El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, viernes, 15 de mayo de 2026. Otras celebraciones del día: SAN ISIDRO, LABRADOR .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras! Amén.
Antífona 1: Señor, no me castigues con cólera.
Salmo 37
SEÑOR, NO ME CORRIJAS CON IRA
Todos sus conocidos se mantenían a distancia (Lc 23, 49).
I
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.
Antífona 2: Señor, todas mis ansias están en tu presencia. (T. P. Aleluya).
II
Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío,
todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros
se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos
los que atentan contra mí,
los que desean mi daño
me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.
Antífona 3: Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. (T. P. Aleluya).
III
Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido:
que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie,
no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos
los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan
cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.
V. En tu resurrección, oh Cristo. Aleluya.
R. Se alegran los cielos y la tierra. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 22, 22-23, 11
PABLO ANTE EL CONSEJO DE ANCIANOS
En aquellos días, los judíos que estaban escuchando a Pablo comenzaron a gritar:
«¡Muera, muera ese infame!; que no merece vivir.»
Y como continuaban con sus gritos, agitando con furia los mantos y tirando tierra al
aire, mandó el tribuno que lo introdujesen en la fortaleza; al mismo tiempo, ordenó que le
aplicasen el tormento para tomarle declaración y averiguar la causa de aquel alboroto que
se levantaba contra Pablo. Así que lo sujetaron con correas para azotarlo, dijo Pablo al
centurión que estaba presente: «¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano, y además sin
haberlo juzgado siquiera?»
Ante estas palabras, corrió el centurión a comunicarlo al tribuno, diciéndole: «¿Qué vas
a hacer? Este hombre es ciudadano romano.»
Acudió en seguida el tribuno y preguntó a Pablo: «Dime, ¿eres tú ciudadano romano?»
Él contestó: «Sí.»
Y el tribuno añadió: «Una fuerte suma me costó esta ciudadanía.»
Pablo le replicó: «Pues yo la tengo por nacimiento.»
Al instante se retiraron los que iban a aplicarle el tormento para tomarle declaración; y
el mismo tribuno cobró miedo, al darse cuenta de que era ciudadano romano y que lo
había hecho encadenar. Al día siguiente, queriendo saber con certeza de qué le acusaban
los judíos, hizo quitar las cadenas a Pablo y ordenó que se reuniesen los sacerdotes y el
Consejo de ancianos en pleno. Luego bajó a Pablo y lo hizo comparecer ante ellos. Pablo,
con los ojos fijos en el Consejo, dijo: «Hermanos, hasta hoy yo siempre me he portado
con toda rectitud de conciencia ante Dios.»
El sumo sacerdote Ananías mandó a los que estaban junto a él que lo hiriesen en la
boca. Pablo entonces, dirigiéndose a él, exclamó: «Dios te herirá a ti, pared blanqueada.
¿Cómo es que te sientas para juzgarme según la ley y, violando tú la ley, mandas que me
hieran?»
Los presentes exclamaron: «¿Así insultas al sumo sacerdote de Dios?»
Pablo contestó: «Hermanos, no sabía que era el sumo sacerdote. Pues dice la
Escritura: "No insultarás al príncipe de tu pueblo.»
Luego, conociendo Pablo que una parte del Consejo eran saduceos y la otra fariseos,
exclamó en alta voz en medio de la asamblea: «Hermanos, yo soy fariseo e hijo de
fariseos. Por defender mi esperanza en la resurrección de los muertos me encuentro ahora
procesado.»
Ante estas palabras, se originó una discusión entre saduceos y fariseos, y se dividió la
asamblea. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus; los
fariseos, en cambio, profesan lo uno y lo otro. En medio de un gran griterío, se levantaron
algunos doctores de la secta de los fariseos y aumentaron la violenta polémica,
protestando: «No hallamos culpa alguna en este hombre. ¿Y quién sabe si le ha hablado
algún espíritu o algún ángel?»
Como el alboroto iba creciendo, temió el tribuno que despedazasen a Pablo; entonces,
ordenó que bajase la tropa y que, sacando a Pablo de en medio de ellos, lo llevase a la
fortaleza. A la noche siguiente, el Señor se apareció a Pablo y le dijo: «Ten ánimo. Como
has dado testimonio de mí en Jerusalén, has de darlo también en Roma.»
