Oficio de Lectura - SAN PONCIANO, PAPA, Y SAN HIPÓLITO, PRESBÍTERO, MÁRTIRES 2019

Ponciano fue ordenado obispo de Roma el año 231; el emperador Maximino lo desterró a Cerdeña el año 235, junto con el presbítero Hipólito. Allí murió, después de haber abdicado de su pontificado. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Calixto, y el de Hipólito en el de la vía Tiburtina. La Iglesia romana tributaba culto a ambos mártires ya a principios del siglo IV.

El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para SAN PONCIANO, PAPA, Y SAN HIPÓLITO, PRESBÍTERO, MÁRTIRES el día de ayer, martes, 13 de agosto de 2019. Otras celebraciones del día: MARTES XIX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO .

Invitatorio

Notas

  • Si el Oficio ha de ser rezado a solas, puede decirse la siguiente oración:

    Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  • El Invitatorio se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra acción litúrgica.
  • Cuando se reza individualmente, basta con decir la antífona una sola vez al inicio del salmo. Por lo tanto, no es necesario repetirla al final de cada estrofa.

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Antifona: Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.

  • Salmo 94
  • Salmo 99
  • Salmo 66
  • Salmo 23

Invitación a la alabanza divina

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

(Se repite la antífona)

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Se repite la antífona)

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

(Se repite la antífona)

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

(Se repite la antífona)

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Alegría de los que entran en el templo

El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

(Se repite la antífona)

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

(Se repite la antífona)

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

(Se repite la antífona)

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Que todos los pueblos alaben al Señor

Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

(Se repite la antífona)

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

(Se repite la antífona)

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Entrada solemne de Dios en su templo

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

(Se repite la antífona)

—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

(Se repite la antífona)

—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

(Se repite la antífona)

—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

(Se repite la antífona)

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

(Se repite la antífona)

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

(Se repite la antífona)

Oficio de Lectura

Notas

  • Si el Oficio de lectura se reza antes de Laudes, se empieza con el Invitatorio, como se indica al comienzo. Pero si antes se ha rezado ya alguna otra Hora del Oficio, se comienza con la invocación mostrada en este formulario.
  • Cuando el Oficio de lectura forma parte de la celebración de una vigilia dominical o festiva prolongada (Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, núm. 73), antes del himno Te Deum se dicen los cánticos correspondientes y se proclama el evangelio propio de la vigilia dominical o festiva, tal como se indica en Vigilias.
  • Además de los himnos que aparecen aquí, pueden usarse, sobre todo en las celebraciones con el pueblo, otros cantos oportunos y debidamente aprobados.
  • Si el Oficio de lectura se dice inmediatamente antes de otra Hora del Oficio, puede decirse como himno del Oficio de lectura el himno propio de esa otra Hora; luego, al final del Oficio de lectura, se omite la oración y la conclusión y se pasa directamente a la salmodia de la otra Hora, omitiendo su versículo introductorio y el Gloria al Padre, etc.
  • Cada día hay dos lecturas, la primera bíblica y la segunda hagiográfica, patrística o de escritores eclesiásticos.

Invocación

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

  • Himno 1

Alabemos a Dios que, en su Palabra,
nos revela el designio salvador,
y digamos en súplica confiada:
«Renuévame por dentro, mi Señor.»
No cerremos el alma a su llamada
ni dejemos que arraigue el desamor;
aunque dura es la lucha, su palabra
será bálsamo suave en el dolor.
Caminemos los días de esta vida
como tiempo de Dios y de oración;
él es fiel a la alianza prometida:
«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»
Tú dijiste, Jesús, que eras camino
para llegar al Padre sin temor;
concédenos la gracia de tu Espíritu
que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

Antífona 1: Los santos mártires derramaron su sangre por Cristo; por ello han conseguido el premio eterno.

Salmo 2

¿POR QUÉ SE AMOTINAN LAS NACIONES?

¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
"rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo".
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
"yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo".
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho:
"Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy.
Pídemelo:
te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza".
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!

Antífona 2: Los justos viven eternamente, reciben de Dios su recompensa.

Salmo 32

HIMNO AL PODER Y A LA PROVIDENCIA DE DIOS

I

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas;
cantadle un cántico nuevo,
acompañando los vítores con bordones:
Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.
La palabra del Señor hizo el cielo;
el aliento de su boca, sus ejércitos;
encierra en un odre las aguas marinas,
mete en un depósito el océano.
Tema al Señor la tierra entera,
tiemblen ante él los habitantes del orbe:
porque él lo dijo, y existió,
él lo mandó y surgió.
El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
pero el plan del Señor subsiste por siempre,
los proyectos de su corazón, de edad en edad.

Antífona 3: A vosotros, mis santos, que habéis luchado en este mundo, yo os daré la recompensa de vuestro esfuerzo.

