Oficio de Lectura - SAN BERNABÉ, APÓSTOL 2021

Memoria

Nacido en la isla de Chipre, fue uno de los primeros fieles de Jerusalén, predicó en Antioquía y acompañó a Pablo en su primer viaje. Intervino en el Concilio de Jerusalén. Volvió a su patria, predicó el Evangelio y allí murió.

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para SAN BERNABÉ, APÓSTOL el día de ayer, viernes, 11 de junio de 2021. Otras celebraciones del día: EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, rey de los apóstoles.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

    Salmodia

    Antífona 1: A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.

    Salmo 18 A

    EL CIELO PROCLAMA LA GLORIA DE DIOS

    El cielo proclama la gloria de Dios,
    el firmamento pregona
    la obra de sus manos:
    el día al día le pasa el mensaje,
    la noche a la noche se lo susurra.
    Sin que hablen, sin que pronuncien,
    sin que resuene su voz,
    a toda la tierra alcanza su pregón
    y hasta los límites del orbe su lenguaje.
    Allí le ha puesto su tienda al sol:
    él sale como el esposo de su alcoba,
    contento como un héroe,
    a recorrer su camino.
    Asoma por un extremo del cielo,
    y su órbita llega al otro extremo:
    nada se libra de su calor.

    Antífona 2: Proclamaron la obra de Dios y meditaron sus acciones.

    Salmo 63

    SÚPLICA CONTRA LOS ENEMIGOS

    Escucha, oh Dios, la voz de mi lamento,
    protege mi vida del terrible enemigo;
    escóndeme de la conjura de los perversos
    y del motín de los malhechores:
    afilan sus lenguas como espadas
    y disparan como flechas palabras venenosas,
    para herir a escondidas al inocente,
    para herirlo por sorpresa y sin riesgo.
    Se animan al delito,
    calculan cómo esconder trampas,
    y dicen: "¿quién lo descubrirá?"
    Inventan maldades y ocultan sus invenciones,
    porque su mente y su corazón no tienen fondo.
    Pero Dios los acribilla a flechazos,
    por sorpresa los cubre de heridas;
    su misma lengua los lleva a la ruina,
    y los que lo ven menean la cabeza.
    Todo el mundo se atemoriza,
    proclama la obra de Dios
    y medita sus acciones.
    El justo se alegra con el Señor,
    se refugia en él,
    y se felicitan los rectos de corazón.

    Antífona 3: Pregonaron su justicia y todos los pueblos contemplaron su gloria.

    Salmo 96

    GLORIA DEL SEÑOR, REY DE JUSTICIA

    El Señor reina, la tierra goza,
    se alegran las islas innumerables.
    Tiniebla y nube lo rodean,
    justicia y derecho sostienen su trono.
    Delante de él avanza el fuego,
    abrasando en torno a los enemigos;
    sus relámpagos deslumbran el orbe,
    y, viéndolos, la tierra se estremece.
    Los montes se derriten como cera
    ante el dueño de toda la tierra;
    los cielos pregonan su justicia,
    y todos los pueblos contemplan su gloria.
    Los que adoran estatuas se sonrojan,
    los que ponen su orgullo en los ídolos;
    ante él se postran todos los dioses.
    Lo oye Sión, y se alegra,
    se regocijan las ciudades de Judá
    por tus sentencias, Señor;
    porque tú eres, Señor,
    altísimo sobre toda la tierra,
    encumbrado sobre todos los dioses.
    El Señor ama al que aborrece el mal,
    protege la vida de sus fieles
    y los libra de los malvados.
    Amanece la luz para el justo,
    y la alegría para los rectos de corazón.
    Alegraos, justos, con el Señor,
    celebrad su santo nombre.

