Oficio de Lectura - SÁBADO VII SEMANA DE PASCUA 2020

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de mañana, sábado, 30 de mayo de 2020. Otras celebraciones del día: SAN FERNANDO .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras! Amén.

Salmodia

Antífona 1: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. (T. P. Aleluya).

Salmo 106

ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo (Hech 10, 36).

I

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.
Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.
Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Antífona 2: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. (T. P. Aleluya).

II

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.
Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Antífona 3: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor. (T. P. Aleluya).

III

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.
Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.
Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.
Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.
Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Versículo

V. Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Aleluya.

R. Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Aleluya.

Lecturas

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 28, 15-31

PABLO EN ROMA

En aquellos días, los hermanos de Roma, que tenían referencias de nuestro viaje, nos
salieron al encuentro en el Foro de Apio y Tres Tabernas. A su vista, Pablo dio gracias a
Dios y cobró ánimo. Cuando entramos en Roma, dieron permiso a Pablo para alojarse en
una casa particular, con un soldado para su custodia. Al cabo de tres días convocó Pablo a
los notables de los judíos y, cuando estuvieron reunidos, les habló así: «Aunque yo,
hermanos, no he hecho nada malo contra nuestro pueblo ni contra las costumbres patrias,
fui detenido en Jerusalén y puesto en manos de las autoridades romanas. Éstas, después

de haberme tomado declaración, quisieron ponerme en libertad, porque no había en mí
causa alguna que mereciese la muerte. Pero, como los judíos se oponían a ello, me vi
obligado a apelar al César, pero sin intención alguna de acusar a mi pueblo. Por este
motivo os he llamado para veros y hablar con vosotros. Sabed que por defender la
esperanza de Israel llevo estas cadenas.»
Ellos le contestaron: «Nosotros, por nuestra parte, no hemos recibido de Judea
ninguna carta referente a tu persona; ni nos ha llegado ningún hermano, contándonos o
hablando algo malo contra ti. Tendremos sumo gusto en escucharte y saber lo que
piensas; pues, por lo que a esta secta se refiere, sabemos que en todas partes encuentra
oposición.»
Le señalaron día, y acudieron en gran número a la casa donde se hospedaba. Pablo les
expuso el reino de Dios, asegurando firmemente su advenimiento; e intentó convencerlos
de todo lo referente a Jesús, a base de la ley de Moisés y de los profetas. Esto duró desde
la mañana hasta la tarde. Unos se convencían de sus palabras; otros, en cambio,
continuaban incrédulos. Y así se retiraban sin ponerse de acuerdo, cuando Pablo les dirigió
últimamente estas palabras: «Bien habló el Espíritu Santo a nuestros padres por el profeta
Isaías: "Dirígete a este pueblo y diles: Oiréis con vuestros oídos, pero no lo entenderéis;
miraréis con vuestros ojos, pero no lo veréis. Porque se ha embotado la inteligencia de
este pueblo; sus oídos se han vuelto torpes para oír, y sus ojos se han cerrado. No sea
que lo vean con sus ojos, y lo oigan con sus oídos, y lo entiendan con su inteligencia y se
conviertan; y yo los tenga que salvar." Sabed, pues, que esta salvación de Dios ha sido
enviada a los gentiles, y ciertamente que lo escucharán.»
Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado; y recibía a
cuantos acudían a él. Predicaba el reino de Dios, y con toda franqueza y libertad y sin
obstáculo ninguno enseñaba lo referente a Jesucristo, el Señor.

Responsorio Hch 2, 39; 28, 28

R. La promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y * para todos los que llame el
Señor, aunque estén lejos. Aleluya.
V. Esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles.
R. Para todos los que llame el Señor, aunque estén lejos. Aleluya.

Segunda Lectura

De los sermones de un autor africano del siglo sexto
(Sermón 8,1-3: PL 65, 143-744)

LA UNIDAD DE LA IGLESIA HABLA EN TODOS LOS IDIOMAS

Hablaron en todas las lenguas. Así quiso Dios dar a entender la presencia del Espíritu
Santo: haciendo que hablara en todas las lenguas quien le hubiese recibido. Debemos
pensar, queridos hermanos, que éste es el Espíritu Santo por cuyo medio se difunde la
caridad en nuestros corazones.
La caridad había de reunir a la Iglesia de Dios en todo el orbe de la tierra. Por eso, así
como entonces un solo hombre, habiendo recibido el Espíritu Santo, podía hablar en todas
las lenguas, así también ahora es la unidad misma de la Iglesia, congregada por el Espíritu
Santo, la que habla en todos los idiomas.
Por tanto, si alguien dijera a uno de vosotros: «Si has recibido el Espíritu Santo, ¿por
qué no hablas en todos los idiomas?» , deberás responderle: «Es cierto que hablo todos
los idiomas, porque estoy en el cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia, que los habla
todos. ¿Pues qué otra cosa quiso dar a entender Dios por medio de la presencia del
Espíritu Santo, si no que su Iglesia hablaría en todas las lenguas?»

Se ha cumplido así lo prometido por el Señor: Nadie echa vino nuevo en odres viejos.
A vino nuevo, odres nuevos, y así se conservan ambos.
Con razón, pues, empezaron algunos a decir cuando oían hablar en todas las lenguas:
Están bebidos. Se habían convertido ya en odres nuevos, renovados por la gracia de la
santidad. De este modo, ebrios del nuevo vino del Espíritu Santo, podrían hablar
fervientemente en todos los idiomas, y anunciar de antemano, con aquel maravilloso
milagro, la propagación de la Iglesia católica por todos los pueblos y lenguas.
Celebrad, pues, este día como miembros que sois de la unidad del cuerpo de Cristo. No
lo celebraréis en vano si sois efectivamente lo que estáis celebrando: miembros de aquella
Iglesia que el Señor, al llenarla del Espíritu Santo, reconoce como suya a medida que se va
esparciendo por el mundo, y por la que es a su vez reconocido. Como esposo no perdió a
su propia esposa, ni nadie pudo substituírsela por otra.
Y a vosotros, que procedéis de todos los pueblos y que sois la Iglesia de Cristo, los
miembros de Cristo, el cuerpo de Cristo, os dice el Apóstol: Sobrellevaos mutuamente con
amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Notad cómo en el mismo momento nos mandó que nos soportáramos unos a otros y
nos amásemos, y puso de manifiesto el vínculo de la paz al referirse a la esperanza de launidad. Ésta es la casa de Dios levantada con piedras vivas, en la que se complace en
habitar un padre de familia como éste, y cuyos ojos no debe jamás ofender la ruina de la
división.

Responsorio Hch 15, 8-9; 11, 18

R. Dios, que conoce los corazones, ha dado su Espíritu a todos los pueblos, igual que a
nosotros; * y no ha establecido diferencia alguna entre ellos y nosotros, pues ha
purificado sus corazones por la fe. Aleluya.
V. Así, pues, Dios ha concedido también a los demás pueblos la conversión que conduce a
la vida.
R. Y no ha establecido diferencia alguna entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus
corazones por la fe. Aleluya.

Oración

Oremos:

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras
costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar. Por
nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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