Oficio de Lectura - SÁBADO XXIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 12 de septiembre de 2026.

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.
Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.
Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.
Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.
Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. (T. P. Aleluya).

Salmo 106

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo (Hech 10, 36).

I

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.
Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.
Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Antífona 2: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. (T. P. Aleluya).

II

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.
Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Antífona 3: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor. (T. P. Aleluya).

III

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.
Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.
Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.
Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.
Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Lecturas

Primera Lectura

De la carta del apóstol san Judas 1-8. 12-13. 17-25

CONTINUAD ORANDO EN EL ESPÍRITU SANTO Y CONSERVAOS EN LA CARIDAD DE DIOS

Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, a los amados por Dios Padre y
custodiados como posesión de Jesucristo, que han sido convocados: que Dios os conceda
participar cada vez más de su misericordia, de su paz y de su amor.
Queridos hermanos, tenía sumo interés en escribiros acerca de la salvación que nos
concierne a todos; y ahora me veo obligado a hacerlo. Quiero daros alientos para que
sigáis luchando por conservar intacta la fe, esta fe que ha sido transmitida de una vez
para siempre a los fieles. Es el caso que entre vosotros se han introducido solapadamente
algunos a quienes ya desde hace tiempo tiene señalados la Escritura para recibir esta
sentencia. Son hombres impíos que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios y
niegan al único Dueño y Señor nuestro, Jesucristo.
Quiero recordaros, aunque ya sabéis perfectamente todo esto, que el Señor, después de
haber salvado de Egipto a su pueblo, hizo luego perecer a los que no tuvieron fe; que
castigó a los ángeles que no conservaron su dignidad, sino que abandonaron su propia
morada, y envolviéndolos en tinieblas y reduciéndolos a eterna prisión los tiene reservados
para el juicio del gran día; y que Sodoma y Gomorra y las ciudades circunvecinas, que
como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferente, quedaron para escarmiento,
sufriendo el castigo de un fuego eterno.
A pesar de ello, también estos alucinados manchan como ellos su cuerpo, rechazan el
señorío de Cristo e insultan a los seres gloriosos. Son ellos deshonra de vuestros ágapes,
en los cuales banquetean desvergonzadamente, apacentándose a sí mismos. Son nubes
sin agua que el viento arrastra, árboles de final de otoño que no tienen fruto y están
completamente secos y sin raíces, olas furiosas del mar que arrojan la espuma de su
torpeza, estrellas fugaces para las que está reservada la oscuridad de las tinieblas para
siempre.
Pero vosotros, carísimos, acordaos de las palabras dichas por los apóstoles de nuestro
Señor Jesucristo. Ellos os repetían: «En los últimos tiempos vendrán hombres sarcásticosque vivirán al capricho de sus pasiones en todo género de impiedad.» Éstos son los que
introducen discordias y no tienen otras miras que las terrenas, pues no poseen el espíritu
de Dios. Pero vosotros, queridos hermanos, seguid edificándoos sobre el santísimo edificio
de vuestra fe, continuad orando en el Espíritu Santo y conservaos en la caridad de Dios,
esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. A los que

vacilan, tratad de convencerlos; a otros, salvadlos, arrancándolos del fuego; a otros, en
fin, mostradles misericordia, pero con cautela, teniendo aversión aun a la túnica
contaminada por su cuerpo.
A aquel que puede guardaros inmunes de pecado y haceros comparecer sin mancha y
con verdadero júbilo ante su gloria, al único Dios, salvador nuestro por medio de
Jesucristo nuestro Señor, la gloria, la majestad, el imperio y el poder, desde antes de los
siglos, ahora y por siempre jamás. Amén.

Responsorio Tt 2, 12-13; Hb 10, 24

R. Desechando la impiedad y las ambiciones del mundo, vivamos con sensatez, justicia y
religiosidad en esta vida; * aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria
del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.
V. Miremos los unos por los otros, para estimularnos a la caridad y a las buenas obras.
R. Aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador
nuestro, Jesucristo.

Segunda Lectura

De los sermones de san Atanasio, obispo
(Sermón sobre la encarnación del Verbo, 10: PG, 25,111-114)

RENUEVA LOS TIEMPOS PASADOS

El Verbo de Dios, Hijo del mejor Padre, no abandonó la naturaleza humana corrompida.
Con la oblación de su propio cuerpo, destruyó la muerte, castigo en que había incurrido el
género humano. Trató de corregir su descuido, adoctrinándolo, y restauró todas las cosas
humanas con su eficacia y poder.
Estas afirmaciones de los teólogos hallan apoyo en el testimonio de los discípulos del
Salvador, como se lee en sus escritos: Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si
uno murió por todos, todos murieron. Murió por todos, para que los que viven ya no vivan
para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos, nuestro Señor Jesucristo. Y en otro
pasaje: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora
coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido
la muerte para bien de todos. Más adelante, la Escritura prueba que el único que debía
hacerse hombre era el Verbo de Dios, cuando dice: Dios, para quien y por quien existe
todo, juzgó conveniente, para llevar una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y
consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. Con estas palabras, da a entender que
el único que debía librar al hombre de su corrupción era el Verbo de Dios, el mismo que lo
había creado desde el principio.
Prueba además que el Verbo mismo tomó un cuerpo precisamente con el fin de
ofrendarse por los que tenían cuerpos semejantes. Y así lo dice: Los hijos de una familia
son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también él;
así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y libró a
todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Ya que, al
inmolar su propio cuerpo, acabó con la ley que pesaba contra nosotros y renovó el
principio de vida con la esperanza de la resurrección.
Como la muerte había cobrado fuerzas contra los hombres, de los mismos hombres, por
eso, se logró la victoria sobre la muerte y la resurrección para la vida por el mismo Verbo
de Dios, hecho hombre para los hombres, así pudo decir muy bien aquel hombre lleno de
Cristo: Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por
Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Y lo demás que pone a
continuación. Así que no morimos ya para ser condenados, sino para ser resucitados de

entre los muertos. Esperan la común resurrección de todos. A su tiempo nos la dará Dios,
que la hace y la comunica.

Responsorio Rom 3, 23-25; 1Cor 15, 22

R. Todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados
gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, * A quien constituyó
sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.
V. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida.
R. A quien constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

Oración

Oremos:

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos
siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la
libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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