Oficio de Lectura - MARTES XXVII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 6 de octubre de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, Dios soberano.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»
No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.
Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»
Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Se levanta Dios, y huyen de su presencia los que lo odian. (T. P. Aleluya).

Salmo 67

ENTRADA TRIUNFAL DEL SEÑOR

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres (Ef 4, 8).

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad en su honor,
alfombrad el camino del que avanza por el desierto;
su nombre es el Señor:
alegraos en su presencia.
Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece;
sólo los rebeldes
se quedan en la tierra abrasada.
Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo
y avanzabas por el desierto,
la tierra tembló, el cielo destiló
ante Dios, el Dios del Sinaí;
ante Dios, el Dios de Israel.
Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.

Antífona 2: Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. (T. P. Aleluya).

II

El Señor pronuncia un oráculo,
millares pregonan la alegre noticia:
"los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo;
las mujeres reparten el botín.
Mientras reposabais en los apriscos,
las palomas batieron sus alas de plata,
el oro destellaba en sus plumas.
Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,
la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío".
Las montañas de Basán son altísimas,
las montañas de Basán son escarpadas;
¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,
del monte escogido por Dios para habitar,
morada perpetua del Señor?
Los carros de Dios son miles y miles:
Dios marcha del Sinaí al santuario.
Subiste a la cumbre llevando cautivos,
te dieron tributo de hombres:
incluso los que se resistían
a que el Señor Dios tuviera una morada.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,
los cráneos de los malvados contumaces.
Dice el Señor: "Los traeré desde Basán,
los traeré desde el fondo del mar;
teñirás tus pies en la sangre del enemigo
y los perros la lamerán con sus lenguas".

Antífona 3: Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor. (T. P. Aleluya).

III

Aparece tu cortejo, oh Dios,
el cortejo de mi Dios, de mi Rey,
hacia el santuario.
Al frente, marchan los cantores;
los últimos, los tocadores de arpa;
en medio, las muchachas van tocando panderos.
"En el bullicio de la fiesta, bendecid a Dios,
al Señor, estirpe de Israel".
Va delante Benjamín, el más pequeño;
los príncipes de Judá con sus tropeles;
los príncipes de Zabulón,
los príncipes de Neftalí.
Oh Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo.
Reprime a la fiera del cañaveral,
al tropel de los toros,
a los novillos de los pueblos.
Que se te rindan con lingotes de plata:
dispersa las naciones belicosas.
Lleguen los magnates de Egipto,
Etiopía extienda sus manos a Dios.
Reyes de la tierra, cantad a Dios,
tocad para el Señor,
que avanza por los cielos,
los cielos antiquísimos,
que lanza su voz, su voz poderosa:
"reconoced el poder de Dios".
Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
Desde el santuario, Dios impone reverencia:
es el Dios de Israel
quien da fuerza y poder a su pueblo.
¡Dios sea bendito!

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de Ben Sirá 3, 1-18

DEBERES DE LOS HIJOS PARA CON SUS PADRES

Hijos míos, escuchad a vuestro padre, obrad como os digo, y os salvaréis. Dios hace al
padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El

que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el
que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que
respeta a su madre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha; el que
teme al Señor honra a los padres y sirve a sus padres como a señores.
Hijo mío, en palabra y obra honra a tu padre, y vendrán sobre ti toda clase de
bendiciones; la bendición del padre hace echar raíces, la maldición de la madre arranca lo
plantado. No busques honra en la humillación de tu padre, porque no sacarás honra de
ella; la honra de un hombre es la honra de su padre, y la deshonra de la madre es
vergüenza de los hijos.
Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque
haya pereza, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. El servicio hecho al padre
no se olvidará, será tenido en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro el Señor
se acordará de ti y deshará tus pecados como el calor disuelve la escarcha. Quien
desprecia a su padre es un blasfemo, quien insulta a su madre irrita a su Creador.

Responsorio Lc 2 , 51. 52

R. Jesús bajó a Nazaret con sus padres, * y vivía sumiso a ellos.
V. Fue progresando en perfección intelectual y física, y en gracia ante Dios y ante los
hombres.
R. Y vivía sumiso a ellos.

