli, * tibi caeli et univérsae potestátes:
tibi chérubim et séraphim * incessábili voce proclámant:
Sanctus, * Sanctus, * Sanctus * Dóminus Deus Sábaoth.
Pleni sunt caeli et terra * maiestátis glóriae tuae.
Te gloriósus * apostolórum chorus,
te prophetárum * laudábilis númerus,
te mártyrum candidátus * laudat exércitus.
Te per orbem terrárum * sancta confitétur Ecclésia,
Patrem * imménsae maiestátis;
venerándum tuum verum * et únicum Fílium;
Sanctum quoque * Paráclitum Spíritum.
Tu rex glóriae, * Christe.
Tu Patris * sempitérnus es Fílius.
Tu, ad liberándum susceptúrus hóminem, *
non horruísti Vírginis úterum.
Tu, devícto mortis acúleo, *
aperuísti credéntibus regna caelórum.
Tu ad déxteram Dei sedes, * in glória Patris.
Iudex créderis * esse ventúrus.
Te ergo quaésumus, tuis fámulis súbveni, *
quos pretióso sánguine redemísti.
Aetérna fac cum Sanctis tuis * in glória numerári.

[Lo que sigue puede omitirse]
Salvum fac pópulum tuum Dómine, *
et bénedic haereditáti tuae.
Et rege eos, * et extólle illos usque in aetérnum.
Per síngulos dies, * benedícimus te;
et laudámus nomen tuum in saéculum, *
et in saéculum saéculi.
Dignáre, Dómine, die isto, * sine peccáto nos custodíre.
Miserére nostri, Dómine, * miserére nostri.
Fiat misericórdia tua, Dómine, super nos, *
quemádmodum sperávimus in te.
In te, Dómine, sperávi: * non confúndar in aetérnum.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para quepodamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Él,
que vive y reina contigo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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