    Versículo

    V. Contaron las alabanzas del Señor y su poder.
    R. Y las maravillas que realizó.

    Lecturas

    Primera Lectura

    De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 18 — 2, 5

    LOS APÓSTOLES PREDICAN LA CRUZ

    Hermanos: El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición;
    pero para los que están en vías de salvación —para nosotros— es fuerza de Dios. Dice la
    Escritura: «Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los
    sagaces.» ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el sofista de
    nuestros tiempos? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?
    Y como, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció, por el camino de la
    sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación, para salvar a los creyentes.
    Porque los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a
    Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los
    llamados —judíos o griegos—, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues
    lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los
    hombres.
    Y si no, fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni
    muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha
    escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para
    humillar el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que
    no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia
    del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para
    nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así —como dice la Escritura— «el
    que se gloríe, que se gloríe en el Señor.»
    Por eso yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo
    hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber
    cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y
    temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría
    humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye
    en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

    Mt 10, 18. 19-20

    R. Cuando os hagan comparecer ante gobernadores y reyes, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: * En su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir.
    V. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre

    Segunda Lectura

    De los tratados de san Cromacio, obispo, sobre el evangelio de san Mateo
    (Tratado 5,1. 3-4: CCL 9, 405-407)

    VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO

    Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un
    monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para
    ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. El Señor llamó a sus discípulos
    sal de la tierra, porque habían de condimentar con la sabiduría del cielo los corazones de
    los hombres, insípidos por obra del diablo. Ahora les llama también luz del mundo, porque,
    después de haber sido iluminados por él, que es la luz verdadera y eterna, se han
    convertido ellos mismos en luz que disipa las tinieblas.
    Siendo él el sol de justicia, llama con razón a sus discípulos luz del mundo; a través de
    ellos, como brillantes rayos, difunde por el mundo entero la luz de su conocimiento. En
    efecto, los apóstoles, manifestando la luz de la verdad, alejaron del corazón de los
    hombres las tinieblas del error.
    Iluminados por éstos, también nosotros nos hemos convertido en luz, según dice el
    Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; caminad como hijos de
    la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas.
    Con razón dice san Juan en su carta: Dios es luz, y quien permanece en Dios está en la
    luz, como él está en la luz. Nuestra alegría de vernos libres de las tinieblas del error debe
    llevarnos a caminar como hijos de la luz: Por eso dice el Apóstol: Brilláis como lumbrera
    del mundo, mostrando una razón para vivir. Si no obramos así, es como si, con nuestra
    infidelidad, pusiéramos un velo que tapa y oscurece esta luz tan útil y necesaria, en
    perjuicio nuestro y de los demás. Ya sabemos que aquel que recibió un talento y prefirió
    esconderlo antes que negociar con él para conseguir la vida del cielo, sufrió el castigo
    justo.
    Por eso la esplendorosa luz que se encendió para nuestra salvación debe lucir
    constantemente en nosotros. Tenemos la lámpara del mandato celeste y de la gracia
    espiritual, de la que dice David: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.
    De ella dice también Salomón: El precepto de la ley es una lámpara.
    Esta lámpara de la ley y de la fe no debe nunca ocultarse, sino que debe siempre
    colocarse sobre el candelero de la Iglesia para la salvación de muchos; así podremos
    alegrarnos con la luz de su verdad y todos los creyentes serán iluminados.

    Hch 11, 23-24

    R. Cuando Bernabé llegó a Antioquía y vio la gracia de Dios, se llenó de júbilo; * pues era un hombre de gran virtud, lleno del Espíritu Santo y de una gran fe. Aleluya.
    V. Y exhortaba a todos a que con entera voluntad permaneciesen fieles al Señor.
    R. Pues era un hombre de gran virtud, lleno del Espíritu Santo y de una gran fe. Aleluya.

    Oración

    Oremos:

    Señor, tú mandaste que san Bernabé, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, fuera designado para llevar a las naciones tu mensaje de salvación; concédenos, te rogamos, que el Evangelio de Cristo, que él anunció con tanta firmeza, sea siempre proclamado en la Iglesia con fidelidad, de palabra y de obra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

    Amén.

    Conclusión

    Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

    V. Bendigamos al Señor.
    R. Demos gracias a Dios.

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