Oficio de Lectura - MARTES III SEMANA DE PASCUA 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, martes, 21 de abril de 2026. Otras celebraciones del día: SAN ANSELMO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1
  • Himno 2

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.

La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Salmodia

Antífona 1: Se levanta Dios, y huyen de su presencia los que lo odian. (T. P. Aleluya).

Salmo 67

ENTRADA TRIUNFAL DEL SEÑOR

Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres (Ef 4, 8).

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad en su honor,
alfombrad el camino del que avanza por el desierto;
su nombre es el Señor:
alegraos en su presencia.
Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece;
sólo los rebeldes
se quedan en la tierra abrasada.
Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo
y avanzabas por el desierto,
la tierra tembló, el cielo destiló
ante Dios, el Dios del Sinaí;
ante Dios, el Dios de Israel.
Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.

Antífona 2: Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. (T. P. Aleluya).

II

El Señor pronuncia un oráculo,
millares pregonan la alegre noticia:
"los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo;
las mujeres reparten el botín.
Mientras reposabais en los apriscos,
las palomas batieron sus alas de plata,
el oro destellaba en sus plumas.
Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,
la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío".
Las montañas de Basán son altísimas,
las montañas de Basán son escarpadas;
¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,
del monte escogido por Dios para habitar,
morada perpetua del Señor?
Los carros de Dios son miles y miles:
Dios marcha del Sinaí al santuario.
Subiste a la cumbre llevando cautivos,
te dieron tributo de hombres:
incluso los que se resistían
a que el Señor Dios tuviera una morada.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,
los cráneos de los malvados contumaces.
Dice el Señor: "Los traeré desde Basán,
los traeré desde el fondo del mar;
teñirás tus pies en la sangre del enemigo
y los perros la lamerán con sus lenguas".

Antífona 3: Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor. (T. P. Aleluya).

III

Aparece tu cortejo, oh Dios,
el cortejo de mi Dios, de mi Rey,
hacia el santuario.
Al frente, marchan los cantores;
los últimos, los tocadores de arpa;
en medio, las muchachas van tocando panderos.
"En el bullicio de la fiesta, bendecid a Dios,
al Señor, estirpe de Israel".
Va delante Benjamín, el más pequeño;
los príncipes de Judá con sus tropeles;
los príncipes de Zabulón,
los príncipes de Neftalí.
Oh Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo.
Reprime a la fiera del cañaveral,
al tropel de los toros,
a los novillos de los pueblos.
Que se te rindan con lingotes de plata:
dispersa las naciones belicosas.
Lleguen los magnates de Egipto,
Etiopía extienda sus manos a Dios.
Reyes de la tierra, cantad a Dios,
tocad para el Señor,
que avanza por los cielos,
los cielos antiquísimos,
que lanza su voz, su voz poderosa:
"reconoced el poder de Dios".
Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
Desde el santuario, Dios impone reverencia:
es el Dios de Israel
quien da fuerza y poder a su pueblo.
¡Dios sea bendito!

Versículo

V. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere. Aleluya.
R. La muerte no tiene ya poder sobre él. Aleluya.

Lecturas

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 9, 1-22

VOCACIÓN DE SAULO

En aquellos días, Saulo, que no respiraba aún sino amenazas de muerte contra los
discípulos del Señor, se presentó ante el sumo sacerdote y le pidió cartas de

recomendación, dirigidas a las comunidades de Damasco, con el objeto de traer presos a
Jerusalén a cuantos discípulos de la nueva doctrina encontrase, fuesen hombres o
mujeres. Ya se acercaba en su viaje a Damasco, cuando de repente se vio rodeado de un
resplandor que venía del cielo. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo,
¿por qué me persigues?»
Él preguntó: «Señor, ¿quién eres?»
Y la voz dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, y entra en la ciudad; allí
se te dirá lo que tienes que hacer.»
Los hombres que lo acompañaban estaban mudos de espanto; oían la voz, pero no
veían a nadie. Saulo se levantó del suelo; tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Lo
tomaron de la mano y lo condujeron a Damasco; y así estuvo tres días ciego y sin comer
ni beber nada. Había en Damasco un discípulo, llamado Ananías, a quien llamó el Señor
en visión: «¡Ananías!»
Contestó él: «Heme aquí, Señor.»
Y el Señor le dijo: «Vete en seguida a la calle que se llama Recta y pregunta en casa
de Judas por uno de Tarso que se llama Saulo. Sábete que está en oración y ha visto en
una visión que un hombre, llamado Ananías, entraba para imponerle las manos y
devolverle la vista.»
Ananías respondió: «Señor, he oído contar a muchos los males que ha causado este
hombre a tus fieles en Jerusalén, y ahora está aquí con plenos poderes de parte de los
jefes de los sacerdotes, para prender a cuantos invocan tu nombre.»
Pero el Señor le dijo: «Vete, porque éste es un instrumento que me he escogido yo
para que lleve mi nombre a los gentiles, a los reyes y a los hijos de Israel. Yo mismo le
mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre.»
Fue Ananías y entró en la casa; le impuso las manos y le dijo: «Saulo, hermano:
Jesús, el Señor, que se te apareció en el camino por donde venías, me envía para que
recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo.»
Al momento se le cayeron de los ojos unas como escamas y recobró la vista.
Inmediatamente, se hizo bautizar. Luego, tomó alimento y recobró fuerzas. Una vez que
hubo pasado algunos días con los discípulos de Damasco, comenzó Saulo a predicar en las
sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios. Y cuantos le oían no salían de su asombro y
decían: «Pero, ¿no es éste el que perseguía en Jerusalén a los que invocaban este
nombre, y no ha venido aquí para llevarlos detenidos al tribunal de los jefes de los
sacerdotes?»
Pero Saulo cobraba cada vez más energía, y confundía a los judíos que vivían en
Damasco, haciéndoles ver con muchos argumentos que Jesús es el Mesías.

