El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para SANTO NOMBRE DE JESÚS el día de ayer, sábado, 3 de enero de 2026. Otras celebraciones del día: 3 DE ENERO .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Ver a Dios en la criatura,
ver a Dios hecho mortal
y ver en humano portal
la celestial hermosura.
¡Gran merced y gran ventura
a quien verlo mereció!
¡Quién lo viera y fuera yo!
Ver llorar a la alegría,
ver tan pobre a la riqueza,
ver tan baja a la grandeza
y ver que Dios lo quería.
¡Gran merced fue en aquel día
la que el hombre recibió!
¡Quién lo viera y fuera yo!
Poner paz en tanta guerra,
calor donde hay tanto frío,
ser de todos lo que es mío,
plantar un cielo en la tierra.
¡Qué misión de escalofrío
la que Dios nos confió!
¡Quién lo hiciera y fuera yo. Amén.
Antífona 1: Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. (T. P. Aleluya).
Salmo 105
BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Todo esto fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1 Cor 10, 11).
I
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,
pregonar toda su alabanza?
Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia.
Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación:
para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo,
y me gloríe con tu heredad.
Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas;
no se acordaron de tu abundante misericordia,
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,
pero Dios los salvó por amor de su nombre,
para manifestar su poder.
Increpó al mar Rojo, y se secó,
los condujo por el abismo como por tierra firme;
los salvó de la mano del adversario,
los rescató del puño del enemigo;
las aguas cubrieron a los atacantes,
y ni uno solo se salvó:
entonces creyeron sus palabras,
cantaron su alabanza.
Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.
Él les concedió lo que pedían,
pero les mandó un cólico por su gula.
Envidiaron a Moisés en el campamento,
y a Aarón, el consagrado al Señor:
se abrió la tierra y se tragó a Datán,
se cerró sobre Abirón y sus secuaces;
un fuego abrasó a su banda,
una llama consumió a los malvados.
Antífona 2: No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.
II
En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.
Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio.
Despreciaron una tierra envidiable,
no creyeron en su palabra;
murmuraban en las tiendas,
no escucharon la voz del Señor.
Él alzó la mano y juró
que los haría morir en el desierto,
que dispersaría su estirpe por las naciones
y los aventaría por los países.
Se acoplaron con Baal Fegor,
comieron de los sacrificios a dioses muertos;
provocaron a Dios con sus perversiones,
y los asaltó una plaga;
pero Finés se levantó e hizo justicia,
y la plaga cesó;
y se le apuntó a su favor
por generaciones sin término.
Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,
Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos;
le habían amargado el alma,
y desvariaron sus labios.
Antífona 3: Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y reúnenos de entre los gentiles. (T. P. Aleluya).
III
No exterminaron a los pueblos
que el Señor les había mandado;
emparentaron con los gentiles,
imitaron sus costumbres;
adoraron sus ídolos
y cayeron en sus lazos;
inmolaron a los demonios
sus hijos y sus hijas;
derramaron la sangre inocente
y profanaron la tierra ensangrentándola;
se mancharon con sus acciones
y se prostituyeron con sus maldades.
La ira del Señor se encendió contra su pueblo,
y aborreció su heredad;
los entregó en manos de gentiles,
y sus adversarios los sometieron;
sus enemigos los tiranizaban
y los doblegaron bajo su poder.
Cuántas veces los libró;
más ellos, obstinados en su actitud,
perecían por sus culpas;
pero él miró su angustia,
y escuchó sus gritos.
Recordando su pacto con ellos,
se arrepintió con inmensa misericordia;
hizo que movieran a compasión
a los que los habían deportado.
Sálvanos, Señor, Dios nuestro,
reúnenos de entre los gentiles:
daremos gracias a tu santo nombre,
y alabarte será nuestra gloria.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde siempre y por siempre.
Y todo el pueblo diga: ¡Amén!
V. El Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia.
R. Para que conozcamos al verdadero Dios.
Del libro del Cantar de los cantares 5, 2-6, 2
LA ESPOSA BUSCA Y ALABA AL ESPOSO
Estaba durmiendo, mi corazón en vela, cuando oigo a mi amado que me llama:
«Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma sin mancha: que tengo la cabeza
cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche.»
Ya me quité la túnica, ¿cómo voy a ponérmela de nuevo? Ya me lavé los pies, ¿cómo
voy a mancharlos otra vez? Mi amor introduce la mano por la abertura: me estremezco al
sentirlo, al escucharlo se me escapa el alma.
Ya me he levantado a abrir a mi amado: mis manos gotean perfume de mirra; mis
dedos, mirra que fluye por la manilla de la cerradura. Yo misma abro a m¡ amado, abro, y
mi amado se ha marchado ya. Lo busco, y no lo encuentro; lo llamo, y no responde. Me
encontraron los guardias que rondan la ciudad. Me golpearon e hirieron, me quitaron el
manto los centinelas de las murallas.
