El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA el día de mañana, miércoles, 24 de junio de 2026. Otras celebraciones del día: MIÉRCOLES XII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Cordero de Dios, a quien Juan anunció lleno de alegría.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Pues busco, debo encontrar;
pues llamo, débenme abrir;
pues pido, me deben dar;
pues amo, débeme amar
aquel que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Pasa? No lejos irá.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.
Es poderoso, mas no
podrá mi amor esquivar;
invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes,
y consuélate en tu mal
pensando con fe total:
¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.
Antífona 1: El Señor me llamó desde el vientre de mi madre, cuando aún estaba yo en el seno materno pronunció mi nombre.
Salmo 20, 2-8. 14
ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA DEL REY
Señor, el rey se alegra por tu fuerza,
¡y cuánto goza con tu victoria!
Le has concedido el deseo de su corazón,
no le has negado lo que pedían sus labios.
Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,
y has puesto en su cabeza una corona de oro fino.
Te pidió vida, y se la has concedido,
años que se prolongan sin término.
Tu victoria ha engrandecido su fama,
lo has vestido de honor y majestad.
Le concedes bendiciones incesantes,
lo colmas de gozo en tu presencia;
porque el rey confía en el Señor,
y con la gracia del Altísimo no fracasará.
Levántate, Señor, con tu fuerza,
y al son de instrumentos cantaremos tu poder.
Antífona 2: El Señor hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano.
Salmo 91
ALABANZA DEL DIOS CREADOR
I
Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes,
sobre arpegios de cítaras.
Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.
Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.
Antífona 3: Juan declaró como testigo: «El que ha de venir después de mí existía antes que yo.»
II
Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos despreciarán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.
El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;
en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.
V. Éste vino como testigo enviado a declarar en favor de la luz.
R. Para que por su medio todos abrazasen la fe.
Del libro del profeta Jeremías 1, 4-10. 17-19
LA VOCACIÓN DEL PROFETA
Recibí esta palabra del Señor: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de
que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles.»
Yo repuse: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.»
El Señor me contestó: «No digas: "Soy un muchacho", que adonde yo te envíe irás, y
lo que yo te mande lo dirás. No les tengas miedo, yo estoy contigo para librarte -oráculo
del Señor-»
El Señor extendió la mano y me tocó la boca; y me dijo: «Mira: yo pongo mis palabras
en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, para destruir
y demoler, para edificar y plantar. Pero tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo
te mando. No les tengas miedo, que yo no te haré desmayar delante de ellos. Mira: Yo te
convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo
el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del
pueblo; lucharán contra ti, pero no podrán contigo, porque yo estoy contigo para librarte -
oráculo del Señor-.»
R. Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te
consagré: * te nombré profeta de los gentiles.
V. Yo pongo mis palabras en tu boca, yo te establezco sobre pueblos y reyes.
R. Te nombré profeta de los gentiles.
De los sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 293,1-3: PL 38,1327-1328)
LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO
La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, y él es el único de los
santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo. Ello
no deja de tener su significado, y, si nuestras explicaciones no alcanzaran a estar a la
altura de misterio tan elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para profundizarlo y sacar
provecho de él.
Juan nace de una anciana estéril; Cristo, de una jovencita virgen. El futuro padre de
Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda mudo; la Virgen cree el del
nacimiento de Cristo y lo concibe por la fe. Esto es, en resumen, lo que intentaremos
penetrar y analizar; y, si el poco tiempo y las pocas facultades de que disponemos no nos
permiten llegar hasta las profundidades de este misterio tan grande, mejor os adoctrinará
aquel que habla en vuestro interior, aun en ausencia nuestra, aquel que es el objeto de
vuestros piadosos pensamientos, aquel que habéis recibido en vuestro corazón y del cual
habéis sido hechos templo.
Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el
nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta
Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo.
Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es
declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María,
salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun
antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas
cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana pequeñez.
Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. Estos
acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su significado.
Zacarías calla y pierde el habla hasta que nace Juan, el precursor del Señor, y abre su
boca. Este silencio de Zacarías significaba que, antes de la predicación de Cristo, el
sentido de las profecías estaba en cierto modo latente, oculto, encerrado. Con el
advenimiento de aquel a quien se referían estas profecías, todo se hace claro. El hecho de
que en el nacimiento de Juan se abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el
rasgarse el velo al morir Cristo en la cruz. Si Juan se hubiera anunciado a sí mismo, la
boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es porque ha nacido
aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su misión de anunciar al Señor, le
dijeron: ¿Tú quién eres? Y él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto. Juan era la
voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz pasajera,
Cristo la Palabra eterna desde el principio.
R. A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, * porque irás delante del Señor a preparar sus caminos.
V. Anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.
R. Porque irás delante del Señor a preparar sus caminos.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios todopoderoso, que suscitaste a san Juan Bautista para que preparase a Cristo un
pueblo bien dispuesto, concede a tu familia el don de la alegría espiritual y dirige la
voluntad de tus hijos por el camino de la salvación y de la paz. Por nuestro Señor
Jesucristo.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.