Oficio de Lectura - JUEVES III SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, jueves, 29 de enero de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88, 39-53

LAMENTACIÓN POR LA CAÍDA DE LA CASA DE DAVID

Ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David (Lc 1, 69).

IV

Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.

Antífona 2: Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana. (T. P. Aleluya).

V

¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.
¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?
Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.
Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.

Antífona 3: Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre. (T. P. Aleluya).

Salmo 89

BAJE A NOSOTROS LA BONDAD DEL SEÑOR

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día (2 Pe 3, 8).

Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: "retornad, hijos de Adán".
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro del Génesis 24, 1-27

ABRAHAM ENVÍA A BUSCAR MUJER PARA ISAAC

En aquellos días, Abraham era ya un viejo entrado en años, y el Señor había bendecido
a Abraham en todo. Abraham dijo al siervo más viejo de su casa y mayordomo de todas
sus cosas:
«Ea, pon tu mano debajo de mi muslo, que voy a juramentarte por el Señor, Dios de los
cielos y Dios de la tierra, que no tomarás mujer para mi hijo de entre las hijas de los
cananeos con los que vivo; sino que irás a mi tierra y a mi patria a tomar mujer para mi
hijo Isaac.»
Díjole el siervo:
«Tal vez no quiera la mujer seguirme a este país. ¿Debo en tal caso volver y llevar a tu
hijo a la tierra de donde saliste?»
Díjole Abraham:
«Guárdate de llevar allá a mi hijo. El Señor, Dios de los cielos y Dios de la tierra, que
me tomó de mi casa paterna y de mi patria, y que me habló y me juró, diciendo: "A tudescendencia daré esta tierra", él enviará su Ángel delante de ti, y tomarás de allí mujer
para mi hijo. Si la mujer no quisiere seguirte, no responderás de este juramento que te
tomo. En todo caso, no lleves allá a mi hijo.»
El siervo puso su mano debajo del muslo de su señor Abraham y le prestó juramento
según lo hablado. Tomó el siervo diez camellos de los de su señor y de las cosas mejores
de su señor y se puso en marcha hacia Aram Naharáyim, hacia la ciudad de Najor. Hizo
arrodillar a los camellos fuera de la ciudad junto al pozo, al atardecer, a la hora de salir las
aguadoras, y dijo:
«El Señor, Dios de mi señor Abraham: dame suerte hoy, y haz favor a mi señor
Abraham. Voy a quedarme parado junto a la fuente, mientras las hijas de los ciudadanos
salen a sacar agua. Ahora bien, la muchacha a quien yo diga "Inclina, por favor, tu cántaro
para que yo beba", y ella responda: "Bebe, y también voy a abrevar tus camellos", ésa sea
la que tienes designada para tu siervo Isaac, y por ello conoceré que haces favor a mi
señor.»
Apenas había acabado de hablar, cuando he aquí que salía Rebeca, hija de Betuel, el
hijo de Milká, la mujer de Najor, hermano de Abraham, con su cántaro al hombro. La
joven era de muy buen ver, virgen, que no había conocido varón. Bajó a la fuente, llenó su
cántaro y subió. El siervo corrió a su encuentro y dijo:
«Dame un poco de agua de tu cántaro.»
Dijo ella:
«Bebe, señor.»
Y bajando en seguida el cántaro sobre su brazo, le dio de beber. Y en acabando de
darle, dijo:

«También para tus camellos voy a sacar, hasta que se hayan saciado.»
Y apresuradamente vació su cántaro en el abrevadero y corriendo otra vez al pozo sacó
agua para todos los camellos. El hombre la contemplaba callando para saber si el Señor
había dado éxito o no a su misión. En cuanto los camellos acabaron de beber, tomó el
hombre un anillo de oro de medio siclo de peso, que colocó en la nariz de la joven, y un
par de brazaletes de diez siclos de oro en sus brazos, y dijo:
«¿De quién eres hija? Dime: ¿hay en casa de tu padre sitio para hacer noche?»
Ella le dijo:
«Soy hija de Betuel, el hijo que Milká dio a Najor.»
Y agregó:
«También tenemos paja y forraje en abundancia, y sitio para pasar la noche.»
Entonces se postró el hombre y adoró al Señor, diciendo:
«Bendito sea el Señor, el Dios de mi señor Abraham, que no ha retirado su favor y su
lealtad para con mi señor. El Señor me ha traído a parar a casa del hermano de mi señor.»

Responsorio Cf. Gn 24, 27; cf. 35, 3

R. Bendito sea el Señor, Dios de mi amo Abraham, que no ha olvidado su misericordia y
fidelidad con su siervo. * El Señor me ha guiado por un camino recto.
V. Subamos y hagamos un altar al Dios que me acompañó en mi viaje.
R. El Señor me ha guiado por un camino recto.

Segunda Lectura

De los sermones de Juan Mediocre de Nápoles, obispo
(Sermón 7: PLS 4, 785-786)

AMA AL SEÑOR Y SIGUE SUS CAMINOS

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porquesabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. Él veía la luz, no
esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas
iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.
Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras, se refería a aquella luz
que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no
vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia
que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente
el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El
que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece
por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es
constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo
alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la
infunde a quien quiere y cuando quiere.
El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del
pecado, cuando nace en él la luz, se espanta de sí mismo y sale de su estado, se
arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién
temeré? Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la
enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto,
debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el
corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien
salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir,
pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga

la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. Él es, por tanto, nuestra fuerza, el que
se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después
queráis y no podáis.

Responsorio Sb 9, 10. 4

R. De tu trono de gloria envía, Señor, la sabiduría para que me asista en mis trabajos * y
venga yo a saber lo que te es grato.
V. Dame, Señor, la sabiduría asistente de tu trono.
R. Y venga yo a saber lo que te es grato.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que
podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Por
Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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