II

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que Él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres;
desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones.
No vence el rey por su gran ejército,
no escapa el soldado por su mucha fuerza,
nada valen sus caballos para la victoria,
ni por su gran ejército se salvan.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

Versículo

V. Nosotros esperamos en el Señor.
R. Él es nuestro auxilio y escudo.

Lecturas

Primera Lectura

Del libro de la Sabiduría 3, 1-15

LA VIDA DE LOS JUSTOS ESTÁ EN MANOS DE DIOS

La vida de los justos está en manos de Dios y no los tocará el tormento. La gente
insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia, y su partida
de entre nosotros como una destrucción; pero ellos están en paz.
La gente pensaba que cumplían una pena, pero ellos esperaban de lleno la
inmortalidad; sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores, porque Dios los puso
a prueba y los halló dignos de sí; los probó como oro en crisol, los recibió como sacrificio
de holocausto; a la hora de la cuenta resplandecerán como chispas que prenden por un
cañaveral; gobernarán naciones, someterán pueblos, y el Señor reinará sobre ellos
eternamente.
Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado;
porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos.
Los impíos serán castigados por sus razonamientos: menospreciaron al justo y se
apartaron del Señor; desdichado el que desdeña la sabiduría y la instrucción: vana es su
esperanza, baldíos sus afanes e inútiles sus obras; necias son sus mujeres, depravados
sus hijos y maldita su posteridad.
Dichosa la estéril irreprochable que desconoce la unión pecaminosa: alcanzará su fruto
el día de la cuenta; y el eunuco que no cometió delitos con sus manos ni tuvo malos
deseos contra el Señor: por su fidelidad recibirá favores extraordinarios y un lote
codiciable en el templo del Señor. Pues quien se afana por el bien obtiene frutos
espléndidos; la sensatez es tronco inconmovible.

Cf. Ef 4, 4. 5

R. Muchos santos derramaron por el Señor su sangre gloriosa, amaron a Cristo durante su vida, lo imitaron en la muerte. * Por esto merecieron la corona del triunfo.
V. Tenían un solo espíritu y una sola fe.
R. Por esto merecieron la corona del triunfo.

Segunda Lectura

De las cartas de san Cipriano, obispo y mártir
(Carta 10, 2-3. 5: CSEL 3, 491-492. 494-495)

FE INQUEBRANTABLE

¿Con qué alabanzas podré ensalzaros, hermanos valerosísimos? ¿Cómo
podrán mis palabras expresar debidamente vuestra fortaleza de ánimo y
vuestra fe perseverante? Tolerasteis una durísima lucha hasta alcanzar la
gloria, y no cedisteis ante los suplicios, sino que fueron más bien los suplicios
quienes cedieron ante vosotros. En las coronas de vuestra victoria hallasteis el
término de vuestros sufrimientos, término que no hallabais en los tormentos.
La cruel dilaceración de vuestros miembros duró tanto, no para hacer vacilar
vuestra fe, sino para haceros llegar con más presteza al Señor.
La multitud de los presentes contempló admirada la celestial batalla por Dios
y el espiritual combate por Cristo, vio cómo sus siervos confesaban
abiertamente su fe con entera libertad, sin ceder en lo más mínimo, con la
fuerza de Dios, enteramente desprovistos de las armas de este mundo, pero
armados, como creyentes, con las armas de la fe. En medio del tormento, su
fortaleza superó a la fortaleza de aquellos que los atormentaban, y los
miembros golpeados y desgarrados vencieron a los garfios que los golpeaban y
desgarraban.
Las heridas, aunque reiteradas una y otra vez, y por largo tiempo, no
pudieron, con toda su crueldad, superar su fe inquebrantable, por más que,
abiertas sus entrañas, los tormentos recaían no ya en los miembros, sino en
las mismas heridas de aquellos siervos de Dios. Manaba la sangre que había de
extinguir el incendio de la persecución, que había de amortecer las llamas y el
fuego del infierno. ¡Qué espectáculo a los ojos del Señor, cuán sublime, cuán
grande, cuán aceptable a la presencia de Dios, que veía la entrega y la
fidelidad de su soldado al juramento prestado, tal como está escrito en los
salmos, en los que nos amonesta el Espíritu Santo, diciendo: Es valiosa a los
ojos del Señor la muerte de sus fieles. Es valiosa una muerte semejante, que
compra la inmortalidad al precio de su sangre, que recibe la corona de mano
de Dios, después de haber dado la máxima prueba de fortaleza.
Con qué alegría estuvo allí Cristo, cuán de buena gana luchó y venció en
aquellos siervos suyos, como protector de su fe, y dando a los que en él
confiaban tanto cuanto cada uno confiaba en recibir. Estuvo presente en su
combate, sostuvo, fortaleció, animó a los que combatían por defender el honor
de su nombre. Y el que por nosotros venció a la muerte de una vez para
siempre continúa venciendo en nosotros.
Dichosa Iglesia nuestra, a la que Dios se digna honrar con semejante
esplendor, ilustre en nuestro tiempo por la sangre gloriosa de los mártires.
Antes era blanca por las obras de los hermanos; ahora se ha vuelto roja por la
sangre de los mártires. Entre sus flores no faltan ni los lirios ni las rosas. Que
cada uno de nosotros se esfuerce ahora por alcanzar el honor de una y otra
altísima dignidad, para recibir así las coronas blancas de las buenas obras o las
rojas del martirio.

S. Cipriano, Carta 58

R. Dios nos contempla, Cristo y sus ángeles nos miran, mientras luchamos por la fe. * Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronado por Cristo.
V. Revistámonos de fuerza y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una entrega total.
R. Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronados por Cristo.

Oración

Oremos:

Te rogamos, Señor, que el glorioso martirio de tus santos aumente en nosotros los deseos de amarte y fortalezca la fe en nuestros corazones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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