Nació en Roma el año 1384. Se casó joven y tuvo tres hijos. En la dura época que le tocó vivir repartió sus bienes entre los pobres, atendió a los enfermos y desempeñó una admirable actividad con los necesitados, destacando, sobre todo, por su humildad y paciencia. El año 1425 instituyó la Congregación de Oblatas, bajo la regla de san Benito. Murió el año 1440.
El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para SANTA FRANCISCA ROMANA, RELIGIOSA el día de ayer, lunes, 9 de marzo de 2026. Otras celebraciones del día: LUNES III SEMANA DE CUARESMA .
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos al Señor, aclamemos al Dios admirable en sus santas.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: Abre la boca con sabiduría y su lengua enseña con bondad.
Salmo 18 A
EL CIELO PROCLAMA LA GLORIA DE DIOS
El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona
la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.
Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como el esposo de su alcoba,
contento como un héroe,
a recorrer su camino.
Asoma por un extremo del cielo,
y su órbita llega al otro extremo:
nada se libra de su calor.
Antífona 2: Las santas mujeres vivieron esperando en Dios y cantando en su corazón.
Salmo 44
LAS NUPCIAS DEL REY
I
Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.
Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.
Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.
Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.
A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.
Antífona 3: Las llevan ante el Señor con alegría y algazara.
II
Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.
Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.
"A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra".
Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.
V. Que llegue a tu presencia el meditar de mi corazón.
R. Señor, roca mía y redentor mío.
Del libro de la Sabiduría 5, 1-15
LOS JUSTOS, VERDADEROS HIJOS DE DIOS
El justo estará en pie sin temor delante de los que lo afligieron y despreciaron sus
trabajos. Al verlo, se estremecerán de pavor, atónitos ante la salvación imprevista; dirán
entre sí, arrepentidos, entre sollozos de angustia:
«Éste es aquel de quien un día nos reíamos con coplas injuriosas, nosotros, insensatos,
su vida nos parecía una locura, y su muerte una deshonra. ¿Cómo ahora lo cuentan entre
los hijos de Dios y comparte la herencia con los santos?
Sí, nosotros nos salimos del camino de la verdad, no nos iluminaba la luz de la justicia,
para nosotros no salía el sol; nos enredamos en los matorrales de la maldad y la perdición,
recorrimos desiertos intransitables, sin reconocer el camino del Señor.
¿De qué nos ha servido nuestro orgullo? ¿Qué hemos sacado presumiendo de ricos?
Todo aquello pasó como una sombra, como un correo veloz; como nave que surca las
undosas aguas, sin que quede rastro de su travesía ni estela de su quilla en las olas; o
como pájaro que vuela por el aire sin dejar vestigio de su paso; con su aleteo azota el aire
leve, lo rasga con un chillido agudo, se abre camino agitando las alas, y luego no queda
señal de su ruta; o como flecha disparada al blanco: cicatriza al momento el aire hendido
y no se sabe ya su trayectoria.
Igual nosotros: nacimos y nos eclipsamos, no dejamos ni una señal de virtud, nos
malgastamos en nuestra maldad.»
Sí, la esperanza del impío es como tamo que arrebata el viento, como escarcha menuda
que el vendaval arrastra; se disipa como humo al viento, pasa como el recuerdo del
huésped de una noche. Los justos, en cambio, viven eternamente, reciben de Dios su
recompensa, el Altísimo cuida de ellos.
R. Que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo. * Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio.
V. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo.
R. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio.
De la Vida de santa Francisca Romana, escrita por María Magdalena Anguillaria, superiora de las Oblatas de Tor de' Specchi
(Caps. 6-7: Acta Sanctorum Martii 2, *188—*189)
LA PACIENCIA Y CARIDAD DE SANTA FRANCISCA
Dios probó la paciencia de Francisca no sólo en su fortuna, sino también en su mismo
cuerpo, haciéndola experimentar largas y graves enfermedades, como se ha dicho antes y
se dirá luego. Sin embargo, no se pudo observar en ella ningún acto de impaciencia, ni
mostró el menor signo de desagrado por la torpeza con que a veces la atendían.