Muchachas de Jerusalén, os conjuro que, si encontráis a mi amado, le digáis... ¿qué le
diréis?... que estoy enferma de amor.
¿Qué distingue a tu amado de los otros, tú, la más bella? ¿Qué distingue a tu amado de
los otros, que así nos conjuras?
Mi amado es blanco y sonrosado, descuella entre diez mil. Su cabeza es de oro, del más
puro, sus rizos son racimos de palmera, negros como los cuervos; sus ojos dos palomas a
la vera del agua, que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca; sus mejillas,
macizos de bálsamo que exhalan aromas; sus labios son lirios con mirra que fluye; sus
brazos, torneados en oro, engastados con piedras de Tarsis; su cuerpo es de marfil
labrado, todo incrustado de zafiros; sus piernas, columnas de mármol, apoyadas en
basamentos de oro.
Gallardo como el Líbano, juvenil como un cedro; es muy dulce su boca, todo él, pura
delicia. Así es mi amado, mi amigo, muchachas de Jerusalén.
¿Adónde fue tu amado, la más bella de todas las mujeres? ¿Adónde fue tu amado?
Queremos buscarlo contigo.
Ha bajado mi amado a su jardín, a los macizos de las balsameras, el pastor de jardines
a cortar azucenas. Yo soy para mi amado, y él es para mí; él pastorea entre azucenas.
R. Mi amado me llama: * «Ábreme, hermana mía, amada mía.»
V. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, cenaré con él y él conmigo.
R. Ábreme, hermana mía, amada mía.
De los sermones de san Bernardino de Siena, presbítero
(Sermón 49, art. 1: Opera omnia 4, 495ss.)
EL NOMBRE DE JESÚS, EL GRAN FUNDAMENTO DE LA FE
Este es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas,
anhelado en tantas angustias, prolongado en tantas enfermedades, invocado en tantos
suspiros, suplicado en tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de
la gracia. Te suplico que ocultes el nombre del poder, que no se escuche el nombre de la
venganza, que se mantenga el nombre de la justicia. Danos el nombre de la misericordia,
suene el nombre de Jesús en mis oídos, porque entonces tu voz es dulce, y tu rostro,
hermoso.
Así pues, el gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios.
En efecto, la fe de la religión católica consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo,
que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna. Si
alguien carece de ella o la ha abandonado, camina sin luz por las tinieblas de la noche, y
avanza raudo por los peligros con los ojos cerrados y, por mucho que brille la excelencia
de la razón, sigue a un guía ciego mientras siga a su propio intelecto para comprender los
misterios celestes, o intenta construir una casa olvidándose de los cimientos, o quiere
entrar por el tejado dejando de lado la puerta. Por tanto, Jesús es ese fundamento, luz y
puerta, que, habiendo de mostrar el camino a los que andaban perdidos, se manifestó a
todos como la luz de la fe, por la que el Dios es conocido puede ser deseado y, suplicado,
puede ser creído y, creído, puede ser encontrado.
Este fundamento sustenta la Iglesia, que se edifica en el nombre de Jesús. El nombre
de Jesús es esplendor de los predicadores, porque con un luminoso esplendor hace
anunciar y oír su palabra. ¿Cómo piensas que la luz de la fe se extendió por todo el orbe
tanto, tan rápida y encendidamente, a no ser porque Jesús es predicado? ¿No nos llamó
Dios a su luz admirable por la luz y sabor de ese nombre? Porque hemos sido iluminados y
hemos visto la luz en esa luz, dice Pablo con razón: “En otro tiempo erais tinieblas, pero
ahora sois luz en el Señor: caminad como hijos de la luz”.
¡Oh nombre glorioso, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son
perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados
los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades.
Tú, honor de los creyentes; tú, doctor de los predicadores; tú, fortalecedor de los que
obran; tú, sustentador de los vacilantes. Con tu ardiente fervor y calor, se inflaman los
deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se embriagan las almas al contemplarte y, por
tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste.
Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre.
R. Que se alegren, Señor, los que se acogen en ti, con júbilo eterno; protégelos, para que
se llenen de gozo. * Los que aman tu nombre.
V. Caminarán, oh Señor, a la luz de tu rostro; tu nombre es su gozo cada día.
R. Los que aman tu nombre.
Se dice el Te Deum
Oremos:
Oh Dios, que fundaste la salvación del género humano en la encarnación de tu Palabra, concede a tu pueblo la misericordia que implora, para que todos sepan que no ha de ser invocado otro Nombre que el de tu Unigénito. Él que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.