Responsorio Cf. Ga 1, 15. 16; Is 49, 1

R. Dios, que me eligió desde el seno de mi madre, me llamó por su gracia y tuvo a bien
revelarme a su Hijo * para que yo lo anunciara a los gentiles. Aleluya.
V. El Señor me llamó desde el vientre de mi madre, cuando aún estaba yo en el seno
materno pronunció mi nombre.
R. Para que yo lo anunciara a los gentiles. Aleluya.

Segunda Lectura

De los sermones de san Agustín, obispo
(n. 34,1-3. 5-6: CCL 41; 424-426)

CANTEMOS AL SEÑOR EL CÁNTICO DEL AMOR

Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles.
Se nos ha exhortado a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo conoce el
cántico nuevo. Cantar es expresión de alegría y, si nos fijamos más detenidamente, cantar
es expresión de amor. De modo que quien ha aprendido a amar la vida nueva sabe cantar
el cántico nuevo. De modo que el cántico nuevo nos hace pensar en lo que es la vida
nueva. El hombre nuevo, el cántico nuevo, el Testamento nuevo: todo pertenece al mismo
y único reino. Por esto, el hombre nuevo cantará el cántico nuevo, porque pertenece al
Testamento nuevo.
Todo hombre ama; nadie hay que no ame; pero hay que preguntar qué es lo que
ama. No se nos invita a no amar, sino a que elijamos lo que hemos de amar. ¿Pero, cómo
vamos a elegir si no somos primero elegidos, y cómo vamos a amar si no nos aman
primero? Oíd al apóstol Juan: Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Trata
de averiguar de dónde le viene al hombre poder amar a Dios, y no encuentra otra razón
sino porque Dios le amó primero. Se entregó a sí mismo para que le amáramos y con ello
nos dio la posibilidad y el motivo de amarle. Escuchad al apóstol Pablo que nos habla con
toda claridad de la raíz de nuestro amor: El amor de Dios —dice— ha sido derramado en
nuestros corazones. Y, ¿de quién proviene este amor? ¿De nosotros tal vez? Ciertamente
no proviene de nosotros. Pues, ¿de quién? Del Espíritu Santo que se nos ha dado.
Por tanto, teniendo una gran confianza, amemos a Dios en virtud del mismo don que
Dios nos ha dado. Oíd a Juan que dice más claramente aún: Dios es amor, y quien
permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. No basta con decir: El amor es de
Dios. ¿Quién de vosotros sería capaz de decir: Dios es amor? Y lo dijo quien sabía lo que
se traía entre manos.
Dios se nos ofrece como objeto total y nos dice: «Amadme, y me poseeréis, porque
no os es posible amarme si antes no me poseéis.»
¡Oh, hermanos e hijos, vosotros que sois brotes de la Iglesia universal, semilla santa
del reino eterno, los regenerados y nacidos en Cristo! Oídme: Cantad por mí al Señor un
cántico nuevo. «Ya estamos cantando», decís. Cantáis, sí, cantáis. Ya os oigo. Pero
procurad que vuestra vida no dé testimonio contra lo que vuestra lengua canta.
Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad
con vuestras costumbres: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Preguntáis qué es lo que
vais a cantar de aquel a quién amáis? Porque sin duda queréis cantar en honor de aquel a
quien amáis: preguntáis qué alabanzas vais a cantar de él. Ya lo habéis oído: Cantad al
Señor un cántico nuevo. ¿Preguntáis qué alabanzas debéis cantar? Resuene su alabanza
en la asamblea de los fieles. La alabanza del canto reside en el mismo cantor.
¿Queréis rendir alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar.
Vosotros mismos seréis su alabanza, si vivís santamente.

Responsorio Rm 6, 4; 1 Jn 3, 23; Jdt 16, 15

R. Así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros vivamos una vida nueva. * Amémonos mutuamente conforme al mandamiento
que nos dio. Aleluya.
V. Cantemos un himno al Señor, cantemos a nuestro Dios un cántico nuevo.
R. Amémonos mutuamente conforme al mandamiento que nos dio. Aleluya.

Oración

Oremos:

Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu,
acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que, purificados ya de sus pecados,
alcancen todas tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

Apps - Android - iPhone - iPad