El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, miércoles, 8 de abril de 2026.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Antífona 1: Señor, Dios mío, qué grande eres. Aleluya
Salmo 103
I
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las olas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Antífona 2: La tierra se sacia, Señor, de tu acción fecunda. Aleluya.
II
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Antífona 3: Gloria a Dios para siempre. Aleluya.
III
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
V. Dios resucitó al Señor. Aleluya.
R. Y nos resucitará también a nosotros por su poder. Aleluya.
De los Hechos de los apóstoles 2, 22-41
DISCURSO DE PEDRO SOBRE LA MUERTE Y RESURRECCIÓN DE CRISTO
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Hombres de Israel, escuchad estas
palabras: A Jesús, el Nazareno, a este hombre acreditado por Dios con milagros, prodigios
y señales, que por su medio Dios realizó en vuestra presencia, como bien lo sabéis, a este
hombre, que fue entregado a la muerte porque así estaba previsto y querido por Dios, a
este hombre habéis quitado la vida, clavándolo en cruz por mano de los infieles. Pero
Dios, rompiendo las ataduras de la muerte, lo resucitó, porque era imposible que
continuase dominado por ella. Así, David dice de él:
"Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me
alegra el corazón y se goza mi lengua; y hasta mi carne descansa en la esperanza, porque
no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el
sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia."
Hermanos, permitidme que os hable con libertad y franqueza: el patriarca David murió
y fue sepultado y su sepulcro se conserva todavía hoy entre nosotros. Pero, siendo como
era profeta, y sabiendo que Dios le había prometido y jurado colocar en su trono un
descendiente de su raza, con visión profética habló de la resurrección del Mesías: de cómo
no ha sido abandonado en la región de los muertos, y de cómo su cuerpo no ha
experimentado la corrupción. A éste, que no es otro sino Jesús, Dios lo ha resucitado;
testigos somos todos nosotros.
Ahora bien, entronizado como está a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el
Espíritu Santo prometido, y lo ha derramado ahora. Eso es lo que estáis viendo y oyendo.
Pues no fue David quien subió a los cielos; bien lo dice él mismo: "Oráculo del Señor a mi
Señor: Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies." Así, pues, que
todo el pueblo de Israel lo sepa con absoluta certeza: Dios ha constituido Señor y Mesías a
este mismo Jesús, a quien vosotros habéis crucificado.»
Después de escuchar este discurso, sintieron compungirse vivamente sus corazones, y,
dirigiéndose a Pedro y a los demás apóstoles, les dijeron: «Hermanos, ¿qué es lo que
tenemos que hacer?»
Pedro les contestó: «Arrepentíos, y bautizaos en el nombre de Jesús, el Mesías, para
alcanzar el perdón de vuestros pecados; así recibiréis el don del Espíritu Santo. La
promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que llame el Señor Dios
nuestro, aunque estén lejos.»
Y con otras muchas razones los exhortaba, diciendo: «Salvaos de esta generación
perversa.»
Ellos, por su parte, acogieron favorablemente su palabra, y se hicieron bautizar. Y se
agregaron aquel día a la comunidad unas tres mil personas.
R. Los que acogieron favorablemente la palabra de Pedro se hicieron bautizar; eran
constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles. * Los creyentes vivían todos
unidos, y lo tenían todo en común. Aleluya.
V. Ved qué paz y qué alegría, convivir los hermanos unidos.
R. Los creyentes vivían todos unidos, y lo tenían todo en común. Aleluya.
De una homilía pascual de un autor antiguo
(Sermón 35, 6-9: PL 17 [edición 1879], 696-697)
CRISTO, AUTOR DE LA RESURRECCIÓN Y DE LA VIDA
San Pablo, para celebrar la dicha de la salvación recuperada, dice: Lo mismo que por
Adán entró la muerte en el mundo, de la misma forma, por Cristo la salvación fue
establecida en el mundo; y en otro lugar: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno;
el segundo hombre es del cielo.
Y añade: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, o sea, del hombre viejo y
de su pecado, seremos también imagen del hombre celestial, esto es, del perdonado,
redimido, restaurado; y, en Cristo, alcanzaremos la salvación del hombre renovado, como
dice el mismo apóstol: Primero, Cristo, es decir, el autor de la resurrección y de la vida;
después los de Cristo, o sea, los que, por haber vivido imitando su santidad, tienen la
firme esperanza de la resurrección futura y de poseer, con Cristo, el reino prometido, como
dice el mismo Señor en el evangelio: Quien me siga no perecerá, sino que pasará de la
muerte a la vida.
Por ello podemos decir que la pasión del Salvador es la salvación de la vida de los
hombres. Para esto quiso el Señor morir por nosotros, para que, creyendo en él,
llegáramos a vivir eternamente. Quiso ser, por un tiempo, lo que somos nosotros, para
que nosotros, participando de la eternidad prometida, viviéramos con él eternamente.
Ésta es la gracia de estos sagrados misterios, éste el don de la Pascua, éste el
contenido de la fiesta anhelada durante todo el año, éste el comienzo de los bienes
futuros.
Ante nuestros ojos tenemos a los que acaban de nacer en el agua de la vida de la
madre Iglesia: reengendrados en la sencillez de los niños, nos recrean con los balbuceos
de su conciencia inocente. Presentes están también los padres y madres cristianos que
acompañan a su numerosa prole, renovada por el sacramento de la fe.
Destellan aquí, cual adornos de la profesión de fe que hemos escuchado, las llamas
fulgurantes de los cirios de los recién bautizados, quienes, santificados por el sacramento
del agua, reciben el alimento espiritual de la eucaristía.
Aquí, cual hermanos de una única familia que se nutre en el seno de una madre
común, la santa Iglesia, los neófitos adoran la divinidad y las maravillosas obras del Diosúnico en tres personas y, con el profeta, cantan el salmo de la solemnidad pascual: Éste
es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Pero, ¿de qué día se trata? Sin duda de aquél que es el origen de la vida, el principio
de la luz, el autor de toda claridad, es decir, el mismo Señor Jesucristo; quien afirmó de sí
mismo: Yo soy el día: si uno camina de día, no tropieza, es decir, quien sigue en todo a
Cristo, caminando siempre tras sus huellas, llegará hasta aquel solio donde brilla la luz
eterna; tal como el mismo Cristo, cuando vivía aún en su cuerpo mortal, oró por nosotros
al Padre, diciendo: Padre, éste es mi deseo: que los que creyeron en mi estén conmigo
donde yo estoy, como tú estás en mí y yo en ti: que también ellos estén en nosotros.
R. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo. * Nosotros, que
somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Aleluya.
V. Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los
hombres celestiales.
R. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre
celestial. Aleluya.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Dios nuestro, que todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del
Señor; concédenos, a través de la celebración de estas fiestas, llegar un día a la alegría
eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.