R. Dijo el Señor: «Ten ánimo. Como has dado testimonio de mí en Jerusalén, * has de dar
testimonio en Roma.» Aleluya.
V. Para que por la fe en mí reciban el perdón de los pecados y su parte en la herencia de
los justos.
R. Has de dar testimonio en Roma. Aleluya.
De los sermones de san León Magno, papa
(Sermón 2 sobre la Ascensión del Señor, 1-4: PL 54, 397-399)
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR AUMENTA NUESTRA FE
Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para nosotros causa
de alegría, así también ahora su ascensión al cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al
recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue
elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de
ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre.
Hemos sido establecidos y edificados por este modo de obrar divino, para que la gracia de
Dios se manifestara más admirablemente, y así, a pesar de haber sido apartada de la vista
de los hombres la presencia visible del Señor, por la cual se alimentaba el respeto de ellos
hacia él, la fe se mantuviera firme, la esperanza inconmovible y el amor encendido.
En esto consiste, en efecto, el vigor de los espíritus verdaderamente grandes, esto es
lo que realiza la luz de la fe en las almas verdaderamente fieles: creer sin vacilación lo que
no ven nuestros ojos, tener fijo el deseo en lo que no puede alcanzar nuestra mirada.
¿Cómo podría nacer esta piedad en nuestros corazones, o cómo podríamos ser justificados
por la fe, si nuestra salvación consistiera tan solo en lo que nos es dado ver?
Así, todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado
a ser ritos sacramentales; y, para que nuestra fe fuese más firme y valiosa, la visión ha
sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones,
iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esta instrucción.
Esta fe, aumentada por la ascensión del Señor y fortalecida con el don del Espíritu
Santo, ya no se amilana por las cadenas, la cárcel, el destierro, el hambre, el fuego, las
fieras ni los refinados tormentos de los crueles perseguidores. Hombres y mujeres, niños y
frágiles doncellas han luchado, en todo el mundo, por esta fe, hasta derramar su sangre.
Esta fe ahuyenta a los demonios, aleja las enfermedades, resucita a los muertos.
Por esto los mismos apóstoles, que, a pesar de los milagros que habían contemplado y
de las enseñanzas que habían recibido, se acobardaron ante las atrocidades de la pasión
del Señor y se mostraron reacios en admitir el hecho de su resurrección, recibieron un
progreso espiritual tan grande de la ascensión del Señor, que todo lo que antes les era
motivo de temor se les convirtió en motivo de gozo. Es que su espíritu estaba ahora
totalmente elevado por la contemplación de la divinidad, sentada a la derecha del Padre; y
al no ver el cuerpo del Señor podían comprender con mayor claridad que aquel no había
dejado al Padre, al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos, al subir al cielo.
Entonces, amadísimos hermanos, el Hijo del hombre se mostró, de un modo más
excelente y sagrado, como Hijo de Dios, al ser recibido en la gloria de la majestad del
Padre, y, al alejarse de nosotros por su humanidad, comenzó a estar presente entre
nosotros de un modo nuevo e inefable por su divinidad.
Entonces nuestra fe comenzó a adquirir un mayor y progresivo conocimiento de la
igualdad del Hijo con el Padre, y a no necesitar de la presencia palpable de la substancia
corpórea de Cristo, según la cual es inferior al Padre; pues, subsistiendo la naturaleza del
cuerpo glorificado de Cristo, la fe de los creyentes es llamada allí donde podrá tocar al Hijo
único, igual al Padre, no ya con la mano, sino mediante el conocimiento espiritual.
R. Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en
los cielos. * Acerquémonos con sinceridad de corazón, con plenitud de fe, purificados los
corazones de toda mancha de que tengamos conciencia. Aleluya.
V. Mantengamos firmemente la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es Dios que
nos hizo las promesas.
R. Acerquémonos con sinceridad de corazón, con plenitud de fe, purificados los corazones
de toda mancha de que tengamos conciencia. Aleluya.
Oremos:
Escucha, Señor, nuestras plegarias, y, ya que confesamos que Cristo, el Salvador de los hombres, vive junto a ti en la gloria, haz que le sintamos presente también entre nosotros hasta el fin de los tiempos como él mismo nos lo prometió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.