Segunda Lectura

Comienza la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Tralianos
(Caps. 1,1-3, 2; 4,1-2; 6,1; 7,1-8,1: Funk 1, 203-209)

OS QUIERO PREVENIR COMO A HIJOS MÍOS AMADÍSIMOS

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la amada de Dios,
Padre de Jesucristo, la Iglesia santa que habita en Trales del Asia, digna de Dios y
escogida, que goza de paz, tanto en el cuerpo como en el espíritu, a causa de la pasión de
Jesucristo, el que nos da una esperanza de resucitar como él; mi mejor saludo apostólico
y mis mejores deseos de que viváis en la alegría.
Sé que tenéis sentimientos irreprochables e inconmovibles, a pesar de vuestros
sufrimientos, y ello no sólo por vuestro esfuerzo, sino también por vuestro buen natural:
así me lo ha manifestado vuestro obispo Polibio quien, por voluntad de Dios y de
Jesucristo, ha venido a Esmirna: y se ha congratulado conmigo, que estoy encadenado por
Cristo Jesús; en él me ha sido dado contemplar a toda vuestra comunidad y por él he
recibido una prueba de cómo vuestro amor para conmigo es según Dios, y he dado
gracias al Señor, pues de verdad he conocido que, como ya me habían contado, sois
auténticos imitadores de Dios.
En efecto, al vivir sometidos a vuestro obispo como si se tratara del mismo Jesucristo,
sois, a mis ojos, como quien anda no según la carne, sino según Cristo Jesús, que por
nosotros murió a fin de que, creyendo en su muerte, escapéis de la muerte. Es necesario,
por tanto, que, como ya lo venís practicando, no hagáis nada sin el obispo; someteos
también a los presbíteros como a los apóstoles de Jesucristo, nuestra esperanza, para que
de esta forma nuestra vida esté unida a la de él.
También es preciso que los diáconos, como ministros que son de los misterios de
Jesucristo, procuren, con todo interés, hacerse gratos a todos, pues no son ministros de
los manjares y de las bebidas, sino de la Iglesia de Dios. Es, por tanto, necesario que
eviten, como si se tratara de fuego, toda falta que pudiera echárseles en cara.

De manera semejante, que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, al
obispo como si fuera la imagen del Padre, y a los presbíteros como si fueran el senado de
Dios y el colegio apostólico. Sin ellos no existe la Iglesia. Creo que estáis bien persuadidos
de todo esto. En vuestro obispo, a quien recibí y a quien tengo aún a mi lado, contemplo
como una imagen de vuestra caridad; su misma manera de vivir es una magnífica lección,
y su mansedumbre una fuerza.
Mis pensamientos en Dios son muy elevados, pero me pongo a raya a mí mismo, no sea
que perezca por mi vanagloria. Pues ahora sobre todo tengo motivos para temer y me es
necesario no prestar oído a quienes podrían tentarme de orgullo. Porque cuantos me
alaban, en realidad, me dañan. Es cierto que deseo sufrir el martirio, pero ignoro si soy
digno de él. Mi impaciencia, en efecto, quizá pasa desapercibida a muchos, pero en
cambio a mí me da gran guerra. Por ello, necesito adquirir una gran mansedumbre, pues
ella desbaratará al príncipe de este mundo.
Os exhorto, no yo, sino la caridad de Jesucristo, a que uséis solamente el alimento
cristiano y a que os abstengáis de toda hierba extraña a vosotros, es decir, de toda
herejía.
Esto lo realizaréis si os alejáis del orgullo y permanecéis íntimamente unidos a nuestro
Dios, Jesucristo, y vuestro obispo, sin apartaros de las enseñanzas de los apóstoles. El que
está en el interior del santuario es puro, pero el que está fuera no es puro: quiero decir
con ello que el que actúa a espaldas del obispo y de los presbíteros y diáconos no es puro
ni tiene limpia su conciencia.
No os escribo esto porque me haya enterado que tales cosas se den entre vosotros,
sino porque os quiero prevenir como a hijos míos amadísimos.

Responsorio Ef 4, 3-6; 1 Co 3, 11

R. Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo
y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza a la que habéis sido
convocados. * Un Señor, una fe, un bautismo.
V. Nadie puede poner otro cimiento sino el que ya está puesto: Jesucristo.
R. Un Señor, una fe, un bautismo.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso y eterno, que con la magnificencia de tu amor sobrepasas los
méritos y aun los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia,
para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no
nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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