Francisca manifestó su entereza en la muerte prematura de sus hijos, a los que amaba
tiernamente; siempre aceptó con serenidad la voluntad de Dios, dando gracias por todo lo
que le acontecía. Con la misma paciencia soportaba a los que la criticaban, calumniaban y
hablaban mal de su forma de vivir. Nunca se adivinó en ella ni el más leve indicio de
aversión respecto de aquellas personas que hablaban mal de ella y de sus asuntos; al
contrario, devolviendo bien por mal, rogaba a Dios continuamente por dichas personas.
Y ya que Dios no la había elegido para que se preocupara exclusivamente de su
santificación, sino para que emplease los dones que él le había concedido para la salud
espiritual y corporal del prójimo, la había dotado de tal bondad que, a quien le acontecía
ponerse en contacto con ella, se sentía inmediatamente cautivado por su amor y su
estima, y se hacía dócil a todas sus indicaciones. Es que, por el poder de Dios, sus
palabras poseían tal eficacia que con una breve exhortación consolaba a los afligidos y
desconsolados; tranquilizaba a los desasosegados, calmaba a los iracundos, reconciliaba a
los enemigos, extinguía odios y rencores inveterados, en una palabra, moderaba las
pasiones de los hombres y las orientaba hacia su recto fin.
Por esto todo el mundo recurría a Francisca como a un asilo seguro, y todos
encontraban consuelo, aunque reprendía severamente a los pecadores y censuraba sin
timidez a los que habían ofendido o eran ingratos a Dios.
Francisca, entre las diversas enfermedades mortales y pestes que abundaban en
Roma, despreciando todo peligro de contagio, ejercitaba su misericordia con todos los
desgraciados y todos los que necesitaban ayuda de los demás. Fácilmente los encontraba;
en primer lugar les incitaba a la expiación uniendo sus padecimientos a los de Cristo,
después les atendía con todo cuidado, exhortándoles amorosamente a que aceptasen
gustosos todas las incomodidades como venidas de la mano de Dios, y a que las
soportasen por el amor de aquel que había sufrido tanto por ellos.
Francisca no se contentaba con atender a los enfermos que podía recoger en su casa,
sino que los buscaba en sus chozas y hospitales públicos. Allí calmaba su sed, arreglaba
sus camas y curaba sus úlceras con tanto mayor cuidado cuanto más fétidas o
repugnantes eran.
Acostumbraba también a ir al hospital de Camposanto y allí distribuía entre los más
necesitados alimentos y delicados manjares. Cuando volvía a casa, llevaba consigo los
harapos y los paños sucios y los lavaba cuidadosamente y planchaba con esmero,
colocándolos entre aromas, como si fueran a servir para su mismo Señor.
Durante treinta años desempeñó Francisca este servicio a los enfermos, es decir,
mientras vivió en casa de su marido, y también durante este tiempo realizaba frecuentes
visitas a los hospitales de Santa María, de Santa Cecilia en el Trastevere, del Espíritu Santo
y de Camposanto. Y, como durante este tiempo en el que abundaban las enfermedades
contagiosas, era muy difícil encontrar no sólo médicos que curasen los cuerpos, sino
también sacerdotes que se preocupasen de lo necesario para el alma, ella misma los
buscaba y los llevaba a los enfermos que ya estaban preparados para recibir la penitencia
y la eucaristía. Para poder actuar con más libertad, ella misma retribuía de su propio
peculio a aquellos sacerdotes que atendían en los hospitales a los enfermos que ella les
indicaba.
R. Bendita seas del Señor; * todo el pueblo sabe que eres una mujer virtuosa.
V. El Señor ha glorificado tanto tu nombre, que tu alabanza no se apartará de la boca de los hombres.
R. Todo el pueblo sabe que eres una mujer virtuosa.
Oremos:
Oh Dios, que nos diste en santa Francisca Romana un modelo singular de vida matrimonial y monástica; concédenos vivir en tu servicio con tal perseverancia, que podamos descubrirte y seguirte en todas las circunstancias de nuestra vida. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.